Ni rey ni Roque: 17

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Capítulo IV[editar]

 -Y no os tenéis que cansar;
 que yo sé no me conviene:
 ni daré por cuanto tiene
 un dedo del Castañar.

(García del Castañar, comedia.)


La persona que interrumpió a don Juan era don Rodrigo de Santillana, alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid. Después de los cumplimientos de costumbre, don Rodrigo, con la facilidad de un hombre de mundo, entabló desde luego la conversación sobre el asunto a que iba.

-He sabido, señor don Juan -dijo-, que vuestro hermano el señor marqués piensa salir mañana de esta ciudad para la corte; y habiendo yo sido llamado a ella por el rey nuestro señor, vengo a suplicaros me alcancéis la honra de hacer el viaje en su compañía, pues de no ser así, hasta hallar ocasión de hacerlo con alguna comodidad se pasará más tiempo del que yo deseara.

Don Juan, a quien no le pesaba hallar ocasión de pagar la cortesanía con que don Rodrigo le había tratado en el lance del Campo Grande, pasó sin tardanza al cuarto de su hermano, y consiguió fácilmente la pretensión del alcalde. Enseguida presentó éste al marqués, y quedaron ambos muy satisfechos uno de otro.

Despidiose don Rodrigo; pero don Juan no pudo volver, como deseaba, a ocuparse en la lectura de la historia de su amada, porque el marqués le entretuvo, hablándole de asuntos de familia y haciéndole varios encargos para que los desempeñase durante su ausencia. Entre otras cosas, le encomendó muy particularmente que no dejase de visitar a menudo a cierta condesa viuda, quien tenía una hija única, llamada Blanca, que sobre ser heredera de inmensos bienes, pasaba por una de las más hermosas y discretas damas de ambas Castillas.

-Sois mozo -le dijo-, pero no tanto que no debáis ya pensar en estableceros, y seguramente ningún partido hallaréis tan ventajosa bajo todos los aspectos como el de uniros a doña Blanca.

-Hermano -replicó Vargas nada complacido con semejante insinuación-, yo por ahora no pienso en casarme. Además, debéis recordar que sólo he dejado a Flandes para vivir en vuestra compañía.

-Sí, es verdad; pero las circunstancias... quiero decir... En fin, aunque casado, siempre viviréis en Valladolid, y viene a ser lo mismo.

-No hablemos de eso, hermano, porque es inútil. Yo estoy seguro de que la madre de doña Blanca jamás se la dará por esposa a un segundón.

-Os engañáis: vos no sois pobre; y en punto a familia, les llevamos grandes ventajas. Su título, es de ayer; y su apellido; flamenco; y la antigüedad del nuestro es tanta como la de la monarquía. Esto es algo; y, además, yo tengo mis razones para creer que no seréis despreciado si lográis agradar a doña Blanca, cosa que de vos depende.

No quiso Vargas prolongar la discusión, y se calló; pero firmemente resuelto a no poner los pies en casa de la condesa, y a negarse al matrimonio, en cualquier ocasión que volvieran a proponérselo.

Toda aquella tarde y gran parte de la noche la pasaron ambos hermanos en arreglo de papeles, ajustes de cuentas y combinación de varias disposiciones relativas a asuntos de interés doméstico. Cuando todo estaba concluido, el marqués dijo a su hermano:

-Don Juan, somos mortales, y la hora de la muerte es incierta. Yo no soy aún anciano, y a Dios gracias disfruto de buena salud; pero no por eso tengo la vida asegurada: he hecho, pues, mi testamento, que cerrado y sellado queda en poder de nuestro escribano: hago en él por vos lo que puedo y debo como buen hermano, a quien nunca habéis dado un motivo de disgusto. Espero que si yo muriese antes de volver de este viaje, os conformaréis en todo con mi última voluntad, desempeñando fielmente la comisión que pongo a vuestro cargo.

Vargas respondió, que esperaba que no tendría el disgusto de perder a su hermano mayor, a su segundo padre, en muchos años; pero que si, desgraciadamente, el cielo lo ordenaba así podía el marqués estar seguro de que sus disposiciones se ejecutarían exactamente, cualesquiera que ellas fuesen, contando con que él, don Juan, por su parte, las miraría como sagradas.

Ya era más de media noche cuando los hermanos se separaron, y Vargas, que para despedir al marqués tenía que levantarse antes del alba, no pudo entonces continuar la lectura del manuscrito de Inés.

A la siguiente mañana, don Rodrigo, el padre Teobaldo y el marqués, entraron en el coche de éste, y salieron de Valladolid por la puerta del Carmen, con dirección a la corte. Don Juan, a caballo, los acompañó hasta un lugar distante dos leguas de la ciudad, que llaman Puente-Duero. Allí, al separarse, don Rodrigo, sacando la cabeza por la ventanilla del coche, como para despedirse de Vargas, le agarró la mano, y sonriéndose con aire maligno, le dijo, a media voz:

-El temperamento de Madrigal, señor don Juan, es harto mal sano; y la compañía de los frailes poco conveniente para un caballero mozo. Discreto sois: recibid este aviso amistoso, Cochero, arrea.

Obedeció el cochero y el carruaje, a pesar de lo arenoso del pinar por donde pasa el camino, se alejó con velocidad del paraje en que don Juan dudaba aún de si daría crédito a sus oídos.

-Parece -exclamó por fin- que toda la especie humana se ha empeñado en mezclarse en mis negocios y obrar misteriosamente conmigo. ¿De dónde sabe este alcalde que yo voy a Madrigal y visito allí a un fraile, si yo a nadie se lo he dicho? Dios me tenga de su mano, que bien lo he menester para no quedarme sin el poco juicio que me resta.

Hecha esta reflexión, para libertarse de las muchas y desagradables que le asaltaban, arrimó las espuelas al caballo; y el animal, acostumbrado ya a conocer las intenciones de su amo, salió a la carretera por el primer camino que se le presentó, que fue, no el de Valladolid, sino el de Simancas, que está poco más o menos media legua a la derecha de Puente-Duero.

No reparó Vargas en que había errado el camino hasta que, alzando los ojos, vio que el sol naciente doraba con sus primeros rayos la cúpula del torreón del castillo de Simancas, en donde años antes murió, mártir de la libertad, el obispo Acuña.

Aunque estaba impaciente por llegar a su casa para concluir la empezada historia de la bella portuguesa, se consoló con que el rodeo no había sido muy largo; y volviendo las riendas al caballo echó a andar a trote largo por la orilla del Pisuerga con dirección a la ciudad.

No muy distante de ella vio caminar por la misma senda que él iba, pero en sentido contrario, una mujer hermosa, montada en una excelente mula y acompañada por un mozo de a pie, en el cual reconoció, desde muy lejos, la gallardía y destreza del pastelero Gabriel de Espinosa. Tantas y tales eran las singularidades que don Juan había visto en aquel hombre, que ya no podía sorprenderle, por más inesperadamente que se le presentase. Miró, pues, ya que no como natural, al menos como muy poco maravillosa, su presencia en las cercanías de Valladolid; aun cuando era de suponer que estuviese entonces en Madrigal, y apresuró algo el paso para salir al encuentro.

Poco tardaron nuestros caminantes en hallarse frente a frente. Gabriel reconoció también a Vargas; pero no conviniéndole, sin duda, manifestarlo entonces; puso disimuladamente el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios; en señal de silencio, mirando a Vargas significativamente; y fingiendo que el caballo se le había espantado, pasó a escape por delante del hermano del marqués, sin saludarle; éste no trató de estorbárselo, y saludando a la dama continuó su camino.

Luego que hubo andado algunos pasos volvió atrás la cabeza, y vio que Gabriel iba ya muy tranquilo al lado de la señora de la mula.

-Anda con Dios, hombre incomprensible -dijo para sí-. Hoy no te conviene conocerme: no me estuviera mal a mí tampoco no haberte visto jamás.

En estas y otras reflexiones llegó a la puerta de su casa, y allí lo olvidó todo para volver a ocuparse en la lectura de la historia de la bella Inés de Contiño.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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