Ni rey ni Roque: 19

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Capítulo VI[editar]

 Mas vano ha sido nuestro afán, y en vano
 por el nombre de Dios lidiado habemos:
 él retiró su omnipotente escudo;
 y coronar no quiso nuestro esfuerzo.
(QUINTANA: Pelayo.)


Recuerde el lector que en el capítulo IV de este tomo le hemos dicho que regresando don Juan de Vargas a Valladolid desde Puente-Duero por el camino de Simancas, había encontrado a Gabriel de Espinosa acompañado de una bella dama, y lo que no sabe y ahora le diremos, es que aquella mujer era Violante, la querida del marqués.

Espinosa salió de Madrigal para Valladolid el mismo día que tuvo con don Juan aquella conferencia en la celda del fraile. Llamábanle sus asuntos a aquella ciudad hicieron tiempo, pero ciertas razones le hicieron diferir su viaje hasta la época en que nos hallamos.

Fue a aposentarse a una casa de huéspedes, que la casualidad quiso fuese la que estaba enfrente de la que Violante habitaba. Viola por la mañana asomarse al balcón, y reconoció en ella una mozuela con quien había tenido amistad en uno de sus primeros viajes a Italia antes de casarse con Clara. La curiosidad le movió a ir a visitarla, y no fue poca su sorpresa al ver la decencia de los muebles y el místico adorno de las habitaciones.

Así que estuvieron solos la cortesana y el pastelero:

-Camila -le dijo éste-, ¡tú en España y vestida de hábito del Carmen! Fenómeno es esté que no esperaba ver.

Sorprendiose la taimada hasta no más, oyéndose llamar por su nombre que ya ella misma había olvidado, pero no reconociendo al que la hablaba; trató de imponerle, revistiéndose de una gravedad teatral; y respondiendo con enojo.

Señor gentilhombre, usted viene engañado; o trata de insultarme, porque me ve mujer y sola. Ni mi nombre es Camila, ni hay para qué admirarse de verme vestir este santo hábito; tome, pues, la puerta; que no gusto de recibir en mi casa visitas de gente desconocida.

Estuvo Gabriel mirándola de hito en hito mientras habló; y después, soltando, sin consideración alguna, la carcajada, contestó:

-Desempeñas tu papel que no hay más que pedir pero conmigo, créeme, es tiempo perdido el que gastes en tratar de engañarme. Y si no, vamos a cuentas: no puedes haber olvidado que hace algunos años, cuando te llamabas Camila, por señas, fuiste a Nápoles con cierto alférez de los tercios españoles, que, cansado de tus repetidas infidelidades, te abandonó a merced del público. También tendrás presente que un extranjero, a quien conociste con el nombre del señor Álvarez, te tomó por su cuenta, algunos días, hasta que le jugaste una de las tuyas y te envió a paseo.

Violante o Camila, que todo es uno; había estado escuchando aterrada tan circunstanciada relación, de una parte de su vida y milagros, pero, a pesar de ello, no dejó de examinar atentamente la persona del narrador, logrando al cabo recordar sus facciones.

-Es el mismo Álvarez -exclamó, no pudiendo contenerse-: es él o su sombra.

-Norabuena -contestó, siempre riéndose, Espinosa-: te has mudado el nombre; y yo también. Cada uno de nosotros habrá tenido para ello sus razones; pero no reconocerse amigos tan antiguos, es descortés hasta el último punto.

Ya no le era posible a la cortesana volverse atrás de lo dicho, aunque bien lo deseaba; hizo, pues, de la necesidad virtud, y afectando alegría, se dio enteramente a partido.

A fuerza de preguntar unas cosas y de adivinar otras por los antecedentes que tenía, se enteró Gabriel, sobre poco más o menos, de la historia de Violante en Valladolid; pero ella no supo más que lo que él quiso decirle, que fue poco o nada. En el fondo de su corazón deseaba la ninfa ver a dos mil leguas de sí al que la había conocido Camila; pero temiendo que si le descontentaba había de publicar lo que tanto le interesaba que no se supiese le llenó de caricias, y a fuerza de confianzas y agasajos quiso comprometerlo a entrar en sus intereses. Por, parte de Gabriel no hubo designio alguno; la curiosidad le llevó a verla la primera vez, y su inclinación a las mujeres a volver alguna otra, y a acompañarla en uno de los viajes que hizo a Simancas a ver a su hijo.

En tanto que esto hemos referido, don Juan, enterado ya de de la historia de Inés, fue puntualísimo en presentarse en el locutorio; y su dama no le hizo aguardar.

-¿Habéis leído mi escrito, don Juan? -preguntó la morena.

-Sí, lo he leído; y aunque jamás os hubiera visto, por su lectura solo os amara, Inés mía. No me digáis ahora que mi amor es una locura: iguales en nacimiento y fortuna, adorándoos yo, mirándome vos sin repugnancia; ¿qué se opone a nuestro enlace? Cesen, señora, cesen de una vez mis penas; vos podéis hacerlo, y yo no espero más que vuestra resolución.

-Don Juan, si en mi mano estuviera, hoy mismo sería vuestra esposa; pero no debéis haber olvidado...

-¿Que se me han impuesto condiciones? No por cierto; pero ya he dicho mil veces que ésta no es una dificultad. Cualesquiera que ellas sean, por duras que parezcan, yo las acepto desde luego.

-Conviene, sin embargo, que las sepáis. Los riesgos que se os van a ofrecer son de una naturaleza de los que no estáis acostumbrado a correr y aun imaginar. ¡Ah mi don Juan! Si sólo se tratara de exponer el pecho a las balas, de pelear cuerpo a cuerpo con uno o con muchos enemigos, yo estuviera segura de Vos; y si murierais, vuestra gloria me consolaría del dolor de perderos. Pero ¿querríais vos, qué digo vos, querré yo misma veros perseguido, cargado de cadenas, en un cadalso tal vez?...

-¡En un cadalso, Inés! ¿Deliráis?

-Ojalá, don Juan, pero yo no deliro: otro sí, y será causa de vuestra perdición y de la mía.

-En nombre de nuestro amor, explicaos, señora, de una vez.

-Comprendo vuestra impaciencia; yo misma la tengo, y no pequeña, de sacaros de dudas; y, sin embargo, no puedo menos de temblar al abrir los labios para confiaros este fatal secreto.

Calló Inés, y, don Juan también permaneció en silencio. Así pasaron algunos instantes, hasta que la dama, levantándose de su asiento y cerciorándose de que nadie había escuchando la conversación a la puerta del locutorio, empezó a decir:

-Ya habréis visto que cuando mi hermana se casó no me dijeron el nombre de mi cuñado; pero lo que ignoráis es que en Nápoles se me reveló este secreto. Entonces comprendí cuánto hasta aquel momento me había parecido oscuro.

»El que vos habéis conocido con el nombre de Gabriel de Espinosa y ejerciendo el oficio de pastelero, el que en Francia se llamó Fiormino, es, señor don Juan, el desdichado don Sebastián, rey de Portugal.

-¡Señora! Es indudable. ¿Y por qué permanecer oculto tanto tiempo?

-Eso lo sabréis escuchándome con un poco de paciencia, pues me será forzoso tomar las cosas de bastante atrás para mayor claridad.

»La suerte de las armas fue adversa, como sabéis, a don Sebastián en la expedición a África; y el monarca, furioso y desesperado de ver perdida la flor de la nobleza lusitana, derrotado su ejército y su gloria eclipsada, se arrojó, buscando la muerte, en medio de sus enemigos. Siguiole un escuadrón formado de los más valientes que aún quedaban con vida, en el cual iba por consiguiente lo más escogido de Portugal, prefiriendo morir honradamente al lado de su rey, a buscar su salvación en una fuga afrentosa. Casi todos murieron cubiertos de la sangre de sus enemigos, y bien vengados; allí dejaron de existir mi padre, don Sebastián de Contiño, y don Cristóbal Tabora, marido de mi tía.

»El rey y unos cuantos de sus valientes, defendidos por los mismos cadáveres de los enemigos que acababan de inmolar, pelearon desesperadamente, hasta que, sobreviniendo la noche, se retiraron los moros del campo de batalla. Entonces, después de un día entero, cesaron de dar cuchilladas. Todos estaban heridos, cuál más, cuál menos gravemente. La sangre del monarca corría por tres heridas: una de ellas, la más grave, debajo del brazo derecho; causada por un balazo.

»Seis u ocho compañeros, y estos heridos, era todo lo que le restaba al desdichado don Sebastián de su aguerrido ejército. Para restañar la sangre que corría en abundancia de sus heridas, tuvo que aplicarse un puñado de arena, pues no encontró cosa con que hacerse un vendaje. Jamás hombre descendió tan rápidamente del solio al colmo de la miseria.

»El anciano de quien tanto he hablado en mi escrito, y que ahora llamaré el marqués Domiño, fue el único que, habiendo tenido la dicha de escapar con una sola y leve herida, se conservaba en estado de discurrir, y propuso alejarse cuanto antes de aquel teatro de horror y desolación, al que los moros no dejarían de volver por la mañana. Hiciéronlo así, en efecto, metiéndose en un vecino bosque, en el cual no se internaron tanto como quisieran, por no permitírselo el cansancio de los caballos ni el dolor de sus heridas.

»¡Qué noche aquella para don Sebastián! Afligido por acerbos dolores, y reflexiones más amargas aún, extenuado de hambre, abrasado de sed, rendido por el sueño, y sin poder cerrar los ojos un instante, los lejanos clamores de millares de moribundos en el campo de batalla eran para él otras tantas y severas reconvenciones por su imprudente temeridad. "No deseaba ya entonces -me dijo, refiriéndome estos sucesos- la corona ni el poder. No eran el hambre, la sed ni las heridas las que me atormentaban, los remordimientos, sí, me despedazaban las entrañas; y si Domiño no se hubiera opuesto, aquella noche habría terminado yo mismo una existencia que los infieles no pudieron arrancarme".

»Tres o cuatro días vivieron en el bosque, sin otro alimento que el escaso y desabrido de algunos frutos silvestres, ni más agua que la de un pozo hediondo. Por fin, resueltos a todo antes que morir de hambre, salieron una noche de aquel paraje y se encaminaron a la playa, donde sorprendiendo a unos pescadores en el momento en que iban a entrar en su barca, se apoderaron de ella y les obligaron a remar, mal de su grado, en dirección a las costas españolas.

»Ya en alta mar y próximos a perecer por falta de víveres, encontraron un buque inglés, al cual se acogieron. Preguntando su capitán quiénes eran, le respondieron que unos soldados del ejército portugués, que a duras penas habían logrado salvarse del cautiverio en aquella barca. Los ingleses lo hicieron muy bien con ellos, y como se dirigían a Lisboa, no tuvieron inconveniente en echarlo a tierra en Lagos, puerto inmediato al Cabo de San Vicente, pues a don Sebastián no le convenía presentarse en la capital, en donde suponía, con razón, que todo estaría muy revuelto.

»Desde Lagos pasó don Sebastián a un convento de descalzos que estaba en el mismo cabo de San Vicente, y en cuyo prelado tenía entera confianza. Allí supo el mal aspecto que para él habían tomado los negocios de su reino, y se confirmó en la resolución de mantenerse oculto que ya tenía formada, y de que en la noche después de perdida la batalla hizo voto inconsideradamente. Pasaron los desdichados caminantes a Lisboa, y allí oyó don Sebastián predicar el sermón de sus propias honras a Fray Miguel de los Santos. Sus amigos se descubrieron cada uno a los suyos, iniciándolos en el secreto de la existencia del rey. El obispo que lo casó con mi hermana fue uno de estos, y asimismo doña Francisca de Alba, como esposa de don Cristóbal Tábora, persona que fue muy querida del rey, mereció igual confianza.

»Vagó algún tiempo el monarca por sus propios estados, como si fuera un malhechor; mas ni aun así quiso la suerte dejarle en reposo. La noticia de que aún vivía empezó a divulgarse, y don Enrique persiguió con tanto encarnizamiento a cuantos la decían, oían o presumían, que don Sebastián tuvo que salir de Portugal.

»Ya con un nombre, ya con otro; ora pasando por un mercader, ora por un artesano, recorrió toda la Europa; y al cabo de ocho años de trabajos, el amor patrio volvió a llevarle a sus estados.

»Entonces fue cuando, habiéndose empeorado una de sus heridas, y buscando un asilo seguro en donde poder curarse, doña Francisca de Alba le dirigió al valle que habitábamos Clara y yo. El capellán supo, desde luego, quién era nuestro huésped y los que le acompañaban; Clara no, hasta que viendo el rey que su virtud era inexpugnable, se decidió a casarse con ella.

»Los compañeros de don Sebastián eran el marqués Domiño; don Carlos, hijo natural de don Juan de Austria; el príncipe Abenamal de Dinamarca, y el joven Francisco, a quien los otros llamaban Francisquito, que, según tengo entendido, es hijo ilegítimo del rey. Los tres primeros le habían seguido a la batalla, como vasallo el primero, y en clase de voluntarios los otros dos; y todos pasan, igualmente que el rey, por muertos. Don Francisco se le unió en su segundo viaje a Portugal.

»Desde que este joven me vio, su inclinación a mí se manifestó claramente; y él mismo, acompañado del dinamarqués Abenamal, fue quien tuvo con vos el encuentro en el Campo Grande. Pero no anticipemos los sucesos, y volvamos a don Sebastián.

»Llegó el rey al valle y se enamoró de Clara; pero no podía permanecer allí mucho tiempo, pues le era forzoso recorrer el país para alentar a sus partidarios; o por mejor decir, para formar un partido con los servidores fieles que le quedaban, esparcidos en diferentes puntos.

Así pasó el tiempo que medió desde su conocimiento con Clara y matrimonio con ella hasta el viaje a Nápoles. He aquí la causa que lo promovió: el licenciado Juan Méndez Pacheco, tanto por el misterio con que todo aquel asunto se condujo, cuanto por algunas expresiones que doña Francisca de Alba dejó escapar en su presencia, sospechó que el herido cuya secreta cura se le había confiado y magníficamente remunerado, era el rey don Sebastián. Debía el médico haber guardado para sí sus conjeturas, cuando por otra, cosa no fuera por amor de su propia seguridad, al menos; pero no lo hizo así, y su imprudencia hubo de sernos a todos funesta. En cuanto a nosotros, ya sabéis, don Juan, las consecuencias que produjo; réstame deciros que al médico Pacheco le prendieron, y logrando a duras penas salvar su vida, fue destinado algunos años a galeras.

»Cuando volvimos a España, después de la muerte de mi amada Clara, nos aproximamos a las fronteras de Portugal, y en ellas encontramos a nuestros amigos, según el convenio hecho un año antes. El infatigable Cornimo no había cesado de trabajar, aunque infructuosamente. En los años transcurridos desde que don Sebastián pasaba por muerto; la usurpación había echado raíces. A la verdad, la masa del pueblo estaba descontenta con el yugo español, y la nobleza, abatida y menospreciada, suspiraba por un trastorno político; pero los tercios españoles tenían aterrados a unos y a otros. La nación, envilecida, no se sentía capaz de sacudir las férreas cadenas que la oprimían; y los magnates a quienes se hablaba de ponerse al frente de un movimiento popular, no respondían más que mostrando temerosos el coloso español, capaz de aniquilarnos con el menor esfuerzo que para ello hiciese.

»En medio de este desaliento general, había, sin embargo, algunos espíritus generosos que, convencidos de la existencia de don Sebastián, conjuraban para restablecerle en el trono. En vano los satélites de Felipe descubrían siempre aquellos proyectos, y una muerte pronta e infamante para sus autores fue el último resultado que produjeron.

»Tal fue el desagradable cuadro que Domiño nos hizo del estado de los negocios en Portugal, y en su vista difirió el rey entrar por entonces en aquel país; Domiño y los otros tres caballeros se volvieron a él; nosotros nos fuimos a establecernos primero en la Nava de Medina, y después en Madrigal, que dista de allí tres leguas.

»Poco más de un mes hacía, don Juan, que estábamos en aquel pueblo, cuando el Destino os condujo a él. Llegasteis precisamente el día en que don Sebastián, habiendo reconocido en el vicario de Santa María la Real a fray Miguel de los Santos, su antiguo confesor y predicador, quiso probar si aquel religioso le reconocería también a él. Con este objeto le esperó y habló cuando se retiraba de decir misa, según presenciasteis vos mismo. Debería sin duda el supuesto Gabriel no haberlo hecho en vuestra presencia, atendiendo a que la obstinación con que seguisteis sus pasos os hacía sumamente sospechoso; pero don Sebastián no conoce obstáculos a su voluntad; y plegue a Dios que su inflexibilidad no sea funesta para todos.

Figuraos cuál sería la sorpresa de fray Miguel cuando oyó la voz de su rey, que tan conocida tenía, y mirando sus propias facciones. Al principio dudaba de conocerlas; pero tan prontas y tales fueron las cosas que don Sebastián le dijo, de aquellas que sólo él y su confesor podían saber, que no le fue posible al vicario negarse a la evidencia.

»Fray Miguel, conservando siempre la esperanza de que don Sebastián volvería a presentarse, había procurado formar en Portugal un partido a su favor, y para que sus relaciones con aquel reino fuesen menos sospechosas, hizo ir a establecerse en Madrigal al médico Juan Méndez Pacheco, que le servía de agente.

»Pero lo más interesante que ha hecho el vicario en favor de su rey, ha sido poner de su parte a la señora doña Ana de Austria, digna hija de su ilustre padre. Debemos a esta señora singulares beneficios; y es de presumir, si el cielo protege; nuestra causa, que la veamos sentada en el trono de Portugal.

»He aquí, don Juan, la explicación de todos los misterios que tanto os han confundido.

-Aún quedan, bella Inés -respondió Vargas-, algunos puntos que aclarar. La aventura de la ermita, por ejemplo.

-Voy a explicárosla. Los amigos del rey, después de haber recorrido de nuevo el Portugal y tomado allí sus medidas, vinieron a reunirse con él, repartiéndose, para no llamar la atención, en diversos pueblos de las cercanías de Madrigal. No habían venido esta vez solos, sino acompañados de varios señores portugueses, que comisionados por los de su partido, traían el doble objetó de cerciorarse de la existencia de don Sebastián y de recibir sus órdenes. Era, pues, preciso celebrar algunas juntas, y ningún paraje les pareció más a propósito para ello que la bóveda-panteón de una ilustre familia que existe debajo de la ermita a cuyas inmediaciones nos vimos.

-¿Y vos -exclamó Vargas; con visibles señales de descontento-, y vos lo sabíais?

-Sabía que se reunían cerca de Madrigal, pero no en qué paraje. Además; debéis recordar que la elección del lugar de la cita fue vuestra, y no mía. Sucedió, pues, que los conjurados, si tal nombre puede darse a los que defienden tan justa causa, advirtieron que había gente extraña en las ruinas. Y temiendo ser descubiertos, hicieron lo que no habréis olvidado.

-No por cierto, ni lo olvidaré en mi vida.

-Fray Miguel fue quien en aquella ocasión os salvó la vida.

-La suya fue entonces la voz que yo creí reconocer.

-Sin duda lo era. Don Sebastián se presentó después, y según parece, estaba enterado de nuestra cita.

-¿Cómo?

-Lo ignoro, no puedo creer otra cosa sino que el mulato Domingo, viéndome salir sola de casa, me siguiera los pasos, y después informara a su amo de lo ocurrido.

-Así parece probable. ¿Pero, y vuestra repentina salida de Madrigal?

-Fue consecuencia de lo acordado en aquella misma junta. Los portugueses ofrecieron reunir en los montes un número considerable de soldados tan luego como el rey se presentara en sus dominios a cara descubierta; y don Sebastián, para quien la triste condición en que vive ha llegado a ser insoportable, resolvió prestarse a todo. Pero como para su presentación en Portugal son necesarios grandes preparativos, pues el rey no quiere entrar pordioseando en sus estados, se resolvió, que se difierese por algunos meses el alzamiento, para disponer en ellos lo conveniente. Inútil es conveniente. Inútil es deciros que Madrigal no ofrece recursos ningunos; y que es, además; demasiado pequeño para que cuantos pasos se den dejen de ser públicos.

-Ya os entiendo; habéis venido a Valladolid a hacer compras.

-Así es la verdad. He sido recomendada por la señora doña Ana de Austria a este monasterio, bajo el nombre de doña María de Castro, suponiéndome sobrina de cierto abad; como el pretexto de mi estancia aquí es un pleito, salgo del convento siempre que lo creo conveniente y me es forzoso.

-Un solo punto nos resta por aclarar, señora mía.

-¿Cuál es, señor don Juan?

-Cierto lance en el Campo Grande.

-Vamos a él. Cuando os vi en Medina os cité para el primer paraje que se me ocurrió entonces; pero por un efecto de la fatalidad que nos persigue desde que nos conocimos, quiso la suerte que las cercanías del Carmen fuesen precisamente el punto escogido por el dinamarqués Abenamal para verse en la noche misma que nosotros escogimos con una dama, o más bien mujer a quien galantea. Acompañado por don Francisco fue a esperarla; y ya sabéis lo que pasó sobre dejar o no dejar el campo libre unos a otros. Pero don Francisco, irritado por mi indiferencia con él y celoso de vos, promovió la pendencia, y el brutal dinamarqués, olvidándose de las reglas del honor, os atacó también. ¿Soy culpable, Vargas?

-No, mi bien; no, mi vida. Perdonadme, si merece perdón el que se atreve a pensar mal de un ángel.

-¡Siempre exagerado; siempre en los extremos! No, don Juan, yo no soy ni liviana ni intrigante, pero tampoco un ángel: estoy muy lejos de tal perfección.

-Inés, yo os juro...

-¿Que me amáis? Me complazco en creerlo.

-Si así es, ¿por qué tardáis en ser mi esposa?

-Después de lo que habéis oído, no se puede ocultar a vuestra penetración que la hermana de Clara, la cuñada del rey don Sebastián, la que, en fin, ha prometido solemnemente servir de madre a su hija, no puede separar su suerte de la del infeliz monarca. No creáis, Vargas, que, la ambición me lisonjea con sus ilusiones; acaso soy yo la única persona que en este negocio no se las hace. Conozco que Portugal, unido todo con su rey en el trono, y, aun suponiéndolo en sus más prósperos días, no basta a resistir uno solo al poder del orgulloso potentado en cuyos dominios jamás se oculta la luz del sol, ¿Qué será, pues, en las actuales circunstancias? Preveo una sangrienta catástrofe, y miro la ruina de don Sebastián y los suyos como inevitable. Sin embargo, estoy resuelta a perecer con él, pues que el destino lo quiere así. Ved, pues, el tálamo que os ofrezco: mi mano no puede ser vuestra sin que tiréis la espada en favor de don Sebastián.

-Suyo soy entonces hasta la muerte.

-¡Don, Juan!...

-No habléis más señora. Su causa es justa; y, aunque no lo fuera, conozco que haría lo mismo. Sin vos, ni la vida ni la honra estimo en nada.

-El rey sabrá hoy vuestra resolución; volved mañana.

-Esposa mía, adiós.

-Él os guarde, mi señor.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias