Album de un loco: 23

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Segunda parte de Album de un loco
de José Zorrilla


La inteligencia[editar]

X[editar]

LOS BÁRBAROS
Hunnos, alanos, vándalos y godos,
avaros, suevos, neustrios, merovingios,
gépidos, longobardos, ostrogodos,
hérulos, salios, francos y turingios,
con otros pueblos mil, bárbaros todos,
de carácter, ya rudo, ya perverso,
de tan distinta faz, de tan diverso
origen, ley y religión e idioma
de los de Grecia y Roma;
gente tan otra, tan extraña y fiera,
como la patria incógnita y lejana
que sus hordas indómitas vomita
cuando y en donde nadie las espera;
como el genio infernal de quien emana
el espíritu hostil que las excita
a hacer en él su aparición primera,
sobre el mundo en turbión se precipita.
¿Quiénes son? ¿Quién los trae? ¿Qué es lo que buscan
en las regiones cultas? No se sabe;
sus destinos recónditos se ofuscan
a la vista mortal; de ellos la llave
tiene tan sólo Dios, que de repente
sobre Europa lanzó tan nueva gente.

Bárbaros son; así nuestras naciones
denominan sus hordas y legiones.
Salieron, como nubes de langostas,
de las selvas, las islas y las costas
que azota ronco el mar, y turbia riega
la corriente del Vístula, del Oder
y del Volga, en la Prusia, la Noruega,
la Suecia, la Pannonia, Escandinavia…
¿Quién sabe ? De comarcas aun incultas,
para su grande población angostas,
y a la geografía poco sabia
de Grecia y Roma todavía ocultas.
Las tinieblas tal vez las produjeron;
tal vez de un caos terrenal salieron,
y ávidas de botín, pobres de bienes,
dejando tras de sí ruinas y estragos,
cruzaron montes, ríos, selvas, lagos,
vadearon con audacia el Borysthenes
y el Tánays; botaron en el Ponto
y el Mar Negro sus lanchas; y muy pronto,
con famélico afán y osada mano,
sembraron muerte, asolación y fuego
en el fecundo territorio griego
y en el terreno rico del romano.

Asaltaron de Europa las regiones
estas ciegas y bárbaras naciones;
catástrofe tremenda, con que acaba
la clásica y heroica tragedia
de Roma; y se quedó la Europa esclava
en el caos feroz de la Edad Media.

Así cuenta la Italia, amedrentada,
la historia de esa gente, y se equivoca;
así lo cree la Europa, sojuzgada
también por ella, y la verdad disloca;
Voltaire, Hume, Sismondi, en su extraviada
filosofía y con conciencia poca,
así hablan de esta edad mal estudiada,
y si aun hoy nuestra edad, más ilustrada,
sigue llamando bárbara a esa gente,
es que, o no la conoce, o que la apoca,
o que, ser justa no queriendo, miente.

Y no es aquí que tenga yo el capricho
de echármela de sabio y de profundo,
o de decir lo que ninguno ha dicho
para contradecir a todo el mundo,
no ¡por Dios! Para mí toda la gente
que, creada por Dios inteligente,
en vez de razonar, mata y pelea,
es estúpida, vil, bárbara y rea
de lesa ilustración, y es evidente
que estas tribus guerreras, que invadieron
la tierra occidental, bárbaras fueron,
mas antes de arrojarlas a la cara
tan degradante apodo, bueno fuera
que con detenimiento las juzgara
nuestra edad imparcial y justiciera,
y a la luz de aquel siglo contemplara
la gente y sociedad de aquella era.

«¿Quiénes son? ¿Quién los trae? ¿Qué es lo que buscan
en las regiones cultas? No se sabe.
De sus hondos destinos, que se ofuscan
a la vista mortal, tiene la llave
tan solamente Dios, que de repente
sobre Europa lanzó tan fiera gente.»

No es verdad, de su origen y destinos
claros están la cuna y los caminos.
¿Quiénes son ? ¿Quién los trae? ¿Qué es lo que quieren?
Son los bárbaros, sí; mas Dios los trae
la herencia a recoger de los que mueren,
y a renovar el mundo, que se cae.

Veamos su venida
a una luz para verlos encendida.

Por el pronto estos bárbaros no hicieron
en Europa irrupción cual torbellino
furioso, asolador y repentino,
sino por tribus y por razas fueron,
y en diferentes épocas camino
abriéndose y ganado, hasta que hundieron
sus espadas, después de cien campañas,
de la caduca Roma en las entrañas.
Además, ¿por qué hacerles hoy la injuria
de no ver más que su guerrera historia,
de no considerar más que su furia,
y de su fe o virtud no hacer memoria?
¿Por qué sólo pesar sus violencias,
y no de su invasión las consecuencias?

Es verdad: en sus fieras correrías
y en sus asoladoras invasiones,
cometieron horrendas tropelías
inmensas y sin par devastaciones;
mas no llegó su bárbaro apetito
de sangre, destrucción, venganza y guerra,
a dar un espectáculo a la tierra
tan sangriento, tan cruel, tan inaudito,
como el que dió en Salem en su victoria,
con vergüenza del tiempo y de la historia,
la atroz venganza del clemente Tito.
No hay en la historia de Áttila sangriento,
ni de los otros bárbaros triunfantes
de Roma, un espectáculo tan cruento,
unas carnicerías semejantes
a las que hizo en Cartago y en Tarento,
en Rodas y en Corinto, el violento
furor romano; ni de aquella fiera
desordenada edad hubo en la era
revuelta unos instantes
de sangrienta embriaguez, de tiranía,
de degüellos sin ley y a sangre fría,
tan contra la razón, tan repugnantes,
como los de las guerras protestantes,
y los que osaron dar, casi hoy en día,
Robespierre a París, Carrier a Nantes.

La civilización de la gran Roma,
doquier que apareció, no fué a los reyes
vencidos sólo a quienes hizo guerra,
sino que de los pueblos fué carcoma;
se la hizo a sus costumbres, a sus leyes,
a su honor, a su fe y hasta a su idioma,
y a sus hombres trató como a sus bueyes,
pues les quitó hasta el nombre con la tierra;
porque Roma por bárbaro tenía
a todo el que romano no nacía.

Roma se hundió bajo su mismo peso;
su altivez, su egoísmo soberano
la arrastraron al fin bajo el exceso
de su poder, dominador, tirano.
Su inmensa corrupción, la podredumbre
de sus costumbres sórdidas e impías,
su atroz ferocidad hizo costumbre,
y leyes sus atroces tiranías.
Todo lo acaparó, todo lo supo;
mas todo lo vició y aplicó, insana,
mal; todo crimen e injusticia cupo
en la impudente ilustración romana.
El desprecio en que tuvo al mundo entero
trajo sobre ella al universo todo,
y al fin, un pueblo bárbaro y grosero
su infame ilustración hundió en el lodo.

Juzgáronse los bárbaros mejores
por su fuerza y valor, que los vencidos;
pero los pueblos y épocas peores
sus gérmenes de bien llevan unidos,
y toda raza culta, a sí adheridos,
en su bajeza y abyección mayores,
conserva, aunque en su cieno adormecidos,
algunos de los átomos perdidos
que fueron de su ser germinadores;
dieron, pues, los romanos sometidos
rubor con su cultura a sus señores,
y al bárbaro triunfante venció al cabo
la civilización del culto esclavo.

Como el bárbaro rudo comenzaba
donde la sabia Roma concluía,
su sociedad oscura iluminaba
la misma luz que a Roma consumía,
lo que Roma al morir caer dejaba,
el bárbaro al nacer lo recogía;
lo que, harta de saber, Roma olvidaba,
él, de saber ansioso, lo aprendía;
y aunque vió a los vencidos con desprecio,
por más cobardes, cuanto en ellos vía,
que su barbarie a mejorar servía,
supo adoptar con sensatez y aprecio.

Roma, al darle su foro y tribunales,
le dió administración, orden, civismo;
la justicia le dió formas legales,
su fe y su humanidad el cristianismo
al darle, sus instintos más brutales
ahogó en él, y acotó su vandalismo;
y adquiriendo unidad y patriotismo,
dignidad y decoro personales,
se empezaron a unir los elementos
de aquella sociedad e instituciones,
en los que están basados los cimientos
de la moderna fe y constituciones.
La luz tranquila de la fe cristiana,
alumbrando a los bárbaros, su esencia
no, su forma varió; dió a la villana
gente otro porvenir, otra existencia
más amplia, de la cual la independencia
germinó; y comenzó la raza humana
a sacudir la esclavitud romana.

Roma, con fin tiránico y perverso,
había reunido al universo,
cual manada de esclavos, a sus plantas;
el cristianismo, con poder diverso,
le reunió bajo las leyes santas
de la fraternidad, de los derechos
comunes; proclamó de los mortales
la igualdad; y los pueblos, libres hechos
de esclavos, y de cosas, racionales,
sacaron de sus límites estrechos
la ley y libertad universales.

Al principio estas bárbaras naciones,
de la fe y la cultura aun en la infancia,
confundieron la fe y supersticiones
de sus dos encontradas religiones,
que, al tomar y perder preponderancia
en sus rudos e ignaros corazones,
su ser regeneraban; su ignorancia
mezcló la caridad y la nobleza
cristianas con la bárbara fiereza
que componía el fondo primitivo
de su carácter bárbaro nativo.

Aceptaron de Cristo la doctrina
y el culto de sus cándidos altares;
mas no pudo extinguir su luz divina
sus feroces instintos militares.

No pudo comprender su valor bruto,
cómo no fuese la mayor grandeza,
el título mejor, el instituto
más elevado y la mejor nobleza,
los de llevar al campo los debates
y salir vencedor en los combates;
y poniendo la cruz en sus espadas,
llenos de fe, con bárbara fiereza
siguieron desgarrándose a estocadas,
e, invocando a Jesús, largas jornadas
pasaron en cortarse la cabeza.

Víctima su razón de tales juicios,
creyendo hacer a Cristo sacrificios,
hicieron oblaciones al demonio,
de Dios bajo el amparo y los auspicios;
poniendo a su valor por testimonio
de virtud, de verdad y de derechos,
a propiedad, herencia o beneficios;
por prueba de inocencia y buenos hechos,
de legitimidad de patrimonio
y absolución de error y maleficios;
por medio de lograr entre patricios
la fe de una mujer en matrimonio,
encomendando al brazo y al cuchillo
la decisión del pleito más sencillo.

Presa su fe de aberraciones tales,
juez hicieron a Dios de sus contiendas;
escribieron su nombre en los puñales,
colocaron la cruz sobre sus tiendas,
en el casco y pendón de su milicia,
de su corcel de guerra en los frontales;
y aceptando los duelos personales
por la prueba mejor de fe y justicia,
llamaron a sentencias tan brutales
«Altos juicios de Dios; pruebas legales.»

He aquí la inteligencia sometida
por la fuerza brutal; he aquí a la tierra
teniendo siempre que nutrir la vida
de las semillas, que en su seno encierra,
con la sangre del hombre, que en la guerra
la derrama sobre ella sin medida.

He aquí al hombre, por fin, que eternamente,
de su globo feraz dueño absoluto,
en vez de cultivarle, inteligente,
para vivir en él dichosamente,
muere sobre él riñendo, como el bruto.

Mas he aquí la feliz preponderancia
de la fe liberal de Jesucristo;
he aquí su caridad, su tolerancia
patrocinando al débil desprovisto
de poder, ayudando la constancia
del pobre atropellado y la ignorancia
del pueblo (que en las guerras, está visto,
siempre queda mal puesto y peor quisto)
contra el poder, la fuerza y la arrogancia
de los Reyes, los grandes y señores,
de las inermes masas opresores.

He aquí a la noble religión naciente
alzando sus basílicas enfrente
de sus muradas torres y castillos,
contra su fuerza osada e insolente
para abrigar a la indefensa gente
de los pueblos cobardes o sencillos.

Baluartes de los pueblos traficantes,
ganaderos, labriegos o artesanos,
entonces en las tierras habitantes
de estos guerreros bárbaros imperios,
a los hombres pacíficos, tranquilos,
que, útiles al común de los humanos,
podían con las obras de sus manos
ser, o anudando con estudios serios
de ciencias y artes los cortados hilos,
para el saber y la virtud asilos,
abrió la religión sus MONASTERIOS.

los monasterios

Por otra parte, aquellos religiosos cultivaban los campos, cantaban alabanzas a Dios, vivían en libertad, y eran hospitalarios; pudiendo servir su ejemplo para mitigar la ferocidad de aquellos tiempos de barbarie. (VOLTAIRE, Essai sur les moeurs.)

Preciso es confesar que los benedictinos hicieron muchas obras notables; que los jesuitas prestaron importantes servicios a las letras; necesario es también bendecir a los hermanos de la Caridad y a los que se dedicaban a la redención de cautivos. El mayor de los deberes es el de ser justo.

Confesemos, a pesar de todo lo dicho respecto de sus abusos, que siempre existieron en su seno personas eminentes por su virtud; que si hicieron mucho daño, también prestaron grandes servicios; y que en general son más dignos de lástima, que de vituperio. (VOLTAIRE, Dictionnaire Philosophique)


En aquellos pacíficos lugares,
que consagró por santos la creencia
y el agradecimiento populares,
buscaron la virtud, la fe, la ciencia,
la actividad, el arte y la inocencia
trabajo, pan, seguridad y hogares;
es decir se amparó de los altares
cuanto un germen sintió de inteligencia.

Los pobres por los bárbaros vencidos,
los ricos de su bien desposeídos,
las víctimas de bélicos horrores,
los del error o el vicio arrepentidos,
los sabios sin favor, los labradores
echados de sus tierras, los villanos
con vigor y sin pan, los artesanos
de industria o artefacto productores,
cuanto había, por fin, inteligente,
útil o laborioso entre la gente
de la época revuelta que corría,
a ampararse venía, por instinto,
de un monasterio; el único recinto
donde vivir y trabajar podía.

Doquier que se veía
el campo cultivado, los breñales
desmontados, abiertos los caminos,
preparados al riego los canales,
tranquilos y en labor los campesinos,
eran siempre inequívocas señales
de que allí cerca un monasterio había;
aquellas eran tierras monacales.

Puntos de reunión, libres y honestos
refugios contra el fiero despotismo
militar de gobiernos, sólo prestos
de la lid y el saqueo al vandalismo;
en una sociedad que no tenía
medios aún de represión dispuestos,
cárceles, hermandades, policía,
para amparar sus pueblos siempre expuestos
de la fuerza a la injusta tropelía,
y en cuya fe quedaban todavía
restos del derribado paganismo,
fueron los monasterios elevados
por la fe y caridad del cristianismo,
centros de actividad, archivos dados
a la ciencia, depósitos sagrados
de cuanto, con vigor aún, contenía
gérmenes de existencia en sí encerrados
que oponer al espíritu maléfico
de tiempos tan turbados;
de cuanto, con un átomo fecundo,
a la futura ilustración benéfico,
necesitaba el porvenir del mundo.
Núcleos de unidad, de inteligencia,
de justa oposición y resistencia
al gobierno brutal de aquellos días,
cuya justicia estaba en impotencia;
comunidades solas, que existencia
lograban de vivir con garantías,
los monasterios fueron los escudos
de la ley, libertad, honra y derechos
de los pueblos de Europa, que desnudos
dejaban los guerreros en sus rudos
combates, cuando no pedazos hechos.
Ellos fueron pacientes, concienzudos
(poco a poco sus límites estrechos
ampliando, y campo conquistando a trechos),
los que a encajar volvieron en sus gonces,
los que volvieron a amarrar los nudos
de nuestra humana sociedad, entonces
por la romana esclavitud deshechos.

Porque la religión, estos asilos
para tener seguros y tranquilos,
al poder de los reyes propiedades
para ellos arrancó, y a la opulencia
pedazos de sus vastas heredades
para dar de comer a la indigencia;
reclamando a la par inmunidades
para amparar los campos y ciudades
de la ilegalidad y la violencia;
todo, al posar sobre distinta base,
a mostrar empezó distinta fase.

Fundáronse los feudos; los señores
fueron del siervo amigos; los concejos
comenzaron a echar, en sus consejos,
un freno a los potentes opresores.
Sustituyó el trabajo voluntario
al forzado: al capricho de los reyes
los derechos del pueblo propietario,
y la igualdad civil ante las leyes.
La división de razas y de castas
a borrar empezaron los humanos
principios de una fe, que de las vastas
regiones de los ámbitos mundanos
a todos los vivientes hizo hermanos,
y a todos los mortales
ante el altar y la justicia iguales.
Libres, a tener patria los villanos
comenzaron y a amarla, a ser leales
a señores que no eran ya tiranos;
y empezaron así las asambleas
populares a unirse, a arriesgar hechos
de impune oposición, que fueron teas
que alumbraron su juicio, y sus derechos
contemplando a su luz, a la justicia
rehusaron, y al Rey, injustos pechos;
esquivando el tributo o la milicia
por religiosa ley o inmunidades.
Y así fueron los pueblos sus caminos
abriendo para ser comunidades
civiles, que, a pesar de su impericia,
por su fuerza más tarde proclamaron
la libertad y la igualdad, y ajaron
el fuero real y la altivez patricia.

He aquí cómo empezó la inteligencia
a acotar y humillar la fuerza bruta,
y a preparar el campo a la existencia
mejor de que hoy la sociedad disfruta.
Así empezó nuestra moderna Europa
costumbres a tener, ciencias y leyes;
y así empezaron la rasgada ropa
de Roma hundida a recoger sus reyes,
y a hacer de sus jirones imperiales
sus sobrevestas y sus mantos reales.

Y así nació la dignidad humana,
la libertad y la igualdad terrenas;
así rompió la religión cristiana
de los pueblos esclavos las cadenas.

De su culto católico la pompa
opuso, en sus pacíficos misterios,
la armonía del órgano y salterios
al son marcial de la guerrera trompa.

Espléndida en el lujo soberano
de sus fiestas sagradas, juntamente
necesitó el auxilio de la mano
del sabio, del artista y artesano,
y las recompensó pródigamente;
y a su amparo vivieron, y a su vista,
el sabio, el artesano y el artista.

Roma no es más artista por romana
que por cabeza de la fe cristiana.

La religión, con su fastuoso culto,
con sus conmovedoras procesiones,
con el misterio en cada paso oculto
de su ceremonial, de sus funciones
con el incienso y los solemnes sones,
sus millares de flores y de luces
agrupadas en torno de sus cruces,
con sus tiernas imágenes de bulto,
que a la imaginación del pueblo inculto,
de su Dios representan las acciones,
del pueblo inocularon en el alma
un nuevo germen de inocencia y calma.

A la suave influencia
de esta casta y pacífica creencia,
germinaron los nobles pensamientos,
que amansaron las bárbaras pasiones;
y brotaron los tiernos sentimientos
que abrieron al amor los corazones;
regeneró la sociedad el cebo
de la nueva ilusión y el placer nuevo.

Así empezó a brotar el dulce instinto
de nuestras dulces prácticas sociales,
que a un pueblo en raza y religión distinto,
y hasta enemigo en nuestra sangre tinto,
nos hacen ver con ojos fraternales,
e irle a tender, tras de la lid, la mano;
no viéndole enemigo, sino hermano.

Los monjes, que en la paz del monasterio,
lejos del siglo y del mundano ruido,
de solitario estudio en el misterio
habían su existencia consumido,
reunieron de Egipto, Roma y Grecia
cuanto se hallaba al parecer perdido,
cuanto hoy el mundo literario aprecia;
y sus copias cargándose en el hombro,
frutos de su paciencia y su profundo
saber, de sus centurias con asombro,
salieron a esparcirlas por el mundo.

Cuanto hoy posee el profano clasicismo,
se lo debe al saber del cristianismo,
y de cuantos filósofos, poetas
e historiadores tuvo el paganismo,
conservamos por él obras completas.
Así nació la ciencia aventajada
que a la moderna sociedad alumbra,
en la de la alta antigüedad basada,
y por el cristianismo conservada,
de aquella oscura edad en la penumbra.
Y así nació aquel genio pintoresco
de la Edad Media, tan ingenuo, franco
y original; tan ideal, tan fresco,
y del desdén de los pedantes blanco.

Los que la antigüedad toman por norma
sistemáticamente,
adoradores vanos de la forma,
condenan de esa edad el genio ardiente,
y a las artes de esa era que difaman,
groseras y estrambóticas las llaman.

Pero no saben ver que en la riqueza
de su genio, en las artes que produjo
lo que perdió su artística belleza
en corrección de formas y en dibujo,
ganó en inspiración, en sentimiento,
en pureza ideal de pensamiento.

Excelente sin par la arte pagana
en corrección, en formas, en purismo,
es, como el egoísta paganismo,
beldad sin corazón; grande, mas vana;
porque el espiritual idealismo,
que su expresión la infunde soberana,
no le comprende más que el cristianismo.

En medio del desorden y la incuria
de aquellos toscos siglos, vacilante
en basar e impeler hacia adelante
su civilización cada centuria,
mientras que la nobleza, la milicia,
los reyes sin poder y la justicia
mal respetada, por lidiar con furia,
la sociedad revuelta abandonaban,
aquellas religiosas sociedades
de encarrilarla al orden se encargaban,
llenando los deberes que olvidaban
el gobierno civil y autoridades.
En los páramos, yermos y caminos
donde el gobierno débil no podía
poner seguridad ni policía
contra fieras, ladrones y asesinos,
bajo los brazos de la cruz divinos
la religión solícita ponía
un templo un monasterio, una abadía,
alguna ermita o franca hospedería,
que, atrayendo comercio y peregrinos,
el desierto al poblar, le protegía.

Donde en las populosas capitales
el cuidado y deber municipales,
faltos de voluntad o subvenciones,
de hambre y peste en las épocas mortales,
no atendían sus pobres poblaciones,
franqueaban los bienes monacales
al hambre popular las provisiones
de sus inmensas trojes, y a los males
del contagiado pueblo las mansiones
de sus caritativos hospitales.

Donde los descuidados ciudadanos
no alumbraban sus pueblos, su recinto
de noche abandonado al mal instinto
y a la rapacidad de los villanos,
por plazuelas, esquinas y rincones
lóbregos, y en los puntos más cercanos
a sitios turbulentos y profanos,
mancebía, cuartel, juego o taberna,
ponían de un convento los hermanos
una imagen de Dios y una linterna;
sin rubor descendiendo muchas veces
a las más ordinarias pequeñeces
por remediar un mal, o una costumbre
mejorar de la tosca muchedumbre.

Así, por estas buenas sociedades
cristianas, en las bárbaras edades,
se empezaron a echar los fundamentos
de nuestro orden social y policía;
germinaron así los elementos
de nuestra humanidad y cortesía.
Galvanizando así el catolicismo,
en época tan bárbara y guerrera,
fué de la inteligencia el parasismo,
débilmente, es verdad, con lento paso;
pero ¿podía acaso
obrarse en tal edad de otra manera?

En la honda ceguedad de aquella era
no se sabía aún lo que hoy se sabe,
y al ser de niños en edad primera,
vigor de adultos exigir no cabe.

Así de la Edad Media, no estudiada
de su elucubración en los misterios,
la católica Iglesia calumniada,
en sus ya derribados monasterios
nos conservó, tan sabia como osada,
la ilustración, las ciencias y las artes,
la fe, la libertad siempre buscada
para el pueblo y por él jamás lograda;
la igualdad, anhelada en todas partes;
la civilización, vaticinada
para los siglos de hoy en falansterios;
cuanto bien gozan hoy nuestro imperios,
desde aquellos católicos baluartes
se derramó por ambos hemisferios.

Así las sociedades religiosas,
en su edad primitiva, se presentan
al criterio imparcial de los que cuentan
la historia tal cual es; que de animosas
pasiones a la luz no la comentan,
y juzgan como son hombres y cosas.

A esas comunidades, que se ahuyentan
de nuestra sociedad por onerosas
o innecesarias ya, deben, dichosas,
los gérmenes de luz con que se ostentan
las sociedades de hoy tan orgullosas.



Album de un loco de José Zorrilla

Cuatro palabras

Primera parte
Introducción y prospecto
La noche de la celebración de los Juegos Florales en La Habana
Historia de una voz: I - II - III - IV - V
Il Delatore
A la memoria del insigne actor mejicano Antonio Castro
Los pobres
En el álbum de Mariana R.
En la distribución de premios del Colegio Nacional de San Juan de Letrán

Segunda parte.— La inteligencia
Introducción - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV (Arabia - La lengua Árabe - Mahoma - El Korán) - XV - XVI - XVII - XVIII-XIX - XX - XXI - XXII-XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXIX

Tercera parte
Al ateo
Confidencias y Serenata a S.M.C. Doña Isabel II
Composición leída en la distribución de premios
Inauguración del Teatro Nacional de Méjico
La corona de pensamientos
Confidencias y cantinela a S.M.C. Doña Isabel II