Album de un loco: 45

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Tercera parte de Album de un loco de José Zorrilla


Inauguración del teatro nacional de Méjico[editar]

A S.M. El EMPERADOR

Augusto Emperador, por donde quiera
que me lleve mi instinto vagabundo,
llevaré un buen recuerdo, hasta que muera,
de nuestro buen encuentro en este mundo.
Ambos hemos venido a estas regiones
predicando la paz; Vos con grandeza
imperial, con corona en la cabeza,
con oro, con poder y con legiones:
mas en la mano al par, con ansia viva,
mostrando al pueblo de la paz la oliva.

Yo vine solo, aquí, con la nobleza
del corazón leal de un castellano,
extraño a las políticas pasiones,
ajeno a odios de raza y opiniones,
a visitar cortés a un pueblo hermano.
Mi nombre sin temor traje en mi frente,
mi laúd traje en la siniestra mano,
y la diestra, cual Vos, sinceramente
tendida para el pueblo mejicano.
Vinimos ambos con intento amigo:
con Vos la luz espléndida venía
de un nuevo y rico porvenir; conmigo
vino un aura de amor y poesía.

No imaginéis que, vanidoso, anhelo,
en un exceso audaz de orgullo insano,
entrar con Vos, Señor, en paralelo;
mi padre me enseñó de pequeñuelo
que nadie va a la par del Soberano.
Sólo aspiro a marcar en mi memoria
la página mejor que hay en mi historia,
nuestro encuentro, Señor, en este suelo.
Una noche, Señor, mi buen destino
la línea de mi artístico sendero
llevó a encontrar vuestro Imperial camino:
allí os habló el poeta peregrino,
y os saludó cortés el caballero.

Vos, como yo, señor, amáis el arte,
y al tender a las artes vuestra mano,
en la empresa me dais la mejor parte;
la de abrir vuestro alcázar soberano
al ingenio y al arte mejicano.
«Quiero un teatro nacional, y os fío
su primordial impulso» –¡me dijisteis!…
¡Gracias, Señor, por la honra que me hicisteis!…
Porque la gloria es vuestra, el honor mío.

Señor, los elementos son escasos,
porque en este país todo se encierra;
mas su savia feraz fermenta en vasos
que ahoga aún su ensangrentada tierra.

Su teatro es un niño mal nutrido,
que aún no ha podido andar, por entumido;
yo le voy a quitar los andadores;
pero al lanzarle en sus primeros pasos,
todavía en sus pies mal sostenido,
va a marchar entre espinas, no entre flores.

Yo cargo, empero, con misión tan alta;
en Méjico, Señor, no falta ingenio;
protección es hasta hoy lo que le falta.
Dádsela, y le abro el Imperial proscenio.
Ya está franco para él vuestro palacio;
ahora, Señor, con generoso aliento,
impulso dadle, procuradle espacio;
que él volará, Señor, si le dais viento.
Vuestro el mérito es, la gloria vuestra;
yo, en Méjico extranjero, me contento
de vuestro alto favor con la alta muestra;
y parto satisfecho con la gloria
de dejar tras de mí buena memoria.

Nada soy para daros un consejo,
ni lo osara intentar, aunque algo fuera;
mas toleradme una opinión sincera
en la senda de gloria en que hoy os dejo.

Arte, virtud, valor, gloria y talento,
prendas son de alta prez, cuya memoria
labra, Señor, al hombre un monumento
en el panteón inmenso de la historia.
El guerrero, el político, el artista
van ansiosos al par a la conquista
de un lugar en el templo de la gloria;
mas la gloria del arte y de la guerra
dejan, Señor, un rastro tan diverso,
que una alumbra, incendiándola, la tierra,
y otra ilumina pura al universo.

¿Ambicionáis, Señor, gloria futura?
¿Anheláis a la gente venidera
dejar de Vos una memoria pura,
que se trasmita de una en otra era?
Pues la gloria, Señor, más duradera
de las glorias mundanas, porque abarca
de todas las demás la gloria entera;
la más propia y más digna de un monarca
libre de sangre, lágrimas y penas,
es la gloria de Augusto y de Mecenas.

Tal vez se olvida la maestra mano
que labra el obelisco, el mausoleo,
las termas, la naumaquia, el coliseo;
mas vive el de Artemisa, el de Trajano;
viven el de Cleopatra y Diocleciano,
que al olvidado autor dieron empleo.
Las artes son, Señor, agradecidas;
el arte, libre, audaz, independiente,
pueblos sin incendiar, sin costar vidas,
del que las protegió liberalmente
la gloria cuenta a la futura gente.
Protegedlas; que aquí ni están perdidas,
ni se pierden jamás las nobles sumas
que se emplean en mármoles y en plumas.

No es, Señor, que compréis aduladores,
ni que paguéis serviles charlatanes,
que entonen sin sazón vuestros loores
y os deshonren con sórdidos afanes;
no; sino concienzudos escritores,
artistas de talento verdadero,
hombres de corazón sano y entero,
de la fe del país merecedores;
a quien de servilismo nadie arguya;
que con vuestra intención se identifiquen,
que velen vuestra gloria como suya,
que os aconsejen, con afán sincero,
que esparzan por igual vuestros favores,
que vuestros pueblos a ilustrar se apliquen,
y que mueran por Vos, si el caso llega,
por fe de convicción, no por fe ciega.

Perdonad a mi instinto algo salvaje
la osadía leal de mi lenguaje.

He aquí cumplida mi misión: ahora,
que la piedra asenté sustentadora
del pedestal del arte mejicano,
si prospera, Señor, si llega a grande,
tolerad a mi orgullo castellano
que otro favor, por último, os demande,
aunque mi orgullo ibérico os asombre;
y es, que deje, al firmarle vuestra mano,
un modesto lugar para mi nombre
detrás de vuestro nombre soberano.