Album de un loco: 47

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Tercera parte de Album de un loco de José Zorrilla


Confidencias y Cantinela a S. M. C. Doña Isabel II - 1865[editar]

Confidencias[editar]

I
Ha un año os envié un cantar,
y aún no sé de él, ni de Vos;
por si tal vez en el mar
que se hundiera quiso Dios,
con éste os le vuelvo a enviar.
¡Que Dios ampare a los dos!

II
No sospechéis, Isabel,
que en este encabezamiento
se oculta un ruin sentimiento;
no lleva escondida hiel.

Vos sois la Reina, y yo soy
vuestro súbdito doquiera;
mi nombre vuestra bandera
sombrea por donde voy.

Ha un año, que andando en pos
de mi honra algo asendereada,
mi alma abrí, hasta allí cerrada,
para España y para Vos.

Hice aquí una confidencia
con hidalguía española;
mas hoy os hablo a Vos sola;
entrad sola en mi conciencia.

Veréis cerrada en mi pecho
sólo una puerta; dejarla
dignaos así; a forzarla
sólo Dios tiene derecho.

Mas si por la idea os pasa
tomar el lugar de Dios,
yo os la abriré, y … seréis Vos
igual a Dios en mi casa.

Por mi Reina os reverencio;
mas os vuelvo a suplicar
que os dignéis, Reina, pasar
ante esa puerta en silencio.

De vuestra fe en el crisol
al poner mi confidencia,
nada os dará mi conciencia
que deshonre a un español.

Así, lo que os voy a enviar
este año en este papel,
ignoro, Reina Isabel,
si es historia o es cantar.

Tomadlo como os parezca,
que a ambos no está mejor;
pero atended a mi honor
al darle lo que merezca.

III
Pregúntanme en vuestro nombre
qué hago tanto tiempo aquí;
yo os lo diré, aunque hoy a mí
el que lo ignoréis me asombre.

No estoy, ambicioso de oro,
ni de mi Reina ofendido,
de ella y de mi patria huído,
acumulando un tesoro.

Yo vivo en un mundo rico
de gloria y de poesía,
y nunca con mi hidalguía,
como mercader, trafico.

Yo aquí, noble Soberana,
con sólo el favor de Dios,
siembro flores para Vos,
que germinarán mañana.

Nunca tan pronto creí
tenéroslo que contar;
pero ahí va, historia o cantar,
lo que preguntáis de mí.

IV
Yo vine aquí lealmente;
la calumnia ruin acaso
salióme, al llegar, al paso,
pero la arrostré valiente.

Comprendí que había error,
a mí y a España al juzgar,
y me resolví a esperar
a que me vieran mejor.

Los españoles tenemos
un defecto, que es tal vez
una virtud de alta prez;
y es, que todos nos creemos

que a España representamos;
que la nacionalidad
nuestra individualidad
simboliza en donde estamos.

Esperé, vi y estudié;
y al fin de uno y otro día,
me convencí de que había
más error, que mala fe.

Ser enemigo de España
prueba era de patriotismo,
y era el perpetuar tal saña
monomaníaco heroísmo.

Mas ¿por qué han de andar, insanos,
divididos tantos soles,
siendo dos pueblos hermanos,
mejicanos y españoles?

Fuimos un día enemigos;
mas no es razón tal verdad
para no ser nunca amigos
por toda la eternidad.

Pues fuerza es que diga alguno
esta verdad el primero,
y que emprenda, caballero,
probarla, yo soy ese uno.

¿Qué es un poeta en la tierra?
El átomo más mezquino,
que arrastra por su camino
la atmósfera que le encierra;
mas un átomo brillante,
sonoro y con pensamiento,
que tal vez radia un momento,
como el sol más rutilante.

Propúseme, pues, tentar
si ese átomo iba yo a ser,
y me dije, aquí al llegar:
«Pues no pudo en mí caber
lo que me han ido a imputar,
yo me haré aquí conocer,
y aquí me habrán de matar,
o aquí me habrán de querer.»

Anduve en la soledad,
tal vez pasando por loco,
y exhibiendo poco a poco
fuí mi individualidad.

Doquier que llamado fuí,
fraternidad prediqué,
los desmanes afronté,
los argumentos volví;
yo en las escuelas entré,
y a sus tribunas subí;
por las campiñas vagué,
y hasta el palacio llegué,
en donde honrado me vi.
Y en todas partes con fe
mi lealtad restablecí,
y mi nobleza probé,
y las almas conquisté,
y a la calumnia vencí,
y en todas partes dejé
memoria dulce de mí.

Cortés, mas sin servilismo;
justo, mas sin acritud,
me mostré en la plenitud
de la fe que hallé en mí mismo;

y hoy… ¡es más claro que el sol!
tengo una fama completa,
no de ser un gran poeta,
sino un leal español;

y no hallo ya un mejicano
de talento y buena fe,
que su mano no me dé
al tenderle yo mi mano.

Sé que hay quien, sin caridad,
me tacha aún de egoísmo,
y cree que hablo de mí mismo
con absurda vanidad;

mas si doquier a exhibir
mi persona se me obliga,
¿podré nunca en lo que diga
de mí mismo prescindir?

Si es la calumnia tenaz
quien me personalizó,
¿dejaré yo de ser yo
doquier que la dé mi faz?

Que ese fallo, pues, revoque
de la crítica el murmullo;
quien mi fe crea aún orgullo,
que en mi lugar se coloque.

Yo cedo mi posición;
en once años que ha durado,
me habrá el talento faltado,
pero nunca el corazón.

En mí, siendo hombre no más,
por mi humana pequeñez,
quedar mal en tiempo atrás
pudo el poeta tal vez,
pero el español jamás.

V
He aquí, noble Reina mía,
mi respuesta a las preguntas
que vuestro Gobierno juntas
a hacerme a Méjico envía.

Y a los que ante Vos presumen
de fallar de mí en mi ausencia,
dignaos de mi existencia
dar este osado resumen.

«Yo sé mi deber cuál es,
y hombre soy a quien jamás
harán dar un paso atrás,
ni el temor, ni el interés.

Yo creí en mi corazón
que en pro Vuestro en esta tierra
harían, más que la guerra,
la lealtad y la razón.

Creí, que andar a trompazos
no prueba mejor derecho,
sino más ira en el pecho
y más poder en los brazos.

Creí (y estoy en mis trece)
que al recibir una ofensa,
antes que en vengarla, piensa
el cuerdo en si la merece.

Creí que más corazón
tiene, quien da a tiempo excusa,
que quien ciego se rehusa
a toda satisfacción;

y como al llegar aquí
vi que a todos lo pasado
nos manchaba algo, he empezado
por lavarme de ello a mí.

Ni adulé, ni acriminé,
ni provoqué, ni temí,
y la verdad proclamé
como en conciencia la vi.

Así hablé a los mejicanos
desde que al país llegué,
y así el favor me capté
de ellos y sus soberanos;

y, en honor de los poetas,
sabed que por Vos, sospecho
que aquí mis versos han hecho
más que vuestras bayonetas.

Cristo predicó la paz;
y donde hablen castellano
yo por Vos iré, cristiano,
predicándola tenaz;

y si la paz no os conquisto,
coronado habré valiente
mi corazón y mi frente
con la corona de Cristo.»

He aquí el papel, Isabel,
que tomé a cargo por Vos.
¡No me le quitéis, por Dios;
que es muy noble mi papel!

VI
Reina, de un buen castellano
que el lenguaje no os ofenda;
hijo de un corazón sano,
hablo con él en la mano,
y anhelo que se me entienda.

No extrañéis que os hable así;
recordad, Reina y Señora,
que en el tiempo que viví,
nada han ido para mí
a pediros hasta ahora;

y que si hoy en este tono
os entono mi canción,
no es que os pido, ni me abono;
que, al mirar por vuestro trono,
cumplí con mi obligación.

Y cuál es la mía sé:
cada año que aún aquí esté,
del golfo desde la orilla
en la lengua de Castilla
un cantar os enviaré.

Y si, por adverso azar,
no os dignáis, Señora, Vos,
admitir bien mi cantar,
yo pago, al fiarle al mar,
lo que debo al Rey y a Dios.

Olvidad mi confidencia;
os la hice, Reina, a Vos sola
para abriros mi conciencia;
y ahora oíd con indulgencia
mi cantilena española.

Cantilena meridional[editar]

PRELUDIO
Tanto viento dan a una
mejicanos y españoles
al bajel de mi fortuna,
que recelo que en la luna
van a tocar sus penoles.

Mi suerte vuela tan loca,
y con humos tan livianos
tan arriba me coloca,
que en tres semanas me toca
cantar a tres soberanos.

Isabel es la tercera;
mas, como la mía es,
si Dios de tan alta esfera
me precipita, Dios quiera
que vaya a dar a sus pies.

Mucho el orgullo provoca
de mi poesía loca
cantar a tres Soberanos;
mas hoy, que a Isabel la toca…,
¡Dios ponga gracia en mi boca!
¡Dios ponga tiento en mis manos!

CANTINELA

Reina, bendice el sino que aquí me cupo,
sin preguntar qué hago, ni en qué me ocupo.
Ya te lo dije, estrella del Mediodía;
para ti siembra flores mi poesía.
Con el sol que amanece cada mañana,
para ti una flor nueva se abre galana.
Yo, que tu huerto cuido, como te amo,
cada año, de sus flores te envío un ramo;
y te le envío
atado con los versos de un canto mío.

Ve del huerto los frutos en once soles;
por tu bardo me aclaman los españoles;
los versos que te envío, ya como hermanos,
escuchan y me aplauden los mejicanos.
En su alcázar los nobles emperadores
admiten de mi mano versos y flores;
mas el favor de Anáhuac, Isabel mía,
para ti sola acopia mi poesía;
yo te le envío
todo entero en lo versos del canto mío.

Mas empiezo a asustarme; dos soberanos
juntos con españoles y mejicanos
son, Isabel, ya muchos para mí solo.
Líbrame de mi gloria, que yo te inmolo;
Isabel, Reina hermosa del Mediodía,
libra de tanto viento mi poesía:
tú, que puedes, a pueblos y a soberanos,
paga por mí a españoles y a mejicanos.
Mi honor te fío,
porque aquí, más es tuyo mi honor, que mío.

Isabel, hada blanca del Mediodía,
cuyo aliento es el aura de Andalucía,
cuando de estos cantares las notas sientas,
mándame un soplo de aire del que tú alientas;
cuando, para leerlos, tus labios abras,
mándame la más dulce de tus palabras.
Mándamela, Señora, para que aspire
el ámbar de tu aliento mientras respire;
porque no fío
que de hoy más, sin tu aliento, me baste el mío.