La Conquista del Perú: 05

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IV - Pizarro, Luque y Almagro[editar]

En cuanto Colón pudo refresca sus cortas tripulaciones en la isla de Santo Domingo, y establecer una pequeña colonia que le sirviese de punto avanzado para las grandes excursiones que meditaba, se dio de nuevo a la vela cediendo a sus instintos. Reconoció en una de sus expediciones el Orinoco, y en otra la bahía de Honduras. Concibió que aquellos países formaban un continente, y deducía también que mis allá habría otro Océano que bañase las playas de las Indias Orientales, y que estos dos mares tuviesen comunicación entre sí, que el atrevido navegante buscaba ansioso. Sondeaba las costas, desembarcaba cuando le era posible, y siempre justo y humano se granjeaba el amor de los habitantes de todo los países. El istmo de Darién llamó particularmente su atención; siguió los ríos que allí se arrojan por un brazo del grande Océano, que unía por un estrecho las mares del Sud y del Norte de América, y creyó su plan realizado; pero halló burladas sus esperanzas, y se limitó a establecer una colonia: mas la avaricia y la imprudencia de sus compañeros, le enajenaron la buena voluntad de aquellos habitantes, que atacaron a los expedicionarios, y Colón tuvo que reembarcarse, y huir en sus débiles navíos que averiados y despedazados, no se prestaban a nuevas empresas.

Empero, no fueron estériles estas expediciones; Americ Ojeda, Niño, Bastidas y otros, prosiguieron la ruta que Colón les había indicado, pero aventureros que no recibían del gobierno más que la vana licencia de hacer descubrimientos, ni pensaban en establecer colonia, ni en más que llenar su ambición y su orgullo. ¡El oro y la sangre corrían de un mundo al otro! Entre la multitud de aventureros que saqueaban y desolaban aquellas desgraciadas costas, se halló un hombre, Vasco Núñez de Balboa, a quien la naturaleza había dado exterior agradable, temperamento robusto, y elocuencia popular: y en quien la educación había hecho germinar nobles sentimientos. Estableció una colonia en Darién, donde no dejaban de abundar las riquezas: pero un día repartiendo oro con uno de sus asociados comenzaron a reñir agriamente. Entonces indignado un salvaje que los servía, tiró con rabia el peso, y dijo a los dos españoles ¿y reñís por cosa tan despreciable? Si por este vil metal abandonáis vuestra patria, y turbáis la quietud de tantos pueblos, venid, yo os llevaré donde quedéis saciados. Cumplió su palabra, y los condujo a las costas del mar del Sud.

Panamá, que se estableció el 1518, abrió una nueva y vasta carrera a la inquietud y avaricia de los europeos. El Océano que bañaba sus muros conducía al Perú, cuya riqueza se ponderaba de una manera vaga; y aunque se exageraban las fuerzas de ese vasto imperio, no intimidaban a la avaricia que excitaban sus tesoros. Tres hombres nacidos en la oscuridad, mas para grandes empresas, meditaron arruinar a sus expensas un trono que contaba muchos siglos de gloria.

Francisco Pizarro, el más conocido de todo, era de un temperamento robusto, de un valor impávido, de una ambición sin límites, y de un alma dispuesta a la virtud y al crimen. De musculatura nerviosa y atlética, de larga y negra barba que cubría su ancho pecho, con talle airoso y desenvuelto, ojos negros dilatados y centellantes, tocando en los cuarenta años de edad, todo su continente arrogante, indicaba aquella presunción irresistible que nace de las propias fuerzas. Siempre intrépido y activo se había hallado en todas las expediciones del Nuevo Mundo, y en todas se distinguió, y en todas fue respetable el nombre de Pizarro. El uso que había hecho de sus fuerzas físicas y morales, lo daba la presunción que nada había superior a sí mismo y la conquista del imperio del Perú, le pareciera una empresa muy inferior a sus recursos.

Diego de Almagro, su asociado, era un guerrero endurecido entre las borrascas y las lides, y siempre sobrio, paciente e infatigable, despreciaba los peligros, y volaba impávido a la victoria, adornado de las cortas virtudes del siglo dieciséis. De airoso y esbelto talle, de facciones redondas y agraciadas, de vivos y rasgados ojos, cortés y galante, cuando apenas contaba treinta y cuatro años de edad, formaba el conjunto de una gallarda persona; más remarcable por su destreza en el manejo de las armas, que por las extraordinarias fuerzas que alcanzara. Pero por considerable que fuese la fortuna de estos dos soldados, no bastaba a cubrir las atenciones de la vasta conquista que se meditaban, y se asociaron también a Fernando Luque, sacerdote codicioso, y prodigiosamente enriquecido por todos los medios que la superstición prestaba a su estado en el siglo dieciséis. De cincuenta años de edad, pequeño y giboso; de nariz larga y aguileña, cejas negras y pobladas, ojos hundidos, y contraídas facciones, Luque tenía un personal repugnante, y aun asqueroso. Estos tres célebres hombres formaron una solemne asociación para la conquista del Perú por partes iguales, encargándose Pizarro y Almagro de la parte militar, y Luque de la religiosa. Habían entre sí de dividirse el imperio peruano, y este plan ambicioso fue sellado aun por el fanatismo, consagrando Luque públicamente una hostia, que se dividía en tres partes para él y sus compañeros; y una asociación que tenía por objeto el pillaje y la destrucción, fue ratificada en nombre del Dios de paz, jurando por la sangre divina enriquecerse a costa de torrentes de sangre humana. ¡Oh criminal abuso del cristianismo en el siglo dieciséis!

En 14 de noviembre de 1525 se dio al fin a la vela Pizarro con un débil navío y ciento doce hombres de tripulación y armas; Almagro debía conducirle refuerzos, y Luque quedaba al frente de las relaciones en Panamá, hasta que la ambición reuniera a los tres socios en los valles del Perú, para dividir ansiosos su presa. Sin exactos conocimientos en la teoría de los vientos y de las corrientes, Pizarro vagó perdido entre las olas por espacio de setenta días; tocó al fin en varias playas de tierra-firme, y se convenció de lo desagradable del país que ya otros le habían descrito con verdad. Terrenos bajos y pantanos, montañas cubiertas de impenetrables bosques, pocos habitantes, pero feroces y valerosos, era cuanto descubrió su ambición. El hambre, la fatiga, los frecuente combates con los naturales del país, y más que todo las enfermedades comunes y propias de los países los países húmedos, debilitaron y casi destruyeron su despreciable ejército expedicionario, y se halló en la necesidad de abordar a la isla Cuchamá, frente de la isla de las Perlas, en donde esperaba recibir de Panamá refuerzos y provisiones.

En tanto, reuniendo gente en Panamá, se dio al fin Almagro a la vela con setenta hombres para buscar a su compañero y prestarle auxilio. En vano desembarcó también repetidas veces en tierra-firme, indagando el paradero de Pizarro; los indios le atacaron y le destruyeron, y derrotado y aun herido, sufriendo los mismos quebrantos que su compañero, halló en la fuga su salvación, pero la suerte le condujo a Cuchamá, donde le esperaba su amigo. El 14 de junio fue cuando la expirante tripulación de Pizarro vio surcar un bajel a aquellos desconocidos mares, y al tremolar la bandera de Panamá, mutuamente un éxtasis divino se apoderó de los desalentados corazones, y nació el consuelo tras tardas lunas en los angustiados pechos. Después de mudos abrazos se consolaron contándose sus tristes aventuras y sus naufragios, y cada hondo suspiro que exhalaban, infundía en su alma un valor insuperable.

Ni la memoria de los peligros ni el aspecto de la muerte en desconocidas y lúgubres playas, desalentaron aquellas almas nacidas para grandes empresas. Almagro partió para Panamá con objeto de hacer nuevos reclutas, y Pizarro se abandonó de nuevo a merced de los vientos en busca de los países de oro. Después de haber sufrido las mismas calamidades que en su primera expedición, abordó a la bahía de San Mateo, en la costa de Quito, y desembarcó en Tamames, países más fértiles y más civilizados que los que había reconocido en las costas del mar del Sud. Seguía el curso de sus investigaciones, cuando el cielo previsor rompiendo sus cataratas mandó al trueno y a los rayos que sepultaran la débil nao, mensajera de tantos horrores, y se cruzaron los rayos, y mugieron las ondas con espanto, y despedazaron la frágil nave. Un destino protector presentó cercana a los náufragos la isla Gorgona, o Infernal, donde pudieron salvarse la mayor parte de los que el cielo y el piélago parecían condenar a muerte.

En esta isla llamada comúnmente la Infernal, por la intemperie de su clima, por sus impenetrables bosques y escarpadas montañas, por la multitud de insectos y reptiles que cubre su suelo, por la eterna noche a que la condenan las cerradas nieblas, se detuvo Pizarro por cinco meses, no para tomar aliento y procurar su salvación, sino para rehacer su nave y buscar nuevos peligros. Difícil fuera pintar los tormentos que sufrieron los castellanos en aquella mansión de muerte; pero aun no domado su esfuerzo partieron por tercera vez en busca de las ricas playas; y a los veinte días descubrieron las costas del Perú.

Después de haber tocado en diferentes puntos poco considerables, desembarcó en Tumbez, ciudad bastante populosa, situada al tercer grado del Sud del Ecuador, donde hallaron un grande templo y un palacio de los Incas, soberanos del país. Allí los españoles admiraron por primera vez el espectáculo de la opulencia y civilización del imperio peruano, viendo una comarca poblada y cultivada con industria, y los naturales decentemente vestidos; pero llamó mas particularmente la atención una abundancia tal de oro y plata, que estos metales no sólo servían para ornamento de los templos, sino también para vasos y utensilios comunes de uso doméstico, lo que no dejaba duda de que habría una inmensa abundancia en el país. Pizarro y sus compañeros creyeron realizadas ya sus esperanzas, no dudaron creyeron hallarse en posesión de vastos dominios y de inagotables tesoros.

Sin embargo, Pizarro conoció que no podía envestir un grande imperio con tan débil columna; reprimió su ambición, sondeó las costas, siguiendo la mejor armonía con los habitantes, y por mil atenciones consiguió de su generosidad algunos animales domésticos, algunos vasos de oro y plata, y algunas obras de industria; seguras pruebas que había de presentar en testimonio del descubrimiento de los nuevos continentes, y se dio a la vela para Panamá, donde abordó a los tres años de su salida. No, ningún aventurero sufrió tantos trabajos ni arrostró tantos peligros como Pizarro en su peregrinación de los tres años, y su paciencia y su valor excedieron a cuantas heroicidades nos presenta la historia del Nuevo Mundo.

Ni las relaciones que Pizarro hizo de los países que había descubierto, ni todos los esfuerzos de los asociados, pudieron empeñar al gobernador de Panamá a que les prestara alguna protección. Al contrario creía que la colonia no estaba en estado de invadir un poderoso imperio y se negaba autorizar una expedición que pudiera arruinar la provincia encargada a su mando, extrayéndola brazos que necesitaba; pero toda su oposición no pudo debilitar el ardor de los tres asociados. Conocieron que tenían que seguir la ejecución de su proyecto sin la protección del gobernador, o solicitar de su soberano el permiso que le negaba el administrador de la provincia, y Pizarro voló a Madrid a conseguir sus comunes deseos.

La larga historia de sus padecimientos, y las pomposas relaciones que hacía de los países que había descubierto, confirmadas por las producciones recogidas en Tumbez, hicieron tal impresión en Carlos y en sus ministros, que no sólo aprobaron el proyecto de una nueva expedición, sino que animaron al jefe para que la realizara. Pizarro fue nombrado gobernador, capitán general y adelantado de todos los países que descubriesen con una autoridad absoluta, tanto en lo civil como en lo militar, con todos los privilegios hasta entonces concedidos a los conquistadores del Nuevo Mundo; Almagro, su lugarteniente, y Luque, Vicario general de todos los dominios de Pizarro. Con tan buen éxito en la corte de España, volvió de nuevo a Panamá a unirse con sus asociados, y a hacer los últimos esfuerzos.

A pesar de todo, ya carecían de fondos, y aun haciendo inmensos sacrificios sólo reunieron tres pequeños buques y ciento noventa y cinco soldados, con treinta y siete caballos; pero tal superioridad inspiraban entonces sus victorias en América a los españoles, que Pizarro con tal débil columna, no dudó embestir al poderoso imperio que había de saciar su ambición y su codicia. Se dio a la vela en febrero de 1531, y fue a desembarcar a la bahía de San Mateo llevado de la fuerza de los vientos y de las corrientes, pero se dirigió hacia el sud, sin abandonar las riberas para recibir con más facilidad los socorros que esperaba de Panamá. Nuevos y grandes padecimientos probaron su valor y paciencia en esta marcha. Pizarro en vez de procurarse la confianza de los habitantes los atacó imprudentemente, los obligó a huir de sus inocentes asilos, y la guerra, el hambre, el cansancio y las enfermedades propias del país, redujeron a los invasores a tan crueles extremidades como habían sufrido en la expedición primera. La costa del Perú es en algunas partes estéril, malsana, y poco poblada; los ríos caudalosos, veloces y difíciles en su travesía, pero para el valor de los españoles era posible y fácil, y si la victoria les aseguraba botín y gloria, suyo era el triunfo.

Llegaron al fin a la provincia de Cosque, y sorprendiendo a los habitantes de la capital, se apoderaron de vasos y ornamentos de oro de valor de treinta mil pesos, y otras muchas riquezas, que eclipsaron la desconfianza que hubiera podido concebir en vista de las estériles tierras que habían corrido. Siguieron su marcha llenos de confianza, atacando con impetuosidad a los tranquilos habitantes que se sometían, o huían al interior de sus tierras. Esta aparición repentina de extranjeros que invadía su país, cuya figura y costumbres les eran igualmente extraordinarias, y a que nada podía resistir, hizo en los peruanos la misma impresión de terror que habían causado en las otras naciones de América. Atacando, venciendo y desolando llegó al fin Pizarro a Pinca, y a Tumbez, donde dio descanso a sus tropas y esperó a Almagro y a Luque. ¡He aquí los hombres, el ejército, y los recursos con que se emprendía la conquista de un vasto imperio a cuatro mil leguas de la Metrópoli!

¡Gloria y prez eterna a tanto valor y osadía! ¡¡¡Gloria eterna a los españoles y al glorioso reinado de Carlos quinto, que al tiempo que sus armas vencedoras humillaban la altivez de la Europa entera, conquistaban también un Nuevo Mundo, y abrían al porvenir y a los más remotos siglos un torrente inagotable de felicidad y de ventura!!!




La Conquista del Perú de Pablo Alonso de Avecilla
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