La Conquista del Perú: 23

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XXII - Condenación[editar]

Dejaremos a la penetración de nuestros lectores las melancólicas consideraciones de la situación política y religiosa del Nuevo Mundo en los tiempos primitivos de la conquista, y volveremos a anudar los sucesos de nuestra historia.

Pizarro en las comunicaciones que recibió de la corte, halló lisonjeado su orgullo, y su autoridad ilimitada; pero el nuevo poder del gobernador no le desnudaba del carácter de bizarro caballero, y de desdeñado amante: Ocollo, era su amor y su tormento, y expiraban las treguas, y había de volar al campo del honor a batirse con Almagro. Luque había recibido también la confirmación de su carácter de vicario general del imperio, y su alma tenía demasiados puntos de contacto con la de Pizarro para que no los uniese una estrecha amistad, y una completa y mutua confianza; y no perdonaba medios de cuantos estaban a su alcance para evitar que de nuevo tornase al duelo. Conocía muy bien el valor y la fortaleza de Pizarro, pero tampoco se le ocultaba que Almagro era valiente, y demasiado experto en el manejo de las armas, y Luque se estremecía al solo considerar que Pizarro pudiese ser vencido. Pero difícil empresa acometía; en vano hablara a los dos guerreros en nombre del cielo; Pizarro no conocía otro término que ser amado de Ocollo, o arrebatarla su honestidad, y arrastrarla a las hogueras; y Almagro había protestado ante su Dios que no vería atropellada la virtud y la inocencia.

Luque para conseguir su objeto hería el orgullo de Pizarro pintándole lo impropio que sería se batiese con un subalterno, y miraba como más sencillo un asesinato, o una calumnia religiosa; pero Pizarro siempre caballero, dio a entender con firmeza su desagrado a Luque, y se preparaba al combate. -Que viva, repetía, para que ceda al rigor de mi acero. -Almagro por su parte, su vida y sus amores eran demasiado despreciables al lado de su honor; el carácter verdaderamente caballeresco le dominaba, y Luque en vano usara de todo su poder e influencia.

Ocollo, víctima en tanto del más crudo tormento, miraba a Coya generosa volar a los peligros por salvar a la patria; miraba a Huascar y a los nobles hacer los mas heroicos esfuerzos por reanimar el aliento de los peruanos a volver a luchar por su libertad, y ella en tanto se veía próxima a exhalar su vida en un cadalso, sin vengar la sangre de Atahulpa, y sin prestar a su patria un leve consuelo. Por otra parte, el generoso Almagro había de exponer segunda vez su existencia por salvarla, y Almagro había de sucumbir en el combate, o llevar tras sí la maldición de la mayor parte de su campo, y quedar expuesto al puñal de un asesino. Todo pudiera salvarlo cediendo al amor de Pizarro, pero era imposible que dejara de odiar al matador de su adorado Inca, y su alma gemía contrastada por violentos y contrarios huracanes. Sin embargo, la sangre de Atahulpa, siempre presente a sus ojos, clamaba por venganza, y Ocollo se decidió a mentir su amor a Pizarro, antes que morir en un cadalso sin ser útil su sangre a su patria.

Ya los dos guerreros aprestaban de nuevo las armas para volar al combate, cuando Ocollo llamó a Almagro a su prisión para que suspendiese el duelo. -Sí, generoso Almagro, le repetía, tu nombre será eterno en mi memoria, y eterna mi gratitud; desciñe tus armas, estoy resuelta a amar a Pizarro. -¡A amar a Pizarro! la repuso Almagro. -Sí guerrero generoso, a decir a Pizarro que le amo; pero mi corazón aun respira sólo para Atahulpa. -No puedo comprender, Ocollo. -Es un arcano.

-Respeto hasta los sacerdotes de las hermosas, pero si acaso por evitarme el duelo, Ocollo, hicieses violencia a tu alma... No, Almagro, no, yo te lo juro, quiero abrazar el cristianismo.

-Adiós, Ocollo, cuenta siempre con mi espada. -¡Ah! espera, «si vieses a Coya, si te pregunta algún peruano, di que Ocollo no es perjura a su patria, que adora más que nunca a Atahulpa, que no crean débil ni criminal a la esposa del Inca.» Después de un corto silencio Almagro marchó lleno de asombro, y Ocollo mandó un atento recado a Pizarro.

A pesar del orgullo de Pizarro, tal era el violento amor que tenía a Ocollo, que no se desdeñó en ir a su prisión para escucharla. -¿Qué tienes que comunicarme? la decía. -Ocollo temblorosa, su inocente alma no acostumbrada a la ficción, apenas podía con balbuciente labio romper el silencio. -«Al fin Pizarro, triunfaste en mi corazón; yo te amo.» -¡Tú me amas! Tú que repetías que no podíamos los dos hollar a un tiempo la tierra! -Sí, pero la mano del tiempo ha cicatrizado mis heridas, quiero abrazar el cristianismo, vivir contigo, y te amaré, Pizarro. -¡Y yo gozaré de tus caricias; y tú serás la dulce compañera de mi lecho! La sonrisa se destacaba de su semblante; Ocollo suspiraba allá dentro de su pecho, pero ahogaba entre sus labios los suspiros, y Pizarro después de hacerla repetir cien veces el dulce juramento, la mandó sacar de la prisión, y conducirla a su palacio, que era el palacio de los Incas.

Bien pronto supo Luque y todo el pueblo que Ocollo había cedido al amor de Pizarro; y el vicario de Cristo en el Nuevo Mundo miró como un patente milagro aquella repentina mudanza que consolidaba la conquista del Perú. Ya Pizarro no expondría su preciosa vida batiéndose con Almagro, y unido en lazo conyugal con la esposa de Inca, los Peruanos lo acatarían más placenteros, como su legítimo monarca, -¡Ah! sin duda ignoraba Luque que los pueblos libres detestan siempre a los tiranos, bajo cualquiera forma que se revistan! -Desde luego se levantó el duelo con las solemnidades de costumbre, y Pizarro se esforzó por fingir a Almagro su amistad y su aprecio.

Pizarro, que ansiaba el momento de llenar sus ardientes deseos, sin cesar molestaba a la hermosa con ardientes y libidinosas instancias. Empero Ocollo había pensado anteriormente el modo de burlar las esperanzas del que odiaba, y llevar su plan a cabo; y al tiempo que sostenía en Pizarro la ilusión y el atractivo de su amor, burlaba sus deseos. -Tú lo sabes, le repetía, tu religión, exige que los esposos profesen una misma creencia; yo desgraciada no he conocido tu religión, ni estoy iniciada en sus misterios; en breve me instruirán los sacerdotes cristianos, recibiré las aguas del bautismo, y entonces, Pizarro, nos abandonaremos a las delicias del amor.

Aquel carácter feroz, aquel Pizarro que derramando sangre se había hecho el terror del imperio, cual cede el toro indomable, cedía a las inspiraciones del amor, y Ocollo sostenía sus esperanzas con admirable artificio. Lejos de Pizarro la idea de la violencia; a las lágrimas de la peruana, su corazón era sensible, y más de una vez salvaron la existencia de algunos desdichados. Bien conocía Ocollo que aquel estado era violento, que no por mucho tiempo podría el ardiente castellano ser el juguete de sus artificios, pero en tanto meditaba su venganza y era la protectora generosa de sus desgraciados súbditos. Trataba con pompa en el palacio, se granjeaba también el amor de los Españoles, y el cristianismo era su más seguro baluarte para resistir las impetuosas instancias de su amador.

Luque era el encargado de iniciar a Ocollo en los misterios cristianos para que recibiese las aguas del bautismo, y la peruana, al tiempo que mostraba docilidad para escuchar al sacerdote; buscaba recursos en su claro entendimiento para argüir razonablemente contra el cristianismo.

Bien es verdad que el Nuevo Mundo jamás se acostumbró a iniciar a los catecúmenos en las doctrinas: un sacerdote predicaba en el templo las excelencias de la religión de Cristo, y las eternas penas y bienaventuranzas, pero era después de que hubiesen recibido el agua de la salvación, pues hasta tanto no hubieran tenido entrada en el templo, y el lenguaje de los sacerdotes siempre era profético y elevado, cual si los nuevos fieles estuviesen iluminados de la antorcha de la fe. ¡Cuántas veces en vano un sacerdote usaba de su misterioso lenguaje para que los Peruanos comprendiesen la Trinidad, la esencia y atributos de Dios; para que conociesen la virginidad de María, y la encarnación del Verbo! Ocollo de razón robusta y despejada, decía que era el mayor de los crímenes recibir las aguas del bautismo hasta que no se creyese firmemente en los dogmas cristianos, y Ocollo era respetada porque dominaba el querer de Pizarro. El Gobernador sin embargo, ansiando siempre el momento de gozar las delicias del amor, apremiaba a Luque porque bautizase a Ocollo, y la situación de la peruana era de día en día mas crítica y peligrosa, pero los acontecimientos de la libertad del imperio se sucedían con rapidez, y Ocollo tomaba aliento en sus próximas esperanzas.

En tanto Almagro más que nunca era víctima del amor de Coya; sus delicias eran estar a su lado, Coya era su querer y su anhelo, Coya su ídolo, y para Almagro sólo Coya vivía en el universo. La hermosa situada entre las montañas que circundaban a Cuzco, veía de día en día aumentar sus fuerzas con los desdichados que podían escapar de la cadena de la servidumbre, o de las garras de los inquisidores, y continuamente mandaba refuerzos a Huascar. Almagro ya había hecho público su amor, y ni los castellanos ni los Peruanos ignoraban su pasión funesta, y todos los días había de ir a la montaña a ver a su hermosa. Ni Pizarro ni Luque pudieran sufrir un amor que tanto contrariaba sus intereses, y los intereses de su patria, y el rompimiento con Almagro era indispensable.

A la verdad, Almagro faltaba abiertamente a las reglas de la disciplina militar, comunicaba con el campo enemigo, y contribuía por cuantos medios le eran dables al sostenimiento de Coya. Por otra parte, pudiera dudarse de sus creencias religiosas amando a una peruana que los castellanos tenían por idólatra, y había sobrados motivos para sujetarle al fallo de un consejo de guerra.

Apenas la noche tendía su apacible manto, Almagro ceñía las armas, enjaezaba el caballo, y marchaba veloz a la montaña. Allí Coya ya esperaba a su amado, algún tanto separada de sus guerreros, y abandonados a las más puras delicias, miraban recorrer la luna el firmamento. El amor más tierno los unía, Almagro vivía para Coya, y Coya para Almagro. -¡Ah! le repetía una serena noche la hermosa, que bien me presagiaba el corazón que nuestro amor sería un negro meteoro! -Interminables nuestras desdichas, cada día que sucede parece redoblar nuestra amargura.

Mi patria se ha hundido en polvo, los templos del Sol desaparecieron, la sangre de los Peruanos enrojece las fértiles campiñas, yo desconocí a mi Dios. -Hermosa... Une tus esfuerzos a los míos; ya que como venido del Oriente clavaste el puñal en mi inocente patria, como adorado de Coya cicatriza sus heridas. -Mi patria Coya... Yo abandoné mi Dios... Idólatra no te hubiese amado...

-Sólo puede sentirse la situación de aquellas desdichadas almas; Almagro no podía ser traidor a su patria, Coya era demasiado fiel para abandonar su campo, en que ya perdía el prestigio porque se empezó a dudar de su creencia religiosa; y dos amantes tan tiernos podían hallarse en los combates y darse la muerte.

Coya en la montaña era despreciable a los ojos de Pizarro, ni tenía fuerzas, ni hostilizaba las campiñas, y no creyó el conquistador mereciera el trabajo de batirla. Coya por su parte conocía también que no podía aventurar una batalla, y procuraba sólo aparecer a los Españoles como una enamorada que buscaba la aproximación de su amado; pero en tanto sus fuerzas eran un punto de reunión para los Peruanos que escapaban de las cadenas, y sin formar jamás mucha gente los internaba a los Andes.

Era una tranquila noche cuando Almagro entraba en la ciudad de vuelta de la montaña, y el capitán Soto con veinte hombres le esperaba con orden de Pizarro para prenderle. Por mucho que Almagro se sorprendiese no hizo la menor resistencia a la orden de su jefe; como buen militar respetaba la subordinación y disciplina, y siguió a Soto que le condujo al palacio del gobernador, donde ya le esperaba reunido el consejo de guerra. Un espacioso salón enlutado era el lugar donde se reunían los jueces; Pizarro presidía el consejo, y Luque asistía también como sacerdote para los cargos religiosos. Allí fue conducido Almagro con las ceremonias de un criminal, pero su rostro y su corazón estaban tranquilos, aunque absorta y sorprendida su alma. Apenas apareció en el consejo, el fiscal le leyó los cargos, como conspirador contra su patria por sus continuadas comunicaciones con el campo enemigo, y como apóstata del cristianismo por ilícito comercio con una idólatra. Almagro lleno de majestad hizo su defensa con el vigor y la energía que le inspiraba su inocencia, recordó a los jueces los hechos de valor y sacrificios que contaba por su patria, los esfuerzos que numeraba por la conquista de aquel imperio, y negó amenazante y furioso el ilícito comercio que se le imputaba. «Coya es un tesoro de virtud, les repetía, y Almagro respeta su virtud, cual respetarla debierais.» Todo era en vano, la sentencia estaba dictada antes de reunirse el consejo, y Almagro había de ser condenado a muerte. Luque no por mucho tiempo pudo ocultar el odio que ardía en su pecho, y con el lenguaje que le inspiraba su atroz fanatismo, le hizo los más duros e injustos cargos, y pidió que fuese quemado como impío. Sin embargo el objeto del consejo se limitaba a que Almagro dejase de existir, y fue condenado al fin, como militar, a ser arcabuceado.

A pesar de todo el valor y toda la tranquilidad de Almagro, no pudo menos de sorprenderle un golpe tan inesperado, y su desarmada diestra se estremecía. Protestó enérgico contra la violencia, pero desarmado y rodeado de espadas, sólo hallara el oprobio y la muerte en la desobediencia. Por otra parte sus contrarios habían tomado todas las precauciones necesarias para arrastrarlo hasta el suplicio, sin que una sola espada lo defendiera. Benalcázar y algunos otros de sus adictos estaban fuera de la ciudad, y diseminados por la campiña o las provincias, y un profundo silencio selló la prisión y la condonación del guerrero. En aquella misma noche había de recibir los socorros espirituales, y al romper el alba había de exhalar el postrimer suspiro.

Nadie penetró el misterio; los jueces guardaron un profundo silencio, y la tumba se entreabría para el generoso Almagro... Coya... Coya... sólo repetía en sus suspiros, bárbaros verdugos me arrebatan de tus brazos, tú no sobrevivirás a mi muerte, pronto nos veremos en la mansión de los justos.

Ocollo dominaba el corazón de Pizarro, y ya porque jamás hay secretos con la que se adora, o ya porque no le culpara después de haber asesinado a su defensor; como compadeciendo la suerte de Almagro, la dijo que estaba condenado a muerte, y que al romper el día había de ser pasado por las armas. Ocollo que vio tan de cerca amenazada la existencia del generoso; Ocollo que sentía profundamente la gratitud, se postró a los pies de Pizarro, los bañó con mil lágrimas ardientes, y puso al gobernador en el mayor conflicto; pero la aseguraba que no había tenido la menor parte en su sentencia, que los jueces eran inexorables, y enormes los delitos de Almagro; la protestó en fin, que no podía salvarlo, y se mostró inflexible. La desdichada ni obtuvo licencia para ir a la prisión a consolar al condenado, ni en su aislamiento hallaba recursos para mostrarle su gratitud y salvarlo: gemía sin consuelo, era víctima del dolor más profundo, pero en tanto la noche volaba silenciosa, y Almagro a la aurora había de salir al cadalso.

El guerrero fue auxiliado por un sacerdote que con lúgubres ceremonias le preparaba a la muerte, y Almagro cumplió tranquilo con los deberes cristianos. La imagen de Coya no se separaba un momento de su imaginación, y en los últimos instantes la escribió para consolarla. -Horrendos malvados me arrastran al cadalso, y muero respirando tu amor, adorando a Coya: mi conciencia está tranquila; aunque uno de los invasores de tu patria, muero con el consuelo de que ningún peruano recordará mi nombre con horror. Adiós, adorada Coya, ama al Dios de los cristianos, y en la mansión de los justos volveremos a tendernos nuestros brazos. Adiós, lo te adoro, yo soy sacrificado por tu amor; pero yo te adoraré hasta en la tumba. -Almagro después de haber confesado sus culpas, recibió la eucaristía y se preparó con toda la tranquilidad de una alma grande a marchar al cadalso.

Aun no despuntaba el nuevo día cuando ya algunas mesnadas salían sin bélicos instrumentos a formar el cuadro donde había de expirar el noble guerrero. Soto y otros oficiales de toda la confianza del gobernador mandaban las escoltas; Benalcázar y los principales adictos a Almagro estaban fuera de la ciudad, y el pueblo nada sabía de la atroz sentencia. ¡Tal fue la oscuridad y rapidez con que se fulminó! El silencio de la muerte absorbía a Cuzco y la campiña; y la aurora despuntaba entre tinieblas y la tranquilidad parecía afianzada. Ya la víctima apareció entre una fuerte escolta, y el sol huyendo del atroz espectáculo se ocultó entre espesos celajes, dejando sumergida la tierra en densas tinieblas. El gobernador tuvo por político no asistir personalmente a la ejecución, y la encomendó a Soto; y Almagro rodeado de sacerdotes, sin que se lo permitiese dirigir la voz a sus compañeros, entonaba ya con fervor cristiano las primeras palabras del credo, y la muerte le tendía sus garras, cuando cual un torrente precipitado desde las estrellas, se desplomó Coya con mil guerreros sobre los bárbaros verdugos.

Los castellanos dormían en la confianza, la sorpresa fue de terror; Coya para salvar a su ídolo era un huracán rabioso; Pizarro faltaba a la cabeza de sus compañeros, los castellanos se pusieron en desorden, y Coya arrebató de entre sus garras a su adorado Almagro. Los sacerdotes que más de cerca le rodeaban fueron muchos víctimas del valor de los Peruanos, y si bien el feroz Soto les causó grande destrozo, muchos españoles también fueron víctimas en el campo de la sorpresa. El movimiento se comunicó a la ciudad; el gobernador con la velocidad del rayo voló al peligro, pero ya era tarde, Almagro y Coya escaparon en veloces caballos, y los Peruanos se sepultaron de nuevo entre las fragosidades de la montaña.