La Conquista del Perú: 24

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XXIII - Los Andes[editar]

La sorpresa de Coya y la salvación de Almagro, llenó de terror y admiración a Luque, a Pizarro y a todos los invasores, y particularmente a los jefes militares que habían formado el consejo de guerra, porque nadie se podía explicar satisfactoriamente un suceso tan extraordinario. Un destacamento numeroso al mando de Benalcázar observaba a la división de Coya, como ya hemos indicado, y entorpecía e imposibilitaba todos sus movimientos; y la prisión, condenación y ejecución de Almagro, se había manejado con tanta rapidez y tan impenetrable misterio, que nadie lo había sabido en la ciudad, y menos se hubiera podido saber en la campiña.

La hermosa Ocollo, que tanto debía a Almagro, y que en su pecho ardía la más pura gratitud, viendo inútiles sus súplicas y su llanto a las plantas de Pizarro, por un veloz indio, peatón de toda su confianza, dio aviso a Coya en aquellos mismos angustiosos momentos, y Coya enajenada, delirante, se precipitó al peligro, porque su mayor suplicio sería sobrevivir a su adorado.

Benalcázar, el primer amigo y parcial de Almagro, ya anteriormente en inteligencia con Coya, por complacer a su amigo, lejos de entorpecer los movimientos de la Peruana, juró con ella salvar al héroe, y juntas todas las fuerzas, mandadas por Benalcázar, cayeron sobre el cuadro en que tan atrozmente iba a ser por instantes sacrificado el generoso amador.

Los vocales del consejo, únicas personas que habían estado en el secreto, parecieran las solas responsables de haberlo roto, y con anhelo se buscaba al perjuro para que sufriese un ejemplar castigo, pero nadie se atrevía a culpar al Gobernador. Pizarro sin embargo en su conciencia, dudaba de Ocollo, pero dominado y avasallado su corazón por la Peruana, bien pronto le tranquilizó valiéndose de sus encantos.

Replegando con orden sus fuerzas, Almagro, Coya y Benalcázar, se internaron sobre las inaccesibles montañas, y ya lejos del peligro, comenzaron a sentir el dulcísimo consuelo que se derramaba sobre el mortal al sacudir un negro sueño. Atónitos se miraban enternecidos y dudaban aun si sería fantástica ilusión el horror que les había amagado tan de cerca; pero vueltos al fin a la calma, Almagro juraba odio eterno a sus crueles verdugos, y Coya le exhortaba a la venganza, y Benalcázar le ofrecía generoso su valiente espada. Coya le refirió el modo con que Ocollo la dio el parte, que sin Ocollo no existiera, que Ocollo no amaba a Pizarro; que era preciso salvar a su bienhechora y a su patria, que era preciso luchar y reluchar y proclamar la libertad del Perú, si habían de gozar tranquilos del amor que los dioses habían encendido en sus pechos.

Almagro, a pesar de cuantos desaires recibía de sus compañeros, a pesar de las atrocidades que se cometían en el Nuevo Mundo, y que tanto repugnaban a su corazón, amaba a su patria y a los castellanos, y gustoso por ellos diera su existencia; pero cuando vio la pérfida sentencia, cuando vio que su sangre había de saciar también la sed devoradora que ardía en los invasores del Nuevo Mundo, ya su alma era sólo sensible a los clamores de la venganza, su anhelo sepultar su espada en el pecho de Pizarro, y toda su ventura lanzar a los castellanos de la patria de su Coya para gozar tranquilo sus amores. Apenas los dulces amantes su vieron en la montaña, sólo pensaron en dejar ordenados los guerreros que seguían a Coya al mando de Benalcázar, y marcharon por ocultos y difíciles caminos a los Andes, a presentarse a Huascar, y a pensar en el plan de campaña. En cortos días llegaron a reunirse al sucesor de los Incas, e imposible fuera pintar la sorpresa del monarca al ver a Almagro en su campo, y al darle el dulce nombre de amigo. Desde aquel instante creyó suya la victoria, y la llegada de Almagro se celebró con más pompa que coronación de un Inca. Huascar valiente, noble y generoso, no sabía aun el arte de la guerra para aventurarse a la campaña; Almagro era bien conocido entre los Peruanos por su valor y por su pericia militar, y Almagro era preciso que fuese el blanco de todas las esperanzas.

Los Peruanos, aunque llevaban largo tiempo batiéndose con los Españoles, no habían comprendido sus armas, y menos su estrategia, y aunque no miraban con tanto terror los caballos y la artillería, sin embargo eran vencidos en el momento de presentarse en el campo de batalla.

Almagro fue solemne y ampliamente autorizado por Huascar para que por todos los medios posibles hiciese los preparativos necesarios para una campaña decisiva, en que o por siempro el Perú arrastrara las cadenas, o pudiera entonar el himno de libertad; y Almagro comenzó a obrar con toda la rapidez que le inspiraban sus deseos de venganza.

En medio del despotismo con que Pizarro y Luque afligían al Perú, era indispensable que los Peruanos prefiriesen mil veces volar a la muerte, que sufrir el yugo atroz e ignominioso de su servidumbre; y hasta de las más lejanas provincias del imperio emigraban desgraciados a los Andes a alistarse en las banderas, a pesar de las tropas castellanas que circundaban las montañas, o imposibilitaban la comunicación. Había brazos suficientes, sólo se necesitaba industria y dirección. Almagro desde el momento pensó en fortificar el baluarte casi inexpugnable que le ofrecía la naturaleza en los Andes, en la construcción de armas blancas y de fuego, y en la instrucción de los guerreros. En pocos meses se construyeron mosquetes y piezas de campaña, se adiestraron los Peruanos en el manejo de las armas europeas y se doblegaron a la rígida disciplina que conduce a la victoria.

Almagro trabajaba infatigable de día y noche; tenía en eterna actividad a los Peruanos; de todo sacaba recursos, y a todo era alentado por las miradas de su Coya. Los Andes en su seno le prestaban cuantos auxilios necesitaba para las elaboraciones; los viveros más ricos y más abundantes, arrojaban por sí solos el hierro, el azufre y toda clase de metales, y las cimas de la montaña parecían la mansión de Vulcano. Huascar por su parte, gozando del amor de los Peruanos, tenía el espionaje más seguro; por todas las provincias corrían activos agentes, que escapando de la vigilancia de los mandarines, derramaban entre los desgraciados esclavos las más halagüeñas esperanzas, y animaban la emigración a las montañas, y en todo el imperio fermentaba un violento y oculto fuego que escapaba de la penetración del gobernador y de todos los invasores, pero que algún día había de estallar como un volcán furioso.

Almagro era el móvil de todas las operaciones, y el baluarte de la libertad del Perú; pero Almagro era cristiano y fanático del siglo XVI, y vivía entre idólatras, y esto era un escollo insuperable. Verdad es que sus virtudes le habían hecho adorar en todo el imperio, y un ser virtuoso recomienda por sí solo la religión que venera; pero los cristianos habían inundado de sangre el país, y sus inocentes habitantes miraban con terror la religión que contaba por secuaces hombres destructores. Valiéndose de su posición y de su prestigio, Almagro pensó en hacer prosélitos en la montaña: sus primeros cuidados fueron edificar una ermita en que en lo posible rindiese culto al Dios verdadero, e hizo que Coya le acompañase en todos los actos religiosos, y publicó al fin que Coya había abrazado el cristianismo. Ni Huascar ni los Peruanos podían oponerse a esta conducta, ni acusar a Coya; Almagro estaba identificado con sus intereses; Almagro era todo su porvenir y su esperanza; no pudieran contrariar ni en lo más mínimo sus deseos; Almagro los admiró con sus virtudes, y en la cima de los Andes había una ermita de Cristo y un templo del Sol. Las-Casas, un venerable sacerdote cristiano, tan eminente por su saber como por sus virtudes, sufría crueles persecuciones de sus compañeros por oponerse a sus planes de destrucción, y del mismo temple de alma que Almagro, les unía la amistad más estrecha. El guerrero lo pudo pasar secretamente un aviso, asegurándole que era de la mayor importancia al cristianismo que estuviese a su lado en la montaña. Y Las-Casas no dudó un momento; se fugó a los Andes, y la ermita de Almagro tuvo el más respetable sacerdote. Desde aquel instante se pensó con fervor en la predicación del cristianismo; Almagro y Las-Casas eran los modelos de las virtudes más puras; lejos del puñal y las hogueras, el ejemplo y la persuasión eran sus armas. El venerable Las-Casas predicaba diariamente en su ermita la inmortalidad del alma, la pureza de la religión de Jesús, las recompensas eternas de las virtudes, y el eterno castigo de los delitos de aquellas acciones que escapaban del imperio de las leyes civiles. Pintaba a un justo Dios de verdad dominando las conciencias, pero sólo en sus exhortaciones privadas, entraba en la exposición de los milagros y misterios, no quería exigir de razones limitadas esfuerzos gigantescos, e insensiblemente se preparaban los ánimos a abrazar el cristianismo.

El primer prosélito que los cristianos procuraban era a Huascar, como el Inca y soberano del imperio; pero a pesar de la veneración que tenía a Almagro y al sacerdote, se creía hijo del Sol, y estaba poco dispuesto a abandonar el culto de sus padres: veía por otra parte que un paso precipitado pudiera trastocar en aborrecimiento el amor de sus súbditos, y Huascar adoraba al Sol a pesar de la conversión de Coya, y de las exhortaciones de los cristianos; mas consiguieron al fin que concediese a sus súbditos completa libertad de profesar el culto que su razón les dictase, y muchos recibieron las aguas del bautismo, no llevados del terror, sino del convencimiento.

En Vericochas, como en todos los sacerdotes del Sol, ardía inextinguible el fuego del fanatismo que devora generalmente el pecho de los ministros de todas las religiones. El culto del Sol es verdad que derramaba en las almas la sublimidad y la dulzura de sus creencias, pero sus sacerdotes no llevaban su virtud hasta la tolerancia de hallar posibles otras creencias ni otros cultos; miraban con indignación la ermita cristiana edificada en los Andes, y derramaban entre los Peruanos los temores que exaltaba su imaginación al creer irritado al Dios del día. Cuando Vericochas supo la conversión de Coya, cuando se persuadió de que fuera imposible evitar que Almagro extendiera el cristianismo, y Las-Casas predicara el Evangelio, cuando fue advirtiendo los prosélitos que hacían, y fluctuar al fin al mismo Huascar, una sombría tristeza se apoderó de su corazón, e incesantemente postrado ante el símbolo del Sol, enajenado en llanto, pedía a su Dios no negara al imperio su benéfica lumbre, y su luz vivificadora. Su llanto y su honda melancolía, devoraban visiblemente su existencia, y en breve pagó a la naturaleza su tributo. Su muerte fue llorada por todo el imperio, como debe llorarse la muerte del justo; en sus exequias se desplegó toda la magnificencia del culto, y su busto fue colocado en el templo entre las efigies de las deidades tutelares del Perú.

En tanto se activaban los preparativos de guerra con admirable rapidez: subían a veinte mil hombres los refugiados en la montaña, y unos procuraban las subsistencias, otros se adiestraban en el manejo de las armas, otros trabajaban infatigables en las fundiciones, y todos alternaban en los diferentes trabajos, siempre bajo la dirección del activo y laborioso Almagro. ¡Ah! las cimas de los Andes prestaban ya la imagen de la regeneración del Nuevo Mundo.

Pizarro y Luque en Cuzco continuaban en su sistema de horrores, que extendían a todas las provincias; el crudo despotismo militar conducía millares de víctimas al cadalso, y las hogueras inquisitoriales, ardiendo eternamente, daban al aire en densas columnas de humo los miembros de los desgraciados que eran acusados de idolatría. La servidumbre más ominosa conducía a la dura argolla a millares de infelices, y sus hondos gemidos, mezclados con la algazara de los invasores, se escuchaban sólo en el imperio. La Metrópoli nada ignoraba ya de la conducta política y religiosa del gobernador y de los sacerdotes, pero a pesar de establecer cuerpos legales, las leyes respiraban el mismo terror y degradación humana y su cumplimiento se confiaba a Pizarro y Luque. Todo el sistema político y religioso de la Metrópoli consistía en la extracción de tesoros del Nuevo Mundo, y en arrastrar prosélitos al cristianismo; se ignoraban, las consecuencias de tan monstruosa política, y Pizarro y Luque recibían continuamente de la corte de Madrid pruebas de aprobación, y extensión de poderes para obrar como monarcas y déspotas.

Tan particular antítesis formaba la administración de Pizarro y Luque, con la de Almagro y Las-Casas. En la una todo era dulzura, convencimiento y virtudes; en la otra muerte, despotismo y crápula. ¡Y eran todos cristianos! ¡Tanto varían las sectas religiosas según la fibra de cada creyente! La religión de Jesús en el Nuevo Mundo era un enigma inexplicable para los Peruanos; detestable en boca de Luque, y adorada en boca de Las-Casas; la dominación española bajo el imperio de Almagro, formara la ventura del Perú, bajo el imperio de Pizarro era su destrucción y su ruina; la Metrópoli sin despotismo hubiera conservado largos siglos aquellas inmensas colonias, pero con su negra política, apenas en la corta duración de su dominio, pudo reembolsar los tesoros que la costaron, perdiendo la sangre de cuarenta mil españoles.

Tal era la actividad para los preparativos de guerra en los Andes, y tales las esperanzas que se derramaban por las provincias que a pesar de la confianza en que dormía el gobernador no pudo menos de dirigir su atención a las montañas. Desde luego suponía que Almagro había de estar a la cabeza de aquella sublevación, pero jamás creyó que contara con tan poderosos recursos. ¡Pizarro no era bastante político para calcular el poder de un héroe que levanta el estandarte de la libertad en un pueblo esclavizado! El capitán Soto con 300 hombres marchó a atacar a los sublevados, y el gobernador en Cuzco se abandonaba en tanto a las fingidas caricias de Ocollo, y hasta abandonaba las riendas del gobierno a Luque y al sacerdocio.

La situación de Ocollo era por momentos más crítica; los ardientes deseos de su opresor cada vez más activos, y la desdichada ya no hallaba recursos para suspender por más tiempo el recibir el bautismo. Bien pudiera en una noche completar su venganza despezando el pecho del matador de Atahulpa, pero era difícil su fuga, y seguro su cadalso. Los invasores se irritaran con el asesinato de su jefe, y derramarían con más horror el exterminio, y Ocollo expirando en un cadalso no pudiera prestar a la libertad los inapreciables servicios que la prodigaba. En comunicación con Huascar y Almagro les daba los más seguros e importantes avisos, y al lado del gobernador endulzaba algún tanto su corazón y libraba de la muerte a muchos desgraciados. Al momento comunicó a Almagro la salida del capitán Soto para los Andes, y Almagro tuvo tiempo de preparar una feliz emboscada. Soto caminaba sin precaución, despreciando la fuerza del enemigo, y seguro que marchaba como siempre a la victoria, cuando mil indios de repente cayeron sobre él mandados por Almagre y con armas blancas europeas. La división española se dispersó con horror, no acostumbrada a aquellas cargas de sorpresa, ni a resistir armas matadoras, y los Peruanos cometieron una atroz carnicería en los aterrados y dispersos españoles, viéndose por primera vez vencedores en su suelo. Soto hizo esfuerzos de valor, pero todo fue en vano; a merced de su cota se salvó de la muerte, y marchó asombrado fuera de la montaña, donde reunió los cortos restos de su gente, que pudieron escapar del combate, y comunicó circunstanciado parte de la derrota al gobernador.

El cristianismo en tanto progresaba y la ermita de Las-Casas era ya corto recinto para los nuevos creyentes. Las virtudes más puras reinaban entre los neófitos, y algunos de los más distinguidos obtuvieron el honor de ascender al sacerdocio; honor prohibido en las leyes de Pizarro. Este paso político de dar al pueblo sacerdotes de su seno, granjeó millares de prosélitos al Evangelio, y Huascar mismo, al ver decidida la mayoría de sus súbditos, y al ver que el Dios de su amigo y protector daba a sus armas la victoria, con todo el convencimiento de su razón entró en el seno de la Iglesia. Desde aquel momento el templo del Sol quedó vacío en sus pomposas ceremonias: el estandarte de la cruz tremolaba vencedor en la montaña, y las costumbres más puras engrandecían a los habitantes de los Andes, y los preparaban a la guerra y a la victoria.

Pizarro recibió el parte de la derrota de Soto, y el furor brilló en sus ojos centellantes.

Rápidamente reunió hasta mil doscientos hombres, y puesto a su cabeza marchó a los Andes proclamando el furor y el exterminio. La infeliz Ocollo respiró en su opresión en el momento que ya no sabía qué partido tomar en sus conflictos, y permaneció en Cuzco bajo la observancia de Luque. Velozmente avisó también a Huascar y Almagro de la salida del gobernador, y su alma se dilataba al contemplar los servicios que prestaba a la libertad de sus súbditos.

Pizarro en cortos días tomó posición en la falda de los Andes, y Almagro se preparó con placer a una campaña en que tal vez pudiera medir las armas cuerpo a cuerpo con su contrario. Cada día se aumentaban más y más las fuerzas de Huascar y aun algunos castellanos, ya parciales de Almagro, ya exasperados por el rigor de la disciplina o del despotismo del Gobernador y el fanatismo del vicario, engrosaban sus filas y adiestraban a los indios con el valiente Benalcázar que prestaban también en los Andes los más importantes servicios. Violento Pizarro en su carácter, de un valor impávido, no se sació con arrollar algunas cortas fuerzas que se le presentaron en los desfiladeros, se preparó a dar una batida general en la montaña, y a asaltar la cúspide en que se había edificado el templo del Sol, y la ermita cristiana; punto que formaba la corte de Huascar, y el foco de la sublevación. Almagro cuidó que los pequeños destacamentos que entretenían las fuerzas del gobernador por la montaña, no usasen de mosquetes ni de ninguna arma de fuego, y aunque se advertía más regularidad en las masas, y diferente disciplina en los combates, los Peruanos se retiraban siempre con poca resistencia, según las órdenes que tenían, y Pizarro a pasos agigantados se precipitaba en la asechanza. En cortos días tendió su tropa para asaltar la cima, y cuando con más confianza trepaba por las asperezas a cantar la victoria, Almagro cargó con todas las fuerzas, usando de la artillería y mosquetería, que con tantos esfuerzos logró fundir en los Andes; y sorprendidos con terror los españoles caían a centenares abrasados del fuego de cañón, o precipitados entre las rocas en su fuga. Almagro, los siguió valeroso en la huida; el Gobernador en vano procuraba inspirar aliento a los soldados, era también víctima de la sorpresa, y apenas doscientos hombres se salvaron de la muerte, y se reunieron en la campiña, pero vencidos, derrotados, sometidos por fuerzas extraordinarias, con armas igualmente matadoras, disciplinadas a la europea, y mandadas por el valiente y experto Almagro, nunca el Gobernador mostró más esfuerzo y bizarría que sosteniendo una retirada hasta las murallas de Cuzco.

En esta célebre jornada, si hemos de creer a las tradiciones que aun se conservan en el país, se verificó un portentoso milagro. El intrépido gobernador no fue vencido ni por el valor de Almagro, ni por el arrojo y nueva disciplina de los Peruanos; la sublime sombra de Colón, vagando por las sinuosidades de los Andes, dio el grito de libertad, y amarró la diestra de Pizarro. Colón llevado de sus instintos descubrió el Nuevo Mundo, y condujo a los Europeos a aquellas deliciosas comarcas, para unir en fraternales lazos el antiguo y Nuevo Mundo; pero no jamás, para que los inocentes habitantes de las nuevas playas fuesen degradados esclavos de los denegridos Europeos del siglo XVI. Colón filantrópico y sensible fue el consuelo de los Indios de todas las comarcas en cuanto estuvo al frente de las expediciones, pero preso y encadenado, vuelto a Europa con ignominia, cayó, como ya hemos visto, desde aquel momento, una mano de hierro y de exterminio sobre los nuevos continentes. La sombra de Colón en su sepulcro gemía devorada por el remordimiento de haber conducido a los europeos a los remotos e ignorados climas, y es fama que voló también a los Andes a reclamar la libertad del Perú, y que inspiraba a Almagro, y fortalecía las diestras de todos los Peruanos. En la derrota de Pizarro aseguran los ancianos del país, que volaba una manga de fuego por los ámbitos que deslumbraba al Gobernador y a su división y alumbraba a los Peruanos. Aquella nube de fuego era la sombra de Colón, que combatía también por la libertad del Nuevo Mundo, para acallar sus remordimientos de haber descubierto aquellas deliciosas playas para que su generación las enrojeciera de sangre.