La Conquista del Perú: 19

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XVIII - Mensaje[editar]

Huascar elocuente y animado de todas las virtudes, no sólo daba ejemplo a sus guerreros de despreciar los peligros, sino que también a cada instante los arengaba con entusiasmo sobre los encantos de la libertad, y les pintaba el rugido de las poderosas cadenas que amarrarían sus brazos, si se dejasen vencer de los venidos del Oriente. Vericochas en el templo inspirado de la gratitud, pregonaba los infinitos dones que el padre del día derramaba sobre la tierra, lo obligados que estaban los hombres a su culto, y el horroroso perjurio, el negro crimen que sería abandonar el culto de sus mayores, el culto de la razón, por el Dios de unos hombres insensibles, que no arrastraban el ejercicio de sus creencias sino con el puñal y las hogueras.

Enardecidas las almas, los Peruanos se arrojaban valientes a la muerte, y el valor de los españoles se veía mil veces comprometido. Pero los castellanos eran la admiración de la Europa en el siglo XVI, su impavidez les había dado el imperio de dos mundos; Pizarro era tan arrojado como halagado de la suerte, y al rigor de sus armas matadoras cedían los numerosos ejércitos del imperio. La sangre de los infelices enrojecía las amenas campiñas de Cuzco, los cimientos de la ciudad ya retemblaban al estampido del cañón, cuando presentando bandera blanca ante los muros, hizo señal Almagro a los sitiados que se celebrarían acomodos amistosos.

Difícil era la posición de los ejércitos, unos y otros apenas tenían mas elección que la muerte o la victoria, no sólo era guerra política, era también guerra religiosa, y la lúgubre historia de las preocupaciones y del fanatismo, ha teñido de sangre las páginas de la historia, más que las sucesiones de los tronos, y la ambición de los reyes. Ventajoso fuera el acomodo a unas y a otros combatientes, pero no entraba en lo posible conciliar los intereses mutuos; la usurpación y la libertad, el fanatismo y la tolerancia, no tienen punto alguno de contacto. Al fin Huascar y el consejo resolvieron permitir la entrada a Almagro que acompañado de dos caballeros se había acercado a los muros.

A pesar de cuanto Coya disimulaba el fuego que ardía en su pecho, su amor era conocido de los magnates del imperio, pero los Peruanos tolerantes y seguros de las virtudes de la heroína, jamás vituperaron su conducta, ni dudaron de su fidelidad y de su amor a su patria. Al contrario Coya, que fijaba sus delicias en repetir el nombre de Almagro, a todos contaba sus virtudes, a todos aseguraba que no podía ser de la raza de los venidos del Oriente, y el nombre de Almagro no se miraba con odio entre las victimas de los vencedores. Cuando Coya vio que era el conductor de la embajada, cuando vio cercano el momento de hablar de nuevo a su adorado, aseguró que presentía un feliz porvenir que le decía su corazón que cesarían los horrores y renacería la calma y la ventura.

Coya precipitada corrió a la puerta, y los dos sensibles amantes enmudecieron en un éxtasis profundo. Aquellos resentimientos de la muerte de Atahulpa, volaron de la mente de la hija del Sol, y sólo la ternura inspiraba las almas. ¡A cuán caro precio vende el amor sus delicias a los sensibles pechos! Un llanto involuntario corría por las mejillas de los dos amantes, y sus lágrimas parecían maldecir el rigor de su suerte, pero Coya al lado de su ídolo le repetía entre sollozos. «Una dulce mirada de amor recompensa un siglo de tormentos.»

Los Peruanos conocían muy bien los nombres de los españoles, y sobre todo los de los tres jefes de la expedición; y el de Almagro era querido en el imperio, porque eran conocidas sus virtudes: ya a un esclavo le dio libertad desprendiéndole de la dura argolla, ya salvó de la muerte a un desdichado esposo, ya socorrió las aflicciones de los vencidos, y todos respirando gratitud habían publicado en Cajamalca, en Cuzco, y en el ejército, su beneficencia y su piedad. Un pueblo inmenso, ensangrentado, con las marcas de la agonía en su semblante, rodeaba al guerrero por las plazas y calles en un funeral silencio; y el consejo y el emperador reunidos en el foro esperaban con impaciencia al mensajero.

Preciados mármoles y pórfidos cubrían el pavimento del salón espacioso, planchas de oro y plata sencillamente dispuestas sostenían la techumbre, y vistosas plumas de mil colores guarnecían los espacios con delicado artificio. Conducido allí Almagro reinaba un silencio sepulcral en la asamblea y en el inmenso auditorio, cuando Huascar se levantó de la silla de la presidencia y exclamó con tranquilo acento. -Guerrero, los Peruanos saben sepultarse entre las ruinas de su patria antes que ceder con ignominia; habla si traes paces decorosas; si no marcha, y di a los tuyos que abran nuestros sepulcros. «Un sordo murmullo de aprobación conmovía la asamblea, y Almagro prorrumpió elocuente. -No, inocentes Peruanos, los venidos del Oriente no gustan de sangre y de exterminio, quieren vuestra amistad y ser vuestros hermanos. -El candor y la sonrisa brillaba en la asamblea, y lágrimas de ternura interrumpían los sollozos. Coya sin apartar sus miradas de Almagro le parecía ya gustar la copa deliciosa del amor en medio de la calma, y bendecía al Dios de verdad que adoraba.

»Sí, Almagro, proseguía Huascar, el imperio conoce tus virtudes, y no duda de la sinceridad de tus palabras: pero recuerda los ofrecimientos amistosos que hicieron tus compañeros desde el desastrado instante en que pisaron este suelo; recuerda toda su historia, y las sangrientas escenas que hemos recorrido, y bien sabes que no podemos deponer las armas y esperar en nuevas promesas.»

-No, Peruanos, yo afianzo el convenio, mi espada os responde de su santidad y de su cumplimiento.

-Habla digno hijo del Sol, ídolo del imperio, prorrumpió una voz desconocida del consejo.

Los españoles venidos allá de lejanos climas donde el sol nace, continuaba Almagro, han debido a su laboriosidad y a su ventura, si no un alma más sensible que la vuestra, una razón más ilustrada, y tal vez más robusta. Vosotros lo habéis observado, nuestra razón y no nuestros brazos han vencido vuestros numerosos ejércitos. Nuestro monarca, señor de dilatados países, rige un formidable imperio, y su soplo, cual el soplo del omnipotente, bastará a sepultar vuestro país. La mano eterna que rige este universo que os admira, también nos prodigó sus dones, y nos ofreció la inefable bienaventuranza. Jesucristo, el hijo del Señor, bajó a la tierra en forma de hombre, y muriendo en la cruz nos reveló misterios, nos admiró con milagros, y nos dejó la fe y el bautismo para conseguir la salvación eterna. Acaso vuestra razón no penetrará en estos hondos arcanos, pero si adoráis al Dios de los españoles, si sois vasallos de su gran monarca, cesaran las crudezas de la guerra, y vuestros hermanos os ilustrarán gustosos, os pondrán en el camino de la salvación y os harán felices.

Un profundo silencio reinaba en la asamblea mientras hablaba Almagro, hasta que Huascar prorrumpió de nuevo. -Generoso español, si tus compañeros tuvieran tus virtudes, fuéramos vuestros hermanos y no corriera la sangre, ni volara el destrozo. Conocemos la superioridad de vuestra razón, de vuestros adelantos y gustosos os imitáramos a costa de los tesoros que cubren este suelo. Pero mira el sol luminoso que arde sublime en medio del firmamento; por él renacen las flores y crecen los frutos; su lumbre anima al universo y reanima a los hombres; mira cuan desgraciado es el mundo cuando se sepulta en los mares y nos abandona a las tinieblas. El deber, la gratitud, el ejemplo sublime de nuestros mayores, nuestra razón, todo nos lo presenta a nuestros ojos como el primer ser del universo. Su inocente culto ha hecho la felicidad de estas regiones, y sería el más negro de los crímenes preferir su abandono a la muerte. Nosotros desconocemos a vuestro Dios, sólo hemos visto las horrorosas hogueras en que han expirado los infelices que no han abrazado vuestro culto, hemos visto la sangre inundar nuestras campiñas, hemos visto vuestros perjurios, y los tormentos y las llamas nos son un lecho de flores antes que faltar a nuestras creencias religiosas. Si queréis paces, el primer artículo será la inmunidad de nuestros templos y de nuestra libertad política.

Almagro en tanto derramaba lágrimas de ternura y de compasión. «Dignas de la salvación con estas almas, decía para sí; Jesucristo iluminará su razón, y les revelará sus dogmas.» -Sensibles Peruanos, repetía, no me presento a vosotros como un guerrero y menos como un conquistador, solo como un hombre sensible que os ama y os desea la ventura. Vuestra sensibilidad y vuestras virtudes os hacen dignos de la felicidad terrestre, y de la bienaventuranza eterna; creed a quien os ama, abrazad el culto de Jesús, sed vasallos del gran rey de España, y que cese el llanto y el destrozo.

Como sacerdote del imperio, prorrumpió Vericochas, mío es el derecho de responder a tus acomodos religiosos, y el pueblo y el senado tal vez respetarán la opinión del sacerdote. Adorando al padre del día floreció el imperio dilatados siglos, la gratitud inspira a sus adoradores, pero el astro luminoso quiere en sus hijos el convencimiento de la razón, no las modulaciones de los labios. Si ese sublime Dios en que tu crees inspira las almas de los peruanos, y la razón les arrastra a su culto, felices os sigan vuestros prosélitos, pero tranquilos también alabemos en nuestros templos al Dios que inflama los días, los que jamás seremos ingratos a sus beneficios.

Yo, en nombre del Sol os lo demando, Peruanos, que antes que le veamos amenazarnos con sus iras entre tinieblas, antes que dejarlo de adorar, si no os cautivan la razón, hundámonos bajo las ruinas del imperio.

Violentos gritos por todas partes prestaban los juramentos que Vericochas exigía, y Almagro levantaba sus palmas al Dios verdadero porque sacara aquellas almas de la idolatría.

-Yo, como vuestro monarca, exclamó Huascar, contestaré en cuanto a nuestra libertad política, y el pueblo y los sacerdotes quizá aprobarán mi voto. Lejos de mí la ambición del mando, jamás por sostener mi trono sería perjuro a mi patria. Nuestras leyes políticas han labrado la felicidad de nuestros mayores, en nuestras leyes está cifrada nuestra ventura, y si pudiéramos lanzar a los mares a los venidos del Oriente, nuestra sangre regaría el árbol de nuestra felicidad. Mi voto es el de la guerra: para ser desdichados no lloremos las miserias de la patria, la tumba nos ofrece mansión tranquila...

-No, Huascar, le interrumpió Almagro, no te dejes arrebatar del valor y del entusiasmo. Yo os lo juro otra vez, nosotros haremos vuestra ventura, no queremos esclavos, queremos hermanos, querernos ser felices con vosotros. Corred un velo diamantino sobre lo pasado, confiad en mis juramentos.

Un anciano consejero alzó la voz y dijo: la paz o la guerra deciden de la suerte del imperio; retirándose el enviado podremos hablar con más libertad y acierto decidir la suerte de nuestra patria. -Coya, que en medio del consejo no podía ocultar el amor que en su pecho ardía, ni la inquietud que devoraba su alma al recordar la lúgubre noche que abandonando el culto del Sol recibió las aguas del bautismo, se apresuró a invitar a Almagro a que fuese a descansar a su palacio, en cuanto el consejo deliberaba. El noble guerrero que si bien anhelaba las paces llevado de su corazón sensible, el amor de Coya, la ventura de mirarla, de hablarla un instante, le había llevado a Cuzco, vio llegado el momento por que ansiaba su corazón, y el júbilo y la sonrisa brillaban en su rostro. Empero, exclamó presuroso, ¿y mis tiernos compañeros que fueron vencidos por vuestras armas, viven aun, bendicen vuestras virtudes, puedo estrecharlos entre mis brazos?

-Sí, Almagro, respondió Huascar, en el ejercicio de su culto, tratados con la dignidad de hombres, ni han sido condenados a la dura argolla de esclavos, ni el puñal, ni las hogueras los han arrancado de la creencia de Jesús para adorar al Dios del día. -¡Oh almas sublimes! Yo os juro de nuevo mi amor; mi espada será el baluarte de vuestra libertad; Jesucristo iluminará vuestra razón, y tal vez un día bendeciréis a los venidos del Oriente, dijo Almagro, y seguido de Coya y de un pueblo numeroso, salió del senado para abandonarse a las caricias del amor más puro.

Coya, descendiente de los Incas, hija del Sol, y princesa del imperio, tenía un sencillo palacio adornado con vistosas plumas de mil colores, con techumbres y pavimentos de mármoles y de oro.

Allí conducido Almagro, inflamado su pecho de amor, ardiendo sus miradas en las miradas de Coya, sin más testigos que lucidos acompañamientos que cubrían las lejanas puertas y los ámbitos de los salones, como arrebatado de un torrente, de un huracán, se arrojó a los pies de Coya, al tiempo que Coya humedecía con su llanto a su noble y generoso amador.

-¡Oh deidad sublime! la decía; ese llanto de piedad aun publica tu amor, aun tú me amas?

-¡Ingrato! -No, Coya, yo te amo tanto com al ambiente de la mañana, tanto como al fulgor de la aurora, tanto como a mi Dios. Un llanto involuntario brotaba por las mejillas de los dos amantes, y profundos sollozos interrumpían sus palabras. -¡Oh Almagro! recuerda, aquella noche solitaria, aquel arroyo cristalino en que abandoné el culto de mis mayores, en que fui perjura a mi Dios recibiendo las aguas del bautismo... Yo adoré a Jesús, no porque le conociera, sino porque era el Dios de mi Almagro; mi crimen ha quedado en lo profundo de mi pecho sepultado entre tinieblas y en eterno misterio, pero al postrarme ante las aras del Sol, negros remordimientos han despedazado mi alma y sólo la memoria de Almagro me consolaba en mis delirios... ¡Ingrato, y volverás al campo de los tuyos, y desolarás la patria de tu Coya, y tal vez sentado sobre mi sepulcro ni una lágrima, ni un suspiro te merecerá mi memoria! -¡Ay, Coya! tu nombre repitiendo, adorando tu nombre, bendiciendo tu hermosura, dando mil lágrimas a tu memoria, he visto cien veces sepultarse el Sol en los abismos de la tierra, y le he visto otras tantas nacer de las simas de los mares. La esperanza de verte, de hablarte, de jurarte mi amor, ha sostenido mi existencia y me ha hecho invencible en los combates. -Y tal vez ya te preparas a darme el adiós postrimero. -Yo te buscaré entre las cerradas selvas, entre las flechas de tus guerreros, en los desconocidos mares.

-Entre las ruinas de mi patria, entre los cadáveres de los peruanos, me buscarás tal vez nadando en sangre. -Acaso Almagro la hubiera jurado por su Dios abandonar a sus compañeros, y esgrimir su espada por la independencia del Perú, pero la hermosa Ocollo, cubierta de luto, con la tristeza y el dolor en su semblante, entre un numeroso pueblo llegó también al palacio de Coya, buscando a Almagro. -Tú que eres sensible, perdonarás, guerrero, los delirios de una infeliz que tus compañeros condenaron a la viudez y al lloro. Los restos del infeliz Atahulpa, sus cenizas, ¿existen aun en vuestro campo? Si existen, hijo del Sol, yo te lo ruego, vuélveme tan inapreciable tesoro para que las riegue todos los días con mi llanto. -¡Ah! desgraciada Ocollo, fueron dudas al viento, murió en la idolatría. -Murió en la virtud. -Yo no fui criminal. -La historia pregonará el crimen, las remotas generaciones odiarán a sus matadores. -Consuela tu llanto, divina Ocollo, piensa sólo en la felicidad de tu patria; tu hermosura y tus encantos podrán más que los numerosos ejércitos. -Sólo a mi triste patria puedo ofrecer la estéril ofrenda de mi llanto. -No, Ocollo, puedes salvarla de sus ruinas, puedes romper las cadenas de los esclavos, puedes vencer al conquistador de tu imperio. Pizarro te ama con furor, tus miradas penetraron en su pecho y encendieron en él un volcán horrible, tú lo sabes, él te reveló el secreto, tú puedes amar... -¡Al matador de Atahulpa! -Lo dicta el bien del Perú. -Es sacrificio superior a mis fuerzas, la sombra de Atahulpa, ¡que horror!...

Almagro, que conocía el impetuoso carácter de Pizarro, y el amor que ardía en su pecho, al ver la firme resolución de la hermosa, presagió los más enlutados destinos en el porvenir del Nuevo Mundo. Fijando elocuentes miradas en su Coya, vamos, la decía, ya el consejo habrá decidido la suerte del imperio. Ocollo, Coya y Almagro entre lucidos acompañamientos marcharon al Consejo en la mayor zozobra. Ya los consejeros habían deliberado, y presentaron las paces al mensajero.

-Si tus compañeros, exclamó Huascar, quieren las paces, dignas son de su valor y del poder de su gran monarca; pero si rehúsan nuestras proposiciones, no esperéis humillación en los peruanos, sosteniendo sus leyes y sus templos quedarán gloriosamente sepultados entre las ruinas de su patria. Desde el infortunado momento en que pisaron este suelo, hemos sido víctimas de nuestra inocencia, y no de nuevo nos entregaremos a la buena fe, si no se nos ofrecen garantías.

-Almagro prorrumpió, yo soy el encargado de contratar las paces: no faltarían mis compañeros a sus juramentos: difícil es daros satisfactorias garantías; pero si desoyeren los preceptos de nuestra santa religión, yo os juro por Jesucristo que abandonaré sus filas, que combatiré a vuestro lado; también tengo secuaces en mi campo, y tal vez comprometieran la victoria.

-Tus virtudes han merecido la confianza del imperio, repuso Huascar, tu juramento es bastante; contigo sería nuestra la victoria: oye pues el convenio.

1.º Los templos y las leyes del Perú serán inmunes, y sólo los peruanos podrán reponer o variar sus leyes políticas y religiosas.

2.º Los españoles vivirán bajo el imperio de las leyes de su monarca y el libre ejercicio de su culto.

3.º Los españoles podrán predicar su religión, valiéndose de la persuasión para convertir a su creencia.

4.º El imperio del Perú pagará al gran monarca del Oriente anualmente cien arrobas de oro y doce mil de plata.

5.º Los españoles podrán vender y comprar libremente en el Perú.

6.º Canje de prisioneros.

Estos son los convenios, repetía Huascar, nada puede variarse de los artículos; si queréis paces, si Almagro garantiza los juramentos, cesarán la muerte y los estragos; pero si buscáis nuestro oprobio os declaramos la guerra hasta hundirnos en el polvo.

Almagro escribió detenidamente los artículos, y exclamó al Consejo: dignas del gran monarca del Oriente y de vosotros son las paces, yo las acepto; yo procuraré que mis compañeros las juren ante los santos Evangelios, y entonces Almagro responderá de su inviolabilidad. Mas, Peruanos, un medio sencillo nos ofrece la suerte para estrechar nuestros lazos; Ocollo suspira en la viudez, Pizarro la idolatra; que la hermosa ante las aras le de el dulce nombre de esposo.

-Al matador de Atahulpa, gritó Ocollo, yo sólo puedo detestarle...

Vericochas contestó que el amor era inviolable en el Perú, que sólo a Ocollo tocaba responder al guerrero. -Yo le detesto, repetía. -Di a Pizarro que sofoque su amor, prorrumpió Huascar, que el imperio no manda sobre los corazones, que Ocollo no puede amarle.

Mil reflexiones con ternura hizo Almagro al senado, pero en la frente de Ocollo brillaba el aborrecimiento que su alma tenía a Pizarro, y no era posible acomodo, porque los Peruanos jamás harían a la hermosa víctima de sus intereses. Después de prodigar el español tiernos abrazos a Huascar, a Vericochas y a los consejeros, les suplicó le permitiesen abrazar también a los prisioneros; lloró con ellos tiernamente, les prometió que en breve tornarían a su campo y a su patria, y gozoso salió de la ciudad para tratar los convenios con sus compañeros.

La hermosa Coya juró de nuevo su amor a su adorado: mil ternuras y mil caricias le aseguraban el de su Almagro, y felices miraban cercano el término de sus tormentos. Coya aunque educada entre los ejércitos bendecía las paces, y Almagro aunque nacido entre el ruido de los aceros, sólo en las paces hallaba el medio de gozar las caricias de su Coya. Los peruanos conservaban sus leyes y sus templos, en nada su honor se degradaba; si pagaban inmensas sumas a los españoles también aprenderían sus ciencias, sus artes y su civilización, unos y otros serían felices; los siglos y las costumbres estrecharían sus lazos, en España correrían los torrentes de oro del Perú y amigos y hermanos libres, les serían más ventajosos que desgraciados esclavos. Así lo dictara la razón, y lo mandara el bien de las naciones, pero en el siglo XVI en la corte de Carlos 5º y sus delegados, la espada y la cruz pesaban más que la razón, más que la humanidad y más que el bien de las naciones.