La Conquista del Perú: 13

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XII - Hostilidades[editar]

Los emisarios de Atahulpa que corrían el imperio reuniendo el oro necesario para el rescate, empezaban a llegar a Cajamalca conduciendo enormes cantidades, según el cupo repartido a cada provincia; todos llenos de inquietud ansiaban el momento de ver reunido el necesario para llenar la tienda hasta la altura conyenida, y todos contribuían gustosos y solícitos al objeto, y en tanto, como hemos visto, los campos enemigos parecían estar en la más acorde harmonía. Ocollo no se separaba del pabellón de su adorado Inca, y hasta Huascar y Vericochas tenían frecuentes entrevistas con los jefes invasores, y tocaban superficialmente algunos puntos de religión y de política. Pizarro, cual león que enguedeja su melena tras de la esquiva leona, seguía ardoroso los pasos de la hermosa Ocollo, y de día en día se inflamaba con más violencia la llama de amor que ardía en su pecho, que mal pudiera escaparse a las vigilantes miradas de Luque.

Recuerda, amigo, recuerda, le dijo un día a su compañero, que ultrajas a tu rey y a tu Dios, amando a esa idólatra. A extender el Colosal Poder del trono de Castilla, a propagar la adoración de la cruz, has venido a estas remotas playas, no a gemir víctima del amor cual un débil mancebo.


No cual un débil mancebo, no, lo respondió Pizarro... Aquí, en mi pecho, siento un volcán inextinguible, pero no temas que gimiendo me postre a las plantas de la ingrata a implorar sus favores; el conquistador del Perú la sabrá arrebatar de entre los brazos del Inca, de entre el ejército peruano, y la violencia...

Generoso siempre Almagro confesaba a sus compañeros su ardiente amor por Coya, les pintaba sus encantos con todo el entusiasmo de un arrebatado amante, y respiraba en sus proyectos y en sus expresiones la humanidad de un pecho sensible a las inspiraciones de un amor divino. Confesaba francamente a sus compañeros que conocía la reserva con que tendían los planes de la conquista del imperio, pero que él los dejaba en absoluta libertad porque ya había conquistado el corazón de Coya, que valía más que la conquista del mundo.

El oro reunido en Cajamalca ascendía a inmensas sumas, y creyó el consejo que bastara para llenar lo convenido en el rescate del Inca. Atahulpa más ansioso que nadie de comprar su libertad, mandó que inmediatamente se trasportase a la tienda en que estaba prisionero, ya fuese en barras, o ya en manufacturas propias del país, y de más o menos trabajo artístico. En efecto, innumerables indios, conducían el oro del rescate, y los invasores fijaban sus ansiosas miradas en un portento que excedía a las magníficas ideas que se habían formado del país. Un día y otro día continuaba el trasporte con la mayor actividad, y cerca de mil quintales de oro entraron en las tiendas de Pizarro.

No habrán olvidado nuestros lectores que el convenio celebrado para el rescate era que se llenase de oro hasta la altura de un hombre el pabellón del Inca, y que Pizarro inclinaría el ánimo del grande rey del Oriente, para que admitiese el convenio, sin cuya aprobación no pudiera definitivamente ratificarse. Sea que los peruanos diesen por conseguida la aprobación del señor del Oriente, mediando su delegado, fuese el ardiente afán de verse en libertad el Inca, fuese el excesivo amor y respeto que tenían a su emperador los peruanos, es lo cierto que precipitadamente, y sin preguntar por la aprobación del grande rey del Oriente, el oro se empezó a trasportar con toda la actividad al campamento, colocándose más o menos cuidadosamente en el pabellón del Inca, hasta que subiera a la altura convenida; pero el espacio era demasiado considerable y faltaba oro como para llenar un pie de elevación.

Conforme se reunía el oro del rescate. Pizarro iba enfriando sus demostraciones de atención con el Inca, y tomando un aire de superioridad muy ajeno de la conducta que hasta allí había observado. Bien pronto lo advirtió Atahulpa, y creyendo que naciese de la falta del oro que aun restaba, se dirigió a él y le dijo con el candor propio de la inocencia. «No, nada temas, hijo del Sol, la violación de los juramentos es en el Perú el más negro crimen, y jamás provocaré las iras de la deidad que adoro. Si aun no está llenada la suma de mi rescate, en breve llegarán los mensajeros de las provincias lejanas y verás reunido más oro del necesario.»

Sí, Atahulpa, le respondió severo el español, tú y yo llenaríamos religiosamente nuestro convenio, pero desgraciadamente, según órdenes que acabo de recibir, no le aprueba en todas sus partes mi señor, el grande rey del Oriente. Sus severos e inalterables mandatos te niegan la libertad, si no te confiesas además su tributario, y si no abandonas tus bárbaras creencias religiosas y abrazas la religión de la cruz.

¡Y podrá el gran señor del Oriente!... quería reponer el Inca en un helado asombro.

Es poderoso y lo puede todo; yo sumiso obedezco sus órdenes.

¿Y el oro reunido?

Es tuyo, le contestó Pizarro, puedes disponer de él, pero las armas vencedoras de mi rey y señor, irán a buscarle a tus palacios y en los templos de tus malditos ídolos. Yo por mi parte cumpliré las órdenes de mi rey, y sólo exijo de ti que renuncies a las caricias de la encantadora Ocollo, me cedas tanta hermosura, que ardiente, devorador ambiciono... Los mandatos del señor del Oriente y de Pizarro son inalterables, piensa en tu salvación.

Puede sentirse, pero no explicarse el profundo estupor en que el Inca quedó sepultado. Cuando ya creía llegado el momento de volver a su libertad, a su trono, y a las caricias de su hermosa, oye la voz de trueno de Pizarro que arrebata todas sus mentidas ilusiones. Pero Atahulpa, hijo de diez Incas, hijo del Solo, monarca del imperio y hombre ofendido, tornó en breve a la calma y a la dignidad propia del inocente. -Sí, Pizarro, le dijo, sé mi posición, cumple las órdenes del emperador del Oriente, pero jamás me creas débil ni criminal.

Admite mis condiciones, y serás el vasallo predilecto del gran Carlos 5º y hallarás tu salvación eterna.

¡Yo, tributario de un rey usurpador y sectario de un Dios que no conozco, pero que vosotros sois sus hijos!!

Blasfemo, no irrites los rayos que ya vibra su diestra.

Allá en un día yo le tuve por hijo del Sol, y por mi hermano; pero no, tú no desciendes del Sol, tú descenderás del negro averno.

Yo mando en los rayos, y soy invulnerable: no provoques mis iras.

Tranquilo puedo insultar tu arrogancia.


A pesar de su carácter feroz, Pizarró dejó al Inca en medio del delirio, y marchó a reunirse con sus compañeros para empezar a poner en ejecución definitivamente sus planes. Ocollo que supo el suceso se abandonó al dolor más profundo y al llanto más abundoso. -Yo, repetía, me he de rendir a los bárbaros halagos de tu destructor, y te he de ver llorando el crimen de vender a tu Dios y a tu patria, o he de mirar tu cadalso... Y sus angustiosos gritos herían hasta las bóvedas celestes... En el momento se advirtió en el campo la inesperada mudanza, que cual fuego eléctrico se comunicó a la ciudad. -El rescate ha sido bárbaramente violado, era el grito general que resonaba en Cajamalca y en el ejército... Vericochas y Huascar aunque no dormían en la confianza, no esperaban tampoco tan fatal desenlace, y marcharon, aunque conociesen el peligro que les amenazaba, a la tienda de Pizarro, y le manifestaron su asombro; pero el conquistador dictaba inalterables mandatos.

Coya ansiosa buscó a su Almagro, llamándole pérfido seductor.

Si, tú y tus compañeros, le decía, sois hijos del crimen, ¿por qué has vendido tu amor a un pecho inocente? ¿Por qué me has arrancado del culto de esa deidad que adoro, para hacer profesión de fe a un Dios que protege a los malvados? ¡Ah! Si tuviéramos vuestras armas destructoras, huiríais despavoridos a vuestros climas infernales; arrancáramos de entre vuestros brazos al Inca, y tornara a brillar tranquilo el astro luminoso!

No, amada Coya...

Bárbaro, ¡y aun osarás hablarme de amor! Ya he arrancado tu imagen de mis entrañas, en que brillaba como volcán en las nevadas cimas.

Óyeme, Coya, y tal vez mereceré tu compasión. Yo soy sensible cual si hubiera nacido en este imperio, pero la suerte próspera o adversa me ha conducido entre mis compañeros a este suelo. Te vi, te amé, te idolatré, y en vano hubiera querido ocultarles mi amor; conocieron que en el pecho de un amante jamás cupo secreto con su adorada, y Luque y Pizarro me ocultaron sus planes cuidadosamente; ni nada he sabido de las comunicaciones con nuestro emperador; nada, Coya, ni nada he procurado saber porque me bastaba con tu amor, y tu amor era mi universo.

Coya, que jamás pudiera sofocar la pasión que Almagro le había inspirado, sentía mitigarse su ira al escuchar sus protestas, y un dulce llanto que mutuamente se confundía por las mejillas, probaba el candor de las dos sensibles almas.

El campo invasor puesto sobre las armas conservaba un aspecto amenazante; Atahulpa sostenía su calma: exhalaba hondos gemidos, y Vericochas y Huascar infatigables volaban del pabellón de Pizarro al pabellón del Inca, y en vano se fatigaban en procurar transacciones. Pizarro llevado de los deberes de vasallo, de su ambición, de su amor y de su fanatismo en nada podía ceder de las condiciones últimamente propuestas. Atahulpa no podía renunciar a las caricias de Ocollo, ni vender a su patria y a su Dios, y sólo un cruel rompimiento pudiera ser el éxito de las negociaciones.

Tal vez Ocollo postrada a las plantas de Pizarro, envuelta en abundoso lloro, imploraba en vano su piedad y lamentaba sus penas. -Si es cierto que me amas, mis gemidos penetrarán en tu pecho y moverán tu compasión. Tú lo sabes, tú que desciendes de un Dios poderoso, sabes que son sagrados los juramentos, y yo he jurado mi amor a Atahulpa ante este Dios que nos ilumina. Lleva ese preciado oro al rey del Oriente, pero deja en su paz y en sus delicias a este desgraciado imperio. -Ocollo, la repetía Pizarro, yo te suplico y suplico al Inca, cuando pudiera arrebatarte de entre sus brazos, cuando talando a sangre y fuego estos débiles dominios pudiera hacerles adorar la cruz y postrarse ante el poder del rey del Oriente.

Todo era en vano, cuando el noble Almagro con pasos majestuosos se llegó a su compañero. -Pizarro, le dijo, con severo acento, ya te había advertido que conocía vuestra reserva, pero jamás creyera, que en mis compañeros cupiera el crimen meditado. Si no creíste llenados nuestros deberes con presentar ante el rey de Castilla los tesoros del rescate del Inca, ¿a qué juraste en nombre de Cristo guardar los conventos sacrosantos? No para la devastación buscamos los remotos climas; a hacer tributarios de la corona de España, a sacar a los pueblos de la estupidez y a extender el Evangelio, nuestro Dios propicio nos abrió las ondas de los inmensos mares, y nos guió a estos remotos climas.

El estandarte de Cristo, repetía Pizarro, tremolará sobre las ruinas del imperio.

-Podremos devastando y derramando el terror hacer tributarios al rey de Castilla, pero no adoradores de Jesús: el amor nos da el triunfo más seguro. Si llevamos tras nuestros pasos la violencia, el crimen, la inquietud, ¿qué idea formarán los inocentes indios del Dios eterno de justicia? ¿Cómo abrazarán el cristianismo siendo los cristianos sus destructores? Da libertad al Inca, nosotros permaneceremos en su imperio, inspiraremos a los peruanos la dulce moral de Jesús, ilustrándolos en las ciencias y en las artes, haciéndoles conocer la dignidad del hombre, haciéndonos sus hermanos, y procurándoles su ventura.

Ya no eres tu el guerrero Almagro, eres un débil mancebo adormecido en los brazos del amor.

Yo soy el guerrero Almagro, no el bárbaro Pizarro; yo soy el hombre sensible que detesta el crimen, pero que vuela gozoso a los combates y a la muerte.

Yo soy el Gobernador del Perú.

Yo ciño una espada protectora de la inocencia.

Ya los dos guerreros tiraban rabiosos de sus espadas, cuando Luque que no lejos escuchaba la enconada contienda, voló entre ellos con un crucifijo en las manos. Fuego brotaban las miradas de los dos irritados españoles, pero al levantar Luque la cruz (estamos en el siglo XVI) depusieron humildes los fulminantes aceros, que centelleaban rayos de venganza: Un helado pasmo siguió al furor, y Luque dominó las iras. Vuestro Dios, clamaba, no perdonará tan negro crimen; os condujo a estas playas a propagar la adoración de la cruz; y malvados, sólo sensibles a débiles pasiones, cruzaréis los aceros, y los idólatras mirarán con sonrisa que os despedacéis a vosotros mismos en vez de procurar el triunfo de Jesucristo.

Aunque la tienda de Atahulpa, rodeada de una poderosa guardia, seguia abierta a la comunicación de los Indios, y Atahulpa, Huascar y Vericochas pensaban en la más impasible calma en la salvación del imperio, al fin conocían el triste porvenir que le estaba reservado. Huascar y el sacerdote temían por el Inca, y el Inca no dudaba que estaba ya su suerte decidida, pero sólo temía el porvenir de su imperio. En vano proponían a Pizarro diferentes transacciones, en vano le ofrecían sumas inmensas de oro por tributo anual al rey del Oriente, pero jamás entregarle a Ocollo, y menos abandonar el culto del Sol.

Huascar conoció que era indispensable recurrir a las armas, pues no bastaba apurar todos los medios que sugería la prudencia; y marchó a Cajamalca a alentar y a prevenir a sus guerreros. A pesar de toda la política de Pizarro, las relaciones entre los Indio y los Españoles habían sido demasiado activas, para que al fin los habitantes de aquellas comarcas no se familiarizasen con los venidos del Oriente, y para que no les hubiesen perdido parte de aquel terror religioso que al principio les infundieron; sin embargo los efectos de los arcabuces y artillería, estaban aun fuera de su comprensión, el estampido de la pólvora inflamada les era siempre incomprensible, y los invasores aun nivelaban sus cortas fuerzas con las fuerzas colosales del imperio.

Fuera o no precipitación de los peruanos llevar el oro del rescate al campamento, era ya muy difícil volverlo a transportar en las circunstancias a que se había llegado, por mucho que Pizarro les brindase a ello, porque el gran rey del Oriente no hubiese aprobado el convenio sino con las adiciones que hemos indicado, y los peruanos se cuidaban poco también de tal tesoro, que por inmenso que fuera para los invasores, para el imperio era harto depreciable. Como ya hemos indicado era imposible toda avenencia: Pizarro a la sombra del nombre de Atahulpa había reunido en sus tiendas una gran parte del oro del imperio; sus soldados ansiaban ya el momento de repartir el nuevo botín, que al jefe también conviniera circulara por las Colonias inmediatas, y su fama volase por el universo para que nuevos expedicionarios aumentasen sus fuerzas, y todo contribuyó a que al son de clarines y atambores se publicase un bando en que se daban por terminadas las treguas, y se cerraba la comunicación de los campos; exceptuándose sólo a Ocollo que pudiera pasar al campamento español, acompañada de diez Peruanos.

En todos los siglos no habría que buscar en los ejércitos los derechos de la razón y de la justicia, a todos se hace superior el derecho de la fuerza; pero en el siglo XVI, cuando el pontífice Alejandro daba la investidura de los nuevos continentes a los monarcas temporales que razones de política, o de interés de la curia de Roma, así lo exigían; cuando los que no eran creyentes de la cruz eran monstruos sobre la tierra que era preciso exterminar a sangre y fuego; cuando a los inocentes habitantes del Nuevo Mundo se tenían por seres que aun no correspondieran a la raza humana, Pizarro hizo un esfuerzo de generosidad superior a su siglo publicando que las treguas habían terminado y se rompían de nuevo las hostilidades, generosidad que ha cohonestado en la historia el inmenso botín que le produjera la falsa estratagema del rescate.