La Conquista del Perú: 11

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


X - Funerales[editar]

Había tendido la noche su lúgubre manto, las fulgentes estrellas mandaban su escasa luz a la tierra, y negras sombras, aunque en apacible calma, cubrían el horizonte. Ocollo había instruido al consejo de los convenios celebrados con Pizarro, y por consiguiente de la libertad en que estaban los sacerdotes de dar sepultura a los cadáveres peruanos. Vericochas no perdió momento en reunir los venerables ministros del Sol para la religiosa ceremonia, y el pueblo ya tranquilo, descansando de nuevo en las promesas de los hijos del Sol, concurría al templo en fúnebre aparato, para unir sus tristes acentos, a los cantos funerales de los sacerdotes; pero la hermosa Coya, aunque adoraba tiernamente a su querida patria, sumergida en un profundo estupor, apenas tomaba parte en el contento general que reinaba en Cajamalca: la noche oscura y silenciosa seguía su curso inalterable, volaban los momentos, y a las doce había de hablar a su gallardo Almagro. El amor más cándido de inocente virgen ardía en su almo pecho, y la inquietud más deliciosa combatía su sensible corazón.

Reunidos en el templo los sacerdotes, colocado en unas riquísimas andas el símbolo de la luna, dio Huascar las órdenes convenientes tendieran en la campiña diez batallones que realzasen la pompa del enterramiento de los guerreros, y Coya dirigía los movimientos militares. Al instante se aprestaron las fuerzas; al son de lúgubres músicas salieron de la ciudad y se tendieron sin sobresalto en la campiña que había sido la escena de tantos horrores. El joven y bizarro Almagro vagaba por el campo español agitado en un mar de inquietudes. Aunque educado entre la sangre y los horrores del Nuevo Mundo, su corazón era noble, sensible y generoso, y Coya le había inspirado el amor más puro e inextinguible. Esperaba con ansia la hora de las doce para hablar a su adorada, pero temía ver despreciado su amor y temía verle correspondido en su situación política. El campo de Pizarro dormía en tanto tranquilo, y los batallones peruanos salían de la ciudad y se tendían por la campiña. No pudieron los invasores concebir por el momento el objeto de aquel movimiento militar, y al pronto sonido del atambor se pusieron sobre la armas y encendieron grandes hogueras que alumbraran algún tanto las sombras de la noche.

Inmensa multitud salía de Cajamalca acompañando a los sacerdotes, y precediendo al símbolo de la luna con hachas encendidas, que en la oscura noche brillaban cual melancólicos cometas; y un ronco murmullo interrumpía el silencio sacrosanto, y aumentaba el terror del pomposo aparato. Desde luego conocieron los españoles que aquellas magníficas ceremonias serían para dar sepultura a los cadáveres, pero permanecieron en observación para evitar una estratagema, que pudiera comprometerlos, y Almagro mandando veinte caballos salió de descubierta, ya para buscar a la hermosa Coya y arrojarse a sus plantas y revelarle su amor ardiente.

Desde las primeras horas de la noche muchos peruanos habían cavado grandes zanjas para que sirviesen de sepultura a los cadáveres, y la procesión fúnebre se fue extendiendo por aquella especie de reductos para dar tranquila huesa a los insepultos. Sencillas tocatas, pero de un poder, de una sublimidad mágica, acompañaban la voz de numerosos coros que dirigían ardientes preces a su Dios por los manes de sus conciudadanos.


 
Pueblo.

 
 Apacible mansión de la muerte,
 la virtud almo lecho te implora,
 en tus sombras el crimen no mora,
 en tus senos reina la virtud.
 

Sacerdotes.

 
 Dios que alumbras la tierra y los cielos,
 Dios que manda al mar y volcanes,
 a tu vuelan de un justo los manes
 en ti buscan su felicidad.
 

Pueblo.

 
 Si ya polvo tornaste a la tierra
 tu memoria los pechos inflama,
 no voló tu existencia cual llama
 que en la noche en el éter brilló.
 

Sacerdotes.

 
 Dios eterno del día radiante
 si con crimen el débil humano
 profanó tu poder soberano,
 sé clemente, fue triste mortal.
 

Pueblo.

 
 Apacible mansión de la muerte
 la virtud almo lecho te implora,
 en tus sombras el crimen no mora,
 en tus senos reina la virtud.
 

Sacerdotes.

 
 Tú que animas al orbe anchuroso
 y tus dones prodigas al suelo,
 al llamarnos allá al alto cielo
 que admiremos tu tierna piedad.
 

Pueblo.

 
 Si ya polvo tornaste a la tierra,
 tu memoria los pechos inflama;
 no voló tu existencia cual llama
 que en la noche en el éter brilló.


El cántico funeral resonaba melancólico y sublime; el ambiente de la noche agitaba suavemente las llamas de los blandones; un lánguido y no interrumpido sollozo humedecía las sacras huesas, y todo inspiraba un terror religioso inconcebible. Los españoles miraban inmóviles y admirados la ceremonia religiosa; Luque tal vez volvía los ojos al cielo que creía irritado al mirar el pomposo culto que tributaban los peruanos a Satanás, y concebía allá en su mente la venganza que había de dar al cielo irritado. El Dios de los españoles aunque muerto en la cruz, era el padre del Sol y del universo. Luque era su grande vicario en el Nuevo Mundo, y Luque se creía el responsable ante los cielos de la idolatría de los indios.

Eran las doce de la noche, y Coya había de hablar a su Almagro; dio las órdenes convenientes, y sola y combatida por un turbulento mar de inquietudes, marchó hacia la parte del Oriente, donde habían convenido la cita. Ya el noble español vagaba también por la campiña en busca de su adorada, y pronto se hallaron los dos dulces amantes, a la orilla de un manso arroyo que suavemente murmurando se deslizaba por una fresca ribera. Se reconocieron, y un profundo pasmo se apoderó del español y de la bella peruana. Largo silencio sucedió a la dulce zozobra, hasta que al fin Almagro él rompió el silencio.

Hermosa Coya, la dijo, desde el momento que vi tus penetrantes encantos, sentí todo su mágico poder con violencia irresistible. Aquí en mi pecho... y una lágrima ardiente corría por sus mejillas.

He abandonado mis guerreros, le respondió Coya, para que me revelases los importantes secretos que me habías anunciado: habla pues, la noche vuela, la ceremonia religiosa concluirá en breve, y tengo que ocupar mi pueblo; habla, hijo del Sol.

Ah Coya, (y se arrojó a sus plantas) yo te amo, yo te adoro, tú dominaste mi razón, arrebataste mi calma, y me lanzaste en los más negros tormentos. Aquí en mi pecho arde un fuego de amor eterno, inextinguible; muévate a compasión...

Alza, no quieras que mi llanto corra también con el tuyo. En el instante que los sacerdotes dirigen sus preces a los cielos por los manes de tantos peruanos, tú profanas la santidad de la noche con acentos amorosos!

Perdona, ¡oh Coya! mi amor es tan puro, tan santo como esa pompa fúnebre; no ofende al sol que adoras...

¡Y tú me amabas, y tú con tus compañeros te arrojaste contra nuestros indefensos batallones y lanzando el rayo condonaste a muerte a la corte, y a la nobleza peruana, y cargaste de hierros al monarca del Perú, tú hermano!

¡Oh! no fui yo el culpable, no Coya, el sagrado cumplimiento a las órdenes del gran rey del Oriente...

Yo también soy hija del Sol, y jamás me ordenó faltar a los solemnes juramentos. Tan negra maldad en el Perú es un crimen de muerte.

Hermosa Coya, merezca al menos tu compasión.

¿Y tú y tus compañeros, seréis amigos del Perú, y de los Incas?

Almagro será amigo del Perú, y aun lo serán también sus compañeros.

¿Y si yo te amo nos dividirá después la muda ausencia?

¡Ah! no, Coya, si tú me amas, yo seré el más feliz de los humanos; sólo la muerte podría arrancarme de entre tus tiernos brazos. Contigo vería nacer el lucero matutino; contigo viera el Sol precipitarse por el ancho cielo, contigo lo viera reclinar su frente en el ocaso, y entre dulces caricias, nos mirará también la melancólica luna.

Sí, Almagro, yo tambien te adoro, aquí en tu pecho sofocaba en el silencio el puro amor que me inspiraron tus encendidas miradas.

¡Y me amas, Coya!...

Y te amo, y mi Dios me anuncia tu amor como un negro meteoro.

No, hermosa, calma tu agitación, este feliz momento será la aurora de venturosos días. Coya será todas mis delicias, sólo viviré para Coya, Coya será el objeto de mi culto.

 -35-   

¡Oh! Si dado nos fuera hablar de amor en plácida calma... Pero Almagro, profanamos esta santa noche con acentos amorosos, cuando sólo debe reinar la veneración religiosa, y el respeto debido a los muertos; adiós, ya me esperan mis guerreros... adiós.

Espera Coya, si me amas como yo te adoro, lejana de mi lado, te será la vida un peso insoportable; se permito la comunicación de los campos, concédeme que lo busque en Cajamalca, que beban mis ojos en los tuyos mil amores...

Sí, en Cajamalca y en la campiña nos veremos, adiós.

Un cándido llanto corría por las mejillas de los dos amantes; Coya con vacilantes pasos se dirigió hacia sus batallones, y Almagro en un helado pasmo, montó a caballo y buscó a Soto que había quedado con la avanzada observando las fuerzas peruanas. La bella Coya tal vez temía haber traspasado el rubor de candorosa virgen confesando su amor a Almagro, pero bien penetraba que obró a impulso de una fuerza irresistible, a impulso del amor que rompe al fin los ardientes pechos que intentan sofocarte con una expansión violenta. Almagro enajenado sentía toda la ventura de su triunfo, se tenía por el más feliz de los humanos, pero preveía también que su amor había de ser un negro meteoro como predecía Coya.

Los sacerdotes y el pueblo peruano elevaban en acordes coros sus preces a la deidad, y a pesar de toda la pompa ya terminaba el enterramiento. La noche oscura y silenciosa iluminada sólo por las hogueras de los españoles, y los blandones funerales, iba terminando su perezoso curso, cuando Atahulpa no pudiendo resistir por más sus melancólicos recuerdos, suplicaba ardientemente a Pizarro que le diese feliz muerte, para compartir la gloria de su corte, de sus nobles y de sus guerreros; pero Pizarro y Luque lo consolaban con halagüeñas esperanzas, y le recordaban su pronto rescate.

Ya al fin los sacerdotes terminaron la ceremonia, y murmurando nuevas preces se fueron retirando para Cajamalca, seguidos del inmenso pueblo. Coya marchó también con sus batallones, Almagro se retiró con su avanzada, y un silencio sepulcral tornó a reinar en la campiña. La sombra de Colón es fama que aquella noche apareció sobre el campo español, envuelto entre radiante nube, y que derramando copioso llanto sobre la tierra que cubría tantos despojos humanos, tornó otra vez a desaparecer por los ámbitos del cielo.



La Conquista del Perú de Pablo Alonso de Avecilla
Introducción -

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV
XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV