La Conquista del Perú: 20

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XIX - Victoria[editar]

El estampido del cañón no aterraba a los cuzqueños, las armas no brillaban a los rayos del Sol, y entre los dos ejércitos reinaba la calma más profunda. Almagro salió de la ciudad, lleno de las dulces esperanzas que su razón, su sensibilidad y su amor le inspiraba; y el senado y los peruanos esperaban tranquilos el resultado definitivo de la negociación. Coya al frente de sus batallones, parecía ya perder aquel entusiasmo guerrero que en las líneas intestinas la había conducido a la victoria; la languidez del amor brillaba en su semblante y el amor endulzaba su alma, y realzaba sus encantos. Ocollo sumergida en dolor, lloraba por Atahulpa, y la ruina de su patria; recordarla el nombre de Pizarro era su mayor tormento; el matador del Inca no podía hollar la tierra al mismo tiempo que la hermosa.

Llegó Almagro a su campo y Pizarro y Luque infatigables no pensaban en honrosas paces para los peruanos; pensaban sólo en tender y desarrollar sus planes de destrucción y de conquista a sangre y fuego. Empero, esperaban con impaciencia al mensajero, para conocer el estado de abatimiento en que se hallaba la corte según las propuestas de paces que entablase, y para acabar de conocer el valor y el entusiasmo de los jefes del ejército. Almagro lleno de contento abrazó a sus compañeros; paces dignas, les repetía, de vuestro valor y de la grandeza de nuestro soberano nos ofrece el imperio: éstas son las condiciones, serán nuestros hermanos, harán nuestra grandeza, y nos deberán su ventura. Si aceptáis las paces como la razón y el interés lo dictan, no serán de nuevo violados los juramentos, mi espada ha respondido de su santidad. -Pizarro y Luque callaban con misterioso silencio.

Vista las condiciones que llevaba Almagro, Pizarro gritó que quería esclavos, y Luque que en nombre de Jesús, pedía la demolición de los templos del Sol. -No, ni treguas, ni paces, decía el gobernador, jamás. -El honor de las armas españolas, el interés de mi monarca dicta la guerra; los Peruanos amarrados a la cadena adorarán la cruz, y arrancarán del centro de las montañas los tesoros para adornar el trono del rey de Castilla. -Tú lo sabes, Pizarro, lo interrumpió Almagro, criado en la guerra, he sido el primero en volar a los peligros, la muerte no me intimida, el deshonor me aterra; combatir y morir por mi patria han sido mis delicias, y será mi gloria. Pero el interés de nuestro monarca, la razón, la equidad, todo dicta las paces que nos ofrece el imperio; vuestro excesivo celo, vuestro valor tal vez os arrebata. Condenados los infelices peruanos a la argolla de la servidumbre, despedazados por nuestras armas su raza desaparecerá de la tierra; y hombres y ciudades serán más provechosos que cadáveres y escombros.

Luque henchido de fanatismo gritó desmesurado: ¿y tú, Almagro, y tú verías los templos de los idólatras, y no temerías las iras de tu Dios? -Mi Dios, respondía Almagro, iluminará su razón con la antorcha de la fe, conocerán su omnipotencia y adorarán su misericordia. El puñal y las llamas no cautivan la razón, arrancan sólo frías palabras de los labios, jamás mueven las almas, y Jesucristo quiere el culto interno, el externo es pompa vana. -Satanás se apodera de tu corazón; implora la piedad del Dios que adoras. -Luque se estremecía de horror; Pizarro sepultado en profundo silencio resolvía allá en su mente sangrientos planes... ¿Y Ocollo, le decía a Almagro, es accesible a mi amor, ceden sus encantos al poder del vencedor del Perú? -Tal vez tus halagos y tus caricias podrán cautivar su alma, si oye tu pecho la ternura, pero ahora se estremece al oír el nombre de Pizarro. -¡Se estremece! -La sangre de Atahulpa está aun corriendo en su memoria.

-¡Y el amor, decía Luque, habrá de arrebatar los preciosos momentos que debéis a vuestro Dios y a vuestro rey! Pensad sólo en la conquista del Perú, despreciad la vana pompa de Satanás: Ocollo y Coya están inspiradas del demonio para sembrar la discordia en nuestro campo; oíd la voz de vuestro vicario, hijos míos, corred a las armas, proclamad la victoria, no provoquéis las iras del Señor, no queráis que os fulmine el terrible anatema. -Escuchad la piedad, clamaba Almagro.

-Tu Dios manda la victoria, decía Luque. -El honor de las armas españolas pide la destrucción, exclamaba Pizarro.

En vano fuera la mediación de Almagro; el fanatismo jamás transige, la ruina del imperio estaba decretada. Su corazón en tanto sufría el más crudo tormento. No admitiendo las paces acaso no volviera a mirar a su adorada: Coya al frente de los guerreros volaría a la muerte, el sepulcro arrebatará sus delicias, o el encarnizamiento de la guerra los separará eternamente. Pizarro al contrario, sólo en la guerra hallaba sus esperanzas para con Ocollo; su carácter no le permitía doblegarse a la ternura, y el orgullo de vencedor podía en su alma más que las inspiraciones del amor.

Mil ideas atormentaban a Almagro. Renunciar a su amor no le era posible; vender a su patria era un crimen; atentar contra su vida una moral opuesta al cristianismo. En tan lastimoso estado, enajenado en delirios, corrió cerca de Cuzco: volad a las armas, dijo a los Peruanos, Luque y Pizarro se niegan a las paces; decid al senado que Almagro no ha podido enternecer las almas de sus compañeros, que está la ruina del imperio decretada; decid a Coya que la adora Almagro.

-Veloz también como el rayo huyó de los muros, y volvió a sus tiendas, dejando llenos de terror y confusión a los cuzqueños; y en tanto Luque y Pizarro observaban cuidadosos los raptos de su compañero; se prevenían a asegurarse de una traición a sus armas, y preparaban el golpe para destruir a un jefe que bajo ningún concepto les pudiera ser útil en sus planes.

No se manejaron los acomodos con tanto secreto que todo el campo español no supiera las condiciones que ofrecían los peruanos, y si el mayor número estaba por el asalto y la rapiña, también Almagro tenía secuaces, porque había hombres sensibles. Empero, Pizarro violento en sus órdenes, al desobedecimiento seguía la muerte, y Luque, que hablando en nombre del cielo, tenía un mágico poder sobre los fanáticos del siglo XVI. Uno y otro supieron aprovechar los momentos, dando precipitación a las evoluciones militares, no dejando así lugar a los raciocinios y a las conjuraciones, y Pizarro amenazaba con la muerte y Luque con la excomunión. Dar el violento paso de deponer a Almagro pudiera comprometerlos en los momentos mas críticos, y resolvieron conformes seguir disimulando hasta completar la victoria.

En la ciudad se advertía un rápido movimiento; los gritos de Almagro bien pronto cundieron hasta el consejo, y resonaron en los más lejanos ámbitos de Cuzco; todos corrieron a las armas: Huascar infatigable animaba con su entusiasmo a los guerreros, y los sacerdotes del Sol, con falaces agüeros y profecías, derramaban la confianza entre los valientes. Coya inflamada por el amor de su patria, despezado su corazón con la memoria del abandono de sus altares, admirando por otra parte las virtudes de Almagro, abultadas a sus ojos, animaba también a los soldados; y todos volaban a la muerte entonando cánticos al Sol y a la libertad.

Pizarro tendió de nuevo su división, y comenzó feroz el combate. Casi ya arruinados los débiles muros, se estremecían al estampido del cañón, y caían derrocados. Tres veces Pizarro al frente de su columna avanzó al asalto, tres veces los peruanos lidiando con indefensos pechos contra las cotas y los aceros, rechazaron de los muros a los españoles; millares de cadáveres peruanos servían a los sitiadores de escala al asalto, pero el valor de los indios superior a los peligros y a la muerte, no se aterraba al silbido del plomo ardiente ni al fulgor de los aceros. La lucha era sangrienta: los españoles aguerridos e invulnerables a las armas de sus contrarios, cedían empero al número y al esfuerzo, y el estandarte del imperio ondeaba tranquilo sobre los muros.

Tanto tiempo Pizarro batallando en el Perú, conoció la táctica y el modo de hacer la guerra de los Peruanos. Ya por seguras observaciones, ya por noticias que tomaba de los prisioneros, sabía que cogiendo el estandarte del imperio el ejército se declaraba en fuga, y era del enemigo la victoria. Persuadido de esta idea formó su sistema de ataque. Puesto a la cabeza de cien soldados escogidos, y apoyado por toda su división en columna cerrada, marchó rápido hacia el estandarte, que ondeaba en las ruinas de la brecha. Allí Huascar y los principales guerreros hicieron prodigios de valor; allí la muerte con cien garras devoraba mil víctimas en cada instante, corría la sangre, volaba el destrozo, pero el irresistible esfuerzo de Pizarro, sus armas, su disciplina habían de decidir de la victoria, y Pizarro blandiendo la espada en su diestra, con su siniestra arrebató el estandarte, y el ejército del imperio se declaró en fuga presurosa.

Los vencedores llevando tras sí el exterminio, se lanzaron sobre la ciudad, y, más bien se dieron al saqueo que a seguir los restos del ejército vencido; pero Pizarro previsor, y acechando siempre a la hermosa Ocollo, al tiempo que victorioso invadía la capital del imperio, ordenó al intrépido capitán Soto, que con toda la caballería, cargase a los restos del ejército que huía por las vegas de la campiña, hasta apoderarse a todo trance a sangre y fuego de la hermosa que adoraba, ofreciéndole si lo conseguía toda su decisiva protección para sus ascensos, y una inmensa parte en el botín del Cuzco. Así Pizarro, si Ocollo había quedado en la ciudad, se apoderaría de ella; si huía con el ejército, era posible que fuese prisionera del intrépido Soto; y la conquista de Cuzco creía que también le asegurara el triunfo de sus ardientes deseos, y sólo el sepulcro pudiera salvar a Ocollo de su irresistible perseguidor.

Los Peruanos perdiendo su capital perdían todo el imperio: las inmensas llanuras sólo les presentaban sepulcros, si ya débiles y aterrados osaban de nuevo medir seis brazos con las armas irresistibles de los españoles. Empero de las codilleras de los Andes aun ofrecían el recurso que Covadonga a los Godos, entre las escarpadas e inaccesibles montañas podía conservar su libertad física y su existencia para llorar las ruinas del imperio.

Veinte mil peruanos cayeron al furor de los aceros; veinte mil depusieron las armas al arbitrio de los vencedores; muchos huyeron a remotas playas y aun muchos siguieron a Huascar y al consejo a las cimas de los Andes. Ocollo que también huía, como débil mujer, no era posible siguiese por mucho, tiempo la fuga del ejército; Soto acuchillaba irresistible la retaguardia de los vencidos, y en vano mil Peruanos vendieron cara su existencia por salvar a la hermosa que fue al fin prisionera de Soto, y marchó con ella orgulloso a la ciudad. Coya suspirando por Almagro, suspirando por su patria, gimiendo por sus guerreros, siguió batiéndose, y arrojándose a la muerte, pero el plomo y los aceros respetaron su preciosa vida y se salvó con los suyos en los Andes.

Pizarro dio al saqueo a la ciudad, derramó el terror por todas partes, y sentado sobre las ruinas de Cuzco, señoreaba vencedor el imperio de los Incas: Luque levantaba las manos al cielo y daba gracias al Señor por la victoria; y Almagro en un profundo estupor parecía petrificarlo a la vista de los trofeos de las armas españolas. El trono de Carlos 5º en los hombros de Pizarro sobre una montaña de oro subió hasta el cielo; el Sol luminoso desde este glorioso día no se ocultaba jamás para los dominios españoles. Cuando se sepultaba entre las ondas para dar descanso a la poderosa corte de los Godos, comenzaba a brillar para los nuevos hemisferios, donde sus esclavos extraían de las entrañas de la tierra los tesoros con que se engalanaba la corte de Castilla. Paulo 3º desde el Vaticano, veía brillar la cruz sobre las playas de los mares del Mediodía, y para el antiguo mundo y para el cristianismo se abrió una nueva era a mediados del siglo XVI.