La Conquista del Perú: 10

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IX - Treguas[editar]

Cansados de matar los invasores en los campos de Cajamalca, se replegaron de nuevo a sus tiendas, cuando los aterrorizados peruanos se habían y encerrado en los muros de la ciudad, y la noche tendía su lóbrego manto por las ensangrentadas arenas. Un inmenso botín fue el fruto de aquella célebre jornada, botín inmenso que excedió con mucho las grandes ideas y esperanzas que los aventureros habían concebido de aquellas ricas playas. El magnífico trono de oro de Atahulpa, la inmensidad de piedras preciosas que cubrían al monarca, a su corte y a sus nobles, todo cayó en poder de los vencedores, que en tan feliz momento se apoderaron, puede decirse, de las riquezas del imperio. Aunque con dulces ademanes y ceremonias el prisionero emperador fue despojado de todas las riquezas con que se engalanaba, diciéndole que aquello pertenecía al grande Rey del Oriente, porque el pontífice Alejandro se lo había concedido, y como es natural en todas las victorias, los vencedores se esparramaron por el campo del destrozo, y alumbrados por la trémula luna, despojaron y desnudaron a los cadáveres y heridos. Eran herejes los desgraciados idólatras del Sol, y el siglo XVI solo les concedía horror, desprecio, sangre y muerte.

Seguros los invasores del terror que habían inspirado a sus contrarios, se abandonaron en medio de su opulento botín a la crápula y a la risa, sin temor de ser atacados, e inmediatamente se procedió al repartimiento de tantos tesoros, en proporción a las graduaciones militares, separando religiosamente el quinto para el rey de España, y según los mejores textos peruanos, a cada simple soldado le correspondieron valores por quince mil duros. El estruendo y el alborozo resonaban a una con los lamentos de los heridos y los suspiros de Atahulpa; y así la callada noche ya recogía su negro manto, y el lucero matutino esclarecía el horizonte.

El Inca, en los primeros momentos de su cautividad, apenas podía creer, en medio de su asombro, un suceso tan inesperado y sorprendente: pero conoció bien pronto todo el horror de su destino, y su abitimiento era proporcionado a la altura de donde había caído. Pizarro, temiendo perder las ventajas que lo proporcionara la posesión de tan ilustre prisionero, se esforzaba en consolarle con demostraciones de amor y de respeto, y Luque por otra parte le explicaba detenidamente los misterios del cristianismo, y lo exhortaba a adorar a Jesús sobre la cruz. Pero el Inca en medio de su asombro le suplicaba que suspendiese sus exhortaciones, y que más adelante hablarían con detención de la materia, porque aquellos momentos eran de sentimiento y no de raciocinio.

Pizarro en tanto ordenaba a sus soldados que tratasen y sirviesen al emperador con todas las atenciones debidas a tan ilustre prisionero, y fríamente calculaba las ventajas que con él pudiera sacar de un pueblo idólatra de sus soberanos. Pizarro desde que se apoderó de la persona de Atahulpa, se creyó absoluto señor del imperio, pero hubiera de fingir hasta que el tiempo le marcase su conducta. Acababa de triunfar faltando a sus promesas; y a pesar de que conociese el terror religioso que había causado en el imperio su llegada, no podía empero prever cual seria la conducta de los peruanos; y en vano entre mil conjeturas pudiera delinear su plan de campaña.

Tal era el estado del campo invasor, cuando ya entrada la tarde vieron salir de la ciudad una corta y sencilla comitiva. Los débiles muros de Cajamalca, coronados de un pueblo inmenso, mostraban la agitación de sus habitantes, y la importancia de la comisión en que fijaban sus miradas; y Pizarro penetró desde luego que aquel paso le daría grandes luces para su intento. En efecto, Ocollo y Coya salían de la ciudad con una corta comitiva, y dirigían sus pasos al campo de los invasores. Desde alguna distancia mandaron mensaje a Pizarro pidiéndole licencia para hablarle, y desde luego les fue concedida, y llegaron al campamento las peruanas.

No dejó de sorprenderlo que sólo dos bellas mujeres presidiesen una comisión en que creía se fijara la suerte del imperio, pero disimuló su asombro por un solo momento que tardó Ocollo en arrojarse a sus plantas. «Hijo del Sol, exclamó, ¿cuál es la suerte de Atahulpa, aun vive el Inca tu hermano?» Pizarro confuso la levantó del suelo, y la dijo: «Aun vive, hermosa peruana, aun vive y aun hay tiempo para salvarle; calma tu agitación.» Almagró fijó sus ojos en la divina Coya: sentía arder con más violencia el amor que ya le había inspirado, y en un profundo estupor, guardaba el silencio más elocuente. Coya penetraba al alma de Almagro, el rubor de virgen candorosa brillaba en sus mejillas, y la llama del más puro amor ardía en su pecho.

Ocollo volvió a la calma con las consoladoras palabras de Pizarro, y le suplicó encarecidamente la permitiese hablar al monarca. Le dijo extensamente quien era, el amor que tenía al Inca, lo que el Inca la adoraba, y el contento que le causaría su vista; pero nada le habló de su rescate, ni del estado de Cajamalca y del imperio. Pizarro no miraba con indiferencia la hermosura y los encantos de Ocollo; aunque ambicioso y fiero, era al fin hombre y sensible al amor. «Sí Ocollo, la dijo, bien puedes ver al monarca, al felice mortal que gozó de tus encantos»... Y los ojos del guerrero, sin perder su cruda fiereza, centelleaban mil amores. Mandó que la condujesen a la inmediata tienda del Inca, pero encargó a la guardia que no se separase de su lado, ya para que no se prodigasen caricias, que ya Pizarro envidiaba, ya para que no hiciese Atahulpa importantes comunicaciones.

Almagro y Coya gemían oprimidos del amor que ocultaban en lo profundo de su pecho, pero rodeados de cien testigos no les fuera posible lamentar sus penas, ni desfogar la pasión devoradora. Sin embargo, Almagro aprovechó un momento y dijo a Coya que si en aquella noche salía al campo con algunos regimientos, el correría la campiña y la buscaría ansioso, para revelarla importantes secretos. La hermosa penetró todo el pensamiento de Almagro, aceptó la cita, y la calma pareció dominar aquellos dos conturbados pechos.

Ocollo fue conducida a la tienda del desgraciado Inca que gemía entre una numerosa guardia, y al mirarse los dos esposos corrieron a estrecharse arrebatados de un impulso superior a su abatimiento y a su peligro. A pesar del los españoles y peruanos que los rodeaban, sus pechos se estrecharon tiernamente, y sus ardientes labios se sellaron cien besos amorosos. Largos momentos reinó en la tienda y en el campo de los vencedores un profundo silencio, semejante a la calma de las ondas tras negras tempestades; un abundoso llanto bañaba a los inocentes esposos, y el amor, el placer y la agonía, brillaba en los semblantes, y entorpecía los labios. Ocollo rompió al fin el silencio consolando al Inca con más dulces caricias, que el ambiente en las tardes del abrasado estío, y Atahulpa, preguntaba por sus nobles y sus guerreros, y cada vez que le decían que había muerto alguno en el campo de Cajamalca,volvía los ojos al Sol y exclamaba angustiado: «Dios de la luz, y aun quieres que yo viva.» Ocollo endulzaba sus penas, le refería las atentas demostraciones con que Pizarro la había recibido, le repetía el amor de sus súbditos, y el encargo que llevaba del consejo de contratar su rescate a todo precio.

El Inca que se había visto despojar de los tesoros con que estaba adornado, que había visto arrebatar de los cadáveres las piedras preciosas que los cubrían, que había palpado la ambición de los venidos del Oriente, concibió fundadas esperanzas de comprar su libertad a costa de tesoros. Pizarro llegó a la tienda cuando ya Ocollo y el Inca gozaban de alguna calma, y con sus acostumbradas demostraciones de respeto, llenó de esperanzas a las dos afligidas almas. Atahulpa le dijo que tenían que hablarle en secreto, y el español mandó retirar a los que les rodeaban, y les inspiró libertad para que le abriesen sus pechos con confianza,

«El bien del imperio, le dijo el Inca, se cifra en que su monarca torne otra vez al enlutado trono. Yo y mi pueblo proponemos un rescate digno de ti, y del grande señor de Oriente. Si das la libertad al monarca del Perú, te se llena a esta tienda de oro hasta la altura de un hombre.» A pesar de las grandiosas ideas que tuviese Pizarro de la riqueza del Perú no pudo menos de admirarle y sorprenderle tan magnífico ofrecimiento; la tienda veintidós pies de longitud y trece de latitud, la suma era inmensa, y Pizarro no dudó un momento en admitir un rescate que llenaba su ambición, si bien siempre diciendo al Inca que necesitaba la confirmación del rey del Oriente, cuyo ánimo inclinaría también a la aceptación. Corrió a sus compañeros, les dio parte del inmenso ofrecimiento, y ya ansiosos celebraban el instante de repartir los tesoros del Nuevo Mundo, y Ocollo y Atahulpa quedaron abandonados a las más puras efusiones de alegría, viendo que a precio de un pálido metal tornarían de nuevo a las caricias del amor y a la plácida ventura. Volvió Pizarro a la tienda acompañado de Luque, y convinieron la suspensión de hostilidades, y que se reuniese el oro en las tiendas, en cuanto Pizarro recibía la confirmación del tratado de su señor el Rey de Oriente, sin cuya aprobación no pudiera resolver por sí solo. Se prometieron además mutuamente las relaciones más amistosas, pudiendo comunicarse entre sí los dos ejércitos, permitiendo que entrasen en Cajamalca los expedicionarios, hasta el número de diez, y que los peruanos viniesen a las tiendas europeas hasta el número de ciento: que el campo de Pizarro se había de abastecer de víveres, y que en aquella noche se permitiese a los sacerdotes del Sol dar sepultura a los cadáveres que cubrían la campiña.

Transportado Atahulpa de alegría, esperando recobrar su libertad, mandó al momento mensajeros a Cuzco, Guito, Jititaca y otros países abundantes de oro, para que, ya de los templos, ya de los palacios de los Incas recogiesen todos los tesoros y los condujesen a Cajamalca, a fin de reunir el precio de su rescate; y Ocollo respirando placer y alegría, marchó a la ciudad para dar parte al consejo y al pueblo del feliz resultado de su mensaje.

Abrazó de nuevo a Atahulpa, que quedaba algún tanto consolado, y abierta la comunicación ya no les separara la muda ausencia. Almagro, siguiendo con sus penetrantes miradas a la hermosa Coya, se habían repetido la cita y los dos amantes imploraban a la noche que tendiera rápidamente su negro manto. Los habitantes de Cajamalca coronando los muros, presagiaban de feliz agüero la calma que reinaba en el campo de los venidos del Oriente, y cuando vieron volver a Ocollo y Coya, no dudaron que el Sol, que puro y hermoso había iluminado todo el día al imperio, escuchando sus ardientes votos, les concedía tocar el término de sus males. Las dos hermosas se presentaron al fin en el consejo; los ancianos del imperio y un pueblo numeroso esperaban con ansia saber el resultado de la embajada; y cuando supieron que vivía el Inca, cuando las hermosas refirieron los mutuos juramentos que Pizarro y Atahulpa se habían prestado ante sus Dioses, el júbilo y el alborozo reinaba por los ámbitos de la ciudad; sencillos instrumentos agitaban armoniosos el ambiente de la noche, himnos de libertad entonaban el pueblo y los guerreros, y cánticos divinos elevaban los sacerdotes en acción de gracias al Dios que les derramaba su benéfica lumbre. ¡Oh pueblo inocente digno de mejor fortuna!