Madame Megrigny (Juicios)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


MEGRIGNY, (Madame de)


En un baile de máscaras Napoleón habla reducido a la dulce y tímida madame de Megrigny a levantarse y alejarse con cólera y con las lágrimas en los ojos, diciendo que seguramente se abusaba con respecto a ella de la libertad que se permitía en un baile de máscaras. El Emperador acababa de recordarle un favor muy señalado, que en otro tiempo le había hecho, añadiendo que nadie dudaba que ella le hubiese pagado por el derecho de señor. Ahora, allí no había nadie, decía él, que pudiese decírselo como yo sin insultarla, porque esto se decía, es verdad, pero yo estaba seguro que no había nada. He aquí la historia. Yendo el Emperador a coronarse a Milán, durmió en Troyes. Se le presentaron las autoridades, y entre ellas una joven suplicante en vísperas de casarse, y que venia a solicitar de él un favor de fortuna. Ahora, como Napoleón, decía él, deseaba hacer alguna cosa que fuese con brillo agradable al país, esta ocurrencia le pareció favorable, y la recibió con toda la gracia imaginable. La joven (madame de Megrigny) pertenecía a las primeras familias de la provincia, enteramente arruinada por la emigración. Apenas estaba ella de vuelta en la casa miserable de sus padres, cuando un paje entra en ella metiendo bulla, trayendo un decreto del Emperador, que les señalaba treinta mil francos de renta. Que se juzgue del alboroto y del efecto que causaría un suceso tal. Sin embargo, decía Napoleón, como nada había más gracioso, más completamente hermoso que la joven solicitante, se pretendía que sus atractivos hubiesen contribuido a despertar su galantería, aunque dejó la ciudad algunas horas después, y no volvió a pensar más en ella; pero esto era indiferente. Se sabe como se hacen la historias; y como se casó con uno de sus caballerizos, y ella vino por consiguiente a la corte; todo esto se había mezclado, como es de costumbre; así como nombrada segunda aya del Rey de Roma, la elección escandalizó a la severa madame de Montesquiou, que temía, decía Napoleón, que en esto no hubiese sino una intención de colocarla. He debido alabarme de mi liberalidad, y he recogido el fruto; esta familia se ha mostrado con adhesión y reconocimiento. L. C.