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Ángel Guerra/109

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Ángel Guerra
Tercera parte - Capítulo III – Caballería cristiana

de Benito Pérez Galdós


V[editar]

No esperó Ángel a llegar al cigarral para hacer a Lucía y su acompañante preguntas mil. Como se le había encargado el secreto, la ciega no mentó al pajarraco que en la vivienda de su hermana se escondía. Jesús fue sometido a un prolijo interrogatorio. «¿Qué has visto? A ver; cuéntame».

-Una monja.

-¿Y cómo era?

-Bonita.

Guerra se detuvo en el camino más de una vez para mirarle atentamente, escrutando sus pupilas de Niño Dios. Creía distinguir en el fondo, muy en el fondo de ellas, la imagen de Leré, del tamaño de un cañamoncito.

«¿Y no te dijo nada?»

-Me preguntó que si era amigo tuyo.

-Tú le responderías que sí. ¿Y no te dio nada?

-Pan y cinco pasas... Adentro había una mujer mala.

-¡Una mujer mala!

-Sí, acostada y llorando, porque le han cortado el cuerpo... No, el cuerpo no... esto.

-Ya.

Jesús se cansaba de la caminata, y Mateo se lo echó a cuestas. Resultaba un auténtico San Cristóbal, Christo ferens.

El miércoles volvió Guerra a la Catedral para oír la Pasión según San Lucas, y aquel día, el hermoso canto impresionole aún más que el domingo. Al oír la robusta voz del Cristo diciendo: Filiae Jerusalem, nolite fiere super me, sed super vos ipsas flete, et super filios vestros... no pudo reprimir las lágrimas; y cuando el pueblo, por boca de los seises acompañados de fagot, clamaba: Tolle hunc et dimitte nobis Barabbam... Crucifixe eum... le faltó poco para perder el conocimiento. Al concluir, sudor frío mojaba su frente. Cerrando los ojos, y concentrando el pensamiento, veía la escena del Calvario, clara y viva, y la majestad inenarrable del Dios sacrificado, los ladrones retorciéndose en sus cruces, tumulto y confusión en la tierra circunstante, el cielo lleno de congoja y tinieblas.

El jueves madrugaron para no perder nada de la imponente festividad In caena domini. A las ocho empezaba con el Lavatorio; seguían la misa y comunión general, luego el acto de bendecir los óleos, y la procesión con Pange lingua para encerrar el Sacramento. Como era día de tanto barullo, y el regreso había de ser muy tarde, porque la ciega no quería perder el sermón del Mandato, Ángel determinó que no fuera Jesús, y que antes de anochecer saliera con su cabritillo a encontrarles. Pusiéronse, pues, en marcha tempranito. Mateo iba delante con la cigarralera de Turleque, ávida de contemplar el Monumento y de visitar diez o doce Sagrarios; detrás Guerra con la ciega, a quien servía de lazarillo, practicando así la humildad sin ninguna afectación. La gente que encontraban por el camino se reía del grupo, y algunos no pudieron menos de considerar que el señor de Guadalupe había perdido el seso. Mateo y Liboria andaban tan a prisa, que al llegar los otros al puente se habían perdido de vista. Entraron Lucía y su conductor en la Catedral poco antes de las ocho, y ya campeaban los trece pobres en el tablado del crucero, vestidos de blanco, con una especie de toalla por la cabeza. Parecían realmente hebreos de los tiempos bíblicos. Colocada la ciega en sitio donde pudiera enterarse bien, Guerra se subió al presbiterio, no sin que le atisbara D. Francisco, que oficiosamente acudió a saludarle y a ofrecerle breviario. Por él supo que la familia no tenía novedad, y que el monstruo le había pegado tal mordisco a su tía que por poco le arranca el dedo. Ello fue un movimiento instintivo, como los de los perros cuando alguien les quita la comida. También se tropezó con Ildefonso, ya tan disgustado de la sotana roja, que no veía las santas horas de ahorcarla para entrar en el colegio.

Durante la misa y comunión general, el presbiterio era un ascua de oro. La riqueza y arte supremo de los accesorios del culto concordaban con la hermosura del ritual. El prefacio de la Santa Cruz que en tal día se canta elevó el alma del neófito a las más altas esferas de la poesía religiosa, y prosternado repitió el Sanctus, Sanctus. Antes de empezar la bendición de los óleos, en una tregua o descanso de las complejas ceremonias de aquel día, fue visitado otra vez por Mancebo, el cual le dijo: «Ya, ya sé que tiene usted allá al bueno de Virones. Es una obra de caridad que el Señor ha de premiarle. Y que le será útil el tío, porque para tirar de un carro no hay otro».

En la cara y en el acento se le traslucía el desconsuelo por no ser partícipe de los beneficios que el fundador de Guadalupe entre los necesitados tan generosamente repartía. No supo disimular la tristeza que el favor de Virones le causaba, y cuando Guerra encareció la pobreza de éste, se aventuró a decir: «Desgraciado es sin duda alguna. Pero otros le dan quince y raya, no sólo porque miran más al decoro y se avergüenzan de la miseria zarrapastrosa, sino porque llevan sobre sí mayor carga de familia y se ven rodeados de increíble número de bocas».

Ángel sintió que ante el anciano clérigo, sustentador de tanta familia, se le redoblaba el anhelo humanitario de que se hallaba poseído. Por aquellas fechas, la exaltación mística encendía en su corazón un desatinado amor a la humanidad, inspirándole deseos ardientes de remediar toda desventura, de perseguir el mal, y derramar tesoros de bienestar y alegría entre toda clase de gentes. Quería que nadie padeciese de necesidad o de escasez, que todos viviesen gozosos, con la corta medida de bienes que a cada humano corresponde. Habiendo calado con perspicacia de hombre de mundo las aspiraciones de Mancebo, ¿cómo no satisfacerlas, cuando tan fácilmente le conmovían necesidades menos abrumadoras y postulantes de menor mérito? El fervor humanitario se desbordó en su corazón, y no pudo menos de decir: «Amigo don Francisco, perdóneme si antes no le he dicho que necesito de su cooperación. Usted vale mucho; yo necesito que me ayude».

-Sr. D. Ángel -replicó Mancebo balbuciente, viendo abrirse ante sí las puertas del cielo-, ya sabe que puede disponer de mi inutilidad.

-Fuera modestia. Usted es hombre de grandísimas disposiciones para administrar, y además un santo varón...

-Don Ángel, no me avergüence con tantos elogios. (Casi llorando.) Ordéneme lo que guste... Precisamente me he puesto ahora tan bien de la vista, que podré desempeñar... Y aunque viejo, conservo el caletre como un reloj para todo lo que es traqueteo de números.

-Cuento con usted. Cuando le sobre un rato, váyase por Guadalupe.

-Con alma y vida... Dispénseme ahora... Tengo que ir al coro... Hablaremos...

Salió del presbiterio tan ágil como si le hubieran quitado treinta años de encima. El crucero ofrecía un aspecto de magnificencia oriental. Los curas de todas las parroquias, vestidos de casullas o dalmáticas blancas, desfilaban ante las ánforas entonando tres veces el Ave sanctum oleum. El acto resultaba lento, teatral, deslumbrador. Pero como grandiosidad patética, nada podía compararse a la procesión, con el incomparable himno Pange lingua. Allí se sintió Ángel en la plenitud de su vocación eclesiástica, se reconoció definitivamente admitido en el apostolado de Cristo, y digno de que a sus manos descendiera el cuerpo vivo del Redentor. Desprendido ya de las últimas costras de la materialidad terrestre, era todo espíritu, todo amor a Dios Omnipotente y a su hechura la mísera humanidad redimida. Al concluir la ceremonia, delante del Monumento alumbrado con millares de luces, y que fulguraba en el fondo de la nave obscura, entre terciopelos de color de sangre cuajada, hallábase como suspenso, respirando en esferas y regiones muy distantes de las humanas.

Lucía y Mateo se fueron a recorrer las estaciones, y él les siguió de lejos. En poco tiempo visitó bastantes iglesias de conventos, con toda la cera de sus sagrarios encendida, las ventanas tapadas para rodear de dulce obscuridad la urna resplandeciente. Algunas ostentaban paños estupendos, tiestos de flores y objetos de peregrino valor artístico. En todas reinaban un silencio y reposo dulcísimos que infundían la idea de profunda veneración al misterio. «Misterio» decía el centelleo de las luces, formando como una constelación ininteligible; «misterio» la obscuridad muda y las telas moradas que cubrían las imágenes; «misterio» los grupos que entraban y salían, rezando entre dientes. En algunas iglesias vio pelotones de tropa, que penetraban marcando el paso militar. El ruidillo de sables y espuelas decía también «misterio», y «misterio» el áspero sonido de las carracas en las torres, como patadas de caballerías que trotaran por un cielo de madera.

Volvió a la Catedral para oír el sermón del Mandato, quiso Dios que no lo oyese con el recogimiento debido, porque al acercarse al púlpito, topó de manos a boca con Justina, que alegrándose mucho de verle, le dijo cosas que profundamente le perturbaron: «¿No sabe, D. Ángel, lo que ha pasado? Pues que la niña ¡pobrecilla! ha tenido que salir a escape esta mañana de la casa en que asistía, ahí en el cerro de las Melojas, porque el bruto ese, el marido de María Antonia, la quiso matar».

-¿Qué me cuenta usted? (Absorto, suspenso.) ¡Matarla!

-Lo que oye.

-¡Si D. Francisco, a quien he visto hace un momento, no me ha dicho nada!

-Como que no lo sabe. No hemos querido decírselo, porque es capaz de revolver a Roma con Santiago. La niña salió esta mañana y se fue al Socorro. Dice que Zacarías sacó un cuchillote muy grande y la amenazó con segarle el pescuezo. ¡Figúrese qué susto...! La causa no la sé; pero no hay que discurrir causas, sabiendo que ese Zacarías empina el codo un día sí y otro también.

La irritación de Guerra, oídas estas cosas, era tal, que si en aquel momento le dan un arma y le ponen delante al bárbaro agraviador de su ídolo, allí mismo, sin acordarse de la santidad del templo, lo pasa de parte a parte.

-¿Y Leré?

-Pues buena, sin un rasguño. No fue más que amenaza. Pero qué amenaza sería, que la niña, tan templadita como es, no tuvo más remedio que tomar la puerta.

Ángel apretaba los puños y mascaba con nerviosa fuerza, comiéndose los pelos del bigote. Dejole solo Justina y se fue a oír el sermón. «¡También mártir, Dios mío, o a punto de ser mártir! Es lo único que le faltaba». Poco a poco se fue serenando. El predicador se desenvolvía muy bien. «Amaos los unos a los otros. Perdonad a vuestros enemigos. Haced bien a los que os aborrecen». Si Cristo avanzó su mejilla para que el traidor Judas se la besara, si reprendió a los apóstoles cuando sacaron las espadas en el huerto, si tantos ejemplos nos dio del perdón de las injurias, y hasta intercedió por sus asesinos, ¿qué remedio quedaba más que perdonar al cafre de Zacarías, fuera quien fuese? Vaya, ¡que si llega a matarla!... Pero, ¿por qué sería?... ¿Qué móviles, qué impulsos...? Forzoso era saberlo.



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