Ir al contenido

Ángel Guerra/115

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ángel Guerra
Tercera parte - Capítulo III – Caballería cristiana

de Benito Pérez Galdós


XI

[editar]

Volvió Guerra a ocupar su sillón, y la candorosa ciega el lugar donde pasado había la primera parte de la noche. Rezaba a media voz. Poco después del diálogo referido, Ángel sintió a María Antonia hablando quedamente con su enfermera. Acercose a la puerta de la alcoba, y oír pudo estas desvariadas expresiones: «Hermana Lorenza, ángel de Dios, ¿y qué debo daros en cambio de lo que me dais? Me curáis con vuestra propia carne y me dais vuestra sangre y vuestra vida.

Contestole la vecina en términos cariñosos, llevándole el genio, y la incitó al descanso y a tomar la pócima que la ofrecía. Pero María Antonia no se mostraba sensible a tan razonables exhortaciones; negábase a tomar el brebaje, y con descompasado mover de brazos y febril brillo de los ojos, decía: «Pero si estoy curada, Gumersinda. ¿No lo ves? ¿Pero no lo ves? Haz el favor de apartarte a un lado, que no me dejas mirar a la otra, a la bonita, a la que trae recados del Padre Eterno y al oído me los dice. No sé a cuento de qué os oponéis todas a que me cure la hermanita. Ella quiere, y vosotras, entrometidas, puercas, sinvergüenzonas, no la dejáis... es lo que veo... no la dejáis. Os habéis propuesto que yo me pudra en este puño de cama; pero no lo conseguiréis, no, no lo conseguiréis. Tengo mi ángel, que ahora está detrás de ti... le veo la toca blanca... y los ojos le bailan detrás de los tuyos que están fijos en mí. No, no me abandona la Sor salada, y en cuanto la dejéis acercarse a mí, me curará. Me lo prometió, de parte del señor de Dios, el cirujano presupotente, y lo ha de cumplir... (Inquieta.) Pero hazte a un lado, mujer... ¡Que siempre has de plantarte entre la Sorita y yo, para no dejarla que me cure! Gumersinda, tú antes no eras así. ¿Por qué te has vuelto tan mala? ¡Envidiosa! Como no has podido criar a tu hijo, porque se te secó la leche ¡ja, ja! no quieres que yo... Pues mira, yo pensaba criarte el tuyo... límpiate ese moco... criártelo junto con el mío, que para todos hay, y aún me sobra... mira... Si te da dentera de vérmelas, rabia y rabia y rabia».

Tenaz en la persuasión y en el cariño, ya asintiendo a los disparates que decía, ya refutándolos con gracejo, Gumersinda logró hacerle tomar el potingue, y la infeliz mujer se fue calmando poco a poco. Las expresiones de su delirio dejaron de ser inteligibles, cual si se alejara la voz que las pronunciaba, sumergiéndose en lo profundo.

Volviendo al deshecho sillón que de cama le servía, inútilmente trató Guerra de conciliar el sueño. Sintió roncar a la ciega, retorcida en mala postura, y algo habría dado por imitarla y descansar. «Esta bienaventurada -pensó-, estará regocijándose ahora con otro delirio milagrero, y despierta sostendrá que ha visto lo que sueña. ¡Dichosos los que no llevan aquí el terrible espejo de la razón, desvanecedor de los engaños de la fantasía, porque ellos están mejor preparados para la fe! Yo, con mi razón firme y bien educada, siéntome sujeto cuando quiero lanzarme a creer, y mi propio sentido desvanece la dorada ilusión del milagro.

Tanto le inquietaron estos pensamientos, que no pudo permanecer en el sillón, y se puso en pie. Dio algunos paseos por la casa; pero el temor de hacer ruido y turbar a la enferma le sugirió la idea de echarse a la calle. Como la puerta no estaba cerrada, fácilmente y sin el menor bullido salió. Amanecía ya, y una claridad pura y rosada despuntaba en el cielo. Oíase el gargoteo del Tajo que muy cerca de allí corre impetuoso entre aceñas rotas. Cantaban gallos. Enfrente, el muro rocoso que al río sirve de caja comenzaba a teñirse de variados tonos, y por encima de la cresta del monte en que está la Virgen del Valle apareció la estrella de la mañana con fulgor hermosísimo y virginal. Espectáculo tan bello le sumió en éxtasis, y no tenía alma más que para dirigir una ferviente invocación a las alturas sin fin, entonando a media voz el himno Ave maris stella, Dei Mater alma. Y después dijo la antífona Salve Regina... vitae dulcedo et spes nostra. No la había concluido cuando el astro comenzaba a palidecer, diluyendo su luz en la purísima diafanidad del cielo azul, limpio, inmaculado.

No tardó en sentir el caballero cristiano profunda fatiga, y se volvió a la casa. Al entrar, todos dormían incluso Gumersinda, que rendida del sueño apoyaba su frente en el lecho de María Antonia. Trató de imitar a los demás, y al recostarse y cerrar los párpados, sintió un deseo vivísimo de ir al Socorro. ¿Pero cómo, a tal hora? No se daba cuenta de la verdadera razón de aquel insensato estímulo, en puridad un ansia loca de ver a Leré, de platicar con ella, de hacerle mil preguntas, de consultarle sobre dudas y cuestiones importantes, y más claro aún, ansia de contemplarla y extasiarse ante ella. Tan vivo era su anhelo, que se conceptuaba infeliz si al momento no lo realizaba. «Pero la hora es impropia» le dijo su razón. Y el deseo: «Yo cambiaré la hora y haré que en vez de ser ahora las cinco sean las tres de la tarde». Para todo hay remedio.

«No seas loco -se dijo volviendo sobre sí y apreciando claramente su situación-. Vale más que descanses. Anoche no has dormido ni media hora. Y ten presente además que lo que comiste ayer no bastaría para alimentar a un pájaro. No, de aquí no te mueves hasta que venga Mancebo a relevarte, y Mancebo no vendrá hasta después de Tercia.

Este razonable temperamento duró poco. «Ahora mismo -pensaba-, ahora mismo voy. Me muero si no voy, si no la veo al instante». Pero intentaba moverse y no podía. Su cabeza era de plomo, sus piernas de palo insensible. «Este sueño, este maldito sueño me mata, porque esto no es dormir, sino morirse, y morir sin verla es tristísima cosa...

Y he aquí que a las once de la mañana, próximamente, despertaba en su casa de Guadalupe... y al despertar encontrose tendido en su lecho. La turbación y el desasosiego que se apoderaron de su alma no pueden ser descritos. Llamó... vino Jusepa.

-Jusepa, por tu vida, sácame de una horrible duda ¿cómo y cuándo he venido yo aquí? ¿Trajéronme en volandas los ángeles, las brujas, o quién?... ¿Qué hora es?

-Son las once, señor... ¿Pero el señor no se alcuerda que vino esta mañana? Yo no sé cuándo llegó a casa, porque no estaba aquí. ¿Pero no se alcuerda que mus encontramos por el camino? Yo bajaba, el señor subía.

-Ah! sí, sí... (Exprimiendo su memoria como un limón que ha dado ya todo el zumo.) Yo venía, y más acá del puente te encontré y te dije «Jusepa, ¿a dónde vas?» y tú me contestaste: «Señor, a Toledo a un recado...» Sí, llegué aquí, y me eché vestido en esta cama, y caí como en un pozo. ¿Pero cómo vine yo acá, cuando mi propósito y mi deseo eran ir al Socorro?

Jusepa alzó los hombros y contrajo los labios en serial de su absoluta incapacidad para resolver las dudas del amo.

«Porque... (En la mayor confusión.) aguárdate. Yo estaba... eso lo recuerdo bien... ¡allá...! ¡Ah! voy viendo más claro. Entran las imágenes de lo pasado en mi memoria poquito a poco, a retazos, que luego tengo que juntar para que resulte el sentido... Si, Mancebo llegó y me dijo: «Ya estoy aquí, D. Ángel. Puede marcharse cuando guste. Usted necesita descanso». Y entonces sin duda salí y me vine acá... Pero... esta maldita memoria no acaba de aclararse. Conservo la idea de haber querido venir con la ciega, de haberle dicho: «Lucía, vámonos». Dime, ¿ha venido Lucía?

-Yo no la he visto, señor.

-Y cuando nos encontramos, ¿qué te dije yo?

-El señor, cuando yo le contesté: «voy a un recado», me dijo: «anda y no te pierdas.» Y yo le dije digo: «señor, sé muy bien el camino».

-Ah! ya, ya voy recordando. Díjete aquello, porque me pareció que ibas con un hombre, y que el hombre, al verme, se escondió detrás de las paredes en ruinas que hay más allá de la Venta del Alma.

-Señor... (Dominando su turbación.) yo le juro que no diba con dengún hombre.

-¿Y qué? ¿No eres tú mujer? ¿Estás condenada a ser insensible? No es crimen amar, ni mucho menos. No tienes necesidad de decirle a tus novios que se escondan de mí, pues yo no me como los novios de nadie.

-¿Novios yo? El señor olvida que soy casada.

-¡Ah! sí; tu esposo, hijo de Cornejo, está en presidio. Casi, casi eres viuda. En cualquier estado que se viva, nadie se exime del achaque de amar... y para todo hay bula... Bien, Jusepilla, bien; tus referencias ayudan mi memoria, y gracias a ellas, voy recordando mi caminata desde el cerro de las Melojas hasta aquí. ¿No es cierto que en el puente había unos hombres a caballo disputando con los de consumos? Pues lo mismo que doy ese detalle de lo que encontré en el camino, podría dar otros. Sí, sí, y cuando entré en el cigarral, salía Cornejo con dos trabajadores que me dijeron... No importa lo que me dijeron... Y allá, cuando pasaba por delante de Santa María la Blanca, vi a unos ingleses que salían de ver la sinagoga, y poco antes me había encontrado al chico segundo de Justina Mancebo, y hablé con él y le dije... Bueno, Jusepa, bueno: ahora, lo que más importa es que yo almuerce. Mi debilidad es tal, que las palabras para ponderarla se niegan a salir de la boca, y el pulmón no quiere darme aire para poderlas articular; tan incomodadas están conmigo todas las partes del cuerpo por el maltrato que les doy... Espera: al paso que me haces el almuerzo, mandas un recado a D. Pito, si está, o a Virones o a la ciega, si ha vuelto, para que alguno de ellos me acompañe a la mesa. Tengo miedo de comer solo, porque me distraigo, se me enfría la comida, y hasta se da el caso de que me entre un bárbaro deseo de arrojarla por la ventana, sin probar de ella, por puro flujo de abstinencia, por la tecla de mortificación... Oye, Jusepa, vuelve acá: que llamen al niño Jesús al momento y me le traigan, que quiero charlar con él. (Sale Jusepa.) Sí; deseo saber lo que piensa de esto Jesusito. No dice nada que no sea una verdad profunda. Su inocencia no es otra cosa que la Teología disfrazada. Este niño no ha venido aquí por casualidad, ni debe de tener parentesco con Virones. Este niño es algo que no cae dentro del fuero de lo natural. En sus ojos, que parecen ver lo que nadie ve, se transparentan regiones luminosas, donde nada se ignora, donde no existen la duda ni la ignorancia terrestres. Son ventanas por don de lo infinito se entretiene en contemplar lo finito... para reírse de él. Mi cerebro parece que se vacía de toda idea. (Con extremo desfallecimiento.) No obstante, ahora recuerdo con perfecta claridad cuanto hice y vi y pensé en las primeras horas de la mañana. ¡Vaya que olvidar cosa tan clara y hechos tan bien determinados! Poco después de Mancebo, que me despertó, fue el médico, el cual examinó a María Antonia, y puso muy buena cara cuando la vendaron... Me dijo: «Cicatriza, sí señor, cicatriza. No lo creí; parece milagro». Nos alegramos mucho de oírselo decir, y yo le pregunté: «¿Curará, Sr. D. Acisclo?» Contestome con un gesto de optimismo y un veremos que me llenó de esperanza. ¿Pues no ha de curar, si puso sus manos divinas en ella la...? Tente, cabeza, que te disparas... Pues sí, aquel ángel de Dios se arrancó su propia carne para... ¡Jusepa, Jusepa, que me muero de hambre!


Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII «» Capítulo II: I - II - III - IV - V
Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV «» Capítulo IV: I - II - III
Capítulo V: I «» Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII

Ángel Guerra (Primera parte) - Ángel Guerra (Segunda parte)