El Anti-Maquiavelo/II

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El Anti-Maquiavelo de Federico II el Grande
Capítulo II


Exámen.

 Los hombres tienen cierto respeto, que raya en supersticioso, hacia todo lo antiguo; y cuando el derecho de sucesion une su lejítima fuerza a esta influencia que ejerce sobre ellos la antigüedad, no hay yugo, por duro que sea, que no sobrelleven dócilmente. Asi es que estoy muy lejos de disputar a Maquiavelo lo que todo el mundo le concederá: «que los estados hereditarios son los mas fáciles de gobernar.»

 Solo añadiré que los príncipes hereditarios logran comunmente mantenerse en sus tronos formando estrecha alianza, no solo con otros príncipes vecinos, sinó con las familias mas nobles y poderosas del estado, que casi siempre deben su prosperidad a la rejia munificencia, y cuya fortuna está tan enlazada con la del príncipe, que no pueden cooperar a la ruina de este sin labrar la suya propia.

 En nuestros dias, los numerosos ejércitos que los príncipes mantienen, tanto en paz como en guerra, contribuyen tambien a la seguridad de sus estados, sirviendo de baluarte contra la ambicion de los vecinos. La espada desnuda y vijilante impide que salga de su vaina el acero enemigo.

 Pero no basta que el principe sea, como dice Maquiavelo, di ordinaria industria; yo quisiera que pensase sobre todo en hacer la felizidad de su pueblo. Un pueblo feliz y bien gobernado no se subleva nunca; porque teme perder a su príncipe bienhechor, mucho mas de lo que puede temer el mismo soberano la disminucion de su poder. Jamás se hubieran sublevado los Holandeses contra los Españoles, si la tiranía de los reyes de España no hubiese llegado a tal estremo, que era ya imposible que la Holanda fuese mas infeliz con la revolucion.

 Los reinos de Nápoles y Sicilia han pasado mas de una vez de la corona de España al Imperio, y del Imperio a la España. Si la conquista y la pérdida de aquellos reinos han sido siempre tan fáciles para ambas potencias, consiste en que ambas los gobernaron con escesivo rigor; de modo que los pueblos, al pasar de una a otra mano, creían siempre encontrar libertadores en sus nuevos príncipes.

 ¡Cuan diferentes eran en esto los Loreneses de los Napolitanos! La Lorena entera lloraba cuando se vió precisada a mudar de dinastía, porque temía perder los últimos vástagos de aquellos duques que habían estado por tantos años en posesion de su hermoso pais, y entre los cuales se cuentan algunos tan dignos de estimacion por sus virtudes, que merecen servir de ejemplo a los reyes todos del muudo. La memoria del duque Leopoldo se conservaba tan viva entre los Loreneses que, cuando su respetable viuda se vió obligada a salir de Luneville, el pueblo todo corría a arrodillarse delante de su carroza, y por varias ocasiones detuvo el arranque de sus caballos: no se oían sinó lamentos, ni se veían mas que lágrimas en todos los semblantes.



El Príncipe de Maquiavelo, precedido de la biografia del autor y seguido del anti-Maquiavelo o exámen del Príncipe, por Federico, el Grande, rey de Prusia, con un prefacio de Voltaire, y varias cartas de este hombre ilustre al primer editor de este libro, no publicado hasta ahora en España. Imprenta de D. Jose Trujillo, Hijo. 1854.

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