El Anti-Maquiavelo/VIII

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El Anti-Maquiavelo de Federico II el Grande
Capítulo VIII


Exámen.

 Las mismas palabras de Maquiavelo me bastan para confundirlo. ¿Qué atrozidades pudiera yo decir de este escritor que no vayan comprendidas en el simple anuncio del título de este capítulo?

 Si Maquiavelo enseñase la gramática del crimen en un seminario de bandidos; si erijiese cátedra de perfidia en una universidad de traidores, no sería de estrañar que tratase materias adecuadas a su propósito; pero el autor habla a los hombres todos, porque el que imprime sus escritos, comunica sus ideas al mundo entero, y aun se dirije mas a la virtud que al vicio, puesto que su obra está destinada a ser leida por los estadistas y hombres políticos, que deben ser tanto mas virtuosos, cuanto que su mision es dirijir y gobernar a los demas. Y en este supuesto, ¿cabe mayor infamia, mayor insolencia, que enseñarles la traicion, la perfidia y el asesinato? ¿No sería un bien para el jénero humano que los nombres de Agatocles y de Oliveroto de Fermo, cuyo ejemplo se complace en citar Maquiavelo, permaneciesen eternamente sepultados en la Oscuridad y el olvido?

 La simple lectura de la vida de Agatocles o de Oliveroto basta para desarrollar en un nombre de perverso instinto, el jérmen peligroso que alberga, sin saberlo, en su corazon. ¿Cuantos jóvenes hay enloquecidos con la lectura de novelas, que solo ven y piensan como los Arturos y Medoros? Hay algo de epidémico en el pensamiento, que se comunica facilmente de uno a otro cerebro. Pudiera citar el ejemplo de Cárlos XII. Este rey aventurero, este heroe vagabundo, digno de figurar entre los mas distinguidos de la andante caballería, cuyas virtudes, exaltadas a un grado pernicioso de exajeracion, degeneraron en vicios, se había propuesto por modelo, desde su mas tierna infancia, la vida de Alejandro Magno; y los que han conocido intimamente el carácter de Carlos XII aseguran que las guerras de Polonia, la coronacion de Estanislao y la derrota de Pultava, son otras tantas imitaciones de lo que refiere Quinto Curcio sobre las guerras de Alejandro, la coronacion de Abdolomino y la derrota de Dario. ¡Pluguiera al Cielo que los heroes de Maquiavelo fueran solo imitadores de Alejandro!

 Agatocles y Oliveroto, que figuran en este capítulo como modelos de prudencia y ejemplos vivos de tiránica felizidad, conservaron sus pequeños estados, porque, segun dice el autor, supieron ser crueles a tiempo; lo cual significa que se lanzaron a perpetrar de un solo golpe todos los crímenes y violencias que creyeron indispensables para el logro de sus fines. Es decir, que un príncipe prudente debe degollar y asesinar a cuantos le infundan sospechas; pero debe evitar toda lentitud en la ejecucion de la venganza. Maquiavelo aprueba hechos semejantes a la degollacion de San Bartolomé o a las vísperas Sicilianas, donde se cometieron atrozidades que hacen temblar de espanto a la humanidad, pero que el autor mira con indiferencia siempre que se ejecuten con prontitud aterradora. La razon que da para ello es, que los suplicios prontos y terribles se borran facilmente de la memoria de los pueblos; y las crueldades que se cometen continuamente, mantienen vivos los sentimientos de dolor y de odio irreconciliable. Yo creo que tan execrable es el tirano que manda degollar a mil personas en un solo dia, como el que las va asesinando por intervalos.

 Pero, siguiendo mi sistema, no debo contentarme con esponer la horrible moral del escritor que me ha cabido combatir; quiero convencerle de falsedad y de mala fe.

 En primer lugar es falso, como asegura Maquiavelo, que Agatocles haya gozado en paz del fruto de sus crímenes. Aquel tirano estuvo casi siempre en guerra con los cartajineses. En Africa, se vió obligado a abandonar su ejército; y los soldados, en venganza, asesinaron a sus hijos después de su fuga; y finalmente, murió devorado interiormente por un activo veneno que le suministró su nieto Archagates.

 Los crímenes de Oliveroto de Fermo tampoco quedaron impunes, pues murió víctima de la perfidia de César Borja un año después de su elevacion: de modo que un malvado sirvió para castigar a otro malvado; y si Oliveroto no hubiese sucumbido al odio de César Borja, hubiera sentido mas tarde los efectos del odio que le profesaban sus vasallos.

 Pero, aun cuando el crimen pudiera perpetrarse con toda impunidad, aun cuando el tirano no se viese continuamente espuesto a un trájico fin, siempre vivirá infeliz al considerarse oprobio del jénero humano, y no podrá jamás ahogar la voz de la conciencia que le acusa: suplicio verdadero, insoportable, que le roe incansable el corazon. No; no está escrito en los libros de la humana naturaleza que un malvado pueda ser nunca dichoso. Léanse las vidas de Dionisio, de Tiberio, de Neron, de Luis Onceno; y se verá que estos monstruos, iguales en demencia y en ferozidad terminaron su carrera del modo mas desastroso.

 Todo hombre cruel es misantropo y atrabiliario por temperamento; si no trata de combatir en edad temprana sus funestas inclinaciones, llegará a ser con el tiempo tan feroz como insensato. Aun suponiendo que no hubiera un Dios en el cielo y una justicia en la tierra, siempre sería necesaria a los hombres la virtud; pues ella sola puede unirlos en fraternales lazos y cooperar a su mutua conservacion, en tanto que el crímen les conduce infaliblemente a la miseria y la muerte.


El Príncipe de Maquiavelo, precedido de la biografia del autor y seguido del anti-Maquiavelo o exámen del Príncipe, por Federico, el Grande, rey de Prusia, con un prefacio de Voltaire, y varias cartas de este hombre ilustre al primer editor de este libro, no publicado hasta ahora en España. Imprenta de D. Jose Trujillo, Hijo. 1854.

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