El Anti-Maquiavelo/IV

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El Anti-Maquiavelo de Federico II el Grande
Capítulo IV


Exámen.

 Para juzgar con acierto el carácter de las naciones, es necesario compararlas unas con otras. Pero Maquiavelo establece en este capítulo un paralelo entre los turcos y los franceses que está lejos de ser exacto; pues nada es mas antitético que los usos, costumbres y opiniones de estos dos pueblos. ¿El autor espone las razones que le inducen a considerar la conquista del imperio turco como difícil de hacer, pero fácil de conservar, al par que señala las causas que pueden facilitar la conquista de la Francia, y las que, dando origen a continuos desórdenes, amenazan sin cesar la seguridad de su soberano.  Maquiavelo mira las cosas bajo un solo punto de vista: la forma de los gobiernos. En su opinion el imperio de Turquía se mantiene por el sistema de la servidumbre y por el principio de dominacion esclusiva de un solo hombre; y de aquí deduce que el medio mas seguro que puede emplear un príncipe para reinar con tranquilidad y poder resistir vigorosamente los ataques de sus enemigos, es gobernar sus estados por un sistema despótico, esclusivo y sin trabas.

 Cierto es que, en tiempo de Maquiavelo, los grandes y los nobles en Francia eran considerados como otros tantos pequeños soberanos que participaban hasta cierto punto del poder del príncipe. Esto daba lugar a discordias intestinas, alimentando el encono de los partidos y suscitando frecuentes rebeliones; y, sin embargo, no me atreveré a afirmar que el Gran Señor está menos espuesto a perder su trono que el rey de Francia. La diferencia que hay entre ambos es, que los emperadores turcos mueren generalmente ahorcados por sus jenízaros, y los reyes de Francia que han muerto asesinados, han sido víctimas de algunos fanáticos o de algun monstruo educado en la escuela del jesuitismo. Pero Maquiavelo alude a las grandes revoluciones, no a los acontecimientos parciales; y en este caso, aunque haya podido adivinar algunos resortes del complicado mecanismo político, paréceme que se ha olvidado de examinar los principales.

 La diversidad de climas, la diferencia en los alimentos y en la educacion de los hombres, son causa de que estos vivan y piensen de distinto modo. Así, por ejemplo, un filósofo chino y un fraile italiano no parecen ser de la misma especie: el temperamento de un inglés sesudo, pero misántropo, dista mucho del de un español orgulloso y valiente; y querer hallar semejanza entre un frances y un holandes, es querer comparar la vivazidad del mono con la cachaza de la tortuga.

 En todos tiempos se ha observado que el carácter distintivo de los pueblos orientales estriba eu ese espíritu rutinario que les mueve a seguir constantemente sus antiguos usos y costumbres. Su relijion, diferente de la de los europeos, les impide hasta cierto punto favorecer cualquier empresa de los que ellos llaman infieles, mucho mas si de ella pueden resultar perjuicios a su lejítimo soberano; y les prescribe evitar escrupulosamente todo lo que pueda atacar la integridad de la relijion misma o trastornar la forma de su gobierno. Estas son las circunstancias que contribuyen verdaderamente a la seguridad del trono en aquellos paises; no a la seguridad del monarca, porque el imperio siempre subsiste, pero los sultanes se han visto muchas vezes destronados.

 Del mismo modo, si queremos hallar la causa de las continuas revoluciones que han trastornado la Francia, debemos buscarla muy principalmente en el carácter de sus habitantes, opuesto diametralmente al de los musulmanes. La lijereza, la inconstancia, son rasgos característicos de aquella amable nacion. Los franceses son revoltosos, libertinos y propensos a cansarse de todo. Su amor a la novedad se ha manifestado aun en las cosas mas graves y respetables. No parece sino que aquellos dos grandes ministros cardenales, tan pronto estimados como aborrecidos del pueblo francés, que gobernaron sucesivamente, quisieron poner en práctica las máximas de Maquiavelo con el solo objeto de rebajar el poder de los nobles; al par que supieron estudiar el carácter de sus gobernados, para evitar con acierto las frecuentes conmociones que amenazaban la ruina del poder real.

 La política del cardenal de Richeliu iba esclusivamente encaminada a disminuir el poder de los grandes para aumentar la autoridad del rey, y fundar sobre ella, de un modo absoluto, el sistema gubernamental del Estado; y de tal modo lo consiguió, que ni aun vestijios quedan hoy en Francia de aquel poder señorial, a cuya sombra cometieron los nobles tantos escesos.  El cardenal Mazarino siguió las huellas de Richeliu; y aunque tuvo que luchar con mil dificultades, logró llevar a cabo la empresa de su predecesor, despojando al Parlamento de sus prerogativas y reduciéndolo al estado de un mero fantasma, que rara vez da señales de vida sin tener que arrepentirse de ello.

 La misma política que indujo a estos ministros a cimentar en Francia el despotismo absoluto, les sujirió la sagaz idea de alimentar la inconstancia y la lijereza características del pueblo frances, a fin de hacer menos peligrosas sus consecuencias. Mil ocupaciones frívolas, el libertinaje y los placeres embotaron hasta tal punto la índole nacional, que hoy vemos aquellos mismos hombres que combatieron tanto tiempo contra Julio César, que sacudieron tantas vezes el yugo de los emperadores romanos, que llamaron en su ausilio a los estranjeros en la época de los Valois, que se coaligaron contra Enrique IV, que se ajitaron y conspiraron en tiempo de las famosas minorías; esos mismos franceses, en fin, se ocupan hoy únicamente en seguir los caprichos de la moda, en variar los tipos del buen gusto, en despreciar hoy lo que ayer admiraron, en introducir la frivolidad y la inconsecuencia en todo cuanto de ellos depende, y en cambiar de un dia a otro sus costumbres, sus voluntades, sus placeres y sus queridas. No es esto todo: poderosos ejércitos y formidables fortalezas garantizan la posesion de este reino a sus soberanos, sin que hayan de temer, por ahora, las discordias intestinas ni las invasiones estranjeras.


CAPITULO V

Como han de gobernarse las ciudades o principados que, antes de ser conquistados, se rejían por sus propias leyes.

 Tres medios tiene el conquistador para conservar los estados adquiridos en que concurren las circunstancias ya esplicadas, y que están acostumbrados a gobernarse por sus leyes particulares, bajo un gobierno liberal: el 1.° es destruirlos; el 2.° fijar su residencia en ellos; el 3.º dejarles sus leyes, exijirles un tributo y constituir un gobierno, compuesto de corto número de personas de confianza que mantengan en paz el país. Este gobierno, recien creado por el príncipe, sabe que no puede subsistir sin su poder y favor, y por consiguiente tiene interés en emplear esfuerzos de todas clases para mantenerse en la posesion del territorio. Se logra tambien mucho mas facilmente conservar una ciudad acostumbrada a gobernarse por sus propias leyes, destinando para su gobierno un corto número de sus propios ciudadanos, que por cualquier otro medio. Los Lacedemonios y los Romanos nos han dejado ejemplos de estos diferentes modos de contener a un estado.

 Los primeros gobernaron a Atenas y a Tebas, estableciendo un gobierno compuesto de pocos: sin embargo, volvieron a perder estas dos ciudades.

 Los Romanos para asegurarse de Capua, de Cartago y de Numancia, las destruyeron, y volvieron a perderlas.

 Quisieron, por el contrario, poseer la Grecia, como la habían poseído los Espartanos, concediéndole su libertad y dejándole sus leyes; pero nada adelantaron por este medio, y al cabo se vieron en la precision de destruir muchas ciudades de aquella provincia para sujetarla; como que no hay ciertamente otro arbitrio mas seguro.

 Cualquiera, pues, que llegue a hacerse dueño de una ciudad acostumbrada a gozar de su libertad, y no la destruya, debe temer que será destruido por


El Príncipe de Maquiavelo, precedido de la biografia del autor y seguido del anti-Maquiavelo o exámen del Príncipe, por Federico, el Grande, rey de Prusia, con un prefacio de Voltaire, y varias cartas de este hombre ilustre al primer editor de este libro, no publicado hasta ahora en España. Imprenta de D. Jose Trujillo, Hijo. 1854.

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