El Anti-Maquiavelo/XI

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El Anti-Maquiavelo de Federico II el Grande
Capítulo XI


Exámen [1].

 No veo en la antigüedad ejemplos de simples sacerdotes que se hayan elevado al rango de soberanos. De todos los pueblos de que hay noticia, solo los Judios han tenido una série de pontífices déspotas; y no es estraño que en la nacion mas ignorante y supersticiosa de todas las naciones bárbaras hayan logrado usurpar los jefes de la relijion el manejo de los negocios públicos. En todos los paises, los sacerdotes se limitaban a ejercer las funciones propias de su ministerio: hacían sacrificios, recibían su salario, tenían su prerogativas, pero rara vez intervenían en la educacion, y jamás en el gobierno de los Estados. La tolerancia no estaba entonces escluida del dogma, ni tenía la Iglesia esa autoridad de que es tan fácil abusar; y por esto, sin duda, se vieron libres los antiguos de guerras relijiosas.

 Cuando en aquellos últimos años de bárbara anarquía que precedieron a la ruina del imperio romano, se dividió la Europa en mil pequeñas soberanías, a imitacion del obispo de Roma, que fué quien les dió el ejemplo. Parecía natural, entonces como ahora, que los pueblos rejidos por estos gobiernos eclesiásticos viviesen contentos y felizes; porque un príncipe electivo, un príncipe que no logra subir al poder sinó en edad avanzada, y cuyos estados son jeneralmente muy reducidos, debiera ser benigno para con sus súbditos, si no por sentimiento relijioso, al menos por miras de buena política. Sin embargo, es evidente que en ningun pais civilizado hay tantos pobres como en los estados eclesiásticos; y no aludo solo a los vagabundos que viven holgadamente de limosna; tampoco hablo de los parásitos que rastrean por los palacios del opulento, sinó de esos pobres famélicos que carecen absolutamente de medios con que procurarse la subsistencia. Cualquiera diría que estos Estados se rijen por las leyes de Esparta, que prohibían el uso del oro y de la plata: solo el Soberano parece no estar conforme con la ley Espartana.

 La razon jeneral que puede darse de esta miseria, es que, como estos príncipes suben tarde al poder, sin probabilidad de disfrutarlo por mucho tiempo, solo cuidan de enriquecer en vida a sus herederos, y rara vez tienen la voluntad ni el tiempo necesarios para llevar a cabo empresas grandes y útiles. Todas las instituciones de industria, de comercio, que exijen tiempo y constancia, son ajenas a su sistema de gobierno. El trono es para ellos una casa prestada en que se hospedan por breve tiempo, porque ni lo heredan de sus padres, ni lo pueden legar a sus sucesores; y esto hace tambien que ni puedan tener los sentimientos de un rey, padre de familia, que trabaja para sus hijos, ni los de un republicano que todo lo sacrifica por el bien de su patria. Y si alguna vez sucede que el príncipe eclesiastico se inclina a obrar como padre de su pueblo, la muerte viene a sorprenderle antes de que pueda fertilizar el campo, que sus predecesores dejaron cubierto de abrojos.

 He aquí porqué se ha murmurado muchas vezes con razon de algunos soberanos eclesiásticos, que han engordado con la sustancia del pueblo a sus queridas, sobrinos y bastardos. Lease la historia de los jefes de la Iglesia, y se verá que, en vez de ejemplos de virtud y de pureza, los hallamos de corrupcion y de vicio.

 Los hombres que saben reflexionar, se admiran de que los pueblos hayan sufrido con tanta paciencia la opresion de esta clase de soberanos; que hayan tolerado por tanto tiempo a los jefes de la Iglesia, lo que no tolerarían a un heroe coronado de laureles. Maquiavelo no dejaría de atribuir esta estraña docilidad a la conducta hábil de los pontífices que han sabido ser malos y prudentes a la vez; pero yo creo que lo que ha contribuido mas que nada a mantener a los pueblos subyugados es el sentimiento relijioso. Muchos malos pontífices han sido aborrecidos; pero el carácter de su sagrado ministerio ha sido siempre respetado. Mil vezes hubieran intentado los romanos cambiar de dueño; pero este peleaba con armas santas, que en las guerras del mundo son de mala ley; y por eso no hemos visto en la Roma de los papas las infinitas revoluciones que conmovieron los cimientos de la Roma pagana. ¡Tan cierto es que el tiempo cambia progresivamente la índole de los pueblos!

 Maquiavelo espone las causas que contribuyeron a la elevacion de la Santa Sede, atribuyendo muy principalmente la gloria al papa Alejandro VI; a ese pontífice de quien ya he tenido ocasion de hablar, que no conocía mas justicia que su interés, ni supo nunca poner freno a su escesiva crueldad y desmedida ambicion. De tales premisas se deducen naturalmente malísimas consecuencias porque, ¿qué podríamos pensar del gobierno pontificio si fuese cierto que debiera la estabilidad de que hoy goza al hombre mas malo de cuantos han ceñido la tiara?

 El autor concluye su capítulo con el panejírico de Leon X, a quien no puedo negar grandes talentos; pero, sí, niego que tuviese virtudes. Bien conocidas son en la historia su mala fe, su impiedad y su conducta relajada. Verdad es que Maquiavelo no alaba sus vicios; pero en jeneral le adula; y ya que quiera prodigar elojios a Leon X, ¿porqué los rehusa a Luis XII, que era el padre de su pueblo?



  1. Todo este capítulo es de la pluma de Voltaire.

El Príncipe de Maquiavelo, precedido de la biografia del autor y seguido del anti-Maquiavelo o exámen del Príncipe, por Federico, el Grande, rey de Prusia, con un prefacio de Voltaire, y varias cartas de este hombre ilustre al primer editor de este libro, no publicado hasta ahora en España. Imprenta de D. Jose Trujillo, Hijo. 1854.

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