El Anti-Maquiavelo/XXI

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El Anti-Maquiavelo de Federico II el Grande
Capítulo XXI


Exámen.

 Este capítulo de Maquiavelo contiene algo bueno y mucho malo. Trataré, primeramente, de señalar sus principales errores; confirmaré despues lo que dice de bueno y loable, y añadiré en conclusion mi parecer sobre algunos puntos que pertenecen naturalmente a la misma materia.

 El autor propone los ejemplos de Fernando de Aragon y Bernardo de Milan, para que sirvan de modelo a los príncipes que quieran distinguirse con grandes empresas o heroicos hechos. Maquiavelo se propone deslumbrarnos con ese aspecto maravilloso que tienen de suyo las empresas atrevidas, cuando se ejecutan con rapidez: es cosa grande, lo confieso, pero no es loable sino cuando la conducta del conquistador está basada en principios de equidad y de justicia. Los embajadores Scithas decian al gran Alejandro: «Tú que te jactas de esterminar a los bandidos, eres el bandido mayor del mundo entero, porque has pillado y saqueado a todas las naciones que has vencido. Si eres un Dios, debes procurar la felizidad de los mortales, en vez de robarles lo que poseen; y si no eres mas que un hombre, conócete a ti mismo.»

 Fernando de Aragon no se contentaba siempre con hacer simplemente la guerra; sinó que ocultaba sus designios bajo el velo de la relijion, y abusaba con frecuencia de la fé de sus juramentos. La justicia salía a menudo de sus labios, pero ni estaba en su corazon ni se veía en sus acciones; y estas malas cualidades que tanto afearon sus virtudes, son precisamente las que elojia Maquiavelo.

 El ejemplo de Bernardo de Milan sirve para hacer ver a los príncipes que deben castigar y premiar de un modo ruidoso y brillante, a fin de que todas sus acciones vayan impresas de cierto carácter grande y terrible. El príncipe adquirirá siempre fama y renombre cuando su liberalidad sea hija de su grandeza de alma y no de su amor propio; pero la bondad sola puede darle mas gloria que todas las demas virtudes. Ciceron decía a Julio Cesar: «La mayor de tus prerogativas consiste en poder salvar la vida de tantos ciudadanos, y nada contribuirá tanto a tu gloria como la voluntad de salvarlos.» El príncípe, pues, debería imponer castigos que no llegasen nunca a la magnitud el delito, y prodigar recompensas que escediesen en valor a los servicios recibidos.

 Ahora debo consignar una contradiccion de Maquiavelo. Este doctor en política quiere en este capítulo que los príncipes sean fieles a sus aliados, y en el capítulo XVIII, les permitía formalmente faltar a la fe de sus juramentos; semejante a esos decidores de la buena ventura que leen en un mismo signo la felizidad de unos y la infelizidad de otros.

 En cambio de estos errores que acabamos de señalar, Maquiavelo tiene razon cuando aconseja a los príncipes que no se entreguen confiadamente en manos de un protector poderoso que, en vez de prestarles auxilio, podría meditar su ruina. Un gran príncipe de Alemania, tan estimado de amigos como de enemigos, tuvo ocasion de demostrar su prudencia en este respecto. Habiendo invadido sus estados las tropas del rey de Suecia, mientras él estaba ausente con su ejército auxiliando al emperador en el Rhin, sus ministros le aconsejaron que llamase en su socorro al Czar de Rusia; pero el príncipe, mas previsor que sus consejeros, les respondió que los Moscovitas eran como osos encadenados que, si se les quitaban las cadenas, sería después muy difícil volverlos a encadenar. Asi pues, tomó a su cargo el cuidado de vengarse, y no tuvo porque arrepentirse de esta jenerosa resolucion.

 Otras reflexiones podria añadir sobre esta materia, que tal vez fueran de utilidad para lo futuro; mas para ello tendría que juzgar la conducta de los príncipes contemporaneos, y en el mundo conviene saber hablar y callar a tiempo.

 La cuestion de la neutralidad ha sido tratada con igual suficiencia por parte de Maquiavelo. La esperiencia nos ha hecho ver que el príncipe neutral espone sus estados a las injurias de ambos poderes belijerantes, que hacen de su territorio el teatro de la guerra; y que las ventajas que, en ocasiones, pudiera derivar de su neutralidad, apenas compensan los perjuicios que esta les ocasiona.

 Dos medios distintos puede emplear el príncipe para engrandecerse: uno es el de la conquista, cuando ensancha, con el empuje de sus armas, los límites de sus estados; el otro es puramente gubernativo, cuando a fuerza de zelo y actividad hace florecer en su reino las ciencias y las artes, jérmen verdadero de riqueza, cultura y poderío. Todo el libro de Maquiavelo está atestado de argumentos y consejos propios para los que aspiren a engrandecerse con las armas; justo es que yo, a mi vez, aventure algunas observaciones sobre el segundo medio que acabo de proponer, y que es, sin duda alguna mucho mas humano, mas inocente, mas util y beneficioso que el primero.

 Las artes mas necesarias a la vida son la agricultura, la industria y el comercio; las que mas honor hacen al entendimiento humano son la ciencia de la jeometria, de la filosofía, de la astronomía, el arte de la elocuencia, de la poesia, de la música, pintura, escultura, arquitectura y otras comprendidas bajo la denominacion de bellas artes.

 Como las naciones son tan distintas unas de otras, por lo que respecta al clima, situacion y otras especiales circunstancias, de aqui es que hay países cuya principal riqueza consiste en la agricultura, otros que cifran su bien estar en la industria, y otros en el comercio; a escepcion de algunas naciones privilejiadas en que estas tres artes prosperan a un tiempo. Los soberanos que quieran hacerse poderosos fomentándolas, deberán, pues, estudiar las circunstancias y propiedades del territorio que gobiernan, a fin de favorecer el desarrollo de aquellas industrias que prometen mejores resultados. Los franceses y los españoles han conocido que el comercio es la base de la prosperidad de la Inglaterra, y se han propuesto aumentar sus relaciones comerciales a costa de ios ingleses; si lo consiguiesen, la Francia, por su parte, adquiriría mas poder y mas importancia, que si conquistase veinte ciudades y mil aldeas por a fuerza de sus bayonetas; mientras que la Inglaterra y la Holanda, que son hoy las naciones mas ricas y florecientes del mundo, perecerian insensiblemente, como el enfermo que muere de consuncion.

 Los países cuya riqueza consiste en trigos y caldos, deben naturalmente ser cultivados con la posible perfeccion, sin que quede un solo palmo de tierra arable que no contribuya a enriquecer al labrador. El segundo cuidado del gobierno debe dirijirse a facilitar los trasportes y las vias de esportacion, a fin de que estos productos puedan venderse a precios cómodos en los mercados nacionales y estranjeros.

 Respecto de la industria, debo decir que es el arte mas util y provechoso de todos para el país en que llega a aclimatarse; porque ella abastece las necesidades y fomenta el lujo de los habitantes, al par que obliga a otras naciones a pagarles tributo. La industria impide que salgan capitales del país, y abre sus arcas para recibir el oro del estranjero.

 Yo he creído siempre que la carencia absoluta de industrias ha sido una de las causas principales que ocasionaron esas prodijiosas emigraciones de los países del norte, de los godos y los vándalos, que inundaron con tanta frecuencia los paises meridionales. En Suecia, en Dinamarca y en la mayor parte de la Alemania, no se conocía entonces mas arte que la agricultura, ni mas industria que la caza. Las tierras de labranza estallan impartidas entre varios propietarios que las cultivaban con sus brazos y se alimentaban con sus productos. Pero como la raza humana ha sido siempre muy fecunda en los climas fríos, sucedió que el número de habitantes llegó a ser tan considerable, que las tierras no bastaban a sustentarlos; y los indijentes, capitaneados por sus señores, convertidos por la necesidad en bandidos ilustres, se vieron obligados a invadir el territorio de sus vecinos y a posesionarse de sus propiedades. Por eso hemos visto, tanto en oriente como en occidente, que aquellos bárbaros solo pedian campos que cultivar, a fin de proveer a su subsistencia. Los países del norte no estan hoy menos poblados que en aquellos tiempos pero afortunadamente, el lujo, que ha multiplicado nuestras necesidades, ha llevado a ellos la industria y el ejercicio de mil pequeñas artes, con las cuales subsisten pueblos enteros, que sin ellas emigrarian a otros países.

 Estos diversos medios de enriquecer los estados, son otras tantas facultades que la Providencia ha dado a los reyes para que cultiven su desarrollo en beneficio de sus súbditos. La señal mas segura de la prosperidad de un pais y de la bondad de su gobierno, es el nacimiento de las bellas artes; ellas brotarán del patrio suelo como flores que exhalan su aroma en tierra fértil y climas benignos, pero que la falta de riego y el soplo de los huracanes marchitan y destruyen.

 Nada contribuye tanto a realzar el reinado de un príncipe como las artes y las letras que florecen bajo su proteccion. Tan famoso es el siglo de Pericles por los grandes injenios que nacieron en Atenas, como por las batallas que ganaron los atenienses. El siglo de Augusto es mas conocido por los nombres de Ciceron Ovidio, Virjilio y Horacio, que por las crueles proscripciones de aquel emperador, cuya celebridad se debe principalmente a la celebridad de este último poeta. El reinado de Luis XIV tiene mayor celebridad por la gloria de Corneille, de Racine, de Boileau ,de Moliere, de Descartes y de Le Brun, que por el paso del Rhin tan decantado, o por los sitios a que asistió Luis el grande, o por la batalla de Turin, que perdió el duque de Orleans por orden del gabinete.

 Los reyes hacen honor a la humanidad cuando distinguen y recompensan el mérito, favoreciendo con su proteccion el desarrollo de esas intelijencias superiores que trabajan por aumentar el tesoro de los conocimientos humanos, y se dedican al culto de la verdad.

 ¡Dichosos los príncipes que cultivan ellos mismos las ciencias y las letras; que, a ejemplo del gran Ciceron, libertador de su patria y padre de la elocuencia, dicen con el acento del entusiasmo: «Las letras templan el ardor de la juventud y encantan la edad madura; en la prosperidad nos coronan de laureles; en la adversidad mitigan nuestros pesares; y en el hogar doméstico u hospitalario, en lejanas tierras o incultos desiertos, en todos tiempos y lugares endulzan las amarguras de la vida!»

 Lorenzo de Médicis, el hombre mas grande de Italia en aquella época, era el pacificador de su pais y el restaurador de las ciencias. Su probidad le hacía depositario de la confianza de todos los príncipes de Italia. Marco Aurelio, uno de los mas célebres emperadores de Roma, fué guerrero afortunado, sabio filósofo, y tan severo moralista en la práctica como en las doctrinas que profesaba.

 Concluyamos con estas palabras: «El rey que encamina sus pasos por la senda de la justicia es un Dios cuyo templo es el universo y cuyos sacerdotes son los hombres virtuosos de todos los pueblos.»



El Príncipe de Maquiavelo, precedido de la biografia del autor y seguido del anti-Maquiavelo o exámen del Príncipe, por Federico, el Grande, rey de Prusia, con un prefacio de Voltaire, y varias cartas de este hombre ilustre al primer editor de este libro, no publicado hasta ahora en España. Imprenta de D. Jose Trujillo, Hijo. 1854.

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