Napoleón (DCB)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


NAPOLEON.


Yo prescindo aquí de cuanto se pueda decir de la persona de este monstruo (V. Bonaparte.): porque en él se ha apurado ya el vocabulario de los dicterios y apodos, y la lengua castellana no tiene términos bastantes para espresar sus iniquidades. Voy á hablar solamente de su nombre.

Verdaderamente que hay nombres afortunados, como los hay tambien que obligan á grandes empeños: de estos es Alejandro. Este nombre tenia Bonaparte, cuando era un mero quidam: mas desde que empezó á tomar viento. porque se le asentó en la mollera el ser uno de los tantos de la fama, tomó tirria al nombre de Alejandro, bien fuese por no sentirse con fuerzas bastantes para llenar la espectacion de tan grande nombre, bien porque le pareció ya viejo y cascarron. Quitósele, pues, y a guisa del lunático caballero de la Mancha, trató de plantarse un nombre nuevo y de rompe y rasga, alusivo á sus gigantes designios.

Este nombre fué Napoleon, que quiere decir nuevo-reformador o esterminador; pues uno y otro significan las dos dicciones griegas de que se compone esta palabra de conjuro. Esta confirmacion, segura la crónica escandalosa, parece á ser que se hizo en un club, ó reunion de cierta gente non-santa, entre los vapores de una deshecha bacanal.

Encaramado, á consul el héroe de Córcega, pujó luego á emperador. Pero hallando suma dificultad en dar este salto á causa de la malquerencia que se habia concitado con los príncipes cristianos por ciertas opiniones algo heterodoxas, una cierta carta del Gran-Lama al Papa, unos ciertos coloquios musulmánicos con los muftifes de la Gran-pirámide allá en Egipto, y otras filaterias que habia propalado entre las marcialidades de su vida soldadesca; volvió casaca, y para tiranizar los cuerpos, cuidó primero de cautivar las almas. Para mandar, pues, las almas se hizo hazañero, como para mandar las armas habia hecho antes del hazañoso: y heteme á Napoleon Bonaparte declarado protector de la religion y sus profesores. La primera obra piadosa del nuevo Constantino fué santificar su nombre nuevo. (Aquí ajusta bien aquello de que hay nombres dichosos.)

El de Napoleon lo fué tanto, que en menos de un santiamen resonó en las letanias; é in facie Eclesiae, y á ciencia y paciencia de cristianos y cristianísimos se leyó en el catálogo de los santos. Sea dicho esto para eterno oprobio del nuestro en los venideros siglos: el calendario francés y aun el español de allende tienen señalado con manecilla el dia 15 de Agosto para la festividad de San Napoleon, santo de quien no dudo que otros semisantos corito el P. Santander predicarán tantos prodigios, como creyeron acullá los buenos arverneses del bendito S. Ganelon.

Sin pasar de aquí, hago una buena apuesta ¿á que al oir este nombre hay lector que le tiene ya en los labios un devoto paternoster? -Alto allí! que no hay tal santo: contaré su historia y veráse.

Reinando Ludovico Pío, vivia en el condado de Arvernia un caballero retirado en una quinta. Salió a caza una tarde, y salido apénas, sus criados se escabulléron dejando solo en una estancia un tierno infante, pedazo de sus entrañas, y al lado de él un perro que merece un capítulo en la Historia de los perros célebres.

Habia ya buen rato que los criados estaban distraidos en sus pasatiempos, cuando fueron interrumpidos por el sentido llanto del niño, y un ruido estraordinario. Al estrépito acuden todos asustados, y encuentran al niño en la cuna sin lesion alguna, pero á su lado tendido el perro todo ensangrentado con una serpiente enroscada á él, la cual tenia ya desgarrada y muerta. El perro murió tambien de allí a poco.

Agradecido el dueño á la lealtad con que habia muerto en defensa de su hijo el perro Ganelon (que así se llamaba el perro muerto), le mandó labrar un sepulcro magnífico al pié de una fuente.

«Esta historia (dice un docto religioso) [1] en el discurso de uno ú dos siglos se fue olvidando de modo que solo quedó la noticia de ser aquel el sepulcro de Ganelon. La esperiencia ó la imaginacion de algunos empezó á acreditar de saludables para algunas enfermedades las aguas de la fuente. No fué meriester mas para aprehender el vulgo milagrosa aquella virtud, infiriendo que el sepulcro que se decia de Ganelon, lo era de un santo que habia tenido este nombre. Fortificada esta opinion con el comun asenso, se levantó en el mismo lugar una capilla con la advocacion de S. Ganelon, donde por mucho tiempo acudiéron los pueblos vecinos con votos y ofrendas a implorar socorro en sus necesidades.» -¡Oh míseras hominum mentes!

San Ganelon estaba milagreando á maravilla en pacífica posesion de su santidad, cuando un curioso, trasteando papeles y registrando archivos, revolvió los huesos al difunto, descubriendo que el que adoraban por santo no era sino un perro.

Moralidad. -Cuando yo pecador veo santificado un perro como Ganelon, y un hombre vano como Napoleon.... juro y protesto en mi alma de no creer mas ni menos de lo preciso para que no me lleve el diablo.


  1. El P. Feijóo, Teatro crítico, tom. III, disc. 6, núm. 10.