Jesuitas (DCB)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


JESUITAS.


No hay cosa tan desvalida que no tenga quien la defienda: la de los jesuitas, aunque pasada en autoridad de cosa juzgada, tiene su competente defensor en el diccionarista manual, que parece nació con signo de ser abogado de las causas perdidas. No le ha arredrado á este santo señor la consideracion de que esta causa ha pasado ya por las Miliquinientas; y que no hay tribunal supremo en nacion ninguna de Europa, donde no se haya visto y sentenciado siempre con costas y ecetéra contra sus Paternidades. Hasta el Vaticano ha fulminado contra ellos sus rayos esterminadores. Y nuestro lexicógrafo, no obstante erre que erre en defenderlos. ¡Singular humanidad es la que le anima en favor de los susodichos Padres! humanidad sin duda de aquella calaña que solo él conoce y él solo sabe definir. [1]

Animado de estos pios sentimientos y haciendo de coronista de la opinion pública, dice «que si los jesuitas hubieran exsistido (en nuestros dias), jamas se hubiera verificado este desórden general que agita la Europa, y que su resureccion cortaria los males que sufrimos.»

Verdaderamente que si nosotros pudiéramos hacer este milagro, todo lo demas era menos. Si por un instante suponemos resuscitados los PP. de la Compañía, cata trasmutado repentinamente, como en comedia de tramoya, todo el teatro del mundo. En enviando un jesuita al Paraguai, todos los paraguayos con sus castas atravesadas se irian al pio pio tras su Padre de su alma: otro á la Inglaterra, como una pólvora se moverian á favor nuestro aquellos friáticos isleños: otro á la Francia, Napoleon en la liga: otro á Portugal, digo ¿eh?... ¡la casa de Braganza! -Pues ¿que dirémos de la conversion de pecadores y pecatrices? Si quedaba un soldado, una princesa, un mercader, una ramera, un traidor ni un filósofo que no fuese á comulgar en sus misiones, ¡que me quede á mí San Pedro fuerza de las puertas del cielo!

De estos y otros mil primores nos vemos privados en el dia tan solo por la patarata de no poder resuscitar en cuerpo y alma á los PP. jesuitas. Y aun cuando se me quiera reponer que hasta para el caso resuscitar la Compañía, y no precisamente sus miembros podridos, digo que tampoco esto es factible sin otro milagro: hacer que lo que fué no haya sido. Y como estos bienaventurados frailes sin fray fueron sus-Paternidades tales cuales [2] fueron; miéntras quede en el mundo memoria de lo que fuéron, y de que lo fuéron precisamente por obra y gracia del espíritu de su Regla, no hay que esperar que la llamada Compañía de Jesus renazca ni florezca. Mas como al diccionarista le veo tan interesado en que fructifique, le voy á señalar algunas flores históricas, y aun páginas enteras que tiene que arrancar de cuajo de la crónica de los jesuitas, para poder solamente dar principio á su intentona.

Ante todas cosas es necesario quemar el tratado que se intitula De las enfermedades de la Compañia de Jesus, por el jesuita Mariana; y la Monarquía solipsorum (es decir, el Reino de los solipsos ó egoistas), del jesuita Inchofert: porque estas son obras donde desde luego se ponen de manifiesto los vicios radicales del instituto de los jesuitas por los mismos jesuitas. (No hay peor cuña que la del mismo palo, y á fé que estas dos no son flojas.) -Dejo á un lado toda la ranfla de otros escritos históricos, polémicos y satíricos que antes y despues se han estampado en pro y en contra: los cuales, bien analizados, no les hacen buena pro á sus-Paternidades: y prosigo.

Hecha esta chamusquina, se hace absolutamente preciso raer de los libros y de la memoria de los que han leido, cuando menos los hechos siguientes.

En 1581 fueron ajusticiados el P. Campian y compañeros mártires, por haber atentado á la vida de la reina Isabela de Inglaterra, contra la cual no cesaron de maquinar los jesuitas.

En 593 induxo el P. Varade á que asesinase á Enrique IV de Francia a un marinero, que en efecto llegó á poner manos violentas en S. M.; y en efecto fué luego enforcado por ende. -De allí á dos años repitió el mismo atentado (y se repitió la misma escena) el iluso Juan Chandel, acalorado por los jesuitas, so color de que el rey era un herege, y todo fiel cristiano estaba muy obligado á matarle. De resultas fueron los jesuitas estrañados de los dominios de Fráncia; y si de allí á diez años se les volvió á admitir, fué con la condicion de que siempre habían de tener en la Corte, como fiadores responsables de su buena conducta, dos jesuitas de los de mas grandes campanillas.

En 597 con motivo del establecimiento de la Congregacion de auxiliis contra la trisca-pedisca que armaron los jesuitas con su heregía del molinismo, les decia Clemente VIII que eran unos intrigantes que le tenían revuelta la iglesia de Dios.

En 598 arman de un puñal bendecido á un asesino, y le envian en el nombre de Dios á que mate á Mauricio de Nasau. El muerto fué el matante, y desterrados los hijos de Jesus de toda la Holanda.

En 1610 se lograron por fin los intentos de los jesuitas: el fanático Ravaillac [3], hijo de confesion del P. Aubigni, asesina á Enrique el Grande: y la imprecacion general recae sobre los jesuitas.

En 618 fuéron estos espulsados de Bohemia por perturbadores de la tranquilidad pública: en 19, de Moravia por las mismas causas: idem de Riga por Gustavo-Adolfo en 21: en 43 Malta, indignada de su relajacion y rapiñas, los ahuyenta de sí; y en 1723 tuvo el zar Pedro que echarlos del imperio de Rusia.

Ultimamente el año de 58 fuéron tambien espelidos de Portugal á consecuencia del asesinato del rey, perpetrado por una infernal conjura de los jesuitas Malagrida. Matos y compañía.

Esto sea dicho por lo que toca á las demas naciones; por lo que á la nuestra atañe, hasta citar los sucesos del Paraguai con la peregrina historia del rey Nicolao, y lo demas que sabrá el curioso lector.- Por tanto, los referidos PP. fuéron esterminados de España é Indias por el católico rey Don Carlos III el año del Señor de 1767; y posteriormente fué estinguida in-totum la Compañía de Jesus por la Santidad de Clemente XIV, de feliz recordacion.

Estos son hechos. Por ellos se vé que de todos los reinos han sido echados los jesuitas por hombres vitandos, turbulentos y atentadores contra la vida de sus legítimos soberanos. De donde cayó en proverbio aquel dicho célebre: que los jesuitas eran una espada desnuda contra las testas coronadas, cuya empuñadura estaba en Roma.

Si de los hechos pasamos á las opiniones y doctrinas, quedarémos horrorizados. La mas atroz de todas es el regicidio; y una de las mas perniciosas la infalibilidad del papa, y su superioridad a los reyes, cánones y concilios. No era, ciertamente, virtud ni pia veneracion á los sumos pontífices lo que los inducia á esta opinion antisocial, sino una tendencia, cuando no coligacion, para fundar una teocracia mas tiránica que el despotismo de Oriente. [4]

La doctrina del regicidio parece la divisa de los jesuitas; y la ejecucion, su mayor regalo. Acusaseles de tres regicidios consumados, sin contar los que se quedaron en intento, de los cuales el mas horrendo es el que se cuenta de un emperador de Alemania, á quien trataron de inmolar en la comunion. envenenando la hostia bendita.

Los teologos de la Compañía han sido los principales corruptores de la doctrina cristina. Apenas hay absurdo moral de que no haya sido autor ó maestro algun jesuita; ni accion criminosa, que no haya encontrado en ellos agentes, incitadores, disculpa ó absolucion: la calumnia, el perjurio, el robo, la simonía, la compensacion oculta, las reservas mentales, el fornicio, la sodomía, el asesinato...... cúmulo horrible de errores, torpezas y atrocidades que propenden a confundir la razon, á hacer dudosa la fé, y romper los vínculos de la sociedad civil.

Las heregías de pura fábrica jesuítica son varias y noscivas sobremanera. Obra de ellos es el molinismo, que levantó en España el jesuita Molina; obra de ellos se dice que es la secta impúdica de los mamilarios; suscitada en Italia por el jesuita Benzi; y finalmente, obra de jesuitas es el probabilismo, ú arte de trampear la ley de Dios. Pero la ley de Dios no quiere trampa.

Tampoco quiero yo poner á este artículo el laus-deo, sin presentar al señor vocabulista un testimonio auténtico de lo que eran los jesuitas aun en el tiempo de sus mayores glorias. Sirvase el señor mio pasar la vista por el adjunto poema, que no es produccion de ningun filósofo moderno, sino de un eclesiástico respetable, celebrado 200 años ha por sugeto de calificada ciencia y conciencia: y vea por su vida como pinta las penitencias y ayunos con que los PP. Teatinos castigaban su pícara carne. -Mas antes juzgo oportuno decir dos palabras sobre el poema y su autor.

Este es el Dr. D. Juan Salinas de Castro, el cual nació en Sevilla el año de 1559, cursó leyes en Salamanca, fué canónigo de Segovia, y murió en su patria de muy avanzada edad. El erúdito Rodrigo Caro en sus «CLAROS, VARONES en letras naturales de Sevilla» (que he visto MSS), dice de este ilustre ingenio sevillano «que fué agudísimo en sus conceptos, y muy conocido en España por muchas obras de poesía que compuso, que algunas andan impresas en el Romancero general; y muchas de las demas (añade) se han juntado ahora para dar á la estampa.»

Yo no sé si seria tomada de esta coleccion una mala copia que yo he leido, hecha por un códice del siglo XVII, de la cual he trasladado este curioso poema. Sé que de ella consta que el Dr. Salinas estuvo en Roma, donde se dice espresamente que compuso un romance que principia:

Con reliquias todavia
De un frenesí de modorra....

y que de vuelta pasó por Burgos, y fué hospedado (dice el MS) por el canónigo Juan-Alonso de San-martin, á quien dirigió otro romance que empieza

Canónigo fisgador....


Finalmente este poema tiene la desgracia de que ademas de hallarse incorrectísimo en el manuscrito de donde le copié, se me ha hecho todo fracmentos de puro rodar en mi trágica maleta en una peregrinacion patriótica que hice por la Serranía de Ronda, cuando no estaba en poder de infieles. He tenido, pues, que zurzir retales, dando tal vez alguna que otra puntada de mio. donde me ha faltado el original, ó la memoria; y perdiendo al cabo una buena parte de los versos de que constaba esta preciosa obrita, resulta mi labor cual se la presento al señor diccionarista, mi venerado dueño.

NOTA. Prevengo que no he señalado los zurzidos, por no desfigurar la impresion, y ofenderla vista del lector con contínuos puntos suspensivos y letra bastarda.


  1. El diccionarista define la humanidad en estos términos: «Amor a los malhechores, piedad con las prostitutas, etc.»
  2. Cuando los jesuitas solicitaron establecer casas en otros reinos, preguntandoles ¿si eran clérigos, si frailes ó que eran? respondian con su monita peculiar tales cuales.
  3. En el interrogatorio que se le hizo, confesó que lo que le decidió á quitar la vida al rey, fué haber sabido que S. M. iba á hacer la guerra al papa: «que haciendo la guerra al papa, se la hacia al mismo Dios porque el papa es Dios, y Dios es el papa.»
  4. ¡Ojo avisor, compatriotas! que aun hay entre nosotros mucho teocrata de esta mala ralea jesuítica.