La familia de León Roch : 1-04

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La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo IV
Siguen los panegíricos dando a conocer en cierto modo el carácter nacional

de Benito Pérez Galdós


Frente a la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos de corregir el oidium de su naturaleza, había una glorieta. Eran las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo D. Joaquín Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una silla, caballero en ella, y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus balanceos.

-¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar?

-Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma.

Después de decir esto León miró atentamente al suelo.

-Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el marqués -añadió Onésimo-. Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días en Arcachón. Las hijas del conde de la Reole le regalaron tres piezas de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de sus porcelanas. Las guardaba, las sacaba sesenta y dos veces al día. Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió a la habitación más alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se hicieron treinta mil pedazos.

Federico miró a León Roch, que sólo dijo:

-Sí, ya lo oí contar.

-Ayer tarde -prosiguió Onésimo-, cuando volvíamos de la gruta (que, entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos; al fin la distinguí junto a una piedra; me abalancé a cogerla, como era natural; pero, más ligera que yo, púsole el pie encima... y la aplastó, diciendo: «¿para qué sirve eso?». Además, cuentan que ha hecho un picadillo de encajes. ¿Pero no la vieron ustedes anoche en el salón? Yo juraría que está loca.

León no dijo nada, ni Cimarra tampoco.

-¿Saben ustedes -añadió el fanal de la administración- que va a estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores, pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la moneda, no le ha enseñado a distinguir un billete de mil pesetas de una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y pobre padre!... Si al menos fuera bonita; pero ni eso... Ya le dará disgustos a D. Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado a la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce ignorancia, sus aficiones a la vida reservada y doméstica, su horror al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna. Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que, si no se ataja, obligará a los gobiernos a dar una ley de novios y una ley de casamientos, estableciendo un presidio de solteros.

-¡Graciosísimo! -exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre el hombro de León-. Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá hablarnos este, que la conoce desde que ambos eran niños.

León dijo fríamente:

-Si la enfermedad y las rarezas de Pepa consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más rico.

-Sobre este tema -indicó el fénix burocrático-, sobre la colosal riqueza del señor marqués, la frase más característica la debemos al amigo Cimarra, que es el hombre de las frases.

-Yo no he dicho nada, nada, de D. Pedro Fúcar -replicó Federico con aspavientos de honradez.

-¡Lengua de escorpión! ¿No fue usted el que en casa de Aldearrubia... yo mismo lo oí... a propósito de la escandalosa fortuna de Fúcar, soltó esta frase: «Es preciso escribir un nuevo aforismo económico que diga: 'La bancarrota nacional es una fuente de riqueza'»?

-¡Eso se puede decir de tantos! -manifestó León.

-De muchos, de muchísimos -dijo Cimarra prontamente-. Como Fúcar ha labrado su rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público... ¿qué tal la figura?... pues digo que, habiendo centuplicado su fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único a quien se podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional...

El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió:

-Yo he oído hacer a usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de los millones del marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos; ya sé que ahora es usted muy amigo de su víctima de aquel a quien supo pintar, diciendo: «Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo líquido y con lo gaseoso, o lo que es lo mismo, con los adoquines, con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los presidiarios las llamaban píldoras reventonas del boticario Fúcar».

-Hablar por hablar -replicó Cimarra-. Sin embargo de esto, yo aprecio mucho al marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado algún alfilerazo al prójimo.

-Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste. Somos así los españoles. Desollamos vivo a un hombre, y en seguida le apretamos la mano. No critico a nadie; reconozco que todos somos lo mismo.

El marqués de Fúcar apareció en la glorieta.

-¿Y Pepa? -le preguntó León.

-Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza a la alegría con una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento a su madre... qué sé yo... no la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí, sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país. ¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas a primeras, y cuando nos hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir a Iturburúa. Y no hubo remedio... a Iturburúa, a Iturburúa, papá... ¿Qué había yo de hacer?... Al fin, ya me había acostumbrado a esta vida ramplona, y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí, aguas como estas no creo que las haya en todo el mundo... ¿Y a dónde vamos ahora? Ni hay para qué pensarlo, porque las genialidades y los arrebatos de mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano a más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae encima la fonda, y también el cielo se viene abajo, y le son muy antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga...

Mientras D. Pedro expresaba así, con desorden, su paterno afán, los tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de aquellas y otras no comprendidas rarezas que a la más bella porción del género humano afligen. El marqués tomó del brazo a Federico Cimarra, diciéndole:

-Querido, hágame usted el favor de entretener un rato a Pepa. Ahora está contenta, pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me dijo: «Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...». Bien comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está sola...

Adiós, señores; me llevo a este bergante, que hace más falta en otra parte que aquí.

Quedáronse solos D. Joaquín Onésimo y León Roch.

-¿Qué piensa usted de Pepa? -preguntó el primero.

-Que ha recibido una educación perversa.

-Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es cierto que se casa usted?

-Sí, señor... Llegó mi hora -dijo León sonriendo.

-¿Con María Sudre?...

-Con María Sudre.

-¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente, amigo, es más de lo que merece un hereje.

Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo.


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