La familia de León Roch : 3-06

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La familia de León Roch
Tercera Parte
Capítulo VI
El clérigo miente y el gallo canta

de Benito Pérez Galdós



Cuando María Egipcíaca vio que entraba en su cuarto el padre Paoletti lanzó un grito de alegría. Le miró con cariño, posó después los dulces ojos en León, expresándole su gratitud por aquella fineza matrimonial que rayaba en lo sublime, y alargó una mano a cada uno. Aquel movimiento tan natural en ella, y que no fue acompañado de ninguna observación, era la cifra de su vida, y aún podría ser la síntesis de este libro en lo que a ella, se refiere. Los dos le preguntaron a un tiempo que qué tal se encontraba, y con una sola respuesta satisfizo a entrambos:

-Me parece que estoy mucho mejor. Me siento con ánimo.

León le dio una palmada en el hombro, diciéndole:

-Ahora... yo me retiro.

-No, no, no -dijo con gran presteza el padre Paoletti, que se había sentado a la izquierda de la cama-. Doña María y yo no vamos a hablar de cosas de conciencia... El médico nos ha dicho que su estado no es ni bastante grave para acudir con premura a la salvación del alma, ni bastante lisonjero para poder platicar extensamente sobre temas espirituales que, por lo mismo que son dulcísimos y preciosísimos, fatigan la atención. Departiremos un poco los tres... sí señor, los tres... y a su debido tiempo, cuando esa cabeza esté más serena, mi ilustre hija espiritual y yo nos secretearemos un poco.

La sonrisa con que concluyó el discursillo comunicose a María, que la reprodujo como reproduce la mar el color del cielo.

Era Paoletti, como se ve, un hombre afable, meloso, de palabra sencilla y llena de atractivos, de apariencia modesta y seductora en una pieza, por la reunión feliz de una figura simpática y de la voz más clara, más argentina, más conmovedora que se ha oído jamás. Era su acento firme y dulce a un tiempo mismo, formado del misterioso himeneo de dos notas que parecen antitéticas: la precisión y la vaguedad. Los resabios del decir italiano, atenuados por el largo uso de nuestra lengua, daban a esta en su boca como un son quejumbroso que hacía resaltar más de los matices vivos y el enérgico juego de consonantes del idioma español. Conocedor de su destreza para instrumento tan primoroso, se esmeraba en manejarlo, corrigiendo los pequeños defectos y concordando la idea con la palabra y la palabra con la voz de un modo perfecto. El uso de superlativos melifluos hacía un poco empalagoso su estilo.

Mientras hablaba ponía también en ejercicio la luz singular, la expresión activa de sus ojos, cuyas múltiples maneras de mirar, que podrían llamarse fases, añadían y como redondeaban el lenguaje oral. De sus ojos podía decirse que eran la prolongación de la palabra, pues llegaba a donde no podía llegar la voz. Eran a esta lo que la música es a la poesía. Indudablemente, había algo de estudio en el extraordinario empleo de estas cualidades; pero la principal causa de ellas eran un don ingénito y la dilatada práctica de bucear en conciencias y de leer en rostros con esfuerzos de agudeza y persuasión, y el usar artificio de ojeadas y reclamos de inflexiones dulces para descubrir secretos.

-Según el parecer de ese sabio médico -dijo- nuestra dulcísima amiga se restablecerá pronto. Ha sido esto una crisis nerviosa que va pasando, y pronto volverá la calma primera. Estamos sujetos al traidor influjo de las bruscas impresiones morales que desatan tempestades en nuestra alma, sin que nuestra razón flaquísima lo pueda evitar. El demonio, siempre vigilante, la nefanda carne, rara vez sometida por entero, se amotinan y nos acometen, cogiéndonos de sorpresa. Aquí es el desvarío de los sentidos, que no abultan, sino que desfiguran las cosas; aquí el encenderse de la fantasía, que va a donde nunca debe ir, y todo lo ve de aquel color de sangre y fuego de que ella está vestida. El espíritu sucumbe aterrado por una apariencia vana, por una apariencia vana, mi querida amiga. Después viene el reposo, casi siempre después de un gran desorden físico, y se ven las cosas claras, se ve que no había motivo para tanto, que se hizo demasiado caso de la maledicencia, quizás de la calumnia; que se vieron muchos fantasmas, sí, muchos fantasmas... ¡Oh!, ya hablaremos de esto, mi querida amiga... Ahora procure usted reponerse pronto y llevar su alma a un estado suavísimo... Y me parece que está usted muy bien alojada en esta casita. Tuvo buena elección el señor esposo al tomar esta tranquila vivienda. A mí me gusta mucho Carabanchel... Doña María, cuando usted pueda levantarse, y su esposo la saque a usted a paseo, porque la sacará a paseo, ¿no es verdad?, verá usted qué trigos tan hermosos hay por estos campos... Luego esto es una bendición para las gallinas: no da uno un paso sin tropezar con una bandada de estos animales humildísimos. Y basta de sermón por hoy, señora mía. Empecé por el alma y acabo por las gallinas, ¿qué tal?

En este momento oyose cantar un gallo.

-Es el gallo de San Pedro -dijo Paoletti aparte a León.

Y volviendo rápidamente los ojos a su amiga, añadió:

-Empecé hablando del alma y concluí haciéndome cargo de las aves que hay en este pueblo. En otra ocasión empezaremos por el corral y acabaremos por el cielo... Con Dios.

-¿Pero se va usted? -dijo María con verdadera aflicción.

-Me pasearé por estos contornos, iré a comer y volveré luego.

-¡Oh!, no, de ninguna manera -manifestó León-. Comerá usted aquí.

-Gracias, gracias. Señora doña María -dijo Paoletti, inclinándose hacia la señora doña María con mundana cortesía y riendo con familiaridad-, su marido de usted es muy amable... No lo había visto desde aquellos días tristes en que subió al Cielo nuestro amadísimo Luis. He tenido mucho gusto en verle hoy.

María miraba a su marido vacilando entre la benignidad y el enojo.

-Sabe usted, mi buena amiga -añadió el clérigo-, que hoy he descubierto una cosa por las vías más extraordinarias y más inesperadas.

-¿Qué? -preguntó la dama con gran curiosidad.

-Ya hablaremos de eso... No quiero incomodar.

-Dígamelo usted -insistió María, con el tono mimoso que emplean los niños cuando piden una cosa que no les quieren dar.

-Pues he descubierto -prosiguió el italiano, bajando más la voz y fingiendo que no quería ser oído de León Roch-, pues he descubierto que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto le dijeron a usted... ya sé que fueron allá con mil cuentos la de San Salomó y doña Milagros... es un puro error, equivocación... Me consta, ¿lo oye usted?, me consta que no hay tales infidelidades...

En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo. Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro abismo a la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque más tarde debía venir la reflexión a aquilatar el valor de aquellas afirmaciones, por de pronto, las palabras del clérigo hicieron rápido efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar su gozo, miraba al Padre y al esposo y a ambos les estrechaba las manos.

-Sí, mi querida amiga -añadió Paoletti-, no hay motivo para pensar en tales infidelidades, y este hombre...

Volviose a oír el canto del gallo y el clérigo suspendió su frase cual si le faltara la voz. Recobrola al variar de asunto y dijo:

-Con que amiguita, a ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá le enseñaremos las estampas que hemos recibido ayer... Tenemos agua de Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos a nuestra doña María! ¡Ah!, se me olvidaba, ya nos comimos el chocolate... Se le dan gracias cordialísimas a nuestra protectora en nombre de todos los de la casa.

-Si no vale nada... ¡Por Dios!...

-Doña Perfecta se ha enojado con nosotros porque no quisimos admitir su donativo... Angelical señora es doña Perfecta, ¡qué alma tan pura! ¿Pues y la pobre doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta nos llamó déspotas porque hemos prohibido a la mujer del portero que le haga el café a ella y a las demás devotas madrugadoras que van a comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente, la portería parece algunos domingos un restaurant.

A esta sazón entró el médico, diciendo:

-Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir, como un maestro de escuela, con una caña en la mano, a mandar callar...

-Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta -indicó el confesor-, y me voy a dar una vuelta por ahí.

Llevando a León al hueco de la ventana, le dijo:

-¿Qué tal?

-Bien -replicó León que sinceramente había admirado la habilidad histriónica del Padre.

Oyose otra vez el canto del gallo.

-He negado a mi Dios, he faltado a la verdad -dijo Paoletti con sonrisa que parecía reprensión-. Si ese gallo sigue avisándome con su voz, que parece venir del Cielo, no tendré fuerzas para hacer traición a mi Maestro.

-Es caridad -le dijo León-. Los gallos no entienden de esto.

-Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad, me cree como al Evangelio.

León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él, como porrazo que se da en una herida, dolores añejos. El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad.

-¿Oye usted lo que afirma el facultativo? -dijo el confesor, hablando aparte con el marido-. Albricias, querido caballero, ya se puede asegurar que nos vive doña María.

Aquel dichoso plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica de los consuelos del padre en la desgraciada María; pero aquella familiaridad del clérigo con su esposa, aunque encerrada dentro de la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en extremo. Fue aquel un momento de los más tristes para su espíritu, porque vio cara a cara la fuerza abrumadora con que había querido luchar durante los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía y se avergonzaba. ¡Ay! Aquel divorcio moral de que repetidas veces habló, y que, según él, estaba ya consumado, no fue completo y radical hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba el respeto; pero ya aquellos tenues hilos parecían, si no rotos, tan tirantes, que pronto, muy pronto, debían romperse también.

Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó a su mujer y le dijo:

-El señor Paoletti y yo vamos a tomar alguna cosa... Rafaela te acompañará mientras volvemos.

-¡Oh! Sí... almorzad, almorzad... -replicó María alegremente y dulcificando su mirada-. Pero no tardes, quiero verte... quiero hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos a propósito, verás qué reprimendas, qué sobas te vamos a dar el Padre Paoletti y yo. Te veo ya acobardado y humillado... ¡Pobre hombre!... ¡desgraciado ateo! Pero no tardes, quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá aquí, junto a mi cama, para que duermas a mi lado... Así mi reposo será más tranquilo, y si sueño algún disparate, alargaré la mano, te tocaré y me dormiré tranquila.

-Bien; haré todo lo que deseas -dijo el esposo con la vacilación en la mente y el hielo en el corazón.

-¡Ah! -prosiguió María, reteniéndole por la manga-, dispón que me traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias.

-Rafaela irá esta tarde a Madrid y te traerá todo.

-¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo! -observó la enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos-. No hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos indique que somos cristianos... Pero ve a almorzar, ve a almorzar. El buen padre estará en ayunas... ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya, ¿entiendes?, lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate, hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás a apreciarme mejor.

Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió a cantar el gallo.



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