La familia de León Roch : 2-07

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La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo VII
Erunt duo in carne una

de Benito Pérez Galdós


Pasaron algunos días durante los cuales no fue a Suertebella sino una sola vez, a dejar la tarjeta de pésame. En aquella breve temporada vivía la mayor parte de las horas fuera de su casa, y dando completamente de mano a los estudios, no se ocupaba de sus libros más que para empaquetarlos en grandes baúles. Iba con frecuencia a círculos y reuniones, donde sus amigos le hallaban taciturno, insensible al interés de la charla, de la noticia, del comentario. Hablaba tan sólo de su viaje, sin decir a dónde; de una ausencia larga, y si otro tema a su boca venía, tratábalo con cruel sarcasmo y amargura, modos bien distintos de aquella su antigua manera serena y elevada, de ver las cosas de la vida, los hechos y las personas.

Una noche (empezaba ya el mes de Abril) entró en su casa después de las once. Abriole la puerta el ayuda de cámara.

-¿Por qué no me abrió la puerta Felipe como de costumbre? -preguntó León.

-Felipe ya no está en casa, señor.

-¿Pues dónde está?

-La señora lo ha despedido.

-¿Por qué? ¿Ha hecho alguna travesura?

-La señora se enfadó porque no quiso ir a confesar.

-¿Y tú has confesado?

-Yo sí, señor; todos los meses. La señora no se descuida en esto. Como no le traigamos la papeleta, nos planta en la calle. Para eso Ventura, el cochero, tiene un amigo sacristán, que le da todas las papeletas que quiera, y así contenta a la señora, y, haciéndole creer que va al confesonario, se va por ahí a correrla... Si no fuera por el señor, yo y mi mujer nos habríamos marchado ya de esta casa, donde hay tantas obligaciones y ni un momento de descanso. Eso de que esté un hombre trabajando toda la semana, y cuando llega el domingo por la tarde, en vez de dejarle salir a paseo, le manden a la doctrina... Mi mujer dice que no aguanta más... Pues digo, con el espantajo que la señora nos ha metido ahora en casa... Esta mañana cuando despidió a Felipillo dijo que al instante iba a dar a otro su plaza. Yo creí que colocaría a mi hermano Ramón. Pero no, la señora escribió una carta a los de San Prudencio, y un rato después vimos entrar uno como sacristán, gordo, colorado, sin barba, con faldones hasta el suelo, un sombrero chato y negro, una carilla de santurrón con malicia, y unos modaletes así como entre hombre y mujer. La señora dijo que yo pasaría a hacer el servicio que hacía Felipe; que el portero ocupará mi puesto, y que el Sr. Pomares, así se llama el recomendado de allá, será desde hoy portero, vigilante de los demás criados y mayordomo.

-Tú no sabes lo que te dices. ¿Desde cuándo necesito yo mayordomo en mi casa?

-Mayordomo. La señora lo dijo así mismo, y el de los faldones largos se reía y nos miraba con sus ojos de besugo como diciéndonos: «Ya os pondremos las peras a cuarto». Después nos echó un sermoncillo, y, poniendo cara de arrope pasado y cruzándose las manos sobre el pecho, nos llamó hermanos, nos dijo que nos quería mucho.

-¿Está en el oratorio la señora? -preguntó León levantándose.

-Creo que está en su cuarto.

León entró en el cuarto de su mujer y la halló conversando con Doña Perfecta, amiga de confianza que solía acompañarla por las noches. Sobrecogiose esta venerable dueña al ver entrar al marido de su amiga, sin duda porque con su delicado instinto comprendió que se preparaba una escena y se despidió.

Cuando se quedaron solos, el marido habló a su mujer, sin enojo ni altanería, en estos términos:

-María, ¿es cierto que has despedido al pobre Felipe?

-Es cierto.

-Antes de echarle de casa, debiste considerar que he tornado cariño a ese muchacho por su aplicación, su deseo de instruirse y el fondo de bondad que se le descubre en medio de sus puerilidades y travesuras. Le traje de casa de tu madre porque siempre que venía aquí se quedaba extasiado delante de mis libros.

-A pesar de esas bellas cualidades, me he visto obligada a despedirle -dijo María secamente.

-Pues qué, ¿te ha faltado al respeto?

-De un modo horrible. Hace mucho tiempo que le obligo a confesar. Hoy le reprendía por no haberlo hecho el domingo pasado ni tampoco este, y el muy tuno en vez de llorar volviose a mí y me dijo con mucho descaro: «Señora, déjeme usted en paz; yo no quiero nada con cuervos».

-¡Pobre Felipe! En cambio -añadió León sin dejar conocer su intento-, ha entrado en la casa un señor muy venerable...

-¡Ah! Sí... el señor Pomares. Estaba esperando a que llegaras esta noche para obtener tu consentimiento. Es un hombre de grandísima bondad y delicadeza, que de todo entiende...

-Lo creo.

-Que puede él solo trabajar más que dos o tres de esos desalmados bergantes. Es persona de absoluta confianza, y a quien puede confiarse sin recelo casa, intereses, asuntos delicados.

-Quiero verle. Llámale.

María llamó y no pasaron cinco minutos sin que se presentase el personaje de los ojos dulzones y la carátula arrebolada, tal y como fielmente le pintara el ayuda de cámara. Contemplole un rato León de pies a cabeza, y después le dijo reposadamente:

-Bien, señor Pomares. Voy a dar a usted mis primeras órdenes.

-¿Qué me manda el señor? -dijo el novel mayordomo con meliflua voz y arqueando las cejas.

-Que se plante inmediatamente en la calle.

-¡León! -exclamó María, leyendo el enojo en las facciones de su marido.

-¿Me ha oído usted? Tome usted su baúl, y sin pérdida de tiempo se va usted de mi casa.

-La señora me ha mandado venir y estar aquí -repuso el venerable con acentuación algo firme, sintiéndose muy fuerte con el amparo de la señora.

-Yo soy el amo de mi casa y le mando a usted que se vaya -dijo León en un tono que no tenía réplica-. Advirtiéndole a usted que si vuelve a poner los pies aquí y le veo yo, no saldrá usted por la puerta, sino por la ventana.

El hombre enfaldonado hizo una profunda reverencia y desapareció.

-¡Dios mío! -murmuró María cruzando las manos-. ¡Qué vergüenza! Tratar así a un hombre tan bueno, tan humilde, tan respetable...

-Desde este momento -dijo León, encarándose enérgicamente con su mujer- todo ha cambiado en esta casa. Ha llegado el caso de que me es absolutamente preciso intervenir en tus actos, arrancarte de grado o por fuerza, de esta vida ridícula y oscura en que has caído, y curarte como se cura a los locos, ausentándote de todo lo que ha constituido tu locura. Mi benignidad nos ha perjudicado a los dos; ahora mi energía, que llegará quizás hasta el despotismo (y no es culpa mía), enderezará un poco esta senda torcida por donde corres.

-Resignada a padecer -dijo María con unción postiza y mimosa que había aprendido-, acepto el cáliz que me ofreces. ¿Cuál es? ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres matarme? ¿Quieres una crueldad mayor aún, que es apartarme de los hábitos de piedad que he contraído? ¿Quieres aún arrancarme mi fe?

-Yo no quiero arrancar tu fe; otras cosas son las que yo quiero arrancar ¡ay de mí!...

Se detuvo, como si realmente no supiese lo que quería. La verdad era que María estaba serena y hacía bien su papel de víctima, mientras que León parecía desasosegado y vacilante en su papel de verdugo.

-Esta noche no quiero discutir contigo -dijo-. Durante mucho tiempo hemos batallado, sin conseguir nada. Ahora me ocurre que un poco de acción es conveniente para salir de este horrible estado. Perdóname si no te explico nada y te asusto mucho, si en vez de persuadir mando; si en vez de disputar contigo te niego toda réplica.

-¿Qué quieres? Dilo de una vez.

-Yo necesito ausentarme de Madrid.

-¿Por qué motivo? ¿Te has cansado de teatros, de toros, de casinos, de tertulias ateas? ¡Ah! Si deseas salir de aquí, no será para ir a un yermo, sino a París, a Londres, a Alemania.

-Tú me has abandonado exclamó León con dolor-, tú has huido de mí, arrojándome a las frivolidades de la vida, y encastillada en tu perfección chabacana, has destruido lo que debía ser el encanto y la paz de mi vida, me has hecho odiosa mi propia casa.

María se estremeció.

-Pues bien -añadió León con extraordinaria energía-, ya me he cansado de no tener casa, y estoy resuelto a tenerla.

-Pues ¿no estás en ella? Por mi parte, aquí estoy siempre -dijo María, tan glacial como si por su boca la misma nieve hablase.

-¡Aquí estás! Sí; ¿y quién eres tú? Un ser desapacible y erizado de púas. De aquí en adelante...

-Tú eres el que mandas, y estás más agitado que yo. Mi resignación me da serenidad y a ti tu soberbia de tirano te hace vacilar y palidecer a cada instante. En una palabra, León, ¿qué quieres?

-Yo me voy de Madrid. Esto es para mí una necesidad imprescindible.

-¿Qué te pasa?

-Que no quiero, no debo seguir aquí. Carezco de todo arrimo y calor en mi propia casa; estoy sin familia, porque la compañera de mi vida, en vez de encadenarme con la piedad y el amor, se ha envuelto en un sudario helado. Ella, en los delirios de su fe extravagante, y yo, en la triste soledad de mis dudas, no formamos, no podemos formar una pareja honrada y feliz. Otro vegetaría en esta existencia árida; yo no puedo. Mi espíritu no se satisface con el estudio; pero no teniendo otro alimento que el estudio, preciso es que se harte de él.

-¿Por qué no estudias aquí?

-¿Aquí? -exclamó León, asombrado de la propuesta-. Aquí no puede ser. Ya te he dicho que necesito emigrar.

-No te comprendo.

-Lo creo, sí; fácil es que no me comprendas... ¡Y quién me comprenderá, quién!

Lanzando un gemido de desesperación, se oprimió con ambas manos la cabeza. María, respetando el incomprensible dolor de su esposo, no se atrevió a hacer las observaciones impertinentes que le eran propias en semejantes casos. Por último le dijo, repitiendo una idea anterior:

-Aquí puedes estudiar todo lo que quieras. Vivamos juntos. Ni tú me molestarás a mí en mis devociones, ni yo a ti en tus sabidurías. Seremos dos cenobitas, yo cenobita de la fe, tú cenobita del ateísmo.

-¡Deliciosa vida me propones!... Yo no quiero claustro, sino familia, no me inclino al desprecio de la vida, sino al uso prudente, recto y juicioso de ella; no quiero una existencia de imaginación acalenturada, sino la existencia real, única donde caben los verdaderos méritos humanos, los deberes bien cumplidos, el régimen de la conciencia, la paz y el honor. Yo quiero lo que quise fundar cuando me casé contigo, ¿lo entiendes?

-Lo entiendo, sí; lo que no entiendo es que para que tú tengas familia te sea preciso salir de Madrid.

Y salir contigo.

-¡Conmigo!

-Tu deber es seguirme.

-¡San Antonio!, si apelas a mi deber... -dijo María con resignación artificiosa-. ¿Y adónde me llevas?

-A donde tú quieras. Una vez establecidos en el sitio que elijamos para residencia, tu vida cambiará por completo.

-Veamos cómo.

-Estableceré un método que se cumplirá con escrupuloso rigor. Te prohibiré ir a la iglesia en días de trabajo; en mi casa no entrará una nube de clérigos y santurrones como los que hasta aquí la han tomado por asalto; haré un expurgo en tus libros, separando de los que contienen verdadera piedad los que son un fárrago de insulseces y de farsas ridículas.

-Sigue, hombre, sigue... ¿y qué más?... -dijo María Egipcíaca con sarcasmo.

-Sólo una cosa me resta que decir, y es que optes entre este plan y la separación absoluta y radical para toda la vida.

María se puso pálida.

-Eres atroz... eres terrible... Déjame siquiera reflexionar un poco... ¿Y todo eso se ha de hacer fuera de Madrid?

-Sí; fuera. Elige tú el sitio.

-Vamos; no me vuelvas loca con tus majaderías -dijo de improviso, tomando la cosa a burla-. Yo no salgo de Madrid.

-Pues adiós -dijo León levantándose-. Desde hoy eres dueña de esta casa. Queda establecida nuestra separación, no por la ley, sino por mí. Mañana se te presentará mi apoderado y te dará a conocer la renta que te señalo. Adiós. En estos asuntos me gustan la concisión y la prontitud. Todo ha concluido.

Dio algunos pasos hacia la puerta.

-Aguarda -dijo María corriendo hacia él.

Y después, arrepintiéndose de aquel movimiento, cruzó las manos y elevó los verdes ojos traicioneros.

-Señor... Virgen Santa, hermano mío, inspiradme; decidme lo que debo hacer...

León esperaba. Ambos se miraron sin decir nada. Como si obedeciera a una inspiración él se acercó a ella y le tomó la mano con respetuoso afecto diciéndole:

-María, ¿es posible que yo no represente nada en tu memoria, en tu espíritu, en tu corazón? Mi nombre, mi persona, ¿no te dicen nada? ¿No soy capaz de despertar en ti ni siquiera una idea, ni siquiera un eco? ¿El fanatismo religioso ha matado en ti hasta el último y más débil sentimiento? ¿Ha secado hasta la compasión y la caridad? ¿Ha apagado hasta la idea de la conveniencia, del deber?

María se tapaba los ojos con la mano, como el que se goza en una visión interior.

-Respóndeme a la última pregunta. ¿Ya no me amas?

María descubrió sus ojos ligeramente enrojecidos, pero secos, y, dejando caer sobre su esposo una mirada fría, desapasionada, como limosna que se arroja para librarse de un pobre importuno, le dijo con despacioso y seco tono:

-Desgraciado ateo, mi Dios me manda contestarte que no.

León bajó los ojos sin decir nada y se retiró a su cuarto. Toda la noche estuvo en vela, arreglando sus asuntos y empaquetando sus libros, su ropa, sus papeles. Al día siguiente salió, después de echar sobre la casa la postrera mirada, no por cierto de indiferencia, sino de congoja. Su casa no era para él un simple asilo que le echaba de sí: era la esperanza desvaneciéndose, el ideal de la vida desplomándose como catedral desquiciada por el terremoto. Una fibra existía aún en su corazón, uniéndole con aquellos queridos escombros; pero despiadado consigo mismo se la arrancó y la tiró lejos.


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