Ecos de las montañas: 14

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Capítulo V de Castillo de Waifro
de Ecos de las montañas
 de José Zorrilla


III[editar]


Dulces afanes del amor primero,
vírgenes y sabrosas sensaciones
que, al invadir el corazón sincero
de una doncella casta, de ilusiones
santas henchís su corazón entero,
¿cómo entráis en su alma? ¿Cómo de ella
señores os hacéis, y desde el punto
en que el alma asaltáis de una doncella,
toda su vida entera es un conjunto
de esperanzas, recuerdos y temores,
que del primer amor la imagen bella
doquier la muestran entre luz y flores?
Por dondequiera que sus ojos vuelva
con el vago poder del pensamiento,
en la sombra, en la luz, como elemento
único de su ser, la trae el viento
con el rumor del mar o de la selva,
la bella imagen, el sonoro nombre,
la fe leal del corazón de un hombre.
Su ansioso corazón, su oído atento,
su mirada voraz, tan solamente
con afán delirante
en cuanto abarca en el azul ambiente
su enamorado pensamiento errante,
la faz contempla de su amor ausente,
las frases oye de su voz amante
y el son lejano de sus pasos siente.
¿Por qué impregnan de amor el mundo entero
las sensaciones del amor primero?
Dios lo sabe no más, que el amor hizo
para el alma del hombre, y que absoluto
le da para él inexplicable hechizo,
deleite espiritual que niega al bruto.
Porque el amor del corazón humano,
chispa encendida en el amor divino,
no es el instinto irracional, villano,
ciego, torpe, brutal, loco y sin tino
que a un placer material sólo conduce,
instinto que las razas reproduce.
Dios inspira otro amor al alma humana:
germen de mutua fe, que en dos encierra
para que encuentren dos un alma hermana
que acompañe su viaje por la tierra,
dejan de la existencia en el camino
con sus besos de amor alimentados
y en la agua de sus lágrimas bañados,
hijos de su alma, que en su ser divino
el germen puro de su amor reciben
y en la que fueron engendrados viven.
Por eso es siempre nuestro amor primero
casto, infantil, poético y sincero.

La sociedad hipócrita, mundana,
es quien de esta pasión santa y serena
el germen vicia y el altar profana
y del amor los frutos envenena.
Siempre el primer amor, rosa temprana
de fe y aroma de inocencia llena,
marchita a poco de nacer se inclina
y en el alma no más deja una espina.

Nunca primer amor fué bien logrado
para esas nobles almas, cuya esencia
es ese amor por Dios inoculado
en el germen vital de su existencia.
Los que ese único amor sólo conciben,
los que para ese amor único viven
en la tierra, al sentir su flor marchita,
vuelven de esa pasión la fe infinita
a Dios, de cuyas manos la reciben:
siempre es fin de este amor, de fe misterio,
la desesperación o el monasterio.

Genoveva, en su espíritu sentía
brotar ese amor único, exclusivo:
cuadro de flores, luz y poesía
de irresistible y mágico atractivo;
panorama de flores sin abrojos
puesto por vez primera ante sus ojos.
En ese estado plácido, halagüeño
en que entregada el ánima tranquila
de la vigilia a la merced y el sueño,
suspensa en brazos de los dos oscila,
veía al conde por él, sola figura
animada del cuadro, atravesando
su fantástico edén, de una ventura
imaginaria un porvenir labrado:
y risueña, gentil, aérea, errante,
cambiada, por la atmósfera flotando,
de forma y de lugar a cada instante.

A través de los párpados cerrados
de la amante doncella las pupilas,
de sus futuros días enlazados
sólo con horas de placer tranquilas,
veía al conde por el campo ameno
adelantarse rápido y sereno,
como maná de bendición vertiéndolas
por la tierra feliz de sus Estados,
que en los deleites de la paz perdiéndolas
convertíanse en huertos encantados
en cuyos frescos árboles floridos
colgaban, columpiándose, sus nidos
colibrís, cardenales y oropéndolas.
Y la imagen del conde vagarosa,
mil veces por doquier reproducida,
iba con hebras tenues de oro y rosa
tejiendo el hilo de su doble vida;
porque ella iba tras él entre las flores
en la sonora vibración mecida
del dulce son de un cántico de amores
que el conde, reclamándola, entonaba
y un ángel con un arpa acompañaba.
Y de delirio tal en el empeño,
y con el sueño y la vigilia en lucha,
cediendo un punto a la vigilia el sueño,
los sentidos cobrando, cree que escucha
de lejano cantar son halagüeño;
y según de su ser va siendo dueña,
convenciéndose va de que no sueña.
Salta del lecho, el pabellón descorre
que la ventana gótica tapiza,
y al divisar desde su enhiesta torre
la torre fronteriza
donde su huésped mora,
siente venir desde ella a su aposento
el son de su arpa y de su voz sonora,
que la trae una ráfaga incolora,
suave suspiro del dormido viento.
Aura que aroma y que refresca el lago,
y que a la par que de su faz orea
la fina piel con cariñoso halago
y en sus revueltos rizos juguetea,
a sus oídos la canción conduce,
y el corazón amante la recrea,
y el veneno en el alma la introduce
de ese primer amor jamás dichoso:
poética pasión, de fe misterio,
a la que sólo dan paz y reposo
en la tierra el panteón o el monasterio.
De ese primer amor la savia nueva
que dentro de su ser circular siente,
deja que se introduzca Genoveva
y que en su amante corazón fermente.
No ve que se le brinda, como a Eva
el pecado primero, una serpiente;
que amor cuando en el alma se introduce
locura en ella y ceguedad produce.

¡Raza infeliz de Waifro, que se olvida
de que Dios de sus madres en el seno
a sus hijos maldice, y que su vida
con su leche al nutrir les dan veneno,
y que su odio y su amor deben lo mismo
abrir bajo sus pasos un abismo!
¡Raza infeliz de Waifro! Genoveva,
la última flor que das en tus montañas,
el fatalismo de tu sino lleva
con su primer amor en sus entrañas.

Aquella noche por la vez primera
de la dama turbaron el reposo,
pasando en larga y silenciosa hilera
y en giro interminable y vagaroso
por su imaginación, las mil visiones,
quimeras, esperanzas e ilusiones
con que de una pasión el primer día
llena el alma dejándola vacía:
que al hacerse el amor del alma dueño
engendra la inquietud, ahuyenta el sueño.
Las palabras del cántico amoroso,
a las cuales hizo eco la bravía
y única nota del salvaje acento
que introdujo en su cámara sombría
desgarrada una ráfaga de viento,
exaltaron después su fantasía
con el vago temor de algún evento
a cuya indagación en horas tales
su decoro entregarse la impedía.
Así fué que leyendo y releyendo
y volviendo a leer las desiguales
páginas, y en su afán las hojas sueltas
de aquel poema de su amor uniendo
y rompiendo una y cien, mil y mil veces,
con su amor en su lecho anduvo a vueltas
y olvidó acaso sus nocturnas preces:
cuando en un corazón amor se anida,
de sí mismo y de Dios por él se olvida.

Febril, inquieta, insomne y anhelosa,
y sin darse razón de la impaciencia
que así la agita el pecho,
pálida, fatigada y ojerosa,
con estrellas aún saltó del lecho.
Despertó a su nodriza
que duerme en una cámara inmediata;
y como muchachuela antojadiza
que de su humor excéntrico desata
el raudal, y con hechos y con dichos
muestra que obra, víctima insensata,
a impulso y a merced de sus caprichos,
mandó por primer vez con aspereza
enjaezar su yegua aún fatigada,
desvelar a sus pajes aún dormidos;
se quejó de la inercia y la pereza
de los de quien, por ella preferidos,
debería de ser más contemplada,
extrañando que duerman todavía:
aunque, por más que esté muy avanzada
la noche y por la luna iluminada,
aún está lejos y a clarear no empieza
la ansiada luz del venidero día.

Por la primera vez de su existencia
tal vez, mientras a solas se vestía
dió señales de insólita impaciencia,
casi sintiendo impulsos de coraje
mientras, equivocadas, se vestía
las conocidas prendas de su traje.
Acciones y propósitos extraños,
que la nodriza ve y oye espantada
también por vez primera en tantos años;
el intéprete a ser mustia y callada
partió, sin darse cuenta del misterio
de esta acritud y desusado imperio.

Genoveva salió tras de su huella
y a aguardar en el patio fué impaciente
su yegua enjaezada: montó en ella,
y sola y en silencio cruzó el puente;
mientras su servidumbre soñolienta
buscaba al conde y al sombrío viejo,
de tal salida para darles cuenta
y demandarles orden y consejo.
Mas el viejo y el conde habían partido,
con sus perros aquél, y acompañado
éste del escudero, que a un silbido
suyo se apareció como evocado.


Ecos de las montañas de José Zorrilla


Introducción
El castillo de Waifro
Capítulo Primero (I - II - III - IV - V), Capítulo II, Capítulo III (I - II - III), Capítulo IV, Capítulo V (I - II - III - IV - V - VI - VII), Capítulo VI (A - I - II - III - IV - V), Capítulo VII (I - II - III - IV - V - VI), Capítulo VIII (I - II - III - IV - V), Epílogo (I - II - III - IV - V - VI - VII)
Los encantos de Merlín: I - II