Ir al contenido

Ecos de las montañas: 29

De Wikisource, la biblioteca libre.
Capítulo VII de El castillo de Waifro
de Ecos de las montañas

de José Zorrilla

Era una noche límpida, esplendente:
la luna en el cenit resplandecía
con esa luz tranquila y transparente
que avergüenza a la luz del sol del día.
Era una de esas noches en que, llena
de religiosa paz y poesía,
ciñe el globo la atmósfera serena,
cual pabellón azul por Dios tendido
sobre el orbe a sus pies mudo y dormido.
Y de esta noche azul en alta hora,
de su silencio y calma en el misterio,
duerme Judith y Genoveva llora
en aquel bizantino monasterio
do el gozo al par de la tristeza mora,
y que lo que hay de más feliz encierra
y de más infeliz sobre la tierra.

Judith, astuta, audaz, calculadora,
ha recibido a Luis, su anciano esposo,
como esposa ofendida que le adora,
que no tiene sin él paz ni reposo,
y que en su solo amor cifra su vida,
y que todo recuerdo doloroso
perdona por su amor, borra y olvida.

Luis, viejo, enamorado, sacudido
el yugo de ignominia a que hace poco
que la postrada rebelión le ha uncido,
vuelve ansioso de amor y de amor loco,
de la pasión en alas que le ciega,
a buscar en los brazos de su esposa
lo que la humana ingratitud le niega,
lo que del mundo en la extensión no halla:
un minuto de paz, sólo un segundo
que el mundo no le dió porque fué el mundo
desesperado campo de batalla
do luchó sin cesar desde la cuna
con el vaivén de su falaz fortuna.
Judith, vendida y de venganza ansiosa
y de un triunfo final con esperanza,
en el extremo amor que a Luis acosa
cifra su porvenir y su venganza.
Luis, bondadoso y crédulo, vencido
por la sagaz Emperatriz, ha dado
de su esposa las culpas al olvido
desde que sus disculpas ha escuchado:
y en ellas con pesar de haber creído,
está pronto a otorgar cuanto le pida,
aunque otra vez arriesgue trono y vida
con ella por vivir como marido.

Aquella tarde a Luis en el convento,
con pompa soberana,
dió la comunidad alojamiento,
y su viaje seguir debe mañana.
Judith le ha recibido en su aposento
con humos de ofendida y de sultana:
y él, de su voz ante el primer acento,
ha postrado a sus pies su frente cana.
Al descubrir su huéspeda quién era,
la mujeril comunidad confía
en que va a dar al mundo la alegría,
la paz y la fortuna venidera,
la reconciliación inesperada
de la imperial pareja, en aquel día
y en su santa mansión verificada.

Mas, ¡oh monjil sinceridad, que ignora
que no hay dicha sin duelo en este mundo,
que no hay en nuestros días una hora,
que no hay en nuestras horas un segundo
en que no sea el bien en mal fecundo,
ni la dicha de pena engendradora!
¡Oh mujeril insensatez, que olvida
que quien ríe donde hay, siempre hay quien llora
en el gran carnaval de nuestra vida!
Genoveva y Ayzón han presenciado
del engañado Emperador la entrada
en el patio, a través del enrejado
cada cual de su celda retirada.
El riesgo extremo que su vida corre
si los sagaces ojos de un espía
alcanzan en la reja de una torre
a ver al que a Judith acusó un día,
sabía bien Ayzón; pero vencido
por su ambición voraz y la belleza
sin par de Genoveva, da al olvido
que arriesga al asomarla su cabeza.
Ayzón, desde su gótica ventana,
ve la reja frontera, a que se asoma
a ver entrar a Luis la castellana
cuando en el claustro alojamiento toma.

Genoveva de extraños pensamientos
siente un balumbo descarriar su mente,
y latir con extraños movimientos
su corazón desnivelado siente.
Fantástico pavor, presentimientos
fatídicos sin causa, desvaríos
inexplicables la distraen, la acosan,
del corazón los naturales bríos
la quitan; y se cambian poco a poco
sus recuerdos, sus gustos, sus instintos
que en giro nuevo e incesante y loco
a su amoroso espíritu tormento
dan, y hierven en su alma, y no reposan…
cual las miriadas de átomos que el viento
de una tormenta precursor levanta,
que floran siempre y que jamás se posan
en árbol, piedra, flor, césped ni planta,
arrastrados sin rumbo y sin camino
en los giros son fin del torbellino.

A través de este vértigo creciente
y en poder de este afán desconocido
que, por su corazón jamás sentido,
la lucidez anubla de su mente,
del viejo Emperador vió la llegada
Genoveva, impasible y silenciosa,
de su celda a las rejas asomada,
como de aquel marasmo que la acosa
por el frío febril paralizada.

Y era en aquella hora en que esplendente
la luna en el cenit resplandecía
con esa luz tranquila y transparente
que rebosa misterio y poesía.
Todo en sueño profundo o inocente
en el convento al parecer yacía:
ni un pájaro nocturno suspiraba,
ni una brisa en los claustros murmuraba.

En uno de los cuatro que rodean
un gran patio corinto-bizantino,
cuyas columnas cuádruples platean
con resplandor sereno y argentino
los rayos de la luna, y do campean
árboles enramados, del vecino
aposento imperial a la desierta
galería interior se abre la puerta.

Por ella, solo, apareció a deshora
el viejo Emperador, que en su aposento
dormida deja a la que tanto adora.
Embriagado de amor, libre y contento,
el placer infinito que atesora
en ella sale a derramar al viento
y a echar en él el hálito sobrante
en que se ahoga el corazón amante.

Un viejo con amor se vuelve niño,
y su amor infantil le espanta el sueño,
y hace gala infantil de su cariño,
y no tiene otro afán ni más empeño
que ostentar sin disfraz, velo ni aliño,
el exaltado amor de su alma dueño;
y le cuenta su amor a cuanto encierra
en su ámbito vital la madre tierra.

Y de este amor de viejo en la expansiva
necesidad, el Pío Ludovico
sale aire a dar a la erupción activa
del volcán de su amor en fuego rico;
y adelantando por los claustros iba,
cuando de luz en el rasgado pico
que en las baldosas traza como alfombra
rota la luna, vió algo que le asombra

blanco bulto sin voz ni movimiento,
del cual no puede aún ver el contorno,
divisa en el marmóreo pavimento
en un cerco de luz que le orla en torno.
Llegando a él Ludovico a paso lento,
vió que era una mujer; mas en su adorno
y su traje no ve de hábito prenda
por que su estado monacal comprenda.

Contra el mármol la faz, hacia adelante
por instinto la diestra al caer tendida,
la mata de cabellos abundante
por la espalda y los hombros esparcida,
Luis de aquella mujer no ve el semblante,
ni en su imovilidad señal de vida;
mas el perfume que su cuerpo exhala
por hembra principal se la señala.

Asióle Luis en brazos, levantóla,
y en el pretil de arbustos sombreado,
en el muro apoyándola, sentóla;
del tacto a la impresión, como crispado
su cuerpo casto, enderezóse sola;
y al hombre que su cuerpo había tocado,
trémula y mal cobrados los sentidos,
rechazó con los brazos extendidos.

Miró al Emperador por un momento
con muda indecisión y vista vaga;
en tanto que él la contemplaba atento
aguardando lo que hable o lo que haga.
En lid con su perdido pensamiento
ella afanosa al parecer indaga
por lo que en torno ve lo sucedido,
pues su idea perdió con el sentido.

De repente la luz a su mirada
y el color a su faz tornaron vivos,
y a su forma, poco ha de acción privada,
su voluntad de impulsos decisivos;
y a Luis aproximándose encarada,
con gesto, frase y voz conminativos
dijo, como quien vuelve de su mente
a entrar en posesión completamente:

«Oye: te iba a buscar y me he extraviado,
te iba a hablar y las frases he perdido.
Venciste, al fín, por el poder del hado;
mi corona a tus pies se me ha caído.
A mi raza la tuya ha exterminado,
mas mi madre al morir te ha maldecido.
Toma…, yo moriré cuando eso leas:
mas te emplazo ante Dios… ¡Maldito seas!»

Tendió al absorto Luis un pergamino,
y la espalda volviéndole, con paso
mesurado e igual tomó el camino
del interior del monasterio. Escaso
de luz el hondo tránsito vecino,
por él, medroso Luis, la miró acaso
a paso lento cual visión hundirse
y en la vacía lobreguez sumirse.

Repentino pavor, supersticiosa
duda asaltaron su ánimo apocado
por la fortuna adversa que le acosa
en su postrera edad; amedrentado
en su gozo infantil por la que no osa
creer visión ni mujer, amilanado
e inmóvil, le conturba y da tormento
su extraña maldición y emplazamiento

Su pergamino entre los dedos siente
y sus frases fatídicas les suenan
en el oído, y de pavor creciente
el angustiado corazón le llenan.
De la luna a la luz insuficiente
sus ojos, que de lágrimas se llenan,
contemplan con asombro progresivo
el escrito fatal conminativo.

Hubo un instante en que a su honor atento
quiso de la mujer seguir el paso;
mas clavados los pies al pavimento
sintió y al corazón de brío escaso.
Presuroso otra vez a su aposento
se acogió al fin; y perturbado acaso
de su miedo febril por el impulso,
la llave con afán buscó convulso.

Entró, y tras sí con rapidez la puerta
cerrando, de la lámpara que ardía
dentro de un nicho con la luz incierta
comenzó a descifrar lo que decía
el escrito; Judith, que estaba alerta,
al notar el afán con que leía,
dejó el lecho, y de Luis por sobre el hombro
investigó la causa de su asombro.

Los ojos al fijar en su lectura,
del escrito el origen comprendiendo,
con materna y solícita dulzura
el pergamino a Luis quitó, diciendo:
–«¿Quién os dió eso? –Un fantasma. –¡Qué locura!
Yo sé quién es y su intención comprendo:
volved, señor, al lecho: el frío os pasma:
venid, yo os libraré de esa fantasma.»


Mientras Judith narraba y Luis oía,
e interpolando frase de cariño
ella en su narración, desvanecía
de él en el alma su temor de niño,
de claustro en claustro la visión seguía
marchando en las tinieblas, del convento
sin que la paz turbara ni el reposo
de sus desnudos pies el paso lento
ni el son de su ropaje vaporoso.

De un caracol al fuste asegurado
con ambas manos, el oído atento
tendía Ayzón al paso mesurado
de la mujer a quien sin duda espía
y cuyas huellas resonar sentía
en la espiral del caracol combado;
y al asomar por el angosto trecho
que franquea su lóbrega abertura
y donde vela Ayzón puesto en acecho,
casi se hallaron en la sombra oscura
el fantasma y Ayzón pecho con pecho.

De la presencia de él apercibida
la mujer, deteniéndose un instante
del caracol oscuro a la salida,
dijo: –«¿Quién va? –Yo: Ayzón. –Pues id delante,
y disponed al punto la partida.
–Vamos cuando gustéis. –¿Todo está listo?
–Aguardan en su puesto
la gente y los caballos. ¿Habéis visto
vos al Emperador? –Sí; pero pronto
partamos: voy a hacerme con un traje
mejor. –Y yo a aguardaros a la puerta
del jardín. –Esperad a que yo baje
al pie del caracol: mi planta incierta
no sabré yo guiar; no sé qué siento.
Yo creo que he perdido
en esos claustros… –¿Qué? –Mi pensamiento
que estaba a mi cerebro mal prendido.»

Dijo, y siguió la dama a su aposento,
permaneciendo Ayzón por un momento
sin comprender lo que decir la ha oído.



Introducción
El castillo de Waifro
Capítulo Primero (I - II - III - IV - V), Capítulo II, Capítulo III (I - II - III), Capítulo IV, Capítulo V (I - II - III - IV - V - VI - VII), Capítulo VI (A - I - II - III - IV - V), Capítulo VII (I - II - III - IV - V - VI), Capítulo VIII (I - II - III - IV - V), Epílogo (I - II - III - IV - V - VI - VII)
Los encantos de Merlín: I - II