Ecos de las montañas: 44

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Los encantos de Merlín (cuento)
de Ecos de las montañas
 de José Zorrilla


II[editar]

Estamos en Bretaña: es esa selva
que alcanzamos a ver la Brocelianda;
a ella marcha Merlín, sin que se vuelva
jamás a la mujer que tras él anda.

Él anda, como un viejo sabio y grave,
a paso lento, igual y majestuoso;
ella como el antílope y el ave
que no gustan tomar pie ni reposo.

Él marcha como el genio: va buscando
lejos del mundo soledad completa
donde no venga a interrumpir aullando
el mundo ruin ni al bardo ni al profeta.

Ella marcha tras él como la luna
detrás del sol: impávida, tranquila:
como el cisne que nada en la laguna
sobre un agua dormida que no oscila.

En su traje talar marcha él envuelto,
de laurel siempre verde coronado,
y sin báculo ya: que ágil y esbelto
al avistar la selva le ha arrojado.

Merlín no tiene edad: marcha derecho;
es de casi inmortal naturaleza;
sobra vigor en su robusto pecho
y eterna lucidez en su cabeza.

Él es Merlín: le conocemos todos;
hemos visto de niños en mil partes
su retrato: mil libros de mil modos
nos han dado razón de él y sus artes.

Él… es Merlín, y basta. ¿Quién es ella?
Ella es una mujer con quien ninguna
tiene comparación, porque es más bella
que, al levantarse tras el mar, la luna.

Ella es bella sin par: es un encanto
que respira: un prodigio que camina:
mujer distinta de las otras tanto,
que no agrada ni atrae, sino fascina.

Su cabeza es un faro, que en su cuello
gira con gentileza soberana;
cae de ella su riquísimo cabello
como raudal que del peñasco mana.

Sus ojos radian luz: su frente pura
refleja la del sol como un espejo:
y dan no sé qué brío a su hermosura
imperceptibles bozo y entrecejo.

Su boca exhala olor a gruta fresca
donde se guarda fruta en el verano,
y su móvil sonrisa picaresca
da a su faz un hechizo soberano.

Su bello cuerpo de marfil va oculto
bajo talar, sutil y amplio ropaje;
mas de sus formas el correcto bulto
se dibuja gentil bajo su traje.

Sus dos brazos, flexibles como palmas,
rematan en dos ramos de jazmines:
Dios hizo a esta mujer por altos fines
verdugo de hombres y ladrona de almas.

Cuajó su piel con hojas de azucenas,
sus labios hizo con claveles rojos,
del sol con rayos sus pupilas llenas,
su alma de amor, su corazón de antojos:
y poniéndola, en fin, fuego en las venas,
fuego en el corazón, fuego en los ojos,
la dijo al animarla. «Sin rivales
en gracia y perfección al mundo sales.»

Se presentaran con vergüenza ante ella
Eva, Niobe, Lais, Venus y Aspasia:
tendrían, mudas, que besar su huella
las hurís de Georgia y de Circasia;
jamás abrieron a mujer tan bella
Europa sus saraos, sus baños Asia;
Dios la dijo animándola: «Sé muestra
de lo que sabe modelar mi diestra.»

Tal era la mujer incomparable,
tipo de perfección y de hermosura,
que con tenacidad inexplicable
va tras Merlín a entrar en la espesura
de Brocelianda. Menester que la hable
será por fin: porque ella lo procura
caminando tenaz sobre su paso,
por más que afecta él no hacerla caso.

Y cuando una mujer de prendas tales
en ser la tentación pone su empeño
de uno de esos filósofos morales
que a la palabra amor fruncen el ceño,
que mejores se creen que los mortales
y el mundo ante su orgullo creen pequeño,
como la tentación sepa y lo valga,
vencedora, por fin, fuerza es que salga.

Merlín marchaba impasible: mas no cede
ella y sigue tras él: que se resuelva
Merlín es menester; solo no puede
entrar, cual se propone, en esa selva:
fuerza es que al linde la mujer se quede,
que entre con él o que Merlín se vuelva:
él va a obrar un encanto que del mundo
le abstraiga en el misterio más profundo.

Y debe solo entrar para efectuarle;
es el grande secreto de su ciencia
y no debe alma humana penetrarle;
va a segregar del mundo su existencia,
mas sin morir en él, ni abandonarle.
Ese es su único fin, es su sentencia:
por inmortal espíritu engendrado,
muerto no puede ser, sino encantado.

Pero aquella mujer que le persigue
le estorba, le distrae de su gran obra;
no es posible en su encanto que a él se ligue
ser alguno mortal: la mujer sobra.
Al mar es fuerza que a tornar la obligue,
pues ella audacia con su calma cobra;
resolvióse Merlín, y de repente
volvióse y de ella se detuvo enfrente.

Detúvose ella, y abatió modesta
su vista ante la de él: y en ella fijo
el ojo escrutador, con manifiesta
impaciencia así el mágico la dijo:
«¿Por qué me sigues hasta aquí? Contesta.
¿Por qué me sigues? Habla: te lo exijo.»
Y ella, con voz más suave que el reclamo
del ruiseñor, le dijo: «Porque os amo»

Al son de aquel acento y al sentido
de aquella sentidísima palabra
perdió el ceño Merlín y abrió el oído,
porque a ésta no hay oído que no se abra.
Ella calló, el efecto producido
por su voz esperando que en él labra:
y él por sinceridad o por reclamo
repitió: –«¡Porque me amas! –Porque os amo»,

repuso ella otra vez con voz entera,
resuelta, persuasiva, audaz, vibrante;
era la voz del alma: verdadera
voz de pasión ardiente, delirante:
no era voz, era acero, puñal era
que iba derecho al corazón. ¡Instante
fatal fué aquél para Merlín! El mago
de su herida en el de él sintió el estrago.

Merlín, hijo de un silfo, ser mestizo
de un infernal espíritu y una hembra
racional, cuyo impío y tornadizo
amor a su hijo exótico desmiembra
de la raza de Adán por un hechizo;
Merlín, cuya alma es campo donde siembra
Satán, que ni es espíritu ni es hombre,
semidiós de mortal con cuerpo y nombre,

no había amado jamás, porque en la esfera
en que le colocó su esencia extraña
nunca halló una mujer que se atreviera
a despertar su amor, ni él en su huraña
ciencia en buscar pensó una compañera;
mas en la que hoy le sigue y le acompaña
por la primera vez ve alguna cosa
cuyo ignoto poder al suyo acosa.

En la corte de Arthur mil y mil veces
ha visto a esta mujer: ante los ojos
mil veces se le ha puesto: y por preñeces
de orgullo tomó siempre y por antojos

de mujer un amor en que aún quisiera
dudar; mas de su voz ante el reclamo,
con ella habla anudó de esta manera:
–«¿Conque hasta aquí me sigues?… –Porque os amo.

–¡Me lo has dicho mil veces! –Os lo he dicho,
mas no lo habéis creído. –Ni aún lo creo;
no me puedes amar; es un capricho.
–Pues os amo. –¡A un decrépito! –Yo os veo
como un ser superior, no como un hombre
mortal como los otros. –No: tú miras
sólo a la vanidad de mi renombre
de encantador. –Yo os amo. –¡Tú deliras!

–Yo os amo con delirio y os consagro
todo el inmenso amor que en mí atesoro.
¡Los hacéis y no creéis este milagro!
Yo os amo; mal he dicho: yo os adoro.»

Merlín era un gran sabio y era viejo;
mas a declaración tan terminante,
lector, a solas calcular te dejo
lo que sintió Merlín en tal instante.

Perder intensidad sintió al hastío
que empezaba a roer su larga vida,
y empezó a ver lucir en su sombrío
cuadro una luz aún no apercibida.

Una esperanza, una inquietud…, ¿quién sabe
lo que sintió explicar? Como él tampoco
se lo explica, tornó con paso grave
su camino a emprender muy poco a poco.

La mujer continuó sobre su huella
caminando también; y sonriendo
de él a escondida fueron, tras él ella,
el linde de la selva transponiendo.

Internáronse así por la espesura
de una selva: una selva pintoresca
como se puede ver sólo en pintura,
mágica, original, virgen y fresca.

Una selva de robles colosales
y de pinos alorces corpulentos,
que con perpetuos ruidos musicales
pueblan arroyos, pájaros y vientos.

Una encantada selva de Bretaña
habitada otro tiempo por los druidas,
donde albergó su religión extraña
supersticiones mil aún no perdidas.

Una selva poética, imposible
de imaginar por torpe entendimiento;
una selva fantástica, increíble
como creada a posta para un cuento.

De sus gigantes troncos los ramajes
exóticos flotantes parecían
abanicos de inmensos varillajes
que mil monstruos quiméricos movían.

De estos troncos con frondas, que del cielo
la luz impiden penetrar ni en hebras,
parecen las raíces por el suelo
garras de grifos, colas de culebras.

De uno de estos alorces tan frondosos
como cedros del Líbano a la sombra,
y de tupidos céspedes y añosos
musgos, acres de olor, sobre la alfombra,

sin mutuo acuerdo cual por mutuo instinto
un punto reposar determinaron,
tal vez porque el selvático recinto
de cruzar sin objeto se cansaron;

tal vez porque uno y otro comprendieron
que no hablarse era al cabo grosería,
y por fin, porque ya que allí vinieron,
para esquivarse aún razón no había.

Sentóse el sabio mágico el primero,
colocando con grave compostura
la posición del cuerpo, y con severo
decoro en torno de él su vestidura.

La mujer, con la gracia y gentileza
de una corza doméstica, en el suelo
se acomodó a sus pies…, de su cabeza
y de sus hombros apartando el velo.

Poco a poco con tímida franqueza
y sufriéndolo el sabio sin recelo,
apoyó en él el uno y otro brazo
y quedó recostada en su regazo.

Merlín esquivó al pronto su mirada:
pero ella, con hondísima ternura
en hallarle los ojos empeñada,
se los buscó tenaz, como segura
de que rebelde a su mirar no hay nada:
y no lo hubo: Merlín en su hermosura
fijó su vista al fin, y díjole ella:
«Vedme y decidme si os parezco bella.»

Presa Merlín de sensación extraña,
con muda complacencia contemplóla:
y, aunque guardando aún su faz huraña,
la cerviz con la mano acaricióla
como a niño o doméstica alimaña:
y ella, a caricia tal, de la amapola
en el color tiñéndose, le dijo:
«Señor, ¿por qué silencio tan prolijo?

¿No merezco respuesta o no os agrado?
Habladme, mi señor, mi bien, mi dueño,
que el cielo de mi amor tenéis nublado
con la sombra tenaz de vuestro ceño:
de mí decidme lo que habéis pensado;
yo tengo sed de vuestra voz, y empeño
de oír de vuestra boca una palabra
que el claro edén de la esperanza me abra.

Hablad, señor, vuestra palabra espero
como el tostado césped el rocío:
vos sois, señor, mi porvenir entero.
Yo os amo; y si me amáis, el mundo es mío:
otro poder que vuestro amor no quiero.
¡Os sonreís, señor!…, yo me sonrío
con vos, porque a mi alma esa sonrisa
del edén del amor me trae la brisa.

Sonreídme, gran bardo, y gran profeta;
decidme que aceptáis este cariño
que os consagré con libertad completa,
con la espontánea sencillez de un niño,
Tomad mi corazón, que sin aliño
ni arte os viene a ofrecer la fe que encierra:
tomadle y sed mi Dios sobre la tierra.»

Y diciéndole así, sobre él fijaba
húmedos de placer sus negros ojos,
y con sus dedos de marfil peinaba
la barba de Merlín, y con antojos
y caricias de niño colocaba
ósculos mil, que de sus labios rojos
tomaba sonriendo con su mano,
en los trémulos labios del anciano.

Merlín era un gran sabio, en ciencias ducho;
mas aunque mucho ha visto y mucho ha oído,
jamás había oído ni con mucho
frases de tan dulcísimo sonido.

Era un sabio Merlín, mas de los sabios
jamás tuvo la ciencia consistencia
ante el hálito débil de unos labios
con que sopla el amor sobre la ciencia.

La mano de Merlín, que la cabeza
acarició cual niño o alimaña
doméstica no más de aquella extraña
mujer, tipo de gracia y de belleza,

resbaló descendiendo entre sus rizos
hasta apoyarse en su desnuda espalda,
y aquel puñado abrasador de hechizos
a sí atrayendo recibió en su falda.

A su contacto cálido, latente,
por la primera vez sintió lo que era
el amor y trabóse francamente
diálogo entre los dos de esta manera:

–«Tus palabras halagan mis oídos
como una suave música: tu vista
mis ojos embelesa: mis sentidos
se rinden sin poder que te resista.

Yo nunca me curé de las mujeres,
porque su amor nunca creí. Que me amas
me dices tú. ¿Por qué? ¿De mí qué quieres?
¿Por qué a mi corazón con tu voz llamas?

–Porque os amo, señor, ¿pues no os lo dije?
Yo sé bien que sabéis quién soy, de dónde
vengo… y mi amor que no creáis me aflige.
¿Por qué el vuestro a mi amor no correponde?

–Sí, sé muy bien quién eres: es notaria
en la corte de Arthur la historia tuya.
–Pues bien, si la sabéis, ¿por qué mi historia
no me dejáis que a vuestros pies concluya

con mi vida, señor? Si mi palabra
os ha tocado al alma, si que os amo
os digo y lo sentís…, ¿por qué que se abra
vuestra alma no dejáis a mi reclamo?

–Escúchame, Bibiana. Yo sé sólo
de tu pasado lo que el mundo cuenta:
yo no le examiné: no sé si hay dolo
de él en la narración: estáme atenta.

Eres hija de un noble y opulento
godo, jefe en la marca lusitana:
en la orilla del mar tu apresamiento
logró el pirata Hisem una mañana:
un repentino temporal violento
le alejó de su playa mauritana,
y en los mares del Norte al engolfarle
de los bretones en poder fué a echarle.

–Sí sí: todo eso es cierto: al abordaje
al entrar los bretones su navío,
de la cautividad y del ultraje
vinieron a salvar el honor mío.

Mi padre a los bretones ha pagado
después pródigamente este servicio,
y yo entre ellos con gusto me he quedado.
–Eso es lo que no cabe en nuestro juicio.

Con padre y con hogares en España,
ser dichosa debías en su tierra.
¿Qué es lo que esperas, pues, en tierra extraña?
–Secretos para vos mi alma no encierra,
gran profeta bretón. Vuestra Bretaña
no tiene en valle, alcor, ciudad, ni sierra,
nada que para mí tenga atractivo:
sólo por vuestro amor en ella vivo.

Escuchadme, señor: mi pueblo godo,
vuestro pueblo bretón…, la tierra entera
en cuanto abarca su terreno todo,
no tiene más que vos a quien yo quiera
ni a quien pueda querer. En el ser mío
hay algo superior al frágil lodo
de que hizo Dios a la mujer primera:
hay en mí, como en vos, algo que fío
que os haga comprender por qué me quedo
por vos en la Bretaña, por qué os sigo
y por qué sólo a vos ofrecer puedo
el misterioso amor que en mi alma abrigo.»
Calló ella un punto al viejo contemplando,
y siguió, viendo que él sigue escuchando:

–«Oíd: la madre de mi madre era
hija de un rey de la oriental comarca,
quien la tuvo de un hada que, sincera,
al amor se rindió de aquel monarca
como podría una mortal cualquiera.

Mi madre, hija de aquélla, le fué dada
por esposa a mi padre cuando apenas
de la niñez salía; fué criada
desde niña en su alcázar, y colmada
fué de gracias por Dios a manos llenas.

Creció: llegó a la edad de los amores:
la amó mi padre y se casó con ella;
y era fresca y gentil como las flores,
como el lucero de la aurora bella.

Pero en cuanto mujer y madre se hizo,
en cuanto yo nací, se obró en mi madre
un sobrenatural y extraño hechizo
que tristeza mortal causó a mi padre.

Los ojos de mi madre despedían
resplandores de amor tan atractivos,
que los hombres mirarles no podían
sin que quedaran de su amor cautivo.

Ella en vano cerrábales y en vano
les ocultaba siempre bajo un velo:
no había paladín ni cortesano
de quien no fuera su mirada un cielo.

Y era tal el poder de aquel hechizo
que enfermaban de amor cuantos veían
los ojos de mi madre… que enfermizo
germen de amor letal de sí esparcían.

Y costaba a mi padre mil afanes
hallar para su corte consejeros,
para sus damas encontrar galanes
y para sus campañas caballeros.

Mi padre prometió de su tesoro
la mitad, y cien millas de terreno
donde se habían hallado minas de oro,
y un palacio en un valle muy ameno,

al que pudiera hallar un sabio mago
que supiera el hechizo de los ojos
deshacer de mi madre, y el estrago
atajar de su influjo y sus antojos.

En vano sabios, magos y hechiceros
con el afán del premio lo intentaron:
los sabios más, como los más arteros,
de mi madre a su vez se enamoraron.

Supo mi padre, al fin, que un muy decrépito
viejo, que era un gran sabio y un gran mago,
lejos del mundo y su social estrépito
moraba en una gruta junto a un lago;

que los reyes de Oriente le buscaban
en desastres y apuros, y en el hueco
de su gruta romántica le hallaban
solo, extenuado, amarillento y seco,

leyendo sin cesar las hojas rotas
de un libro cabalístico tan viejo
como él, lleno de cifras y de notas
y del mismo color de su pellejo.

Aquel viejo esqueleto dió a mi padre
la fórmula potente de un encanto
con que neutralizar el de mi madre.
Díjola el rey, y su poder fué tanto

que mi madre quedó perpetuamente
envuelta en una niebla y encantada
e invisible a los ojos de la gente,
y de él solo visible a la mirada.

Los de los ojos de mi madre esclavos
en libertad quedaron: a la calma
tornó su reino por sus cuatro cabos,
y de mi padre el rey la paz al alma.

Mas cuando quiso el premio prometido
al viejo dar por su poder de su arte,
el viejo había ya desaparecido
y nadie le halló ya en ninguna parte.

De la hija de aquella hada soy la hija;
y como hay en mi ser algo divino,
es imposible que mi amor se rija
por la ley del vulgar. En el camino

de mi vida no hallé quien digno fuera
de mi amor más que vos: ambos la vida
debemos a ambos seres; compañera
vuestra, con vos la mía se divida.

No pudiendo morir, por un encanto
queréis tal vez desaparecer del mundo
como mi madre: bien, yo haré otro tanto:
amadme, y de ese encanto en el profundo

abismo silencioso ambos un día
embriagados de amor nos sumiremos:
vuestra vida, señor, será la mía,
y encantados los dos nos amaremos

por una eternidad: el mundo todo
lo ignorará, y fantástica memoria
vuestro pueblo bretón y el mío godo
guardarán de nosotros en su historia.

Yo viviré encantada en vuestro seno,
y yo sola oiré del gran profeta
los fallos y los himnos del poeta
sonar del aire en el azul sereno.

–Imposible, Bibiana: tal encanto
por mí en mí debe obrarse solamente;
si otro supiera de él como yo tanto,
sería yo su esclavo eternamente.

–¡Y receláis, señor, que la que os ama
os quiera nunca esclavizar cuando ella
deja padre y hogares y se infama
tal vez por ir besando vuestra huella?

¡Ah!, no me amáis, señor, ni amaréis nunca:
Dios o Satán, Merlín, que os dan la ciencia,
negando a vuestra inútil existencia
el placer del amor, os la dan trunca.

Habéis llegado sin amar a viejo;
y hoy que encontráis una mujer que os ama
la rechazáis; mal hecho…, mal consejo,
señor. Faro sin luz, bardo sin dama,
veo que nunca me amaréis, y os dejo:
yo de mi amor me abrasaré en la llama
y arder en él me sentiré dichosa,
de la luz de mí misma mariposa.»

Dijo, y al buen Merlín volvió la espalda,
rápida levantándose y resuelta
a abandonarle: mas al dar la vuelta
la asió Merlín por la flotante falda.

«Espera, dijo el mago: si he vivido
sin saber qué era amor, siento que ahora
brota en mi corazón, jamás herido
de amor con un espina punzadora.»

Radió el semblante de Bibiana oyendo
tal decir a Merlín: siniestro brillo
despidieron sus ojos; y volviendo
su faz risueña al mágico sencillo,
cándida al parecer, leal, sincera,
tornó el diálogo a atar de esta manera:
–«¿Conque me amáis? –Sí, te amo. –No lo acierto
todavía a creer. –¿Por qué? –¡Es tan nueva
esa pasión en vuestro pecho yerto
siempre al amor! Mas de él dadme una prueba.
–¿Cuál? –Dadme vuestro libro de conjuros
para que yo le guarde; mientras tanto
que vos le poseáis, nunca seguros
del poder estaremos del encanto
que vos podéis obrar. –Mas tal capricho
no puedo comprender. –Vuestra memoria
flaquea: fué mi madre hija de un hada:
sé que tenéis el libro de la historia
del mago de mi madre. –¿Te lo ha dicho
ella? –Sí: pues no estaba solamente
para mi padre y para mí encantada.
–Mas si el libro te doy… –¿Cobarde ciencia
que siempre teme al corazón! ¿Qué miedo
tenéis de mí? Yo quiero mi existencia
pasar con vos; pero vivir no puedo
temiendo siempre que, al primer enojo,
de encantaros sin mí tengáis antojo.
–Pero si tú en tu cólera o tus celos
lees en él el conjuro: –¡Hay tal demencia!
¿Cómo, si sólo vos tenéis la clave
de sus cifras y en él nadie leer sabe?
Dádmele o no me amáis y parto.» Y esto
diciendo, entre los pliegues del vestido
del buen Merlín con imprevisto y presto
movimiento metió su mano diestra,
y el libro entre sus pliegues escondido
sacó, y su ojo brilló con luz siniestra.

Quiso Merlín asirla: mas de un salto
se le escapó, y el libro cabalístico
hojeando, encontró y pronunció alto
del conjuro infernal el fatal dístico.

¡Oh amor, dicha del hombre y desventura!
La fórmula tremenda pronunciada
por ella apenas, retumbó en la altura
el trueno, tendió el árbol su enramada
copa en el suelo por el rayo herido;
y del añoso tronco entre las grietas
de la áspera corteza desgarrada
por el conjuro se sintió cogido
Merlín, y poco a poco de sus vetas
el alorce sobre él cerró el tejido.

En vano resistió: quedó encantada
su vida en aquel árbol; y entretanto
que se efectuaba el poderoso encanto,
la mujer, que huye de él casi espantada,
decía huyendo con acento bronco:
«Olvidaste que soy nieta de un hada:
quedas, alma vieja enamorada,
encerrada por ciega en ese tronco.»

Tornó a España Bibiana, y de los ojos
de su madre el poder con otro hechizo
de las hembras de España tuvo antojos
de pasar a los ojos… y lo hizo.

Y los encantos de Merlín, arteros,
irresistibles, desde entonces solas
en la luz de sus ojos hechiceros
les tienen las mujeres españolas.


Ecos de las montañas de José Zorrilla


Introducción
El castillo de Waifro
Capítulo Primero (I - II - III - IV - V), Capítulo II, Capítulo III (I - II - III), Capítulo IV, Capítulo V (I - II - III - IV - V - VI - VII), Capítulo VI (A - I - II - III - IV - V), Capítulo VII (I - II - III - IV - V - VI), Capítulo VIII (I - II - III - IV - V), Epílogo (I - II - III - IV - V - VI - VII)
Los encantos de Merlín: I - II