Ecos de las montañas: 9

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Capítulo III de El castillo de Waifro
de Ecos de las montañas
 de José Zorrilla


II[editar]


Un día, al mediar el sol,
penetrando en la montaña
por el lado que da a España
del Pirineo español,

a través de las malezas
se abría a hachazos sendero
un robusto caballero
armado de todas piezas,

y a juzgar por el afán
que en enmarañarse tiene,
o huyendo de un riesgo viene
o a los alcances le van.

Dejado crecer acaso
para que se cierre a expreso,
no hay en el breñal espeso
rotura, brecha ni paso,

y se ve que en muchos años
no han buscado en él caminos
pastores ni peregrinos,
bandoleros ni ermitaños.

El caballero que explora
tal montaña, y que acomete
tal paso, en el que se mete
práctico tal vez no ignora.

Su vigoroso caballo,
que en secundarle no duda,
el bosque a romper le ayuda
con el bien herrado callo;

y de pechero y frontal
fiando en planchas y puntas,
con todas sus fuerzas juntas
trabaja el noble animal.

Con hacha, brazos y pecho
el jinete, y el caballo
con frontal, pechero y callo,
se abren paso y ganan trecho;

hasta que, entre la hojarasca
sumidos, sólo el rumor
muestra que ni su labor
cesa, ni su pie se atasca.

Y ya porque él no ignorase
el fin de la zona espesa,
o porque, loca, en su empresa
la fortuna le ayudase,

tras larga y penosa brega
consiguió salir a dar
al linde de un encinar
que acota un borde y que riega

un arroyo, el cual parece
que le circunda y le zanja:
coto de heredad o granja
a que el bosque pertenece.

Saltó el arroyo, y metiéndose
resuelto por la arboleda,
topó con una vereda
que poco a poco fué haciéndose

calle de árboles umbría
que, aunque inculta y enhierbada,
paseo llano o calzada
muestra que ha sido algún día.

Hoy corta su césped fresco
senda que sobre él se pinta,
como una greca de cinta
que parte un tapiz chinesco.

Por ella echando, y al brillo
de los últimos reflejos
del sol, alcanzó a lo lejos
por sobre el bosque un castillo;

y avanzando por la calle
de árboles hacia él de frente,
desembocó de repente
en un pintoresco valle.

El caballero podría
la espesura conocer,
mas de seguro, a mi ver,
el valle no conocía;

pues púsose a contemplar
con arrobamiento vago
de valle, castillo y lago
el panorama sin par.

Verdeguean por las lomas
las mieses y las legumbres;
se vuelven desde las cumbres
al palomar las palomas;

recogen por los oteros
sus rebaños los pastores,
y tornan los labradores
cargados con sus aperos.

Allá viñedos ocupan
lo que ayer broncos breñales;
aquí en huertos los frutales
ya florecidos se agrupan.

Allá donde el alma arredra
el abismo de un barranco,
con solo un ojo, de un tranco
le salta un puente de piedra.

Por bajo de él con estruendo
se precipita un torrente
que le está continuamente,
aunque en vano, sacudiendo;

y su honda barranca estrecha
bordea un ancho camino
que baja el trigo a un molino
que sus aguas aprovecha.

Todo acusa movimiento,
labor, cuidado, abundancia:
la montesina fragancia
perfuma el salubre viento,

y el lago undoso le entibia
del estío en los calores,
y con sus frescos vapores
el pulmón cansado alivia.

El caballero creyó
que allí moraba alguna hada
que, del edén desterrada,
allí un edén se labró;

y estuvo espacio no corto
contemplando en su belleza
valle, lago y fortaleza,
embebecido y absorto.

Y no pudo comprender
quién, cómo y para qué quiso
tan risueño paraíso
en tal desierto esconder.

«¿Quién será la hada dichosa,
se dijo, que este edén more?
¡Dichoso quien la enamore,
si es como su edén, hermosa!

Yo la veré.» Cual si un mago
realizara complaciente
su anhelo, vió de repente
salir del bosque, y del lago

avanzar por la ribera,
una dama coronada,
sobre una yegua montada
como una corza ligera.

Traía encapirotado
en su diestra un alcotán,
y el cuerpo en aire galán
en la silla colocado;

y traía en pos, en traje
de caza, un viejo sombrío,
dos mancebos de buen brío,
dos halconeros y un paje.

Quedó un punto el caballero
encantado contemplándola,
la agria subida mirándola
emprender por un sendero,

y como que era entendió
la dueña de aquel castillo,
otra senda, que al rastrillo
vió que guiaba, tomó.

Y de él la dama subía
sin apercibirse acaso,
mientras de intento su paso
él por los suyos medía:

de manera que al pisar
la plataforma ella y él,
del postigo ante el cancel
se vinieron a encontrar.

Contemplóle ella gran pieza
silenciosa, mas no esquiva,
y los de su comitiva
con acusada extrañeza.

Él a su vez contemplóla
con admiración tan franca,
que ella tornó su piel blanca
de azucena en amapola.

Mas como la situación
comenzase a ser violenta,
él de sí dándola cuenta
trabó así conversación:

–«Dama hermosa, perdonad
si un desconocido errante,
de vuestra puerta delante
os pide hospitalidad.»

La dama permaneció
aún un momento indecisa;
y luego, como con prisa
de excusarse, respondió:

–«Servíos vos de excusar
el silencio en que vacilo,
porque hospedaje ni asilo
no estoy hecha en ella a dar.»

Y aquí el caballero fué
quien a su vez vaciló,
de la razón que ella dió
no comprendiendo el porqué;

y siendo él quien es, y en sí
derecho habiendo sobrado
para ser bien hospedado,
el diálogo anudó así:

–«Creed que aunque solo vengo
y asendereado, tal soy
que a par con príncipes voy,
pendón alzo y hueste tengo;

mas no os enoje ni asombre
que mi nombre aquí no os diga,
porque en público me obliga
un voto a callar mi nombre.

–Calladle: que aunque no entiendo
cómo habéis llegado aquí,
lo que ignoráis vos de mí
saber de vos no pretendo.

–Hasta vos para llegar
bregué el bosque hasta romper;
mas por llegaros a ver
volvería a comenzar.

Y desde el punto en que he visto
vuestra beldad soberana,
de vos, noble castellana,
quién soy en velar no insisto.

Dar puedo mi nombre a quien
me dé un nombre al mío igual.
–Entrad: yo os daré uno tal
que esté junto al vuestro bien.

Y aunque es la primera vez
que mi nombre doy a un hombre,
dársele puedo a quien nombre
me pueda dar de igual prez.

–Si es mi demanda, señora,
importuna o temeraria,
la retiro. –Solitaria
he vivido aquí hasta ahora,

y como hospitalidad
nadie a pedir vino aquí,
el primero que de mí
la obtenga seréis: entrad.»

Picó, esto dicho, su yegua
que ya escarbaba impaciente,
y cruzó a galope el puente
poniendo al coloquio tregua.

Picó a su vez su corcel
el caballero tras ella,
y su séquito, tras él
picando, sobre su huella
marchó en sonoro tropel.

Tras ellos cayó el rastrillo
y alzóse crujiendo el puente;
y el crepúsculo amarillo
sumió en sombra lentamente
valle, laguna y castillo.

Y unos por otros después
de mis personajes tres,
la dama y el caballero
y otro a quien nombrar no quiero,
pensaban al par: «¿Quién es?»

¿Quién es la que nunca dió
a nadie hospitalidad?
¿Quién es quien se la pidió?
¿Quién el viejo que guardó
tan muda severidad?

Mientras sueña el caballero
en su lecho con la dama,
y ella en el audaz viajero
inquieta piensa en su cama,
vamos al viejo severo.



Ecos de las montañas de José Zorrilla


Introducción
El castillo de Waifro
Capítulo Primero (I - II - III - IV - V), Capítulo II, Capítulo III (I - II - III), Capítulo IV, Capítulo V (I - II - III - IV - V - VI - VII), Capítulo VI (A - I - II - III - IV - V), Capítulo VII (I - II - III - IV - V - VI), Capítulo VIII (I - II - III - IV - V), Epílogo (I - II - III - IV - V - VI - VII)
Los encantos de Merlín: I - II