Ecos de las montañas: 5

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Capítulo I de El castillo de Waifro
de Ecos de las montañas
 de José Zorrilla


IV[editar]


Un año después, subiendo
de un cerro la áspera loma,
que el solitario recodo
de un brazo del lago acota,
adelantaba un jinete
por la soledad recóndita,
tal vez buscando una senda
borrada, perdida o rota.
Alumbra el país inculto
con tibia luz melancólica
que va desgarrando a espacios
los celajes que la entoldan
un plenilunio de mayo,
que en la tierra pedregosa
del silencioso jinete
dibuja la móvil sombra.
Éste es, vigoroso y ágil,
un hombre que su persona
de pies a cabeza envuelve
en las mallas de una cota.
Toca su erguida cabeza
con una ducal corona,
bajo cuyo guardacuello
grises cabellos asoman.
No más de espada y merced
va armado, y caparazona
de malla no más las ancas
del tordo corcel que monta:
cual si fiando de frente
en sus manos poderosas,
tan sólo se recelara
de acometida traidora.
La luna, que sus contornos
de espléndidas líneas orla
rielando de sus mallas
en las bruñidas argollas,
le presenta circundado
de una especie de aureola
que parece, desde lejos,
luz de su figura propia;
figura de acero, dura,
siniestra, amenazadora,
digna del agreste cuadro
en donde campea sola.
A sus pies se extiende estéril
una cuesta rocallosa,
que accidentan sólo peñas
de aridez desoladora.
A su frente empaña el lago
con sus vapores la atmósfera,
donde incansables se ciernen
las cenicientas gaviotas.
A su derecha, el castillo,
entre la niebla brumosa,
con líneas negras y rudas
el azul del cielo corta;
y en su torre del vigía,
y en la de aquella más próxima,
dos luces que arden anuncian
que velan los que en él moran.
El caballo, cuyas riendas
el caballero abandona,
no sintiéndose regido,
va con marcha perezosa
avanzando cuesta arriba;
pero no bien la trasmonta,
enarca rígido el cuello,
los firmes jarretes dobla,
sobre las manos se planta,
las orejas encapota,
ventea, y fija en un punto
la pupila recelosa.
El jinete, enderezándose,
en los estribos se apoya
y en rededor suyo tiende
mirada escudriñadora.
Allá, al pie de los peñascos,
cerca del agua, le chocan
informes bultos, que son
los que a su caballo asombran.
Los temerosos objetos
de que aún no alcanza la forma,
mientras su caballo esquiva,
él con la vista devora.
De pronto una idea súbita
le asalta: al corcel acosa;
resiste el bruto; le clava
los dos acicates; bota
el animal, no avezado
a ayuda tan rigorosa,
y entre los bultos, de un brinco
bufando a su amo coloca.
Los bultos son dos cadáveres
que aún tienen de carne y ropa
restos y harapos asidos
a la osamenta asquerosa.
Las de dos caballos yacen
con ellos, lo cual denota
que allí les dejaron muertos
manos y almas alevosas.
Los buitres han devorado
las bestias y la persona
del uno, a quien mal guardaban
vestiduras poco sólidas.
El otro conserva encima
del busto su carne momia,
merced a una recia malla
que aún se le adhiere mohosa.
Llegóse a aquél el jinete:
mas como se le avizora,
medroso de él, su caballo
y le obliga a que se ponga
junto al cadáver, el bruto
al encabritarse toca
con el casco herrado y mueve
la seca osamenta cóncava.
Al golpe y al movimiento,
la calavera redonda
dejó de sí desprenderse
el aro de una corona.
Vióle rodar el jinete
con tan profunda congoja
como si viera a sus plantas
una sierpe venenosa.
Rodaba el aro hacia el lago;
mas él, que a tierra se arroja,
antes que en el agua caiga
con ambas manos le toma.
Examinóle, y frotóle
con la piel de sus manoplas:
de una corona ducal
era el círculo; las hojas
le faltaban, mas tenía
las nueve perlas valiosas
que para la de Aquitania
regaló a sus duques Roma.
Al conocerla el incógnito,
rugió como una leona
que halla su cachorro muerto
cuando a su caverna torna.
«¡Waifro!», exclamó con un grito
de ira y angustia tan hondas
que debió oírle el cadáver
por quien le lanzó su boca:
«¡Waifro!…, ¡hijo mío!…, añadió,
¡maldita sea la hora
en que me volví en el claustro
al Dios que nos abandona!
¡Alma de Waifro insepulto,
la de tu padre te evoca!
¡Ven conmigo por la tierra
de tu raza vengadora!
¡No perdonemos jamás
a quien nos mata y deshonra!
¡No perdonemos nosotros
a quienes Dios no perdona!»
Dijo, y su corona echando
del lago oscuro en las ondas,
se encajó la del cadáver,
montó y se perdió en la sombra.


Ecos de las montañas de José Zorrilla


Introducción
El castillo de Waifro
Capítulo Primero (I - II - III - IV - V), Capítulo II, Capítulo III (I - II - III), Capítulo IV, Capítulo V (I - II - III - IV - V - VI - VII), Capítulo VI (A - I - II - III - IV - V), Capítulo VII (I - II - III - IV - V - VI), Capítulo VIII (I - II - III - IV - V), Epílogo (I - II - III - IV - V - VI - VII)
Los encantos de Merlín: I - II