Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos: Capítulo XII

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Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos
Capítulo XII: Nombres aumentativos y diminutivos
de Andrés Bello


206 (a). Las terminaciones aumentativas más frecuentes son azo, aza; on, ona; ote, ota; ísimo, ísima; como gigantazo, gigantaza; señorón, señorona; grandote, grandota; dulcísimo, dulcísima. Júntanse a veces dos terminaciones para dar más fuerza a la idea: picaronazo, picaronaza. De los en ísimo, ísima, que forman una especie particular, trataremos después separadamente.

207 (b). Las aumentativos en on dejan a veces el género del sustantivo de que se forman, verbigracia cigarrón, murallón, lanzón.

208 (c). Hay otras terminaciones aumentativas menos usuales, como ricacho (de rico), vivaracho (de vivo), nubarrón (de nube), bobarrón y bobalicón (de bobo), mocetón (de mozo), etc.

209 (d). A las terminaciones aumentativas agregamos frecuentemente la idea de tosquedad o fealdad, como en gigantazo, librote, de frivolidad, como en vivaracho; de desprecio o burla, como en pobretón, bobarrón. Todas ellas son ajenas del estilo elevado, mientras envuelven estas ideas accesorias, lo que en varios sustantivos no hacen, verbigracia en murallón, lanzón; deponiendo a veces hasta la significación de aumento, y aún tomando la contraria, como en anadón, islote.

210 (e). Las terminaciones diminutivas más frecuentes son ejo, eja, ete, eta; ico, ica; illo, illa; ito, ita; uelo, uela; pero no se forman siempre de un mismo modo, como se ve en los ejemplos siguientes: florecilla, florecita (de flor); manecita (de mano); pececillo, pececito (de pez); avecica, avecilla, avecita (de ave); autorcillo, autorcito, autorzuelo (de autor); dolorcillo, dolorcito (de dolor); librejo, librito (de libro); jardinito, jardinillo, jardincito, jardincillo (de jardín); viejecico, viejecillo, viejecito, viejezuelo, vejete, vejezuelo (de viejo); cieguecillo, cieguecito, cieguezuelo, ceguezuelo (de ciego); piedrecilla, piedrecita, piedrezuela, pedrezuela (de piedra); tiernecillo, tiernecito, ternezuelo (de tierno).

211 (f). Hay otras menos frecuentes, a saber: las en ato, ata; el, ela; éculo, écula; ículo, ícula; il; in; ola; eco, oca; ucho, ucha; ulo, ola; úsculo, úscula; verbigracia cervato (de ciervo), doncel (de don), damisela (de dama), molécula (de mole), retículo (de red), partícula (de parte), tamboril (de tambor), peluquín (de peluca), banderola (de bandera), casuca y casucha (de casa), serrucho (de sierra), glóbulo (de globo), célula (de celda), corpúsculo (de cuerpo), opúsculo (de obra). Los diminutivos esdrújulos son todos de formación latina.

212 (g). A los diminutivos agregamos junto con la idea de pequeñez, y a veces sin ella, las ideas de cariño o compasión, más propias de los en ito, como en hijito, abuelito, viejecito; o la de desprecio y burla, más acomodada a los en ejo, ete, uelo, como librejo, vejete, autorzuelo. Las de compasión o cariño no son enteramente ajenas de estilo elevado y afectuoso, pero todas ellas ocurren más a menudo en el familiar y el festivo. Son notables los diminutivos todito, nadita, que no alteran en manera alguna la significación de todo y nada, y sólo sirven para acomodarlos al estilo familiar.

213 (b). Hay multitud de sustantivos que sirven para designar a los animales de tierna edad, a la manera que lo hacen niño, muchacho, párvulo, rapaz, respecto de la especie humana; y que podemos asociar por eso a los diminutivos, aun cuando no se formen a la manera de éstos. Así llamamos cordero, corderillo, la cría de la oveja; borrego, el cordero de uno a dos años; potro, potrillo, el caballo de poca edad; potranca, la yegua de poca edad; chibato, chibatillo, el cabrito que llega al año; jabato, el hijo pequeño de la jabalina; lechón, lechoncillo, el cerdo que todavía mama; ballenato, el hijo pequeño de la ballena; lebrato, lebratillo, el de la liebre; corcino, el de la corza; cachorro, cachorrillo, el hijuelo de un cuadrúpedo carnívoro; lobato, lobatillo, lobezno, el de la loba; pollo, el ave de poca edad; ansarino, el pollo del ansar o ganso; anadino, anadón, el del ánade; palomino, el de la paloma; pichón, el de la paloma casera; cigoñino, el de la cigüeña; pavipollo, el de la pava; aguilucho, el del águila; ranacuajo o renacuajo, la rana pequeña o de poca edad; viborezno, la víbora recién nacida, etc.

214 (i). A los mismos debemos agregar los que significan la planta tierna, como cebollino, colino, lechuguino, porrino; la planta de cebolla, col, lechuga, puerro, en estado de trasplantarse.

215 (j). Varios nombres femeninos tienen diminutivos masculinos en in, como espada, espadín; peluca, peluquín.

216 (k). En la formación de las aumentativos y diminutivos, los diptongos ié, ué, acentuados sobre la é, pasan a veces a las vocales simples e, o, cuando pierden el acento, como pierna, pernaza; bueno, bonazo; ciervo, cervato; cuerpo, corpecico. Esto sólo se verifica cuando el nombre de que se forma el aumentativo o diminutivo ha pasado anteriormente de la vocal simple al diptongo, como pierna (en latín perna), bueno (en latín bonus), ciervo (cervus), cuerpo (corpus); de modo que la sílaba variable que se ha vuelto diptongo bajo la influencia del acento, recobra su primitiva simplicidad desde que deja de ser acentuada; lo que, a la verdad, ocurre mucho menos frecuentemente en éstas que en otras especies de derivaciones, como en bondad (de bueno), fortaleza (de fuerte), dentición, dentadura, dentista (de diente), mortal, mortalidad, mortandad, mortecino, mortuorio (de muerte), poblar, población, popular, populoso (de pueblo), etc.

217 (l). En la formación de los aumentativos y diminutivos (y lo mismo en todas las otras especies de inflexiones) debe atenderse, no a las letras o caracteres, sino a los sonidos. Peluquín, por ejemplo, no es menos regular que espadín, porque en el primero a la c de peluca se sustituye qu, como es necesario para que subsista el sonido fuerte de la c. Igualmente regulares son cieguecillo, en que la g pasa a gu para que no se altere su sonido, y pedacillo, en que se muda en c la z de pedazo, como lo hacemos sin necesidad según la ortografía corriente.

218 (m). Las formas diminutivas de los nombres propios son a veces bastante irregulares, como Pepe (de José), Paco, Pacho, Paquito, Panchito (de Francisco), Manolo (de Manuel), Concha, Conchita (de Concepción), Belica (de Isabel), Perico, Perucho (de Pedro), Catana, Cata (de Catalina), etc.


Apéndice

De los superlativos absolutos

219 (106). Los aumentativos de más uso, y los que tienen más cabida en el estilo elevado, son los llamados superlativos, que generalmente terminan en ísimo, ísima; como grandísimo (de grande), blanquísimo (de blanco), utilísimo (de útil); equivalentes a las frases muy grande, muy blanco, muy útil, que se llaman también superlativas.

220 (a). Conviene observar que con los adjetivos y frases de que hablamos no se expresa el grado más alto de la cualidad significada por el primitivo; pues el decir, verbigracia que César fue orador elocuentísimo y que aún era más elocuente Marco Tulio, nada tiene que no sea conforme a la razón y a la gramática. Otros superlativos hay (que en nuestra lengua no son ordinariamente nombres simples sino frases) por medio de los cuales se denota el grado más alto de la cualidad respectiva, dentro de la clase que se designa, como cuando decimos que «el último de los reyes godos de España se llamó Rodrigo», o que «Londres es la más populosa ciudad de Europa»; o que «las palmas son los más elegantes de los árboles». Estos superlativos se llaman partitivos, porque forman una parte o especie particular dentro de la clase o colección de seres a que se refieren. Llámanse también superlativos de régimen, porque rigen, esto es, llevan siempre expreso o tácito un complemento compuesto de la preposición de o entre y del nombre de la clase: «la más populosa de o entre las ciudades europeas», o (embebiendo el complemento) «la más populosa ciudad europea». Este régimen es lo que mejor los distingue de los superlativos absolutos, de que vamos a tratar.

221 (107). En lugar de muy se emplean a veces otros adverbios o complementos de igual o semejante significación, como sumamente, extremadamente, en gran manera, en extremo. Entre ellos debe contarse además, que se pospone entonces: colérico además, pensativo además, significan lo mismo que muy colérico, muy pensativo.

222 (108). Sólo de los adjetivos se pueden formar superlativos. La desinencia se forma regularmente sustituyendo a las vocales o, e, o añadiendo a las consonantes el final ísimo, que admite inflexiones de género y de número. Pero hay multitud de irregulares.

223 (a). Consiste esta irregularidad, ya en que alteran la raíz, como benevolentísimo (de benévolo), ardentísimo (de ardiente), fortísimo (de fuerte), fidelísimo (de fiel), antiquísimo (de antiguo), sacratísimo (de sagrado), sapientísimo (de sabio), beneficentísimo, magnificentísimo, munificentísimo (de benéfico, magnífico, munífico); ya en que alteran la terminación o ambas cosas a un tiempo, como acérrimo, celebérrimo, integérrimo, libérrimo, misérrimo, salubérrimo (de acre, célebre, íntegro, libre, mísero, salubre). Los superlativos de doble, endeble, feble, son regulares; los demás terminados en ble mudan este final en bilísimo: amabilísimo, nobilísimo, sensibilísimo, volubilísimo. En los acabados en io, si la i del final tiene acento, se sigue la formación regular, como en friísimo, piísimo; si la i del final carece de acento, se pierde, como en amplísimo, limpísimo, agrísimo; pero hay muchos que no toman la terminación superlativa, como sombrío, tardío, vacío, lacio, temerario, vario, zafio.

224 (b). Los superlativos irregulares son casi todos latinos, y para algunos adjetivos hay dos formas superlativas, una regular, de formación castellana, y otra irregular, que tomamos de la lengua latina: amiguísimo y amicísimo; dificilísimo y dificílimo; asperísimo y aspérrimo; pobrísimo y paupérrimo; fertilísimo y ubérrimo; friísimo y frigidísimo; bonísimo y óptimo; malísimo y pésimo; grandísimo y máximo; pequeñísimo y mínimo; altísimo y supremo o sumo; bajísimo e ínfimo. Son también de formación latina íntimo (superlativo de interno), próximo (de cercano). Varios de estos superlativos tomados de la lengua latina se usan también como partitivos o de régimen, según veremos en su lugar.

225 (c). Hay gran número de adjetivos que no admiten la inflexión superlativa, o porque en su significado no cabe más ni menos (y en tal caso es claro que tampoco puede tener uso la frase superlativa formada con el adverbio muy, grandemente, u otra expresión análoga), como uno, dos, tres, primero, segundo, tercero, y todos los numerales; omnipotente, inmenso, inmortal; celeste y celestial; terrestre, terreno y terrenal; sublunar, infernal, infando, nefando, triangular, rectángulo, etc.; o porque su estructura, según los hábitos de la lengua, no se presta a la inflexión, como en casi todos los esdrújulos en eo, imo, ico, fero, gero, vomo; verbigracia momentáneo, sanguíneo, férreo, lácteo, legítimo, marítimo, selvático, exótico, satírico, empírico, político, mefítico, lógico, cáustico, colérico, mortífero, aurífero, pestífero, armígero, ignívomo; los en i, como verdegay, turquí; los en il, que se aplican a sexos, edades y condiciones, verbigracia varonil, mujeril, pueril, juvenil, senil, señoril, pastoril; y varios otros, como repentino, súbito, efímero, lúgubre, etc. Algunos de los enumerados admiten a veces la inflexión en el estilo jocoso, como lo hacen los sustantivos mismos.

226 (d). Los medios de que nos servimos para formar superlativos, no son todos de igual valor entre sí, pues unos encarecen más que otros. Cualquiera percibiría la graduación de grandemente, extremadamente, sumamente. Salvá observa que la inflexión tiene más fuerza que la frase; que doctísimo, por ejemplo, dice más que muy docto.

227 (e). Hay adjetivos que no admitiendo la inflexión ni la frase, porque su significado lo resiste, modificado éste, de manera que la cualidad sea susceptible de más y menos, pueden construirse con muy, como cuando decimos que un hombre es muy nulo (tomando a nulo por inepto). En este caso se hallan también no pocos sustantivos cuando pasan a significación adjetiva: muy hombre, muy mujer, muy soldado, muy filósofo, muy bachillera, muy maula, muy alhaja, muy fantasma, muy bestia. A veces la inflexión superlativa es sólo enfática, como en mismísimo, singularísimo.

228 (109). Lo que debe evitarse como una vulgaridad es la construcción de la desinencia superlativa con los adverbios más, menos, diciendo, verbigracia más doctísimo, menos hermosísima. Ni es de mucho mejor ley su construcción con muy, tan, cuan. Pero mínimo, íntimo, ínfimo, próximo, se usan a veces como si no fuesen superlativos, pues se dice corrientemente la cosa más mínima, mi más íntimo amigo, a precio tan ínfimo, una casa tan próxima.