Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos: Capítulo XIII

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229 (110). Llamamos pronombres los nombres que significan primera, segunda o tercera persona, ya expresen esta sola idea, ya la asocien con otra.

Pronombres personales

230 (111). Hay pronombres de varias especies, y la primera es la de los estrictamente personales, que significan la idea de persona por sí sola; tales son:

Yo, primera persona de singular, masculino y femenino.
Nosotros, nosotras, primera de plural.
Tú, segunda de singular, masculino y femenino.
Vosotros, vosotras, segunda de plural.

231 (a). Pudiera decirse que, fuera de estos cuatro sustantivos, no hay nombres que de suyo signifiquen persona determinada, esto es, primera, segunda o tercera; porque de los otros, que generalmente se miran como de tercera, apenas podrá señalarse alguno que no sea capaz de tomar en ciertas circunstancias la primera o segunda. Pueblo es tercera persona en «A mi pueblo despojaron sus exactores y lo han dominado mujeres» (Scio); y segunda en «Pueblo mío, los que te llaman bienaventurado, esos mismos te engañan» (Scio). Rey es tercera persona en El rey lo manda; primera en Yo el rey; y en este ejemplo de Mariana, segunda: «¿Los reyes tenéis por santo y por honesto lo que os viene más a cuento para reinar?». Sustitúyese aquí con elegancia al personal vosotros el apelativo los reyes; lo que nuestra lengua no permite sino en el plural; no se podría decir el rey lo mandas. De la misma manera: «Los viejos somos regañones y descontentadizos», donde el apelativo los viejos lleva envuelto el personal nosotros, lo que no pudiera hacerse con el singular yo.

La misma indeterminación de persona se encuentra aun en los adjetivos el y aquel, que se tienen por de la tercera. Si así no fuese, no podría decirse yo soy aquel que dije; tú eres el que trajiste.

232 (112). En lugar de yo y de nosotros se dice nós en los despachos y provisiones de personas constituidas en alta dignidad: Nós don N., Arzobispo de; Nós el Deán y Cabildo de. En el primer ejemplo de pluralidad es ficticia; multiplícase la persona en señal de autoridad y poder. Pero aun cuando nos signifique realmente un solo individuo, en su construcción es un verdadero plural: «Nós (el Arzobispo) mandamos»; «Si alguna contrariedad pareciere en las leyes (decía el rey don Alfonso XI), tenemos por bien que Nós seamos requeridos sobre ello». No se extiende, sin embargo, la pluralidad ficticia a los sustantivos que se adjetivan haciéndose predicados de Nós: Elevada la solicitud a Nós el Presidente de la República, hemos resuelto», etc.

233 (a). Es frecuente en lo impreso que el escritor se designe a sí mismo en primera persona de plural: «Nos hallamos obligados a elegir éste, de los tres argumentos que propusimos» (Solís); pero entonces no se dice nós en lugar de nosotros.

234 (113). Hay en la segunda persona pluralidad ficticia cuando se dice vos por tú, representándose como multiplicado el individuo en señal de cortesía o respeto; pero ahora no se usa este vos sino cuando se habla a Dios o a los Santos, o en composiciones dramáticas, o en ciertas piezas oficiales, donde lo pide la ley o la costumbre.

En los demás casos vos por vosotros es hoy puramente poético:

«Lanzad de vos el yugo vergonzoso»

(Ercilla)

235 (114). El uso de vos, cuando significa pluralidad ficticia, no es semejante al de nós, pues no sólo se ponen en singular los sustantivos, sino los adjetivos, que le sirven de predicados: «Acabastes, Señor, la vida con tan gran pobreza, que no tuvistes una sola gota de agua en la hora de vuestra muerte, y con tan gran desamparo de todas las cosas, que de vuestro mismo padre fuistes desamparado» (Granada).

236 (115). Yo se declina por casos, esto es, admite variedades de forma según las diferentes relaciones en que se halla con las otras palabras de la proposición. Podemos distinguir desde luego tres casos:

Yo, sujeto: yo soy, yo leo, yo escribo.
Me, complemento que modifica al verbo: me dices, me esperan.
Mí, término de preposición: tú no piensas en mí, trajeron una carta dirigida a mí.

237 (116). La forma del nombre declinable que sirve de sujeto, se llama caso nominativo; la forma que toma cuando sirve de complemento, caso complementario; y la que toma cuando sirve de término, caso terminal.

238 (a). Recuérdese que los complementos son de dos especies: los unos compuestos de preposición y término, como el que modifica al verbo en obedezco a la ley; los otros formados por el término solo, como el que modifica al verbo en cumplo la ley (44). En el segundo ejemplo la ley es todo el complemento, en el primero no es más que una parte del complemento, el término. El caso me forma un complemento, y por eso lo llamo complementario; el caso mí forma solamente el término de un complemento, y por eso lo llamo terminal.

239 (117). Pero la forma me comprende verdaderamente dos casos que es necesario distinguir; porque si bien se presenta bajo una forma invariable en los pronombres personales, en los demostrativos no es así, como luego veremos. Cuando se dice tú me amas, él me odia, ellos me ven, yo soy el objeto amado, el objeto odiado, el objeto visto; me forma por sí solo un complemento acusativo. Pero cuando se dice tú me das dinero, él me ofrece favor, ellos me niegan auxilio, la cosa dada, ofrecida, negada, es dinero, favor, auxilio; yo soy solamente el término en que acaba la acción del verbo, esto es, en que va a parar el dinero, el favor, el auxilio, yo no soy el objeto directo del verbo, sino sólo la persona en cuyo provecho o daño redunda el darse, ofrecerse o negarse; y me forma un complemento de diversa especie, llamado dativo.

240 (118). Hay, pues, que distinguir cuatro casos:

Nominativo, Yo.
Complementario acusativo, me.
Complementario dativo, me.
Terminal, mí.

241 (119). En la primera persona de plural no sólo se confunden las formas de los dos casos complementarios, como en la primera de singular, sino el caso terminal con el nominativo.

Nominativo, nosotros, nosotras.
Complementario acusativo, nos.
Complementario dativo, nos.
Terminal, nosotros, nosotras.

Decimos, por ejemplo, nosotros o nosotras somos, leemos; tú nos amas, él nos odia, ella nos ve; nos das dinero, nos ofrece favor, nos negaron auxilio; no piensas en nosotros, en nosotras; no ha venido con nosotros, con nosotras.

Cuando en señal de dignidad se dice nós, ya sea que hable una persona sola o muchas, nós es nominativo y terminal; nos (sin acento), complementario acusativo y complementario dativo.

242 (120). La declinación de tú es análoga a la de yo:

Nominativo, tú.
Complementario acusativo, te.
Complementario dativo, te.
Terminal, ti.

243 (121). La de vosotros es análoga a la de nosotros:

Nominativo, vosotros, vosotras.
Complementario acusativo, os.
Complementario dativo, os.
Terminal, vosotros, vosotras.

Ejemplos: tú escribes, te esperan; te dan dinero; a ti; Por ti.

Vosotros o vosotras escribís; os esperan; os dan dinero; a vosotros o vosotras; por vosotros o vosotras.

244 (122). Si en el nominativo se usa de vos en lugar de tú, se suprime la terminación otros, otras, en los casos que la tienen.

245 (123). Los casos terminales mí, ti, cuando vienen después de la preposición con, se vuelven migo, tigo, y componen una sola palabra con ella: conmigo, contigo.

246 (a). En lo antiguo se decía nusco y connusco, en lugar de con nosotros, con nosotras; vusco y convusco, en lugar de con vosotros, con vosotras.

247 (b). Y también se decía vos por os.


Pronombres posesivos

248 (124). Llámase pronombres posesivos los que a la idea de persona determinada (esto es, primera, segunda o tercera) juntan la de posesión, o más bien, pertenencia. Tales son mío, mía, míos, mías, lo que pertenece a mí; nuestro, nuestra, nuestros, nuestras, lo que pertenece a nosotros, a nosotras, a nós; tuyo, tuya, tuyos, tuyas, lo que pertenece a ti; vuestro, vuestra, vuestros, vuestras, lo que pertenece a vosotros, a vosotras, a vos; suyo, suya, suyos, suyas, lo que pertenece a cualquiera tercera persona sea de singular o plural.

249 (125). Los pronombres mío, tuyo, suyo, sufren necesariamente apócope cuando construyéndose con el sustantivo le preceden; y la apócope es igualmente necesaria en ambos números. Mío, mía, pasan entonces a mi (sin acento); míos, mías, a mis; tuyo, tuya, a tu (sin acento); tuyos, tuyas, a tus; suyo, suya, a su; suyos, suyas, a sus: «Hijo mío, acuérdate de mis consejos, y dirige por ellos tus acciones, para que algún día hagas tuya la recompensa de reputación y confianza que los hombres por su propio interés dan siempre a la buena conducta».

250 (a). La pluralidad ficticia se extiende a los pronombres posesivos: «Considerando en nuestro pensamiento que la naturaleza humana es corruptible, y que aunque Dios haya ordenado que nós hayamos nacido de sangre y estirpe real, y nos haya constituido rey y señor de tantos pueblos, no nos ha eximido de la muerte», etc. (Testamento del rey don Fernando el Católico). Dícese nós en vez de yo, y nos en vez de me, y por consiguiente, nuestro en vez de mi.

«Habiendo vos, Señor, descubierto a los hombres tal bondad y misericordia, ¿es cosa tolerable que haya quien no os ame? ¿A quién ama, quien a vos no ama? ¿Qué beneficios agradece, quien los vuestros no agradece?» (Granada).

251 (126). A semejanza de la pluralidad figurada de nos y vos, hay una tercera persona ficticia que en señal de cortesía y respeto se sustituye a la verdadera; atribuyéndose, por ejemplo, a la majestad del rey, a la alteza del príncipe, a la excelencia del ministro, todos los actos de estos personajes, y todas sus afecciones espirituales y corporales: Su Majestad anda a caza; aún no se ha desayunado Su Alteza; Su Excelencia duerme. Y si les dirigimos la palabra, combinamos la cualidad abstracta de tercera persona con la pluralidad ficticia de segundo: Vuestra Majestad, Vuestra Alteza, Vuestra Paternidad. Algunos de estos títulos se han sincopado o abreviado en términos de haberse casi oscurecido su origen, como Vuestra Señoría, que ha venido a parar en Usía, y vuestra merced en usted.

252 (127). Esta tercera persona ficticia tiene singular y plural: Su Majestad, Sus Majestades; Usía, Usías; Usted, Ustedes. Constrúyese siempre con la tercera persona del verbo; y en todo lo que se diga por medio de ella es necesario que nos representemos una tercera persona imaginaria, singular o plural, masculina o femenina, según fuere el número y sexo de la verdadera persona o personas. Dícese, pues, Su Alteza está enfermo, si se habla de un príncipe; enferma, si de una princesa; Su Señoría decretó, y Sus Señorías decretaron. Así el posesivo ordinario que se refiere a estos títulos es su, aun cuando se hable con las personas que los lleven: Concédame Vuestra Majestad su gracia; lléveme usted a su casa. Pero en el título mismo se usa vuestra (dirigiendo la palabra a la persona que lo lleva); y tanto el posesivo como los otros adjetivos que contribuyen a formar el título, se ponen siempre en la terminación femenina: Vuestra Majestad Cesárea; Su Alteza Serenísima; Usía Ilustrísima. Hablando con personas de alta categoría, se introduce a veces vos en lugar de Vuestra Majestad, Alteza, etc., y por consiguiente vuestro en lugar de su.

253 (128). A veces se emplea su innecesariamente, declarándose la idea de pertenencia por este pronombre posesivo y por un complemento a la vez: Su casa de usted; su familia de ustedes. Eso apenas tiene cabida sino en el diálogo familiar y con relación a usted.


Pronombres demostrativos

254 (129). Pronombres demostrativos son aquellos de que nos servimos para mostrar los objetos señalando su situación respecto de determinada persona.

Este, esta, estos, estas, denota cercanía del objeto a la primera persona; ese, esa, esos, esas, cercanía del objeto a la segunda; aquel, aquella, aquellos, aquellas, distancia del objeto respecto de la primera y segunda persona.

255 (130). De cada uno de los tres adjetivos precedentes sale un sustantivo acabado en o: esto, eso, aquello. Esto significa una cosa o conjunto de cosas que están cerca de la primera persona; eso, una cosa o conjunto de cosas cercanas a la segunda persona; aquello, una cosa o conjunto de cosas distantes de la primera persona y de la segunda. Significando bajo una misma forma, ya unidad, ya pluralidad colectiva, carecen de número plural.

256 (a). Unas veces la demostración es material, y señalamos los objetos corporales en el lugar que ocupan, como en este pasaje de Quevedo: «Yo soy el desengaño; estos rasgones de la ropa son los tirones que dan de mí los que dicen que me quieren; y estos cardenales del rostro son los golpes y coces que me dan en llegando, porque vine y porque me vaya».

257 (b). Otras veces la demostración recae sobre el tiempo, y este, esto, señalan lo presente, aquel, aquello, lo pasado o lo futuro. Así esta semana es la semana en que estamos; aquel año es ordinariamente un año tiempo ha pasado. Así en el Evangelio el Salvador, después de anunciar las calamidades que habían de sobrevenir al pueblo judío, concluye diciendo: «¡Ay de las madres en aquellos días!».

«No os admiréis les digo,
Que llore y que suspire
Aquel barquero pobre
Que alegre conocistes».

(Lope)

Aquel señala aquí la persona misma que habla, pero en un tiempo pasado lejano, como si el que habla viese y mostrase su propia imagen en un cuadro algo distante.

258 (c). Si la demostración del lugar se verifica sobre los objetos reales, la del tiempo recae sobre los pensamientos e ideas, y admite importantes aplicaciones, como iremos notando.

259 (d). Cuando una de las personas que conversan alude a lo que acaba ella misma de decir, lo señala con este, esto; cuando alude a lo que el otro interlocutor acaba de decirle, se sirve de ese, eso, y si el uno recuerda al otro alguna cosa que se mira mentalmente a cierta distancia, emplea los pronombres aquel, aquello: «Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo» (Cervantes). «No digo yo, Sancho, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra cosa, sino esas frutas que dices» (el mismo). «Me trae por estas partes el deseo de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar perpetuo nombre; y será tal, que con ella he de echar el sello a todo aquello que puede hacer famoso a un caballero. -¿Y es de muy gran peligro esa hazaña?» (el mismo). Aun cuando no se hable con persona alguna determinada, este, esto, reproducen lo que acaba de decirse; aquel, aquello, otra cosa comparativamente lejana, y como siempre que se escribe, se habla en realidad con el lector, ese, eso, aluden entonces a las ideas que el escritor mismo acaba de comunicarle. Cuando digo, la Europa está en paz, hago nacer en el alma del que me oye o me está leyendo una idea que existe en la mía; la idea de la paz de Europa pertenece desde entonces al entendimiento del oyente o lector, lo mismo que al mío; puedo, pues, señalarla en el uno o el otro a mi arbitrio; y por consiguiente lo mismo será que añada, Pero quién sabe cuánto durará esta paz o esa paz. La primera locución es la más usual, la segunda tiene algo de más expresivo, pero debe emplearse con economía, y no a todo propósito, como hacen algunos.

260 (e). Si se trata de reproducir dos ideas comunicadas poco tiempo antes, nos servimos ordinariamente de este y aquel, o de esto y aquello; este, esto, muestran la idea que dista menos del momento de la palabra; aquel, aquello, la otra idea: «Divididos estaban caballeros y escuderos, éstos contándose sus trabajos, y aquéllos su amores» (Cervantes). Alguna vez, sin embargo, se emplean con la misma diferencia de significado este, esto, y ese, eso. Los poetas suelen también en esta doble reproducción de ideas trocar los demostrativos:

«Yo aquel que en los pasados
Tiempos canté las selvas y los prados,
Éstas, vestidas de árboles mayores,
Aquéllos, de ganados y de flores»;

(Lope)

licencia que no tiene inconveniente alguno en este pasaje, porque las terminaciones genéricas de los demostrativos señalan con toda claridad el sustantivo a que cada cual se refiere.

261 (f). En lugar de este, esto, ese, eso, se solía decir aqueste, aquesto, aquese, aqueso; uso casi totalmente desterrado de la prosa en el día, y raro aun en verso.

262 (g). Ese, eso (recobrando la fuerza de su origen latino ipse) significan a veces el mismo, lo mismo: «Eso se me da que me den ocho reales en sencillo, que una pieza de a ocho» (Cervantes). «Como yo esté harto (decía Sancho), eso me hace que sea de zanahorias que de perdices» (Cervantes).

263 (h). Tomada fue también del latín la nota de desprecio o vilipendio que asociamos a ese, eso; Rioja señala así a los hipócritas:

«Esos inmundos trágicos, atentos
Al aplauso común, cuyas entrañas
Son infaustos y oscuros monumentos»;

y Rivadeneira dice, hablando de sí mismo y de lo que debió a San Ignacio: «Por cuyas piadosas lágrimas y abrasadas oraciones confieso yo ser eso poco que soy».

264 (i). En lugar de este otro, esto otro, ese otro, eso otro, se empleaban también los compuestos estotro, esotro, no enteramente anticuados. En el uso reproductivo es elegante la designación del menos cercano de dos conceptos por medio de esotro: «Finalmente hubieron los de Noyón de ceder al cuarto asalto, con muerte y prisión de toda la gente de guerra, dejando el más honrado ejemplo de cómo se debe defender una plaza; que aunque muchos salen de ellas entera la honra y la vida, esotro es lo más asegurado» (Coloma); aquí se comparan dos conceptos, el de defender una plaza a todo trance y el de capitular; esotro reproduce el primero, que es el más distante. «Hacía fuerza en el ánimo católico del rey el deseo de conservar la fe en Francia, cuyos historiadores, apasionados sin duda en este juicio, no acaban de darle otros motivos políticos; mas aunque pudo haber algunos de los que se han señalado, el principal fue esotro» (Coloma).

265 (j). Pero aunque esotro se refiere de ordinario a lo más distante, no habrá inconveniente en referirlo a la más cercana de dos ideas, cuando por la terminación genérica se da a conocer cuál de las dos se reproduce: «Donde los cuerpos deliberantes son más de uno, el mismo influjo ha de prevalecer en todos para que no sean la gobernación y el Estado entero, aquélla una guerra continua y esotro un campo de batalla» (Alcalá Galiano). Si se sustituyese gobierno a gobernación todavía pudiera defenderse el empleo de esotro, porque alternando con aquel, no podría dudarse que este último demostrativo es al que toca la reproducción de lo más distante.