Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos: Capítulo XXXVI

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Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos
Capítulo XXXVI: Frases notables en las cuales entran artículos y relativos
de Andrés Bello


964 (a). Es digna de notar la elipsis de la preposición antes del relativo, cuando la misma u otra de un valor análogo precede al antecedente: «En el lugar que fue fundada Roma, no se veían más que colinas desiertas, y dispersas cabañas de pastores», en el lugar en que; «Al tiempo que salía la escuadra, el aspecto del cielo anunciaba una tempestad horrorosa», al tiempo en que; «Espadas largas que se esgrimían a dos manos, al modo que se manejan nuestros montantes» (Solís), al modo en que; «A medida que nos alejamos de un objeto, se disminuye su magnitud a la vista», a la medida en que. Esta elipsis, con todo, no tiene cabida sino cuando el término del complemento es de significado muy general, y el complemento mismo es de uso frecuente, como en el lugar, al tiempo, al modo, a la manera, a condición, a medida, a proporción, en el grado. En virtud de esta elipsis, el complemento y el relativo forman frases adverbiales relativas que acarrean proposiciones subordinadas.

965 (b). Y sucede también que se calla la preposición no sólo antes del relativo, sino antes del antecedente: «Todas las veces que yo fui a verle, me dijeron que no estaba en casa»: todas las veces que por en todas las veces en que, es expresión que se adverbializa por la doble elipsis de la preposición, equivaliendo a siempre que.

966 (c). Ya hemos notado (§ 166) aquellas construcciones en que el artículo definido se combina con el relativo que, perteneciendo los dos a distintas proposiciones; el artículo a la subordinante y el relativo a la subordinada. Lo que vamos a decir no debe aplicarse a los casos en que el artículo y el relativo pertenecen a una misma proposición, no siendo el primero más que una forma del relativo, por medio de la cual designamos sus varios números y géneros.

967. En las construcciones de que ahora se trata, es notable la concordancia del artículo sustantivado con un predicado a que por el sentido no se refiere verdaderamente, porque lo que éste pide es el artículo sustantivo. Así, en lugar de decir, «Lo que de lejos nos parecía un gran castillo de piedra, era una montaña escarpada», podemos decir, por un idiotismo de nuestra lengua (no desconocido en las antiguas): «El que de lejos...», concertando el artículo con el predicado castillo, que modifica a parecía, sin embargo de que al artículo no se subentiende ni podría subentenderse castillo; pues el castillo que de lejos nos parecía castillo, era una montaña, es un absurdo evidente. Este idiotismo es en sustancia el mismo de que se ha tratado en otro lugar (capítulo XXIX, apéndice II, c), pero bajo una forma especial.

«Lo que él pensaba que era sangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta» (Cervantes). Este lo es la palabra propia; pero pudo también decirse por el idiotismo de que se trata: la que él pensaba, etc.

968. Si se trata de personas, es claro que no podría decirse lo; la concordancia del artículo con el predicado sería entonces necesaria: «Sólo quedó en pie Bradamiro, arrimado al arco, clavados los ojos en la que pensaba ser mujer» (Cervantes); «Con esto conocieron que el que parecía labrador, era mujer y delicada» (el mismo). Lo que parecía mujer no podría decirse sino cuando esta apariencia la formase una cosa inanimada: «lo que parecía mujer era un bulto de paja».

969 (361). Para comprender el uso de la expresión lo que, compuesta de dos sustantivos neutros, anticiparemos algunas consideraciones sobre el neutro ello, de que el lo no es más que la forma sincopada.

Ya se ha visto (§ 151, d) que ello, a semejanza de los otros demostrativos neutros, reproduce conceptos precedentes: «Se habla de una gran derrota sufrida por las armas de los aliados; pero no se da crédito a ello». Si, bajo la forma íntegra, ello depone el oficio reproductivo (lo que sucede raras veces), conserva su significado natural, la cosa, el hecho. De aquí el sentido de aquella frase tan usada ello es que.

«Ello es que hay animales muy científicos
En curarse con varios específicos»;

(Iriarte)

que es como si se dijera, el hecho, la verdad del caso, lo que después de meditada la materia me parece, es que.

970. De ahí también la fuerza de aquella otra frase, aquí es ello, allá fue ello, esto es, la cosa notable, la dificultad, lo extraordinario, lo apurado. «Díjome finalmente que doña Estefanía se había llevado cuanto en el baúl tenía, sin dejarme en él sino un solo vestido de camino; aquí fue ello, aquí me tuvo Dios de su mano», etc. (Cervantes).

971 (a). También hemos visto (§ 139) que cuando la demostración recae sobre algo que sigue y que la especifica, se sincopa ello en lo:

«... No he salido
Jamás de estos campos bellos,
Por eso te deben ellos
Lo galán y lo florido».

(Don Antonio de Mendoza)

«No curemos de saber
Lo de aquel siglo pasado;
Vengamos a lo de ayer,
Que también es olvidado».

(Jorge Manrique)

«En teniendo el pueblo lo que deseó, vuelve a desear lo que tuvo, constante sólo en no admitir constancia y en pagar con ingratitud a sus bienhechores».

(Coloma)

972 (b). Se ha visto asimismo (§ 189, b), que los sustantivos neutros algo, nada, poco, mucho, tanto, cuanto, etc., se emplean a menudo como adverbios. Ello es de los que experimentan algunas veces esta trasformación, pasando por consiguiente a significar en verdad, en efecto, realmente: «Ello, no tiene duda que por ese tiempo se representaban unos dramas tan toscos, que merecían el nombre de farsas con que se apellidaban» (Martínez de la Rosa). En El pintor de su deshonra, de Calderón, un lacayo que tiene el prurito de contar cuentos a todo propósito, comienza varias veces uno, que los otros personajes, fastidiados de tanto cuento, no quieren oír; y con este motivo exclama:

«Ello, hay cuentos desgraciados».

No es raro en las comedias este uso adverbial de ello, que pertenece al estilo de la conversación: «Ello, así parece»; «Ello, tú al cabo lo has de saber»;

«Ello es necesario
Indagar qué vida lleva»;

(Moratín)

«Ello, ¿no ha de haber forma de que haga usted lo que su padre le manda?».

(Martínez de la Rosa)

973 (c). Las frases lo primero, lo segundo, etc., se adverbializan también equivaliendo a en primer lugar, en segundo lugar. Varias otras frases sustantivas formadas con lo toman asimismo el oficio de adverbios: «En la Araucana no hay un solo español que se distinga siquiera lo bastante para que nos quede su nombre en la memoria» (Martínez la Rosa);

«Como del mar en resonante playa
Las olas se suceden y amontonan,
Lo mismo entonces las falanges griegas
Una en pos de otra sin cesar marchaban».

(Hermosilla)

974 (362). Lo más digno de observar es la construcción del lo con epítetos o predicados:

«Muchos hay que en lo insolentes
Fundan sólo el ser valientes».

(Don Antonio de Mendoza)

Pudo haberse dicho, si lo permitiese la rima, lo insolente, concertando al adjetivo insolente con el lo. Pero en castellano, al mismo tiempo que un adjetivo especifica al lo, y es el objeto sobre que recae la demostración de este neutro, hay la particularidad de poder referirlo a un sustantivo distante (como insolentes a muchos hombres en el ejemplo anterior), concertándolo con ese sustantivo, y haciéndolo considerar como un epíteto o predicado suyo: «El Heraclio (de Corneille) presenta situaciones que sorprenden por lo nuevas e interesantes» (Martínez de la Rosa). Extiéndese el mismo uso a sustantivos de todo género y número, demostrados por el lo, y referidos epitéticamente a sustantivos: un historiador dice del rey San Fernando, que «Todo fue grande en aquel príncipe, lo rey, lo capitán, lo santo»; «Si el poeta se ciñe a la verdad, ¿de qué le sirve lo poeta?» (Maury);

«Zagala, no bien fingida, Basta, basta lo zagala»;

(Don Antonio de Mendoza)

hablando de muchos o con muchas hubiera podido decirse, ¿de qué les sirve lo poetas? Basta, basta lo zagalas.

He aquí otra muestra, copiada de la Gramática de Salvá:

«Con decir que es granadina
Os doy suficiente luz
De esta insoportable cruz;
Porque más no puede ser
Si a lo terco y lo mujer
Se le añade lo andaluz».

Pudo haberse dicho, según el idiotismo español, lo terca, lo andaluza, como se dijo lo mujer.

975. No por eso condenaríamos como ajeno del castellano: «En Isabel la Católica no era menos grande la mujer que la reina». Lo sería sin duda la expresión propia, porque nos haría ver en mujer y reina dos cualidades, como lo son realmente. Pero la, figurando las cualidades como personas distintas, es una metáfora que hermosea y engrandece el concepto.

976 (363). En la frase lo que suele adverbializarse el relativo, llevando envuelta o tácita la preposición de que debiera ser término; lo que significa entonces el grado en que. «Hernán Cortés dijo a Teutile que el principal motivo de su rey en ofrecer su amistad a Motezuma era lo que deseaba instruirle para ayudarle a salir de la esclavitud del demonio»: el grado en que, el ardor con que.

977 (364). Otras veces se adverbializa la frase entera lo que, equivaliendo a en el grado en que o al adverbio cuanto. «Bien cuadra un don Tomás de Avendaño, hijo de don Juan de Avendaño, caballero lo que es bueno, rico lo que basta, mozo lo que alegra, con enamorado y perdido por una fregona» (Cervantes); esto es, en el grado en que o cuanto es bueno serlo, en el grado en que o cuanto basta serlo, etc.

978 (365). Entre el lo y el que puede intervenir un predicado de cualquier género y número, cuando el verbo de la proposición subordinada es de los que suelen modificarse por predicados: «Lo ambicioso que fue de glorias y conquistas el emperador Napoleón» (ambicioso no concierta con lo, sino con emperador); «Lo melancólica que está la ciudad»; «Lo divertida que pasaron la noche»; «Lo distraídos que andan»; «Lo enfermas que se sienten»; «Lo apresurada que corre la vida»; «Lo desprovista que se halla de municiones la fortaleza»; nada más frecuente en castellano. Y obsérvese que en estas construcciones es necesaria la concordancia del predicado con el sustantivo de que se predica: no se puede decir lo desprovisto que se halla la fortaleza.

979 (366). Encierran ellas no pocas veces un sentido enfático: «Suele (Tirso de Molina) olvidar en sus desahogos lo fáciles que son de lastimar el pudor y el recato» (Martínez de la Rosa): cuán fáciles son.

980. Estas construcciones encierran una trasposición tan genial de la lengua, que extrañaríamos como desusado el orden natural: lo que (el grado en que) la fortaleza se halla desprovista. En el Amadís leemos: «Cuando Patín la vio» (a Oriana) «fue espantado, y entre sí decía, que todos los que la loaban no decían la mitad de lo que ella era hermosa»; por de lo hermosa que ella era. En Lope de Vega se encuentra, «Lo que es hermosa», por lo hermosa que es. Y en el Guzmán de Alfarache de Mateo Luján: «No me conoció por lo que yo venía disfrazado»; por lo disfrazado que yo venía. En Tirso de Molina ocurren varios ejemplos de lo mismo. Pero el uso general está a favor de la trasposición.

981 (367). Pueden también mediar adverbios y complementos entre el lo y el que, en virtud de la misma trasposición: «Lo bien que habla»; «Lo aprisa que corre»; «Lo diestramente que se condujo»; «Lo a la ligera que escribo»; esto es, el grado en que habla bien, en que corre aprisa, etc.

Y no se mire esta trasposición como ociosa: ella sirve para dirigir la atención sobre la idea precisa y sobre aquella parte de la idea en que es conveniente fijarla, como cualquiera echará de ver comparando el orden que gramaticalmente llamamos natural con el orden traspuesto.

982 (a). El neutro que, anunciativo de proposición subordinada, suele callarse entre dos verbos contiguos, subordinante y subordinado: «Deseábamos amaneciese»; lo cual, como observa Salvá, suena mejor cuando el verbo subordinado está en subjuntivo. Entre el que tácito y el verbo subordinado pueden mediar afijos y el adverbio no: «Esperábamos se sentenciase favorablemente la causa»; «Temíase no llegase a tiempo el socorro». Pero entre el verbo subordinante y el que tácito no suena bien la interposición de palabra alguna a no ser un enclítico: «Creíase iba a retirarse el enemigo».

983 (b). Conviene observar que con los verbos que significan temor, expresado el que anunciativo, es negativo o no la proposición subordinada según lo sea lo que se teme: «Temíase que fuesen socorridos los enemigos»; «Recelábase que nuestra caballería no llegase a tiempo». Al paso que callado el que, el objeto positivo puede llevar la negación de la misma manera que el negativo: «Temíase no fuesen socorridos los enemigos» significa, pues, lo mismo que temíase fuesen... Lo dicho se extiende a todos los verbos y frases subordinantes que llevan implícita la idea de temer: «Serán tantos los caballos que tendremos después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro» (Cervantes). Este no, al parecer superfluo, hace más elegante la frase, y aun a veces (como en el último ejemplo) haría falta.

984 (c). Con el verbo preguntar es enteramente arbitrario poner u omitir el que: «Bueno fuera preguntar a Carrizales que adónde estaban sus advertidos recatos», dice Cervantes; donde omitido el que no haría falta.

985 (d). Otras veces redunda este que: «Suplico a vuestra merced que, porque no encarguemos nuestra conciencia, confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora» (Cervantes). Nada más común que este pleonasmo en nuestros clásicos; pero según el uso moderno es una incorrección que debe evitarse.

986 (e). El anunciativo que, según se ha dicho antes (§ 162), se emplea a menudo como término: «Resignado a que le diesen la muerte»; «Avergonzado de que se hubieran descubierto sus intrigas»; «Se contentó el demandante con que se le restituyese la hacienda sin los frutos»; «Huyó porque le acometieron muchos a un tiempo»; «Según que nos elevamos sobre la superficie de la tierra, se adelgaza más y más el aire»; «Es preciso dar unidad a las diversas partes de una obra, para que el todo salga perfecto»; etc. A la misma especie de frases, como se ha dicho en otra parte (§§ 197 y 198), pertenecen pues que y mientras que; en las cuales pues y mientras son verdaderas preposiciones que callándose el relativo lo envuelven, y se hacen adverbios relativos: «Suframos, pues así lo quiere la fortuna»; «Mientras dura el buen tiempo, aprovechémosle». Con según es frecuentísima y casi constante la elipsis: «Según refieren los autores»; según que parece usarse mejor en el significado de a medida que.

987 (368). El que anunciativo se adverbializa a menudo con varios adverbios y complementos, formando con ellos frases adverbiales relativas que también anuncian una proposición subordinada: antes que, luego que, así que, aunque, bien que, aun bien que, ya que, ahora que, siempre que, a condición que, con tal que, etc.

988 (a). Conforme es adjetivo en «La sentencia es conforme a la ley»; «Los pareceres de los jueces fueron en un todo conformes». Pero es adverbio en «No tienen por qué temer el rigor de la ley los que viven conforme a ella». No creo que jamás se haya dicho conforme que, y sin embargo ha tomado esta palabra el carácter de adverbio relativo, como si envolviese el anunciativo que: «Un río cuyas dos orillas abarca nuestra vista es un objeto bello; pero conforme se aleja de su origen, y sus márgenes se van apartando, carecemos de términos de comparación, la idea se engrandece, y se convierte por fin en sublime» (Gil y Zárate): conforme es aquí a medida que, según que.

989 (b). Suelen también contraponerse elegantemente palabras y frases negativas al que de proposición subordinada en subjuntivo: «Nadie fue a verle, que no le encontrase ocupado»; «A ninguna parte se volvían los ojos, que no se presentasen objetos de horror»; «Nunca dio semejantes palabras, que no las cumpliese, aunque fuese en un monte y sin testigo alguno».

990 (c). El complemento porque, escrito como una sola palabra, es un verdadero adverbio relativo. Se separan sus dos elementos cuando el segundo no anuncia, sino reproduce: «El partido por que me intereso». Es preferible entonces el cual, o si se quiere, el que: el partido por el cual, o el que.

991 (d). Porque, como adverbio relativo, presenta en la proposición subordinada la causa, y en la frase subordinante el efecto. Así en «Huyó porque le acometieron muchos a un tiempo», la huida es el efecto de la acometida. Pero pasa a conjunción, ligando proposiciones independientes, cuando la segunda de ellas significa la causa lógica, el fundamento que hemos tenido para enunciar la primera: «No digas que no sientes estas consolaciones y alegrías, aunque pienses en Dios; porque si cuando el paladar está corrompido no juzga bien de los sabores, ¿qué maravilla es que teniendo tú el ánima corrompida, tengas hastío del maná del cielo y del pan de los ángeles?» (Granada): en este ejemplo lo que sigue a porque es la razón que se tuvo para desear que no dijeses que no sentías, etc. Más adelante hablaré de varios otros adverbios relativos que experimentan igual trasformación.

992 (e). Mediante la elipsis de por nace de la conjunción porque otra conjunción causal que liga también oraciones independientes, y anuncia una razón o fundamento lógico: «Calla y ten paciencia, que día vendrá en que verás por vista de ojos cuán honrosa cosa es andar en este ejercicio» (Cervantes); «Extrañas y dolorosas escenas interrumpían con frecuencia esta triste faena, que a veces en aquellos cuerpos horriblemente mutilados reconocían hombres y mujeres las prendas de su amor o de su amistad» (Baralt y Díaz). Esta conjunción es de grande uso en poesía:

«Pobre barquilla mía,
Entre peñascos rota,
No mires los ejemplos
De las que van y tornan,
Que a muchas ha perdido
La dicha de las otras».

(Lope)

«No me precio de entendido;
De desdichado me precio;
Que los que no son dichosos,
¿Cómo pueden ser discretos?».

(Lope)

993 (f). A veces este que toma la fuerza de conjunción correctiva convirtiendo lo condicional y contingente en positivo: «¡Dichoso hallazgo! -dijo a esta sazón Sancho Panza-, y más si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto, matando a ese gigante que vuestra merced dice, que si matará» (Cervantes).

994 (g). El adverbio relativo porque puede también anunciar la proposición subordinada como un objeto o fin: «El ayo se partió a Burgos a dar las nuevas a sus amos, porque pusieran remedio, y dieran traza de alcanzar a sus hijos» (Cervantes): con el objeto o fin de que, para que. Y subentendido el por, se hace el que un adverbio relativo en el mismo sentido: «Lo hacía mi madre por ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos» (Santa Teresa). No debe confundirse este que adverbial con el adjetivo equivalente a el cual, o el que, como en estos versos de Carvajal:

«... Me cantan
Cantares que me den afrenta y pena».

995 (h). Al anunciativo que suelen acompañar otras varias elipsis que hacen muy expresiva la frase: «En fin, señora, ¿que tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del rico Clenardo?» (Cervantes): con que tú eres. «¿Que te faltan las alforjas, Sancho?» (Cervantes): con que te faltan. «¡Que viva un hombre aquí tan poderoso!» (Lope): es posible que viva. «¡Que tenga de ser tan corta de ventura!» (Cervantes): es posible que tenga. «Que dé al diablo vuestra merced tales juramentos, que son muy en daño de la salud y muy en perjuicio de la conciencia» (Cervantes): ojalá que dé. «Pagó el porte una sobrina mía, que nunca ella le pagara»: ojalá que nunca, etc.

996 (i). Son frecuentísimas las frases que entre, que venga, que se vaya enhorabuena, que digan lo que quieran, susceptibles de todos los sentidos del modo optativo y de algunos otros, mediante varias elipsis, como quiero, deseo, te ruego, poco me importa, análogos a las circunstancias. Pero en el estilo elevado se emplean mejor las formas del optativo sin que:

«Despiértenme las aves
Con su cantar sabroso no aprendido».

(Luis de León)

997 (j). A la manera que las formas aseverativas equivalen a yo afirmo, yo juro, las fórmulas suplicatorias equivalen a yo ruego, yo suplico, y rigen como aquéllas el anunciativo que: «Por amor de Dios, señor Alférez, que no cuente estos disparates a persona alguna, si ya no fuere a quien sea tan su amigo como yo» (Cervantes).

998 (k). Cuando se propone lo que deseamos como una recompensa de lo que pedimos, suelen contraponerse dos optativos, el uno precedido del adverbio así, y el otro del que:

«Así, Bartolomé, cuando camines,
Te dé Mercurio prósperos viajes,
Y su sombrero, báculo y botines;
Que me des relación», etc.

(Villegas)

«Así no marchite el tiempo
El Abril de tu esperanza,
Que me digas, Tarfe amigo,
Dónde podré ver a Zaida».

Pero si se principia por el ruego, es necesario el imperativo o alguna otra forma que lo supla, y por consiguiente no hay lugar para el que:

«Dime, Tarfe, por tu vida,
Dónde podré ver a Zaida;
Así no marchite el tiempo
El Abril de su esperanza».

En lugar de así puede también emplearse el que mediante una elipsis: «¿Podréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí los palacios de la sin par Dulcinea?» (Cervantes): así sea que buena ventura, etc.;

«Dime, valeroso joven,
Que Dios prospere tus ansias,
Si te criaste en la Libia»:

(Cervantes)

así sea que Dios, etc.

999 (l). «No puede nadie excusar este trago, que sea rey, que sea papa» (Granada); «Que quisieron, que no quisieron, toman a cada uno de ellos en medio» (Rivadeneira): ya se suponga que. Y puede suprimirse elegantemente el primer que: «Queramos, que no, todos caminamos para esta fuente» (Santa Teresa). En virtud de esta elipsis se hace el que una conjunción alternativa o enumerativa, como ya, ora.

1000 (369). Por último el relativo que se vuelve conjunción comparativa, colocado después de los adjetivos mismo, igual, diferente, distinto, diverso, o de adverbios y complementos formados con ellos:

«Diversamente impera en los ánimos la costumbre que la ley».
«Lo mismo» o «de la misma manera habla que escribe»: (lo mismo, frase adverbial, § 361, c).
«En el mismo grado era animoso que elocuente».
«El mismo soy ahora que antes».
«Igual talento requiere la comedia que la tragedia».
«Diversas costumbres tiene que solía».
«No mostraba diferente semblante a la adversa que a la próspera fortuna».

Sirve este que para comparar dos conceptos, y lo hace como verdadera conjunción, ligando elementos análogos (§ 49), según se ve en los precedentes ejemplos: dos sujetos en el primero y quinto, dos atributos en el segundo, dos predicados en el tercero, dos adverbios en el cuarto, dos acusativos en el sexto, dos complementos formados con la preposición a en el séptimo.

1001 (a). Fácil es ver en la mayor parte de estos ejemplos la conversión del carácter relativo en el conjuntivo por medio de una o más elipsis:

«Lo mismo» o «de la misma manera en que escribe habla».
«Era animoso en el mismo grado en que era elocuente».
«El mismo soy ahora que antes era».
«La comedia requiere talento igual a aquel que la tragedia requiere».
«Tiene costumbres diversas de aquellas que solía tener».
«No mostraba a la fortuna adversa semblante diferente de aquel que había mostrado a la próspera fortuna».

1002 (b). Pero casos hay en que no sería posible reducir el oficio conjuntivo al relativo por medio de elipsis alguna, a lo menos natural y obvia:

«Otra cosa que el caso ha producido el orden admirable del universo».

«No en otra cosa que en la justicia está cimentada la seguridad de las sociedades humanas».

«No obedece a otro que a ti».

1003 (c). Precediendo negación expresa, el que se reviste de la fuerza de la conjunción sino: «No en otra cosa sino en la justicia», etc. Y tal es en efecto la forma que se da muchas veces a las oraciones de esta especie.

1004 (d). Con ser, cuando denota identidad, se construye a veces un que pleonástico, que no carece de cierta energía: «Hablara yo más bien criado si fuera que vos» (Cervantes); el mismo que vos. Pero este pleonasmo apenas tiene cabida sino en oraciones condicionales de negación implícita, en que se contrapone un nombre de persona determinada a un pronombre personal o a un artículo sustantivado: «Si ella fuera que tú»; «Si yo fuera que el gobernador».

1005 (e). ¿Deberá decirse «No tengo otro amigo que tú», o «no tengo otro amigo a ti»? En favor de esta segunda construcción pudiera alegarse que tener pide acusativo; que el acusativo de la segunda persona de singular es te o a ti; y que no pudiendo usarse te sino pegado a un verbo o derivado verbal (§ 141), es preciso emplear en esta frase la forma compuesta a ti. Pero el uso ha querido otra cosa: es preciso emplear aquí la forma nominativa tú. La práctica de la lengua pudiera formularse de este modo: si otro está en acusativo o nominativo, se construye con nominativo; si es término de preposición expresa, se construye o con un nominativo (que no es lo mejor) o con un complemento que lleve la misma preposición: «No me acompañaba otro que tú»; «No tengo otro amigo que tú»; «No me fío de otro que tú», o «que de ti».

1006 (f). En lugar del que comparativo se pone a menudo un complemento: «Diversas costumbres tiene de las que solía»; «Muy otra fue de la que se esperaba la terminación del negocio»; y aun a veces el segundo giro es el único admisible: «Iguales fueron los resultados a las esperanzas».

En los capítulos siguientes examinaremos otros usos de que, sea como conjunción comparativa, sea ejerciendo otros oficios. No hay palabra castellana que sufra tan variadas y a veces inexplicables trasformaciones.