Infierno (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Infierno

INFERNUM, subterráneo: los pueblos que enterraban los muertos, los pusieron en el subterráneo; luego su alma estaba allí con ellos. He aquí la primera física y la primera metafísica de los Egipcios y de los Griegos.

Los Indios, mucho mas antiguos, y que habían inventado la metensicosis, no creyeron nunca que las almas estaban en el subterráneo.

Los Griegos hicieron con el tiempo un vasto reino del subterráneo, el que dieron liberalmente a Plutón y a Proserpina su mujer; a estos asignaron tres consejeros de Estado, tres mujeres de gobierno llamadas las Furias, y tres parcas para hilar, devanar y cortar el hilo de la vida de los hombres. Y como en la antigüedad, cada héroe tenia su perro para guardar su puerta, se le dio a Plutón su gran perro con tres cabezas; porque todo iba por tres. De los tres consejeros de Estado, Minos, Eaque, y Radamanto, uno juzgaba a la Grecia, otro al Asia menor (porque los Griegos no conocían entonces la gran Asia), y el tercero era para la Europa.

Los poetas que inventaron estos infiernos, fueron los primeros que se burlaron de ellos. En tanto habla Virgilio con seriedad de los infiernos en la Eneida, porque entonces conviene lo serio a su asunto; y en tanto habla con desprecio en sus Geórgicas:


¡Felix qui potuit rerum cognoscere causas,
Atque metus omnes, et inexorabile fatum
Subjecit pedibus, strepitumque Acherontis avariz!

¡Feliz el que tus leyes, oh natura,
Conoce, y a sus pies holla tranquilo
Del hado y del Averno la impostura!


En el teatro de Roma se declamaban con el aplauso de cuarenta mil oyentes los siguientes versos de la Troada:


Toenara et aspero
Regnum sub domino, limen et obsidens
Custos non facili Cerberus ostio
Rumores vacui, verbaque innania,
Et par sollicito fabula somnio.


Ni de Plutón las lóbregas moradas
Ni sus furias, su Estigia y su Cerbero
Son mas que hablillas, expresiones vanas,
Fábulas necias para hacer nos miedo.


Lucrecio y Horacio se expresan con la misma fuerza; y Cicerón y Séneca hablan lo mismo en mil lugares: El gran emperador Marco Aurelio (lib. VIII. n. 62) discurre mas filosóficamente que todos ellos: "El que teme a la muerte, teme o ser privado de todos los sentidos, o experimentar otras sensaciones. Mas si tú no tienes ya sentidos no estarás expuesto a ninguna pena, ni a ninguna miseria. Si tienes sentidos de otra especie, serás otra criatura."

A este discurso no hay una palabra que responder en la filosofía profana. Sin embargo, por la contradicción aneja a la especie humana, y que parece que forma la base de nuestra naturaleza; al mismo tiempo que Cicerón decía públicamente: "No hay vieja que crea estas necedades", confesaba Lucrecio que estas ideas hacían una grande impresión sobre los ánimos; y dice que el viene para destruirlas:

Si certum finem esse viderent
AErumnarum homines, aliquâ ratione valerent
Religionibus atque minie obsistere vatum.
Nunc ratio milla est restandi, nulla facultas;
AEternas quoniam poenas in morte timendum est.


Si mas benigno prometiera el cielo,
A lo menos un termino a los males,
Las penas no nos fueran tan fatales:
Mas... ¡una eternidad! ¡qué desconsuelo!


Es pues cierto que entre los últimos del pueblo, unos se reían del infierno, y otros temblaban de él. Los unos miraban al Cerbero, las Furias y Plutón como fábulas ridículas; y otros no cesaban de llevar ofrendas a los dioses infernales. En una palabra, sucedía lo mismo que entre nosotros.


Et quocumque tamen miseri venêre, parentant
Et nigras mactant pecudes, et Manibus divis
Inferias mittunt, multoque in rebus acerbis.
Acriùs admittunt animos ad religionem.


A los dioses conjuran, y en sus aras
Reses negras inmolan caprichosos:
¡Qué necedad! Los hombres serán siempre
Cuanto mas infelices mas devotos.


Muchos filósofos que no creían en las fábulas de los infiernos, querían que el populacho fuese contenido por esta creencia. Así pensaban Timeo de Locres; y el filósofo historiador Polibio dice: "El infierno es inútil para los sabios; pero necesario para el populacho insensato."

Es bastante sabido que la ley del Pentateuco no anunció jamás el infierno. [1] Todos los hombres estaban sumergidos en este caos de contradicciones y de incertidumbres, cuando Jesucristo vino al mundo, y confirmó la doctrina antigua del infierno; no la doctrina de los poetas paganos, ni la de los sacerdotes egipcios; sino la que adoptó el cristianismo, a la que todo debe ceder: y anunció un reino que debía venir, y un infierno que no tendría fin.

En Cafarnaum en Galilea [2] dijo expresamente: "El que llame a su hermano Raca, será condenado por el sanhedrin, pero el que lo llame loco, será condenado al gehenei hinnon, gehenna del fuego."

Esto prueba dos cosas: primeramente que Jesucristo no quería que se dijesen injurias; porque no pertenece a nadie mas que a él como maestro, el llamar a los prevaricadores fariseos raza de víboras.

En segundo lugar, que los que dicen injurias a su prójimo merecen el infierno ; porque la gehenna del fuego estaba en el valle de Ilinnon, donde se quemaban antiguamente las víctimas a Moloc; y esta gehenna figura el fuego del infierno.

En otra parte dice[3]: "Si alguno sirve de tropiezo, o escándalo a los débiles que creen en mí, él quisiera mejor que se le pusiese al cuello una piedra de molino y que lo echasen en el mar."

"Y si tu mano te escandaliza, córtala, porque es mejor para ti entrar manco en la vida, que ir a la gehenna del fuego, donde no muere el gusano y donde el fuego no se apaga."

"Y si tu pié te escandaliza, córtalo, porque es mejor para ti que entres cojo en la vida eterna, mas bien que seas arrojado con los dos pies en la gehenna inextinguible, donde el gusano no muere, y donde el fuego no se apaga."

"Y si tu ojo te escandaliza, arráncalo porque te es mejor entrar tuerto en el reino de Dios, que el ser arrojado con los dos ojos en la gehenna del fuego, donde el gusano no muere, y donde el fuego no se apaga."

"Porque cada uno será salado por el fuego, y toda victima será salada por la sal."

"La sal es buena; y si la sal se pone insípida, ¿con qué salaréis?"

"En vosotros tenéis la sal; conservad la paz entre vosotros."

En otro lugar[4] dijo en el camino de Jerusalén: "Cuando el padre de familia haya entrado y haya cerrado la puerta, vosotros quedaréis afuera, y llamaréis diciendo: Maestro ábrenos; y él os dirá en respuesta: Necio vos ¿de donde sois? y entonces principiaréis a decir: "Nosotros hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras encrucijadas, y él responderá: Necio vos ¿de donde sois?; ¡operarios de iniquidades! y entonces habrá llantos y rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob, y todos los profetas, y que vosotros sois echados afuera."

A pesar de las declaraciones positivas, emanadas del Salvador del género humano, que aseguran la condenación eterna de todo el que no sea de nuestra Iglesia, ni Orígenes, ni algunos otros han creído la eternidad de las penas.

Los socinianos las desechan, pero están fuera del gremio. Los luteranos y calvinistas admiten un infierno sin fin, aunque también están fuera del gremio.

Desde que los hombres vivieron en sociedad, debieron percibir que muchos culpables se escapaban de la severidad de las leyes: ellos castigaban los crímenes públicos; fue pues necesario establecer un freno para los crímenes secretos; y solamente la religión podía ser este freno. Los Persas, los Caldeos, los Egipcios y los Griegos imaginaron castigos después de la vida; y de todos los pueblos antiguos que conocemos, los Judíos fueron los únicos que no admitieron mas que castigos temporales, como lo hemos observado.

Es ridículo creer, o fingir creer, fundándose en algunos pasajes muy obscuros, que el infierno estaba admitido por las antiguas leyes de los Judíos, por su Levítico, ni por el Decálogo, cuando el autor de estas leyes no dice ni una sola palabra que pueda tener la menor conexión con los castigos de la vida futura. Habría derecho para decir al autor del Pentateuco: Tú eres un hombre inconsecuente y sin probidad y sin razón, y muy indigno del nombre de legislador que te arrogas. ¡Qué! ¡Tú conoces un dogma tan capaz de reprimir y tan necesario al pueblo como el dogma del infierno, y no lo anuncias expresamente! ¡ Y mientras que está admitido en todas las naciones vecinas, te contentas con dejar que adivinen este dogma algunos comentadores que vendrán cuatro mil años después que tú, y que darán tormento a algunas de tus palabras para encontrar en ellas lo que tú no has dicho! O eres un ignorante que no sabes que esta creencia era universal en Egipto, en Caldea y en Persia; o eres un hombre muy mal avisado, si estando instruido en este dogma, no has fundado en él tu religión.

Los autores de las leyes judías pudieran responder cuando mas: Confesamos que somos sumamente ignorantes; que hemos aprendido a escribir muy tarde; que nuestro pueblo era una horda salvaje y bárbara, que según nuestra confesión anduvo errante un medio siglo por desiertos impracticables; y que al fin usurpó un pequeño país por las rapiñas mas odiosas, y por las crueldades mas detestables, de que jamás ha hecho mención la historia. Nosotros no teníamos ningún comercio con las naciones civilizadas; ¿como queréis que nosotros los mas terrestres de los hombres, inventásemos un sistema enteramente espiritual?

Nosotros no teníamos ni la palabra que corresponde a alma, sino para significar la vida; nosotros no conocimos nuestro Dios y sus ministros los ángeles, sino como unos seres corporales: la distinción entre el alma y el cuerpo, y la idea de una vida después de la muerte no pueden ser mas que el fruto de una larga meditación y de una filosofía muy fina. Preguntad a los Hotentotes y a los Negros que habitan mi país cien veces mas extenso que el nuestro, si conocen la vida futura. Nosotros creímos hacer bastante con persuadir a nuestro pueblo, que Dios castigaba los malhechores basta la cuarta generación, sea por la lepra, sea por muertes repentinas, o por la pérdida de los pocos bienes que poseían.

A esta apología se replicaría: Vosotros habéis inventado un sistema cuya ridiculez salta a los ojos; porque el malhechor que goza buena salud, y cuya familia prospera, debía necesariamente burlarse de vosotros.

entonces responderá el apologista de la ley judía: Vosotros os engañais; porque para un criminal que discurría exactamente, había ciento que no discurrían nada. El que había cometido un crimen, y no se sentía castigado ni en su cuerpo, ni en el de su hijo, temía por su nieto. Además si en el día no tenia alguna úlcera pestífera, a las que nosotros estábamos muy expuestos, las sufría en el transcurso de algunos años; y en una familia hay siempre desgracias, y nosotros hacíamos creer fácilmente que estas desgracias eran enviadas por una mano divina, vengadora de los pecados secretos.

Seria fácil replicar a esta respuesta y decir: vuestra excusa no vale nada, porque todos lo días sucede que gentes muy honradas pierden la salud y los bienes; y si no hay familia a la que no hayan sucedido desgracias, y estas desgracias son castigos de Dios, se sigue que todas vuestras familias eran familias de bribones.

El sacerdote judío podría contestar, que hay desgracias ajenas a la naturaleza humana, y otras enviadas expresamente por Dios; pero se podría hacer ver a este hablador, cuan ridículo es pensar que la calentura y el granizo son unas veces castigo de Dios, y otras un efecto natural.

En fin los fariseos y los esenianos entre los Judíos admitieron la creencia de un infierno a su modo: este dogma había ya pasado de los Griegos a los Romanos, y fue adoptado por los cristianos.

Muchos padres de la Iglesia no creyeron las penas eternas; y les parecía absurdo quemar por toda la eternidad a un pobre hombre por haber robado una cabra. En vano dice, Virgilio en su sexto canto de la Eneida:


Sedet aeternúmque sedebit
Infelix Theseus.


En vano pretende que Teseo está sentado para siempre en una silla, y que esta postura es su suplicio. Otros creían que Teseo es un héroe que no está sentado en los infiernos; sino que está en los campos Elíseos.

No hay mucho tiempo que un teólogo calvinista, llamado Petit-Pierre, Periquito, predicó y escribió que los condenados conseguirán algún día su perdón. Los demás ministros le dijeron que ellos no querían: la disputa se calentó; y se dice que el rey su soberano les mandó a decir, que pues querían ser condenados sin esperanza, a él le parecía muy bien, y consentía ello. Los condenados de la Iglesia de Neuchatel depusieron al pobre Periquito, que había tomado el infierno por el purgatorio. Se ha escrito que uno de ellos le dijo: Amigo mío, yo no creo en el infierno eterno mas que tú; pero sabe que es bueno que lo crean tu criado, tu sastre, y en especial tu procurador.

Añadiré para la ilustración de este pasaje una corta exhortación a los filósofos que niegan el infierno redondamente en sus escritos: Señores nosotros no pasamos nuestra vida con Cicerón, Atico, Catón, Marco Aurelio, Epicteto, el canciller del Hospital, La Mothe le Veyer, Des Ivetaux, René Descartes, Newton, Locke, ni con el respetable Bayle, que era tan superior a la fortuna; ni con el virtuosísimo incrédulo Espinosa, que no teniendo nada, volvió a los niños del gran pensionado de Wit una pensión de trescientos florines que le daba el gran de Wit, cuyo corazón se comieron los Holandeses, aunque no había nada que ganar en comérselo. Todos los que tenemos que tratar, no son Des-Barreaux, que pagaba a los litigantes el valor del pleito que había olvidado. Todas las mujeres no son Nino l'Enclos, que guardaba los depósitos tan religiosamente, ínterin que los mas graves personajes los violaban. En una palabra, Señores, todo el mundo no es filósofo.

Nosotros tenemos que tratar con muchos bribones que han reflexionado muy poco, y con una multitud de gentuza brutal, borracha y ladrona. Predicadles, si os parece que no hay infierno y que el alma es mortal; por mi parte, yo les gritaré al oído que se condenarán, si me roban; imitaré a un cura de aldea, que habiendo sido indignamente robado por sus ovejas, les dijo en el pulpito: Yo no sé en lo que pensaba Jesucristo cuando murió por una canalla como vosotros.

Hay un libro excelente para los tontos, titulado el Pedagogo cristiano, compuesto por el reverendo padre Outreman, de la Compañía de Jesús, y aumentado por el reverendo Conlon, cura de Ville Juif-lés-Paris: y gracias a Dios tenemos cincuenta y una ediciones de este libro, en el que no se encuentra ni una sombra de sentido común.

Fray Outreman afirma (pag. 157 edic. en 4.) que un ministro de Estado de la reina Isabel, llamado el barón de Honsden, (el que jamás ha existido) predijo al secretario de Estado, Cecil y a otros seis consejeros de Estado, que se condenarían, y él también; lo que sucedió, como sucede a todo hereje. Es probable que Cecil y los otros consejeros no creyeron al barón de Honsden; pero si este supuesto barón se hubiera dirigido a seis ciudadanos, puede que lo hubieran creído.

En el día de hoy, que ningún ciudadano de Londres cree el infierno, ¿como nos compondremos? ¿Qué freno tendremos? El del honor, el de las leyes, y aun el de la Divinidad, que sin duda quiere que seamos justos, haya, o no haya infierno.


  1. El autor del articulo teológico infierno del Diccionario Enciclopédico se equivoca al parecer extrañamente citando al Deuteronomio, Cap. XXXII. v. 22. y siguientes. En este lugar no se trata de infierno mas bien que de matrimonio y de baile. Se hace hablar a Dios así: "Ellos me han provocado en el que no era su Dios, y me han irritado en sus vanidades; y yo los provocaré en el que no es mi pueblo, y los irritaré en una nación loca. —Un fuego se ha encendido en mi furor, y él abrasará hasta el borde del subterráneo, y devorará la tierra con sus gérmenes; y quemará las raíces de las montaras. —Yo acumularé los males sobre ellos; tiraré sobre ellos mis flechas; los haré morir de hambre; los pájaros los devorarán con una mordedura amarga; enviaré contra ellos los dientes de las bestias con el furor de los reptiles y de las serpientes. La cuchilla los devastará al exterior y el espanto en el interior, a hombres y mujeres y niños de teta con los viejos." ¿Hay en todo esto nada que designe los castigos después de la muerte? ¿Se parecen al infierno las yerbas secas, las serpientes que muerden y las mujeres y los niños degollados? ¿No es vergonzoso truncar un pasaje para encontrar en él lo que no hay? Si el autor se ha engañado se le perdona; pero si ha querido engañar, es inexcusable.
  2. Mat. cap. V. v. 2.
  3. Marc. cap. IX. v. 42 y siguientes.
  4. Luc. cap. XIII.