Japón (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Japón

NO se tratará en este artículo, si esa porción de islas que se llama el Japón, es mucho más grande que la Inglaterra, la Escocia, la Irlanda, y las Orcadas juntas; si el emperador del Japón es más poderoso que el emperador de Alemania; y si los bonzos japoneses son más ricos que los frailes españoles.

También confesaré sin vacilar, que por más desterrados que estamos al cabo del occidente, tenemos más genio que ellos, tan favorecidos como están del sol en oriente. Nuestras tragedias y nuestras comedias pasan por mejores; nosotros hemos adelantado mas la astronomía, las matemáticas la pintura, la escultura y la música. Y además ellos no tienen nada que se parezca a nuestros vinos de Borgoña y de Champaña.

Mas ¿por qué hemos solicitado nosotros por tanto tiempo el permiso de ir al Japón, y ninguno de ellos ha deseado venir a nuestros climas? Nosotros hemos ido a Meako, a la tierra del Yeso, a la California, y también iríamos a la luna con Astolfo, si tuviéramos un hipogrifo. ¿Es esto curiosidad, inquietud de espíritu, o una necesidad verdadera?

Luego que los Europeos doblaron el cabo de Buena Esperanza, se lisonjeó la Propaganda de subyugar todos los pueblos vecinos de los mares orientales, y de convertirlos. Desde entonces no se comerció en Asia, sino con la espada en la mano; y cada nación de nuestro occidente envió a su turno comerciantes, soldados y sacerdotes.

Gravemos en nuestros turbulentos cerebros las memorables palabras del emperador Yontchin cuando echó de su reino a todos los misioneros jesuitas y no jesuitas; y que se inscriban sobre las puertas de todos los conventos: "¿Qué diríais, si nosotros fuéramos bajo pretexto de traficar a vuestras provincias, y dijéramos a vuestros pueblos que vuestra religión no vale nada, y que es absolutamente indispensable que abracen la nuestra?"

Y no obstante, esto es lo que la Iglesia latina ha hecho en toda la tierra: y lo que costó tan caro al Japón que estuvo cerca de sumergirse en los arroyos de sangre como sucedió a Méjico y al Perú.

En las islas del Japón había doce religiones diferentes que vivían juntas y en paz: llegaron unos misioneros portugueses, y pidieron se les permitiese hacer la decimotercia: se les contestó que fueran muy bien venidos, y que nunca habría demasiadas religiones.

De allí a poco hubo en el Japón frailes establecidos con el titulo de obispos. Apenas fue admitida su religión por la decimotercia, quiso ser la única. Uno de aquellos obispos se encontró en su camino con un consejero, al que disputó el paso[1] y le sostuvo que siendo él del primer orden del Estado y el consejero no mas que del segundo, le debía tener mucho respeto. El negocio hizo ruido. Los habitantes del Japón son mas fieros que indulgentes; y desterraron del Japón al fraile obispo, y a algunos cristianos en el año de 1586. Pronto fue proscripta la religión cristiana. Los misioneros se humillaron, y pidieron perdón; lo obtuvieron y abusaron de él.

En fin en el ano de 1637 apresaron los Holandeses un navío español que pasaba del Japón a Lisboa, y encontraron en este navío la correspondencia de un tal Moro, cónsul de España en Nangazaqui. Sus cartas contenían el plan de una conspiración de los cristianos del Japón para apoderarse del país; y se especificaba en ellas el número de navíos que debían ir de Europa y de Asia para apoyar la empresa.

Los Holandeses remitieron estas cartas al gobierno: este prendió a Moro, el que obligado a reconocer su letra, fue condenado al fuego.

entonces tomaron las armas todos los neófitos de los jesuitas y de los dominicos, hasta el número de treinta mil; y hubo una guerra civil horrorosa, en la que fueron exterminados todos los cristianos.

Es sabido que en premio de este servicio obtuvieron los Holandeses solos el permiso de comerciar en el Japón, con la condición de que jamás ejercerían en él ningún acto de cristianismo; y desde entonces han sido fieles a su promesa.

Permítaseme preguntar a estos misioneros, ¿cual era su rabia, después de haber coadyuvado a la destrucción de tantos pueblos en América, que les hacía intentar otro tanto en las extremidades del oriente por la mayor gloria de Dios?

Si fuera posible que los diablos del infierno se desencadenasen para venir a destruir la tierra; ¿qué mas podrían hacer? ¿Es este el comentario de oblígalos a entrar? ¿Se manifiesta así la mansedumbre cristiana? ¿Es este el camino de la vida eterna?

Lector, junta esta aventura a tantas otras, reflexiona y juzga.


  1. El hecho es averiguado por todas las relaciones.