Juliano/2 (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Juliano - Sección II

Supóngase un momento que Juliano hubiese dejado los falsos dioses por la religión cristiana; examínese entonces en él el hombre, el filósofo el emperador; y búsquese un príncipe que pueda preferírsele. Si hubiera vivido solamente diez años mas, hay grandes apariencias de que hubiera dado a la Europa una forma enteramente distinta de la que tiene en el día. La religión cristiana ha dependido de su vida; y los esfuerzos que hizo para destruirla, han hecho execrable su nombre a los pueblos que la han abrazado. Los sacerdotes cristianos sus contemporáneos lo acusaron de casi todos los crímenes, por que habla cometido el mayor de todos para ellos, que fue el de abatirlos. No hace mucho tiempo, que no se citaba su nombre sin el epíteto de apóstata; y tal vez es el mayor esfuerzo de la razón, el que al fin se haya cesado de designarlo con este injurioso sobrenombre. Los buenos estudios han traído el espíritu de tolerancia entre los sabios. ¿Quien creería que en un Mercurio de París del año de 1741 reprende vivamente el autor al escritor porque había faltado al decoro mas ordinario, llamando á este emperador Juliano el apóstata? Hace cien años que hubiera sido tratado de ateo cualquiera que no lo hubiera llamado apóstata.

Lo que es muy singular y muy cierto es que si se prescinde de las disputas entre los paganos y los cristianos, en las que tomó partido, si no se le sigue ni en las iglesias cristianas, ni en los templos de los idólatras; si lo seguimos en su casa, en los campos, en las batallas, en sus costumbres, en su conducta y en sus escritos, en todas partes lo encontramos igual a Marco Aurelio. Así este hombre que se ha pintado abominable, es el primero de los hombres, o por lo menos el segundo. Siempre sobrio, siempre templado, sin haber tenido jamás ninguna querida, durmiendo sobre una piel de oso, y dando pocas horas al sueño, y estas con sentimiento, repartiendo su tiempo entre el estudio y los negocios; generoso, capaz de amistad, enemigo del fausto en fin se le hubiera admirado, si no hubiera sido mas que un particular.

Si se considera en él al héroe, se le ve siempre a la cabeza de las tropas, restableciendo sin rigor la disciplina militar, amado de los soldados y conteniéndolos; conduciendo casi siempre a pié sus ejércitos, y dándoles el ejemplo de todas las fatigas; siempre victorioso en todas sus expediciones, hasta el último momento de su vida, y muriendo en fin haciendo huir a los Persas. Su muerte fue la de un héroe, y sus últimas palabras las de un filósofo: "Me someto con alegría, dijo, a los decretos eternos del cielo, convencido de que el que está enamorado de la vida cuando es necesario morir, es más cobarde que el que quisiera morir cuando es necesario vivir." En su última hora conversó sobre la inmortalidad del alma, sin el menor sentimiento y sin la menor debilidad: él no habló más que de su sumisión a la Providencia. Reflexionemos que es un emperador de treinta y dos años el que muere así; y veremos si es permitido insultar á su memoria.

Si se le considera como emperador, se le ve que rehúsa el título de dominus que afectaba Constantino, que consuela a los pueblos, que alivia los impuestos, que fomenta las artes, que reduce a setenta onzas los presentes de coronas de oro de trescientos a cuatrocientos marcos que exigieron sus predecesores de todas las ciudades, que hace observar las leyes, que contiene a sus oficiales y ministros, y que previene toda corrupción.

Diez soldados cristianos conspiran para asesinarlo; son descubiertos, y Juliano los perdona. El pueblo de Antioquía que juntaba la insolencia al deleite, lo insulta; él se venga como un hombre de talento; pues que pudiéndole haber hecho sentir el poder imperial, no hizo mas que manifestar la superioridad de su genio. Compárese esta conducta con los suplicios de Antioquía, y con todos los ciudadanos de Tesalónica degollados por un motivo al poco mas o menos semejante, todo dispuesto por Teodosio, del que casi se ha hecho un santo: y júzguese entre estos dos hombres.

Algunos escritores que se llaman padres de la Iglesia, Gregorio Nacianceno, y Teodoreto, han creído que se debía calumniarlo, porque había abandonado la religión cristiana. Estos escritores no han pensado que el triunfo de esta religión era el poder mas que un hombre grande, y sabio, después de haber resistido a los tiranos. Uno dice que llenó de sangre a Antioquía por una bárbara venganza: pero ¿como se habría ocultado un hecho tan público a todos los demás historiadores? Es sabido que no derramó en Antioquia mas sangre que la de las victimas. Otro tiene la osadía de asegurar que antes de morir arrojó su sangre contra el cielo, exclamando: Has vencido, Galilea. ¿Cómo ha podido acreditarse un cuento tan necio? ¿Combatía acaso contra los cristianos? ¿Son propias de su carácter ni tal acción, ni tales palabras?

Los hombres mas sensatos que los detractores de Juliano preguntarán ¿como un hombre de Estado como él, un hombre de tanto talento, un verdadero filósofo, pudo dejar el cristianismo en que había sido educado, por el paganismo, cuya absurda ridiculez no se le podía ocultar? Parece que si Juliano escuchó demasiado a su razón contra los misterios de la religión cristiana, debía haber escuchado mucho mas esta misma razón mas ilustrada contra las fábulas de los paganos.

Tal vez siguiendo el curso de su vida y observando su carácter, se descubrirá lo que le inspiró tanta aversión contra el cristianismo. El emperador Constantino, hermano de su abuelo, que había puesto sobre el trono a la religión cristiana, se había manchado con el asesinato de su mujer, de su hijo, de su cuñado, de su sobrino, y de su suegro: los tres hijos de Constantino principiaron su funesto reinado degollando a su tío y a sus primos: enseguida no se vio mas que guerras civiles y asesinatos: el padre, el hermano mayor de Juliano, todos sus parientes, y él mismo todavía niño, todos fueron condenados a perecer por su tío Constancio. Juliano se escapó de esta matanza general: sus primeros años se pasaron en el destierro; y en fin, no debió la conservación de su vida, su fortuna y el titulo de César, sino a la emperatriz Eusebia, mujer de su tío Constancio, que después de haber tenido la crueldad de proscribir su infancia, tuvo la imprudencia de hacerlo César, y después la imprudencia todavía mayor de perseguirlo.

Desde un principio fue testigo de la insolencia con que un obispo trató a Eusebia su bienhechora. Este fue un tal Leoncio, obispo de Trípoli, que mandó decir a la Emperatriz: "Que no iría a verla a menos que no lo recibiese de una manera conforme a su carácter episcopal; que ella saliese a recibirlo hasta la puerta; que recibiese su bendición humillándose; y que estuviese de pié hasta que él le permitiese sentarse."

Los pontífices paganos no trataban así a las emperatrices. Una vanidad tan brutal debió hacer profundas impresiones en el espíritu de un joven, que ya amaba la filosofía y la sencillez.

Si se encontraba en una familia cristiana, era en una familia famosa por sus parricidios; si veía los obispos de la corte, estos eran unos intrigantes osados, que se anatematizaban los unos a los otros, los partidos de Arrio y de Atanasio llenaban el imperio de confusión y de sangre. Al contrario los paganos no habían tenido jamás disputas de religión. Es pues natural que Juliano, que por otra parte fue educado por filósofos paganos, fortificase por los discursos de estos su aversión a la religión cristiana. Tampoco es mas extraño ver a Juliano abandonar el cristianismo por los falsos dioses, que ver a Constantino dejar los falsos dioses por el cristianismo. Es muy verosímil que ambos cambiaron de religión por interés de Estado, y que este interés se mezcló en Juliano a la fiereza indócil de un alma estoica.

Los sacerdotes paganos no tenían dogmas; no obligaban a los hombres a creer lo increíble; no pedían más que sacrificios, y estos no eran exigidos bajo penas rigorosas; no se llamaban el primer orden del Estado, ni formaban un Estado en el Estado; y no se mezclaban en el gobierno. He aquí bastantes motivos para decidir a un hombre del carácter de Juliano a una mudanza por lo demás tan condenable. Juliano tenia necesidad de un partido; y si no se hubiera preciado mas que de ser estoico, hubiera tenido contra si los sacerdotes y los fanáticos de las dos religiones. El pueblo no hubiera soportado que su príncipe se contentase con la adoración pura de un Ser puro, y con la observancia de la justicia. Fue indispensable que optase entre dos partidos que se combatían. Es pues creíble que Juliano se sometió a las ceremonias paganas, como casi todos los príncipes y los grandes van a los templos: el pueblo los conduce, y los obliga con frecuencia a parecer lo que no son, y a ser en público los primeros esclavos de la credulidad. E1 sultán de los turcos debe bendecir a Omar; el sofí de Persia debe bendecir a Alí: hasta Marco Aurelio se hizo iniciar en los misterios de Eleusis.

Así pues, no debemos sorprendernos de que Juliano envileciese su razón hasta descender a ciertas prácticas supersticiosas; pero es imposible dejar de indignarse contra Teodoreto, el único de todos los historiadores que refiere, que sacrificó una mujer en el templo de la luna en Carres. Este cuento infame debe ponerse con el otro cuento absurdo de Amiano sobre el genio del imperio que se apareció a Juliano antes de su muerte, y con el otro cuento no menos ridículo de que cuando Juliano quiso hacer reedificar el templo de Jerusalén, salieron de la tierra unos globos de fuego que consumieron todas las obras y trabajadores:


Iliacos intra muros peccatur et extra.


Los cristianos y los paganos esparcen igualmente fábulas sobre Juliano; mas las de los cristianos sus enemigos son todas calumniosas. ¿Quien podrá persuadirse jamás a que un filósofo haya inmolado una mujer a la luna, y destrozado sus entrañas con sus propias manos? ¿Cabe un horror semejante en el carácter de un estoico rígido?

Juliano no hizo morir jamás a ningún cristiano: él no les hizo favores; pero tampoco los persiguió. Como un emperador justo los dejó gozar de sus bienes, y escribió contra ellos como filósofo. Les prohibió que enseñasen en las escuelas los autores profanos, que ellos mismos querían desacreditar: esto no es ser perseguidor. Les permitía el ejercicio de su religión, y les impedía despedazarse por sus sangrientas disputas: esto era protegerlos. Luego no debían hacerle mas reconvenciones que las de haberlos dejado, de haberse engañado, de haberse hecho mal a sí mismo, y de no ser de su opinión: sin embargo encontraron el medio de hacer execrable a la posteridad un príncipe, cuyo nombre hubiera sido amado del universo sin su mudanza de religión.