Leyes/4 (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Leyes - Sección IV

En tiempo de Vespasiano y de Tito, cuando los Romanos despanzurraban los Indios, un Israelita muy rico que no quería ser despanzurrado, emigró con todo el oro que había ganado a su oficio de usurero, y condujo hacia Eziongaber a toda su familia, que se componía de su vieja mujer, un hijo y una hija; este judío tenía a su servicio dos eunucos, uno le servia de cocinero, y otro de labrador y viñador. Un buen eseniano que sabía el Pentateuco de memoria, le servia de capellán. Todo esto se embarcó en el puerto de Eziongaber, atravesó el mar que se llama Rojo, y no lo es, y entró en el golfo Pérsico para ir a buscar la tierra de Ofir, sin saber donde está. Es muy natural que sobreviniese una tempestad horrible, la que arrojó a la familia hebrea hacia las costas de las Indias; y el navío naufragó en una de las islas Maldivas, que hoy se llama Padrabranca, y que entonces estaba desierta.

El viejo y la vieja se ahogaron; el hijo y la hija, el capellán y los dos eunucos se salvaron: estos sacaron como pudieron algunas provisiones del navío, hicieron sus cabañas en la isla, y vivían con bastante comodidad. Ya se sabe que la isla Padrabranca está a cinco grados de la línea, y que en ella se encuentran los cocos mas gordos y los mejores ananás del mundo; y era muy agradable vivir en ella mientras que en otra parte se degollaba a la nación querida; mas el eseniano lloraba considerando que tal vez no quedaban mas judíos que ellos sobre la tierra, y que la simiente de Abraham se iba a acabar.

De ti depende resucitarla, le dijo el joven judío, cásate con mi hermana. Con mucho gusto lo haría; dijo el capellán, pero la ley se opone: yo soy eseniano y he hecho voto de no casarme jamás, la ley dice que se debe cumplir el voto; con que así que se acabe si quiere la raza judía, que yo no me casaré ciertamente con tu hermana, aunque es tan bonita.

Mis dos eunucos no pueden hacerle hijos, replicó el judío: si te parece, yo se los haré, y tú bendecirás el matrimonio.

Cien veces mejor quisiera ser despanzurrado por los Romanos, respondió el capellán, que contribuir a que cometas un incesto: si fuera tu hermana de padre, pase, porque la ley lo permite; pero siendo tu hermana de madre, esto es abominable.

Confieso, dijo el judío que esto sería un crimen en Jerusalén, donde encontraría otras mujeres; pero en la isla de Padrabranca, donde no veo más que cocos, ananás y ostiones, creo que la cosa es muy permitida. Así es que el judío se casó con su hermana y tuvo una hija, a pesar de las protestas del eseniano; y esta hija fue el único fruto de un matrimonio que el uno creía muy legítimo, y el otro abominable.

Al cabo de catorce años se murió la madre, y el padre dice al capellán: ¿Te has desengañado al fin de tus antiguas preocupaciones? ¿Quieres casarte con mi hija? ¡Dios me libre! respondió el eseniano. —Pues bien, yo me casaré con ella, y haremos lo que podamos, porque yo no quiero que se pierda la simiente de Abraham. Espantado el eseniano de esta horrible proposición, no quiso permanecer mas con un hombre que faltaba a la ley, y se fue. En vano lo llamaba el recién casado, diciéndole. Quédate, amigo mío; yo sigo la ley natural y sirvo a la patria; no abandones a tus amigos: el otro lo dejaba gritar, y llevando siempre la ley en la cabeza, se pasó a nado a una isla vecina.

Esta era la grande isla de Atola, muy populosa y muy civilizada, donde al instante que llegó lo hicieron esclavo. Así que aprendió a balbucir la lengua de Atola, se quejó amargamente de la manera poco hospitalaria con que lo habían recibido: y le respondieron que así lo ordenaba la ley, y que desde que la isla había estado muy próxima a ser sorprendida por los habitantes de la de Ada, se había determinado muy sabiamente, que todos los extranjeros que arribasen, serian reducidos a la esclavitud. Esta no puede ser una ley, dijo el eseniano, porque no está en el Pentateuco; a lo que se le replicó, que estaba en el Digesto del país y continuó siendo esclavo: felizmente tenía un amo muy bueno y muy rico, que lo trató bien, y al que se aficionó mucho.

Unos asesinos vinieron un día a matar al amo, y a robar sus tesoros, y preguntaron a los esclavos, si estaba en casa y si tenía mucho dinero. Os juramos, respondieron los esclavos, que no tiene dinero, y que no está en casa; mas el eseniano dijo: La ley no permite mentir; yo os juro que está en casa y que tiene mucho dinero: y el amo fue robado y muerto. Los esclavos acusaron al eseniano ante los jueces porque había entregado a su amo; el eseniano dijo, que no quería mentir, y que no mentiría por nada del mundo; y fue ahorcado.

En el último viaje que hice desde las Indias a Francia, me contaban esta historia y otras semejantes. Así que llegué, fui a Versailles a ciertos negocios, y vi pasar a una hermosa señora seguida de muchas mujeres no menos bellas. ¿Quién es esta dama tan hermosa? pregunté a mi abogado que había venido conmigo; porque yo tenía un pleito en el parlamento de París por los vestidos que yo me había hecho en las Indias, y no quería dejar del lado a mi defensor. Este me dijo: Esa es la hija del rey, y es tan hermosa como benéfica: es mucha lástima que en ningún caso pueda llegar a ser reina de Francia. ¿Porqué no? le dije yo, si sucediera la desgracia de perder todos sus parientes y príncipes de la sangre (lo que Dios no permita) ¿no podría ella heredar el reino de su padre? No, me dijo el abogado, la ley sálica se opone a ello formalmente.

Al día siguiente se vio mi proceso en una cámara del parlamento, y yo lo perdí por todos los votos: mi abogado me dijo que lo hubiera ganado por todos los votos en otra cámara. He aquí una cosa muy cómica; ¿luego cada cámara tiene su ley? le dije. Sí, me contestó, hay veinticinco comentarios sobre la costumbre de París; esto es, se ha probado veinticinco veces que esta costumbre es equívoca; y si hubiera veinticinco cámaras de jueces, hubiera veinticinco jurisprudencias diferentes. A quince leguas de París tenemos una provincia que se llama la Normandía, donde el pleito hubiera sido juzgado de otra manera muy distinta que aquí. Esto me dio deseos de ver la Normandía, y pasé allá con uno de mis hermanos: en la primera posada encontramos un joven que se desesperaba; yo le pregunté cual era su desgracia, y me contestó, que tenía un hermano mayor. ¡Qué gran desgracia! le dije, mi hermano es mayor que yo, y vivimos muy bien juntos. ¡Ay! Señor, me replicó, aquí se lo da todo la ley al mayor, y no deja nada para los menores. Usted tiene razón, le dije, entre nosotros se reparte con igualdad, y algunas veces no se aman más los hermanos.

Estas pequeñas aventuras me hicieron hacer bellas y profundas reflexiones sobre las leyes, y conocí, que a estas sucede lo mismo que a nuestros vestidos, que me ha sido preciso ponerme un doliman en Constantinopla y una casaca en París.

Si todas las leyes humanas son de convención, decía yo, no hay más que hacer bien los contratos. Los habitantes de Delhi y de Agra dicen que han hecho un malísimo negocio con Tamerlan, los de Londres se dan el parabien porque han hecho un negocio muy bueno con el rey Guillermo de Orange. Un ciudadano de Londres me decía un día: La necesidad hace las leyes, y la fuerza las hace observar. Yo le pregunté, si la fuerza no hacía leyes algunas veces también, y si Guillermo el bastardo y el conquistador no les había dado órdenes sin hacer ningún contrato con ellos. Sí, me contestó, nosotros éramos entonces bueyes, y Guillermo nos puso el yugo, y nos hizo andar a aguijonazos; después nos hemos transformado en hombres, pero nos han quedado los cuernos, con los que herimos al que quiere hacernos labrar para él y no para nosotros.

Lleno de todas estas reflexiones, me complacía en pensar que hay una ley natural, independiente de todas las convenciones humanas: el fruto de mi trabajo debe ser para mí; yo debo honrar a mi padre y a mi madre; yo no tengo ningún derecho sobre la vida de mi prójimo, ni mi prójimo lo tiene sobre la mía, &c. Pero cuando pensé que desde Cordolaomor hasta Mentzel, coronel de húsares, cada uno mata lealmente y roba a su prójimo con una patente en el bolsillo; esto me afligió mucho.

Se me dijo que había leyes entre los ladrones, y que también las había en la guerra. Yo pregunté, cuáles eran estas leyes de la guerra; y se me contestó, son, ahorcar a un valiente oficial que se ha sostenido en un mal puesto sin artillería contra un ejército real; hacer ahorcar a un prisionero cuando han ahorcado uno de los vuestros; incendiar y degollar las ciudades que no os hayan traído toda su subsistencia en el día señalado, según las órdenes del gracioso soberano de las inmediaciones. Bueno respondí yo, he aquí el Espíritu de las leyes.

Después de haberme instruido bien, descubrí que hay leyes muy sabias que condenan a un pastor a nueve años de galeras, por haber dado a sus carneros un puñado de sal extranjera. Mi vecino se ha arruinado por un proceso sobre dos encinas que le pertenecían y que había cortado sin observar una formalidad, que no había podido conocer; su mujer ha muerto en la miseria y su hijo arrastra una vida mas infeliz. Confieso que estas leyes son justas, aunque su ejecución es un poco dura; pero yo no puedo entrar por las leyes que autorizan a cien mil hombres para ir a degollar lealmente a cien mil vecinos. Me ha parecido que la mayor parte de los hombros ha recibido de la naturaleza bastante sentido común para hacer leyes; pero que todo el mundo no tiene bastante justicia para hacerlas buenas.

Reunid los sencillos y tranquilos labradores desde un extremo al otro de la tierra; y todos convendrán sin la menor dificultad en que debe ser permitido vender a sus vecinos el sobrante de granos y que la ley contraria es inhumana y absurda; que las monedas representativas de los frutos no deben alterarse mas que estos mismos frutos de la tierra; que un padre de familia debe ser el amo en su casa: que la religión debe reunir a los hombres, y no hacer de ellos fanáticos y perseguidores; que los que trabajan no deben privarse del fruto de sus trabajos para dotar la superstición y la ociosidad: en una hora harán treinta leyes de esta especie, todas útiles al género humano.

Pero que llegue Tamerlan y subyugue la India, y entonces no veréis mas que leyes arbitrarias. Una arruinará una provincia para enriquecer a un publicano de Tamerlan; otra hará un crimen de lesa majestad haber hablado mal de la querida del ayuda de cámara de raia; otra quitará la mitad de la cosecha al agricultor, y le disputará la otra mitad; en fin habrá leyes por las que un alguacil tártaro vendrá a embargar vuestros hijos en la cuna, hará un soldado del mas robusto, y un eunuco del mas débil, y dejará al padre y la madre sin socorros y sin consuelo.

Ahora bien, ¿qué es mejor, ser el perro de Tamerlan, o ser su súbdito? Es claro que la suerte de su perro es muy preferible.