Letras (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Gentes de letras, o letrados

En nuestros tiempos bárbaros, cuando los Francos, los Germanos, los Bretones, los Lombardos, los Mozárabes Españoles no sabían ni leer ni escribir, se instituyeron escuelas, o universidades, casi todas compuestas de eclesiásticos, que no sabiendo mas que su jerga, enseñaron esta jerga a los que quisieron aprenderla: las academias no vinieron hasta mucho tiempo después; estas han despreciado las necedades de las escuelas; pero no siempre han tenido ánimo para impugnarlas, porque hay necedades que se respetan en atención a que pertenecen a cosas respetables.

Los letrados que han hecho mas servicios al corto número de seres que piensan, esparcidos en el mundo, son letrados aislados, los verdaderos sabios encerrados en su gabinete, que ni han argumentado sobre los bancos de las universidades, ni han dicho las cosas a medias en las academias, y estos casi todos han sido perseguidos. Nuestra miserable especie está hecha de tal manera, que los que andan por el camino trillado, tiran piedras a los que enseñan un camino nuevo.

Dice Montesquieu, que los Escitas sacaban los ojos a sus esclavos para que se distrajesen menos cuando batían la manteca: así ha acostumbrado hacer la inquisición, y en los países donde reina este monstruo casi todos los hombres son ciegos. Hace mas de cien años que las gentes tienen dos ojos en Inglaterra; los Franceses principian a abrir uno; pero algunas veces hay hombres en los destinos que no quieren permitir ni que seamos tuertos.

Estas pobres gentes empleadas son como el doctor Balouard de la comedia italiana, que no quiere que lo sirva nadie más que el zopenco Arlequin, y que teme tener un criado demasiado penetrante.

Haced odas en alabanza de monseñor Superbus fadus, y madrigales para su querida, y dedicad a su portero un libro de Geografía; y seréis bien recibidos: ilustrad a los hombres y seréis aniquilados.

Descartes tuvo que dejar su patria, Gasendo fue calumniado, Arnauld arrastró sus días en el destierro, y todo filósofo ha sido tratado como los profetas entre los judíos.

¿Quien creyera que en el siglo dieciocho sería un filósofo conducido ante los tribunales seculares, y calumniado por los tribunales de argumentos, porque había dicho que los hombres no podrían ejercer las artes si no tuvieran manos? Yo no desespero de que se condene bien pronto a galeras al que tenga la insolencia de decir que los hombres no pensarían si no tuvieran cabeza; porque le dirá un bachiller: el alma es un espíritu puro, y la cabeza no es mas que materia; Dios puede poner el alma en el talón, lo mismo que en el cerebro; por tanto yo te denuncio como un impío.

La mayor desgracia de un hombre de letras, es tal vez ser el objeto de los celos de sus compañeros, la víctima de la cábala, el desprecio de los poderosos del mundo; es ser juzgados por los tontos. Estos tontos hacen más de lo que parece, principalmente cuando el fanatismo se junta a la ineptitud, y a esta el espíritu de venganza. La gran desgracia de un hombre de letras suele ser el no pertenecer a nada. Un ciudadano compra un oficio, y lo sostienen los compañeros; y si le hacen una injusticia, al momento encuentra defensores. El hombre de letras no tiene quien lo socorra, y se parece a los peces volantes; que si se elevan un poco se los comen los pájaros, y si entra en el agua se lo comen los pescados.

Todo hombre público paga tributo a la malignidad; pero es pagado en dinero y en honores.