Libros/1 (DFV)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Libro - Sección I

O vosotros, los que pasáis la vida en las vanidades de la ambición, y en los placeres, o en la ociosidad, vosotros despreciáis los libros; mas pensad que todo el universo se gobierna por libros, si exceptuáis las naciones salvajes. Toda África hasta la Etiopía y la Nigricia obedece al libro del Alcorán, después de haberse humillado al libro del Evangelio. La China se gobierna por el libro moral de Confucio: una gran parte de la India por el libro del Veidam; y la Persia obedeció durante muchos siglos a los libros de uno de los Zoroastros.

Si tienes un pleito, tus bienes, tu honor y aun tu vida dependen de la interpretación de un libro que no lees jamás.

Roberto el diablo, los cuatro hijos de Aimon y las Imaginaciones de M. de Oufle son también libros; pero a los libros sucede lo mismo que a los hombres, que un número muy pequeño hace un gran papel, y los demás están confundidos en la multitud.

¿Quién conduce al género humano en los países civilizados? Los que saben leer y escribir. Vosotros no conocéis ni a Boerhaave, ni á Sydenham: proponéis vuestro cuerpo en las manos de los que los han leído. Vosotros abandonáis vuestra alma a los que están pagados para leer la Biblia, aunque entre ellos no hay cincuenta que la hayan leído toda entera con atención.

Los libros gobiernan de tal manera el mundo, que los que mandan el día en la ciudad de los Escipiones y de los Catones, han querido que los libros de su ley sean para ellos solos; este es su cetro; y han hecho un crimen de lesa majestad a todo súbdito que toque en ellos sin un permiso expreso. En otros países se ha prohibido el pensar por escrito sin un despacho.

Hay naciones en donde se miran los pensamientos puramente como un objeto de comercio; y las operaciones del entendimiento humano no se consideran más que a dos sueldos el pliego. Si por acaso quiere el librero un privilegio para su mercancía, bien venda a Rabelais, o bien a los padres de la Iglesia, el magistrado da el privilegio sin responder de lo que contiene el libro.

En otro país, la libertad de explicarse en los libros es una de las más inviolables prerrogativas: en este país todo el mundo imprime lo que quiere bajo pena de fastidiar, o de ser castigado si abusa de su derecho natural.

Antes de la admirable invención de la imprenta eran los libros más raros y más caros que las piedras preciosas. Casi no había libros en nuestras naciones bárbaras hasta Carlomagno; y después de él hasta el rey de Francia Carlos V. llamado el sabio; y después de este Carlos y hasta Francisco I es una escasez extremada.

Solamente los árabes tuvieron libros desde el siglo ocho hasta el trece de nuestra era.

La China estaba llena de ellos cuando nosotros no sabíamos leer ni escribir.

Los copistas fueron muy ocupados en el imperio romano desde el tiempo de los Escipiones hasta la inundación de los bárbaros.

Los griegos se ocuparon mucho en trasladar hacia el tiempo de Amintas, de Filipo y de Alejandro; y en especial continuaron este oficio en Alejandría.

Este oficio es bastante ingrato. Los mercaderes han pagado siempre muy mal a los autores y a los copistas. Eran necesarios dos años de un trabajo asiduo para copiar bien la Biblia en pergamino. ¡Qué de tiempo y de trabajo se necesitaría para copiar bien correctamente en griego y en latín las obras de Orígenes, de Clemente Alejandrino y de todos los demás escritores que se llaman padres!

S. Hieronymos, o Hieronymus, que nosotros llamamos Jerónomo, dice en una de sus cartas satíricas contra Rufino [1], que se ha arruinado por comprar las obras de Orígenes, contra el que escribió con tanta amargura y con tanta cólera. "Sí dice, he leído a Orígenes: si esto es un crimen, confieso que soy culpable, y que he apurado mi bolsillo para comprar sus obras en Alejandría."

En los tres primeros siglos tuvieron las sociedades cristianas cincuenta y cuatro evangelios, de los que apenas transpiraron dos o tres copias entre los Romanos de la antigua religión hasta el tiempo de Diocleciano.

Entre los cristianos era un crimen irremisible el mostrar los evangelios a los gentiles; y ni aun los prestaban a los catecúmenos.

Cuando Luciano refiere en su Filopatris, insultando nuestra religión que conocía muy poco, que "una cuadrilla de mendigos lo condujo a un cuarto piso, donde se invocaba al Padre por el Hijo, y donde se predecían desgracias al emperador y al imperio," no dice que le enseñasen un solo libro. Ningún historiador, ningún autor romano habla de los evangelios.

Cuando un cristiano desgraciadamente temerario, e indigno de su santa religión, hizo pedazos públicamente y pisó un edicto del emperador Diocleciano, y atrajo de esta manera sobre el cristianismo la persecución que sucedió a la mayor tolerancia, fueron los cristianos obligados entonces a entregar sus evangelios y sus demás escritos a los magistrados: lo que nunca se había hecho hasta aquel tiempo. Los que entregaron sus libros temiendo la prisión y aun la muerte, fueron considerados por los demás como apostatas sacrílegos; y se les dio el sobrenombre de traditores de donde viene la palabra traidores; y muchos obispos opinaron que era necesario volverlos a bautizar, lo que causó un cisma espantoso.

Los poemas de Homero fueron por mucho tiempo tan poco conocidos, que Pisistrato fue el primero que los puso en orden, y que los hizo trasladar en Atenas, cerca de quinientos años antes de la era vulgar.

En el día tal vez no hay una docena de copias del Veidam y del Zenda-Vesta en todo el Oriente.

En el año de 1700 no se encontraba ni un solo libro en toda la Rusia, excepto los Misales y algunas Biblias en casa de los papas borrachos de aguardiente.

En el día se quejan del exceso; pero no toca a los lectores el quejarse: el remedio es fácil, cuando nadie los obliga a leer. Tampoco toca a los autores, porque los que componen la multitud no deben gritar que los aprietan. ¡Cuan pocas gentes leen a pesar de la enorme cantidad de libros! Y si se leyera con fruto ¿se verían las deplorables necedades a que continuamente se abandona el vulgo?

Lo que multiplica los libros, a pesar de la ley de no multiplicar los seres sin necesidad, es que con unos libros se hacen otros; y con muchos volúmenes ya impresos se fabrica una nueva historia de Francia o de España, sin añadir nada de nuevo. Todos los diccionarios; están hechos con diccionarios; y casi todos los libros nuevos de geografía son repeticiones de libros de geografía. La Suma de santo Tomas ha producido dos mil volúmenes en folio de teología. Y las mismas razas de gusanos que se comieron a la madre roerán también a los hijos.


Al que escriba
Malo, o bueno,
No le aflija
Ningún miedo;
Que a este oficio
Cualquier necio
Perder puede
Sin recelos
Papel, plumas,
Tinta y tiempo.



  1. San Jeron. Carta a Pammacon.