Judíos (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Judíos [1]

ME mandáis que os haga una pintura fiel del espíritu de los Judíos, y de su historia; y sin entrar en las miras inefables de la Providencia, buscáis en las costumbres de este pueblo el origen de los acontecimientos que esta Providencia ha preparado.

Es cierto que la nación judía es la mas singular que jamás ha existido en el mundo. Aunque a los ojos de la política es la mas despreciable, es muy considerable a los de la filosofía bajo muchos respectos.

Los Guebros, los Banianos y los Judíos son los únicos pueblos que subsisten dispersos, y que sin tener alianza con ninguna nación se perpetúan en medio de las naciones extranjeras, y viven siempre a parte de lo demás del mundo.

Los Guebros han sido en otros tiempos infinitamente mas considerables que los Judíos, pues que son restos de los antiguos Persas, que tuvieron a los Judíos bajo su dominio; pero en el día no están esparcidos mas que en una parte del Oriente.

Los Banianos que descienden de los antiguos pueblos, donde tomó Pitágoras su filosofía, no existen mas que en las Indias y en Persia; mas los Judíos están dispersos sobre la faz de la tierra; y si se reunieran, compondrían una nación mucho mas numerosa, que lo fue jamás en el corto espacio que fueron soberanos de la Palestina. Casi todos los pueblos que han escrito la historia de su origen, han querido exaltarla con prodigios: entre ellos todo es milagro; sus oráculos no les han predicho mas que conquistas; y los que han llegado a ser efectivamente conquistadores, no han tenido dificultad en creer a los antiguos oráculos, justificados por los sucesos. Lo que distingue a los Judíos de las demás naciones es que sus oráculos son los únicos verdaderos: y no nos es permitido dudar de ellos. Estos oráculos, que ellos no entienden sino en el sentido literal, les han predicho cien veces que serian los dueños del mundo: y sin embargo jamás han poseído mas que un pequeño rincón de tierra durante algunos años; y en el día no poseen ni una sola aldea. Luego deben creer y creen en efecto, que algún día se cumplirán sus predicciones, y que tendrán el imperio de la tierra.

Ellos son el último de todos los pueblos entre los musulmanes y los cristianos; y se creen el primero. Este orgullo en su abatimiento está justificado por una razón sin réplica; a saber, que son realmente los padres de los cristianos y de los musulmanes. Las religiones cristiana y musulmana reconocen por madre a la judía; y por una singular contradicción, una y otra tienen a esta madre horror y respeto al mismo tiempo.

No trato de repetir ahora esa serie continua de prodigios que admiran la imaginación, y que ejercitan la fe: solo hablaré de los acontecimientos puramente históricos, despojados del concurso celestial y de los milagros que Dios se dignó obrar por tanto tiempo en favor de aquel pueblo.

Primeramente se ve en Egipto una familia de setenta personas, que al cabo de doscientos quince años produce una nación, en la que se cuentan seiscientos mil combatientes; lo que compone más de dos millones de almas contando las mujeres, viejos y niños. En toda la tierra no hay un ejemplo de una población tan prodigiosa. Esta multitud, salida del Egipto, permaneció cuarenta años en el desierto de la Arabia pétrea; y el pueblo disminuyó mucho en aquel horroroso país.

Lo restante de la nación se internó un poco hacia el norte de aquellos desiertos. Al parecer tenían los mismos principios que tuvieron después los pueblos de la Arabia pétrea y desierta, de asesinar sin misericordia a los habitantes de las aldeas pequeñas sobre las que tenían la ventaja, reservando solamente a las doncellas. El interés de la población ha sido siempre el fin principal de los unos y de los otros. Se ha visto que cuando los árabes conquistaron la España, impusieron a las provincias tributos de doncellas casaderas; y en el día los árabes del desierto no hacen ningún tratado sin estipular que se les darán algunas doncellas y regalos.

Los Judíos llegan a un país arenoso, erizado de montañas, donde había algunas aldeas habitadas por un pequeño pueblo, llamado los Madianitas. En un solo campo de Madianitas tomaron los Judíos seiscientos setenta y cinco mil carneros, setenta y dos mil bueyes, sesenta y un mil borricos y treinta y dos mil doncellas, todos los hombres, mujeres y niños varones fueron asesinados; las doncellas y el botín se repartieron entre el pueblo y los sacrificadores.

En seguida se apoderaron en el mismo país de la ciudad de Jericó; pero habiendo votado los habitantes de aquella ciudad al anatema, fueron todos asesinados hasta las doncellas, y los Judíos no perdonaron mas que a una ramera llamada Rahab, que los había ayudado a sorprender la ciudad.

Los sabios han agitado la cuestión de si los Judíos sacrificaban efectivamente víctimas humanas a la Divinidad, como otras muchas naciones. Esta es una cuestión de nombre: los que aquel pueblo consagraba al anatema, no eran degollados sobre un altar con ritos religiosos; pero no por esto dejaban de ser inmolados, sin que fuese permitido perdonar a uno solo. El Levítico prohíbe expresamente, versículo 27, capitulo XXIX, que se rescaten los que se hayan votado, y dice en palabras terminantes que es menester que mueran. En virtud de esta ley Jephté degolló a su hija; Saúl quiso matar a su hijo; y el profeta Samuel hizo pedazos al rey Agag, prisionero de Saúl. Es muy cierto que Dios es el dueño de la vida de los hombres, y que a nosotros no nos toca examinar sus leyes: y así debemos limitarnos a creer estos hechos, y a respetar en silencio los designios de Dios que los ha permitido.

También se pregunta: ¿qué derecho tenían sobre el país de Canaan unos extranjeros como los Judíos? Se responde que tenían el que Dios les daba.

Apenas tomaron a Jericó y a Lais, tuvieron entre sí una guerra civil, en la que la tribu de Benjamín fue casi enteramente exterminada, hombres, mujeres y niños, y solo quedaron de ella seiscientos varones: pero no queriendo el pueblo que se destruyese una de sus tribus, tuvo la ocurrencia para remediarlo de incendiar y degollar una ciudad entera de la tribu de Manases, en la que mató todos los hombres, todos los viejos, todos los niños, todas las mujeres casadas, todas las viudas, y solamente reservó seiscientas vírgenes, que dio a los seiscientos Benjaminitas que sobrevivieron, para recomponer su tribu, con el fin de que estuviese siempre completo el número de sus doce tribus.

Entretanto los Fenicios, que era un pueblo establecido en las costas desde tiempo inmemorial, se alarmaron de las depredaciones y de las crueldades de los recienvenidos, y los castigaron frecuentemente: los príncipes vecinos se reunieron contra ellos; y fueron reducidos a la esclavitud siete veces en el espacio de mas de doscientos años.

Al fin se hicieron un rey, que eligieron a la suerte. Este rey no debía ser muy poderoso; porque a la primer batalla que dieron los Judíos bajo sus órdenes contra sus amos los Filisteos, no tenían en todo el ejército mas que una espada y una lanza, y ni un solo instrumento de hierro. Mas su segundo rey David hizo la guerra con ventaja: tomó la ciudad de Salem, tan célebre después con el nombre de Jerusalén; y entonces principiaron los Judíos a hacer alguna figura en los alrededores de la Siria. Su gobierno y su religión tomaron una forma mas augusta. Hasta entonces no habían podido tener templo, como lo tenían todas las naciones vecinas. Salomón edificó uno soberbio, y reinó sobre aquel pueblo como unos cuarenta años.

No solamente es el tiempo de Salomón la época mas floreciente de los Judíos; sino también de todo el mundo, pues todos los reyes de la tierra juntos no podrían ostentar un tesoro que se aproximase al que tenia Salomón. Su padre David, cuyo predecesor no tenia ni aun hierro, dejó a su hijo Salomón ocho millones de libras de Francia al corriente del día en dinero contante. Sus flotas que iban a Ofir, le producían por año sesenta y ocho millones en oro puro, sin contar la plata y las piedras preciosas. Tenia cuarenta mil caballerizas y otras tantas cocheras para sus carros, doce mil caballerizas para su caballería, setecientas mujeres y trescientas concubinas.

Sin embargo no tenia ni madera ni carpinteros para la construcción de su palacio, o el templo; y los pidió prestados al rey de Tiro, Hiram que también proveyó el oro; y Salomón le dio a Hiram veinte ciudades en pago. Los comentadores confiesan que estos hechos tienen necesidad de explicación, y han sospechado algún error de cifra en los copistas, que son los únicos que han podido engañarse.

A la muerte de Salomón se dividieron las doce tribus que componían la nación: el reino fue desmembrado, y se separó en dos pequeñas provincias, una de las cuales se llamó Judá y la otra Israel. Nueve tribus y media compusieron la provincia israelita, y dos y media solamente la de Judá.

Desde entonces nació entre estos dos pueblos un odio tanto mas implacable, cuanto que eran parientes y vecinos, y tenían religiones diferentes: porque en Sichem y en Samaria se adoraba a Baal dando a Dios un nombre sidoniano, ínterin que en Jerusalén se adoraba a Adonai. En Sichem se habían consagrado dos becerros, y en Jerusalén se habían consagrado dos querubines, que eran unos animales con alas y con dos cabezas colocados en el santuario. Cada nación tuvo pues sus reyes, su dios, su culto y sus profetas, y se hicieron una guerra cruel.

Ínterin que se hacían esta guerra, los reyes de Asiria, que conquistaban la mayor parte del Asia, cayeron sobre los Judíos, como un águila que se lleva en las garras dos largartos que se pelean. Las nueve tribus y media de Samaria y de Sichem fueron tomadas y dispersas sin remedio, y sin que nunca se haya sabido precisamente a qué lugares fueron conducidas en esclavitud.

Desde la ciudad de Samaria a Jerusalén no hay mas que veinte leguas, y se tocan sus territorios; y así cuando la una de estas dos ciudades era destruida por unos conquistadores poderosos, la otra no podía resistir mucho tiempo. Por consiguiente Jerusalén fue saqueada muchas veces; fue tributaria de los reyes Hazael y Razin, esclava en tiempo de Teglat-phael-asser, tres veces tomada por Nabucodonosor, o Nabucodon-asser, y al fin destruida.

Sedecías, que había sido establecido rey, o gobernador por aquel conquistador, fue conducido con todo su pueblo en cautividad a Babilonia; de suerte que no quedaron en la Palestina más Judíos que algunas familias de paisanos esclavos para sembrar las tierras.

Respecto al pequeño territorio de Samaria y de Sichem, que es mas fértil que el de Jerusalén fue repoblado por unas colonias extranjeras que enviaron a él los reyes asirios, y que tomaron el nombre de Samaritanos.

Las dos tribus y media, esclavas en Babilonia y en las ciudades inmediatas por el espacio de setenta años, tuvieron tiempo para tomar los usos de sus amos, y enriquecieron su lengua con la mezcla de la caldea. Desde entonces no conocieron los Judíos mas que el alfabeto y los caracteres caldeos; y aun olvidaron el dialecto hebraico por la lengua caldea; lo que es incontestable.

El historiador Josefo dice que al principio escribió en caldeo, que es la lengua de su país.

Parece que los Judíos aprendieron poca cosa de la ciencia de los magos; y se dedicaron a los oficios de corredores, cambiantes y ropavejeros, con lo que se hicieron necesarios como lo son en el día, y se enriquecieron.

Sus ganancias los pusieron en estado de obtener su libertad en tiempo de Ciro, y reedificar a Jerusalén; pero cuando fue necesario volver a su patria, los que se habían enriquecido en Babilonia no quisieron dejar un país tan hermoso por las montañas de la Celesiria, y las orillas fértiles del Eúfrates y del Tigris por el torrente de Cedron. Solamente la parte mas vil de la nación volvió con Zorobabel. Los Judíos de Babilonia contribuyeron solamente con sus limosnas para reedificar la ciudad y el templo; y aun lo que se juntó de la póstula, fue una cosa muy moderada: Esdras refiere que no se pudo juntar mas que setenta mil escudos para reedificar el templo, que debía ser el templo del universo.

Los Judíos subsistieron siempre súbditos de los Persas; lo mismo lo fueron de Alejandro; y cuando aquel hombre grande, el mas excusable de los conquistadores, principió en los primeros años de sus victorias a levantar a Alejandría y a hacerla el centro del comercio del mundo, corrieron a ella muchísimos Judíos a ejercer el oficio de corredores; y sus rabinos aprendieron al fin alguna cosa de las ciencias de los Griegos. La lengua griega fue absolutamente necesaria a todos los Judíos comerciantes.

Después de la muerte de Alejandro permaneció el pueblo judío sometido a los revés de Siria en Jerusalén, y a los de Egipto en Alejandría: y cuando estos reyes se hacían la guerra, el pueblo judío sufría siempre la suerte de los súbditos, y pertenecía a los vencedores.

Desde su cautividad en Babilonia no volvió Jerusalén a tener un gobernador particular que tomase el nombre de rey. Los pontífices tuvieran la administración interior; y estos pontífices que eran nombrados por sus amos, compraban algunas veces muy cara su dignidad, como el patriarca griego de Constantinopla compra la suya.

En tiempo de Antioco Epifánes se revolucionaron; y la ciudad fue saqueada de nuevo y sus murallas demolidas.

Después de una serie de desastres semejantes obtuvieron al fin por la primera vez cerca de ciento cincuenta años antes de la era vulgar, el permiso de acuñar moneda: Antíoco Sidetes les concedió este privilegio. entonces tuvieron jefes que tomaron el nombre de reyes, y que aun usaban de una diadema. Antígono fue el primero que se decoró con este adorno, que es poco honroso sin el poder.

En aquellos tiempos principiaban los Romanos a ser temibles a los reyes de Siria, señores de los Judíos; y estos ganaron al senado de Roma por sumisiones y regalos. Las guerras de los Romanos en el Asia menor debían al parecer haber dejado respirar al desdichado pueblo indio; pero apenas gozó Jerusalén de alguna sombra de libertad, cuando fue destrozada por unas guerras civiles, que la redujeron bajo sus fantasmas de reyes a un estado mucho mas lastimoso, que el que jamás había tenido en una serie tan larga de diferentes esclavitudes.

En sus disensiones intestinas tomaron a los Romanos por jueces. La mayor parte de los reinos del Asia menor, del África meridional y de las tres cuartas partes de la Europa reconocía ya a los Romanos por árbitros y por señores.

Pompeyo pasó a Siria a juzgar las naciones y a deponer muchos tiranos pequeños: y engañado por Aristóbulo que disputaba la corona de Jerusalén, se vengó en él y en su partido: tomó la ciudad, mandó crucificar a algunos sediciosos, ya sacerdotes, ya fariseos, y mucho tiempo después condenó al último suplicio al rey de los Judíos Aristóbulo.

Los Judíos siempre desdichados, siempre esclavos y siempre insurgentes, atrajeron otra vez sobre ellos las armas romanas. Craso y Casio los castigaron; y Metelo Escipión hizo crucificar a un hijo del rey Aristóbulo, llamado Alejandro que era el autor de las sediciones.

En tiempo del gran César estuvieron enteramente sometidos y pacíficos. Herodes, famoso entre ellos y entre nosotros, por mucho tiempo, simple tetrarca, obtuvo de Antonio la corona de Judea, que le costó bien cara; pero Jerusalén no quiso reconocer al nuevo rey, porque era descendiente de Esaú y no de Jacob, y porque no era mas que Idumeo: su calidad de extranjero fue precisamente lo que decidió a los Romanos a elegirlo para que sujetara mejor al pueblo.

Los Romanos protegieron al rey que habían nombrado con un ejército: y Jerusalén fue otra vez tomada por asalto y saqueada.

Protegido Herodes después por Augusto, se hizo uno de los príncipes mas poderosos entre los reyezuelos de la Arabia: reparó a Jerusalén; y reedificó la fortaleza que rodeaba el templo tan querido de los Judíos, y que él construyó de nuevo; pero que no pudo acabar, porque le faltaron el dinero y los operarios. Esta es una prueba de que Herodes no era rico, y de que los Judíos que amaban su templo, amaban todavía mas su dinero.

El nombre de rey no era mas que un favor que hacían los Romanos; y esta gracia no era un título de sucesión. Poco después de la muerte de Herodes, fue gobernada la Judea como provincia romana subalterna por el procónsul de Siria, aunque de tiempo en tiempo se concedía el titulo de rey, unas veces a un judío, otras a cualquiera otro, mediante mucho dinero, como se concedió al judío Agripa en tiempo del emperador Claudio.

Una hija de Agripa fue esa Berenice, célebre por haber sido amada de uno de los emperadores de que se vanagloria Roma. Ella fue la que atrajo las venganzas de los Romanos sobre Jerusalén por las injusticias que sufrió de sus compatriotas. Ella pidió justicia: las facciones de la ciudad se la negaron; y el espíritu sedicioso de este pueblo lo condujo a nuevos excesos. Su carácter en todo tiempo ha sido el ser cruel, y su suerte el ser castigado.

Vespasiano y Tito hicieron el sitio memorable que se terminó con la destrucción de Jerusalén.

El exagerador Josefo pretende que en esta corta guerra hubo mas de un millón de Judíos muertos.

Es menester no admirarse de que un autor que pone quince mil hombres en cada aldea, mate un millón de hombres. Los que quedaron fueron conducidos a los mercados públicos, y cada judío fue vendido sobre poco mas o menos al mismo precio que el inmundo animal que él no se atreve a comer.

En esta última dispersión esperaron todavía un libertador: y en tiempo de Adriano, el que ellos maldicen en sus rezos, se levantó un Barcochebas, que se llamó un nuevo Mesías, un Shilo, un Cristo. Habiendo reunido muchos de estos miserables bajo sus estandartes, que ellos tuvieron por sagrados, pereció con todos sus secuaces: y este fue el último golpe para esta nación, que ha subsistido postrada por él. Su opinión constante de que la esterilidad es un oprobio, la ha conservado. Los Judíos han considerado como sus dos grandes deberes los hijos y el dinero.

De esta pintura abreviada resulta, que los Hebreos casi siempre han sido o errantes, o ladrones, o esclavos o sediciosos: en la actualidad son todavía vagamundos sobre la tierra, y aborrecidos de los hombres; y aseguran que el cielo y la tierra y todos los hombres han sido criados para ellos solos.

Por la situación de la Judea y por el genio de este pueblo se ve evidentemente, que debía ser siempre subyugado. El estaba rodeado de naciones poderosas y guerreras, a las que tenía la mayor aversión: y así ni podía aliarse con ellas, ni ser protegido por ellas. Le fue imposible sostenerse por la marina, pues que perdió al instante el puerto que tenia en tiempo de Salomón en el mar Rojo; y pues que el mismo Salomón se sirvió siempre de los Tirios para construir y conducir sus navíos, como igualmente para edificar su palacio y su templo. Luego es manifiesto que los Hebreos no tenían ninguna industria y que no podían componer un pueblo floreciente.

Jamás tuvieron un cuerpo de ejército continuamente bajo las banderas, como los Asirios, los Medos, los Persas, los Sirios y los Romanos. En la ocasión tomaban las armas los artesanos y los cultivadores, que por consiguiente no podían formar tropas aguerridas. Sus montañas, o mas bien sus rocas, no son ni bastante altas ni bastante contiguas para haber podido defender la entrada de su país. La parte mas numerosa de la nación, transportada a Babilonia, a Persia y a la India, o establecida en Alejandría, estaba demasiado ocupada en su comercio y en su corretaje para pensar en la guerra. Su gobierno civil, en tanto republicano, en tanto pontifical, otras veces monárquico, y con mucha frecuencia reducido a la anarquía, no parece mejor que su disciplina militar.

Me preguntáis, cual era la filosofía de los Hebreos: el artículo será corto: no tenían ninguna.

Ni aun su legislador habla expresamente en ningún lugar ni de la inmortalidad del alma, ni de las recompensas de otra vida. Josefo y Filón creen las almas materiales; sus doctores admitieron ángeles corporales, y en su mansión en Babilonia dieron a estos ángeles los nombres que les daban los Caldeos; Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel. El nombre de Satanás es babilonio, y en cierta manera es el Arimánes de Zoroastro. El nombre de Asmodeo es también caldeo; y Tobías que vivía en Nínive, es el primero que lo ha empleado. El dogma de la inmortalidad del alma no se manifestó sino con el transcurso de los tiempos entre los fariseos. Los saduceos negaron siempre esta espiritualidad, esta inmortalidad y la existencia de los ángeles. Sin embargo, los saduceos comunicaron sin interrupción con los fariseos, y aun también tuvieron soberanos pontífices de su secta. Esta diferencia de opiniones entre estos dos grandes cuerpos no causó ningún disturbio. Los Judíos no eran escrupulosos en los últimos tiempos de su mansión en Jerusalén, sino sobre sus ceremonias legales. El que hubiera comido morcilla o conejo, hubiera sido apedreado, y el que negaba la inmortalidad del alma, podía ser gran sacerdote.

Se dice comúnmente, que el horror de los Judíos a las demás naciones procedía de su horror a la idolatría; pero es mucho mas verosímil que la manera con que en un principio exterminaron algunas aldeas de Canaan, y el odio que concibieron por ellos las naciones inmediatas, fueron la causa de la aversión invencible que tuvieron a todas. Como no conocían mas pueblos que sus vecinos, creyeron que detestaban a toda la tierra; y así se acostumbraron a ser los enemigos de todos los hombres.

Una prueba de que la idolatría de las naciones no era la causa de este odio, es que en la historia de los Judíos vemos, que ellos fueron idólatras con mucha frecuencia. El mismo Solomon sacrificó a los dioses extranjeros. después de él, no se ve casi ningún rey en la pequeña provincia de Judá, que no permitiese el culto de estos dioses, y que no les ofreciese incienso.

La provincia de Israel conservó sus dos becerros, o adoró a otras divinidades.

Esta idolatría que se acusa a tantas naciones, es también una cosa muy poco clara: y tal vez no sería difícil de lavar de esta mancha a la teología de los antiguos. Todas las naciones civilizadas han tenido el conocimiento de un Dios supremo, señor de los dioses subalternos y de los hombres. Los Egipcios reconocían también un primer principio que llamaban Knef, al que todo estaba subordinado. Los antiguos Persas adoraban al buen principio, llamado Oromáses, y estaban muy lejos de sacrificar al mal principio Arimánes, al que consideraban sobre poco mas o menos como nosotros consideramos al diablo. Los Guebros conservan todavía el dogma sagrado de la unidad de Dios. Los antiguos Bracmanes reconocían un solo Ser supremo: los Chinos no han asociado ningún ser subalterno a la Divinidad, ni han tenido ningún ídolo, hasta los tiempos en que el culto de Fo y las supersticiones de los bonzos han seducido al populacho. Los Griegos y los Rumanos, a pesar de la multitud de sus dioses, reconocían en Júpiter al Soberano del cielo y de la tierra. Hasta Homero no se separa nunca de esta verdad en las mas absurdas ficciones de la poesía: siempre representa a Júpiter como el único todo poderoso, que envía el bien y el mal a la tierra, y que con un movimiento de sus cejas hace temblar a los dioses y a los hombres. A los dioses subalternos y dependientes del Dios supremo se les erigían altares y se les hacían sacrificios: pero no hay ningún monumento de la antigüedad, en el que el nombre de soberano del cielo se le haya dado a un dios secundario, a Mercurio, a Apolo, ni a Marte. El rayo ha sido siempre el atributo del Señor.

La idea de un ser soberano, de su providencia, de sus decretos eternos se encuentra en todos los filósofos y en todos los poetas. En fin, tal vez es tan injusto pensar que los antiguos igualaban los héroes, los genios, los dioses inferiores con el que ellos llamaban el padre, el señor de los dioses, como seria ridículo pensar que nosotros igualamos los santos y los ángeles con Dios.

En seguida me preguntáis; si los antiguos filósofos y legisladores han tomado ideas de los Judíos, o los Judíos de ellos. Es menester referirse a Filón, que confiesa que los extranjeros no tenían ningún conocimiento de los libros de su nación antes de la traducción de los setenta.

Los grandes pueblos no pueden tomar sus leyes y sus conocimientos de un pueblo obscuro y esclavo. Los Judíos no tenían ni aun libros en tiempo de Osías: en el reinado de este se encontró por casualidad el único ejemplar que existía de su ley. Desde que este pueblo fue cautivo en Babilonia no conoció mas alfabeto que el caldeo: no fue afamado por ninguna arte, ni por ninguna manufactura de ninguna especie; y aun en el tiempo de Salomón les era forzoso pagar muy caros los operarios extranjeros. Decir que los Egipcios, los Persas, o los Griegos fueron instruidos por los Judíos, es lo mismo que decir, que los Romanos aprendieron las artes de los Bajos Bretones. Los Judíos no fueron nunca ni físicos, ni geómetras, ni astrónomos. lejos de tener escuelas públicas para instruir a la juventud, hasta faltaba en su lengua la voz que expresase esta institución. Los pueblos del Perú y de Méjico arreglaban su año mucho mejor que ellos. Su mansión en Babilonia y en Alejandría, en cuyo tiempo podían haberse instruido muchos particulares, no formó el pueblo mas que en el arte de la usura. Nunca supieron acuñar moneda; y cuando Antíoco Sidetes les permitió esta prerrogativa, apenas pudieron aprovecharse del permiso en cuatro o cinco años; y también se dice que su moneda fue acuñada en Samaria. De aquí procede que las medallas judías son tan raras, y casi todas falsas. En fin, no encontraréis en ellos mas que un pueblo ignorante y bárbaro que hace mucho tiempo que junta la mas sórdida avaricia a la mas detestable superstición, y al odio mas invencible a todos los pueblos que los toleran y que los enriquecen. «No obstante no es necesario quemarlos».



  1. El autor se dirige a la marquesa de Chatelet, como en otros artículos históricos de este Diccionario.