Libre albedrío (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Libre albedrío

DESDE que los hombres discurren los filósofos han embrollado esta materia; pero los teólogos la han hecho ininteligible con sus absurdas sutilezas sobre la gracia. Locke es tal vez el primer hombre que haya tenido un hilo en este laberinto porque es el primero, que sin tener la arrogancia de creer partir de un principio general, ha examinado la naturaleza humana por análisis. Hace tres mil años que se disputa, si la voluntad es libre o no: Locke [1] hace ver primero que la cuestión es absurda, y que la libertad no puede pertenecer a la voluntad mas que el color y el movimiento.

¿Qué quiere decir esta palabra ser libre? O quiere decir poder, o no tiene sentido; ahora bien, la voluntad puede es tan ridículo en el fondo, como si se dijera que es amarilla o azul, redonda o cuadrada. La voluntad es el querer, y la libertad es el poder. Veamos paso a paso la cadena de lo que pasa en nosotros sin ofuscarnos el entendimiento con ningún término de la escuela, ni con ningún principio antecedente.

Si se nos propone montar a caballo, es indispensable que hagamos una elección, pues es claro que montaremos o no montaremos. No hay medio. Luego es de una absoluta necesidad que queramos el sí, o el no. Hasta aquí está demostrado que la voluntad no es libre. Tú quieres montar a caballo; ¿por qué? Un ignorante responderá, porque quiero. Esta respuesta es un idiotismo; nada se hace, ni se puede hacer sin razón, sin causa: luego tu querer tiene una causa. ¿Cuál es esta? La idea agradable de montar a caballo que se presenta en tu cerebro, la idea dominante, la idea determinante. Pero, me dirás, ¿no puedo yo resistir a una idea que me domina? No, porque ¿cuál será la causa de tu resistencia? Ninguna. Tú no puedes obedecer por tu voluntad, sino a una idea que te domine más.

Ahora bien, como tú recibes todas tus ideas, también recibes tu querer; luego quieres necesariamente. Luego la palabra libertad no pertenece en ninguna manera a la voluntad.

Tú me preguntas, como se forman en ti el pensar y el querer: y yo te respondo que no lo sé. Tampoco sé como se hacen las ideas mejor que lo que sé como ha sido hecho el mundo. Y no nos es dado más que buscar a tientas lo que pasa en nuestra incomprensible máquina.

La voluntad no es pues una facultad que se pueda llamar libre. Una voluntad libre es una palabra absolutamente vacía de sentido; y la que los escolásticos han llamado de indiferencia; esto es, de querer sin causa, es una quimera que no merece combatirse.

¿Dónde, pues, estará la libertad? En el poder de hacer lo que se quiere. Yo quiero salir de mi gabinete, la puerta está abierta, yo soy libre de salir.

Pero, me dices, si la puerta está cerrada, y yo quiero permanecer en él, permanezco libremente. Expliquémonos. Tú ejerces entonces el poder que tienes de quedarte, tú tienes este poder; pero no tienes el de salir.

Luego, si reducimos a sus justos términos la libertad, sobre la que se han escrito tantos volúmenes, no es mas que el poder obrar.

¿En qué sentido, pues, debemos decir, el hombre es libre? En el mismo sentido que se pronuncian las palabras de salud, de fuerza y de felicidad. El hombre no está siempre sano, no siempre se encuentra fuerte, y no siempre es feliz.

Una grande pasión, un gran obstáculo le quitan su libertad, su poder de obrar. Luego la palabra libertad, libre albedrío, es una palabra abstracta, y general, como hermosura, bondad y justicia. Estos términos no dicen que todos los hombres son hermosos, buenos y justos; y de la misma manera tampoco son siempre libres.

Adelantemos más: no siendo la libertad más que el poder de obrar, ¿cuál es este poder? Este poder es el efecto de la constitución y el estado actual de nuestros órganos. Leibnitz quiere resolver un problema de geometría, y cae apoplético: ciertamente no tiene la libertad de resolver su problema. Un joven vigoroso y muy enamorado que tiene a su fácil querida entre sus brazos, ¿es libre de domar su pasión? no sin duda. El tiene el poder de gozar, y no tiene el poder de abstenerse. Luego Locke ha tenido muchísima razón en llamar poder a la libertad. ¿Cuándo se podrá abstener este joven, a pesar de la violencia de su pasión? Cuando una idea más fuerte determine en sentido contrario los resortes de su alma y de su cuerpo.

¿Pero, ¡qué! tendrán los demás animales la misma libertad, el mismo poder? ¿Por qué no? Ellos tienen sentidos, memoria, sensaciones, y percepciones como nosotros. Ellos obran con espontaneidad como nosotros. Es indispensable que también tengan como nosotros el poder de obrar en virtud de sus percepciones, en virtud del juego de sus órganos.

A esto se exclama: si es así, todo es una pura máquina, todo está en el universo sujeto a leyes eternas. Y bien ¿sería mejor que todo se hiciese al arbitrio de un millón de ciegos caprichos? O todo es la consecuencia de la necesidad de la naturaleza de las cosas, o todo es el efecto del orden eterno de un señor absoluto; y en uno y otro caso no somos más que ruedas de la máquina del mundo.

El decir que sin la supuesta libertad de la voluntad son inútiles las penas y las recompensas es un juego vano de talento y lo que se llama un lugar común. Discurrid, y os convenceréis de todo lo contrario.

Si cuando se ahorca a un facineroso, tiene su cómplice la libertad de no conmoverse del suplicio; si su voluntad se determina por sí misma, irá desde el pié del cadalso a cometer un asesinato; pero si sus órganos afectados del horror, le hacen experimentar un terror invencible, no volverá a cometer ningún delito. El suplicio de su compañero no le es inútil, y no asegura a la sociedad, sino en cuanto su voluntad no es libre.

Luego la libertad no es, ni puede ser otra cosa más que el poder de hacer lo que se quiere. He aquí lo que nos enseña la filosofía. Pero si se considera la libertad en el sentido teológico, esta es una materia tan sublime, que las miradas profanas no deben elevarse hasta ella. Véase Libertad.



  1. Véase el Ensayo sobre el entendimiento humano, capítulo del Poder.