El doctor Centeno: 19

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Quiromancia : I[editar]

Federico Ruiz... ¡Singular hombre, dado a la ciencia, al arte; el astrónomo que más entendía de versos, el poeta más sabedor de cosas del cielo! Diez años hacía que su espíritu navegaba jadeante por los espacios del saber buscando una vocación, y de ensayo en ensayo, de una en otra tentativa se le enfriaba el entusiasmo y su voluntad padecía desmayos. Era español puro en la inconstancia, en los afectos repentinos y en el deseo de aplausos. Primero fue músico, después cursó la Facultad de Ciencias y obtuvo la plaza del Observatorio, en la cual no estaba contento, porque su espíritu tenía un desasosiego, un como escozor, semejantes a la inquietud del enfermo que busca su alivio en los cambios de postura.

Era de costumbres apacibles, un tanto egoísta y un tantico avaro. Carecía del entusiasmo de su profesión, pero desempeñaba a conciencia, si no de buena gana, los servicios del Observatorio. Soñaba con triunfos en el teatro, ¡demencia española!, y se creía, como tantos otros, un ingenio no comprendido y sacado de su natural asiento, víctima de la fatalidad y de las perversas contingencias locales. Todo ecléctico es triste: la perplejidad del espíritu hace displicentes humores. Y el bueno de Ruiz, en las melancolías que le ocasionaba una profesión considerada como interina, decía: «¡Qué país este!... ¡Desgracia grande vivir aquí! ¡Si yo hubiera nacido en Inglaterra o en Francia!...». Muchos ¡ay!, que dicen esto, revelan grande ingratitud hacia el suelo en que viven, pues si en realidad hubieran nacido en aquellos otros países, estarían quizás tan campantes haciendo zapatos o barriendo las calles. De todo esto se desprende que Federico Ruiz, astrónomo sin sustancia, debía de ser adocenado poeta. Incapaz de dar direcciones nuevas al arte, no sabía más que trillar los viejos caminos donde ya ni flor había ni yerba que no estuviesen cien veces holladas y aun pisoteadas.

Era el eternamente descontento, el plañidor de su suerte, el incansable arbitrista de su propio destino. Seguramente, desde que una obra suya pasara de las musas al teatro, le habían de entrar ganas de dar nueva ocupación a su espíritu. Un hombre tan sin centro y de pensamientos tan variables no podía ser gordo. En efecto Federico Ruiz era flaco, tan flaco, que los carrillos se le besaban por dentro, y cuando se sentaba, tomando aquellas extrañas posturas, sin las cuales no demostraba comodidad, todo él se volvía ángulos. Era un zig-zag... Por extraña armonía, su pensamiento era lo mismo, y hablando variaba de dirección rápidamente describiendo con la palabra un vaivén mareante. Nada había derecho en él, ni el cuerpo ni el juicio. Andaba con cierta vacilación, semejante a la de los que han bebido más de la cuenta, y su voz era desentonada.

Último toque. Era ferviente católico, o al menos así lo decía él. Con su mejor amigo era capaz de pegarse si le hurgaban tantico, sacando a relucir divergencias entre la Fe y la Ciencia. Casamentero de las ideas, hacía felicísimos himeneos, y para ello tenía caudal copioso de oportunas y originales razones. Con su verbosidad errática y un si es no es elocuente, defendía todo lo defendible, logrando encontrar tales armonías entre el Génesis y el telescopio, que al fin sus amigos no tenían más remedio que callarse.

En el Observatorio su trabajo era más bien meteorológico que astronómico. Desempeñaba una plaza de auxiliar. Por ausencia o enfermedad de algún astrónomo, hacía las observaciones corrientes y algunos estudios matemáticos. Aunque no lo hacía mal, sus jefes no le confiaban ningún trabajo delicado. Tardaba mucho, se fatigaba y además... Entre fórmula y fórmula, ¿cómo no dar descanso y consuelo al ánimo con un par de versitos?

En los tiempos aquellos en que le conocimos estaba el hombre muy encariñado con una idea católico-astronómica, que confiaba a sus amigos. Hay motivos para creer que la tenía formulada en difusos papelotes. La cosa era muy original, y hasta útil, filosófica, y como simbólica de la deseada concordia entre la Ciencia y la Religión. He aquí la idea de Federico Ruiz.

¿Por qué los planetas y las constelaciones y todas las unidades, familias o grupos sidéreos han de tener nombres mitológicos? ¿Qué significación ni sentido podemos dar en nuestra edad cristiana a los nombres y a las aventuras amorosas o criminales de tanto Dios adúltero y brutal, de tanto semidios canalla, de tanta ninfa sin vergüenza, de tanto animal absurdo? ¿Por ventura no tenemos, en lo espiritual, nuestro magnífico Cielo cristiano poblado de santos patriarcas, ángeles, profetas, vírgenes, mártires y serafines? Y si lo tenemos, ¿por qué no hemos de concordarlo y emparejarlo con el Cielo visible, dando a los astros los excelsos nombres del Cristianismo? Así tendríamos el Almanaque práctico, religioso y una como cifra exacta de la presencia de los bienaventurados en el Cielo lo mismo que están esas hermosas luces en el vacío infinito. ¿Qué inconveniente hay en que ese grandioso planeta, llamado hasta aquí Júpiter, Dios de una falsa doctrina, se llame ahora San José? Y los demás planetas de nuestro sistema, ¿por qué no habían de tener el nombre de otros patriarcas, Adán, Noé, Abraham...? Esto se cae de su peso. Pues siguiendo este trabajo de bautizar el firmamento, las doce partes del Zodiaco vienen que ni de molde para los doce Apóstoles. Todas las constelaciones boreales y australes tendrían su santo correspondiente y las grandes estrellas representarían los santos más famosos. Arcturus, por ejemplo, sería San Francisco de Asís; Aldebarán, San Ignacio de Loyola; el Alpha del Centauro, Santiago; la Cabra, San Gregorio Magno; Vega, San Agustín; Rigel, San Luis Gonzaga... La Cabellera de Berenice tomaría el nombre de la Magdalena; las Pléyades serían las once mil Vírgenes; la Espiga o Alpha de la Virgen, Santa Teresa de Jesús, y Antarés, la Verónica...Sirius, la mayor maravilla del cielo, tendría la representación de la Madre de Dios más propiamente que la Polar. Al hacer las denominaciones, se tendrían además presentes los días en que la Iglesia celebra las festividades de los santos, de modo que el paso del sol por cada región zodiacal determinara las fiestas de los Apóstoles, y así no se diría sol en Piscis, sino sol en San Pedro... En cuanto a los cometas...

«¡Ja, ja, ja!».

Estas carcajadas eran de Alejandro Miquis, a quien Ruiz explicaba sus nomenclaturas una mañana, que debió de ser la del domingo 19 de Setiembre de aquel año.

-No te rías... Esto es muy serio. Tengo todo preparado para escribir una Memoria. Sin ir más lejos, el Almanaque sería entonces una verdad, y apurando la cosa, no se necesitarían ya altares ni iglesias. ¿Qué mejor imagen de un bienaventurado que esas magníficas luces nocturnas que nos embelesan y anonadan? ¿Qué mejor catedral que la aparente bóveda del cielo? Los hombres adorarían a la entidad San José, San Juan en la imagen luminosa de este o del otro astro, y como la celebración de la festividad por la Iglesia coincidiría con un fenómeno astronómico, he aquí establecida simbólicamente una armonía hermosísima entre la religión y las matemáticas...

«¡Ja, ja, ja!» -Miquis mordía el ala de su sombrero: tan dichoso era con lo que oía.

Cienfuegos dijo así:

«Querido Ruiz, no te metas en poner motes... Deja que conserven por allá arriba los bonitos nombres paganos de Casiopea, Ofiucus, Júpiter... Como las beatas sepan la jugada que les preparas poniendo el nombre de cualquier santo a una señora que se ha llamado Venus, te van a sacar los ojos...».

Esto lo hablaban en la sala aquella cuyo techo y muros están hendidos, formando una línea en la dirección ideal del meridiano. Esta hendidura tiene puertas que se abren con cuerdas semejantes a las que mueven las velas de un buque, y se descubre así la parte del cielo que se desea observar. El telescopio, montado en una especie de cureña aérea, tiene aspecto de cañón. Le sostienen postes de granito; sólo gira en un plano vertical, y hay un sin fin de ruedas y palancas de dorado bronce para mover el gran tubo y colocarle en el ángulo que exige la observación. Montado sobre carriles, un gran sillón sirve para que el astrónomo se tienda en posición cómoda, y pueda, aplicando el ojo al catalejo, escudriñar cómodamente el espacio y ver todo transeúnte del meridiano, sea chico, sea grande; de día el padre sol, de noche esta o la otra res del inmenso rebaño de estrellas, ora una clarísima, fulmínea, ora las que vacilantes hormiguean entre la muchedumbre infinita. Se las ve atravesar, impacientes y como perseguidas, el campo del objetivo, dándonos a entender con su aparente carrera la marcha que llevamos nosotros por los insondables derroteros del vacío. El cristal está dividido en cuarteles por hilos de araña cogidos en los árboles para este fin, y que tienen, ¡quién lo diría!, aplicación tan sabia y útil. ¡Venturosos animalejos las arañas que, sin saberlo, son tejedoras de las cuerdas, casi invisibles de puro tenues, con que se toma la medida a las porciones billonarias del firmamento!

El péndulo sidéreo, colocado a la derecha, parece la imagen de la discreción y de la mesura. Su pulsación suave, el juego de sus manecillas, que tan calladas van marcando los segundos y minutos, embelesan al que lo mira. Se le ve como si fuera una persona, un ser vivo y de madre nacido, con facciones de números y entrañas de animado metal, palpitantes y en ejercicio como nuestras entrañas. Por el mismo estilo que el péndulo, el barómetro registrador parece también un personaje, sólo que el primero es de lo más serio y reposado que se puede imaginar, mientras el segundo, organismo admirable que sabe redactar sus impresiones sobre la pesadez atmosférica, tiene no sé qué de festivo y pueril. Es un geniezuelo, un antropoide, cuyo origen no sabe el profano si atribuir a la invención de la leyenda o a los cálculos del mecánico; es prodigioso cuerpecillo, juguete que parece que tiene alma, y hace ruidos graciosos y extraños cual si cantara a media voz misteriosas endechas. Hace toda la gracia un escape que juega con la palanca; siguen a esto ruedas silenciosas y graves, y en el término del mecanismo tiene el endiablado instrumento su pedacito de lápiz, con el cual escribe sobre un cilindro de papel... Cuando hay tempestad es cuando tiene que ver. Entonces, agitado el mercurio, que es su sangre, actúa sobre todos sus miembros, y se le ve febril, echando sobre el papel unas rúbricas que son fehaciente expresión del variable peso de la atmósfera.




El doctor Centeno de Benito Pérez Galdós

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Quiromancia: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X

En aquella casa: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IXPrincipio del fin: I - II - III - IV - V - VI - VII
Fin: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIIIFin del fin: I - II - III - IV - V - VI