Misterio (Bazán): 03

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Misterio
Primera parte - El visionario Martín
 de Emilia Pardo Bazán


El atentado[editar]

Al convencerse de que le subyugaba un sentimiento reprobado por su conciencia, al sentirse tan débil y tan incapaz de resistir, Renato miró instintivamente al río, cuya corriente oscura habrá ocultado más de una desdicha suprema y sin remedio humano. Un vértigo le deslumbró; un frío sutil serpeó por su médula. El Támesis le atraía y fascinaba.

En tales situaciones, la circunstancia más insignificante basta para romper el círculo de brujería. El marqués de Brezé se detuvo sorprendido al notar que dos hombres, salidos de una calleja fétida y miserable, conversaban en francés. En el extranjero siempre prestamos oído cuando resuena el idioma natal. Este instinto se aguza si en el diálogo aparece un nombre conocido: Renato creyó soñar al oír dos veces, distintamente, el del padre de Amelia. Entonces, apagando el ruido de las pisadas y buscando la sombra de los edificios y de los barcos anclados en el río, púsose a seguir a los desconocidos a distancia prudente.

Aunque no lograba sorprender el asunto de la conversación, estudiaba los tipos, asaz sospechosos. El uno, rasurado, de corta estatura, pero membrudo y recio; el otro, bien barbado, alto, huesoso, sepultado en luengo capotón, con sombrero que le tapaba la parte superior de la cara. Ambos iban poco a poco, haciendo tiempo, y de rato en rato miraban alrededor cautelosamente. En una de estas ojeadas hubieron de columbrar a Brezé, y se dieron al codo; la traza elegante del Marqués era extraña en aquel lugar y a tales horas, cuando sólo discurrían por allí marineros ebrios y meretrices de ronca voz y ademanes impúdicos. Callaron los sujetos, y diez minutos después, como movidos por un resorte, torcieron rápidamente a la derecha y se engolfaron en el laberinto de callejuelas torcidas, mal olientes y peor alumbradas. Encontrose el Marqués desorientado al pronto, pero tenía piernas y olfato de cazador y siguió el rastro de sus compatriotas. ¿Por qué tal espionaje? Apurado se vería, caso de que se lo preguntasen. Aquello caía por fuera del raciocinio.

Adivinando más que acertando la dirección de los dos individuos apretó el paso y no tardó en divisar, bajo el farol amarillento de una tabernucha, las siluetas de ambos. Violes entrar en el sucio recinto, pedir unas copas de gin y atizárselas al cuerpo como si fuesen genuinos ciudadanos de Londres. Emboscado aguardó la salida, y ya prevenido, les siguió de lejos acechando. Después de media hora de recorrer calles menos angostas, más claras y donde ya rodaban algunos cabs y se encontraban transeúntes, hicieron otra vez una ese caprichosa, descendieron en el sentido del río y desembocaron en aquella misma plaza donde se encuentra la casa del reducido jardín, cuya verja trasera había presenciado el coloquio de Amelia y Renato.

El corazón del Marqués golpeó contra su pecho al notar esta coincidencia, y más aún al avizorar desde lejos que los equívocos individuos se emboscaban detrás de los árboles centenarios del square, al amparo del rugoso tronco. Relacionando el nombre oído en el diálogo de los malhechores, que ya por tales les tenía, y el sitio adonde habían venido a detenerse, tuvo la percepción consciente de que iba a suceder algo que a Amelia le importaba, algo en que él intervendría, conducido por la suerte o la fatalidad. A su vez, se agazapó en la zona de sombra proyectada por la vegetación del jardinillo; su abrigo gris contribuía a ocultarle; era del mismo tono que los muros.

Así transcurrió algún tiempo, imposible de calcular. La plaza permanecía solitaria, la noche era a cada paso más tenebrosa. Sólo rasgaba el velo pálido del silencio el son pausado de algún reloj de iglesia y el paso impaciente de algún trabajador que regresaba a su hogar, cumplida la faena del día. Acababa el reloj de desgranar en el aire nueve campanadas, cuando por el extremo de la plaza opuesto al que guardaba Renato asomó un hombre. Su andar era mesurado, tranquilo, y al aparecer él, los dos que acechaban a un tiempo salieron del escondite. Con movimiento coordinado y hábil, describiendo un semicírculo, vinieron a colocarse uno a su derecha, otro a su izquierda. Fue momentáneo; apenas pudo Renato darse cuenta de lo que pasaba, cuando los malhechores acometieron. El alto, del capotón, describió un molinete con el garrote que llevaba escondido y amagó a la cabeza; al volverse la víctima para evitar el golpe, el rechoncho esgrimió la afilada hoja de un cuchillo. De un salto se interpuso Brezé; agarró de la muñeca al rechoncho y apretó, paralizándole; entretanto, el garrotazo caía al sesgo y sin fuerza sobre el brazo derecho del asaltado -que por instinto había rehuido el palo en la frente- cuando acudió al quite Brezé, y sin más armas que su bastón, pero con vigor y rabia, descargó un diluvio de bastonazos sobre el del capote, que se dio a la fuga con más prisa que coraje. Volviose vivamente Renato hacia el rechoncho, le echó las manos a la garganta y la apretó gradualmente, como apretaría la de un lobo, hasta que le vio con los ojos salientes, fuera la lengua y el rostro violáceo. Entonces aflojó. Apenas lo hubo hecho sintió en la espalda algo frío; precipitose de nuevo, volvió a apretar y el bandido se desplomó inerte, soltando el arma. El asaltado, asiendo el brazo al Marqués, le arrastró vivamente hacia la casa del jardincillo, diciéndole en voz conmovida y persuasiva y en lengua francesa hablada con acento alemán:

-Venga usted... Dese prisa... Escapemos... Si acude la policía, ¡ay de nosotros!

-No puedo -balbució Renato, que se desvanecía-. Se me doblan las piernas... Creo que me han herido...

Cogiendo a Renato por el cuerpo y sosteniéndole en vilo el asaltado se dirigió a la casa, donde llamó de un modo especial, tres veces seguidas. La puerta se abrió: una mujer como de treinta y siete años, hermosa aún, de esculturales formas, alumbraba con una lámpara de aceite. Lanzó un grito al ver el grupo.

-Es un herido, Juana, y herido por defenderme -advirtió el asaltado con autoridad-. Cierra bien, ayúdame a echarle, y veamos qué le han hecho.

Obedeció la mujer, dejando la lámpara en un mueble y cargando con Renato por los pies, hasta depositarle sobre un ancho sofá, en la salita que comunicaba con la entrada de la casa y que servía de recibidor. Sólo entonces se atrevió a murmurar tímidamente:

-¿Y tú? ¿Y tú, Carlos Luis mío? ¿Te ha pasado algo?

-¡Nada!... un insignificante trastazo en este codo; ni vale la pena de hablar de ello. A ver, inmediatamente: éter, agua, el bálsamo, tafetán aglutinante, vendas... Llama a Amelia por si hace falta. Ya sabes que es valerosa.

Mientras Juana corría a buscar todo lo que le encargaban, el llamado Carlos Luis desabrochaba el largo gabán de viaje de Renato, se lo quitaba y le despojaba también de la entallada levita, del chaleco de casimir, abriendo y bajando la camisa de holanda con encajes, empapada en sangre, para descubrir la herida. Hallábase esta sobre el omoplato izquierdo, y a poco más que el puñal penetrase sería peligrosísima, porque alcanzaría el pulmón; afortunadamente, por hallarse el bandido semiasfixiado, había profundizado poco; el desvanecimiento de Renato debía atribuirse únicamente a la abundante hemorragia que seguía fluyendo y dejando un surco pegajoso en la blanca piel.

Terminaba el reconocimiento cuando acudió Juana con el éter, pero ya abría los ojos Brezé y sonreía como tranquilizando a la señora. Carlos Luis empapaba en agua mezclada con bálsamo un trapito, y sosteniendo la cabeza de Brezé empezaba a lavar cuidadosamente la herida. Una joven, vestida de claro, entraba en la habitación trayendo en la diestra un candelero con una bujía encendida, y al reconocer a Renato, pálido, desnudo de cintura arriba, con la ropa manchada de sangre, un grito de pavor se ahogó en su garganta, su mano temblona soltó la luz.

-¿Qué es eso, Amelia? -preguntó el padre-. No te asustes: no es nada, hija mía; gracias a Dios, este amigo desconocido no corre peligro. Acércate, alumbra. Así... bien. La venda ahora. Baja una de mis camisas; trae mi levita verde. Un vaso de cognac... o un poco de café, para que recobre fuerzas.

-Ya estoy muy bien -declaró el herido-. Por Dios, no se molesten ustedes más. En el Hotel Douglas tengo mis maletas con ropa...

Al hablar así, los ojos de Renato buscaban apasionadamente los de Amelia, que dilatados de terror no se apartaban de él.

-Es tarde para enviar a nadie al Hotel Douglas; las calles, como usted ha podido comprobar, ofrecen peligros. Acepte usted por un momento la ropa de un modesto artesano, señor...

-Renato de Giac, marqués de Brezé.

-Carlos Luis Dorff -contestó el artesano a la presentación del Marqués-. Mi esposa, mi hija -añadió señalando a Juana y Amelia-. ¿Querrá usted creer que adiviné que era usted francés desde que le vi o le entreví lanzándose a protegerme con su cuerpo?

Al oír decir a su padre que Renato le había protegido, Amelia se acercó al doliente y le envolvió en una mirada que era toda fuego, toda arrebato de un alma entregándose sin condiciones. Duró un segundo la mirada, que a durar más se derretiría de ventura el corazón del enamorado, del que momentos antes pensaba en arrojarse al Támesis de cabeza.

-Francés y héroe por capricho y gusto es uno todo -prosiguió Dorff sonriendo con simpatía-. Usted no me conoce; usted no tiene motivo alguno para arriesgar la vida por mí. Doble es mi reconocimiento, doble la deuda con usted contraída.

Amelia acababa de presentar a Renato una taza de café, que apuró, y reanimado ya, más por la alegría que por la bebida confortadora, exclamó vivamente:

-Hacía media hora que estábamos emboscados en la plazuela los bandidos y yo; hacía una hora que iba siguiéndoles y presintiendo lo que maquinaban.

-¿Es posible? -exclamó Dorff.

-Y tan posible. Verá usted cómo... Yo paseaba sin objeto por las orillas del río; oí hablar francés a dos hombres de malísima traza; les seguí la pista; pronunciaron su nombre de usted repetidamente; al ver que yo iba detrás huyeron; apreté el paso les alcancé y fui tras ellos con más disimulo; se dirigieron aquí, se colocaron en acecho... Lo demás, usted no lo ignora.

Dorff miraba atento al herido, que acababa de cubrirse rápidamente, por cima de la venda colocada ya, con la ropa traída por Juana, y buscaba en su rostro la clave del enigma.

-¿Según eso, usted me conocía?

-Sí, señor... le conocía de nombre... y es una cosa rara; ahora que le puedo mirar despacio, me parece que también de vista. Tiene usted, por lo menos, una de esas figuras que nos son familiares y que hasta van unidas a nuestros recuerdos; no sé dónde ni cuándo, pero afirmaría que le había visto a usted no una sola vez, mil veces. Cuando abrí los ojos y la lámpara iluminó su cara de usted, me parecía la de un conocido muy antiguo. Es raro, pero es así.

En efecto, de Brezé había experimentado esa impresión en presencia del padre de su amada y volvía a experimentarla ahora. Aunque el amor confisca los sentidos y fija la atención en una sola persona. Renato prescindía de Amelia en aquel momento y sólo tenía ojos para Carlos Luis. Este parecía frisar en los treinta y seis o treinta y ocho años; su cabeza era grande, su frente espaciosa y descubierta, sus cejas arqueadas; su cabellera de un rubio ceniza, con algunos hilos de plata, rizada en naturales bucles. En su barba un hoyo recordaba la niñez; su esternón era alto y saliente, su talle empezaba a desfigurarse con un poco de obesidad, pero delataba aún contornos esbeltos; sus manos eran de exquisita finura. La expresión de su cara consistía en una mezcla de dignidad, amargura y desconfianza honda. Grandes desdichas habrían caído sobre aquel ser, pues sus facciones estaban como devastadas por el paso de un torrente de lágrimas. La semejanza con Amelia consistía más bien en eso que se llama aire de familia que en verdaderas similitudes físicas; diferenciábanse bastante el padre y la hija, y sin embargo Renato no podía aislar las figuras de los dos; unidas se le presentaban, inseparables. Así es que cavilaba, con una especie de angustia:

-Pero ¿donde he visto yo a este hombre, hace tiempo? ¿Dónde su rostro junto al de Amelia?



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Epílogo: Luis Pedro El destino de Giacinto - Un nieto de Enrique IV - El destino de Fernando