Misterio (Bazán): 05

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Misterio
Primera parte - El visionario Martín
 de Emilia Pardo Bazán


Primeros hilos de la trama[editar]

Antes que el incauto marqués de Brezé, cruzaremos nosotros el Estrecho y nos trasladaremos a Francia y a París. Estamos en el despacho del ministro superintendente de policía, barón Lecazes; salón severa y ricamente amueblado al estilo más puro del Imperio. El poder del gran Corso, definitivamente hundido después del efímero paseo de los Cien días, sobrevivía en el mobiliario y el arte en general; sólo en las letras lo había destronado el joven romanticismo, con su espíritu a la vez apasionado, rebelde, diabólico y religioso.

¿Cómo no habían de estar amuebladas al gusto del Imperio las habitaciones de Lecazes, si eran las mismas de Fouché, el célebre ministro de policía de Napoleón, el segundo poder, y quién sabe si tras la cortina el primero de aquel vertiginoso período en que la policía llegó a su apogeo, el único hombre que realmente conoció la historia de su época? Lecazes, según fama, aprovechó la ingeniosa instalación de su predecesor, maraña laberíntica de pasillos, puertas secretas, escaleras excusadas, cuartitos ocultos en el espesor de las murallas y hasta verdaderos calabozos, donde un sujeto peligroso esperaba a oscuras, trabado de esposas y grillos, ser llevado a la presencia del todopoderoso Superintendente. Había tocadores, armarios y roperos que contenían los elementos de toda suerte de disfraces, y hasta se susurraba que existía un arsenal de tortura muy completo, con ruedas dentadas a la portuguesa, cuñas de acero a la austriaca, erizos de púas a la inglesa, pesas de plomo en cuerda a la española, cascos de metal a la prusiana y, otros artefactos no menos terroríficos. No hallando manera de comprobar estos rumores, no podremos responder de su veracidad; sólo diremos que los difundían los Carbonarios que entonces pululaban; y tampoco nos atreveremos a afirmar que en efecto existiese en los dominios de Fouché cierto laboratorio de química, donde un enigmático doctor, venido de Oriente según decían, prestado por el Gran Turco, confeccionaba licores y zumos de hierbas que destilaban en las venas el letargo, la insania o la muerte. Todo ello tiene corte de leyenda. No queremos adquirir grave compromiso ante los eruditos que no dan crédito sino a lo constante en documentos -olvidando que precisamente las cosas más transcendentales y dramáticas son aquellas de las cuales se procura y suele conseguirse que no quede ni rastro.

Lo que ahora vemos no es sino el despacho, precedido de una antecámara o saleta y una antesala, y al parecer sin más puerta de entrada que la del fondo, que da a la saleta y guarnece un cortinaje de seda verde brochada con palmas amarillas, plegado con simetría en clásicos tubos. Viste las paredes seda igual a la del cortinaje, distribuida en recuadros de madera incrustada con filetes de dorado bronce. El pavimento es de mosaico de maderas raras y variadas, que con la alternativa de sus colores naturales dibujan alrededor primorosa greca y en el centro una cabeza de Medusa, de envedijada guedeja de víboras. Los canapés, recordando la figura de un cisne o rematados en garras de tigre; los sillones, las sillas, los taburetes, lucen bronces artísticos, procesiones de ninfas de moños airosos, gráciles cuellos y encintadas sandalias, o racimos de cupidines con teas en la mano. Alrededor del amplio escritorio corre una barandilla de labor delicada y menuda; la escribanía, de bronce también, representa a Laocoonte retorciéndose entre las roscas de las serpientes. El Laocoonte y la Medusa son lo único que allí despierta ideas de martirio y desesperación. Sobre el sillón del Ministro, un doselete protege al retrato del Rey.

Hallábase el Ministro sentado, y aunque delante de él se alzaba ingente montón de papeles, no trabajaba: su actitud era meditabunda; su cabeza se reclinaba en la palma de la mano izquierda, y su diestra, negligentemente, jugaba con una pluma de plata con pico de acero, novedad que principiaba a abrirse camino, venida de Inglaterra. Difícil sería, a primera vista, distinguir esta meditación de un polizonte de la de un filósofo. El rostro del Ministro era inteligente, y en público tenía estereotipada cierta voluntaria franqueza, una afabilidad sobrado constante para ser sincera, una sonrisa entre distraída y melosa. A solas, un pliegue de voluntad astuta y perseverante la reemplazaba; la expresión del hombre que marcha recto a sus fines. El Superintendente del monarca restaurado tenía que desplegar más vigor que el del Corso. Este iba guiado por una inspiración superior; aquel inspiraba y dirigía; estaba detrás de la cortina para salvar al régimen, hasta de sí mismo. «¿Qué sería de ellos sin mí?», solía decirse Lecazes después de practicar alguno de los que llamaba juegos de manos. «Es preciso proceder sin consultar. Hay cosas que no se preguntan. Aquí yo soy el tejedor y lanzo la naveta. Ellos presencian... y gracias si no intervienen para romper la trama, o si no la destrozan sus partidarios, los celosos vengadores, esos furiosos del Mediodía». Su meditación no era la incertidumbre de la conciencia que busca senda entre espinos y abrojos, sino un cálculo de probabilidades para acertar mejor cómo se realizaría lo que tenía determinado con tranquila resolución. De pronto se puso a registrar papeles; ató algunos con una cinta, formando un paquetito; antes entresacó una carta, la releyó dos veces y la guardó cuidadosamente en su cartera.

Algo de importancia debía de bullir en su mente, porque la mano, al jugar de nuevo con la pluma, tenía sacudidas nerviosas y en el entrecejo se había fijado honda arruga. Dos relojes de sobremesa, a derecha e izquierda, sustentados en bellas consolas, acoplaron con rara precisión su voz de cristal; eran las dos de la tarde. El Ministro hizo ese movimiento que revela el paso de la reflexión a la acción; oprimió un timbre, y al presentarse respetuoso el ujier en la encortinada puerta, le preguntó:

-¿Quién está ahí?

-El señor profesor Beauliège espera en la antesala.

-Que pase.

Momentos después presentábase ante el Ministro uno de esos tipos de proletarios de la ciencia y de las letras que solemos encontrar aún hoy en los muelles de París, revolviendo el mostrador de los puestos de libros viejos que allí se venden a precios inverosímiles. Sombrero grasiento; largas melenas grises desordenadas; el cuello del levitón sembrado de caspa y mugre; las manos metidas en guantes raídos, cuyos dedos dejaban asomar las sucias uñas; bajo el brazo una cartera desflorada, rellena sin duda de papelotes; la cara rasurada, la nariz puntiaguda, los ojos miopes, como entelarañados por el polvo -tal era la catadura del señor Beauliège-. El Barón, casi sin mirarle, le indicó que se sentase; industrial y práctico por naturaleza, profesaba a los literatos y escritores un desdén que apenas se tomaba el trabajo de disimular.

-¿Cómo va ese libro? -preguntó después del saludo.

-Señor Barón -murmuró el pobre diablo-, no adelanto mucho, porque, como le consta a su señoría, carezco absolutamente de base. Fáltanme todos los comprobantes para establecer la defunción del niño; ignoro lo que sucedió durante los últimos tiempos de su encierro, y es harto difícil mi labor, ahora que, gracias al espíritu del siglo, la historia parece renovarse en sus mismas fuentes y aspira a apoyarse siempre en irrecusables datos. Cuando Su Señoría me mandó llamar, mi corazón latió de júbilo: supuse que era para comunicarme algunos papeles de importancia.

-Señor Beauliège -contestó no sin ironía el Superintendente-, si poseyésemos la cáfila de documentos que usted solicita... no le necesitábamos a usted, ¡qué diantre! Con publicarlos en el Monitor... Lo que esperábamos de su ciencia y de su docta pluma era una reconstrucción, ¿me comprende usted?... una reconstrucción, vamos... conjetural y verosímil, y sobre todo tierna y conmovedora, muy bonita, de la existencia del infortunado Príncipe dentro de su prisión. El asunto es precioso; tiene usted allí campo abierto, horizontes amplios. No se trata de una novela, ¡cuidado!; ¡eso no!; se trata de una relación con todo el aspecto de historia; algo que forme la opinión de los tiempos venideros. Este trabajo, sobre todo si la gente supone que la idea de realizarlo ha partido de usted espontáneamente, le valdrá honra y provecho. El sillón de la Academia no parecerá premio excesivo para tan original y simpático trabajo.

Al oír el nombre de la Academia, el sabio proletario se levantó de un brinco y después se agarró a la barandilla de la mesa escritorio para no caerse. Era la realización de un sueño creído fantástico, y el exceso de la dicha le abrumó; un deslumbramiento le hizo cerrar los ojos. El Superintendente estudiaba estos síntomas previstos. Sabía que a aquel infeliz no se le ganaba con dinero: era un esparciata vanidoso.

-Una obra escrita por usted -añadió- no necesita tanta balumba de documentación, señor profesor. Su autoridad de usted basta. Si usted fuera uno de esos locos que imaginan narraciones sin pies ni cabeza... Pero por lo mismo que es usted un estudioso, un documentado, el nombre de usted presta seriedad a cuanto produzca. El toque está en hacer algo formal sin mucha base... que desgraciadamente no poseemos.

-Me han dicho -indicó el profesor- que existe en el Hospital de Incurables una mujer que podría darnos luz en esa historia. Es la viuda del malvado zapatero que atormentó al Príncipe. He pensado dirigirme a ella.

Un airado golpe de la palma del Ministro sobre la mesa interrumpió a Beauliège.

-¿Cómo he de meterle a usted en la cabeza, pardiez, que no se dirija a nadie, sino a quien yo le indique? ¿Va usted a escribir cuentos de viejas o un libro digno de respeto?

Bajó la cabeza el erudito: la mágica perspectiva de la Academia le dictaba una sumisión perruna. Sin embargo, tímidamente, aún murmuró:

-Lástima que no exista siquiera el original del acta de defunción del 24 de pradial. Con sólo ese documento, el libro descansaría en cimientos de diamante. Bastaría para confundir definitivamente a los viles impostores -al zuequero de Rouen, al lacayuelo de Versalles, al mecánico de Prusia.

El Barón adaptó a la cara aquella sonrisa suya peculiarísima; sonreía por no descalabrar con el Laocoonte a tamaño imbécil de sabio, empeñado en pedir cotufas en el golfo. Sonriendo, murmuró:

-Decídase usted a pasarse sin eso... o renuncie al libro y al sillón del Instituto. Ya sabe que el original de esa partida de defunción no ha podido hallarse por más gestiones que se hicieron... y que no ha sido posible ni legalizar la copia. Bagatela para un erudito como usted. -Deslizando la mano en un cajón, el Superintendente sacó un rollo de monedas de oro-. Este pequeño adelanto -advirtió- no es pagarle a usted nada; es para cubrir los gastos que ya tiene usted hechos... plumas, papel, escribiente... Dentro de quince días espero aquí el manuscrito, ¿eh? Parte del manuscrito al menos.

Una seña autoritaria completó el discurso y despachó al sabio, que se retiró subyugado, cavilando en el tema de su arenga de ingreso en el Instituto. El Ministro echó una ojeada a la esfera del reloj: eran las tres menos veinticinco.

«Volpetti ya habrá llegado», pensó, y levantándose y recogiendo el paquetito que había hecho con varias cartas, apoyó el dedo en la moldura de un recuadro situado detrás del sillón; el recuadro giró calladamente, se abrió un hueco estrecho y el Ministro se enhebró por él, encontrándose en un oscuro y corto pasadizo, a cuya extremidad le detuvo una puerta de láminas de hierro. El Ministro la hirió ligeramente con los nudillos; la puerta subió recogiéndose como si fuese un rollo, y una voz de hombre pronunció bajito:

-Aquí estoy, Excelencia.

El aposento en que el Barón acababa de entrar tenía por muebles sillas de caoba, una mesa escritorio, un par de butacas; las paredes pintadas al temple, el piso cubierto de alfombra barata y raída. Carecía de ventanas; recibía algún aire por el hueco del cañón de una estufa, y lo iluminaba un quinqué de cuerda, que trataba de arreglar para que no atufase el individuo que acababa de dar fe de su presencia allí.

-Incomunica -ordenó brevemente el Ministro.

Obedeció el hombre, haciendo que la puerta bajase otra vez a encajarse en su puesto.

-La copa y la bandeja -añadió Lecazes.

El individuo sacó de una alacenilla una profunda copa de bronce, cuyas asas eran dos sirenas de retorcida cola y seno protuberante. Destapando una botella, vertió el contenido en la copa, y sacando chispas de un eslabón, encendió una mecha y la aplicó al líquido. Luego acomodó la copa en el hueco de la estufa. Alzose azulada llama; el Ministro desató el paquetito y fue inflamando uno por uno los papeles que contenía, y que dejaba consumirse sobre la enorme bandeja de metal. Al mirar cómo invadía el fuego las blancas hojas, cómo las volvía finísima telilla negra encogida que se deshacía en cenizas impalpables, al percibir el olor del lacre consumido en los sellos de la correspondencia, el Ministro se estremecía imperceptiblemente. Saboreaba su poder: era la historia misma lo que destruía y borraba con firme dedo. Lo que ha pasado no dejando pruebas -como si no hubiera sido nunca-. Al terminarse el auto de fe respiró, mirando al montón de ceniza en la bandeja, y volviéndose al hombre, dijo apaciblemente:

-Cuando estás aquí... será que todo queda cumplido.


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