Misterio (Bazán): 20

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Misterio
Segunda parte - El cofrecillo
 de Emilia Pardo Bazán


La muralla[editar]

«Ocurrió entonces un suceso que ninguna importancia hubiese tenido para mí si me encontrase en el palacio de nuestros padres, porque la muerte de alguien que es adicto apenas abre surco en la memoria de los poderosos, acostumbrados a cobrar su tributo de abnegaciones como el risco el de dinero. Y fue que aquella pobre mujer, legado del Dorff auténtico o ficticio, del enigmático personaje en cuya piel vivía, apenas recobré la salud cayó postrada en el lecho, no sé si rendida por la fatiga o contagiada por el insidioso mal. El médico al verla movió la cabeza y frunció el entrecejo, y sólo entonces comprendí que me había apegado a ella, a la degradada, con ese género de cariño que no es amor en lo que este sentimiento tiene de poético y ardoroso, pero que obedece a la ley del alma agradecida y lleva en sí elementos (¡perdón, madre mía!) de ternura casi filial.

¡Pobre mujer! ¡No era ciertamente una dama, una princesa como tú; no era tampoco la intachable matrona que cobijada a la sombra de su hogar tranquilo levanta la frente confesando en alta voz sus amores legítimos, sancionados por la ley y la sociedad. No; en su pasado había días precarios, horas de zozobra y de vergüenza, de abatimiento y de martirio. Como yo había sufrido, y la continuidad del sufrimiento secaba sus lágrimas. El infortunio hizo confluir nuestros destinos, uniendo mi juventud a su madurez; rechazada por todos, ella no tenía a nadie más que a mí, yo a nadie más que a ella. Lo que puedo decir es que su corazón valía más que sus antecedentes; que bajo el fango encontré oro; que supo compadecerme y darme un poco de ese calor de seno sin el cual no concibo la vida.

Cuando expiró en mis brazos, bendiciéndome porque la cuidaba, me encontré en soledad profunda, dominado por tal acceso de melancolía, que ya pesaroso de haberos escrito determiné recogerme a mi oscuridad, ser eternamente el relojerito de Spandau. Vegetar y morir allí me propuse, fatigado como el pájaro que no encuentra nido. Y como me sentía tan solitario, tan abandonado, planta arrancada de raíz, decidí interponer la realidad ante mis aspiraciones ambiciosas, casándome y fundando un hogar en la modesta esfera a que me relegaba el destino. En casa de unos artesanos no menos humildes que yo, solía hablar y bromear con una niña de extraordinaria belleza y de purísimas costumbres: era hacendosa, trabajadora, religiosa, y se consagraba, como la Carlota de Werther, a las labores domésticas; siempre la encontraba ocupada en repasar ropa, en limpiar, en atender a la cocina. Sin embargo, cuando me presentaba yo, el trabajo parecía repugnarla: cruzaba las manos, se sentaba y me miraba y escuchaba tímidamente, con una especie de fascinación que excluía la confianza, pero no otro sentimiento. Creíame un pobre relojero, y no obstante se conducía como si, a pesar de la atracción involuntaria y fuerte, existiese una valla entre nosotros y fuésemos seres de especie distinta. Mucho trabajo me costó ir triunfando de su cortedad, establecer con ella amorosa comunicación, arrancar a sus inocentes labios la confesión de un apasionado sentir que bien pronto pude conocer que era inmenso, profundo, de esos que dominan con irresistible señorío la existencia entera. Su emoción al acercarse a mí nunca disminuía; temblaba; sus ojos se llenaban de lágrimas; tratábame en todo y por todo como trataría a un semidiós una mortal; sus ojos se iluminaban al aprobar yo algo que ella dijese, y si desaprobaba la vi en cien veces próxima a desmayarse de pena.

¿Sabes, Teresa, lo que se me ocurrió al observarlo? No es justo que oculte mis propios errores, mis debilidades, mis faltas. Al ver la adoración de Juana resurgió en mí el orgullo hereditario de la sangre. ‘Soy -pensé- algo superior a los demás hombres, y aun privado de todo cuanto puede revelar mi superioridad y prestarme aureola, conservo en mi cuerpo, llevo en mis venas los privilegios del nacimiento, la consagración de la ampolla. Ella no lo sospecha, pero lo presiente, y por eso está ante mí como la paloma ante el milano’. Y a la vez que así pensaba renació el ansia de recobrar mi nombre y experimenté por Juana una especie de frialdad. Volví a escribirte, escribí a nuestro tío y a nuestro primo, diciendo que si no me otorgaban el lugar que de derecho me corresponde estaba resuelto a confundir nuestra raza con la de una burguesa de Spandau, a contraer un enlace desigual y que ante Dios habrían de responder de este acto mío. Esperé ansioso, rabioso, indignado. No me contestaron ellos; guardaste silencio tú... Como el que se ahorca, en venganza, delante de la casa de su enemigo, transcurrido el plazo que a mí mismo me había fijado, me decidí a consumar lo que, en mi soberbia involuntaria, juzgaba decadencia. Claras veía las consecuencias de tal matrimonio; con él se remachaba en mi ser la postiza personalidad de Dorff; con él me enajenaba las simpatías que hubiese podido obtener en lo futuro si volviese a Francia a reivindicar derechos; mi novia era protestante, hija del pueblo... mi unión baja, y en concepto de muchos seguramente indigna. ¿Qué importaba que Juana fuese una virgen púdica y celestial, su alma cristal más limpio que el hielo invernal del Spree, su espíritu el de un ángel vestido de carne humana? ¿Qué valían su hermosura, célebre en la comarca; su salud, que prometía descendencia vigorosa y numerosa; su dignidad nativa, sus infinitas virtudes y cualidades? Yo iba con ella al altar como se va a un precipicio: avergonzado y frenético, gozándome en rebajarme para rebajaros a vosotros.

Ahora me doy mejor cuenta de mis sentimientos, y leyendo en mi propio corazón comprendo que erraba y pecaba. Habiendo encontrado en mi camino, por segunda vez después de la muerte de María, esa rara flor del amor honesto, absoluto, natural y desinteresado, debí estimarla y mimarla, debí saborear mi dicha, entregarme a ella olvidando lo demás, desdeñando las vanidades y las preocupaciones del mundo. Venturas así han de agradecerse a Dios: son como perlas únicas de oriente sin igual; merecen engarzarse, custodiarse como un tesoro. Y el amor de Juana debía parecerme más lisonjero aún que el de María, porque esta conocía mi origen y mi condición, que acaso la fascinaban con el brillo de la majestad, aun caída, mientras Juana me quería como se quiere, obedeciendo sencillamente a la sublime ley de la Naturaleza que enlaza y funde en uno los corazones. Era o debía ser el de mis bodas el momento más dulce de mi vida; ¿por qué envenenarlo? Pues bien: lo envenené; marchité su frescura idílica. Floreció la primavera las orillas del Spree; el campo embalsamado convidaba a divinas efusiones. Juana tímidamente me decía: ‘¿No quieres salir?’. Yo movía la cabeza preocupado; callaba; horas enteras conservaba la actitud del que siente mal humor y no lo disimula ni aun por cortesía. Así malogré aquella dicha exquisita, completa, soñada, y cuando arranqué del seno de mi trémula novia el ramillete de rosa y mirto, sólo pensé en que ejercitaba a distancia la única venganza que podía ejecutar, llevando la sangre de San Luis a mezclarse con la sangre de una humilde criatura, descendiente de trabajadores, ¡quién sabe si de mendigos! Ya ves que la confesión es entera. Por desdicha, esos sentimientos bastardos prevalecieron siempre en mí. ¿Qué digo? Prevalecen aún a pesar mío; no he sabido descender, no he logrado ponerme de acuerdo con la Providencia, que me manda desechar el necio orgullo del origen y el sueño de las grandezas humanas. En medio de las mayores adversidades, en el fondo del agujero negro, ese sentimiento, de pronto, me ha causado impulsos de altivez, que reprimo como tentación infernal; y entre las intimidades de mi luna de miel con la más cándida y enamorada de las criaturas parecíame, después de haberla dado un nombre -el ajeno-, de haber unido mi suerte a la suya, que se elevaba entre nosotros un alto muro de piedra secular. ¡Miseria la nuestra, miseria profunda, no ser como los demás hombres; reconocernos algo aparte, lejos y fuera de la Humanidad, a manera de ídolos de algún bárbaro culto! ¡Extraña condición la de nuestra sangre, que detesta confundirse con sangre que no sea la de familias y linajes que han ejercido autoridad sobre pueblos y razas! Yo no podía vencerme; no lograba acercarme, moralmente, a Juana; faltábame la plena comunicación espiritual con mi esposa. Ella, ignorante de mi historia, creyéndome sencillamente el relojerito, un artesano afinado, parecido a los señores, sospechaba sin embargo que en mí podía haber algo más de lo que aparecía al exterior: frases truncadas, reticencias que no pude evitar, la habían persuadido de que existía algo extraño, cosas pasadas, historia, un misterio. Pero no se atrevía a preguntar ni indirectamente; permanecía ante mí como el idólatra ante su ídolo, en contemplación, postrada, obediente y silenciosa; diríase que me pedía perdón de haber llegado a ser mi compañera. Y yo, a pesar de mis esfuerzos, siempre lejos, siempre en la cumbre: imposibilidad de abandono; solo, solo como antes, solo en el alma, guardando mi temible, abrumador y glorioso secreto...

Un día, con alegría y terror juntamente, supe que iba a ser padre, a tener la dicha que nunca gozarás. Vino a mi hogar una niña y la puse el nombre que llevabas tú, ¿te acuerdas?, en el viaje frustrado que costó a nuestros padres el reino y la vida. En memoria de aquel episodio decisivo se llamó Amelia la criatura cuyo nacimiento fue para mí una bendición, porque en ella resucitó, en cuerpo y en espíritu, nuestra madre; y así llegué a creer que la decadencia no se había realizado, y que un verdadero retoño de nuestra estirpe, una Borbón-Lorena, protestaba contra la fusión imposible del pueblo y la regia línea mayor, a la cual...».




Misterio de Emilia Pardo Bazán

Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX
Cuarta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII
Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX
Epílogo: Luis Pedro El destino de Giacinto - Un nieto de Enrique IV - El destino de Fernando