Las mil y una noches Tomo IV (Versión para imprimir)

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Autor: Anónimo - Traducción de Vicente Blasco Ibáñez[editar]

TOMO IV[editar]

Las mil y una noches - Tomo IV
Historia de Abu-Kir y Abu-Sir (Continuación)

de Anónimo



HISTORIA DE ABU-KIR Y ABU-SIR[editar]

Ella dijo:

¡... Pero he aquí lo referente a Abu-Sir, el barbero!

Despojado y robado por el tintorero, que se marchó después de encerrarle en la vivienda, permaneció tendido medio muerto durante tres días, al cabo de los cuales el portero del khan acabó por asombrarse de no ver salir a ninguno de los dos; y se dijo: "¡Acaso se hayan ido sin pagarme el importe del alquiler de la vivienda! ¡Quizás hayan muerto! ¡0 quién sabe si tal vez ocurrirá otra cosa!" Y se dirigió a la puerta de la vivienda, y encontró la llave de madera en el picaporte, que estaba cerrado con los dos pestillos; y oyó como un débil gemido dentro. Abrió entonces la puerta y entró, y vió al barbero acostado en la estera, amarillo y cambiadísimo; y le preguntó: "¿Qué tienes, hermano mío, para quejarte de ese modo? ¿Y qué ha sido de tu compañero?"

El pobre barbero contestó con voz muy débil: "¡Sólo lo sabe Alah! Hasta hoy estuve sin abrir los ojos. ¡No se desde cuándo estoy aquí! Pero tengo sed, y te ruego ¡oh hermano mío! que cojas la bolsa que cuelga de mi cinturón y vayas a comprarme algo para poder sostenerme".

El portero dió vueltas y más vueltas al cinturón; pero como no encontraba allí ningún dinero, comprendió que lo había robado el otro compañero, y dijo al barbero: "¡No te preocupes por nada!, ¡oh pobre! ¡Alah remunerará a cada cual con arreglo a sus obras! ¡Voy a ocuparme de ti y a cuidarte con mis ojos!" Y se apresuró a prepararle una escudilla llena de sopa, y se la llevó. Y le ayudó a tomarla, y le envolvió en una manta de lana, y le hizo sudar. Y se condujo así durante dos meses, sufragando todos los gastos del barbero, de modo que al cabo de este tiempo Alah otorgó la curación ayudado por él. Y Abu-Sir pudo entonces levantarse, y dijo al buen portero: "Si alguna vez me da poder para ello el Altísimo, sabré indemnizarte de cuanto gastaste en mí y agradecerte tus cuidados y bondades. Pero sólo Alah es capaz de remunerarte justamente con arreglo a tus méritos, ¡oh hijo predilecto!"

El viejo portero del khan le contestó: "¡Loor a Alah por tu curación, hermano mío! ¡Yo no obré contigo como obré más que por deseo del rostro de Alah el Generoso! Luego el barbero quiso besarle la mano; pero el otro se negó a ello protestando; y se despidieron invocando cada uno sobre otro todas las bendiciones de Alah.

Salió, pues, del khan el barbero, cargado con sus pertrechos usuales, y empezó a recorrer los zocos. Pero aquel día le esperaba su destino, que hubo de conducirle precisamente ante la tintorería de Abu-Kir, donde vió una enorme muchedumbre contemplando las telas coloreadas que estaban tendidas en cuerdas por delante de la tienda y maravillándose y lanzando tumultuosas exclamaciones. Y preguntó a un espectador: "¿De quién es esa tintorería? ¿Y a qué obedece ese tumulto?" El hombre a quien hubo de preguntar, le contestó: "¡Es la tienda de Abu-Kir, el tintorero del sultán! ¡El es quien tiñe las telas con esos colores admirables, valiéndose de procedimientos extraordinarios! ¡Es un gran sabio en el arte de la tintorería!"

Al oír estas palabras Abu-Sir se regocijó con toda el alma por la suerte de su compañero, y pensó: "¡Loor a Alah, que le ha abierto las puertas de las riquezas! ¡Te equivocabas ¡ya Abu-Sir! al pensar mal de tu antiguo compañero! ¡Si te abandonó y te olvidó, fué porque estaba muy ocupado en su trabajo! ¡Y si te cogió la bolsa, fué porque no tenía entre las manos nada con qué comprar colores! ¡Pero ahora verás cómo, en cuanto te haya reconocido, te recibe con cordialidad, acordándose de los servicios que le prestaste otras veces y del bien que le hiciste cuando estaba apurado! ¡Cómo se va a alegrar de verte!

Luego el barbero consiguió abrirse paso entre la muchedumbre y llegar a la puerta de la tintorería. Y miró al interior. Y vió a Abu-Kir tendido perezosamente en un diván alto, apoyándose en un montón de almohadones y con el brazo derecho encima de un cojín, y vestido con un traje parecido a los trajes de los reyes, y había delante de él cuatro jóvenes esclavos negros y cuatro jóvenes esclavos blancos ataviados suntuosamente; y de aquella manera, hubo de aparecérsele tan majestuoso como un visir y tan grande como un sultán. Y vió a los obreros, en número de diez, poniendo mano a la obra y ejecutando las órdenes que les daba su amo sólo por señas.

Entonces Abu-Sir avanzó un paso y se detuvo precisamente delante de Abu-Kir, pensando: "¡Esperaré a que pose sobre mí sus ojos para hacerle mi zalema! ¡Quién sabe si me saludará él primero y se arrojará a mi cuello para besarme y condolerse por mi enfermedad y consolarme!"

"... Pero, apenas se encontraron sus ojos y una mirada se cruzó con otra...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 494ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 494ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero, apenas se encontraron sus ojos y una mirada se cruzó con otra, dió un salto el tintorero, exclamando: "¡Ah, malvado ladrón, cuántas veces te tengo prohibido que te pares delante de mi tienda! ¿Es que quieres mi ruina y mi deshonra? ¡Hola, vosotros! ¡Detenedle y apoderaos de él!

De modo que los esclavos blancos y los negros se precipitaron sobre el pobre barbero y le derribaron y le pisotearon; y hasta el propio tintorero se levantó, cogió un palo largo, y dijo: "¡Echadle de bruces!" Y le asestó doscientos palos en la espalda. Luego dijo: "¡Oh miserable harapiento! ¡Oh traidor! Como otro día vuelva a verte delante de mi tienda, te mandaré a presencia del rey, que te arrancará la piel y te empalará a la puerta de palacio! ¡Vete! ¡Que Alah te maldiga! ¡Oh rostro de pez!" Entonces el pobre barbero muy humillado y dolorido por aquel trato, y con el corazón roto y el alma encogida, se alejó de allí a rastras y emprendió el camino del khan, llorando en silencio y perseguido por la rechifla de la muchedumbre amotinada contra él y por las maldiciones de los admiradores de Abu-Kir el tintorero.

Cuando llegó a su vivienda, se echó encima de la estera cuan largo era y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de hacerle sufrir Abu-Kir; y se pasó toda la noche sin poder pegar los ojos de tan desgraciado y dolorido como se sentía. Pero por la mañana, frías ya las señales de los golpes, pudo lavarse y salir con intención de tomar un baño en el hammam para acabar de descansar y lavarse el cuerpo después de tanto tiempo como estuvo sin hacer sus abluciones durante la enfermedad. Preguntó, pues, a un transeúnte: "Hermano mío, ¿cuál es el camino del hammam?" El hombre contestó: "¿El hammam? ¿Qué es eso de hammam?" Abu-Sir dijo: "¡Pues el sitio donde va la gente a lavarse y a quitarse la suciedad y los filamentos que se forman en el cuerpo! ¡Es el lugar más delicioso del mundo!"

El hombre contestó: "¡Échate, entonces, al mar! ¡Allí es donde nos bañamos!" Abu-Sir dijo: "¡Pero si lo que deseo es un baño en el hammam!" El otro contestó: "No sabemos lo que quieres decir con eso de hammam. Nosotros, cuando queremos tomar un baño, nos vamos al mar; y hasta el rey, cuando quiere lavarse, hace como nosotros: se va a tomar un baño de mar".

Cuando Abu-Sir enterose de que el hammam era desconocido por los habitantes de aquella ciudad y se convenció de que ignoraban la costumbre de los baños calientes y las operaciones del masaje, limpieza de filamentos y depilación, se dirigió al palacio del rey y pidió audiencia, siéndole concedida. Se presentó, pues, al rey, y después de besar la tierra entre sus manos e invocar sobre él las bendiciones, le dijo: "¡Oh, rey del tiempo! soy extranjero y barbero de profesión. Sé también ejercer otros oficios, especialmente el de estufista del hammam y masajista, aunque en mi país cada una de estas profesiones la ejerce un hombre distinto, que en toda su vida no hace otra cosa. Y hoy quise ir al hammam en tu ciudad, ¡pero nadie supo indicarme el camino, y nadie comprendió lo que significaba la palabra hammam! ¡Por cierto que es muy asombroso que una ciudad tan hermosa como la tuya carezca de hammams, cuando nada en el mundo hay tan excelente para embellecer y hacer las delicias de una ciudad! ¡En verdad ¡oh rey del tiempo! que el hammam es un paraíso de la tierra!" Al oír estas palabras, quedose el rey extremadamente asombrado, y preguntó: "¿Podrás, entonces, explicarme qué es ese hammam de que me hablas? Porque no he oído hablar de él nunca". Entonces dijo Abu-Sir: "¡Has de saber ¡oh rey! que el hammam es un edificio construido de tal y cual manera, y se baña uno en él de tal y cual modo, y se experimentan allí tales y cuáles cosas!"

Y enumeró al detalle las cualidades, las ventajas y los placeres de un hammam bien acondicionado. Luego añadió: "¡Pero me saldrían pelos en la lengua antes de poder darte una idea exacta de lo que es un hammam y de sus goces! ¡Hay que experimentarlo para comprenderlo! ¡Y no será tu ciudad una ciudad verdaderamente perfecta hasta el día en que tenga un hammam!"

Al oír estas palabras de Abu-Sir, el rey se dilató de entusiasmo y se esponjó, y exclamó: "Bienvenido seas a mi ciudad, ¡oh hijo de gentes de bien...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 495ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 495ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

El rey, lleno de entusiasmo, exclamó: "Bienvenido seas a mi ciudad, ¡oh hijo de gentes de bien!" Y con sus propias manos le puso un ropón de honor que no tenía igual, y le dijo: "¡Se te concederá cuanto quieras, y aún más! ¡Pero date prisa a construir un hammam, porque es grande mi impaciencia por verlo y disfrutarlo!"

Y le hizo don de un caballo magnífico, de dos negros, de dos mozos jóvenes, de cuatro adolescentes y de una casa espléndida. Y le trató más generosamente todavía que al tintorero, y puso a su disposición los mejores arquitectos, diciéndoles: "Es preciso que construyáis un hammam en el sitio que él mismo escoja!" Y Abu-Sir se puso al frente de los arquitectos, y recorrió con ellos toda la ciudad y acabó por encontrar un sitio que le pareció conveniente, dando orden de que levantaran el hammam allí. Y conforme a sus indicaciones, los arquitectos levantaron un hammam que no tenía par en el mundo, y lo adornaron con dibujos entrelazados y con mármoles de diversos colores y con un decorado extraordinario que arrebataba la razón. Y todo se hacía según las instrucciones de Abu-Sir. Y cuando se acabó la construcción, Abu-Sir hizo que pusieran en medio una gran piscina de alabastro transparente y otras dos de mármol precioso. Luego fue a buscar al rey, y le dijo: "¡Ya está preparado el hammam, pero me faltan aún los accesorios y utensilios!" Y el rey le dió diez mil dinares, apresurándose el barbero a emplearlos en comprar los diversos utensilios, tales como toallas de lino y de seda, esencias preciosas, perfumes, incienso y lo demás. Y puso cada cosa en su sitio, y no regateó nada para que hubiese profusión de todo. Después pidió al rey diez ayudantes vigorosos para que le auxiliaran en su trabajo; y al instante le dió el rey veinte mozos jóvenes, bien formados y hermosos como lunas, a los cuales se apresuró Abu-Sir a iniciar en el arte del masaje y del lavatorio, dándoles masajes y lavándoles, y haciéndoles que repitieran con él mismo las diferentes experiencias. Y cuando estuvieron duchos en tal arte, fijó él por fin el día de la inauguración del hammam y se lo avisó al rey.

Y aquel día hizo Abu-Sir que calentaran el hammam y el agua de las piscinas, y quemaran incienso y perfumes en los pebeteros, y dejaran correr el agua de las fuentes con un ruido tan admirable, que cualquier música parecería junto a aquel rumor un desconcierto. ¡En cuanto al gran salto de agua de la piscina central, era una maravilla incomparable y que sin duda había de producir un éxtasis en los espíritus! Y reinaba allá dentro en todo una limpieza y una frescura que desafiarían al candor del lirio y los jazmines.

Así es que cuando el rey, acompañado por sus visires y emires, franqueó la puerta principal del hammam, quedó agradablemente impresionado por ojos y nariz y oídos con el decorado encantador de aquel recinto, y los perfumes y la música del agua en los pilones de las fuentes. Y preguntó, muy maravillado: "¿Pero qué es esto?" Abu-Sir contestó: "¡Esto es el hammam! ¡Pero no has visto más que la entrada!" E hizo penetrar al rey en la primera sala y le hizo subir al estrado, donde le desnudó y le envolvió en toallas desde la cabeza hasta los pies, y le calzó altos zuecos de madera, y le introdujo en la segunda sala, donde le hizo sudar copiosamente. Entonces, ayudado por mozos jóvenes, le frotó las extremidades, valiéndose de guantes de crin, y le sacó, en forma de largos filamentos parecidos a gusanos, toda la suciedad interior acumulada en los poros de la piel; y se los mostró al rey, que hubo de asombrarse prodigiosamente. Luego le lavó con mucha agua y mucho jabón, y le hizo bajar después a la bañera de mármol llena de agua perfumada con esencia de rosas, donde le dejó algún tiempo para hacerle salir más tarde y lavarle la cabeza con agua de rosas y esencias preciosas. Luego le tiñó con henné las uñas de manos y pies, dándoles un color de aurora. Y mientras se efectuaban estos preparativos, ardían a su alrededor áloe y nad aromático, penetrándole con su suavidad.

Terminado aquello, el rey se sintió ligero como un pájaro y respiró con todos los abanicos de su corazón; y se le había puesto el cuerpo tan liso y tan firme, que al tocarlo con la mano producía un sonido armónico. ¡Pero cuál no fué su delicia cuando aquellos mozos jóvenes se pusieron a darle masaje en las extremidades con una dulzura y un ritmo tales, que le parecía que habíase convertido en laúd o en guitarra! Y sentía que le animaba un vigor sin igual, hasta el extremo de que estuvo a punto de rugir como un león. Y exclamó: "¡Por Alah, que en mi vida me noté más vigoroso! ¿Y es esto el hammam, ¡oh maestro barbero!?" Abu-Sir contestó: "¡Esto mismo es!, ¡oh rey del tiempo!" El rey dijo: "¡Por mi cabeza, que mi ciudad no fué una ciudad hasta después de la construcción de este hammam!" Y cuando subió al estrado para beber los sorbetes preparados con nieve machacada, luego que le secaron con toallas impregnadas de almizcle, preguntó a Abu-Sir...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente:


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 496ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 496ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... luego que le secaron con toallas impregnadas en almizcle, preguntó a Abu-Sir: "¿Y cuánto crees que vale un baño así y a qué precio piensas que te lo paguen?" El barbero contestó: "¡Al precio que quiera el rey!" El rey dijo: "¡Me parece que un baño así no vale menos de mil dinares!" E hizo que contaran mil dinares para Abu-Sir, y le dijo: "¡Y en adelante harás que pague mil dinares cada cliente que venga a tomar un baño en tu hammam!"

Pero contestó Abu-Sir: "Dispensa, ¡oh rey del tiempo! ¡Todos no son iguales! Unos son ricos y otros son pobres. Así, pues, si yo quisiera que cada cliente me diese mil dinares, no haría negocio con el hammam y tendría que cerrarlo, porque el pobre no puede pagar mil dinares por un baño".

El rey contestó: "¿Qué piensas hacer entonces?" El barbero contestó: "Dejaré que ponga precio la generosidad del cliente! ¡De tal suerte pagará cada cual con arreglo a sus medios y a la generosidad de su alma! Y el pobre no dará más que lo que pueda dar. ¡En cuanto a ese precio de mil dinares que señalaste, lo consideraré como un regalo del rey!" Y al oír estas palabras los emires y los visires aprobaron la conducta de Abu-Sir, y añadieron: "Verdad dice, ¡oh rey del tiempo! y habla con justicia. Porque tú ¡oh bien amado nuestro! crees que pueden obrar como tú todos".

Dijo el rey: "¡Es posible! De todos modos, como este hombre es un extranjero y un pobre muy pobre, estamos obligados a tratarle con largueza y generosidad, máxime cuando dota a nuestra ciudad con este hammam como no le habíamos visto en nuestra vida, y gracias al cual nuestra ciudad ha adquirido una importancia y un lustre incomparables. ¡Pero desde el momento en que no podéis pagar a mil dinares el baño, según me decíais, os autorizo a que por esta vez no le paguéis cada uno nada más que cien dinares, dándole, además, un esclavo joven, un negro y una joven! ¡Y en lo sucesivo, puesto que así lo quiere él, cada cual le pagaréis lo que os permitan vuestros medios y la generosidad de vuestra alma!"

Contestaron: "¡Sin duda que así lo haremos muy gustosos!" Y cuando tomaron su baño en el hammam aquel día, pagó a Abu-Sir cada uno cien dinares de oro, un esclavo joven blanco, uno negro y una joven. Pero como el número de emires y altos dignatarios que después del rey tomaron su baño ascendía a cuarenta, Abu-Sir recibió cuarenta mil dinares, cuarenta jóvenes blancos, cuarenta negros y cuarenta mujeres jóvenes, y por parte del rey diez mil dinares, diez mozos jóvenes blancos, diez jóvenes negros y diez mujeres jóvenes como lunas.

Cuando recibió Abu-Sir todo aquel oro y aquellos regalos, se adelantó hacia el rey, y después de besar la tierra entre sus manos, dijo: "¡Oh rey afortunado! ¡Oh rostro de buen augurio! ¡Oh soberano de ideas justas y llenas de equidad! ¿En dónde voy a poder alojarme con todo este ejército de mozos blancos, de negros y de jóvenes?" El rey contestó: "Quise que te dieran todo eso para hacerte rico; porque he supuesto que acaso un día pienses en volver a tu patria junto a tu amada familia, deseando verla de nuevo; y entonces podrás abandonarnos con riquezas bastantes para vivir en tu casa con los tuyos al abrigo de la necesidad". El barbero contestó: "¡Oh rey del tiempo, que Alah te conserve próspero! ¡Pero todos esos esclavos están bien para los reyes y no para mí, que no necesito nada de eso para comer pan y queso con mi familia! ¿Cómo voy a arreglarme para alimentar y vestir a este ejército de jóvenes blancos, de jóvenes negros y de mujeres jóvenes? ¡Por Alah, que no tardarían en comerse con sus dientes jóvenes toda mi ganancia y a mí mismo después de mi ganancia!"

El rey se echó a reír, y dijo: "¡Por mi vida, que estás en lo cierto! ¡Son ya un ejército poderoso y tú solo no lograrías mantenerles de ninguna manera! ¿Quieres vendérmelos a cien dinares cada uno para desembarazarte de ellos?" Abu-Sir contestó: "¡Te los vendo a ese precio!" Al punto el rey hizo llamar a su tesorero, que pagó íntegramente a Abu-Sir el precio de los ciento cincuenta esclavos; y a su vez el rey devolvió a su antiguo amo, como regalo, cada uno de aquellos esclavos. Y Abu-Sir dió las gracias al rey por sus bondades, y le dijo: "¡Haga Alah que descanse tu alma como tú hiciste que descansara el alma mía, salvándome de los dientes terribles de todos esos jóvenes ghuls glotones que sólo Alah podría dejar hartos!" Y el rey se echó a reír oyendo estas palabras, y mostrose aun más generoso con Abu-Sir; luego, seguido por los notables de su reino, salió del hammam y regresó a su palacio.

En cuanto a Abu-Sir, se pasó aquella noche en casa embutiendo el oro en sacos y precintando cada saco cuidadosamente. Y tenía para su tren de casa veinte negros, veinte mozos y cuatro esclavas jóvenes...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 497ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 497ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"...veinte negros, veinte mozos y cuatro esclavas jóvenes.

Al día siguiente, hizo Abu-Sir que proclamaran por toda la ciudad los pregoneros públicos: "¡Oh criaturas de Alah, acudid todos a tomar un baño en el hammam del sultán! ¡No se pagará nada durante tres días!" Y durante tres días se agolpó en el establecimiento una multitud enorme que en vano deseaba tomar un baño en el hammam llamado hammam del Sultán. Pero al llegar la mañana del cuarto día el propio Abu-Sir se instaló detrás de la caja, en la puerta del hammam, y empezó a cobrar la entrada, cuyo precio se dejó a la buena voluntad de los que salían del baño. Y por la tarde había conseguido Abu-Sir llenar la caja con lo que le dieron los clientes, con asentimiento de Alah (¡exaltado sea!). Y de aquella manera comenzó a acumular los montones de oro que le deparaba su destino.

¡Eso fué todo!

Y la reina, que oyó a su esposo el rey hablar con entusiasmo de aquellos baños, determinó tomar uno como prueba. E hizo que previnieran de su intención a Abu-Sir, quien, para complacerla y atraerse también la clientela de las mujeres, consagró en adelante la mañana a los baños de hombres y la tarde a los baños de mujeres. Y por la mañana se ponía él mismo detrás de la caja para cobrar, mientras que por la tarde cedió aquel cuidado a una intendente que nombró para tal cargo. Y cuando la reina entró al hammam y hubo experimentado por sí misma los efectos deliciosos de aquellos baños conforme al método nuevo, quedó tan encantada, que resolvió volver todos los viernes por la tarde y no fué para Abu-Sir menos espléndida que el rey, que había adquirido la costumbre de ir todos los viernes por la mañana, pagando cada vez mil dinares de oro, sin perjuicio de los regalos.

Así es que Abu-Sir iba entrando de lleno en la vía de las riquezas, de los honores y de la gloria. ¡Pero no por eso se mostró menos modesto o menos honrado, sino al contrario! Continuó, como antes, mostrándose afable, sonriente y lleno de buenos modales con sus clientes y generoso con los pobres, de los que nunca quiso aceptar dinero. Y por cierto que aquella generosidad fué su salvación como se verá en el transcurso de esta historia. ¡Pues sépase desde ahora que le había de llegar su salvación por conducto de un capitán marino que un día se encontró falto de dinero y pudo, sin embargo, tomar un baño de lo más excelente sin tener que gastar nada. Y como, además, se le hizo refrescar con sorbetes y Abu-Sir en persona le acompañó hasta la puerta con todas las consideraciones posibles, el capitán se dedicó a pensar entonces de qué medios se valdría para probar su gratitud a Abu-Sir, bien con algún regalo o de otro modo! Y no tardó en hallar una ocasión favorable.

¡Y esto es lo referente al capitán marino!

En cuanto al tintorero Abu-Kir, acabó por oír hacerse lenguas de aquel hammam extraordinario, del cual se hablaba por toda la ciudad con admiración, diciendo: "¡Sin duda es como el paraíso en este mundo!"

Y resolvió ir a experimentar por sí mismo las delicias de aquel paraíso, el nombre de cuyo guardián ignoraba todavía. Se vistió, pues, con sus trajes más hermosos, montó en una mula ricamente enjaezada, se hizo preceder y seguir por esclavos armados de largas pértigas, y se encaminó al hammam. Llegado que fué a la puerta, notó el olor de la madera de áloe y el perfume del nad; y vió a la multitud de personas que entraban y salían, y a los que estaban sentados en los bancos esperando a su vez, dignatarios notables y pobres de los más pobres y humildes entre los humildes. Y entró entonces en el vestíbulo, y divisó a su antiguo compañero Abu-Sir sentado detrás de la caja, rollizo, fresco y sonriente. ¡Y le costó algún trabajo reconocerle, de tanto como se le habían llenado las antiguas cavidades de su cara con una grasa saludable y de tan brillante como tenía el color y mejorado el aspecto! Al ver aquello, aunque estaba muy sorprendido y contrariado, el tintorero fingió gran alegría, y con una temeridad extremada, avanzó hacia Abu-Sir, que ya habíase levantado en honor suyo, y le dijo con un tono de amistoso reproche: "¡Hola, Abu-Sir! ¿Es ésa la conducta de un amigo y el proceder de un hombre que conoce los buenos modales y la galantería? ¡Sabes que soy el tintorero titular del rey y uno de los personajes más ricos e importantes de la ciudad, y no eres para ir nunca a verme y a saber noticias mías! Y ni siquiera se te ha ocurrido preguntarte: "¿Qué habrá sido de mi antiguo camarada Abu-Kir?" "¡Y en vano pregunté por ti en todas partes y envié en tu busca a mis esclavos por todos lados, por khanes y por tiendas, pues ninguno pudo informarme acerca de tu persona ni ponerme sobre tu pista!"

Al oír Abu-Sir estas palabras, bajó con gran tristeza la cabeza, y contestó: "¡Ya Abu-Kir! ¿Es que olvidaste el trato que me hiciste sufrir cuando fui a verte y los golpes que me propinaste y el oprobio con que me cubriste delante de gente, llamándome ladrón, traidor y miserable?"

Y Abu-Kir se puso muy serio, y exclamó: "¿Qué dices? ¿Acaso eras tú aquel hombre a quien pegué?"

El barbero repuso: "¡Claro que era yo!" Abu-Kir entonces empezó a jurar con mil juramentos que no le había reconocido, diciendo: "¡Sin duda te confundí con otro, con un ladrón que ya hubo de intentar no se cuántas veces escamotearme mis telas! ¡Estabas tan delgado y tan amarillo, que me fué imposible reconocerte!"

Luego empezó a lamentarse por su acto y a dar palmadas diciendo: "¡No hay recurso ni poder más que en Alah el Glorioso, el Exaltado! ¿Cómo pude equivocarme de aquella manera? Pero la culpa es principalmente tuya por no haberme revelado tu nombre cuando me reconociste diciéndome: "¡Yo soy tu amigo!" máxime estando yo aquel día completamente distraído y fuera de mis casillas a causa del trabajo que sobre mí pesaba. ¡Por Alah sobre ti, te ruego, pues, ¡oh hermano mío! que me perdones y te olvides de aquello, que estaba escrito en nuestro Destino!" Abu-Sir contestó: "¡Que Alah te perdone, oh compañero mío! porque aquello fué, efectivamente; un designio secreto del Destino, ¡y la reparación está en Alah!" El tintorero dijo: "¡Perdóname del todo!"

El barbero contestó: "¡Libre Alah tu conciencia como te libro yo de la culpa! ¿Qué podemos nosotros contra los designios tomados desde el fondo de la eternidad? ¡Entra, pues, al hammam. Quítate la ropa y toma un baño que esté para ti lleno de delicias y de frescura ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 498ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 498ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y toma un baño que esté para ti lleno de delicias y de frescura!" Y le preguntó Abu-Kir: "¿Y de dónde te vino esta felicidad?"

El otro contestó: "¡Quién te abrió las puertas de la prosperidad me las abrió también!" Y le contó su historia desde el día en que por orden de Abu-Kir le apalearon. Pero no tiene la menor utilidad repetirla. Y Abu-Kir le dijo: "Es extremada mi alegría por saber el favor de que gozas con el rey. Voy a obrar de manera que aumente este favor, contando al rey que eres mi amigo de siempre".

Pero el antiguo barbero repuso: "¿De qué vale la intervención de las criaturas en los designios del Destino? ¡Sólo Alah tiene en sus manos los favores y las desgracias! ¡Por lo pronto, lo que debes hacer es desnudarte y entrar en el hammam a disfrutar los beneficios del agua y la limpieza!" Y le condujo por sí mismo a la sala reservada, y con sus propias manos le frotó, le jabonó, le dió masaje y le arregló por completo, sin querer encargar de ello a ninguno de sus ayudantes. Luego le hizo subir al estrado de la sala fría, y él mismo le sirvió sorbetes y reconfortantes, con tantos miramientos, que todos los clientes habituales estaban absortos al ver a Abu-Sir en persona hacer aquel oficio y rendir aquellos honores excepcionales al tintorero, cuando de ordinario sólo el rey gozaba de semejantes distinciones.

Habiendo llegado el momento de marcharse, Abu-Kir quiso ofrecer algún dinero a Abu-Sir, quien se negó a aceptarlo, diciendo: "¿No te da vergüenza ofrecerme dinero, cuando soy tu camarada y no hay ninguna diferencia entre nosotros?"

Abu-Kir dijo: "¡Bueno! pero en compensación, déjame darte un consejo que te será de gran utilidad. Admirable es este hammam; pero aun le falta una cosa para que sea completamente maravilloso". Abu-Sir preguntó: "¿Y cuál es esa cosa?" El otro dijo: "¡La pasta depilatoria! Porque he notado que, después de afeitar la cabeza a tus clientes, para los pelos de las demás partes del cuerpo te sirves de la navaja también o de las pinzas. ¡Pero nada vale lo que una pasta depilatoria cuya receta conozco y voy a dártela de balde!"

Abu-Sir contestó: "Sin duda tienes razón, ¡oh camarada mío! ¡No deseo más que me enseñes la receta de la mejor pasta depilatoria!" Abu-Kir dijo: "¡Hela aquí! Toma arsénico amarillo y cal viva, machaca las dos cosas, añadiéndolas un poco de aceite, echa un poco de almizcle para quitar el olor desagradable, y mete la pasta que se forme en un tarro de barro para utilizarla en el momento oportuno. ¡Y yo te respondo del éxito de la operación, sobre todo cuando vea el rey que se le caen los pelos como por encanto, sin que le golpeen ni le froten, y que debajo aparece su piel completamente blanca!" Y tras de dar esta receta a su antiguo compañero, Abu-Kir salió del hammam y a toda prisa se dirigió a palacio.

Cuando llegó ante el rey y le hubo presentado sus respetos entre las manos del monarca, le dijo: "Vengo para aconsejarte, ¡oh rey del tiempo!"

El rey dijo: "¿Y qué consejo vas a darme?" Abu-Kir contestó: "¡Loores a Alah, que hasta hoy te ha librado de las manos de ese perverso, de ese enemigo del trono y de la religión, de ese Abu-Sir, dueño del hammam!"

El rey preguntó, muy asombrado: "¿De qué se trata?" Abu-Kir dijo: "¡Has de saber ¡oh rey del tiempo! que si por desgracia vuelves a entrar en el hammam, estarás perdido sin remedio!"

El rey dijo: "¿Y por qué?" Con los ojos llenos de terror fingido y con un ademán de espanto, silbó Abu-Kir: "¡Por el veneno! Ha preparado para ti una pasta compuesta de arsénico amarillo y de cal viva, que sólo con aplicarla al pelo de la piel lo quema como fuego. Y te brindará su pasta, diciéndote: "¡Nada mejor que esta pasta para pacer desaparecer los pelos del trasero con comodidad y sin golpearte en el trasero!" ¡Y aplicará la pasta en el trasero de nuestro rey y le liará morir envenenado por esa parte, que es la parte más dolorosa de todas! ¡Porque ese dueño del hammam no es otro que un espía pagado por el rey de los cristianos para arrancar así el alma de nuestro rey! ¡Y me apresuré a venir a avisarte, porque por encima de mí están los beneficios que te debo!"

Al oír estas palabras del tintorero Abu-Kir, el rey sintió que le invadía un terror intenso, de modo que se estremeció y se le encogió el trasero, como si ya hubiese surtido sus efectos el veneno ardiente. Y dijo al tintorero: "Voy ya al hammam con mi gran visir para confirmar tu aserto. ¡Pero hasta entonces guarda el secreto de la cosa cuidadosamente!" Y llamó a su gran visir y se fué con él al hammam.

Ya allí, como de costumbre, Abu-Sir introdujo al rey en la sala reservada y quiso friccionarle y lavarle; pero le dijo el rey: "¡Empieza por mi gran visir!" Y se encaró con el gran visir, y le dijo: "¡Échate!" Y el gran visir, que estaba muy rollizo y era peludo como una cabra, vieja contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y se echó en el mármol y se dejó frotar, jabonar y lavar bien. Tras de lo cual dijo Abu-Sir al rey: "¡Ah rey del tiempo! ¡he encontrado una droga poseedora de tales virtudes depilatorias, que no hay navaja que la iguale para hacer desaparecer los pelos de abajo!"

El rey dijo: "¡Ensaya esa droga en los pelos de abajo de mi gran visir...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 499ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 499ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Ensaya esa droga en los pelos de abajo de mi gran visir!" Y Abu-Sir cogió el tarro de barro, sacó de él un pedazo como una almendra de la pasta consabida, y lo extendió, sólo por vía de ensayo, sobre el bajo vientre del gran visir. Y fué tan prodigioso el efecto depilatorio de la droga, que ya no dudó el rey de que se trataba de un veneno terrible. Y temblando de ira ante aquel espectáculo, se encaró con los mozos del hammam, y les gritó: "¡Detened a ese miserable!" y les señaló con el dedo a Abu-Sir, a quien la sorpresa dejó mudo y como atontado. Luego el rey y el visir se vistieron a toda prisa, haciendo entrega de Abu-Sir a los guardias de afuera y regresaron al palacio.

Allí el rey hizo llamar al capitán del puerto y de los navíos, y le dijo: "Vas a apoderarte del traidor que se llama Abu-Sir, y cogiendo un saco de cal viva, en la cual le meterás, lo arrojarás al mar bajo las ventanas de mi palacio. ¡Y de tal manera ese miserable morirá de dos muertes a la vez, ahogado y abrasado!"

El capitán contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Y he aquí que el capitán del puerto y de los navíos era precisamente el capitán marino que desde tiempo atrás estaba en deuda con Abu-Sir. Se apresuró, pues, a ir en busca de Abu-Sir al calabozo, y le sacó de allí para embarcarle en una nave y conducirle a una isla situada no lejos de la ciudad y donde pudo al fin hablarle libremente. Le dijo: "¡Oh amigo mío! no olvido las consideraciones que me guardaste, y quiero devolverte bien por bien. ¡Cuéntame, pues, qué te ha ocurrido con el rey y el crimen que cometiste para perder sus favores y merecer la muerte cruel a que te ha condenado!" Abu-Sir contestó: "¡Por Alah, ¡oh hermano mío! te juro que soy inocente de toda culpa y que jamás hice nada para merecer semejante castigo!" El capitán dijo: "¡Entonces, seguramente debes tener enemigos que te han calumniado ante el rey! ¡Porque todo hombre que vive dichoso y a quien favorece el Destino, tiene siempre alguien que le envidia! ¡Pero nada temas! Aquí, en esta isla, estás seguro. Bienvenido seas pues, y tranquilízate.

Pasarás el tiempo pescando hasta que yo logre embarcarte para tu país. ¡Ahora voy a hacer ante el rey el simulacro de tu muerte!" Y Abu-Sir besó la mano del capitán marino, que le dejó para ir al punto a coger un saco lleno de cal viva y a ponerse debajo de las ventanas del palacio del rey que daban al mar.

Precisamente estaba el rey en una ventana, esperando la ejecución de su orden; y llegado que fué debajo de las ventanas, el capitán alzó la vista para que el rey diera la señal de la ejecución. Y el rey sacó el brazo por la ventana y con el dedo le hizo seña de que arrojara el saco al mar. Y se ejecutó aquello inmediatamente. Pero en el mismo momento el rey, que había hecho con la mano un ademán brusco, dejó caer al agua un anillo de oro que para él era tan preciado como su alma.

Porque aquel anillo que había caído al mar era un anillo talismánico encantado del que dependían la autoridad y el poderío del rey y que servía de freno para mantener respetuosos al pueblo y al ejército; pues cuando el rey quería dar orden de que se ejecutara a un culpable, no tenía más que levantar la mano en uno de cuyos dedos se encontraba el anillo, y al punto brotaba de él un relámpago súbito que derribaba por tierra al culpable muerto de repente, separándole la cabeza de los hombros.

Así es que cuando el rey vió caer su anillo al mar, no quiso hablar de ello a nadie y guardó el secreto más profundo acerca de su pérdida, sin lo cual le hubiera resultado imposible mantener más tiempo en el temor y la obediencia a sus súbditos. ¡Y esto es lo referente al rey!

En cuanto a Abu-Sir, una vez que se quedó solo en la isla, cogió una red de pesca que le había dado el capitán marino, y para distraerse de sus torturadores pensamientos y proporcionarse el sustento, se puso a pescar en el mar. Y después de arrojar su red y esperar un momento, la retiró y la encontró llena de peces de todos colores y de todos tamaños. Y se dijo: "¡Por Alah, mucho tiempo hacía que no comía yo pescado! ¡Voy a coger uno y a darlo para que me lo frían a los dos pinches de que me ha hablado el capitán".

En efecto, el capitán del puerto y de los navíos estaba también encargado de suministrar todos los días pescado fresco para la cocina del rey; y como aquel día no pudo atender por sí mismo a su pesca, se lo había encargado a Abu-Sir, y le había hablado de dos pinches que irían allá para que les entregase lo que pescara con destino al rey. Y la primera redada favoreció a Abu-Sir con aquella pesca numerosa. Empezó, pues, antes de entregar su pesca a los dos mozos que estaban para llegar, por escoger para sí mismo el pez más gordo y más hermoso; y sacó de su cinturón el cuchillo grande que guardaba allí, y atravesó con él de parte a parte las branquias del pez que coleaba. ¡Pero no se sorprendió poco al ver salir, ensartado por la punta del cuchillo, un anillo de oro que el pez había devorado sin duda!

Al ver aquello, aunque ignoraba las virtudes temibles de tal anillo talismánico, que era precisamente el que se le salió del dedo al rey cayendo al mar...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 500ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 500ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Al ver aquello, aunque ignoraba las virtudes temibles de tal anillo talismánico, que era precisamente el que se le salió del dedo al rey cayendo al mar, y sin que diese gran importancia a la cosa, Abu-Sir cogió el anillo que le correspondía por derecho propio y se lo puso en un dedo.

En aquel momento llegaron los dos mozos abastecedores de la cocina del rey, y le dijeron: "¡Oh pescador! ¿Puedes decirnos que le ha pasado al capitán del puerto que a diario nos entrega el pescado destinado al rey? ¡Hace ya mucho tiempo que le esperamos! ¿Por qué lado se ha ido?" Abu-Sir contestó, extendiendo la mano hacia ellos: "¡Se fué por aquel lado!" Pero en el mismo momento saltaron de sus hombros las cabezas de los dos mozos y rodaron por el suelo con sus propietarios.

Era el relámpago lanzado por el anillo que llevaba Abu-Sir quien acababa de matar a los dos mozos abastecedores.

Al ver caer privados de vida a ambos mozos, se preguntó Abu-Sir: "¿Quién pudo hacer saltar así sus cabezas?" Y miró a su alrededor por todos lados, al aire y a sus pies; y ya empezaba a temblar de terror, pensando en el poder oculto de los genios malhechores, cuando vió llegar al capitán marino. Y éste, aunque todavía estaba lejos, divisó al propio tiempo los dos cuerpos inertes en el suelo con las cabezas respectivas junto a ellos, y también el anillo ostentado por Abu-Sir, que brillaba al sol. Y al primer golpe de vista comprendió lo que acababa de pasar. Así es que se apresuró a gritarle para ponerse en salvo: "¡Oh hermano mío! ¡No muevas la mano en que llevas el anillo de oro, o soy, muerto! ¡Por favor no la muevas!"

Al oír estas palabras, que acabaron de sorprenderle y de dejarle perplejo, Abu-Sir se inmovilizó completamente, a pesar de las ganas que tenía de correr al encuentro del capitán marino, el cual, llegado que fué junto a él, se arrojó a su cuello, y dijo: "Cada hombre lleva colgado al cuello su destino. ¡El tuyo supera con mucho al del rey! ¡Pero cuéntame cómo ha llegado a ti este anillo, y yo te contaré después las virtudes que tiene!" Y Abu-Sir contó al capitán marino toda la historia, la cual sería inútil repetir. Y el capitán, maravillado, le relató a su vez las virtudes temibles del anillo, y añadió: "Ahora está en salvo tu vida y en peligro la del rey. ¡Puedes acompañarme sin temor a la ciudad y hacer caer a una seña del dedo en que llevas el anillo las cabezas de tus enemigos y hacer saltar de entre sus hombros la del rey!" Y embarcó a Abu-Sir consigo en una nave y llevándole a la ciudad, le condujo al palacio, presentándole al rey.

En aquel momento el rey tenía sesión en su diwán y estaba rodeado por la muchedumbre de sus visires, emires y consejeros; y aunque se hallaba repleto de preocupaciones y de rabia hasta lo último a causa de la pérdida de su anillo, no se atrevía a divulgar la cosa ni a mandar que se hicieran en el mar pesquisas para encontrarlo, por miedo a que se regocijaran con su calamidad los enemigos del trono. Pero cuando vió entrar a Abu-Sir, ya no abrigó ninguna duda acerca de su proyectada pérdida, y exclamó: "¡Ah miserable! ¿cómo pudiste salir del fondo del mar y escapar a la muerte por ahogo y por combustión?" Abu-Sir contestó: "¡Oh rey del tiempo, Alah es el más grande!"

Y contó al rey cómo le había salvado el capitán marino, que le estaba agradecido por un baño gratuito, cómo encontró el anillo y cómo, sin saber el poder de tal anillo, había causado la muerte de los dos mozos abastecedores. Luego añadió: "¡Y ahora ¡oh rey! vengo a devolverte este anillo en prueba de gratitud por los beneficios que te debo y para demostrarte que, si tuviese alma de criminal, ya me hubiera servido de este anillo para exterminar a mis enemigos y matar a su rey! ¡Y te suplico que, para corresponderme, examines con más atención ese crimen que se me imputa y por el cual, aunque estoy ignorante de él, me condenaste, y que me hagas perecer con torturas si resulto verdaderamente criminal!"

Diciendo estas palabras, Abu-Sir se sacó del dedo el anillo y se lo entregó al rey, que apresurose a ponérselo, respirando aliviado y contento, y sintiendo que le volvía al cuerpo el alma. Se irguió sobre sus pies entonces y echó los brazos al cuello de Abu-Sir, diciéndole: "¡Oh hombre! ¡ciertamente eres la flor de las personas bien nacidas! Te ruego que no me guardes rencor y me perdones el mal que te hice y el perjuicio que te causé! En verdad que jamás me hubiese devuelto este anillo otro que no fueras tú!"

El barbero contestó: "¡Oh rey del tiempo! ¡si verdaderamente anhelas que descargue tu conciencia, no tienes más que decirme por fin qué crimen se me imputaba, y quién me atrajo tu cólera y tu odio!" El rey dijo: "¡Ualah! ¿para qué? Estoy seguro ahora de que se te acusó injustamente. Pero puesto que deseas saber el crimen que se te atribuía, escucha: ¡El tintorero Abu-Kir me ha dicho tal y cual cosa!" Y le contó todo aquello de que hubo de acusarle el tintorero con motivo de la pasta depilatoria experimentada en los pelos de abajo del gran visir...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 501ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 501ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... la pasta depilatoria experimentada en los pelos de abajo del gran visir. Y contestó Abu-Sir, con lágrimas en los ojos: "¡Ualah, oh rey del tiempo! ni conozco al rey de los nazarenos ni en mi vida hallé el suelo del país de los nazarenos. ¡He aquí la verdad!" Y contó al rey cómo el tintorero y él se habían comprometido con un juramento, después de la lectura de la Fatiha del Libro, a ayudarse mutuamente; cómo partieron juntos, y todas las jugarretas y todas las malas pasadas de que le hizo víctima el tintorero, incluso la paliza que le obligó a sufrir y la receta de la pasta depilatoria que él mismo le había dado. Y añadió: "Sin embargo, ¡oh rey! aplicada a la piel esa pasta depilatoria es una cosa infinitamente excelente; y no es venenosa más que al comerla. ¡En mi tierra, hombres y mujeres se sirven sólo de eso, en lugar de la navaja, para hacer desaparecer cómodamente los pelos de abajo! ¡En cuanto a las malas pasadas que me jugó y al trato que me hizo sufrir, no tendrá el rey más que llamar al portero del khan y a los aprendices de la tintorería para comprobar la verdad de mis asertos anteriores!"

Y por complacer a Abu-Sir, pues por su parte él estaba seguro de todo, hizo llamar al portero del khan y a los aprendices; y después del interrogatorio, todos confirmaron las palabras del barbero, agravando más con sus revelaciones la conducta deshonrosa del tintorero.

Tras de lo cual, gritó el rey a los guardias: "¡Que me traigan al tintorero sin nada a la cabeza, descalzo y con las manos atadas a la espalda!" Y al punto corrieron los guardias a invadir el almacén del tintorero, que a la sazón estaba ausente. Le buscaron, pues, en su casa, donde hubieron de encontrarle sentado saboreando el goce de los placeres tranquilos y soñando sin duda alguna con la muerte de Abu-Sir. Y he aquí que se precipitaron sobre él, quién dándole puñetazos en la nuca, quién puntapiés en el trasero, quién cabezazos en el vientre, y le pisotearon y le quitaron la ropa, excepto la camisa, y descalzo, sin nada a la cabeza y con las manos atadas a la espalda, le arrastraron hasta el trono del rey.

Abu-Kir vió a Abu-Sir sentado a la diestra del rey, y al portero del khan de pie en la sala, con los aprendices de la tintorería a ambos lados. ¡En verdad que lo vió todo! Y el terror le obligó a cagarse y hacer lo que hizo en medio de la sala del trono, porque comprendió que estaba perdido sin remedio. Pero ya el rey le decía, mirándole atravesado: "¡No puedes negar que está ahí tu antiguo compañero, el pobre a quien robaste, maltrataste, abandonaste, pegaste, echaste, injuriaste, acusaste e hiciste morir, en suma!" Y el portero del khan y los aprendices de la tintorería levantaron las manos, y exclamaron: "¡Sí, por Alah! no puedes negar nada de eso ¡Nosotros somos testigos ante Alah y ante el rey!"

El rey dijo: "¡Lo niegues o lo declares, no dejarás de sufrir el castigo escrito por el Destino!" Y gritó a sus guardias: "¡Lleváosle, arrastradle de los pies por toda la ciudad, encerradle luego en un saco lleno de cal viva y tiradle al mar, a fin de que muera de muerte doble, por combustión y por asfixia!" Entonces exclamó el barbero: "¡Oh rey del tiempo! te suplico que aceptes mi intercesión en favor suyo, porque yo le perdono cuanto me hizo!" Pero le dijo el rey: "¡Si tú le perdonas sus crímenes contra ti, yo no le perdono sus crímenes contra mí!" Y una vez más gritó a sus guardias: "¡Lleváosle y ejecutad mis órdenes!"

Entonces los guardias se apoderaron del tintorero Abu-Kir, le arrastraron de los pies por toda la ciudad, pregonando sus fechorías, y acabaron por encerrarle en un saco lleno de cal viva y le tiraron al mar. ¡Y murió ahogado y abrasado!

En cuanto a Abu-Sir, le dijo e rey: "¡Oh Abu-Sir, ahora quiero que me pidas cuanto anheles, y al instante te será concedido!" Abu-Sir contestó: "¡Solamente pido al rey que me envíe a mi patria, porque en adelante me será penoso vivir alejado de los míos, y no tengo ganas de quedarme aquí!"

Aunque muy contrariado por su marcha, pues deseaba nombrarle gran visir en lugar del rollizo y peludo que llenaba este cargo, el rey le hizo preparar un gran navío que llenó de esclavos de ambos sexos y de ricos presentes, y le dijo al despedirse de él: "¿No quieres, entonces, ser mi gran visir?" Y Abu-Sir contestó: "¡Quisiera volver a mi país!" Entonces no insistió más el rey, y se alejó el navío con Abu-Sir y sus esclavos en dirección a Iskandaria.

Y he aquí que Alah les asignó un viaje feliz, y tocaron en Iskandaria con buena salud. Pero, apenas habían desembarcado, uno de los esclavos vió en la playa un saco que el mar arrojó a tierra. ¡Lo abrió Abu-Sir y descubrió dentro el cadáver de Abu-Kir que habían arrastrado hasta allí las corrientes! Y Abu-Sir le hizo inhumar cerca de allí, a la orilla del mar, y le erigió un monumento funerario que convirtiose en un lugar de peregrinación, para cuya conservación dedicó Abu-Sir bienes inalienables; e hizo grabar en la puerta del edificio esta inscripción mural:

¡Abstente del mal! ¡Y no te embriagues con el sorbo amargo de la maldad! ¡El malo acaba siempre por caer vencido!

¡Ve el Océano flotar en su superficie cosas del desierto, en tanto que las perlas reposan tranquilas en las arenas submarinas!

En las regiones serenas, está escrito sobre las páginas transparentes del aire: “!Quien siembre el bien, recogerá el bien! ¡porque toda cosa vuelve a su origen!”

Y tal fué el fin de Abu-Kir el tintorero y la entrada de Abu-Sir en la vida dichosa y sin preocupaciones en lo sucesivo. ¡Y por eso a la bahía en que se enterró al tintorero se le llamó bahía de Abu-Kir! ¡Gloria al que vive en Su Eternidad y por Su Voluntad hace correr los días en invierno y verano!

Luego dijo Schehrazada: "Y he aquí ¡oh rey afortunado! todo cuanto llegué a saber de esta historia". Y exclamó Schahriar: "¡Por Alah, que es edificante la tal historia! ¡Por eso tengo ahora deseos de que me cuentes una o dos o tres anécdotas morales!" Y dijo Schehrazada: "¡Son las que mejor conozco!"


En aquel momento, vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 502ª noche

de Anónimo



ANÉCDOTAS MORALES DEL JARDÍN PERFUMADO[editar]

Ella dijo:

"Las anécdotas morales ¡oh rey afortunado! son las que mejor conozco. Voy a contarte una o dos o tres entresacadas del Jardín perfumado". Y el rey Schahriar dijo: "¡Pues date prisa a empezar, porque siento que esta noche me invade el alma un gran fastidio! ¡Y no estoy seguro de conservarte hasta mañana la cabeza sobre los hombros!"

Y Schehrazada dijo, sonriendo: "¡Helas aquí! Pero te prevengo ¡oh rey afortunado! que estas anécdotas, aunque son de lo más morales, pueden pasar por anécdotas libertinas a los ojos de la gente grosera y de criterio estrecho". Y dijo el rey Schahriar: "¡No te detenga ese temor, Schehrazada! Sin embargo, si crees que esas anécdotas morales no pueden ser oídas por esta pequeñuela que te escucha acurrucada a tus pies en la alfombra, dile que ya, se vaya. ¡Por cierto que aún no sé que hace aquí esta pequeñuela!"

Al oír del rey semejantes palabras, la pequeña Doniazada, temiendo que la echasen, se arrojó en los brazos de su hermana mayor, que la besó en los ojos, la oprimió contra su pecho y la tranquilizó el alma querida. Luego encarose con el rey Schahriar y dijo: "¡A pesar de todo, creo que puede quedarse, porque no es reprensible hablar de las cosas situadas debajo de la cintura, ya que todas las cosas son limpias y puras para las almas limpias y puras!"

Y dijo al punto:

LOS TRES DESEOS[editar]

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que cierto hombre de buenas intenciones se pasó toda su vida en espera de la noche milagrosa que promete el Libro a los creyentes dotados de fe ardiente, esa noche llamada Noche de las Posibilidades de la Omnipotencia, en que el hombre piadoso ve realizarse sus menores deseos. Y he aquí que una noche de las últimas noches del mes de Ramadán, aquel hombre, después de haber ayunado estrictamente todo el día, sintiose tocado por las gracias divinas, y llamó a su esposa y le dijo: "¡Escúchame, mujer! Esta noche me noto en estado de pureza ante el Eterno, y seguramente va a ser para mí la Noche de las Posibilidades de la Omnipotencia.

Como sin duda van a ser atendidos por el Retribuidor todos mis ruegos y deseos, te llamo para consultarte de antemano acerca de las peticiones que debo hacer, porque estimo bueno tu consejo, y con frecuencia fueron provechosas para mí tus opiniones. ¡Inspírame, pues, sobre los deseos que he de formular!" La esposa contestó: "¡Oh hombre! ¿a cuántos deseos tienes derecho?" El dijo: "¡A tres!" Ella dijo: "¡Ya puedes, entonces, exponer a Alah el primero de los tres deseos. Bien sabes que la perfección del hombre y sus delicias residen en su virilidad y que el hombre no puede ser perfecto siendo casto, eunuco o impotente. Por consiguiente, cuanto más considerable sea el zib del hombre mayor será su virilidad y tendrá más probabilidades de encaminarse por la vía de la perfección. Prostérnate, pues, humildemente ante la faz del Altísimo, y di: "¡Oh Bienhechor! ¡oh Generoso! haz que engorde mi zib hasta la magnificencia!"

Apenas hubo formulado tal deseo, se sintió atendido con exceso en aquella hora y aquel instante. Porque al punto vió el santo hombre que se le inflaba el zib y se le ponía magnífico, hasta el extremo que se le hubiera tomado por un calabacino descansando entre dos calabazas gordas. Y era tan considerable el peso de todo aquello, que obligaba a su propietario a sentarse cuando se le levantaba y a levantarse cuando se acostaba.

Así es que la esposa se aterró tanto al ver aquello, que hubo de emprender la fuga cuantas veces la llamó para hacer pruebas el santo hombre. Y exclamaba: "¿Cómo quieres que me preste a ninguna prueba con esa herramienta cuyo solo impulso es capaz de perforar rocas de parte a parte?”

Y el pobre hombre acabó por decirle: "¡Oh muy execrable! ¿qué debo hacer con esto ahora? Tú tienes la culpa ¡oh maldita!" Ella contestó: "¡El nombre de Alah sobre mí y alrededor de mí! Reza por el Profeta, ¡oh anciano de ojos vacíos! ¡Pues por Alah!, que no tengo necesidad de todo eso, ni tampoco te dije que pidieras tanto! ¡Ruega, pues, al cielo que te lo disminuya! ¡Ese ha de ser tu segundo deseo!"

El santo hombre alzó entonces los ojos al cielo, y dijo: "¡Oh Alah! te suplico que me libres de esta embarazosa mercancía y me evites la molestia que me proporciona!" Y al punto se quedó liso el vientre de aquel hombre, sin más señal de zib y de compañones que si fuera un joven impúber.

Pero no le satisfizo aquella desaparición completa, ni tampoco a su esposa, que empezó a dirigirle invectivas y a reprocharle que la hubiera privado para siempre de lo que la correspondía. Así es que llegó al extremo la pena del santo hombre, y dijo a su esposa: “!Tú tienes la culpa de todo esto, obra de tus consejos insensatos! ¡Oh mujer falta de juicio! Yo tenía derecho a formular tres deseos ante Alah, y podía escoger a mi sabor lo que mejor me pareciera de los bienes de este mundo y del otro. Y he aquí que ya me fueron concedidos dos de mis deseos y estamos como si no hubiera pasado nada. ¡Y me encuentro peor que antes! ¡Pero como todavía tengo derecho a formular mi tercer deseo, voy a pedir a mi Señor que me reintegre lo que yo poseía en un principio!"

Y se lo rogó a su Señor, que atendió su deseo. ¡Y se quedó él con lo que antes poseía!

La moraleja de esta anécdota es que hay que contentarse con lo que se tiene.

Luego dijo Schehrazada:

EL MOZALBETE Y EL MASAJISTA DEL HAMMAM[editar]

Cuentan ¡oh rey afortunado! que cierto masajista del hammam tenía de ordinario entre su clientela a los hijos de los notables y de los ciudadanos más ricos, porque el hammam donde ejercía su oficio era el mejor acreditado de toda la ciudad. Y he aquí que un día entró en la sala en que esperaba él a los bañistas un mozalbete todavía virgen de pelos, pero muy rollizo y abundante en redondeces por todas partes a la vez; y aquel mozuelo era muy hermoso de rostro; y era el propio hijo del gran visir de la ciudad. Así es que el masajista alegrose de poder dar masaje al dulce cuerpo de aquel joven delicado, y se dijo para su ánima: "¡He aquí un cuerpo en que la grasa puso por doquiera cojines sedosos! ¡Qué abundancia de formas, y qué rollizo está!" Y le ayudó a echarse en el mármol tibio de la sala caliente y empezó a friccionarle con un cuidado especial. Y cuando llegó cerca de los muslos, se quedó en el límite de la estupefacción al notar que el zib del mozo aquel, tan metido en carnes apenas alcanzaba el volumen de una avellana.. .


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 503ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 503ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... se quedó en el límite de la estupefacción al notar que el zib del mozo aquél, tan metido en carnes apenas alcanzaba el volumen de una avellana. Y al ver aquello, se puso a lamentarse con toda su alma y a golpearse las manos una contra otra, dejando bruscamente de darle masaje.

Cuando el joven vió al masajista presa de semejante pena y con el rostro demudado por la desesperación, le dijo: "¿Qué te sucede, ¡oh masajista! para lamentarte así con toda tu alma y golpearte las manos una contra otra?" El masajista contestó: "¡Ay mi señor! ¡mi desesperación y mis lamentaciones son por ti! ¡Porque veo que te aflige la mayor desgracia que le puede ocurrir a un hombre! Eres joven, rollizo y hermoso, y posees cuantas perfecciones de cuerpo y de rostro y cuantos beneficios dispensa el Retribuidor a sus elegidos. ¡Pero precisamente careces del instrumento de delicias, sin el cual no se es hombre ni se está dotado de la virilidad que da y recibe! ¿Sería vida la vida sin el zib y todas sus consecuencias? "Al oír estas palabras, el hijo del visir bajó la cabeza tristemente, y contestó: "¡Tienes razón, tío mío! ¡Y precisamente acabas de hacerme pensar en lo que constituye mi único tormento! Si tan pequeña es la herencia de mi venerado padre, yo sólo tengo la culpa, por no haberme cuidado de hacerla prosperar hasta hoy. ¿Cómo quieres, en efecto, que el cabrito llegue a ser potente manteniéndose lejos de las cabras incendiarias o que el árbol se desarrolle sin que se le riegue? ¡Hasta hoy me mantuve lejos de las mujeres, y todavía no vino ningún deseo a despertar a mi niño en su cuna! ¡Pero ya creo que es hora de que se despierten los dormidos y de que el pastor se apoye en su báculo!"

Al oír este discurso del hijo del visir, dijo el masajista del hammam: "Pero, ¿cómo hará el pastor para apoyarse en su báculo, no siendo éste mayor que una falange del dedo meñique?" El mozalbete contestó: "Para eso, mi buen tío, cuento con tu generosa voluntad. Vas a ir al estrado en que dejé mi ropa, y cogerás la bolsa que hay en mi cinturón; y con el oro que contiene irás a buscar para mí una joven capaz de iniciar el desarrollo que deseamos. ¡Y con ella haré mi primer ensayo!" El masajista fué al estrado, cogió la bolsa y salió del hammam en busca de la joven consabida.

En el camino se dijo: "¡Ese pobre mozo se imagina que un zib es una pasta de caramelo blando que se desarrolla más cuanto más se la toca! ¿Es posible creer que el cohombro se hace cohombro de la noche a la mañana o que el plátano madura antes de llegar a ser plátano?" Y riéndose de la aventura, fue al encuentro de su esposa; y le dijo: "¡Oh madre de Alí! has de saber que acabo de dar masaje en el hammam a un joven hermoso como la luna llena. Es hijo del gran visir y reúne todas las perfecciones, ¡pero el pobre no tiene un zib como el de los demás hombres! Lo que posee apenas tiene el tamaño de una avellana. Y como yo me lamentaba por su juventud, me ha dado esta bolsa llena de oro a, fin de que procure una joven capaz de desarrollarle en un instante la pobre herencia que obtuvo de su venerable padre; ¡porque el infeliz se imagina que así va a erigirse su zib en un instante desde el primer ensayo! Yo entonces he pensado que más valía que todo este oro se quedase en casa; y vengo a tu encuentro para decirte que me acompañes al hammam, donde harás el simulacro de prestarte al ensayo sin consecuencias del pobre mozalbete. ¡No hay ningún inconveniente en la cosa! ¡Y hasta podrás pasar una hora riéndote de él, sin ningún peligro ni temor!

Y yo os vigilaré a los dos desde fuera, y haré como que os protejo contra la curiosidad de los bañistas".

Al oír estas palabras de su esposo, la joven contestó con el oído y la obediencia, y se levantó, y se atavió y se vistió con sus trajes más hermosos. Por lo demás, aun sin atavíos ni adornos, podía hacer que se volvieran hacia ella todas las cabezas y arrebatar todos los corazones, porque era la más bella entre las mujeres de su tiempo...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 504ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 504ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... porque era la más bella entre las mujeres de su tiempo.

El masajista fué, pues, con su esposa y la introdujo en la estancia donde se hallaba el joven hijo del visir, que esperaba siempre echado sobre el mármol de la sala caliente; y el otro hubo de dejarlos solos y salió para apostarse fuera con objeto de impedir a los importunos que asomaran la cabeza por la puerta. Y dijo a su mujer y al joven que cerraran por dentro la tal puerta.

Cuando la joven vió al joven, quedó encantada de su belleza de luna; y a él le ocurrió lo mismo.

Y se dijo ella: "¡Qué lástima que no tenga lo que poseen los demás hombres! ¡Porque es verdad lo que me ha contado mi esposo; ¡apenas lo tiene del tamaño de una avellana!"

Pero al contacto de la joven empezó a conmoverse el niño que dormía entre los muslos del joven; y como era sólo de una pequeñez aparente y de los que estando de sueño entran por completo en el regazo de su padre, comenzó a sacudir su modorra. ¡Y he aquí que surgió de pronto comparable al de un burro o de un elefante, y mayor y más potente en verdad!

Y al ver aquello, la esposa del masajista lanzó un grito de admiración y se arrojó al cuello del joven, que la cabalgó como un gallo triunfante. Y en una hora de tiempo, la penetró por primera vez, y así sucesivamente hasta la décima vez, en tanto que ella se agitaba tumultuosa y gemía y se movía locamente.

¡Eso fué todo!

Y tras del enrejado de madera de la puerta, el masajista estaba viendo toda la escena, y por temor al oprobio público no se atrevía a hacer ruido o a tirar la puerta. ¡Y limitábase a llamar en voz baja a su esposa, que no le contestaba! Y le decía: "¡Oh madre de Alí! ¿a qué esperas para salir? ¡El día avanza y dejaste olvidado en casa al pequeñuelo, que espera la teta!" Pero ella continuaba holgándose debajo del joven, y decía, entre risas y jadeos: "¡No, por Alah! en adelante no daré teta a otro pequeñuelo que a este niño!"

Y le dijo el hijo del visir: "¡Sin embargo, podrías ir a tetarle un instante para volver enseguida!" Ella contestó: "¡Antes me sacarán del cuerpo el alma que decidirme a dejar huérfano de madre ni una sola hora a mi nuevo niño!"

Así es que cuando el pobre masajista vió que se le escapaba de tal suerte su esposa y que con tal descaro se negaba a volver con él, fué tanta su desesperación y sintió celos tan rabiosos, que subió a la terraza del hammam y arrojose desde allí, estrellándose la cabeza contra la calle. Y murió.

Esta historia prueba que el prudente no debe fiarse de las apariencias.

Pero -continuó Schehrazada- la anécdota que voy a contarte todavía demostrará mejor cuán engañosas son las apariencias y qué peligroso es dejarse guiar por ellas.


HAY LÍQUIDOS Y LÍQUIDOS[editar]

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que un hombre entre los hombres se prendó en extremo de una joven bella y encantadora. Pero esta joven, que era un modelo de gracia y de perfecciones, estaba casada con un hombre al que amaba y del cual era amada. Y como, además, era casta y virtuosa, el hombre que estaba enamorado de ella no podía encontrar medio de seducirla. Y como ya hacía mucho tiempo que cansaba su paciencia sin resultado se le ocurrió valerse de alguna estratagema para vengarse de ella o vencer su desvío.

El esposo de aquella joven tenía en su casa como servidor de confianza a un joven a quien había educado desde la infancia y que guardaba la casa en ausencia de los amos. Así es que el despechado enamorado fué en busca de aquel joven y trabó amistad con él, haciéndole diversos regalos y colmándole de agasajos, hasta el punto de que el joven acabó por sentir hacia él verdadera devoción y por obedecerle sin restricción en todo.

Cuando le pareció que era oportuno, el enamorado le dijo un día al joven: "¡Oh amigo, quisiera visitar hoy la casa de tu amo cuando hayan salido tu amo y tu ama!" El otro contestó: "¡Bueno!" Y cuando su amo se marchó a la tienda y su ama salió para ir al hammam, fué él en busca de su amigo, le cogió de la mano, e introduciéndole en la casa le hizo visitar todas las habitaciones y ver cuanto había en ellas. Pero el hombre, que estaba firmemente resuelto a vengarse de la joven, había ya preparado la mala pasada que quería jugar. Así, pues, cuando llegó al dormitorio, se acercó al lecho y vertió en él el contenido de un frasco que tuvo cuidado de llenar de clara de huevo. E hizo la cosa tan discretamente, que el joven no advirtió nada. Tras de lo cual salió de la vivienda el otro y se marchó por su camino ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 505ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 505ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... salió de la vivienda el otro y se marchó por su camino. ¡Y he aquí lo que atañe a él!

En cuanto a los esposos, he aquí lo referente a ellos. Cuando, al ponerse el sol, cerró él su tienda, volvió a su casa, y como estaba cansado por toda una jornada de ventas y compras, fué a su lecho y quiso echarse para descansar; pero advirtió una mancha grande que se destacaba en el cobertor, y retrocedió asombrado y desconfiando hasta el límite de la desconfianza. Luego se dijo: "¿Quién habrá podido penetrar en mi casa y hacer con mi esposa lo que ha hecho? ¡Porque esto que veo es licor de hombre sin ninguna duda!" Y para cerciorarse mejor, el mercader metió el dedo en medio del líquido, y dijo: "¡Vaya si es!"

Entonces, lleno de furor, quiso matar primeramente al joven; pero mudó de opinión, pensando: "¡De ese joven no puede haber salido una mancha tan enorme, porque todavía no está en edad de que se le hinchen los compañones!"

Le llamó, sin embargo, y le gritó con voz temblorosa de furor: "¿Dónde está tu ama, miserable aborto?" El joven contestó: "¡Ha ido al hammam!" Al oír estas palabras, se consolidó más la sospecha en el espíritu del mercader, pues la ley religiosa exige que hombres y mujeres vayan al hammam para hacer una ablución completa cuantas veces verifiquen la copulación.

Y gritó al mozo: "¡Corre en seguida para decirle que vuelva!" Y el mozo apresurose a ejecutar la orden.

Llegada que fué su esposa, el mercader, que recorría con los ojos de derecha a izquierda la estancia en que se hallaba el lecho consabido, saltó sobre la joven sin pronunciar palabra, la asió por los cabellos, la tiró al suelo y empezó a administrarle una serie tremenda de patadas y puñetazos. Tras de lo cual le ató los brazos, cogió un gran cuchillo y se dispuso a degollarla. Pero al ver aquello, la mujer comenzó a gritar y aullar tan fuerte, que todos los vecinos y vecinas acudieron en su socorro y la encontraron a punto de ser degollada.

Entonces separaron a la fuerza al marido y preguntaron a qué causa obedecía semejante castigo. Y exclamó la mujer: "¡No sé la causa!" Entonces dijeron todos al mercader: "Si estás quejoso de ella tienes derecho a divorciarte o reprenderla con dulzura y mansedumbre. ¡Pero no puedes matarla, porque como casta lo es, y nosotros por tal la conocemos, y de ello daremos testimonio ante Alah y ante el kadí! ¡Desde hace mucho tiempo es vecina nuestra, y no hemos notado en su conducta nada reprensible!" El mercader contestó: "¡Dejadme degollar a esta licenciosa!" ¡Y si queréis una prueba de sus licencias no tenéis más que mirar la mancha líquida que han dejado los hombres introducidos por ella en mi lecho!"

Al oír estas palabras, los vecinos y las vecinas se acercaron al lecho, y cada uno a su vez metió el dedo en la mancha, y dijo: "¡Es líquido de hombre!" Pero en aquel momento se acercó a su vez el joven y recogió en una sartén el líquido que no había sido absorbido por la tela, poniendo la sartén a la lumbre y haciendo cocer el contenido. Tras de lo cual tomó lo que acababa de cocer, se comió la mitad y distribuyó la otra mitad entre los circunstantes, diciéndoles: "¡Probadlo! ¡es clara de huevo!"

Y habiéndolo probado, se aseguraron todos de que era realmente clara de huevo, incluso el marido, que comprendió que su esposa era inocente y que la había acusado y maltratado injustamente. Así es que apresurose a reconciliarse con ella, y para sellar su buen acuerdo, le regaló cien dinares de oro y un collar de oro.

Esta historieta prueba que hay líquidos y líquidos, y que es preciso saber diferenciar todas las cosas.

Cuando Schehrazada hubo contado estas anécdotas al rey Schahriar, se calló. Y dijo el rey: "¡Es verdad, Schehrazada, que son infinitamente morales estas historias! ¡Y además, me han reposado de tal manera el espíritu, que estoy dispuesto a oír cómo me cuentas una historia extraordinaria por completo!"

Y dijo Schehrazada: "¡Justamente la que voy a contarte es la que deseas!"


HISTORIA DE ABDALAH DE LA TIERRA Y DE ABDALAH DEL MAR[editar]

Y Schehrazada dijo al rey Schahriar:

Se cuenta -¡pero Alah es más sabio!- que había un hombre, pescador de oficio, que se llamaba Abdalah. Y el tal pescador tenía que mantener a sus nueve hijos y a la madre, y era pobre, muy pobre, hasta el extremo de que por toda hacienda no tenía más que su red. Y esta red le servía de tienda y con ella se ganaba el pan y era la única puerta por la que entraban recursos en su casa. Tenía costumbre de ir todos los días a pescar en el mar; y si pescaba poco lo vendía y se gastaba la ganancia con sus hijos, según lo que le hubiera concedido el Retribuidor; pero si pescaba mucho, con el dinero de la ganancia hacía que su esposa cocinase una comida excelente, y compraba frutas y se lo gastaba todo con la familia, sin escatimar ni economizar, hasta que no le quedaba nada entre las manos; porque se decía: "¡Mañana nos vendrá el pan de mañana!" Y así vivía al día, sin anticiparse al destino del día siguiente.

Pero un día su esposa parió al décimo varón, pues merced a la bendición, los otros nueve eran también varones. Y aquel día precisamente no había en absoluto nada que comer en la pobre casa del pescador Abdalah. Y dijo la mujer al marido: "¡Oh mi amo, la casa tiene un habitante más, y todavía no ha llegado el pan del día! ¿No vas a buscarnos algo para sostenernos en este momento penoso?" El contestó: "¡Ahora voy a salir, confiándome a la voluntad de Alah, e iré a pescar en el mar, arrojando mi red a la salud de ese niño recién nacido, para juzgar así de su suerte futura!" La mujer le dijo: "¡Pon tu confianza en Alah!" Y el pescador Abdalah se echó al hombro su red y se fué al mar ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 506ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGÓ LA 506ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el pescador Abdalah se echó al hombro su red y se fué al mar. Y arrojó al agua la red a la salud del recién nacido, y dijo: "¡Oh Dios mío, haz que su vida sea fácil y no difícil, abundante y no insuficiente!" Y tras de haber esperado un momento, sacó la red y la encontró llena de basura, de arena, de casquijo y de hierbas marinas, ¡pero no vió absolutamente ni la huella de un pez grande o pequeño! Entonces se asombró y se le entristeció el alma, y dijo: "¿Habrá creado Alah a ese recién nacido para no adjudicarle ninguna hacienda ni ninguna provisión? ¡Eso no puede ser, no podrá ser nunca! ¡Porque Quien ha formado las mandíbulas del hombre y le ha trazado dos labios en la boca, no lo hizo en vano, y ha cargado con la responsabilidad de subvenir a sus necesidades, porque es el Previsor, el Generoso. ¡Exaltado sea!" Luego se cargó al hombro su red y fué a echarla al mar en otro sitio. Y esperó un buen rato y la sacó con mucho trabajo, porque pesaba mucho. Y encontró en ella un burro muerto, todo hinchado y exhalando un hedor espantoso. Y el pescador sintió que las náuseas le invadían el alma; y se apresuró a desembarazar de aquel burro muerto su red y alejarse hacia otro sitio lo más de prisa que pudo, diciendo: "¡No hay recurso ni poder más que en Alah el Glorioso, el Altísimo! ¡Toda la mala suerte que tengo es por culpa de mi maldita mujer! Cuántas veces no la habré dicho: "El agua no se hizo para mí, y es preciso que busque en otra parte nuestra subsistencia ¡Yo no puedo ya con este oficio! ¡No, en verdad que no puedo más! ¡Déjame, pues, ¡oh mujer! que ejerza otro oficio que el de pescador! Y le he repetido estas palabras hasta hartarme. Y ella me contestaba siempre: "¡Alah-Karim! ¡Alah-Karim! ¡Su generosidad es ilimitada! No te desesperes, ¡oh padre de tus hijos!" ¿Y es ésta toda la generosidad de Alah? ¿Será ese burro muerto la hacienda destinada al pobre recién nacido, o lo será el casquijo y la arena recogidos?"

Y el pescador Abdalah permaneció inmóvil largo tiempo, presa de una pena muy profunda. Luego acabó por decidirse a arrojar su red al mar una vez más todavía, pidiendo a Alah perdón por las palabras que acababa de pronunciar impensadamente, y dijo: "Se favorable a mi pesca, ¡oh Tú el Retribuidor que dispensas a tus criaturas las mercedes y los beneficios, y marcas su destino de antemano! ¡Y sé favorable a ese niño recién nacido, y te prometo que un día será un santón consagrado a tu exclusivo servicio!" Luego se dijo: "¡Quisiera pescar aunque no fuese más que un solo pez para llevárselo a mi bienhechor el panadero, que en los días negros, cuando me veía parado delante de su tienda husmeando desde afuera el olor del pan caliente, me hacía con la mano señas para que me acercara y me daba generosamente lo que necesitaba para los nueve y la madre!"

Cuando hubo echado por tercera vez su red, Abdalah estuvo esperando mucho tiempo y se dispuso luego a retirarla. Pero como la red pesaba todavía más que las otras veces y su peso era completamente extraordinario, le costó un trabajo infinito sacarla hasta la orilla: y sólo hubo de conseguirlo después de hacerse sangre en las manos a fuerza de tirar de las cuerdas. Y en el límite de la estupefacción, se encontró entonces apresado entre las mallas de la red un ser humano, un Adamita semejante a todos los Ibu-Adam, con la sola diferencia de que su cuerpo terminaba en cola de pez; pero, aparte de eso, tenía cabeza, cara, barba, tronco y brazos, como un hombre de la tierra.

Al ver aquello, el pescador Abdalah no dudó un instante de que se hallaba en presencia de un efrit entre los efrits rebeldes a las órdenes de nuestro señor Soleimán Ibn-Daúd, que fueron encerrados en vasos de cobre rojo y arrojados al mar. Y se dijo: "¡Sin duda es uno de ellos! ¡Merced al desgaste del metal por el agua y los años, ha podido salir del vaso sellado y agarrarse a mi red!" Y lanzando gritos de terror y levantándose el traje hasta más arriba de las rodillas, el pescador echó a correr por la playa, huyendo hasta quedarse sin respiración, y aullando: "¡Amán! ¡Amán! ¡Misericordia! ¡oh efrit de Soleimán!"

Pero desde dentro de la red le gritó el Adamita: "Ven, ¡oh pescador! ¡No huyas de mí! ¡Porque soy un ser humano como tú, y no un mared o un efrit! ¡Te recompensaré espléndidamente! ¡Y Alah te lo tendrá en cuenta el día del Juicio!" Al oír estas palabras, se calmó el corazón del pescador; y dejó de huir y volvió hacia su red, pero a pasos lentos, avanzando con una pierna y retrocediendo con la otra. Y dijo al Adamita cogido en la red: "¿No eres, entonces, un genni entre los genn ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 507ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 507ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¿... No eres, entonces, un genni entre los genn?" El otro contestó: "¡No, por cierto! ¡Soy un hermano que cree en Alah y en su enviado!" Abdalah preguntó: "Pues entonces, ¿quién te ha tirado al mar?" El otro dijo: "¡No me ha tirado nadie al mar, pues he nacido en él! Porque soy un hijo entre los hijos del mar. Somos, en efecto, pueblos numerosos los que habitamos las profundidades marítimas. Y respiramos y vivimos en el agua como vosotros en la tierra y los pájaros en el aire. Y todos somos creyentes en Alah y en su Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) y somos buenos y caritativos con nuestros hermanos los hombres que habitan en la superficie de la tierra, ¡porque obedecemos a los mandatos de Alah y a los preceptos del Libro!" Luego añadió: "Por otra parte, si yo fuese un genni o un efrit malhechor, ¿no hubiera hecho trizas ya tu red en vez de rogarte que vinieras en mi ayuda para salir sin estropeártela, puesto que con ella te ganas el pan y es la única puerta por donde entran recursos en tu casa?" Al oír estas palabras tranquilizadoras, Abdalah sintió que se disipaban sus últimas dudas y sus últimos temores, y cuando se inclinaba para ayudar al habitante del mar a salir de la red, éste le dijo aún: "¡Oh pescador! el Destino quiso para bien tuyo mi captura. Me paseaba yo, en efecto, por las aguas, cuando cayó encima de mí tu red y me apresó en sus mallas. ¡Deseo, pues, labrar tu dicha y la de los tuyos! ¿Quieres que hagamos un pacto por el cual se comprometa cada uno de nosotros a ser amigo del otro y hacerle regalos y a recibir de él otros en cambio? Así, tú, por ejemplo, vendrás todos los días a buscarme aquí y a traerme una provisión de los frutos de la tierra que crecen entre vosotros: uvas, higos, sandías, melones, albérchigos, ciruelas, granadas, plátanos, dátiles y otros más. Y lo aceptaré de ti todo con extremado gusto. Y te daré a mi vez de los frutos del mar que crecen en las profundidades que habitamos nosotros: coral, perlas, crisolitos, aguamarinas, esmeraldas, zafiros, rubíes, metales preciosos y todas las gemas y pedrerías del mar. ¡Y con ellas te llenaré cada vez el cesto de frutas que me traigas! ¿Aceptas?"

Al oír estas palabras, exclamó el pescador, que ya no se tenía más que con una pierna de tanta alegría y entusiasmo como le causaba aquella enumeración espléndida: `¡Ya Alah! ¿Y quién no aceptaría?"

Luego dijo: "Bueno, ¡pero ante todo sea con nosotros la Fatiha para rellenar nuestro pacto!" Y el habitante del mar accedió. Y recitaron ambos en voz alta la Fatiha liminar del Korán. E inmediatamente Abdalah el pescador libertó de la red al habitante del mar.

Entonces preguntó el pescador a su amigo marítimo: "¿Cómo te llamas?" El otro contestó: "Me llamo Abdalah. Así es que, cuando vengas aquí todas las mañanas, el día en que por casualidad no me veas, no tendrás más que gritar: "¡Ya Abdalah! ¡oh marítimo!" Y te oiré al instante, y verás cómo aparezco fuera del agua". Luego le preguntó: "¿Y cómo te llamas tú, hermano mío?" El pescador contestó: "¡Me llamo también Abdalah, como tú!"

Entonces exclamó el marítimo: "¡Tú eres Abdalah de la Tierra y yo soy Abdalah del Mar! Y he aquí que seremos dos veces hermanos, por nuestro nombre y por nuestra amistad. ¡Espérame, pues, aquí un instante, ¡oh amigo mío! nada más que el tiempo necesario para sumergirme y volver con el primer regalo marítimo!" Y Abdalah de la Tierra contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y al punto Abdalah del Mar saltó desde la orilla al agua y desapareció a la vista del pescador. Al cabo de cierto tiempo, al no ver Abdalah de la Tierra aparecer al marino, se arrepintió mucho de haberle libertado de la red, y dijo para sí: ¿Acaso sé si va a volver? Sin duda se ha reído de mí y me ha dicho todo eso para que le deje en libertad. ¡Ah! ¿por qué no lo capturé? ¡Así hubiera podido exhibirle a los habitantes de la ciudad y ganar mucho dinero! Y también le hubiera transportado a las casas de la gente rica, que no quiere molestarse, para enseñársele a domicilio. ¡Y me habrían retribuido espléndidamente!" Y de este modo continuó lamentándose con el alma, y diciéndose: "Se te fué de entre las manos la pesca, ¡oh pescador... !


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 508ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 508ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Se te fué de entre las manos la pesca, ¡oh pescador!" Pero en aquel mismo instante el marítimo apareció fuera del agua llevando una cosa encima de la cabeza, y fué a situarse en la orilla al lado del terrestre. Y tenía el marítimo las dos manos llenas de perlas, de coral, de esmeraldas, de jacintos, de rubíes y de toda clase de pedrerías. Y se lo ofreció todo al pescador, y le dijo: "Toma esto, ¡oh hermano mío Abdalah! y dispénsame por lo poco que es. Porque por ahora no tengo un cesto para llenártelo; pero la próxima vez me traerás uno, y te lo devolveré lleno de estos frutos del mar". Al ver aquellas gemas preciosas, el pescador se regocijó extremadamente. Y las tomó, y después de hacerlas correr por entre sus dedos maravillándose, se las guardó en el seno. Y le dijo el marítimo: "¡No te olvides de nuestro pacto! Y ven aquí todas las mañanas antes de salir el sol!" Y se despidió de él y se hundió en el mar.

En cuanto al pescador, volvió a la ciudad transportado de alegría, y lo primero que hizo fué pasar por la tienda del panadero que le había favorecido en los días negros, y le dijo: "¡Oh hermano mío! ¡por fin la buena suerte y la fortuna se han puesto en nuestro camino! Te ruego que me des la cuenta de todo lo que te debo". El panadero contestó: "¿La cuenta? ¿Y para qué? ¿Hay necesidad de eso entre nosotros? ¡Pero si verdaderamente tienes dinero de sobra, dame lo que puedas! ¡Y si no tienes nada, toma todos los panes que necesites para alimentar a tu familia, y en cuanto a pagarme espera a que la prosperidad resida en tu casa definitivamente!"

El pescador dijo: "¡Oh amigo mío! ¡la prosperidad se ha instalado sólidamente en mi casa, trayéndola la buena sombra de mi recién nacido y la bondad y munificencia de Alah! ¡Y cuanto pueda darte será poco en comparación de lo que hiciste por mí cuando me agarrotaba la miseria! ¡Pero toma esto por el pronto!" Y se metió la mano en el seno y sacó un puñado de pedrerías tan grande, que apenas se quedó para sí con la mitad de lo que le había dado el marítimo. Y se lo dió al panadero, diciéndole: "Sólo te pido que me prestes algún dinero hasta que yo venda en el zoco estas gemas del mar". Y estupefacto por lo que veía y recibía, el panadero vació su cajón entre las manos del pescador y quiso llevarle él mismo hasta su casa la carga de pan necesaria para la familia. Y le dijo: "¡Soy tu esclavo y tu servidor!"

Y quieras que no, se cargó a la cabeza la banasta de panes y echó a andar detrás del pescador, hasta la casa de éste, donde dejó la banasta. Y se marchó después de besarle las manos. En cuanto al pescador, entregó a la madre de sus hijos la banasta de panes y luego se fué a comprarles carne de cordero, pollos, verduras y frutas. E hizo que su esposa guisara una comida extraordinaria aquella noche. Y comió admirablemente con sus hijos y su esposa, regocijándose hasta el límite del regocijo con la llegada de aquel recién nacido que llevaba consigo la fortuna y la dicha.

Tras de lo cual Abdalah contó a su esposa cuanto le había acaecido y cómo terminó la pesca con la captura de Abdalah del Mar, y toda la aventura, en fin, con sus menores detalles. Y acabó por ponerle en las manos lo que le quedaba del regalo precioso de su amigo el habitante del mar. Y su esposa se alegró de todo aquello; pero le dijo: "¡Guarda bien el secreto de esa aventura, porque si no lo haces, corres peligro de que el gobierno te ponga obstáculos". Y contestó el pescador: "¡Claro que se lo ocultaré a todo el mundo, excepto al panadero! ¡Porque aunque por lo general deba ocultarse la dicha, no puedo hacer de mi dicha un misterio para mi primer bienhechor!"

Al día siguiente, Abdalah el pescador fué muy temprano, con un cesto lleno de hermosas frutas de todas las especies y todos los colores; a la orilla del mar, adonde llegó antes de salir el sol. Y dejó su cesto en la arena de la playa, y como no divisaba a Abdalah, dió una palmada gritando: "¿Dónde estás, ¡oh Abdalah del Mar!?" Y al instante contestó desde el fondo de las olas una voz marina: "Heme aquí, ¡oh Abdalah de la Tierra! ¡Heme aquí a tus órdenes!" Y el habitante del mar salió del agua y se acercó a la orilla. Y después de las zalemas y de los votos, el pescador le ofreció el cesto de frutas. Y lo cogió el marítimo, dándole las gracias, y se sumergió en el fondo del mar. Mas algunos instantes después reapareció llevando en sus brazos el cesto sin frutas, pero cargado de esmeraldas, de aguamarinas y de todas las gemas y productos marinos. Y tras de despedirse de su amigo, el pescador se cargó a la cabeza el cesto y emprendió el camino de la ciudad, pasando por delante del horno del panadero...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 509ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 509ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y tras de despedirse de su amigo, el pescador se cargó a la cabeza el cesto y emprendió el camino de la ciudad, pasando por delante del horno del panadero. Y dijo a su antiguo bienhechor: "¡La paz sea contigo!, ¡oh padre de manos abiertas!" El otro contestó: "Y contigo la paz, las gracias de Alah y sus bendiciones, ¡oh rostro de buen augurio! ¡Acabo de mandar a tu casa una bandeja con cuarenta pasteles que he cocido especialmente para ti y en cuya pasta no economicé la manteca clarificada, la canela, el cardamomo, la nuez moscada, la cúrcuma, la artemisa, el anís y el hinojo!" Y el pescador metió la mano en el cesto, del cual salían mil resplandores fulgurantes; cogió tres grandes puñados de pedrerías y se los entregó. Prosiguió luego su camino y llegó a su casa. Y allí dejó su cesto, escogió la piedra más hermosa de cada especie y de cada color, lo puso todo en un pedazo de tela y se fué al zoco de los joyeros. Y se paró ante la tienda del jeique de los joyeros, le mostró las maravillosas pedrerías, y le dijo: "¿Me las quieres comprar?" El jeique de los joyeros miró al pescador con ojos llenos de desconfianza, y le preguntó: "¿Tienes más?" El pescador contestó: "En casa tengo un cesto lleno". El otro preguntó: "¿Y dónde está tu casa?" El pescador contestó: "Como casa, ¡por Alah que no la tengo! sino sencillamente una choza de tablas podridas, que está situada al extremo de cierta calle junto al zoco del pescado". Al oír estas palabras del pescador, el joyero gritó a sus dependientes: "¡Detenedle! ¡Es el ladrón a quien se acusa de haber robado las alhajas de la reina, la esposa del sultán!" Y les ordenó que le administraran una paliza. Y le rodearon todos los joyeros y mercaderes y le injuriaron. Y decían unos: "¡Sin duda fué él quien robó en el mes último la tienda del hadí Hassán!" Y decían otros: "¡También fué este miserable quien limpió cierta tienda!" Y cada cual contaba la historia de un robo cuyo autor no fué habido, ¡y se lo atribuía al pescador! Y durante todo aquel tiempo, el pescador guardaba silencio y no hacía ningún gesto para negar. Y después que hubo recibido la paliza preliminar dejó que le arrastrara a presencia del rey el jeique joyero, que quería obligarle a declarar sus crímenes y hacer que le colgaran a la puerta de palacio.

Llegados que fueron al diwán, el jeique de los joyeros dijo al rey: "¡Oh rey del tiempo! cuando desapareció el collar de la reina, mandaste que nos avisaran y nos encargaste que buscáramos al culpable. ¡Hicimos todo lo posible para lograrlo, y con la ayuda de Alah, lo hemos conseguido! ¡He aquí entre tus manos al culpable y las pedrerías que le hemos encontrado encima!"

Y dijo el rey al jefe de los eunucos: "Toma esas pedrerías y ve a enseñárselas a tu ama. ¡Y pregúntale si son las mismas piedras del collar que ha perdido!" Y el jefe de los eunucos fué en busca de la reina, y poniendo ante ella las gemas espléndidas, le preguntó: "¿Son éstas ¡oh mi ama! las piedras del collar?"

Al ver aquellas pedrerías, la reina llegó al límite de la maravilla, y contestó al eunuco: "¡Ni por asomo! Mi collar lo encontré en el cofrecillo. En cuanto a esas pedrerías, ¡son mucho más hermosas que las mías y no tienen par en el mundo! ve, pues ¡ oh Massrur ! a decir al rey que compre esas piedras para hacer con ellas un collar a nuestra hija Prosperidad, que ya está en edad de casarse.

Cuando se enteró el rey por el eunuco de la respuesta de la reina, se enfureció en extremo con el jeique de los joyeros que así acababa de detener y maltratar a un inocente; ¡y le maldijo con todas las maldiciones de Aad y de Thammud! Y contestó, temblando mucho, el jeique de los joyeros: "¡Oh rey del tiempo! sabíamos que este hombre era un pescador, un pobre; y al verle con estas pedrerías y enterarnos de que en su casa aun tenía un cesto lleno de ellas, nos pareció que era demasiada fortuna para que la hubiese podido adquirir por medios lícitos un pobre!"

Al oír estas palabras, aumentó más todavía la cólera del rey, que gritó al jeique de los joyeros y a sus compañeros: "¡Oh plebeyos impuros! ¡oh herejes de mala fe, almas vulgares! ¿es que no sabéis que para el destino del verdadero creyente no hay fortuna imposible, por inesperada y maravillosa que sea? ¡Ah malvados! Y os apresuráis así a condenar a este pobre, sin oírle ni examinar sus circunstancias con el falso pretexto de que esa fortuna es demasiado cuantiosa para él! ¡Y le motejáis de ladrón, y le deshonráis entre sus semejantes! ¡Y ni por un instante se os ocurre pensar que nunca obra con parsimonia Alah el Exaltado cuando distribuye sus favores! ¿Acaso conocéis la capacidad de abundancia de los manantiales infinitos de que extrae sus beneficios el Altísimo, ¡oh estúpidos ignorantes! para juzgar así, con arreglo a vuestros cálculos mezquinos de criaturas de barro, el total de pesas puestas en la balanza de un destino dichoso? ¡Idos, miserables! ¡Alejaos de mi presencia! ¡Y pluguiera a Alah privaros de sus bendiciones para siempre!"

Y los expulsó ignominiosamente. ¡Y esto en cuanto a ellos...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 510ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 510ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y los expulsó ignominiosamente. ¡Y esto en cuanto a ellos!

¡He aquí ahora lo referente a Abdalah!

Encarose el rey con él, y antes de hacerle la menor pregunta, le dijo: "¡Oh pobre, que Alah te bendiga con los dones que te hizo! ¡La seguridad está contigo! ¡Yo soy quien te la da!" Luego añadió: "¿Quieres contarme ahora la verdad y decirme cómo han llegado a ti esas pedrerías, tan hermosas, que ningún rey de la tierra las posee parecidas?" El pescador contestó: "¡Oh rey del tiempo! ¡todavía tengo en casa lleno de esas pedrerías un cesto de pesca! ¡Es un regalo de mi amigo Abdalah del Mar!" ¡Y contó al rey toda su aventura con el marítimo, sin omitir un detalle! Pero no hay utilidad en repetirla.

Luego añadió: "¡Porque hice con él un pacto sellado con la recitación de la Fatiha del Korán! Y por ese pacto me he comprometido a llevarle todas las mañanas por la aurora un cesto lleno de frutos de la tierra; y él se ha comprometido a llenarme el cesto con frutos del mar, como son estas pedrerías que ves".

Al oír del pescador semejantes palabras, el rey maravillose de la generosidad del Donador para con sus creyentes; y dijo:

"¡Oh pescador, era tu destino! ¡Pero déjame decirte que la riqueza exige que se la proteja, y que el rico debe tener una categoría alta! ¡Quiero ponerte, pues, bajo mi protección mientras dure mi vida, y hasta hacer algo más! Porque no puedo responder del porvenir, y no sé la suerte que te reservará mi sucesor si muero o se me desposee del trono. Posible es que te mate por codicia y por amor a los bienes de este mundo. Quiero, pues, ponerte a salvo de las vicisitudes de la suerte mientras viva yo. ¡Y el medio mejor creo que es casarte con mi hija Prosperidad, que es una joven púber, y nombrarte mi gran visir, legándote así directamente el trono antes de mi muerte!" Y contestó el pescador: "¡Escucho y obedezco!"

Entonces llamó el rey a los esclavos, y les dijo: "¡Conducid al hammam a éste, que es vuestro amo!" Y los esclavos condujeron al pescador al hammam del palacio y le bañaron cuidadosamente y le vistieron con vestiduras reales, y le llevaron de nuevo a presencia del rey, que le nombró inmediatamente gran visir. Y le dió las instrucciones precisas para su nuevo cargo, y Abdalah contestó: "¡Tus advertencias ¡oh rey! son mi norma de conducta, y tu benevolencia es la sombra en que me cobijo!"

Despachó luego el rey para la casa del pescador correos y guardias numerosos con tañedores de pífano, de clarinete, de címbalos, de bombo y de flauta, y mujeres expertas en el arte de la vestimenta y de los atavíos, con encargo de vestir y ataviar a la mujer del pescador y a sus diez hijos, colocándoles en un palanquín llevado por veinte negros y conduciéndoles al palacio acompañados por un cortejo espléndido y con músicos. Y se ejecutaron sus órdenes; y se colocó en un suntuoso palanquín a la esposa del pescador, que llevaba al pecho a su recién nacido y a sus otros nueve hijos; y precedida por el cortejo de guardias y músicos, y acompañada por las mujeres puestas a su servicio y por las esposas de emires y notables, se la condujo a palacio, donde estaba esperándola la reina, que la recibió con agasajos infinitos, mientras el rey recibía a los hijos y se los sentaba por turno en las rodillas y les acariciaba paternalmente, con tanto gusto como si fueran sus propios hijos. Y por su parte, la reina quiso demostrar su afecto a la esposa del nuevo gran visir, y la puso al frente de todas las mujeres del harem, nombrándola gran visira de sus dependencias.

Tras de lo cual el rey, que tenía por única hija a Prosperidad, se apresuró a mantener su promesa, concediéndosela en matrimonio, como segunda esposa, al visir Abdalah. Y con esta ocasión, dió una gran fiesta al pueblo y a los soldados, haciendo adornar e iluminar la ciudad. Y aquella noche conoció Abdalah las delicias de la carne joven y la diferencia que hay entre la virginidad de una joven hija del rey y la rancia piel curtida con que se desahogó él hasta entonces.

Pero al día siguiente por la aurora, habiéndose despertado el rey antes de su hora habitual a causa de las emociones de la víspera, se asomó a su ventana y vió que su nuevo gran visir, el esposo de su hija Prosperidad, salía del palacio llevando a la cabeza un cesto de pesca lleno de frutas. Y le llamó y le preguntó: "¿Qué llevas ahí, ¡oh yerno mío...?


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 511ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 511ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y le llamó y le preguntó: "¿Qué llevas ahí, ¡oh yerno mío!?" Abdalah contestó: "¡Es un cesto de frutas que voy a llevar a mi amigo Abdalah del Mar!" El rey dijo: "Pero ésta no es hora para que la gente salga de su casa. ¡Y además, no está bien que mi yerno lleve por sí mismo a la cabeza una carga de mandadero!"

Abdalah contestó: "¡Es verdad! Pero tengo miedo de faltar a la hora de la cita, y de pasar a los ojos del marítimo por un embustero sin fe, y de oírle reprocharme mi conducta, diciéndome: "¡Las cosas del mundo te distraen de tu deber ahora y te hacen olvidar tus promesas!" Y dijo el rey: "¡Tienes razón! Ve a buscar a tu amigo, ¡y que Alah sea contigo! Y Abdalah emprendió el camino del mar, cruzando por los zocos. Y al reconocerle, decían los mercaderes madrugadores que abrían sus tiendas: "¡Es Abdalah el gran visir, yerno del rey, que va al mar para cambiar frutas por pedrerías!" Y los que no le conocían salíanle al paso, y le preguntaban: "¡Oh vendedor de frutas! ¿a cómo va la medida de albaricoques?"

Y contestaba él a todo el mundo: "No son para la venta. ¡Ya están vendidos!" Y lo decía muy cortésmente, dejando contento a todo el mundo. Y de tal suerte llegó a la playa, donde vió salir de las olas a Abdalah del Mar, al cual entregó las frutas a cambio de nuevas pedrerías de todos los colores. Luego emprendió otra vez el camino de la ciudad, pasando por delante de la tienda de su amigo el panadero. Pero se extrañó mucho al encontrar cerrada la puerta de la tienda, y esperó un momento para ver si llegaba su amigo. Y acabó por preguntar al tendero de al lado: "¡Oh hermano mío! ¿qué ha sido de tu vecino el panadero?" El otro contestó: "No sé de cierto lo que le ha reservado Alah. ¡Debe estar enfermo en su casa!"

El otro dijo: "¡En tal callejuela!" Y Abdalah emprendió el camino de la callejuela indicada, y tras de indagar cuál era la casa del panadero, llamó a la puerta y esperó. Y algunos instantes después vió aparecer por un tragaluz alto la cabeza asustada del panadero, que bajó a abrir, serenado ya al ver el cesto de pesca lleno de pedrerías, como de costumbre. Y se arrojó al cuello de Abdalah, besándole con lágrimas en los ojos, y le dijo: "¿Pero es que no te han ahorcado por orden del rey? He sabido que te detuvieron por ladrón; y temiendo que también a mí me detuvieran como cómplice, me apresuré a cerrar el horno y la tienda y a esconderme en el último rincón de mi casa. ¡Pero explícame ya, ¡oh amigo mío! a qué se debe el que estés vestido como un visir!" Entonces Abdalah le contó desde el principio hasta el fin lo que le había sucedido, y añadió: "Y el rey me ha nombrado su gran visir y me ha dado en matrimonio a su hija. ¡Y ahora tengo un harem, al frente del cual se encuentra mi antigua esposa, la madre de mis hijos!"

Después dijo: "Toma este cesto con todo su contenido. ¡Te pertenece, porque así está escrito hoy en tu destino!" Luego le dejó y volvió a palacio con el cesto vacío.

Cuando el rey le vió llegar con el cesto vacío, le dijo riendo: "¡Ya lo ves! ¡Tu amigo el marítimo te ha abandonado!" Abdalah contestó: "¡Al contrario! Las pedrerías con que me ha llenado hoy el cesto eran superiores en belleza a las de los demás días. Pero se las he dado todas a mi amigo el panadero, que en otro tiempo, cuando me afligía la miseria, me alimentó y alimentó a mis hijos y a la madre de mis hijos. ¡Y yo a mi vez, por lo mismo que él fué misericordioso en los días de mi pobreza, no le olvido en los días de mi prosperidad! Pues ¡por Alah, que quiero dar fe de que nunca hirió él mi susceptibilidad de trabajador pobre!" Y extremadamente edificado, le preguntó el rey: "¿Cómo se llama tu amigo?" Abdalah contestó: "¡Se llama Abdalah el Panadero, como yo me llamo Abdalah el Terrestre y como mi amigo del mar se llama Abdalah el Marítimo!" Al oír estas palabras, el rey se maravilló y se estremeció, y exclamó: "¡Y como yo me llamo el rey Abdalah! ¡Y como todos nos llamamos servidores de Alah! ¡Pero como todos los servidores de Alah son iguales ante el Altísimo y hermanos por la fe y el origen, quiero ¡oh Abdalah de la Tierra! que vayas en seguida a buscar a tu amigo Abdalah el Panadero, a fin de que le nombre yo mi segundo visir!"

Al punto fué Abdalah el Terrestre a buscar a su amigo Abdalah el Panadero, a quien acto seguido revistió el rey con las insignias del visirato, nombrándole su visir de la izquierda, como Abdalah el Terrestre era su visir de la derecha.

Y el antiguo pescador Abdalah llenó sus nuevas funciones con todo el brillo deseable, sin olvidarse ni un solo día de ir en busca de su amigo Abdalah del Mar y de llevarle un cesto con frutas de la estación a cambio de un cesto con metales preciosos y pedrerías. Y cuando ya no hubo frutas en los jardines ni las tenían tampoco los vendedores de primicias, llenó el cesto con pasas, almendras, avellanas, cacahuetes, nueces, higos secos, albaricoques secos y confituras secas de toda especie y colores. Y cada vez volvía llevando a la cabeza el cesto lleno de joyas, como de costumbre. Y esto duró el espacio de un año.

Pero un día, llegado que fué Abdalah de la Tierra a la playa por la aurora, como siempre, se sentó junto a su amigo Abdalah el Marítimo, y se puso a charlar con él acerca de las costumbres de los habitantes del mar...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 512ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 512ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Se sentó junto a su amigo Abdalah el Marítimo, y se puso a charlar con él acerca de las costumbres de los habitantes del mar. Y entre otras cosas, le dijo: "¡Oh, hermano mío, oh marítimo! ¿Es muy hermoso el sitio donde vives?" El otro contestó: "¡Sí, por cierto! ¡Y si quieres te llevaré conmigo al mar, y te enseñaré todo lo que contiene, y te haré visitar mi ciudad y te recibiré en mi casa con la hospitalidad más cordial!"

Y contestó Abdalah de la Tierra: "¡Oh hermano mío! tú te criaste en el agua, y el agua es tu morada. Por eso no te incomoda habitar en el mar. Pero antes de que yo responda a tu invitación, ¿podrías decirme si no sería para ti extremadamente funesto residir en la tierra?"

El otro dijo: "¡Claro que sí! Se secaría mi cuerpo, ¡y al soplar contra mí los vientos de la tierra me harían morir!" El terrestre dijo: "Pues a mí me pasa igual. Me he criado en la tierra, y la tierra es mi morada. Por eso no me incomoda el aire de la tierra. ¡Pero si entrase contigo en el mar, penetraría el agua dentro de mí y me ahogaría, y moriría!"

El marítimo contestó: "No tengas ningún temor por eso, pues te traeré un ungüento con el que te untarás el cuerpo, y el agua no tendrá sobre ti ningún poder sofocante, aun cuando hubieras de pasar en ella el resto de tu vida. ¡Y de esa manera podrás sumergirte conmigo y recorrer en todos sentidos el mar, y dormir en él y despertarte en él, sin que nunca te venga mal alguno por ninguna parte!"

Al oír estas palabras, el terrestre dijo al marítimo: "En ese caso, no tengo inconveniente en sumergirme contigo. ¡Tráeme, pues, el ungüento consabido para que lo ensaye!" El marítimo contestó: "¡Eso es lo que voy a hacer!" Y se llevó el cesto de frutas y se metió en el mar para volver al cabo de unos instantes llevando en las manos una vasija llena de un ungüento parecido a la grasa de las vacas y de un color amarillo como el oro, y de un olor absolutamente delicioso. Y preguntó Abdalah de la Tierra: "¿Con qué se compone este ungüento?" El otro contestó: "Se compone con grasa del hígado de una especie entre las especies de peces que se llama dandana. ¡Y este pez dandana es el más enorme de todos los peces del mar, hasta el extremo de que de un solo bocado devoraría sin dificultad lo que vosotros los terrestres llamáis un elefante o un camello!" Y exclamó asustado el antiguo pescador: "¿Y qué come ese funesto animal? ¡oh hermano mío!"

El otro contestó: "De ordinario se come a los animales más pequeños que nacen en las profundidades. Porque ya sabes el proverbio que dice: "¡Los fuertes se comen a los débiles!" El terrestre dijo: "¡Verdad dices! Pero, ¿hay entre vosotros muchos de esos dandanas?" El otro contestó: "¡Millares y millares cuyo número sólo Alah lo sabe!" El terrestre exclamó: "¡Entonces dispénsame de hacerte esa visita! ¡oh, hermano mío!, porque tengo miedo a encontrarme con alguno de esa especie y que me coma!" El marítimo dijo: "¡No tengas ningún miedo, porque el pez dandana, aunque es de una ferocidad terrible, teme a Ibn-Adán, cuya carne es para él un veneno violento!" El antiguo pescador exclamó: "¡Ya Alah! ¿pero de qué me servirá ser un veneno violento para el dandana cuando ya me haya devorado el dandana?" El marítimo contestó: "¡No tengas el menor temor por el dandana, porque nada más que con ver a Ibn-Adán se pone en fuga de tanto como le teme! ¡Y además, como estarás ungido con su grasa, reconocerá su olor, y no te hará daño!" Y conquistado por las seguridades que le daba su amigo, dijo el terrestre: "¡Pongo mi confianza en Alah y en ti". Y se desnudó y abrió en la arena un agujero donde metió su ropa, a fin de que no se la robase nadie durante su ausencia. Tras de lo cual se untó con el ungüento consabido desde la cabeza hasta los pies, sin olvidarse de las más pequeñas aberturas, y hecho esto, dijo al marítimo: "Ya estoy listo, ¡oh hermano mío!"

Entonces Abdalah del Mar cogió del brazo a su compañero y se sumergió con él en las profundidades marinas...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 513ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 513ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"Entonces Abdalah del Mar cogió del brazo a su compañero y se sumergió con él en las profundidades marinas. Y le dijo: " Abre los ojos!" Y como el terrestre no se sintió sofocado ni abrumado por el peso enorme del mar y como allá dentro respiraba mejor que bajo el cielo, comprendió que era realmente impenetrable para el agua; y abrió los ojos. Y desde aquel instante fué huésped del mar.

Y vió desplegarse el mar por encima de su cabeza como un pabellón de esmeralda, al igual que en la tierra reposa sobre las aguas el admirable azur; y a sus pies extendíanse las regiones submarinas que no había violado desde la creación ninguna mirada terrestre; y reinaba una gran serenidad en las montañas y llanuras del fondo; y era delicada la luz que se bañaba en las transparencias infinitas y el esplendor de las aguas en torno de los seres y de las cosas; y aquellos paisajes tranquilos le encantaban más que todos los encantos del cielo natal; y veía selvas de coral rojo, y selvas de coral blanco, y selvas de coral rosa, que se inmovilizaban en el silencio de sus ramajes; y grutas de diamantes con columnas de rubíes, de crisolitos, de berilos, de zafiros, de oro y de topacios; y una vegetación de locura que se mecía en espacios grandes como reinos; y en medio de arenas de plata, conchas de millares de formas y colores, que se miraban resplandecientes en el cristal de las aguas; y veía a su alrededor peces relampagueantes que semejaban flores, y peces que semejaban frutas, y peces que semejaban pájaros, y otros, vestidos con escamas de oro y plata, que semejaban lagartos grandes, y otros que parecían más bien búfalos, vacas, perros; y hasta Adamitas; e inmensos bancos de reales pedrerías lanzando mil destellos multicolores que el agua avivaba, lejos de extinguirlos; y bancos en que abríanse ostras llenas de perlas blancas, de perlas rosas y de perlas doradas; y enormes esponjas hinchadas que se movían pesadamente sobre su base, alineándose en largas filas simétricas, como cuerpos de ejército, y parecían limitar las diferentes regiones marinas y constituirse en guardianas fijas de las inmensidades solitarias.

Pero Abdalah de la Tierra que, siempre del brazo de su amigo, veía desfilar ante él sobre los abismos en rápida carrera todos estos espectáculos espléndidos, divisó de pronto una innumerable sucesión de cavernas de esmeraldas talladas en los flancos de una montaña de la misma gama verde, y a las puertas de las cuales estaban sentadas o tendidas jóvenes bellas como lunas, con cabellos color de ámbar y de coral. Y se parecían a las jóvenes de la tierra, a no ser por la cola que tenían en el lugar de la grupa, de los muslos y de las piernas. Eran las hijas del mar. Y su dominio era aquella ciudad de cavernas verdes.

Al ver aquello, el terrestre preguntó al marítimo: "¡Oh hermano mío! ¿es que no están casadas esas jóvenes? Porque no veo varones entre ellas". El otro contestó: "Esas que ves son jóvenes vírgenes, y esperan a la puerta de sus moradas la llegada del esposo que vendrá a escoger entre ellas la que más le guste. En otros parajes del mar hay ciudades pobladas de varones y de hembras, y de allá salen los jóvenes en busca de esposas jóvenes; porque sólo aquí tienen derecho a residir las jóvenes, quienes vienen a este lugar desde todos los puntos de nuestro imperio y viven juntas esperando al esposo". Y cuando Abdalah del Mar acabó de dar esta explicación a su amigo, llegaron a una ciudad poblada por varones y hembras; y dijo Abdalah de la Tierra: "¡Oh hermano mío, allí veo una ciudad poblada; pero no advierto en ella tiendas donde se venda y se compre! ¡Y además, he de decirte que estoy muy asombrado de ver que ni uno de sus habitantes se cubre con trajes que le protejan las partes que deben ir ocultas!"

El otro contestó: "Respecto a lo de vender y comprar, no tenemos ninguna necesidad de ello, ya que la vida es fácil para nosotros y nuestro alimento consiste en peces que se pescan al alcance de la mano. Pero en cuanto a ocultar ciertas partes de nuestro cuerpo, ante todo no creemos que sea necesario, además de que tenemos constituidas las partes de otra manera que vosotros; y luego, aunque quisiéramos ocultarlas, no podríamos, pues no disponemos de telas con qué cubrirlas". El terrestre dijo: "¡Está bien! ¿Y cómo se efectúan entre vosotros los matrimonios?" El otro dijo: "Entre nosotros no se contraen matrimonios, porque no tenemos leyes que fijen y rijan nuestros deseos y nuestras inclinaciones; pero cuando nos gusta una joven, nos quedamos con ella; y cuando deja de gustarnos, la dejamos, ¡y ya le gustará a otro! Además, no todos somos musulmanes aquí; entre nosotros hay también muchos cristianos y judíos; y esas gentes no admiten el matrimonio fijo, porque les gustan mucho las mujeres, y el matrimonio fijo les contraría. Sólo los musulmanes, que vivimos aparte en una ciudad donde no penetran los infieles, nos casamos con arreglo a los preceptos del Libro, y celebramos nupcias bien vistas por el Altísimo y el Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) Pero ¡oh hermano mío! quiero hacerte llegar cuanto antes a nuestra ciudad; porque, si mil años invirtiera en mostrarte los espectáculos de nuestro imperio y las ciudades que le pueblan, ¡no acabaría mi tarea en ese tiempo ni podrías formarte una idea aproximada de lo que es!" Y dijo el terrestre: "¡Sí, date prisa, hermano mío, porque además tengo hambre y no puedo comer pescados crudos, como haces tú!"

Y preguntó el marítimo: "¿Y cómo coméis, entonces, el pescado los terrestres?" El otro contestó: "¡Lo asamos o lo freímos en aceite de oliva o en aceite de sésamo!" Y el marítimo se echó a reír, y dijo: "¿Y cómo nos arreglaríamos nosotros, que habitamos en el agua, para tener aceite de oliva o de sésamo y freír pescado en una lumbre que no se apagara?" El terrestre dijo: "¡Tienes razón, hermano mío! ¡Te ruego, pues, que me conduzcas cuanto antes a tu ciudad, que no conozco!"

Entonces Abdalah el Marítimo...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana. y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 514ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 514ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Entonces Abdalah el Marítimo le hizo reconocer rápidamente diversas regiones en que se sucedían ante sus ojos los espectáculos, y le hizo arribar a una ciudad más pequeña que las otras y cuyas casas también eran cavernas, unas grandes y otras pequeñas, según el número de sus habitantes. Y el marítimo le llevó ante una de aquellas cavernas y le dijo: "Entra, ¡oh hermano mío! ¡Esta es mi casa!" Y le hizo entrar en la caverna, y exclamó: "¡Hola! ¡ven pronto aquí, hija mía!" Y saliendo de detrás de una floresta de coral rosa, se acercó a ellos al punto una joven con largos cabellos flotantes, bellos senos, vientre admirable, cintura graciosa y hermosos ojos verdes de largas pestañas negras; pero, como todos los habitantes del mar, tenía en lugar de grupa y piernas una cola de pez. Y al ver al terrestre, se paró sobrecogida y le miró con inmensa curiosidad; luego acabó por echarse a reír, y exclamó:

"¡Oh padre mío! ¿quien es ese individuo sin cola que nos traes?" El padre contestó: "¡Hija mía, es mi amigo el terrestre que me daba todos los días el cesto de frutas que traía yo y que con tanta fruición te comías tú! ¡Acércate, pues, a él cortésmente y deséale la paz y la bienvenida!" Y se adelantó ella y le deseó la paz con mucha amabilidad y usando un lenguaje escogido; y cuando iba a responderle Abdalah, extremadamente encantado, entró a su vez la esposa del marítimo, llevando en cada brazo a uno de sus dos últimos hijos., y cada uno de los niños llevaba un pez grande que iba devorando, lo mismo que devorarían un cohombro los niños de la tierra.

Y he aquí que al ver a Abdalah junto al marítimo, la esposa de éste se detuvo en el umbral, inmóvil de sorpresa, y después de haber soltado a sus dos hijos, exclamó riendo con todas sus fuerzas: "¡Por Alah, si es un individuo sin cola! ¿Cómo es posible vivir sin cola?" Y acercose más al terrestre; y sus dos hijos y su hija se acercaron también; y en extremo divertidos, se pusieron todos a examinarle de cabeza a pies, y se maravillaron de su trasero especialmente, ya que en toda su vida habían tenido ellos trasero ni otra cosa que se pareciese a un trasero. Y los niños y la joven, que en un principio asustáronse un poco de aquella protuberancia, se atrevieron hasta tocarla con los dedos varias veces, de tanto como les intrigaba y divertía. Y se reían entre sí de semejante cosa, y decían: "¡Es un individuo sin cola!" ¡Y bailaban de alegría! Así es que Abdalah de la Tierra acabó por enfadarse al ver aquellos modales y aquella desvergüenza. y dijo a Abdalah del Mar: "¡Oh hermano mío! ¿es que me has traído hasta aquí para que sea la irrisión de tus hijos y de tu esposa?"

El otro contestó: "¡Te pido perdón, hermano mío, y te ruego que me dispenses y no hagas caso de los modales de estas dos mujeres y estos dos niños, porque tienen una inteligencia defectuosa!" Luego se encaró con sus hijos, y les gritó: "¡Callaos!" Y les infundió miedo, y se callaron. Entonces dijo el marítimo a su huésped: "¡No te asombres, sin embargo, de lo que veas, ¡oh hermano mío! porque entre nosotros no hay quien no tenga cola!"

Y he aquí que, a raíz de estas palabras, llegaron diez adultos gruesos y vigorosos, que dijeron al dueño de la casa: "¡Oh Abdalah! el rey del Mar acaba de saber que tienes en tu casa a un individuo sin cola entre los individuos sin cola de la Tierra. ¿Es cierto?" El interpelado contestó: "Es cierto. Y ahí le tenéis delante de vosotros. ¡Es mi amigo y mi huésped, y al instante voy a llevarle a la playa de donde le saqué!" Los otros dijeron: "¡Guárdate de hacerlo! ¡Que el rey nos ha enviado a buscarle, pues desea verle y examinar su contextura! ¡Y parece ser que por detrás tiene una cosa extraordinaria, y otra cosa más extraordinaria todavía por delante! ¡Y el rey quisiera ver ambas cosas, y saber qué nombre tienen!

Al oír estas palabras, Abdalah del Mar se encaró con su huésped y le dijo: "¡Oh hermano mío! dispénsame, porque ya ves que no tengo excusa. ¡No podemos desobedecer las ordenes de nuestro rey!" El terrestre dijo: "¡Me da mucho miedo ese rey, que acaso se enfade porque tengo cosas que él no tiene, y decretará mi perdición en vista de eso!" El marítimo dijo: "¡Yo estaré allí para protegerte y hacer de manera que no sufras ningún daño!" El terrestre dijo: "¡Me someto a tu decisión entonces, y pongo mi confianza en Alah y te sigo!"

Y el marítimo se llevó a su huésped y le condujo a la presencia del rey.

Cuando el rey vió al terrestre, le dió tanta risa, que estuvo a punto de caerse; luego dijo: "Bienvenido seas entre nosotros, ¡oh individuo sin cola!" Y todos los altos dignatarios que rodeaban al rey se reían mucho y se mostraban unos a otros con el dedo el trasero del terrestre, diciendo: "¡Sí, ¡por Alah! es un individuo sin cola!" Y le preguntó el rey: "¿Cómo no tienes cola?". "No lo sé, ¡oh rey! ¡Pero así somos todos los habitantes de la tierra!"

El rey preguntó: "¿Y cómo llamáis a eso que tenéis por detrás en lugar de la cola?" Abdalah contestó: "Unos lo llaman culo y otros trasero, en tanto que otros lo pluralizan y lo llaman nalgas por constar de dos partes". Y le preguntó el rey: "¿Y para qué os sirve ese trasero?" Abdalah contestó: "¡Sencillamente para sentarnos cuando estamos cansados! ¡Pero en las mujeres resulta un adorno muy apreciado!" El rey preguntó: "Y eso de delante, ¿cómo se llama?" Abdalah dijo: "¡El zib!" El rey preguntó: "¿Y para qué os sirve ese zib?" Abdalah contestó: "Tiene muchos usos de todas clases y que no puedo explicar por consideración al rey. ¡Pero son tan necesarios esos usos, que en nuestro mundo nada se estima tanto en el hombre como un zib de valor, de la misma manera que en la mujer nada se aprecia tanto como un trasero de importancia!" Y al oír estas palabras, el rey y los que le rodeaban echáronse a reír extremadamente, y sin saber qué decir ya, Abdalah el Terrestre alzó al cielo los brazos, y exclamó: "¡Loores a Alah que ha creado el trasero para que en un mundo fuera una gloria y en otro un objeto de escarnio...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 515ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 515ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Loores a Alah, que ha creado el trasero para que en un mundo fuera una gloria y en otro un objeto de escarnio!" Y muy molesto por haber servido para satisfacer la curiosidad de los habitantes del mar, no sabía ya qué hacer de su persona, de su trasero y de lo demás; y pensaba para su ánima: "¡Por Alah, que quisiera estar lejos de aquí o tener algo con qué cubrir mi desnudez!"

Pero el rey acabó por decirle: "¡Oh individuo sin cola! me has regocijado de tal manera con tu trasero, que quiero concederte la satisfacción de todos tus deseos. ¡Pídeme, pues, cuanto quieras!" Abdalah contestó: "Quisiera dos cosas, ¡oh rey! ¡Volver a la tierra y llevarme conmigo muchas joyas del mar!" Y dijo Abdalah el Marítimo: "¡Además, ¡oh rey! mi amigo no ha comido nada desde que está aquí, y no le gusta la carne de pescado cruda!" Entonces dijo el rey: "¡Que le den cuantas joyas desee, y que se le transporte al lugar de donde vino!"

Al punto todos los marítimos se apresuraron a llevar conchas grandes vacías, y llenándolas de pedrerías de todos colores, preguntaron a Abdalah el Terrestre: "¿Dónde hay que llevarlas?" El aludido contestó: "¡No tenéis más que seguirme y seguir a mi amigo Abdalah, vuestro hermano, que va a llevarme el cesto lleno con esas pedrerías, como acostumbra hacerlo!" Luego se despidió del rey, y acompañado de su amigo, y seguido por todos los marítimos portadores de conchas llenas de pedrerías, salió del imperio marino y se remontó a la vista del cielo.

Ya fuera del agua, se sentó un buen rato para descansar y respirar el aire natal. Tras de lo cual desenterró sus ropas y se vistió; y se despidió de su amigo Abdalah el Marítimo, y le dijo: "¡Déjame en la playa todas esas conchas y ese cesto, que yo iré en busca de cargadores que los transporten!" Y fué a buscar a los cargadores, que transportaron al palacio todos aquellos tesoros; luego entró a ver al rey.

Cuando el rey vió a su yerno, le recibió con grandes muestras de alegría, y le dijo: "¡Hemos estado muy inquietos todos por tu ausencia!" Y Abdalah le contó su aventura marítima desde el principio hasta el fin; pero no hay utilidad en comenzarla otra vez. Y le puso entre las manos el cesto y las conchas llenas de pedrerías.

Aunque se maravilló del relato de su yerno y de las riquezas que traía del mar, le enfadó y le molestó mucho al rey el comportamiento poco cortés de los marítimos con respecto al trasero de su yerno y a todos los traseros en general, y le dijo: "¡Oh Abdalah! no quiero que en adelante vayas a la playa en busca de ese Abdalah del Mar, pues por más que esta vez no tuviste que sentir por haberle seguido, no sabes lo que puede sucederte en el porvenir, ¡que no siempre que le tiran queda intacto el jarro! Y además, eres mi visir y no me parece bien que vayas al mar todas las mañanas con un cesto de pesca a la cabeza, porque serías objeto de burla a los ojos de todas las personas con más o menos cola y más o menos inconvenientes. ¡Permanece, pues, en el palacio, y de ese modo vivirás en paz, y estaremos tranquilos por ti!"

Entonces Abdalah de la Tierra, como no quería contrariar a su suegro el rey Abdalah, permaneció en adelante en el palacio con su amigo Abdalah el Panadero, y ya no fué a la playa en busca de Abdalah del Mar, del que no se volvió a hablar por no enfadarle.

Y así vivieron todos en la situación más dichosa, practicando virtudes en medio de delicias, hasta que fué a visitarles la Destructora de alegrías y la Separadora de los amigos. ¡Y murieron todos! ¡Gloria, empero, al único Viviente que no muere, que gobierna el imperio de lo Visible y de lo Invisible, que es Omnipotente sobre todas las cosas y que es benévolo con sus servidores, conociendo sus intenciones y necesidades!

Y tras de pronunciar estas palabras, se calló Schehrazada. Entonces exclamó el rey Schahriar: "¡Oh, Schehrazada! ¡Es verdaderamente extraordinaria esa historia!" Y Schehrazada dijo: "Sí, ¡oh rey!, pero aunque haya tenido la suerte de gustarte, sin duda alguna no es más admirable que la que quiero contarte todavía, y que es la HISTORIA DEL JOVEN AMARILLO. Y el rey Schahriar dijo: "¡Puedes hablar ya!"

Entonces dijo Schehrazada:


HISTORIA DEL JOVEN AMARILLO[editar]

Entre diversos cuentos, se cuenta ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al-Raschid salió de su palacio una noche con su visir Giafar, su visir Al-Fazl, su favorito Abu-Ishak, el poeta Abu-Nowas, el portaalfanje Massrur y el capitán de Policía Ahmad-la-Tiña. Y disfrazados de mercaderes, se dirigieron todos al Tigris y se metieron en una barca, dejándose llevar por la corriente a la ventura. Porque, al ver al califa poseído de insomnio y con el espíritu preocupado, Giafar le había dicho que para disipar el fastidio nada era más eficaz que ver lo no visto todavía, oír lo no oído todavía y visitar un país que todavía no se ha recorrido.

Y he aquí que, al cabo de cierto tiempo, hallándose la barca bajo las ventanas de una casa desde la cual se dominaba el río, oyeron que en el interior de la casa una voz hermosa y triste cantaba estos versos, acompañándose con el laúd:

Ante la copa de vino, y mientras en la espesura cantaba el pájaro hazar, dije a mi corazón:
¿Hasta cuando rechazarás la dicha? ¡Despiértate que la vida es un préstamo a corto plazo!
¡He aquí la copa y el copero! ¡Tu amigo es un copero hermoso y joven! ¡Mírale y toma de sus manos la copa que te brinda!
¡Languidecen sus párpados y te invita su mirada! ¡No desprecies esas cosas!
¡En sus mejillas he plantado rosas tiernas, y cuando quise cogerlas encontré granadas!
¡Oh corazón mío, no desprecies esas cosas! ¡Ha llegado el momento de que asome el bozo a sus mejillas!

Al oír estas coplas, dijo el califa: "¡Oh Giafar, qué hermosa es esa voz!" Y contestó Giafar: "¡Oh señor nuestro, en verdad que jamás hirió mi oído una voz más hermosa ni más deliciosa! ¡Pero, ¡oh mi señor! oír una voz detrás de un muro, sólo es oírla a medias! ¿Qué sería cuando la oyéramos detrás de una cortina...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 516ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 516ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... ¡Oh mi señor! Oír una voz detrás de un muro, sólo es oírla a medias! ¿Qué sería cuando la oyéramos detrás de una cortina?" Entonces dijo el califa: "¡Penetremos ¡oh Giafar! en esa casa para pedir hospitalidad al dueño con la espera de oír mejor esa voz!" Y detuvieron la barca y aterrizaron. Luego llamaron a la puerta de aquella casa y pidieron permiso para entrar al eunuco que fué a abrir. Y el eunuco marchóse a prevenir a su amo, que no tardó en presentarse a ellos, y les dijo:

"¡Familia, comodidad y abundancia a los huéspedes! ¡Bienvenidos seáis todos a esta casa de la que sois propietarios!." Y les introdujo en una vasta sala fresca de techo coloreado agradablemente con dibujos sobre un fondo de oro y azul oscuro, y en medio de la cual, sobre una pila de alabastro, caía un surtidor de agua con un rumor maravilloso. Y les dijo el dueño: "¡Oh mis señores no sé cuál de vosotros es el más honorable o el de más alto rango y condición. ¡Bismilah sobre todos vosotros! ¡Dignaos, pues, sentaros donde mejor os parezca!" Luego se volvió hacia un extremo de la sala, en el que se hallaban cien jóvenes sentadas en cien sillas de oro y terciopelo, e hizo una seña. Y al punto se levantaron las cien jóvenes y salieron en silencio una tras otra. E hizo él una segunda seña, y unas esclavas que llevaban los trajes levantados hasta la cintura, sirvieron bandejas grandes llenas de manjares de todos colores y confeccionados con cuanto vuela por los aires, anda sobre el suelo o nada en los mares; y pastelería, y confituras, y tortas sobre las que aparecían escritos con alfónsigos y almendras, versos en alabanzas de los huéspedes.

Y cuando comieron y bebieron y se lavaron las manos, les preguntó el dueño de casa: "¡Oh huéspedes míos! ya que me honrasteis con vuestra presencia para darme el gusto de que me pidáis algo, hablad con toda confianza. ¡Porque vuestros deseos serán ejecutados por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Giafar contestó: "¡La verdad es ¡oh huésped nuestro! que hemos entrado en tu casa para oír mejor la voz admirable que desde el agua oímos a medias y apagada!"

Al escuchar estas palabras, el dueño de la casa contestó: "¡Bien venidos seáis!" Y llamó a palmadas, y dijo a los esclavos que acudieron: "¡Decid a vuestra ama Sett Jamila que nos cante algo!" Y unos instantes después se oyó detrás de la cortina del fondo de la estancia una voz que no se parecía a ninguna otra y que cantaba, acompañándose ligeramente con laúdes y cítaras:

¡Toma la copa y bebe de este vino que a tus labios ofrezco: nunca hubo de mezclarse con un corazón de hombre!
¡Pero el tiempo huye alejándote de una amante que en vano te promete volver a ver al objeto de su amor!
¡Cuántas noches pasé bajo la luna velada por la tempestad, con los ojos fijos en las ondas oscuras del Tigris!
¡Cuántas noches vi a la luna desparecer por occidente, con la forma de un alfanje de plata, en las aguas purpúreas!

Cuando hubo acabado de cantar, calló la voz, y los instrumentos de cuerda continuaron solos en sordina acompañando los ecos aéreos y sonoros. Y el califa, maravillado y entusiasmado, encaróse con Abu-Ishak, y dijo: "¡Por Alah, que nunca oí nada semejante!" Y dijo al dueño de la vivienda: "¿Está en verdad enamorada y separada de su amante la poseedora de esa voz?"

El aludido contestó: "¡No! ¡Su tristeza depende de otra cosa! ¡Podría, por ejemplo, obedecer a que esté separada de su padre y de su madre, y por eso cantara así acordándose de ellos!"

Al-Raschid dijo: "¡Muy asombroso es que el haberla separado de sus padres suscite parecidos acentos!" Y miró por primera vez atentamente a su huésped, como para leer en su rostro una explicación más admisible. Y vió que aquél era un joven con facciones de una gran belleza, pero que tenía el rostro de color amarillo como el azafrán. Y se asombró mucho de tal descubrimiento, y le dijo: "¡Oh huésped nuestro, aún hemos de formular un deseo antes de despedirnos de ti y marcharnos por donde hemos venido!" Y el joven amarillo contestó: "Cuenta de antemano con que ha de satisfacerse tu deseo".

Y el califa preguntó: "Deseo, y también lo desean los que vienen conmigo, saber por ti si ese color amarillo de azafrán que tiene tu rostro es algo adquirido en el transcurso de tu vida o algo original que data de tu nacimiento".

Entonces dijo el joven amarillo: "¡Oh vosotros todos, huéspedes míos! Sabed que la causa del color amarillo de azafrán que ostenta mi tez, constituye una historia tan extraordinaria, que si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto. ¡Confiadme, pues, vuestro oído y prestadme toda la atención de vuestro espíritu!" Y contestaron todos: "¡Nuestro oído y nuestro espíritu te pertenecen! ¡Y henos ya impacientes por escucharte...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 517ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 517ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Nuestro oído y nuestro espíritu te pertenecen! ¡Y henos ya impacientes por escucharte!" Entonces dijo el joven de la tez amarilla: "¡Sabed ¡oh señores! que procedo del país de Omán, donde mi padre era el mercader más importante entre los mercaderes del mar, y poseía en propiedad absoluta treinta navíos cuyo rendimiento anual era de treinta mil dinares. Y mi padre, que era un hombre ilustrado, me hizo aprender la escritura y también cuanto es preciso saber. Tras de lo cual, cuando se acercaba su última hora, me llamó y me hizo recomendaciones que escuché respetuosamente. Luego se lo llevó Alah y acogióle en su misericordia. ¡Ojalá le pluguiera prolongar vuestra vida, ¡oh huéspedes míos!

Pero algún tiempo después de la muerte de mi padre, cuyas riquezas todas poseía yo a la sazón, estaba un día en mi casa sentado entre mis invitados, cuando un esclavo me anunció que a la puerta se hallaba uno de mis capitanes marinos y me traía una cesta con primicias. Y le hice entrar y acepté su regalo, que, efectivamente, consistía en frutos desconocidos en nuestra tierra y del todo admirables en verdad. Y a mi vez le entregué yo cien dinares de oro para demostrarle el gusto que tenía en admitir su obsequio. Luego repartí aquellas frutas a mis invitados, y pregunté al capitán marino: "¿De dónde proceden estas frutas, ¡oh capitán!?" Me respondió: "¡De Bassra y de Bagdad!" Y al oír estas palabras, todos mis invitados empezaron a hacerse lenguas acerca de la tierra maravillosa de Bassra y de Bagdad, encantándome la vida que se hacía allí, la bondad de su clima y la urbanidad de sus habitantes; y no cesaban en sus elogios a este respecto, encareciendo unos las palabras de otro. Y tanto me exalté con todo aquello, que sin más ni más me levanté en aquella misma hora y en aquel instante, y sin poder reprimir mi alma, que deseaba ardientemente el viaje, vendí en subasta mis bienes y mis propiedades, mis mercancías y mis navíos, con excepción de uno solo que reservé para mi uso personal; mis esclavos y mis esclavas, y todo lo convertí en dinero, haciéndome así con una suma de un millar de millares de dinares, sin contar las joyas, las pedrerías y los lingotes de oro que tenía en mis cofres. Tras de lo cual, con mis riquezas reducidas de aquella manera a su peso más ligero, me embarqué en el navío que hube de reservarme, e hice que se diera a la vela para Bagdad.

"Y he aquí que Alah me escribió una travesía dichosa y llegué con mis riquezas sano y salvo a Bassra, donde tomé pasaje en otro navío, remontando el Tigris hasta Bagdad. Allá me informé del paraje que más me convendría habitar y me indicaron el barrio Karkh como el barrio mejor frecuentado y residencia habitual de los personajes importantes. Y fui a aquel barrio y alquilé en la calle Zaafarán una hermosa casa a la que mandé transportar mis riquezas y efectos. Tras de lo cual hice mis abluciones, y con el alma jubilosa y el pecho dilatado por encontrarme al fin en la ilustre Bagdad, cima de mis deseos y envidia de todas las ciudades, me vestí con mis vestiduras más hermosas y salí para pasearme a la ventura por las calles más frecuentadas.

"Precisamente era viernes aquel día, y todos los habitantes estaban con traje de fiesta y se paseaban como yo respirando el aire fresco que venía de las afueras. Y seguí a la muchedumbre y fui por donde ella iba. Y de tal suerte llegué a Karn-al-Sirat, término habitual de los paseantes de Bagdad. Y en aquel sitio, entre diversos edificios muy hermosos, vi una edificación más hermosa que las otras y cuya fachada daba al río. Y en el umbral de mármol vi sentado y vestido de blanco un viejo que era muy venerable de aspecto, con una barba blanca que le bajaba hasta la cintura dividiéndose en dos ramales iguales de filigrana de plata. Y le rodeaban cinco jóvenes bellos como lunas y perfumados, como él, con esencias escogidas.

"Entonces, conquistado por la hermosa fisonomía del anciano blanco y por la belleza de los jóvenes, pregunté a un transeúnte: "¿Quién es ese venerable jeique? ¿Y cuál es su nombre?"

Me contestaron: "¡Es el jeique Taher Abul-Ola, el amigo de la gente joven! ¡Y cuántos entran en su casa pueden comer, beber y divertirse con los jóvenes o las jóvenes que constantemente habitan en ella ...


En este momento de su narración, Scheharazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 518ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 518ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Y cuantos entran en su casa pueden comer, beber y divertirse con los jóvenes o las jóvenes que constantemente habitan en ella!" Y al oír estas palabras, me dije, entusiasmado hasta el límite del entusiasmo: "¡Gloria a Quien me puso en el camino de ese jeique de buen augurio desde que desembarqué del navío, pues que no vine a Bagdad desde mi país más que para dar con un hombre como ése!" Y me adelanté hacia el anciano, y después de desearle la paz, le dije: "¡Oh mi señor, tengo algo que pedirte!" Y me sonrió cual sonreiría a su hijo un padre, y me contestó: "¿Y qué deseas?" Dije: "¡Deseo vivamente ser huésped tuyo esta noche!" Volvió a mirarme y contestó: "¡Con la amistad cordial y generosidad!"

Luego añadió: "Esta noche ¡oh hijo mío! me llegan unas jóvenes cuyo precio, por la velada, varía según sus méritos. Unas cuestan diez dinares por velada, otras veinte y otras llegan a costar cincuenta y cien dinares por velada. ¡Tú escogerás!" Contesté: "¡Por Alah, que quiero probar una de las que no cuestan más que diez dinares por velada! ¡Después, Alah Karim!"

Luego añadí: "¡He aquí trescientos dinares para un mes, porque una buena prueba exige un mes!"

Y conté los trescientos dinares y los pesé en la balanza que tenía a su lado. Entonces llamó a uno de los jóvenes que estaban allí y le dijo: "¡Conduce a tu amo!" Y el joven me cogió de la mano y me llevó primero al hammam de la casa, donde me dió un baño excelente y me prodigó los cuidados más atentos y más minuciosos. Tras de lo cual me condujo a un pabellón y llamó a una de las puertas.

"Y al punto abrió una joven de rostro risueño y lleno de buen augurio, que me acogió con gesto amable. Y le dijo el joven: "¡Te confío a tu huésped!" Y se retiró. Entonces me cogió ella de la mano que el joven acababa de entregarle, y me introdujo en una estancia de milagroso decorado, en el umbral de la cual nos recibieron dos esclavitas destinadas a su servicio y bonitas como estrellas. Y miré con más atención a su ama, la joven, y así me aseguré que verdaderamente era la luna llena. Me invitó entonces a sentarme y se sentó a mi lado, luego hizo una seña a las dos pequeñuelas, que al punto nos llevaron una bandeja grande de oro, en la cual se asentaban pollos asados, carnes asadas, codornices asadas, pichones asados y gallos salvajes asados. Y comimos hasta la saciedad. ¡Y en mi vida hube de gustar manjares más deliciosos que aquellos, ni beber bebidas más sabrosas que las que me sirvió ella cuando quitaron la bandeja de manjares, ni respirar flores más suaves, ni endulzarme con frutas, confituras y pastelerías tan extraordinarias! Y alardeó luego ella de tanta amabilidad, de tanto encanto y de tantas caricias voluptuosas, que pasé en su compañía el mes entero sin darme cuenta de cómo huían los días.

"Al terminarse el mes, fué en mi busca el esclavito y me llevó al hammam, de donde salí para ver al jeique blanco, y decirle: "¡Oh mi señor! ¡deseo una de las que cuestan veinte dinares por velada!" Me contestó: "¡Pesa el oro!" Y fui a mi casa a buscar el oro, y volví para pesarle seiscientos dinares por un mes de prueba con una joven de veinte dinares por velada. Y llamó él a uno de los jóvenes, y le dijo: "¡Conduce a tu amo!" Y el joven me llevó al hammam, donde me atendió mejor todavía que la primera vez, y luego me hizo penetrar en un pabellón cuya puerta estaba guardada por cuatro esclavitas que corrieron a prevenir a su ama en cuanto nos divisaron. Y se abrió la puerta y vi aparecer a una joven cristiana del país de los francos, mucho más bella que la primera y vestida más ricamente. Y me cogió ella de la mano, sonriéndome, y me introdujo en su estancia, que hubo de asombrarme por la riqueza de su decorado y de sus pinturas. Y me dijo: "¡Bien venido sea el huésped encantador...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 519ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 519ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Bien venido sea el huésped encantador!" Y después de servirme manjares y bebidas aun más extraordinarias que la primera vez, como tenía hermosa voz y sabía acompañarse con instrumentos armónicos, quiso embriagarme más todavía de lo que ya estaba, y cogiendo un laúd persa, cantó:

"¡Oh suaves perfumes de las tierras en que se alza Babilonia, llevad con la brisa un mensaje a mi bien amado!
¡Lejos, en lugares encantados, habita la que lleva la turbación al alma de los amantes, y los inflama sin concederles el don que aplaca los deseos!

Por lo que a mí respecta, ¡oh mis señores! me pasé el mes entero con esta hija de los francos, y he de confesaros que la encontré infinitamente más experta en movimientos que mi primera amante. Y en verdad que comprobé no había pagado a un precio exagerado las delicias que me hizo experimentar desde el primer día hasta el trigésimo.

Así es que cuando volvió por mí el joven para llevarme al hammam, no dejé de ir en busca del jeique blanco y de cumplimentarle, por la elección llena de acierto que hacía de sus jóvenes, y le dije: "¡Por Alah, ¡oh jeique! que quiero habitar siempre en tu generosa casa, donde se encuentra la alegría de los ojos, las delicias de los sentidos y el encanto de una sociedad escogida!"

Y el jeique quedó muy satisfecho de mis alabanzas, y para demostrarme su contento, me dijo: "Esta noche ¡oh huésped mío! es para nosotros una noche de fiesta extraordinaria; y sólo tienen derecho a tomar parte en esa fiesta los clientes distinguidos de mi casa. Y la llamamos la Noche de las Visiones espléndidas. ¡No tienes, pues, más que subir a la terraza y juzgar por tus propios ojos!"

Y di las gracias al anciano y subí a la terraza.

"Y he aquí que la primera cosa que advertí, una vez que estuve en la terraza, fué una gran cortina de terciopelo que dividía la terraza en dos partes. Y detrás de esta cortina, iluminados por la luna, estaban tendidos sobre hermoso tapiz, uno junto a otro, dos bellos jóvenes, una joven y su amante, que se besaban con los labios en los labios. Y a la vista de la joven y de su belleza sin igual, me quedé aturdido y maravillado, y permanecí mucho tiempo mirándola sin respirar, no sabiendo ya dónde me encontraba. Por fin logré salir de mi inmovilidad, y como no podía estar tranquilo mientras no supiese quién era ella, descendí de la terraza y corrí en busca de la joven con quien acababa de pasar un mes de amor; y le conté lo que venía de ver. Y notó ella el estado en que yo me hallaba, y me dijo:

"¿Pero qué necesidad tienes de preocuparte por esa joven?"

Contesté: "¡Por Alah, que me ha arrebatado la razón y la fe!"

Ella me dijo sonriendo: "¿Deseas, entonces, poseerla?"

Contesté: "¡Tal es la aspiración de mi alma, porque en mi corazón reina esa joven!"

Ella me dijo: "¡Pues bien, sabe que esa joven es la propia hija de nuestro amo el jeique Taher Abul-Ola, y todas somos esclavas a sus órdenes! ¿Sabes cuánto cuesta pasar con ella una noche?" Contesté: "¿Cómo he de saberlo?" Ella me dijo: "¡Quinientos dinares de oro! Es una fruta digna de la boca de los reyes". Contesté: "¡Ualah! ¡Dispuesto estoy a gastar toda mi fortuna por poseerla, aunque no sea más que una velada!" Y dejé transcurrir toda aquella noche sin pegar un ojo de tanto como trabajó mi espíritu pensando en ello.

"Así es que al día siguiente me apresuré a ponerme mis ropas más hermosas, y ataviado como un rey, me presenté al jeique Taher, padre de la joven, y le dije: "¡Deseo a aquella cuya noche es de quinientos dinares!" Me contestó: "¡Pesa el oro!" Y al punto le pesé el precio de las treinta noches, que hacía un total de quince mil dinares.

Y los cogió, y dijo a uno de los mozos: "Conduce a tu amo al lado de tu ama". Y el mozo me llevó consigo, y me hizo entrar en un aposento tal, que jamás mis ojos jamás habían visto semejante en belleza y en riqueza sobre la faz de la tierra. Y vi a la joven, sentada perezosamente con un abanico en la mano, y de improviso se me quedó estupefacto de admiración el espíritu, ¡oh mis huéspedes honorables...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 520ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 520ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y de improviso se me quedó estupefacto de admiración el espíritu, ¡oh mis huéspedes honorables! ¡Porque era ella verdaderamente cual la luna en su decimocuarto día, y sólo con el modo que tuvo de corresponder a mi zalema, acabó de arrebatarme la razón a causa del tono de su voz, más melodiosa que los acordes del laúd; y toda ella era hermosa, y graciosa y simétrica por todos lados, en verdad! Y sin ninguna duda a ella se refieren estos versos del poeta:

¡La hermosa! ¡Si apareciese en medio de los infieles, abandonarían por ella sus ídolos y la adorarían como a única divinidad!
¡Si sobre el mar se mostrara ella desnuda por completo, sobre el mar de olas amargas y saladas, se endulzaría el mar con la miel de su boca!
¡Si desde Oriente se mostrara a algún monje cristiano de Occidente, es seguro que el monje abandonaría el Occidente y volverá hacia Oriente sus miradas!
¡Pero yo que la vi en la oscuridad iluminada por sus ojos, me grité a mí mismo: “¡Oh noche! ¿Qué veo? ¿Es una aparición ligera que me engaña, o es una virgen intacta que reclama un copulador?”

Y vi que al oír estas palabras, apretaba con su mano la flor que tiene en medio, y me decía suspirando con tristes y dolorosos suspiros:

"¡Los dientes hermosos, para parecer lo bastante hermosos, necesitan que se los frote con el tallo aromático! ¡Y el zib es a las vulvas hermosas lo que a los dientes jóvenes es el tallo aromático. ¡Oh musulmanes, ayudadme! ¿Es que no hay en vosotros un zib superior que sepa tenerse en pie?"
¡Entonces sentí que mi zib crujía en sus coyunturas y me levantaba la túnica para adquirir un impulso triunfante! ¡Y en su lenguaje dijo a la bella: "¡Hele aquí! ¡Hele aquí!"
¡Entonces rasgué sus velos! ¡Pero ella tuvo miedo, y me dijo: "¿Quién eres?" Contesté: "¡Un valiente cuyo zib erguido acaba de responder a tu llamamiento!"
¡Y la asalté sin más tardanza, y mi zib, poderoso como un brazo la apuntaba triunfalmente entre los muslos!
¡De modo que cuando acabé de meter el tercer clavo, me dijo ella: "¡Más adentro, ¡oh valiente! más adentro!" Y contesté: "¡Más adentro, ¡oh dueña mía! ¡más adentro! ¡Ya llegó!"

"Y he aquí que la deseé la paz, y correspondió ella a mi deseo, lanzándome miradas de una languidez acerada, y me dijo: "¡Amistad, comodidad y generosidad al huésped!" Y me cogió de la mano, ¡oh mis señores! y me hizo sentarme junto a ella; y entraron unas jóvenes de senos hermosos y nos sirvieron en bandejas los refrescos de bienvenida y frutas exquisitas, conservas selectas y un vino delicioso como no se bebe más que en los palacios de los reyes; y nos ofrecieron rosas y jazmines, mientras a nuestro alrededor exhalaban sus suaves perfumes los arbustos odoríferos y los áloes que ardían en los pebeteros. Después una de las esclavas le llevó un estuche de raso, del cual extrajo ella un laúd de marfil, que templó, y cantó estos versos:

¡No bebas el vino más que cuando te lo brinde la mano de un tierno jovenzuelo; pues si el vino produce embriaguez, el jovenzuelo hace mejorar el vino!
¡Porque el vino no procura delicias a quien lo bebe, a menos que el copero tenga mejillas en que brillen puras rosas, cándidas y frescas!

"Y he aquí ¡oh huéspedes míos! que me enardecí tras estos preludios, y mi mano se tornó audaz, y mis ojos y mis labios la devoraban; y le encontré cualidades tan extraordinarias de saber y belleza, que no solamente me pasé con ella el mes que había pagado, sino que seguí pagándole a su padre el anciano blanco un mes tras de otro mes, y así sucesivamente durante un largo transcurso de tiempo, hasta que, a causa de aquellos dispendios considerables, no me quedó ni un solo dinar de todas las riquezas que había traído conmigo del país de Omán, mi patria. Y al pensar entonces en que muy pronto me vería forzado a separarme de ella, no pude impedir que corrieran mis lágrimas a ríos por mis mejillas, y no supe distinguir ya el día de la noche...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 521ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 521ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... no pude impedir que corrieran mis lágrimas a ríos por mis mejillas, y no supe distinguir ya el día de la noche. Y al verme así bañado en lágrimas, me dijo ella: "¿Por qué lloras?"

Yo dije: "¡Oh dueña mía! porque no tengo dinero, y ha dicho el poeta:

¡La penuria nos hace extranjeros en nuestras propias moradas, y el dinero nos da una patria en el extranjero!
¡Por eso ¡oh luz de mis ojos! lloro temiendo verme separado de ti por tu padre!"

Ella me dijo: "Has de saber, sin embargo, que cuando uno de los clientes de la casa se arruina en la casa, mi padre acostumbra a darle hospitalidad durante tres días más con toda la largueza deseable y sin privarle de ninguno de los agasajos habituales, tras de lo cual le ruega que se vaya y no vuelva a aparecer por la casa! ¡En cuanto a ti, querido mío, como en mi corazón hay para ti un amor grande, no tengo ningún temor por eso, pues encontré un medio de retenerte aquí todo el tiempo que quieras, ¡Inschalah! Porque en mis propias manos tengo toda mi fortuna personal, y mi padre ignora la inmensidad de su cuantía. Así es que todos los días te daré un saco con quinientos dinares, importe de una velada; y se lo entregarás a mi padre, diciéndole: "¡En adelante te pagaré las veladas día por día!" Y mi padre aceptará esa condición, creyéndote solvente; y según acostumbra, vendrá a entregarme esa suma que me corresponde; y yo te la daré de nuevo, a fin de que le pagues otra velada; ¡y obraremos así mientras quiera Alah y no te aburras tú conmigo!" "Entonces ¡oh huéspedes míos! me sentí ligero como los pájaros en mi alegría, y le di las gracias y le besé la mano; luego viví con ella durante un año en aquel estado de cosas, como el gallo en el gallinero.

"Pero al cabo de este tiempo quiso la suerte nefasta que en un acceso de cólera mi bien amada se enfureciera con una de sus esclavas y le pegase dolorosamente; y la esclava exclamó: "¡Por Alah, que te maltrataré el corazón como tú me has maltratado!" Y al instante corrió en busca del padre de mi amiga, y se lo reveló todo desde el principio hasta el fin.

"Cuando el viejo Taher Abul-Ola oyó el discurso de la esclava, saltó sobre sus pies y corrió a buscarme, mientras yo, al lado de mi amiga, me disponía a entregarme a diversos escarceos de primera calidad, ignorante todavía de lo que pasaba, y me gritó él: "¡Hola, amigo!" Contesté: "A tus órdenes, ¡oh tío mío!" Me dijo él: "Nuestra costumbre aquí; cuando un cliente se arruina, es albergar durante tres días a ese cliente sin privarle de nada. ¡Pero tú te estás aprovechando escandalosamente de nuestra hospitalidad hace ya un año, comiendo, bebiendo y copulando a tu antojo!"

Luego se encaró con sus esclavos, y les gritó: "¡Echad de aquí a ese hijo de perra!" Y se apoderaron de mí, y completamente desnudo, me plantaron en la puerta, poniéndome en la mano diez monedas pequeñas de plata y dándome un capote viejo remendado y hecho jirones para que cubriera mi desnudez. Y me dijo el jeique blanco: "¡Vete! ¡no quiero hacer que te den una paliza ni injuriarte! ¡Pero date prisa a desaparecer, porque si tienes la desgracia de permanecer aún en Bagdad, nuestra ciudad, va a chorrear tu sangre por encima de tu cabeza!"

"Entonces ¡oh huéspedes míos! me vi obligado a salir a despecho de mi nariz, sin saber adónde encaminarme por esta ciudad que yo no conocía, aunque habitase en ella desde hacía quince meses. ¡Y sentí que sobre mi corazón se abatían pesadamente todas las calamidades del mundo y sobre mi espíritu la desesperación, las tristezas y las preocupaciones!" Y dije para mi ánima: "¿Es posible que yo, que vine aquí cruzando los mares con mil millares de dinares de oro y además el importe de la venta de mis treinta navíos, haya podido gastar toda esta fortuna en la casa de ese calamitoso viejo de betún, para salir ahora de ella completamente desnudo y con el corazón roto y el alma humillada? ¡Pero no hay recurso ni poder más que en Alah el Glorioso, el Altísimo!"

Y cuando, absorto en tan aflictivos pensamientos, llegué a orillas del Tigris, vi un navío que iba a salir con rumbo a Bassra. Y me embarqué a bordo de aquel navío, ofreciendo mis servicios como marinero al capitán, con el fin de pagar de alguna manera mi pasaje. Y de tal suerte llegué a Bassra.

"Allá me dirigí al zoco sin tardanza, porque me torturaba el hambre, y fui advertido...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 522ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 522ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Allá me dirigí al zoco sin tardanza, porque me torturaba el hambre, y fui advertido por un vendedor de especias, que se acercó vivamente a mí y se me arrojó al cuello besándome, y se me dió a conocer como un antiguo amigo de mi padre; luego me interrogó acerca de mi estado. Y le conté cuanto me había sucedido, sin omitir un detalle. Y me dijo: "¡Ualah! ¡no son de un hombre sensato esos actos!

Pero ahora, puesto que lo pasado ya ha pasado, ¿qué piensas hacer?" Contesté: "¡No sé!"

El me dijo: "¿Quieres quedarte conmigo? Y como sabes escribir, ¿quieres registrar las entradas y salidas de mis abastos y percibir como salario un dracma de plata diario, además de tu alimento y tu bebida?" Y acepté dándole gracias, y viví con él en calidad de escriba de entradas y salidas de las ventas y compras. Y estuve con aquel empleo en su casa el tiempo suficiente para ahorrar la suma de cien dinares.

"Entonces alquilé por mi cuenta un pequeño local a orillas del mar, a fin de aguardar allí la llegada de algún navío cargado con mercancías de lugares lejanos, de las cuales compraría con mi dinero las necesarias para hacer un acopio bueno que vendería en Bagdad, adonde quería volver con la esperanza de hallar ocasión de ver a mi amiga."

Quiso la suerte que un día llegara de parajes lejanos un navío cargado con las mercancías que yo deseaba; y me uní a otros mercaderes, encaminándome al navío, y subí a bordo. Y he aquí que del fondo del navío salieron dos hombres, sentándose en dos sillas e instalando ante nosotros sus mercancías. ¡Y qué mercancías! ¡Y qué deslumbramiento de los ojos! ¡No vimos allá nada más que joyas, perlas, coral, rubíes, ágatas, jacintos y pedrerías de todos colores! Y entonces uno de ambos hombres se encaró con los mercaderes de tierra, y les dijo: "¡Oh asamblea de mercaderes, hoy no se va a vender todo esto, porque todavía estoy fatigado del mar; no lo saqué más que para daros una idea de lo que será la venta de mañana!" Pero los mercaderes le apremiaron de tal modo, que se avino a comenzar inmediatamente la venta, y el pregonero se puso a pregonar la tasa de las pedrería, especie por especie. Y los mercaderes empezaron a aumentar sus pujas uno tras de otro hasta que el primer saco de pedrerías alcanzó el precio de cuatrocientos dinares. En aquel momento, el propietario del saco, que en otro tiempo me había conocido en mi país cuando mi padre estaba a la cabeza del comercio de Omán, se encaró conmigo, y me preguntó: "¿Por qué no dices nada ni pujas sobre la tasa, como los demás mercaderes?"

Contesté: "¡Por Alah, ¡Oh mi amo! que en este mundo ya no tengo más bienes que la suma de cien dinares!" Y al decir estas palabras, me quedé muy confuso, y de mis ojos gotearon lágrimas. Y al ver aquellas, el propietario del saco dió una palmada y exclamó, lleno de sorpresa: "¡Oh omaní! ¿cómo de una fortuna tan inmensa no te quedan más que cien dinares?" Y luego me miró con conmiseración y participó de mis penas; después se encaró de pronto con los mercaderes, y les dijo: "Sed testigos de que vendo a este joven por la suma de cien dinares un saco con todas las gemas, metales y objetos preciosos que contiene, aunque sé que su valor real pasa de mil dinares. ¡Es, pues, un regalo que le hago de mí para él!"

Y los mercaderes, estupefactos, dieron fe de lo que veían y oían; y el mercader me entregó el saco con cuanto contenía, y hasta me regaló el tapiz y la silla en que estaba sentado. Y le di las gracias por su generosidad, y bajé a tierra y me dirigí al zoco de los joyeros.

"Allí alquilé una tienda y me puse a vender y a comprar y a realizar todos los días una ganancia bastante apreciable. Y he aquí que, entre los objetos preciosos guardados en el saco, había un trozo de concha roja, de un rojo oscuro, que, a juzgar por los caracteres talismánicos grabados en sus dos caras y que parecían patas de hormiga, debía ser algún amuleto fabricado por un artífice muy versado en el arte de los amuletos. Pesaría media libra, y yo ignoraba su uso especial y su precio. Así es que lo hice pregonar varias veces en el zoco; pero no ofrecieron por ello al pregonero más de diez o quince dracmas. Y a pesar de todo, no quise cederlo por un precio tan módico, y en previsión de una ocasión excelente, dejé el trozo de concha en un rincón de mi tienda, donde duró un año.

"Pero un día en que estaba yo sentado en mi tienda, vi entrar ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 523ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 523ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero un día en que estaba yo sentado en mi tienda, vi entrar a un extranjero que me deseó la paz y que, al divisar el trozo de concha, a pesar del polvo que lo cubría, exclamó: "¡Loado sea Alah! ¡Por fin encuentro lo que buscaba!" Y cogió el trozo de concha, se lo llevó a los labios y a la frente, y me dijo: "¡Oh mi señor! ¿quieres venderme esto?" Contesté: "¡Sí que quiero!" Preguntó: "¿Qué precio tiene?" Dije: "¿Cuánto ofreces?" Contestó: "¡Veinte dinares de oro!" Y al oír estas palabras, creí que se burlaba de mí el extranjero, de tan considerable como me pareció la suma ofrecida; y le dije con acento muy desabrido: "¡Vete por tu camino!" Entonces creyó que yo encontraba escasa la suma, y me dijo: "¡Te ofrezco cincuenta dinares!" Pero yo, cada vez más convencido de que se reía de mí, no solamente no quise contestarle, sino que ni siquiera le miré e hice como que no notaba su presencia ya, con objeto de que se fuese. Entonces me dijo: "¡Mil dinares!"

"¡Eso fué todo! Y yo ¡oh huéspedes míos! no contesté; y él se sonreía ante mi silencio pletórico de furor concentrado, y me decía: "¿Por qué no quieres contestarme?" Y acabé por responderle otra vez: "¡Vete por tu camino!" Entonces se puso a aumentar miles y miles de dinares hasta que me ofreció veinte mil dinares. ¡Y yo no contestaba!

"¡Eso fué todo!

Y atraídos por tan extraño regateo, los transeúntes y los vecinos se agruparon a nuestro alrededor en la tienda y en la calle, y murmuraban de mí en alta voz y hacían ademanes de desaprobación para conmigo, diciendo: "¡No debemos permitirle que pida más por ese miserable trozo de concha!" Y decían otros: "¡Ualah! ¡cabeza dura, ojos vacíos! ¡Como no le ceda el trozo de concha, le echaremos de la ciudad!"

Y yo aun no sabía lo que querían de mí. Así es que para acabar pregunté al extranjero: "¿Quieres, por fin, decirme si vas a comprar de verdad o si te burlas?" Contestó él: "¿Y quieres tú vender de verdad o burlarte?" Yo dije: "¡Vender!"

Y dijo él: "Entonces, como último precio, te ofrezco treinta mil dinares! ¡Y concluyamos ya la venta y la compra! Y entonces me encaré con los circunstantes, y les dije: "¡Os pongo por testigos de esta venta! ¡Pero antes tiene que explicarme el comprador lo que pretende hacer con este trozo de concha!"

Contestó él: "¡Rematemos primero el trato, y luego te diré las virtudes y la utilidad de este objeto!" Contesté: "¡Te lo vendo!" El dijo: "¡Alah es testigo de lo que decimos!" Y sacó un saco lleno de oro, me contó y me pesó treinta mil dinares, cogió el amuleto, se lo metió en el bolsillo, lanzando un gran suspiro, y me dijo: "¿Quedamos en que ya está vendido del todo?" Contesté: "¡Está vendido del todo!" Y se encaró él con los circunstantes, y les dijo: "¡Sed testigos de que me ha vendido el amuleto y por él ha cobrado el precio convenido de treinta mil dinares!"

Después se encaró conmigo, y con un acento de conmiseración y de ironía extremada, me dijo: "¡Oh pobre! ¡por Alah, que si hubieras sabido tener tacto en esta venta retardándola más, habría llegado yo a pagarte por este amuleto no treinta mil ni cien mil dinares, sino mil millares de dinares, cuando no más!"

"Y he aquí ¡oh huéspedes míos! que al oír estas palabras y verme de tal modo defraudado en aquella suma fabulosa por culpa de mi poco olfato, sentí operarse un gran trastorno dentro de mí; y la revolución que se efectuó en mi cuerpo de pronto hizo que se me subiera a la cara este color amarillo que conservo desde entonces y que os ha llamado la atención, ¡oh huéspedes míos! "Me quedé alelado un momento, y luego dije al extranjero: "¿Puedes decirme ahora las virtudes y la utilidad de ese trozo de concha?"

Y el extranjero me contestó:

"Has de saber que el rey de la India tiene una hija a la que quiere mucho y la cual no tiene par en belleza sobre la faz de la tierra; ¡pero le aquejan violentos dolores de cabeza! Así es que su padre el rey, con objeto de hallar remedios y medicamentos capaces de aliviarla, congregó a los mejores escribas de su reino y a los hombres de ciencia y a los adivinos; pero ninguno de ellos consiguió ahuyentarle de la cabeza los dolores que la torturaban ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 524ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 524ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... pero ninguno de ellos consiguió ahuyentarle de la cabeza los dolores que la torturaban. Entonces yo, que presencié la asamblea, dije al rey: "¡Oh rey, yo conozco a un hombre, llamado Saadalah el Babilonio, que no tiene igual ni superior sobre la faz de la tierra en el conocimiento de tales remedios! ¡Así, pues, envíame a verle, si lo juzgas conveniente!" El rey me contestó: "¡ve a verle!" Yo dije: "¡Dame mil millares de dinares y un trozo de concha roja de un rojo oscuro! ¡Y además un regalo!" Y el rey me dió cuanto le pedía, y me marché de la India con rumbo al país de Babilonia. Y allí pregunté por el sabio Saadalah, y me guiaron a él; y me presenté a él y le entregué cien mil dinares y el regalo del rey; luego le di el trozo de concha, y después de explicarle el objeto de mi misión, le rogué que me preparara un amuleto contra los dolores de cabeza. Y el sabio de Babilonia empleó siete meses enteros en consultar los astros, ¡y transcurridos aquellos siete meses, acabó por encontrar un día propicio para trazar sobre el trozo de concha estos caracteres talismánicos y llenos de misterio que ves en las dos caras de este amuleto que me has vendido! Y cogí este amuleto, volví junto al rey y se lo entregué.

"Y he aquí que el rey entró en el aposento de su querida hija, y la encontró sujeta por cuatro cadenas a las cuatro esquinas de la estancia, como la tenían siempre, conforme a las instrucciones recibidas, con el fin de que en las crisis de dolor no pudiese matarse tirándose por la ventana. Y en cuanto puso el amuleto en la frente de su hija, se encontró ella curada en aquella hora y en aquel instante. Y al ver aquello, el rey se regocijó hasta el límite del regocijo, y me colmó de ricos presentes y me retuvo a su lado entre sus íntimos. Y curada milagrosamente de aquel modo, la hija del rey engarzó el amuleto en su collar y ya no lo abandonó.

Pero un día en que la princesa se paseaba en barca, jugando con sus compañeras, una de ellas hizo un falso movimiento, rompió el hilo del collar y dejó caer el amuleto al agua. Y desapareció el amuleto. Y en el mismo momento volvió la Posesión a apoderarse de la princesa, v de nuevo se sintió ella poseída por el Posesor terrible, que le ocasionó dolores de cabeza tan violentos, que le privaron de razón.

"Al saber esta noticia, la pena del rey superó a toda ponderación; y me llamó y me comisionó nuevamente para que fuese a ver al jeique Saadalah el Babilonio, a fin de que fabricase otro amuleto. Y me puse en marcha. Pero, al llegar a Babil, supe que había muerto el jeique Saadalah.

"Y desde entonces, acompañado por diez personas que me ayudan en mis pesquisas, recorro todos los países de la tierra con objeto de encontrar en casa de algún mercader o en algún vendedor o transeúnte uno de los amuletos que sólo sabía dotar de virtudes curativas y exorcizantes el jeique Saadalah de Babilonia. ¡Y la suerte quiso ponerte en mi camino y hacer que encontrara y comprara en tu tienda este objeto que ya desesperaba de encontrar nunca!"

"Luego, ¡oh huéspedes míos! tras de haberme contado esta historia, el extranjero se puso su cinturón y se marchó. ¡Y tal es, como ya os he dicho, la causa a que obedece el color amarillo de mi rostro!”

"En cuanto a mí, realicé en dinero cuanto poseía vendiendo mi tienda, y rico para en lo sucesivo, partí a toda prisa con rumbo a Bagdad, y no bien llegué, volé al palacio del anciano blanco, padre de mi bien amada. Porque desde que me separé de ella, llenaba ella mis pensamientos día y noche; y el móvil de mis deseos y de mi vida era volver a verla. Y la ausencia sólo consiguió avivar el fuego de mi alma y exaltarme el espíritu.” "Pregunté, pues, por ella a un mozo que guardaba la puerta de entrada. Y el joven me dijo que levantara la cabeza y mirara. Y vi que la casa estaba en ruinas, que habían derribado la ventana por donde se asomaba de ordinario mi bien amada y que en la morada reinaba un ambiente de tristeza y de profunda desolación. Entonces acudieron las lágrimas a mis ojos, y dije al esclavo: ¿Qué le ha deparado Alah al jeique Taher, ¡oh hermano mío!?" Me contestó: "La alegría abandonó la casa, y cayó sobre nosotros la desgracia desde que hubo de dejarnos un joven del país de Omán que se llamaba Abul-Hassán Al-Omaní. Este joven mercader estuvo aquí un año con la hija del jeique Taher; pero, como al cabo de ese tiempo se quedó sin dinero, nuestro amo el jeique le echó de la casa. Pero a nuestra ama la joven, que le amaba con un amor grande ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 525ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 525ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero a nuestra ama la joven, que le amaba con un amor grande, la afectó tanto aquella marcha, que cayó enferma de una grave enfermedad que la tuvo a la muerte. Entonces nuestro amo el jeique Taher, al ver la languidez mortal que padecía su hija, arrepintióse de lo que había hecho; y despachó correos en todas direcciones y para todos los países, a fin de dar con el joven Abul-Hassán, ¡y prometió cien mil dinares de recompensa a quien le trajera! Pero hasta el presente han sido vanos todos los esfuerzos de quienes le buscaron, pues ninguno pudo seguirle las huellas ni saber noticias suyas. ¡Así es que la joven hija del jeique está ahora a punto de exhalar el último suspiro!"

"Con el alma desgarrada de dolor, pregunté entonces al muchacho: "¿Y cómo está el jeique Taher?" Contestó: "¡Con todas esas cosas tiene una pena y un abatimiento tales, que ha vendido las jóvenes y los jóvenes, y se ha arrepentido amargamente ante Alah el Altísimo!"

Entonces dije al joven esclavo: "¿Quieres que te indique dónde se encuentra Abul-Hassán Al-Omaní? ¿Qué dirías, si así fuera?" Contestó él: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! ¡hazlo! ¡Y habrás vuelto a la vida una amante, una hija a su padre, un enamorado a su amiga, y habrás sacado de la pobreza a tu esclavo y los padres de tu esclavo!"

Entonces le dije: "ve en busca de tu amo el jeique Taher, y dile: "¡Me debes la recompensa prometida por la buena noticia! ¡Porque a la puerta de tu casa se encuentra Abul-Hassán Al-Omaní en persona!"

"Al oír estas palabras, el joven esclavo echó a correr con la rapidez del mulo que se escapa del molino; y en un abrir y cerrar de ojos, volvió acompañado del jeique Taher, padre de mi amiga. ¡Y cuán cambiado estaba! ¡Y cómo tenía ya la tez, tan fresca en otro tiempo y tan joven entonces, a pesar de su edad! En dos años había envejecido más de veinte.

Me reconoció al punto, y se arrojó a mi cuello y se puso a besarme llorando, y me dijo: "¡Oh mi señor! ¿qué fue de ti en tan larga ausencia? Por causa tuya está a las puertas de la tumba mi hija. ¡Ven! ¡Entra conmigo en la casa!" Y me hizo entrar, y empezó por ponerse de rodillas en el suelo para dar gracias a Alah por haber permitido nuestra reunión; y se apresuró a entregar al joven esclavo la recompensa de cien mil dinares prometida. Y el joven esclavo se retiró invocando sobre mí las bendiciones.

"Tras de lo cual el jeique Taher entró primero solo en el aposento de su hija para anunciarle sin brusquedad mi llegada. Le dijo pues: "Vengo a anunciarte la buena nueva, ¡oh hija mía! ¡Si consientes en comer un bocado y en ir a tomar un baño al hammam, te haré ver de nuevo, hoy mismo, a Abul-Hassán!"

Ella exclamó: "¡Oh padre! ¿es cierto lo que dices?" El contestó: "¡Por Alah el Gloriosísimo, que es cierto lo que digo!" Entonces exclamó ella: "¡Ualahí!" Entonces el anciano se volvió hacia la puerta detrás de la cual estaba yo, y me gritó: "¡Entra ya, Abul-Hassán!" Y entré.

"Y he aquí ¡oh huéspedes míos! que no bien me advirtió y me reconoció ella, cayó desmayada, y transcurrió mucho tiempo sin que recobrara el sentido. Por fin pudo levantarse, y entre llantos de alegría y risas nos arrojamos uno en brazos de otro, y permanecimos mucho tiempo abrazados así, en el límite de la emoción y de la felicidad. Y cuando pudimos prestar atención a lo que pasaba en torno nuestro, vimos en medio de la sala de recepción al kadí y a los testigos, a quienes había llamado a toda prisa el jeique, y que acto seguido extendieron nuestro contrato de matrimonio. Y se celebraron nuestras nupcias con un fausto inusitado, entre regocijos que duraron treinta días y treinta noches.

"Y desde entonces ¡oh huéspedes míos! la hija del jeique Taher es mi esposa querida. ¡Y a ella fué a quien oísteis cantar esos aires melancólicos que le gustan y con los que recuerda las horas dolorosas de nuestra separación, sintiendo mejor la dicha perfecta en que transcurren los días de nuestra unión bendecida por el nacimiento de un hijo tan hermoso como su madre! Y voy a presentároslo en persona, ¡oh huéspedes míos...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 526ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGÓ LA 526ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y voy a presentároslo en persona, ¡oh huéspedes míos!"

Y así diciendo, Abul-Hassán, el joven amarillo, salió un momento y volvió llevando de la mano a un niño de diez años, hermoso como la luna en su decimocuarto día. Y le dijo: "¡Desea la paz a nuestros huéspedes!" Y el niño desempeñó su cometido con una gracia exquisita. Y el califa y sus acompañantes, disfrazados siempre, quedaron tan encantados de su belleza, de su gracia y de su amabilidad como de la historia extraordinaria de su padre. Y después de despedirse de su huésped, salieron maravillados de lo que acababan de ver y oír.

Y al día siguiente por la mañana, el califa Harún Al-Raschid, que no había cesado de pensar en aquella historia, llamó a Massrur, y le dijo: "¡Oh Massrur!" El interpelado contestó: "A tus órdenes, ¡Oh mi señor!" El califa dijo: "¡Vas a reunir inmediatamente en esta sala todo el tributo anual de oro que hemos percibido de Bagdad, todo el tributo de Bassra y todo el tributo de Khorassán!" Y al momento hizo Massrur llevar ante el califa y amontonar en la sala los tributos de oro de las tres grandes provincias del imperio, que ascendían a una suma que sólo Alah podría enumerar. Entonces el califa dijo a Giafar: "¡Oh Giafar!" El aludido contestó: "Aquí estoy, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa dijo: "¡Ve ya a buscar a Abul-Hassán Al-Omaní!" Giafar contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y al punto fué a buscar al joven, y le llevó todo tembloroso ante el califa, entre cuyas manos besó la tierra el recién llegado, manteniéndose con los ojos bajos e ignorante del crimen que habría podido cometer o el del motivo que reclamaba su presencia.

Entonces le dijo el califa: "¡Oh Abul-Hassán! ¿sabes los nombres de los mercaderes que fueron tus huéspedes ayer por la noche?" El joven contestó: "No, por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa se encaró entonces con Massrur, y le dijo: "¡Levanta el tapete que oculta los montones de oro!" Y cuando estuvo levantado el tapete, el califa dijo al joven: "¿Puedes decirme, al menos, si estas riquezas son más considerables que las que perdiste con la venta precipitada del trozo de concha, sí o no?"

Y estupefacto de ver al califa al corriente de aquella historia, Abul-Hassán murmuró, abriendo sus ojos dilatados: "¡Ualah! ¡oh mi señor, estas riquezas son infinitamente más considerables!" Y el califa le dijo: "¡Pues has de saber que tus huéspedes de ayer por la noche eran el quinto de los Bani-Abbas y sus visires y sus íntimos, y que todo ese oro amontonado ahí es de tu propiedad, como regalo de parte mía para indemnizarte de lo que perdiste en la venta del trozo de concha talismánica!"

Al oír estas palabras, se emocionó tanto Abul-Hassán, que dentro de él operóse otra revolución, y se le bajó del rostro el color amarillo para ser reemplazado en el instante por la sangre roja que afluyó a su cara y le devolvió su antigua tez blanca y sonrosada, resplandeciente cual la luna en la noche de su plenitud. Y haciendo que llevaran un espejo, se lo puso el califa delante del semblante a Abul-Hassán, que hubo de caer de rodillas para dar gracias al Liberador. Y después de hacer transportar a la morada de Abul-Hassán todo el oro acumulado, el califa le invitó a que fuera con frecuencia a hacerle compañía entre sus íntimos, y exclamó: "¡No hay otro Dios que Alah! ¡Gloria a Quien puede producir cambio y es el Único que permanece Incambiable e Inmutable! "

Y tal es, ¡oh rey afortunado -continuó Schehrazada- la HISTORIA DEL JOVEN AMARILLO. ¡Pero no puede sin duda compararse con la HISTORIA DE FLOR-DE-GRANADA Y DE SONRISA-DE-LUNA!

Y exclamó el rey Schahriar: "¡Oh Schehrazada, no dudo de tus palabras! ¡Date prisa a contarme la historia de Flor-de-Granada y de Sonrisa-de-Luna, porque no la conozco!"

HISTORIA DE FLOR-DE-GRANADA Y DE SONRISA-DE-LUNA[editar]

Y dijo Schehrazada:

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad de las edades y los años y los días de hace mucho tiempo, había en los países anamitas un rey llamado Schahramán, que residía en el Khorassán. Y aquel rey tenía cien concubinas, aquejadas de esterilidad todas, pues ninguna de ellas pudo tener un hijo, ni siquiera del sexo femenino. Y he aquí que estando un día el rey sentado en la sala de recepción en medio de sus visires, de sus emires y de los grandes del reino, y mientras charlaba con ellos no de enojosos asuntos de gobierno, sino de poesía, de ciencia, de historia y de medicina, y en general de cuanto pudiera hacerle olvidar la tristeza de su soledad sin posteridad y su dolor por no poder dejar a sus descendientes el trono que le legaron sus padres y sus antepasados, entró en la sala un joven mameluco, y le dijo: "¡Oh mi señor, a la puerta hay un mercader con una esclava joven y bella como jamás se vió!"

Y dijo el rey: "¡Qué me traigan, pues, al mercader y a la esclava!" Y el mameluco apresurose a introducir al mercader y a su hermosa esclava.

Al verla entrar, el rey la comparó en su alma con una fina lanza de un solo cuento; y como le envolvía la cabeza y le cubría el rostro un velo de seda azul listado de oro, el mercader se lo quitó; y al punto iluminóse con su belleza la sala, y su cabellera rodó por su espalda en siete trenzas macizas que le llegaron a las pulseras de los tobillos; se dirían las crines espléndidas de una yegua de raza noble, barriendo el suelo por debajo de la grupa. Y era real y tenía curvas maravillosas y desafiaba en flexibilidad de movimientos al tallo delicado del árbol ban. Sus ojos, negros y naturalmente alargados, estaban repletos de relámpagos destinados a atravesar los corazones; y sólo con mirarla curaríanse los enfermos y dolientes. En cuanto a su grupa bendita, cima de anhelos y deseos, era tan fastuosa, en verdad, que ni el propio mercader pudo encontrar un velo lo bastante grande para envolverla...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 527ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 527ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... En cuanto a su grupa bendita, cima de anhelos y deseos, era tan fastuosa, en verdad, que ni el propio mercader pudo encontrar un velo lo bastante grande para envolverla.

Así es que el rey quedó maravillado de todo aquello hasta el límite de la maravilla, y preguntó al mercader: "¡Oh jeique! ¿cuánto cuesta esta esclava?" El mercader contestó: "¡Oh mi señor! yo se la compré a su primer amo por dos mil dinares; pero después he viajado con ella durante tres años para llegar hasta aquí, y he invertido en ella tres mil dinares más; ¡de modo que no es una venta lo que vengo a proponerte, sino un regalo que te ofrezco de mí para ti!" Y el rey quedó encantado con el lenguaje del mercader, y le puso un espléndido ropón de honor y mandó que le dieran diez mil dinares de oro. Y el mercader besó la mano del rey, y le dió gracias por su bondad y su munificencia, y se marchó por su camino.

Entonces dijo el rey a las intendentas y a las mujeres de palacio: "Conducidla al hammam y arregladla, y cuando hayáis hecho desaparecer en ella las huellas del viaje, no dejéis de ungirla con nardo y perfumes y de darle por aposento el pabellón de las ventanas que miran al mar". Y en aquella hora y aquel instante ejecutáronse las órdenes del rey.

Porque la capital en que reinaba el rey Schahramán se encontraba situada a la orilla del mar, efectivamente, y se llamaba la Ciudad Blanca. Y por eso, después del baño, las mujeres de palacio pudieron conducir a la joven extranjera a un pabellón con vistas al mar.

Entonces el rey, que sólo esperaba este momento, penetró en las habitaciones de la esclava. Pero se sorprendió mucho al ver que ella no se levantaba en honor suyo y no hacía de él más caso que si no estuviese allí. Y pensó él para sí: "¡Deben haberla educado gentes que no le enseñaron buenos modales!" Y la miró con más detenimiento, y ya no pensó en su falta de cortesía, pues tanto le encantaban su belleza y su rostro, que era una luna llena o una salida de sol en un cielo sereno.

Y dijo: "¡Gloria a Alah, que ha creado la Belleza para los ojos de sus servidores!" Luego sentóse junto a la joven, y la oprimió contra su pecho tiernamente. Después la sentó en sus rodillas y la besó en los labios, y saboreó su saliva, que hubo de parecerle más dulce que la miel. Pero ella no decía una palabra y le dejaba hacer, sin oponer resistencia ni mostrar ningún deseo. Y el rey mandó que sirvieran en la estancia un festín magnífico, y él mismo se dedicó a servirle de comer y a llevarle los bocados a los labios.

De cuando en cuando la interrogaba dulcemente por su nombre y por su país. Pero ella permanecía silenciosa, sin pronunciar una palabra y sin levantar la cabeza para mirar al rey, el cual la encontraba tan hermosa, que no podía decidirse a encolerizarse con ella. Y pensó: "¡Acaso sea muda! ¡Pero es imposible que el Creador haya formado semejante belleza para privarla de la palabra! ¡Sería una imperfección indigna de los dedos del Creador!"

Luego llamó a las servidoras para que le vertieran agua en las manos; y se aprovechó del momento en que le presentaban el jarro y la jofaina para preguntarles en voz baja: "¿La oísteis hablar cuando estuvisteis cuidándola?"

Ellas contestaron: "Lo único que podemos decir al rey es que en todo el tiempo que estuvimos junto a ella sirviéndola, bañándola, perfumándola, peinándola y vistiéndola, ni siquiera la hemos visto mover los labios para decirnos: "¡Esto está bien! ¡Esto otro no está bien!" Y no sabemos si será desprecio para nosotras o ignorancia de nuestra lengua o mudez; ¡pero lo cierto es que no hemos conseguido hacerla hablar ni una sola palabra de gratitud o de censura!"

Al oír este discurso de las esclavas y de las matronas, el rey llegó al límite del asombro, y pensando que aquel mutismo se debería a alguna pena íntima, quiso tratar de distraerla. A tal fin, congregó en el pabellón a todas las damas de palacio y a todas las favoritas, con objeto de que se divirtiese y se distrajera ella con las demás; y las que sabían tocar instrumentos de armonía los tocaron, en tanto que las otras cantaban, bailaban o hacían ambas cosas a la vez. Y aparecía satisfecho todo el mundo, excepto la joven, que continuó inmóvil en su sitio, con la cabeza baja y los brazos cruzados, sin reír ni hablar.

Al ver aquello, el rey sintió oprimírsele el pecho y ordenó a las mujeres que se retiraran. Y se quedó solo con la joven.

Después de intentar en vano sacarle una respuesta o una palabra, se acercó a ella y se puso a desnudarla ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 528ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 528ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Después de intentar en vano sacarle una respuesta o una palabra, se acercó a ella y se puso a desnudarla.

Empezó por quitarle delicadamente los velos ligeros que la envolvían; luego, uno tras otro, los siete trajes de colores y telas diferentes que la cubrían, y por último, la camisa fina y el amplio calzón con bellotitas de seda verde. Y vió debajo su cuerpo resplandeciente de blancura y su carne de pureza y de plata virgen.

Y la amó con un amor grande, y levantándose, la tomó su virginidad, y la encontró intacta y sin perforar. Y se regocijó y se deleitó en extremo con ello; y pensó: "¡Por Alah! ¿no es cosa prodigiosa que los diversos mercaderes hayan dejado intacta la virginidad de una joven tan bella y tan deseable?"

Y de tal manera se aficionó el rey a su nueva esclava, que abandonó por ella a todas las demás mujeres de palacio y a la favoritas y los asuntos del reino, y se encerró con ella un año entero, sin cansarse ni por un momento de las delicias nuevas que descubría allí cada día.

Pero, con todo, no consiguió arrancarle una palabra o un mohín de asentimiento, ni interesarla en lo que hacía con ella y alrededor de ella. Y ya no sabía él cómo interpretar aquel silencio y aquel mutismo. Y ya no esperaba él hablar con ella por más recursos a que acudiese.

Pero, un día entre los días, estaba el rey sentado, como de costumbre, junto a su bella e insensible esclava, y su amor era más violento que nunca, y le decía: "¡Oh deseo de las almas! ¡oh corazón de mi corazón! ¡oh luz de mis ojos! ¿es que no sabes el amor que siento por ti, y que por tu belleza he abandonado a mis favoritas, a mis concubinas y los asuntos de mi reino, y que lo hice con gusto, y que estoy lejos de arrepentirme de ello, además?

¿No sabes que te he guardado como si fueras lo único que me corresponde y lo único que me agrada de todos los bienes de este mundo?

¡Ya hace ya más de un año que prolongo la paciencia de mi alma ignorando la causa de ese mutismo y de esa insensibilidad, sin llegar a adivinar de qué proviene!

Si eres realmente muda, házmelo comprender por señas, al menos, con el fin de que pierda toda esperanza de oírte jamás, ¡oh bienamada mía!

De no ser así, ¡pluguiera a Alah enternecer tu corazón e inspirarte, en su bondad, para que cesaras por fin en ese silencio que no merezco! Y si se me ha de rehusar este consuelo siempre, ¡haga Alah que te quedes encinta de mí y me des un hijo querido que me suceda en el trono legado por mis padres y mis antecesores! ¡Ay!, ¿no ves cómo envejezco solitario y sin posteridad, y que pronto no me será ya posible fecundar flancos jóvenes, pues estaré deshecho por la tristeza y por los años? ¡Ay! ¡ay! ¡oh tú! si por mí experimentas el más leve sentimiento de piedad o afección, respóndeme, dime solamente si estás encinta o no; ¡te lo suplico por Alah sobre ti! ¡Y muera yo después!"

Al oír estas palabras, la bella esclava, que había escuchado al rey con los ojos siempre bajos y las manos juntas sobre las rodillas en una postura inmóvil, según su costumbre, tuvo de repente, y por primera vez desde su llegada a palacio, una ligera sonrisa.

¡Sólo eso y nada más!

Al ver aquello, el rey llegó a tal emoción, que creyó que el palacio entero se iluminaba con un relámpago en medio de las tinieblas. Y se estremeció en su alma y se regocijó, y como después de semejante prueba ya no dudaba que consentiría ella en hablar, se arrojó a los pies de la joven y esperó que llegase el momento anhelado, con los brazos en alto y la boca entreabierta en actitud de orar.

Y de pronto levantó la cabeza la joven y habló así, sonriente: "¡Oh rey magnánimo, soberano nuestro! ¡oh león valeroso! ¡sabe...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 529ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 529ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y de pronto levantó la cabeza la joven y habló así, sonriente... "¡Oh rey magnánimo, soberano nuestro! ¡oh león valeroso! ¡sabe que Alah ha respondido a tu ruego, porque estoy encinta de ti! ¡Y en breve daré a luz! ¡Pero no sé si el hijo que llevo en mi seno es hembra o varón! ¡Sabe, además, que de no haberme fecundado tú, estaba completamente resuelta a no dirigirte la palabra nunca ni a decirte una sola frase en mi vida!"

Al oír estas palabras inesperadas, el rey sintió tanta alegría, que se encontró imposibilitado por el momento para articular una palabra o hacer un movimiento; luego se iluminó y se transfiguró su rostro; y se dilató su pecho; y se sintió él alzado de la tierra por la explosión de su júbilo. Y besó las manos a la joven y le besó la cabeza y la frente, y exclamó: "¡Gloria a Alah por haberme concedido dos gracias que anhelaba, ¡oh luz de mis ojos! ver que me hablas y oír que me anunciabas la nueva de tu embarazo! ¡Alhamdolillah! ¡la alabanza a Alah!

Luego se levantó el rey y salió de allí después de anunciar que volvería en seguida, y fue a sentarse con gran pompa en el trono de su reino; y se hallaba en el límite de la dilatación y de la satisfacción. Y dió orden a su visir para que anunciara a todo el pueblo el motivo de su alegría y distribuyera cien mil dinares entre los indigentes, las viudas y cuantos estaban en general necesitados, en acción de gracias a Alah (¡exaltado sea!). Y el visir ejecutó inmediatamente la orden que había recibido.

Entonces fué el rey en busca de su hermosa esclava, y se sentó junto a ella, y la apretó contra su corazón y la besó, y le dijo: "¡Oh dueña mía, oh reina de mi vida y de mi alma! ¿me dirás ahora por qué guardaste conmigo y con todos nosotros ese silencio inquebrantable de día y de noche desde hace un año que entraste en nuestras moradas, y por qué te decidiste a dirigirme la palabra hoy solamente?" La joven contestó: "¿Cómo no guardar silencio, ¡oh rey! si me veía reducida aquí a la condición de esclava y convertida en una pobre extranjera con el corazón roto, separada para siempre de mi madre, de mi hermano, de mis parientes, y alejada de mi país natal?"

El rey contestó: "¡Tomo parte en tus penas y las comprendo! Pero, ¿cómo me dices que eres una pobre extranjera, cuando eres ama y reina de este palacio, y cuanto hay en él es de tu propiedad, y yo mismo, el rey soy un esclavo a tu servicio? ¡En verdad que no son oportunas esas palabras! Y si tenías pena por estar separada de tus padres, ¿por qué no me lo dijiste para que yo enviara a buscarlos y te reuniera aquí con ellos?"

Al oír estas palabras, la bella esclava dijo al rey: "Sabe, pues, ¡oh rey! que me llamo Gul-i-anar, lo que en la lengua de mi país significa Flor-de-Granada; y he nacido en el mar, donde era rey mi padre. Cuando mi padre murió, tuve queja un día por ciertos procederes de mi madre, que se llama Langosta, y de mi hermano, que se llama Saleh; y juré que ya no permanecería en el mar con ellos, y que saldría a la orilla y me entregaría al primer hombre de la tierra que me gustara. Así, pues, una noche en que mi madre la reina y mi hermano Saleh se habían dormido temprano y nuestro palacio se hallaba sumido en el silencio submarino, me escapé de mi aposento, y subiendo a la superficie del agua, fui a tenderme a la luz de la luna en la playa de una isla. Y halagada por el fresco delicioso que caía de las estrellas y acariciada por la brisa de tierra, me dejé invadir del sueño. Y de pronto me desperté al sentir caer sobre mí una cosa, y me vi presa de un hombre que cargó conmigo a su espalda, y a pesar de mis gritos y lamentos, me transportó a su casa, donde me tiró de espaldas y quiso tomarme por la fuerza. Pero al ver que aquel hombre era feo y olía mal, no quise dejarme poseer, y con todas mis fuerzas le aplique en el rastro un puñetazo que le hizo rodar por el suelo a mis pies, y me arrojé sobre él y le administré tal paliza, que no quiso tenerme ya consigo y me condujo a toda prisa al zoco, donde me subastó y hubo de venderme a ese mercader al cual me compraste tú mismo, ¡oh rey! Y como ese mercader era un hombre lleno de conciencia y de rectitud, no quiso robarme mi virginidad al verme tan joven; y me llevó a viajar con él y me condujo entre tus manos. ¡Y tal es mi historia! Pero al entrar aquí, yo estaba completamente resuelta a no dejarme poseer; y me hallaba decidida a arrojarme al mar por las ventanas del pabellón para reunirme con mi madre y mi hermano a la primer violencia de parte tuya. Y por orgullo guardé silencio durante todo este tiempo. Mas, al ver que tu corazón me amaba verdaderamente y que por mí habías abandonado a todas tus favoritas, empecé a sentirme conquistada por tus buenos modales. Y al notarme, por último, encinta de ti, acabé por amarte, y deseché toda idea de escaparme en lo sucesivo y de saltar a mi patria el mar. Y además, ¿con qué cara y con qué audacia iba a hacerlo ahora que estoy encinta y mi madre y mi hermano casi se morirían de pena al verme en tal estado y al saber mi unión con un hombre de la tierra, pues no me creerían si les dijese que había llegado a ser la Reina de Persia y del Khorassán y la esposa del más magnánimo de los sultanes? Y he aquí lo que tenía que decirte, ¡oh rey Schahramán! ¡Uassalam...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 530ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 530ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y he aquí lo que tenía que decirte, ¡oh rey Schahramán! Uassalam !"

Al oír este discurso, el rey besó a su esposa entre los ojos, y le dijo: "¡Oh encantadora Flor-de-Granada! ¡oh oriunda del mar! ¡oh maravillosa! ¡oh princesa, luz de mis ojos! ¿qué maravillas acabas de revelarme? ¡Si un día me dejaras, aunque no fuese más que por un instante, moriría yo en el mismo momento ciertamente!"

Luego añadió: "¡Pero, ¡oh Flor-de-Granada! me has dicho que naciste en el mar y que tu madre Langosta y tu hermano Saleh habitaban en el mar con tus demás parientes, y que tu padre, cuando vivía, era rey del mar! Pero no comprendo del todo la existencia de los seres marítimos, y hasta el presente, me parecieron cosas de viejas las historias que me contaron a ese respecto. Sin embargo, puesto que me hablas de ello, y tú misma eres oriunda del mar, no dudo de la realidad de esos hechos, y te suplico que me ilustres acerca de tu raza y de los pueblos desconocidos que habitan tu patria. Dime sobre todo cómo es posible vivir, obrar y moverse en el agua sin sofocarse ni ahogarse. ¡Porque es la cosa más prodigiosa que he oído en mi vida!"

Entonces contestó Flor-de-Granada: "¡Claro que te lo diré todo, y de corazón amistoso! Sabe que, por virtud de los nombres grabados en el sello de Soleimán ben-Daúd (¡con ambos la plegaria y la paz!) , vivimos y andamos por el fondo del mar como se vive y anda por la tierra; y respiramos en el agua como se respira en el aire; y el agua en vez de asfixiarnos, contribuye a nuestra vida, y ni siquiera moja nuestras vestiduras; y no nos impide ver en el mar, donde tenemos los ojos abiertos sin ninguna dificultad; y poseemos vista tan excelente, que atraviesa las profundidades marinas, a pesar de su espesor y de su extensión, y nos permite distinguir todos los objetos lo mismo cuando los rayos del sol penetran hasta nosotros que cuando la luna y las estrellas se miran en nuestras aguas.

En cuanto a nuestro reino, es mucho más vasto que todos los reinos de la tierra, y está dividido en provincias con ciudades muy populosas. Y según las regiones que ocupan esos pueblos, tienen costumbres y usos diferentes y también, como ocurre en la tierra, diferente conformación; unos son peces; otros medio peces, medio humanos, con cola en lugar de pies y de trasero, y otros, como nosotros, completamente humanos, y creyendo en Alah y en su Profeta, y hablando un lenguaje que es el mismo en que está grabada la inscripción del sello de Soleimán. Respecto a nuestras moradas, ¡son palacios espléndidos, de una arquitectura que jamás podríais imaginar en la tierra! Son de cristal de roca, de nácar, de coral, de esmeralda, de rubíes, de oro, de plata y de toda clase de metales preciosos y de pedrerías, sin hablar de las perlas, que cualesquiera que sean su tamaño y su belleza, no se estiman entre nosotros y sólo adornan las viviendas de los pobres y de los indigentes. Por último, como nuestro cuerpo está dotado de una agilidad y una flexibilidad maravillosas, no necesitamos, cual vosotros, caballos y carros para utilizarlos como medios de transporte, aunque los tenemos en nuestras cuadras para servirnos de ellos solamente en las fiestas, los regocijos públicos y las expediciones lejanas. ¡Desde luego, esos carros están construidos con nácar y metales preciosos, y van provistos de asientos y tronos de pedrerías, y son tan hermosos nuestros caballos marinos, que ningún rey de la tierra los posee semejantes! Pero no quiero ¡oh rey! hablarte ya más tiempo de los países marinos, pues me reservo para contarte en el transcurso de nuestra vida, que será larga si Alah quiere, una infinidad de nuevos detalles que acabarán de ponerte al corriente en esta cuestión que te interesa. Por el momento me apresuraré a abordar un asunto mucho más apremiante y que te atañe más directamente.

Quiero hablarte de los partos de las mujeres. ¡Sabe, en efecto, ¡oh dueño mío! que los partos de las mujeres de mar son absolutamente distintos a los partos de las mujeres de tierra! ¡Y como está ya próximo el momento de dar yo a luz, temo mucho que las comadronas de tu país no sepan prestarme los auxilios del caso! Te ruego, pues, que me permitas que vengan a verme mi madre Langosta y mi hermano Saleh y mis demás parientes; y me reconciliaré con ellos, y ayudadas por mi madre, velarán mis primas por la seguridad de mi parto y cuidarán del recién nacido, heredero de tu trono. ..


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 531ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 531ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y ayudadas por mi madre, velarán mis primas por la seguridad de mi parto y cuidarán del recién nacido, heredero de tu trono". Al oír estas palabras, el rey exclamó maravillado: "¡Oh Flor-de-Granada! tus deseos constituyen mi norma de conducta, y yo soy el esclavo que obedece a las órdenes de su ama. Pero dime ¡oh maravillosa! ¿Cómo vas a arreglarte en tan poco tiempo para avisar a tu madre, a tu hermano y a tus primas, y para hacer que vengan antes de que des a luz, estando el momento tan próximo? ¡De todos modos, conviene que yo sepa de antemano cuándo llegarán, para hacer los preparativos necesarios y recibirles con todos los honores que merecen!" Y contestó la joven reina: "¡Oh dueño mío, entre nosotros no hay necesidad de ceremonias! Y además, mis parientes, estarán aquí dentro de un instante. Y si quieres ver cómo van a llegar, no tienes más que entrar en esta habitación contigua a la mía, y mirarme y mirar también las ventanas que dan al mar".

El rey Schahramán entró al punto en la estancia contigua, y miró con atención lo que iba a hacer Flor-de-Granada a la vez que lo que iba a producirse sobre el mar.

Y Flor-de-Granada sacó de su seno dos trozos de madera de áloe de las Islas Comores, los puso en un braserillo de oro, y los quemó. Y cuando se disipó el humo, lanzó ella un silbido prolongado y agudo, y pronunció sobre el braserillo palabras desconocidas y fórmulas conjuratorias. Y en el mismo momento se conmovió y se agitó el mar, y salió primero del agua un joven como la luna, hermoso y de buen aspecto, y parecido en la cara y en la elegancia a su hermana Flor-de-Granada; y eran blancas y sonrosadas sus mejillas, y sus cabellos y su bigote naciente eran de un verde mar; y como dice el poeta, era él más maravilloso que la propia luna, porque la luna no tiene por morada ordinaria más que un solo signo del cielo, ¡mientras que aquel joven habita indistintamente en los corazones todos! Tras de lo cual salió del mar una vieja muy anciana, de cabellos blancos, que era la llamada Langosta, la madre del joven y de Flor-de-Granada. E inmediatamente la siguieron cinco muchachas jóvenes cual lunas, que tenían cierto parecido con Flor-de-Granada, de la que eran primas.

Y el joven y las seis mujeres echaron a andar por el mar, y a pie enjuto llegaron bajo las ventanas del pabellón. Y de un salto consiguieron entrar uno tras otro por la ventana donde se les había aparecido Flor-de-Granada, que hubo de retirarse para dejarles pasar.

Entonces el príncipe Saleh y su madre y sus primas se arrojaron al cuello de Flor-de-Granada, y la besaron con efusión, llorando de alegría al encontrarla, y le dijeron: "¡Oh Gul-i-anar! ¿Cómo tuviste valor para abandonarnos y tenernos durante cuatro años sin noticias tuyas y sin indicarnos siquiera el lugar donde te encontrabas? ¡Ualah! el mundo nos pesaba de tan abrumados como estábamos por el dolor de la separación. ¡Y ya no experimentábamos placer en comer ni en beber, porque todos los alimentos resultaban insípidos para nuestro gusto! ¡Y no sabíamos más que llorar y sollozar día y noche, poseídos por el dolor intensísimo que nos producía tu separación! ¡Oh Gul-i-anar! ¡Mira cómo ha enflaquecido y empalidecido de tristeza nuestro rostro!"

Y al oír estas palabras, Flor-de-Granada besó la mano a su madre y a su hermano, el príncipe Saleh, y besó de nuevo a sus queridas primas, y les dijo a todos: "¡Es verdad! ¡Caí en falta gravemente para con vuestra ternura, marchándome sin preveniros! Pero, ¿qué se puede hacer contra el Destino? ¡Alegrémonos de habernos encontrado ahora, y demos gracias por ello a Alah el Bienhechor!" Luego les hizo sentarse a todos cerca de ella, ¡y les contó toda su historia desde el principio hasta el fin! Pero sería inútil repetirla. Luego añadió: "Y ahora que estoy casada con este rey excelente y perfecto hasta el límite de las perfecciones, el cual me ama y al cual amo, y que me ha dejado encinta, os hice venir para reconciliarme con vosotros y rogaros que me asistáis en el parto. ¡Porque no tengo confianza en las comadronas terrestres, que no entienden nada respecto a partos de hijas del mar!"

Entonces contestó su madre, la reina Langosta: "¡Oh hija mía! ¡Al verte en este palacio de un príncipe de la tierra, tuvimos miedo de que no fueses dichosa; y estábamos dispuestos a rogarte que nos siguieras a nuestra patria, porque ya sabes cuánto es nuestro deseo de saber que eres dichosa y vives tranquila y sin preocupaciones! Pero desde el momento en que nos afirmas que eres dichosa, ¿qué cosa mejor podríamos desearte?

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 532ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 532ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero desde el momento en que nos afirmas que eres dichosa, ¿qué cosa mejor podríamos desearte? Y sin duda, sería tentar al Destino el querer casarte con uno de nuestros príncipes del mar, a despecho de la suerte contraria". Y contestó Flor-de-Granada: "¡Sí, ¡por Alah! aquí estoy en el límite de la tranquilidad, de las delicias, de los honores, de la felicidad y de mis aspiraciones todas!"

¡Eso fué todo!

Y el rey oía lo que decía Flor-de-Granada; y se regocijaba en su corazón, y la agradecía en el alma estas buenas palabras; y la amó entonces mil millares de veces más que antes; y el amor que la tenía se consolidó para siempre en el núcleo de su corazón; y se prometió darle nuevas pruebas de afecto y de pasión en todas las ocasiones posibles.

Tras de lo cual Flor-de-Granada llamó con una palmada a sus esclavas, y les dió orden de que pusieran el mantel y sirvieran los manjares, cuyo condimento fué ella misma a vigilar en la cocina.

Y las esclavas llevaron bandejas grandes cubiertas de carnes asadas, de pasteles y de frutas; y Flor-de-Granada invitó a sus parientes a que se sentaran con ella alrededor del mantel y comieran.

Pero ellos contestaron: "¡No, ¡por Alah! no lo haremos de ningún modo antes de que hayas ido a prevenir de nuestra llegada a tu esposo, el rey! ¡Porque hemos entrado en su morada sin su permiso, y no nos conoce! ¡Sería una falta de educación comer en su palacio y aprovecharnos de su hospitalidad sin saberlo él!

¡Ve, pues a prevenirle, y dile cuán dichosos nos sentimos al verle y compartir con él el pan y la sal!"

Entonces Flor-de-Granada fué en busca del rey, que se mantenía escondido en la estancia contigua, y le dijo: "¡Oh dueño mío! sin duda oirías que te elogié ante mis parientes, y que estaban decididos a llevarme con ellos si les hubiese dicho la menor cosa que les hiciera creer que no era feliz contigo."

Y contestó el rey: "¡Ya lo he oído y lo he visto! ¡En esta hora bendita tuve la prueba de tu adhesión a mí, y ya no puedo dudar de tu afecto!" Flor-de-Granada dijo: "De modo que, en vista de las alabanzas que de ti les hice, mi madre, mi hermano y mis primas experimentan por ti un afecto considerable, y puedo asegurarte que te quieren mucho. ¡Me han dicho que no se conformaban con volver a su país sin haberte visto, haberte presentado sus homenajes y formulado sus deseos de paz, y haber charlado contigo amistosamente! ¡Así, pues, te ruego que te prestes a sus deseos, a fin de que les veas y te vean, y reine entre vosotros el afecto puro y la amistad!"

Y el rey contestó: "¡Escuchar es obedecer, porque también es ése mi deseo!" Y al instante se levantó y acompañó a Flor-de-Granada a la sala en que se hallaban sus parientes.

Y en cuanto entró les deseó la paz de la manera más cordial, y le devolvieron ellos la zalema; y besó él la mano de la vieja reina Langosta, y abrazó al príncipe Saleh, y los invitó a todos a sentarse. Entonces le cumplimentó el príncipe Saleh, y le manifestó la alegría que experimentaban todos por ver a Flor-de-Granada convertida en la esposa de un gran rey, en vez de haber caído en las manos de un bruto que la habría desflorado para dársela luego en matrimonio a algún chambelán o a su cocinero. Y le expresó cuánto querían todos a Flor-de-Granada, y que antiguamente, antes de que ella fuese púber, habían pensado en casarla con algún príncipe del mar; pero empujada por su destino, se escapó de los países submarinos para casarse a su gusto. Y contestó el rey: "¡Sí! Alah me la tenía destinada. ¡Y os doy las gracias a ti, suegra mía, reina Langosta, y a ti, príncipe Saleh, y también a mis amables primas, por vuestros votos y cumplimientos y por haber dado vuestro consentimiento para mi matrimonio!"

Luego el rey les invitó a sentarse con él alrededor del mantel, y estuvo charlando con ellos mucho tiempo con toda cordialidad, y después condujo a cada uno por sí mismo a su aposento.

Así es que los parientes de Flor-de-Granada permanecieron en el palacio, en medio de fiestas y regocijos dados en su honor, hasta el parto de la reina, que no tardó en llegar. Porque al cabo del término fijado, parió ella, entre las manos de la reina Langosta y de sus primas, un hijo varón igual que la luna llena, y sonrosado y rollizo. Y envuelto en mantillas magníficas, se lo presentaron a su padre, el rey, que le recibió con los transportes de una alegría que ni la pluma ni la lengua sabrían describir. Y en acción de gracias, hizo él muchas dádivas a los pobres, a las viudas y a los huérfanos, y mandó abrir las cárceles y dar libertad a todos sus esclavos de ambos sexos; pero los esclavos no quisieron libertad, de tan dichosos como se encontraban dependiendo de un amo semejante.

Más tarde, al cabo de siete días de regocijos continuos, en medio de las felicidades todas, la reina Flor-de-Granada dió a su hijo el nombre de Sonrisa-de-Luna, con el asentimiento de su esposo, de su madre y de sus primas...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 533ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 533ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... la reina Flor-de-Granada dió a su hijo el nombre de Sonrisa-de-Luna, con el asentimiento de su esposo, de su madre y de sus primas.

Entonces el príncipe Saleh, cogió al pequeñuelo en sus brazos, y empezó a besarle y a acariciarle de mil maneras, paseándole por la habitación y sosteniéndole en el aire con las manos; y de pronto tomó impulso, y desde la altura del palacio saltó al mar, sumergiéndose y desapareciendo con el niño.

Al ver aquello, el rey Schahramán empezó a lanzar gritos desesperados y a golpearse la cabeza, poseído de espanto y de dolor, hasta el punto de que parecía que se iba a morir. Pero la reina Flor-de-Granada, lejos de mostrarse asustada o afligida por semejante cosa, dijo al rey con seguro acento: "¡Oh rey del tiempo! no te desesperes por tan poco y estate sin ningún temor por tu hijo, pues yo, que sin duda quiero a ese niño mucho más que tú, estoy tranquila sabiendo que se encuentra con mi hermano, el cual no hubiera hecho lo que acaba de hacer si el pequeño fuese a sufrir la menor incomodidad o a enfriarse o a mojarse solamente. ¡Ten la seguridad de que el niño no corre ningún riesgo ni peligro por parte del mar, aunque sea tuya la mitad de su sangre! Porque a causa de la otra mitad de su sangre, que es mía, puede impunemente vivir en el agua como en la tierra. ¡No te alarmes más, por tanto, y persuádete de que mi hermano no tardará en volver con el niño en buena salud!"

Y la reina Langosta y las jóvenes parientes del niño confirmaron al rey las palabras de su esposa. Pero el rey no empezó a calmarse hasta no ver que el mar se conmovía y agitaba y que de su seno entreabierto salía con el pequeñuelo en brazos el príncipe Saleh, que de un salto se elevó por el aire y entró en la sala superior por la misma ventana por donde había salido. Y el pequeño estaba tan tranquilo como si se hallase en el regazo de su madre, y sonreía cual la luna en su decimocuarto día.

Al ver aquello, el rey se tranquilizó por completo y quedóse maravillado; y el príncipe Saleh le dijo: "Por lo visto, ¡oh rey! te asustaste mucho al verme saltar y hundirme en el mar con el pequeñuelo". Y contestó el rey: "Sí, por cierto, ¡oh hijo del tío! ¡Fué extremado mi espanto, y hasta desesperaba de volver a verle nunca sano y salvo!" El príncipe Saleh dijo: "En adelante, no tengas por él ningún temor, porque está para siempre al abrigo de los peligros del agua, del ahogo, de asfixia, de la humedad y de otras cosas parecidas, y durante toda su vida podrá sumergirse en el mar y pasearse por él a su antojo; pues le hice adquirir el mismo privilegio que tienen nuestros propios hijos nacidos en el mar, y para ello le he frotado las pestañas y los párpados con cierto kohl que conozco, pronunciando sobre él las palabras misteriosas grabadas en el sello de Soleimán ben-Daúd (¡con ambos la plegaria y la paz!)

Después de pronunciado este discurso, el príncipe Saleh entregó el pequeñuelo a su madre, que le dió de mamar; luego sacó de su cinturón el príncipe un saco que tenía la boca sellada, e hizo saltar el sello, y habiéndolo abierto, lo cogió por la parte de abajo y vertió sobre la alfombra el contenido. Y el rey vió titilar diamantes grandes como huevos de paloma, barras de esmeralda de medio pie de longitud, sartas de perlas gordas, rubíes de talla y color extraordinarios y toda clase de joyas a cual más maravillosas. Y todas estas piedras lanzaban mil fulgores multicolores que alumbraban la sala con una armonía de luces semejantes a las que se ven en sueños. Y el príncipe Saleh dijo al rey: "Esto es un regalo que traigo, para que me dispenséis de haber venido aquí la vez primera con las manos vacías. ¡Pero entonces no sabía yo dónde se encontraba mi hermana Flor-de-Granada, y no podía figurarme que su feliz destino la hubiese puesto en el camino de un rey como tú! ¡Este regalo, sin embargo, no es nada en comparación de los que pienso hacerte en días venideros!" Y el rey no supo cómo dar gracias a su cuñado por aquel regalo, y encaróse con Flor-de-Granada, y le dijo: "¡Verdaderamente, estoy en extremo confuso por la generosidad de tu hermano para conmigo, y por la magnificencia de este regalo, que no tiene igual en la tierra y una de cuyas piedras sola vale tanto como mi reino entero!"

Y Flor-de-Granada dió las gracias a su hermano por haber pensado en cumplir con los deberes de parentesco; pero él encaróse con el rey, y le dijo: "¡Por Alah, ¡oh rey! que no es digno de tu rango esto! En cuanto a nosotros, jamás podremos pagar lo bastante las deudas que tu bondad nos hizo contraer contigo; y aunque mil años pasáramos todos nosotros sirviéndote por encima de nuestras caras y de nuestros ojos, no podríamos devolverte lo que te debemos; porque todo es poco en proporción de los derechos que sobre nosotros tienes".

Al oír estas palabras, el rey abrazó al príncipe Saleh, y le dió gracias calurosamente. Luego le obligó a permanecer todavía en el palacio con su madre y sus primas cuarenta días, transcurridos entre fiestas y regocijos. Pero al cabo de este tiempo, el príncipe Saleh se presentó al rey y besó la tierra entre sus manos. Y el rey le dijo: "Habla, ¡oh Saleh! ¿Qué deseas?" El príncipe contestó: "¡Oh rey del tiempo! en verdad que nos has anegado con tus favores, pero venimos a pedirte permiso para partir, ¡porque nuestra alma anhela vivamente volver a ver nuestra patria, a nuestros parientes y a nuestras moradas, de la que estuvimos alejados tanto tiempo! Y además, una estancia demasiado prolongada en tierra es dañosa para nuestra salud, pues estamos acostumbrados al clima submarino...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 534ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 534ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... una estancia demasiado prolongada en tierra es dañosa para nuestra salud, pues estamos acostumbrados al clima submarino." Y contestó el rey: "¡Qué pena es para mí eso!, ¡Oh Saleh!" Saleh dijo: "¡Y también para nosotros! Pero ¡oh rey! vendremos de cuando en cuando para rendirte nuestros homenajes y ver de nuevo a Flor-de-Granada y a Sonrisa-de-Luna". Y dijo el rey: "¡Sí, ¡por Alah! hacedlo, y con frecuencia! Por lo que a mí respecta, siento mucho no poder acompañarte, así como a la reina Langosta y a mis primas, a tu país submarino, ¡pero temo mucho al agua!"

Entonces despidieronse de él todos, y después de haber besado a Flor-de-Granada y a Sonrisa-de-Luna, se tiraron por la ventana uno tras otros y se sumergieron en el mar.

¡Y esto en lo que atañe a ellos!

¡Pero he aquí ahora lo referente al pequeño Sonrisa-de-Luna! Su madre, Flor-de-Granada, no quiso confiarle a nodrizas, y le dió el pecho ella misma hasta que llegó el niño a la edad de cuatro años, a fin de que con su leche chupase todas las virtudes marinas. Y como se había alimentado tanto tiempo con la leche de su madre, oriunda del mar, el niño se puso más hermoso y más robusto cada día; y a medida que avanzaba en edad, aumentaba en fuerza y en encantos; y cuando de tal suerte llegó a los quince años, fué el joven más hermoso, el más fuerte, el más diestro en los ejercicios corporales, el más sabio y el más instruido entre los hijos de los reyes de su tiempo. Y en todo el inmenso imperio de su padre no se hablaba en las conversaciones de otra cosa que de sus méritos, de sus encantos y de sus perfecciones, ¡porque era verdaderamente hermoso!

Y no exageraba el poeta que decía de él:

El bozo adolescente ha trazado dos líneas en sus mejillas encantadoras, ¡dos líneas negras sobre color de rosa, ámbar gris sobre perlas o azabache sobre manzanas!
¡Bajo sus lánguidos párpados, se alojan dardos asesinos, y a cada una de sus miradas, parten y matan!
¡En cuanto a la embriaguez, no la busquéis en los vinos! ¡No os la proporcionarían al igual de sus mejillas enrojecidas por vuestros deseos y su pudor!
¡Oh bordados, maravillosos y negros bordados dibujados en sus mejillas resplandecientes, sois un rosario de granos de almizcle alumbrados por una lámpara que arde en las tinieblas!

Así es que el rey, que quería a su hijo con un cariño muy grande y veía en él tantas cualidades reales, sintiéndose ya él mismo envejecer y acercarse al término de su destino, pensó asegurarle en vida la sucesión al trono. A tal fin, convocó a sus visires y a los grandes de su imperio, que sabían cuán digno de sucederle era por todos conceptos el joven príncipe, y les hizo prestar juramento de obediencia a su nuevo rey; luego descendió del trono ante ellos, se quitó de su cabeza la corona y la puso con sus propias manos en la cabeza de su hijo Sonrisa-de-Luna; y le alzó de los brazos y le hizo subir y sentarse en el trono en lugar suyo; y para afirmar bien que en adelante le entregaba toda su autoridad y su poderío, besó la tierra entre sus manos y levantándose le besó la mano y la orla de su manto real, y bajó a colocarse debajo de él, a la derecha, mientras a la izquierda se mantenían los visires y los emires.

Al punto el nuevo rey Sonrisa-de-Luna se puso a juzgar, a resolver los asuntos pendientes, a nombrar para empleos a los que merecían algún favor, a destituir a los prevaricadores, a defender los derechos del débil contra el fuerte y los del pobre contra el rico, y a administrar justicia con tanta prudencia, equidad y discernimiento, que maravilló a su padre y a los antiguos visires de su padre y a todos los circunstantes. Y no levantó el diwán hasta mediodía.

Entonces, acompañado de su padre el rey, entró en el aposento de su madre la reina oriunda del mar; y llevaba en la cabeza la corona de oro de la realeza, y de aquel modo estaba verdaderamente como la luna. Y al verle tan hermoso con aquella corona, su madre corrió a él, llorando de emoción, y se arrojó a su cuello, abrazándole con ternura y efusión; luego le besó la mano y le deseó un reinado próspero, larga vida y victorias sobre los enemigos.

De tal suerte vivieron los tres en medio de la dicha y el amor de sus súbditos, durante el transcurso de un año, al cabo del cual el viejo rey Schahramán sintió un día que le latía el corazón precipitadamente y sólo tuvo el tiempo justo para besar a su esposa y a su hijo y hacerles sus últimas recomendaciones. Y murió con mucha tranquilidad, y se albergó en la misericordia de Alah (¡exaltado sea...!)

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 535ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 535ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y murió con mucha tranquilidad, y se albergó en la misericordia de Alah (¡exaltado sea!) Y fueron grandes el duelo y la aflicción de Flor-de-Granada y del rey Sonrisa-de-Luna, y lloraron al difunto un mes entero sin ver a nadie, y le erigieron una tumba digna de su memoria, dedicándole bienes de mano muerta a beneficio de los pobres, de las viudas y de los huérfanos.

Y en este intervalo presentaronse para tomar parte en la aflicción general la abuela del rey, la reina Langosta, y el tío del rey, el príncipe Saleh, y las tías del rey, oriundas del mar, que ya en vida del viejo rey, habían ido a visitar a sus parientes varias veces. Y lloraron mucho por no haber podido asistir a sus últimos momentos. E hicieron común su dolor; y se consolaban mutuamente por turno; y después de mucho tiempo, acabaron por conseguir que el rey olvidara un poco la muerte de su padre, y le decidieron a que reanudara sus sesiones del diwán y se ocupara de los asuntos de su reino. Y les escuchó él, y tras mucha resistencia, consintió en vestir de nuevo sus trajes reales, recamados de oro y constelados de pedrerías, y en ceñir la diadema. Y empuñó otra vez la autoridad e hizo justicia con la aprobación universal y el respeto de grandes y pequeños; y así se pasó otro año.

Pero una tarde, el príncipe Saleh, que desde hacía algún tiempo no había vuelto a ver a su hermana y a su sobrino, salió del mar y entró en la sala donde se hallaba en aquel momento la reina y Sonrisa-de-Luna. Y les hizo sus zalemas, y les besó; y Flor-de-Granada le dijo: "¡Oh hermano mío! ¿Cómo estás, y cómo está mi madre, y cómo están mis primas?" El príncipe contestó: "¡Oh hermana mía! ¡Están muy bien y viven en la tranquilidad y el contento, y no les falta más que ver tu rostro y el rostro de mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna!" Y se pusieron a charlar de unas cosas y de otras, comiendo avellanas y alfónsigos; y el príncipe Saleh empezó a hablar, con grandes alabanzas, de las cualidades de su sobrino Sonrisa-de-Luna, de su belleza, de sus encantos, de sus proporciones, de sus modales exquisitos, de su destreza en los torneos y de su sabiduría. Y el rey Sonrisa-de-Luna, que estaba allí acostado en el diván y con la cabeza apoyada en los almohadones; al oír lo que decían de él su madre y su tío, no quiso aparentar que les escuchaba, y fingió dormir. Y de aquella manera pudo oír cómodamente lo que seguían diciendo acerca de él.

En efecto, al ver dormido a su sobrino, el príncipe Saleh habló con más libertad a su hermana Flor-de-Granada, y le dijo: "¡Olvidas, hermana mía, que pronto va a cumplir tu hijo diez y siete años, y que ésa ya es edad de pensar en casar a los hijos! Por eso al verle tan hermoso y tan fuerte, como sé que a su edad se tienen necesidades que es preciso satisfacer de una manera o de otra, tengo miedo de que le sucedan cosas desagradables. ¡Es de todo punto necesario, pues, casarle, buscándole entre las hijas del mar una princesa que le iguale en encantos y en belleza!"

Y contestó Flor-de-Granada: "¡Ciertamente, es también ése mi íntimo deseo, porque no tengo más que un hijo, y ya es tiempo de que él tenga asimismo un heredero para el trono de sus padres! ¡Te ruego, pues, ¡oh hermano mío! que traigas a mi memoria las jóvenes de nuestro país, porque hace tanto tiempo que abandoné el mar, que ya no me acuerdo de las que son hermosas y de las que son feas!"

Entonces Saleh púsose a enumerar a su hermana las princesas más hermosas del mar, una tras otra, aquilatando cuidadosamente sus cualidades, y el pro y el contra, y las ventajas y desventajas. Y a cada vez contestaba la reina Flor-de-Granada: "¡Ah! ¡No, no quiero a ésta por su madre, ni a ésa por su padre, ni a aquélla por su tía, que tiene la lengua muy larga; ni a aquélla otra por su abuela, que huele mal; ni a la de más allá, por su ambición y sus ojos vacíos!"

Así, sucesivamente, fué rehusando a todas las princesas que Saleh le enumeraba.

Entonces le dijo Saleh: "¡Oh hermana mía, razón te asiste para contentarte difícilmente al escoger esposa a tu hijo, que no tiene igual en la tierra ni debajo del mar! ¡Pero ya te he enumerado todas las jóvenes disponibles, y no me queda por proponerte más que una!"

Luego se interrumpió, y dijo, dudando: "Antes conviene que me cerciore de que mi sobrino está bien dormido; porque no puedo hablarte de esa joven delante de él: ¡tengo mis motivos para tomar esta precaución...!

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 536ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 536ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... no puedo hablarte de esa joven delante de él: ¡tengo mis motivos para tomar esta precaución!"

Entonces Flor-de-Granada se acercó a su hijo, y le tentó, y le palpó, y le escuchó respirar; y como parecía él sumido en un sueño pesado, pues había comido un guiso de cebollas que le gustaba mucho y que le procuraba de ordinario una siesta muy profunda, la reina dijo a Saleh: "¡Duerme! ¡Puedes explicar lo que tengas que proponer!"

El príncipe dijo: "Has de saber ¡oh hermana mía! que si tomo esta precaución es porque tengo que hablarte ahora de una princesa del mar que es extremadamente difícil de obtener en matrimonio, no por ella, sino por su padre, el rey. Por eso no conviene que mi sobrino oiga hablar de ella mientras no estemos seguros de la cosa; porque ya sabes ¡oh hermana mía! que el amor se transmite por el oído con más frecuencia que por los ojos entre nosotros los musulmanes, cuyas mujeres e hijas llevan tapado el rostro con el velo púdico". Y dijo la reina: "¡Oh hermano mío, tienes razón! ¡Porque el amor al principio es un poco de miel que no tarda en transformarse en un vasto mar salado de perdición! ¡Pero, por favor, dime pronto el nombre de esa princesa y de su padre!" Saleh dijo: "Es la princesa Gema, hija del rey Salamandra el marino".

Al escuchar este nombre, exclamó Flor-de-Granada: "¡Ah! ¡Ya me acuerdo ahora de esa princesa Gema! Cuando yo habitaba todavía en el mar, era una niña de un año apenas, pero hermosa entre todas las niñas de su edad. ¡Qué maravillosa debe estar ahora!" Saleh contestó: "¡Maravillosa es, en verdad, y ni sobre la tierra ni en los reinos que hay debajo de las aguas, se ha visto una belleza semejante! ¡Oh! ¡Es deliciosa y gentil y dulce y sabrosa y encantadora, hermana mía! ¡Y tiene un color! ¡Y unos cabellos! ¡Y unos ojos! ¡Y un talle! ¡Y una grupa! ¡Ah! pesada, tierna y firme a la vez y floja, y redonda por todas partes sin excepción. ¡Cuando se balancea, da envidia a la rama del van! ¡Cuando se vuelve hacia ellos, se ocultan los antílopes y las gacelas! ¡Cuando se descubre, avergüenza al sol y a la luna! ¡Cuando se mueve, derriba! ¡Cuando se apoya, mata! ¡Y cuando se sienta, es la huella que deja tan profunda, que no desaparece ya! ¿Cómo no llamarla entonces Gema, si es tan brillante y tan perfecta?"

Y contestó Flor-de-Granada: "¡En verdad que su madre estuvo bien inspirada por Alah el Omnisciente al darle ese nombre! ¡He ahí la que verdaderamente conviene para esposa a mi hijo Sonrisa-de-Luna!"

¡Eso fué todo! ¡Y Sonrisa-de-Luna fingía dormir, pero se deleitaba en su alma, y se estremecía pensando en poseer pronto a aquella princesa marina tan fina y opulenta!

Pero Saleh añadió en seguida: "¡Sin embargo, ¡oh hermana mía! el padre de la princesa Gema, el rey Salamandra, es un hombre brutal, 'grosero, detestable! ¡Ya negó a su hija a varios príncipes que se la pedían en matrimonio, y les expulsó ignominiosamente después de molerles los huesos! ¡Así es que no estoy seguro de la acogida que nos haga ni de cómo va a parecerle nuestra petición! ¡Y heme aquí en el límite de la perplejidad a causa de eso!"

La reina contestó: "¡Muy delicado es el asunto! ¡Y necesitamos pensarlo mucho antes y no sacudir el árbol antes de que la fruta esté madura!"

Y Saleh dijo en conclusión: "¡Sí, reflexionemos, y ya veremos luego!"

Después, como en aquel momento Sonrisa-de-Luna hacía ademán de despertarse, cesaron de hablar, pensando reanudar más tarde la conversación en el punto en que la dejaban. ¡Y he aquí lo referente a ellos!

En cuanto a Sonrisa-de-Luna, se levantó acto seguido, como si no hubiera oído nada, y se desperezó tranquilamente; pero dentro de sí su corazón se abrasaba de amor y se arrugaba cual si estuviese en un brasero lleno de carbones ardiendo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 537ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 537ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... pero dentro de sí su corazón se abrasaba de amor y se arrugaba cual si estuviese en un brasero lleno de carbones ardiendo.

No obstante, se guardó mucho de decir a su madre y a su tío la menor palabra acerca del particular, y se retiró temprano y pasóse solo toda aquella noche, poseído por aquel tormento tan nuevo para él; y también a su vez reflexionó sobre el medio mejor para llegar más pronto al término de sus deseos. Y no hay para qué decir que estuvo sin cerrar los ojos un instante hasta por la mañana.

Así es que se levantó al alba y fué a despertar a su tío Saleh, que había pasado la noche en el palacio, y le dijo: "¡Oh tío mío, deseo pasearme esta mañana por la playa, pues tengo oprimido el pecho, y me lo dilatará el aire del mar!" Y contestó el príncipe Saleh: "¡Escuchar es obedecer!" Y saltó sobre ambos pies, y salió a la playa con su sobrino.

Caminaron juntos mucho tiempo, sin que Sonrisa-de-Luna dirigiese la palabra a su tío. Y estaba pálido, con lágrimas en el ángulo de los ojos. Y he aquí que de pronto se detuvo, y sentándose en una roca, improvisó estos versos y los cantó, mirando al mar:

Si me dijeran

En medio del incendio, mientras llamea mi corazón,

Si me dijeran:

"¿Prefieres verla O beber un sorbo de agua fresca y pura?

¿Qué responderías?"

"¡Verla y morir!"

¡Oh corazón que tan tierno te volviste!

¡Desde que se incrustó en ti la Gema de Salamandra!

Cuando el príncipe Saleh hubo oído estos versos cantados tristemente por su sobrino el rey, se golpeó las manos una contra otra en el límite de la desesperación, y exclamó: "¡La ilah ill'Alah! ¡ua Mahomed rassul Alah! ¡Y no hay majestad y poderío más que en Alah el Glorioso, el Magno! ¡Oh hijo mío! ¿Oíste la conversación que ayer sostuve con tu madre, respecto a la princesa Gema, hija del rey Salamandra el marino?

¡Oh qué calamidad para nosotros! ¡Porque yo veo ¡oh hijo mío! que ya se preocupan mucho de ella tu espíritu y tu corazón, aunque no se ha conseguido nada todavía y la cosa es difícil de arreglar!"

Sonrisa-de-Luna contestó: "¡Oh tío mío, necesito a la princesa Gema, y no a otra! ¡Sin ella, moriré!"

El príncipe dijo: "¡Entonces, ¡oh hijo mío! volvamos a ver a tu madre a fin de que la ponga yo al corriente de tu estado, y le pida permiso para llevarte conmigo al mar e ir al reino de Salamandra el marino a pedir para ti en matrimonio a la princesa Gema!"

Pero Sonrisa-de-Luna exclamó: "¡No, ¡oh tío mío! no quiero pedir a mi madre un permiso que sin duda ha de negarme! Porque temerá por mí, ante el rey Salamandra, que tiene malos modales; y también me dirá que mi reino no puede permanecer sin rey, y que los enemigos del trono se aprovecharán de mi ausencia para usurparme el puesto. ¡Conozco a mi madre, y de antemano sé lo que ha de decirme!"

Luego Sonrisa-de-Luna se echó a llorar copiosamente delante de su tío, y añadió: "¡Quiero ir contigo en seguida a ver al rey Salamandra, sin prevenir a mi madre! ¡Y volveremos muy pronto, antes de que tenga ella tiempo de advertir mi ausencia!"

Cuando el príncipe Saleh vió que su sobrino se obstinaba en aquella determinación, no quiso afligirle más, y dijo: "¡Pongo mi confianza en Alah, y venga lo que venga!" Luego se quitó del dedo una sortija en la cual había grabados algunos nombres entre los nombres, y se la puso en el dedo a su sobrino, diciéndole:

"¡Esta sortija te protegerá más aún contra los peligros submarinos y acabará por otorgarte nuestras virtudes marítimas!"

Y añadió en seguida: "¡Haz lo que yo!" Y saltó con ligereza en el aire, abandonando la roca. Y Sonrisa -de-Luna le imitó, golpeando el suelo con el pie, y abandonó la roca para elevarse por los aires con su tío. Y describieron una curva descendente en dirección al mar, en el cual se sumergieron ambos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 538ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 538ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y describieron una curva descendente en dirección al mar, en el cual se sumergieron ambos.

Y Saleh quiso enseñar primero a su sobrino su morada submarina, a fin de que la reina Langosta pudiese recibir en su casa al hijo de su hija y de que las primas de Flor-de-Granada tuviesen la alegría de ver de nuevo en su casa a su pariente. Y no fué mucho el tiempo que invirtieron en llegar; y el príncipe Saleh introdujo en seguida a Sonrisa-de-Luna en el aposento de la abuela. Precisamente entonces estaba la reina Langosta sentada en medio de sus parientes las jóvenes: y en cuanto vió entrar a Sonrisa-de-Luna, le reconoció y estornudó de gusto. Y Sonrisa-de-Luna acercóse a ella y le besó la mano, y besó la mano de sus parientes; y todas le besaron con emoción, lanzando agudos gritos de alegría; y la abuela le hizo sentarse al lado suyo y le besó entre los dos ojos, y le dijo: "¡Oh bendita llegada! ¡Oh día de leche! Tú iluminas la morada, ¡oh hijo mío! ¿Cómo está tu madre Flor-de-Granada?" El joven contestó: "¡Goza de excelente salud y de dicha perfecta, y me encarga que os transmita sus zalemas a ti y a las hijas de su tío!" ¡Eso fué lo que dijo! Pero no era verdad, puesto que partió sin despedirse de su madre. En tanto, mientras Sonrisa-de-Luna se alejaba con sus parientes, que le llevaron consigo para enseñarle todas las maravillas de su palacio, el príncipe Saleh se apresuró a poner a su madre al corriente del amor que le había entrado por la oreja a su sobrino y se había apoderado de su corazón, sólo con el relato de los encantos de la princesa Gema, hija del rey Salamandra. Y le contó la aventura, desde el principio hasta el fin, y añadió: "¡Y no ha venido aquí conmigo más que para pedírsela en matrimonio a su padre!"

Cuando la abuela del rey Sonrisa-de-Luna oyó estas palabras de Saleh, hubo de llegar al límite de la indignación contra su hijo, y le reprochó violentamente que no tomara bastantes precauciones para hablar de la princesa Gema en presencia de Sonrisa-de-Luna, y le dijo: "¡Ya sabes, sin embargo, qué hombre tan violento, tan lleno de arrogancia y de estupidez es el rey Salamandra, y con qué avaricia guarda a su hija, que ya se la ha rehusado a tantos príncipes jóvenes! ¡Y te atreves a ponernos en una situación humillante ante él, obligándonos a hacerle una petición que rechazará sin duda! ¡Y entonces, nosotros, que tan alto ponemos nuestro honor, nos veremos muy humillados y volveremos seguramente con el mayor de los desencantos!

¡En verdad, hijo mío, que en ninguna ocasión y de ninguna manera debiste pronunciar el nombre de esa princesa, sobre todo delante del hijo de tu hermana, aunque estuviese dormido por un narcótico!"

Saleh contestó: "¡Así es; pero la cosa ya está hecha, y el joven se halla tan enamorado de la joven, que moriría si no la poseyese, según me ha afirmado! Y después de todo, ¿qué tiene esto de extraordinario? ¡Sonrisa-de-Luna es tan hermoso, por lo menos, como la princesa Gema, y desciende de un ilustre linaje de reyes, y él mismo es rey de un poderoso imperio terrestre! ¡Porque no es el único rey ese estúpido Salamandra! Y además, ¿qué podría éste replicar a lo que yo no respondiese cumplidamente? ¡Me dirá que su hija es rica, y le diré que nuestro hijo es más rico! ¡Que su hija es hermosa; pero nuestro hijo es más hermoso! ¡Que su hija es de noble linaje; pera nuestro hijo es de un linaje todavía más noble! ¡Y así sucesivamente, ¡oh madre mía! hasta que le convenza de que todo es beneficioso para él si consiente en ese matrimonio! ¡Al fin y al cabo, yo, por mi indiscreción, soy el causante de esto, y justo es que me comprometa a llevarlo a buen término, aun a riesgo de que me muelan los huesos y me vea precisado a rendir el alma!"

Al ver que, efectivamente, ya no quedaba más que aquella solución, la vieja reina Langosta dijo suspirando: "¡Cuán preferible hubiese sido, hijo mío, no suscitar nunca una cuestión tan peligrosa! Sin embargo; puesto que así lo quiso el Destino, me resigno, aunque de mala gana, a permitirte marchar. ¡Pero deja conmigo a Sonrisa-de-Luna hasta tu regreso, pues no quiero que se exponga antes de que sepamos nada en concreto! Márchate, pues, sin él, ¡y sobre todo, mide tus palabras, no vaya a ser que una expresión impropia enfurezca a ese rey brutal y grosero que no tiene en cuenta nada y trata a todo el mundo con el mismo desprecio!" Y contestó Saleh: "¡Escucho y obedezco!"

Se levantó entonces y llevóse consigo dos sacos grandes llenos de valiosos regalos destinados al rey Salamandra; y cargó aquellos dos sacos a la espalda de dos esclavos, y con ellos emprendió la ruta marina que conducía al palacio del rey Salamandra...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 539ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 539ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y con ellos emprendió la ruta marina que conducía al palacio del rey Salamandra.

Al llegar al palacio, el príncipe Saleh pidió permiso para entrar a hablar al rey; y se lo concedieron. Y entró en la sala donde se hallaba el rey marino Salamandra, sentado en un trono de esmeraldas y jacintos. Y Saleh formuló ante él sus deseos de paz con las maneras más escogidas, y depositó a sus pies los dos sacos grandes, llenos de magníficos regalos, que llevaban a la espalda los esclavos. Y al ver aquello, el rey correspondió a los deseos de paz de Saleh, le invitó a sentarse, y le dijo:

"¡Bien venido seas, príncipe Saleh! ¡Hace ya mucho tiempo que no te veo, lo cual me entristecía bastante! ¡Pero date prisa ya a pedirme lo que te haya impulsado a venir a verme; porque cuando se hace un regalo, siempre es con la esperanza de obtener en cambio una cosa equivalente! ¡Habla, pues, y veré si puedo hacer algo por ti!"

Entonces Saleh se inclinó profundamente ante el rey por segunda vez, y dijo: "¡Sí, estoy comisionado para una cosa que no quiero obtener más que de Alah y del rey magnánimo, del valiente león, del hombre generoso que ha extendido la fama de su gloria, de su magnificencia, de su liberalidad, de su esplendidez, de su clemencia y de su bondad, a lo largo de las tierras y los mares, haciendo que hablen de ella por la tarde con admiración las caravanas debajo de las tiendas de campaña!"

Al oír este discurso, el rey Salamandra, muy preocupado, frunció las cejas, y dijo: "¡Presenta tu demanda, ¡oh Saleh! pues entrará en un oído sensible y en un espíritu bien dispuesto! Si puedo satisfacerte, lo haré inmediatamente; pero si no puedo, no será por mala voluntad. ¡Porque Alah, oh Saleh! no pide a un alma lo que rebasa de su capacidad."

Entonces Saleh se inclinó ante el rey más profundamente todavía que las dos veces anteriores, y dijo: "¡Oh rey del tiempo, en verdad que lo que tengo que pedirte puedes concedérmelo, pues depende de tu poder y de tu única autoridad! ¡Y claro es que no me hubiera aventurado a venir a pedírtelo si de antemano no tuviese la certeza de que cabía en las posibilidades! Porque ha dicho el sabio: "¡Si quieres que se te atienda, no pidas lo imposible!" ¡Y yo ¡oh rey! (¡Alah te conserve para dicha nuestra!) no soy un demente ni un importuno! ¡Helo aquí, pues! ¡Sabe ¡oh rey lleno de gloria! que vengo a ti solamente como intermediario! ¡Y lo hago hoy rey magnánimo! ¡Oh generoso! ¡Oh el más grande! para pedirte la perla única, la joya inestimable, el tesoro sellado, tu hija la princesa Gema, en matrimonio para mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna, hijo del rey Schahramán y de mi hermana la reina Flor-de-Granada, y señor de la Ciudad-Blanca y de los reinos terrestres que se extienden desde las fronteras de Persia hasta los límites extremos del Khorassán.

Cuando el rey Salamandra el marino hubo oído este discurso de Saleh, echóse a reír de tal manera, que se cayó de trasero, ¡y en el suelo siguió convulsionándose y estremeciéndose a la vez que agitaba las piernas en el aire! Tras de lo cual se levantó, y mirando a Saleh en silencio, le gritó de pronto: "¡Hola! ¡Hola!" Y de nuevo se echó a reír convulso, y con tanta fuerza y durante tanto tiempo, que acabó por soltar un cuesco retumbante.

Y así fué como se calmó, y dijo a Saleh: "¡En verdad, oh Saleh! que te creí siempre un hombre sensato y equilibrado, pero al presente veo cuánto me engañaba. Dime qué fué de tu buen sentido y de tu razón para que te atrevieras a hacerme una petición tan loca".

Pero Saleh contestó, sin inmutarse ni perder la serenidad: "¡No lo sé! ¡Sin embargo, lo cierto es que mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna es por lo menos tan hermoso y tan rico y de tan noble linaje como tu hija la princesa Gema! Y si la princesa Gema no nació para semejante matrimonio, ¿quieres decirme para qué nació entonces? Porque, ¿no ha dicho el sabio: « ¡A la joven sólo le queda el matrimonio o la tumba!?» ¡Por eso no se conocen solteronas entre nosotros los musulmanes! ¡Date prisa, pues, ¡oh rey! a aprovecharte de esta ocasión para salvar de la tumba a tu hija!"

Al oír estas palabras, el rey Salamandra llegó al límite del furor, e irguiéndose sobre ambos pies, con las cejas contraídas y los ojos inyectados en sangre, gritó a Saleh: "¡Oh perro de los hombres! ¿Acaso pueden tus semejantes pronunciar en público el nombre de mi hija? ¿Quién eres tú, pues, más que un perro hijo de perro? ¿Y quién es tu hermana? ¡Perros, hijos de perros todos!" Luego encaróse con sus guardias, y les gritó: "¡Ah de vosotros! ¡Apoderaos de ese alcahuete y moledle los huesos!"

Al punto se precipitaron sobre Saleh los guardias y quisieron cogerle y derribarle; pero rápido como el relámpago, se les escapó él de las manos y salió para ponerse en fuga. Pero con extremada sorpresa vió que fuera había mil jinetes montados en caballos marinos, y cubiertos con corazas de acero y armados de pies a cabeza, y todos eran parientes suyos y gentes de su casa. ¡Y acababan de llegar en aquel mismo instante, enviados por su madre la reina Langosta, quien, presintiendo el mal recibimiento que pudiera hacerle el rey Salamandra, pensó en mandar a aquellos mil hombres para que le defendiesen de cualquier peligro!

Entonces Saleh les contó en pocas palabras lo que acababa de pasar, y les gritó: "Y ahora, ¡sus, a ese rey estúpido y loco!"

A la sazón se apearon de sus caballos los mil guerreros, desenvainaron sus espadas y se precipitaron en masa, detrás del príncipe Saleh, en la sala del trono...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 550ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 550ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... yo mismo habría ido a buscarte, pues pensé mucho en ti esta noche!" Luego me encaré con mi esclavo, y le dije: "¡Ve por agua caliente y esencias!" Y cuando el esclavo ejecutó mi orden, yo mismo me puse a lavar los pies a mi amiga, y le vertí encima un frasco de esencia de rosas. Tras lo cual la vestí con un hermoso traje de muselina de seda verde, y la hice sentarse al lado mío frente a la bandeja con frutas y bebidas. Y cuando hubo bebido conmigo varias veces en la copa, quise cantar un aire nuevo que había compuesto por complacerla, aunque de ordinario no consiento en cantar más que a fuerza de ruegos y súplicas.

Pero me dijo ella que su alma no tenía ganas de oírme. Y le dije: "¡Entonces, ¡oh dueña mía! dígnate cantarnos algo tú!" Ella contestó: "¡No insistas! ¡Porque mi alma no tiene ganas de eso!" Yo dije: "¡Sin embargo, ¡oh ojos míos! la alegría no puede ser completa sin el canto y la música! ¿No es así?"

Ella me dijo: "¡Tienes razón! Pero, no sé por qué esta noche sólo tengo ganas de oír cantar a algún hombre del pueblo o a algún mendigo de la calle. ¿Quieres, pues, ir a ver si pasa por tu puerta alguno que pueda satisfacerme?" Y por no desairarla, y aunque estaba convencido de que en una noche semejante no pasaría nadie por la calle, fuí a entreabrir la puerta de mi casa y saqué la cabeza por la abertura. Y con gran sorpresa mía, vi apoyado en su báculo un mendigo viejo que desde la muralla de enfrente decía, hablando consigo mismo: "¡Qué estrépito produce esta tempestad! ¡El viento se lleva mi voz, e impide que me oiga la gente! ¡Qué desgracia la del pobre ciego! ¡Si canta, no le escuchan! ¡Y si no canta, se muere de hambre!" Y habiendo dicho estas palabras, el viejo ciego empezó a tantear el suelo con su báculo, arrimado al muro, para proseguir su camino.

Entonces le dije, asombrado y encantado a la vez por aquel encuentro fortuito: "¡Oh tío mío! ¿es que sabes cantar?" El contestó: "Tengo fama de saber cantar". Y le dije: "En ese caso, ¡oh jeique! ¿quieres acabar tu noche con nosotros y regocijarnos con tu compañía?"

El me contestó: "¡Si lo deseas, cógeme de la mano, porque soy ciego de ambos ojos!" Y le cogí de la mano, y después de introducirle en la casa cerrando la puerta cuidadosamente, dije a mi amiga: "¡Oh dueña mía, te traigo un cantor que además está ciego! Podrá complacernos sin ver lo que hacemos. Y no tendrás que estar incómoda ni que velarte el rostro". Ella me dijo: "¡Date prisa a hacerle entrar!" Y le hice entrar.

Empecé primero por invitarle a sentarse delante de nosotros, y le convidé a comer algo. Y comió muy delicadamente con la punta de los dedos. Y cuando hubo acabado y se hubo lavado las manos, le presenté las bebidas, y bebióse tres copas llenas, y entonces me preguntó: "¿Puedes decirme en casa de quién me encuentro?" Yo contesté: "¡En casa de Ishak, hijo de Ibrahim de Mossul!" Pero mi nombre no le asombró con exceso; y se limitó a contestarme: "¡Ah si, ya he oído hablar de ti! Y me alegro de encontrarme en tu casa". Yo le dije: "¡Oh mi señor, estoy verdaderamente contento de recibirte en mi casa!"

El me dijo: "¡Entonces ¡oh Ishak! si quieres, déjame oír tu voz, que dicen que es muy hermosa! ¡Porque el huésped debe comenzar por complacer él primero a sus invitados!" Y contesté: "¡Escucho y obedezco!" Y como aquello empezaba a divertirme mucho, cogí mi laúd y lo pulsé, cantando todo lo mejor que pude. Y cuando hube acabado el final, matizándolo en extremo, y se dispersaron los últimos sones, el viejo mendigo tuvo una sonrisa irónica, y me dijo: "¡En verdad, ¡ya Ishak! que te falta poco para ser un músico perfecto y un cantor consumado!"

Pero al oír esta alabanza, que más bien era una censura, me sentí muy empequeñecido a mis propios ojos, y tiré a un lado mi laúd, con disgusto y desaliento. Sin embargo, como no quería ser desconsiderado con mi huésped, no juzgué oportuno responderle, y no dije ya nada. Entonces me dijo él: "¿No canta ni toca nadie? Es que no hay aquí ningún otro?"

Yo dije: "Hay también una esclava joven".

El dijo: "¡Ordénala que cante para que yo la oiga!" Yo dije: "¿Por qué ha de cantar, si ya te basta con lo que oíste?"

El dijo: "¡Que cante, a pesar de todo!"

Entonces, aunque de muy mala gana, mi amiga la joven cogió el laúd, y después de preludiar diestramente, cantó como mejor supo. Pero el viejo mendigo la interrumpió de pronto, y dijo: "¡Todavía tienes mucho que aprender!" Y mi amiga tiró el laúd lejos de sí furiosa, y quiso levantarse. Y sólo a duras penas conseguí retenerla, echándome a sus pies. Luego me encaré con el mendigo ciego, y le dije: "¡Por Alah, oh huésped mío! ¡nuestra alma no puede dar más que lo suyo! Sin embargo, lo hicimos como mejor sabemos por satisfacerte. ¡Exhibe tú a tu vez, por cortesía, lo que poseas!" Sonrió él con una boca que llegaba de una oreja a otra, y me dijo:

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 541ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 541ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... advirtió que se trataba de una belleza humana, y que la tal pertenecía a una joven cual la luna. "¡Por Alah! ¡Voy a subir en seguida a alcanzarla y a preguntarle su nombre! ¡Porque se parece de un modo asombroso al retrato admirable que de la princesa Gema me hizo mi tío Saleh! ¿Y quién sabe si no será ella misma? ¡Quizá emprendiera la fuga desde el palacio de su padre en cuanto comenzó el combate!" Y en extremo emocionado, saltó sobre sus pies, y erguido bajo el árbol, alzó los ojos hacia la joven, y le dijo:

"¡Oh cima suprema de todo deseo! ¿Quién eres y por qué motivo te encuentras en esta isla y en la copa de este árbol?" Entonces inclinose un poco la princesa hacia el hermoso joven y le sonrió, y dijo con una voz cantarina como el agua: "¡Oh joven encantador! ¡Oh hermosísimo! ¡Yo soy la princesa Gema, hija del rey Salamandra el marino! ¡Y estoy aquí porque he huido de mi patria, y de las moradas de mi patria, y de mi padre y de mi familia, para escapar a la triste suerte de los vencidos! Porque a esta hora el príncipe Saleh ha debido reducir a la esclavitud a mi padre después de exterminar a todos sus guardias. ¡Y debe estar buscándome por todo el palacio!

¡Ay! ¡Ay! ¡Qué duro será el lejano destierro de los míos!

¡Qué desgraciada suerte la de mi padre, el rey! ¡Ay! ¡Ay!" Y de sus hermosos ojos cayeron gruesas lágrimas sobre el rostro de Sonrisa-de-Luna, que alzó los brazos con un ademán de emoción y sorpresa, y acabó por exclamar: "¡Oh princesa Gema, alma de mi alma! ¡Oh ensueño de mis noches sin sueño! ¡Baja de este árbol, por favor, pues soy el rey Sonrisa-de-Luna, hijo de Flor-de-Granada, la reina oriunda del mar, como tú! ¡Oh! ¡Baja, porque soy el que asesinaron tus ojos, el esclavo cautivo de tu belleza!"

Y exclamó, entusiasmada la joven: "¡Ya Alah! ¡Oh mi señor! ¿Conque eres tú el hermoso Sonrisa-de-Luna, sobrino de Saleh e hijo de la reina Flor-de-Granada?"

El joven dijo: "¡Claro que sí! ¡Pero te ruego que bajes!" Ella dijo: "¡Oh, qué poco acertado estuvo mi padre al rehusar para su hija un esposo como tú! ¿Qué más podía desear? ¡Oh querido mío! no te enfades por la negativa irreflexiva de mi padre, pues te amo yo. ¡Y si tú me amas un poco, yo te amo una inmensidad! ¡Desde que te vi, el amor que por mí sientes se albergó en mi hígado, y me he convertido en víctima de tu hermosura!"

Y después de pronunciar estas palabras, se deslizó a lo largo del árbol hasta caer en brazos de Sonrisa-de-Luna, que la apretó contra su pecho en el límite del júbilo y la devoró a besos dados por todas partes, mientras ella le devolvía cada caricia y cada movimiento. Y con aquel contacto delicioso, sintió Sonrisa-de-Luna que cantaban todos los pájaros de su alma, y exclamó: "¡Oh soberana de mi corazón! ¡Oh princesa Gema tan deseada, por quien también abandoné, en verdad, mi reino, mi madre y el palacio de mis padres! ¡Mi tío Saleh apenas me detalló la cuarta parte de tus encantos, siendo insospechables para mí las otras tres cuartas partes! Y no pesó en presencia mía más que un quilate de los veinticuatro quilates de tu belleza, ¡oh toda de oro!"

Habiendo dicho estas palabras, siguió cubriéndola de besos y acariciándola de mil maneras. Luego, abrasándose de deseos por deleitarse al fin con aquella grupa de bendiciones, deslizó su mano hacia las borlas del cordón. Y cual si quisiera ayudarle en esta operación, se levantó la joven, alejóse algunos pasos, y de repente extendió la mano rectamente en dirección a él, y escupiéndole en el rostro seco, le gritó:

"¡Oh terrestre, abandona la forma humana, y conviértete en un pajarraco blanco con el pico y las patas rojos!" ¡Y al punto Sonrisa-de-Luna, en el límite de la estupefacción, quedó transformado en un pájaro de plumas blancas, de alas pesadas e incapaces de volar, y con pico y patas rojos!

¡Y se puso a mirar a la joven con lágrimas en los ojos!

Entonces la princesa Gema llamó a su servidora Mirta, y le dijo "¡Coge a este pájaro, que es el sobrino del mayor enemigo de mi padre, de ese Saleh el alcahuete que combatió a mi padre, y llévale a la Isla Seca, que no está lejos de aquí, a fin de que se muera de sed y de hambre. . .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 542ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 542ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Coge a este pájaro, y llévale a la Isla Seca, a fin de que se muera de sed y de hambre!"

¡Eso fué todo!

Porque la princesa Gema se había mostrado tan graciosa con Sonrisa-de-Luna sólo para acercarse a él sin inconvenientes y poder de tal modo metamorfosearle en pájaro destinado a morir de inanición, vengando así a su padre y a los guardias de su padre.

¡Y he aquí lo referente a ella!

¡Volvamos ahora con el pájaro blanco! Cuando la servidora Mirta, por obedecer a su ama Gema, le cogió a pesar de los aleteos desesperados y de los gritos roncos que el animal lanzaba, sintió lástima de él y no tuvo valor para transportarle a la Isla Seca, donde le esperaba una muerte tan cruel, y dijo para su ánima sensible: "¡Mejor será que le lleve a un paraje donde no pueda morir de manera tan cruel y donde aguarde su destino! ¡Porque quién sabe si mi ama no se arrepentirá pronto de su primer impulso, una vez calmada su cólera y me regañará por haberla obedecido con demasiada diligencia!" En vista de eso, transportó al cautivo a una isla verdeante, cubierta de toda clase de árboles frutales y regada por frescos arroyos, y le abandonó allí para volver al lado de su ama.

Pero dejemos por el momento en la isla verde al pájaro, y en la otra isla a la princesa Gema, y veamos lo qué fué del príncipe Saleh, vencedor de Salamandra.

Una vez que hizo encadenar al rey Salamandra, le encerró en uno de los aposentos del palacio, y se hizo proclamar rey en su lugar. Luego se apresuró a buscar por todas partes a la princesa Gema; pero claro es que no la encontró. Y cuando vió que eran inútiles todas sus pesquisas, regresó a su antigua residencia para poner a su madre la reina Langosta al corriente de lo que acababa de pasar.

Después le preguntó: "¡Oh madre mía! ¿Dónde está mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna?" Ella contestó: "¡No sé! Debe estar paseando con sus parientes. ¡Pero voy a enviar ya a buscarle!" Y cuando decía estas palabras, entraron los parientes sin que estuviese él entre ellos. Y enviaron a buscarle por todas partes; pero claro es que en ninguna parte le encontraron. Entonces fué extremado el dolor del rey Saleh, de la abuela y de las parientes; y se lamentaron y lloraron mucho. Más tarde Saleh, con el pecho oprimido, se vió obligado a mandar que previnieran de la cosa a su hermana, la reina Flor-de-Granada la marina, madre de Sonrisa-de-Luna.

Flor-de-Granada, en el límite de la desesperación, se apresuró a sumergirse en el mar y a correr al palacio de su madre Langosta. Y tras los primeros abrazos y llantos, preguntó: "¿Dónde está mi hijo el rey Sonrisa-de-Luna?" Y después de largos preámbulos y de silencios pletóricos de lágrimas, la vieja madre contó a su hija toda la historia, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad de repetirla. Luego añadió: "¡Y por más pesquisas que hizo tu hermano Saleh, el cual ha sido proclamado rey en lugar de Salamandra, no pudo dar todavía con las huellas de nuestro hijo Sonrisa-de-Luna, ni tampoco con las de la princesa Gema, hija de Salamandra!"

Cuando Flor-de-Granada hubo oído estas palabras, el mundo se ennegreció ante ella, y la desolación entró en su corazón, y los sollozos de la desesperación la sacudieron toda. Y durante largo tiempo no se oyeron en el palacio submarino más que los gritos de duelo de las mujeres, e hipos de dolor.

Pero pronto hubo que pensar en remediar un estado de cosas tan anormal y desolador. Así es que la abuela fue la primera que secó sus lágrimas, y dijo: "¡Hija mía, no te entristezcas con exceso el alma por esta aventura, pues no hay razón para que tu hermano no encuentre por fin a tu hijo Sonrisa-de-Luna! En cuanto a ti, si quieres verdaderamente a tu hijo y velas por sus intereses, lo mejor que puedes hacer es volver a tu reino para dirigir los asuntos y mantener secreta para todos la desaparición de tu hijo. ¡Y Alah proveerá!"

Flor-de-Granada contestó: "Tienes razón, madre mía. ¡Emprenderé el regreso! ¡Pero por favor te ruego que no ceses de pensar en mi hijo, y que no desmaye nadie en las pesquisas! ¡Porque si le sucediera algún mal, moriría sin remisión, yo, que sólo veo la vida a través de él y sólo cuando le veo disfruto de alegría!" Y contestó la reina Langosta: "¡Claro, hija mía, que lo haré de todo corazón afectuoso! ¡No tengas, pues, ningún temor por eso, y tranquiliza completamente tu espíritu!"

Entonces Flor-de-Granada se despidió de su madre, de su hermano y de sus primas, y con el pecho muy oprimido y el alma muy triste, regresó a su reino y a su ciudad ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 543ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 543ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... regresó a su reino y a su ciudad.

¡Pero volvamos ahora a la isla verdeante donde la joven Mirta, la de alma sensible, depositó a Sonrisa-de-Luna, transformado por la princesa Gema en pájaro blanco con pico y patas rojos!

Cuando el pájaro Sonrisa-de-Luna se vió abandonado por la caritativa Mirta, se echó a llorar copiosamente; luego, como tenía hambre y sed, se puso a comer frutas y a beber agua corriente, pensando siempre en su mala suerte y asombrándose de verse convertido en pájaro. Y por más que intentó servirse de sus alas para volar, no pudieron sostenerle en el aire, porque era muy grande y muy pesado. Y acabó por resignarse a su destino, pensando: "Al fin y al cabo, ¿qué lograría con abandonar esta isla, si no sé adónde dirigirme ni nadie podrá reconocer bajo mi apariencia de pájaro al rey que hay dentro de mí?"

Y continuó viviendo tristemente en la isla; y por la noche se encaramaba a un árbol para dormir. Y he aquí que un día en que se paseaba desolado con sus patas y cabizbajo de tantas preocupaciones como tenía, le divisó un pajarero que iba a tender sus redes de caza en la isla. Y encantado por el aspecto magnífico de aquel pájaro tan grande que no tenía par y cuyo pico y patas rojos resaltaban de manera tan bonita en la blancura del plumaje, se regocijó mucho por poder poseer semejante pájaro de una especie desconocida en absoluto para él.

Tomó, pues, todas sus precauciones, y con diestra lentitud se acercó por detrás del animal y de pronto le echó la red encima y le capturó. Y entusiasmado con aquel hermoso ejemplar de caza, volvióse a la ciudad de donde había ido, llevando al hombro y delicadamente cogido por las patas al pajarraco.

Al llegar a la ciudad, se dijo el pajarero: "¡Por Alah! que en mi vida he visto un pájaro parecido a éste, ni en mis cacerías por tierra ni por mar! Así es que me guardaré bien de vendérselo a un comprador vulgar que no se dé cuenta del precio ni del valor; que probablemente le mataría y se lo comería con su familia; pero voy a llevárselo como regalo al rey de la ciudad, que se maravillará de su hermosura y me recompensará espléndidamente". Y fué a palacio y se lo llevó al rey, el cual quedó en extremo encantado al verlo, y sobre todo admiró el hermoso color rojo del pico y de las patas. Y lo aceptó y dió diez mil dinares de oro al pajarero, que besó la tierra y se fué.

Entonces el rey mandó construir una jaula grande con enrejado de oro, y encerró en ella al hermoso pájaro. Y le puso delante granos de maíz y de trigo; pero el pájaro no arrimó a ellos el pico. Y el rey se dijo, asombrado: "¡No los come! ¡Voy a darle otra cosa!" Y le sacó de la jaula y le puso delante pechuga de pollo, lonchas de carne y frutas. Y al punto el pájaro empezó a comer con notoria satisfacción, lanzando pequeños arrullos y pavoneando sus plumas blancas. Y al ver aquello, el rey vaciló de alegría, y dijo a un esclavo: "¡Corre en seguida a prevenir a tu ama, la reina, de que he comprado un pájaro prodigioso que es un milagro entre los milagros del tiempo, a fin de que venga a admirarle conmigo, y a ver la manera maravillosa que tiene de comer todos estos manjares, con los que, por lo general, no se alimentan los pájaros!" Y el esclavo se apresuró a ir a llamar a la reina, que no tardó en presentarse.

Pero cuando hubo divisado al pájaro, la reina se cubrió inmediatamente el rostro con un velo, y retrocedió hacia la puerta y quiso salir indignada. Y corrió tras ella el rey, y le preguntó reteniéndola por el velo: "¿Por qué te cubres el rostro, si no estamos aquí más que yo, tu esposo, los eunucos y las servidoras?" Ella contestó: "¡Oh rey! has de saber que ese pájaro no es un pájaro, sino un hombre como tú! Y no es otro que el rey Sonrisa-de-Luna, hijo de Schahramán y de Flor-de-Granada la marina. ¡Y le ha metamorfoseado así la princesa Gema; hija de Salamandra el marino, vengando con ello a su padre, que fué vencido por Saleh, tío de Sonrisa-de-Luna!"

Al oír estas palabras, el rey se asombró hasta el límite del asombro, y hubo de exclamar: "¡Alah confunda a la princesa Gema y le corte la mano! ¡Pero, ¡por Alah sobre ti! ¡Oh hija de mi tío! dame más detalles acerca de la cosa!" Y la reina, que era la maga más insigne de su tiempo, le contó toda la historia sin omitir detalle. Y prodigiosamente maravillado, el rey se encaró con el pájaro, y le preguntó: "¿Es verdad todo eso?" Y el pájaro ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 544ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 544ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... se encaró con el pájaro, y le preguntó: "¿Es verdad todo eso?" Y el pájaro bajó la cabeza en señal de asentimiento, y agitó las alas. Entonces dijo el rey a su esposa: "Alah te bendiga, ¡oh hija del tío! ¡Pero, por mi vida ante tus ojos, date prisa a librarle de ese encanto, no le dejes en semejante tormento!"

Entonces la reina, cubriéndose por completo el rostro, dijo al pájaro: "¡Oh Sonrisa-de-Luna, entra en este armario grande!" Y el pájaro obedeció y entró en un armario grande, disimulado en la pared, que la reina acababa de abrir; y detrás de él entró ella llevando en la mano una taza de agua, sobre la cual pronunció palabras desconocidas; y empezó a hervir el agua en la taza. Entonces cogió ella algunas gotas, echándoselas al rostro al pájaro, y diciendo: "¡Por la virtud de los Nombres Mágicos y de las Palabras Poderosas, y por la majestad de Alah el Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, Resucitador de los Muertos, Fijador de términos y Distribuidor de destinos, te ordeno que abandones esa forma de pájaro, y recobres la que recibiste del Creador!"

Y al punto tembló él con un temblor y le sacudió una sacudida, y recobró su prístina forma. Y el rey, maravillado, vió que era un joven que no tenía igual sobre la faz de la tierra. Y exclamó: "¡Por Alah, que merece el nombre de Sonrisa-de-Luna!"

Y he aquí que, en cuanto Sonrisa-de-Luna se vió vuelto a su estado primitivo, exclamó: "¡La ilah ill' Alah! ¡ua Mohamed rassul Alah!" Luego se acercó al rey, le besó la mano y le deseó larga vida. Y el rey le besó en la cabeza, y le dijo: "¡Sonrisa-de-Luna, te ruego que me cuentes toda tu historia desde que naciste hasta hoy!" Y Sonrisa-de-Luna contó toda su historia, sin omitir un detalle, al rey, que maravillóse de ella en extremo.

Entonces el rey, en el último límite de la satisfacción, dijo al otro rey joven que se había librado del encanto: "¿Qué quieres que haga ahora por ti, ¡oh Sonrisa-de-Luna!? ¡Háblame con toda confianza!" El joven contestó: "¡Oh rey del tiempo, desearía volver a mi reino! Porque ya hace muchos días que estoy ausente de él, y me temo que mis enemigos se aprovechen de mi alejamiento para usurparme el trono. ¡Y además, mi madre debe estar muy angustiada por mi desaparición! ¡Y quién sabe si la duda la habrá dejado sobrevivir a su dolor y a sus preocupaciones!" Y conmovido el rey por su belleza y conquistado por su juventud y su piedad, contestó: "¡Escucho y obedezco!", e hizo preparar inmediatamente un navío con sus provisiones, sus aparejos, sus marineros y su capitán, en cuya nave se embarcó Sonrisa-de-Luna, después de los deseos propios del adiós y de dar gracias, confiando en su destino.

¡Pero desde lo invisible, este destino le reservaba otras aventuras todavía!

Efectivamente, cinco días después de la partida, se alzó una tempestad furiosa que desamparó y rompió el navío contra una costa abrupta, y sólo Sonrisa-de-Luna, a causa de su impermeabilidad, pudo salvarse a nado y ganar tierra firme.

Y vió a lo lejos brotar una ciudad cual una paloma muy blanca, que dominaba el mar desde la cima de una montaña, y de pronto vió bajar de aquella montaña y acercarse a él a galope furioso con una rapidez de huracán, caballos, mulos y asnos innumerables como los granos de arena. Y se detuvo en torno suyo aquella tropa galopante y encabritada. Y todos los asnos, con los caballos y los mulos, se pusieron a hacerle con la cabeza señas evidentes que significaban: "¡Vuélvete por donde has venido!" Pero como él se obstinaba en permanecer allí, los caballos empezaron a relinchar y los mulos empezaron a resoplar y los asnos empezaron a rebuznar; pero eran los suyos relinchos, resoplidos y rebuznos de dolor y de desesperación. Y algunos hasta se pusieron a llorar resollando de un modo que no dejaba lugar a dudas. Y empujaban con el hocico delicadamente a Sonrisa-de-Luna, que no quería retornar al agua. Luego, como en vez de volver sobre sus pasos se adelantaba el joven hacia la ciudad, los cuadrúpedos se pusieron en marcha, unos delante de él y otros detrás de él, formándole una especie de cortejo fúnebre que resultaba más impresionante porque Sonrisa-de-Luna creía percibir en los gritos que daban como una vaga salmodia en lengua árabe y que se parecía a la que recitan ante los muertos los lectores del Korán...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 545ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 545ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Sonrisa-de-Luna creía percibir en los gritos que daban como una vaga salmodia en lengua árabe y que se parecía a la que recitan ante los muertos los lectores del Korán. Y sin saber ya si estaba dormido o despierto ni si todo aquello era sólo una ilusión engañosa del estado en que se hallaba, Sonrisa-de-Luna empezó a caminar como en sueños, y llegó de tal suerte a la puerta de la ciudad encaramada en la cima de la colina. Y vió sentado a la entrada de una droguería un jeique de barba blanca, al cual se apresuró a desear la paz. Y el jeique, por su parte, al verle tan hermoso, quedó en extremo encantado, y se levantó, le devolvió la zalema e hizo señas a los cuadrúpedos para que se alejaran. Y se alejaron, volviendo la cabeza de vez en cuando, como para indicar la intensidad de sus penas; luego se dispersaron por todos lados y desaparecieron.

Entonces, interrogado por el viejo jeique, Sonrisa-de-Luna contó su historia en pocas palabras, y dijo al jeique después: "¡Oh venerable tío mío! ¿puedes a tu vez decirme qué ciudad es esta ciudad y quiénes son esos extraños cuadrúpedos que me acompañaban lamentándose?" El jeique contestó: "¡Hijo mío, entra antes en mi tienda y siéntate! Porque debes estar necesitado de alimento. ¡Y después te diré lo que pueda decirte!" Y le hizo entrar y sentarse en un diván al extremo de la tienda, y le llevó de comer y de beber. Y cuando se hubo refrigerado y refrescado, le besó entre los ojos, y le dijo: "¡Da gracias ¡oh hijo mío! a Alah, que te hizo encontrarte conmigo antes de que te viera la reina de aquí! ¡Si no te dije nada hasta ahora fué porque temía turbarte e impedirte así que comieras con gusto! ¡Pues has de saber que esta ciudad se llama la Ciudad de los Encantamientos y que la que aquí reina se llama la reina Almanakh!

¡Es una maga formidable, una verdadera cheitana! ¡Y he aquí que el deseo la abrasa sin cesar! Y cada vez que encuentra a un extranjero joven, fuerte y hermoso que desembarca en esta isla, le seduce y se hace cabalgar y copular muchas veces por él durante cuarenta días y cuarenta noches. Pero, como al cabo de ese tiempo le ha agotado completamente, le metamorfosea en animal. Y como, bajo esta nueva forma de animal, recupera él fuerzas nuevas y potentes virtudes, se metamorfosea ella misma a su antojo, cada vez en el animal que le conviene, yegua o burra, y se hace copular así por el asno o el caballo una cantidad innumerables de veces. Tras de lo cual recobra su forma humana para tener nuevos amantes y nuevas víctimas entre los jóvenes hermosos que encuentra. ¡Y a veces, en las noches de sus deseos extremados, ocurre que se hace cabalgar sucesivamente, hasta que llega la mañana, por todos los cuadrúpedos de la isla! ¡Y así pasa su vida!

"¡Pero como te quiero con un cariño grande, hijo mío, no me gustaría verte caer en manos de esa encantadora insaciable, que no vive más que para lo que acabo de decirte! Y como sin duda eres el más hermoso de todos los jóvenes que han desembarcado en esta isla, ¿quién sabe lo que sucedería si te advirtiese la reina Almanakh?

"Respecto a los asnos, los mulos y los caballos que al divisarte bajaron de la montaña a tu encuentro, son precisamente, los jóvenes que ha metamorfoseado Almanakh. Y como te veían tan joven y tan hermoso, tuvieron piedad de ti y con sus signos de cabeza quisieron decidirte de antemano a que volvieras al mar. Luego, como veían que te obstinabas en quedarte a pesar de sus objeciones, te acompañaron hasta aquí salmodiando en su lenguaje las fórmulas fúnebres, como si acompañaran a un hombre muerto para la vida humana.

"Pero la vida con esta joven reina Almanakh, la encantadora, no sería nada desagradable, ¡oh hijo mío! si no abusase ella del que la suerte le trae como amante.

"Por lo que a mí atañe, me teme y me respeta, porque sabe que soy más versado que ella en el arte de la hechicería y de los encantamientos. ¡Pero como soy un creyente en Alah y en su Profeta (¡con él la plegaria y la paz!), yo, hijo mío, no me sirvo de la magia para hacer el mal! ¡Pues el mal acaba siempre por volverse contra el malhechor!"

Y he aquí que, apenas el viejo jeique había dicho estas palabras, avanzó por su lado un magnífico cortejo de mil jóvenes como lunas, vestidas de púrpura y de oro, que fueron a ponerse en dos filas a lo largo de la tienda para dejar paso a una joven más bella que todas, montada en un caballo árabe resplandeciente de pedrerías. Y era la propia reina Almanakh, la maga. Y se paró delante de la tienda, echó pie a tierra, ayudada por las dos esclavas que tenían la brida, y entró en casa del viejo jeique, a quien saludó con mucha cortesía. Luego se sentó en el diván y miró a Sonrisa-de-Luna con ojos entornados...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 546ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 546ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Luego se sentó en el diván y miró a Sonrisa-de-Luna con los ojos entornados. ¡Y qué mirada! Larga, perforadora, ardorosa y relampagueante! Y Sonrisa-de-Luna se sintió como atravesado por una azagaya o abrasado por un carbón ardiendo. Y la joven reina se encaró con el jeique, y le dijo: "¡Oh jeique Abderrahmán! ¿de dónde has sacado semejante joven?" El jeique contestó: "Es hijo de mi hermano. Acaba de llegar de viaje a casa." Ella dijo: "Es muy hermoso, ¡oh jeique! ¿Querrías prestármele solamente por una noche? ¡Sólo hablaré con él, y nada más, y te lo devolveré intacto mañana por la mañana!" El jeique dijo: "¿Me juras que jamás tratarás de hechizarle?" Ella contestó: "¡Lo juro ante el señor de los magos y ante ti, venerable tío!"

E hizo dar como regalo al jeique mil dinares de oro para mostrarle su gratitud, y mandó que montaran a Sonrisa-de-Luna en un maravilloso caballo cubierto de pedrerías, y le llevó con ella al palacio. Y aparecía en medio del cortejo cual la luna en medio de estrellas.

Y he aquí que Sonrisa-de-Luna, que se resignaba a dejar obrar el Destino en adelante, no decía una palabra y se dejaba conducir sin exteriorizar sus sentimientos en manera alguna.

Y la maga Almanakh, que sentía arder sus entrañas por aquel joven mucho más de lo que nunca habían ardido por sus pasados amantes, se apresuró a conducirle a una sala que tenía las paredes de oro y el ambiente refrescado por un salto de agua que brotaba de una pila de turquesa. Y fué a echarse con él en un lecho amplio de marfil, donde empezó a acariciarle de una manera tan extraordinaria, que se puso él a cantar y a bailar entre todos los pájaros. ¡Y no tenía ella nada de brutal, sino al contrario! ¡Era verdaderamente tan delicada!... ¡Tanto, que fueron incalculables los asaltos que el gallo prodigó a la infatigable gallina!

Y se dijo él: "¡Por Alah, que es infinitamente experta! ¡Y no me atropella! ¡Se toma su tiempo, y yo lo mismo! ¡Así es que, como creo imposible que la princesa Gema sea tan maravillosa como esta encantadora, quiero permanecer aquí toda mi vida, y no pensar más en la hija de Salamandra, ni en mis parientes, ni en mi reino!"

Y el hecho fué que permaneció allí cuarenta días y cuarenta noches, pasando todo su tiempo con la joven maga, entre festines, bailes, cantos, caricias, movimientos, asaltos, copulaciones y otras cosas análogas, en el límite del placer y del júbilo.

Y de cuando en cuando, Almanakh le preguntaba en broma: "¡Oh ojos míos! ¿te encuentras conmigo mejor que con tu tío en la tienda?" Y contestaba él: "¡Por Alah! ¡oh mi señora, mi tío es un pobre vendedor de drogas, pero tú eres la propia triaca!"

Y he aquí que, estando en la cuadragésima noche, la maga Almanakh, tras un número infinito de asaltos con Sonrisa-de-Luna, parecía más agitada que de costumbre, y se echó a dormir. Pero hacia la medianoche, Sonrisa-de-Luna, que fingía dormir, la vió levantarse del lecho con el rostro encendido. Y se puso ella en medio de la sala y cogió de una bandeja de cobre un puñado de granos de cebada, que arrojó al agua de la pila. Y al cabo de unos instantes germinaron los granos de cebada, y salieron del agua sus tallos, y maduraron y se doraron sus espigas. Entonces la maga recogió los granos nuevos, los machacó en un mortero de mármol, los mezcló con ciertos polvos que fue sacando de diferentes cajas, e hizo con ello una pasta redonda como una torta. Luego puso el pastel preparado de aquella manera en la lumbre de una estufilla, y lo coció lentamente. Entonces lo retiró del fuego, lo envolvió en una servilleta y fué a ocultarlo en un armario, tras de lo cual volvió a acostarse en el lecho al lado de Sonrisa-de-Luna, y se durmió.

Pero por la mañana, Sonrisa-de-Luna, que desde que entró en el palacio de la maga se había olvidado del viejo jeique Abderrahmán, se acordó de él a tiempo, y pensó en la necesidad de ir en su busca, para ponerle al corriente de lo que había visto hacer a Almanakh durante la noche. Y fué a la tienda del jeique, que se alegró mucho de verle, le besó con efusión, le hizo sentarse, y le dijo: "¡Creo, hijo mío, que no habrás tenido queja de la maga Almanakh, por muy infiel que sea!"

El joven contestó: "¡Por Alah, mi buen tío! me ha tratado todo este tiempo con mucha delicadeza y no me ha atropellado lo más mínimo. ¡Pero esta noche la sentí levantarse, y al verla con el rostro encendido, fingí que dormía, y la he visto hacer cosas que me inducen a temerlo todo de ella! Por eso, ¡oh venerable tío mío! vengo a consultarte".

Y le contó la operación nocturna que hubo de efectuar la maga .. .

En ese momento de su narración. Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 547ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 547ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y le contó la operación nocturna que hubo de efectuar la maga.

Al oír estas palabras, el jeique Abderrahmán sintió gran cólera, y exclamó: "¡Ah maldita! ¡maldita, pérfida, perjura, que no quiere cumplir su juramento! ¡Nada, por lo visto, la corregirá de su magia funesta!" Luego añadió: "¡Ya es hora de que termine yo con sus maleficios!" Y fué a un armario, sacó de él una torta en un todo semejante a la confeccionada por la maga, la envolvió en un pañuelo y se la entregó a Sonrisa-de-Luna, diciéndole: "Merced a esta torta que te doy, recaerá sobre ella el mal que quiera hacerte. Porque al cabo de cuarenta días de estar con sus amantes, les da a comer tortas confeccionadas por ella, que les transforman en esos animales de cuatro patas que llenan la isla. ¡Pero tú, hijo mío, guárdate bien de tocar la torta que te presente! ¡Intenta, por el contrario, hacerle tragar a ella un pedazo de la que yo te doy! Luego le harás exactamente lo que ella haya intentado hacer contigo para sus hechicerías, pronunciando sobre ella las mismas palabras que ella haya pronunciado sobre ti. ¡Y de ese modo la convertirás en el animal que te plazca! Y te montarás encima y vendrás a verme. Y entonces sabré yo lo que tengo que hacer". Y después de dar gracias al jeique por el afecto y el interés que le mostraba, Sonrisa-de-Luna le dejó y regresó al palacio de la maga.

Y encontró a Almanakh esperándole en el jardín, sentada ante un mantel puesto y en medio del cual estaba la torta preparada a medianoche. Y al quejársele ella por su ausencia, dijo él: "¡Oh dueña mía! como hacía tiempo que no veía a mi tío, he ido a visitarle; y me ha recibido efusivamente y me ha dado de comer; y entre otras cosas excelentes, me ha dado pasteles tan deliciosos, que no he podido por menos de traerte uno para que lo pruebes".

Y sacó el pequeño envoltorio, desenvolvió el pastel, y la dió a comer un pedazo. Y para no desairarle, Almanakh partió el pastel y cogió un pedazo, tragándoselo. Luego ofreció a su vez del suyo a Sonrisa-de-Luna, quien para no desairarla, cogió un pedazo, pero lo dejó caer por la abertura de su traje, fingiendo que se lo tragaba.

Como creía que realmente habíase tragado el pedazo de pastel, la maga al punto levantóse con viveza, cogió de una pila cercana un poco de agua en el hueco de la mano y le roció con ella, gritándole: "¡Oh joven debilitado, conviértete en asno potente!"

Pero cuál no sería el asombro de la maga al ver que el joven, lejos de transformarse en asno, se levantaba a su vez y se aproximaba con viveza a la pila, de donde tomó un poco de agua para rociarla con ella, gritándole: "¡Oh pérfida, abandona tu forma humana y conviértete en burra!"

Y en el mismo momento, antes de que tuviese tiempo para volver de su sorpresa, la maga Almanakh quedó convertida en burra. Y Sonrisa-de-Luna montó en ella y se apresuró a ir en busca del jeique Abderrahmán, al cual contó lo que acababa de pasar. Luego le entregó la burra, que se mostraba reacia a ello.

Entonces el jeique puso al pescuezo de la burra Almanakh una cadena doble que sujetó a una anilla de la muralla. Luego dijo a Sonrisa-de-Luna: "Ahora, hijo mío, voy a dedicarme a poner en orden los asuntos de nuestra ciudad, y voy a comenzar por romper el encanto que tiene convertidos a tantos jóvenes en animales de cuatro patas. ¡Pero antes, aunque me cueste mucho trabajo separarme de ti, quiero hacerte regresar a tu reino para que cesen las inquietudes de tu madre y de tus súbditos! ¡Y a tal fin voy a facilitarte el camino más corto!"

Y diciendo estas palabras, el jeique se metió dos dedos entre los labios y lanzó un silbido prolongado y penetrante, y al punto apareció ante él un gran genni de cuatro alas, que se irguió sobre la punta de los pies, y le preguntó por qué motivo le había llamado. Y le dijo el jeique: "¡Oh genni Relámpago! ¡vas a echarte a hombros al rey Sonrisa-de-Luna, que es este que aquí ves, y le transportarás inmediatamente a su palacio de la Ciudad-Blanca!"

Y el genni Relámpago se dobló bajando la cabeza; y después de besar la mano a su libertador el jeique y de haberle dado las gracias, Sonrisa-de-Luna se subió a los hombros de Relámpago, y dejando colgar sus piernas sobre el pecho del genni, se le montó a horcajadas en el cuello. Y el genni se elevó por los aires y voló con la rapidez de la paloma mensajera, haciendo con sus alas un ruido como el de un molino de viento...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 548ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 548ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... haciendo con sus alas un ruido como el de un molino de viento. Y viajó infatigablemente durante un día y una noche, y de aquel modo recorrió un trayecto de seis meses de camino. Y llegó encima de la Ciudad-Blanca, y dejó a Sonrisa-de-Luna en la misma terraza de su palacio. Luego desapareció.

Y Sonrisa-de-Luna, con el corazón derretido al sentir el soplo de la brisa de su patria, se apresuró a bajar al aposento que, desde que desapareció él, habitaba su madre Flor-de-Granada llorando en silencio y llevando en su alma el duelo secretamente para no traicionarse y tentar con ello a los usurpadores. Y levantó la cortina de la sala, en la cual, precisamente, estaba de visita con la reina la vieja abuela Langosta, el rey Saleh y las parientes. Y entró, deseando la paz a la concurrencia, y corrió a arrojarse en brazos de su madre, que al verle cayó desmayada de alegría y de sorpresa. Pero no tardó en recobrar el sentido, y apretando contra su pecho a su hijo, lloró largo tiempo, sacudida por los sollozos, en tanto que sus parientes le besaban los pies y la abuela le tenía cogido de una mano y su tío Saleh de la otra mano. Y así permanecieron con la alegría del regreso, sin poder pronunciar una palabra.

Pero cuando por fin pudieron expansionarse, se contaron mutuamente sus diversas aventuras y bendijeron juntos a Alah el Bienhechor, que así había permitido la salvación y la reunión de todos.

Tras de lo cual, Sonrisa-de-Luna se encaró con su madre y su abuela, y les dijo: "¡Ya no tengo que hacer más que casarme! ¡Y persisto en querer casarme sólo con la princesa Gema, hija de Salamandra! ¡Porque es, en verdad, una verdadera gema como indica su nombre!"

Y contestó la vieja abuela: "Ahora es sencilla la cosa, porque seguimos teniendo prisionero, en su palacio, al padre". Y al punto mandó a buscar a Salamandra, al cual hicieron entrar los esclavos encadenado de manos y pies.

Pero Sonrisa-de-Luna ordenó que le desencadenaran; y en el mismo momento se ejecutó la orden.

Entonces Sonrisa-de-Luna acercóse a Salamandra, y después de excusarse por haber sido toda la causa de los males que le sobrevinieron, le cogió la mano, besándosela con respeto, y dijo: "¡Oh rey Salamandra! ya no es un intermediario quien te pide que le hagas el honor de tu alianza, sino yo mismo, Sonrisa-de-Luna, rey de la Ciudad-Blanca y del mayor imperio terrestre, quien te besa las manos y te pide en matrimonio a tu hija Gema. Y si no quieres concedérmela, moriré. ¡Y si aceptas, no solamente volverás a ser rey de tu reino, sino que yo mismo seré tu esclavo!"

Al oír estas palabras, Salamandra besó a Sonrisa-de-Luna, y le dijo: "En verdad ¡oh Sonrisa-de-Luna! que ninguno se merece a mi hija mejor que tú. ¡Además, como está ella sometida a mi autoridad, aceptará de buen grado! De modo que mandaré a buscarla en la isla donde está refugiada desde que se me ha desposeído del trono". Y diciendo estas palabras, hizo llegar del mar a un emisario, al cual encargó que fuera inmediatamente en busca de la princesa a la isla y la trajera sin tardanza. Y desapareció el emisario y no tardó en volver con la princesa Gema y su servidora Mirta.

Entonces el rey Salamandra empezó por besar a su hija, luego se la presentó a la vieja reina Langosta y a la reina Flor-de-Granada, y le dijo, mostrándole con el dedo a Sonrisa-de-Luna, que estaba absorto de admiración: "¡Sabe ¡oh hija mía! que te he prometido a este joven rey magnánimo, a este valiente león de Sonrisa-de-Luna, hijo de la reina Flor-de-Granada la marina, pues sin duda es el más hermoso de los hombres de su tiempo, y el más encantador, y el más poderoso, y el más alto de rango y de nobleza entre todos! ¡De modo que me parece hecho para ti y tú hecha para él...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 549ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 549ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... De modo que me parece hecho para ti, y tú hecha para él!"

Al oír estas palabras de su padre, la princesa Gema bajó los ojos modestamente, y contestó: "¡Tus opiniones ¡oh padre mío! son mi norma de conducta, y tu afecto vigilante es la sombra en que me cobijo! ¡Y puesto que tal es tu deseo, en adelante estará en mis ojos la imagen del que escogiste para mí, en mi boca su nombre, y en mi corazón su morada!"

Cuando las parientes de Sonrisa-de-Luna y las demás damas presentes hubieron oído estas palabras, atronaron el palacio con sus gritos de alegría y sus lu-lúes penetrantes. Después el rey Saleh y Flor-de-Granada mandaron llamar al kadí y a los testigos para extender el contrato de matrimonio del rey Sonrisa-de-Luna y la princesa Gema. Y se celebraron las nupcias con gran pompa y con tal fasto, que durante la ceremonia cambiaron nueve veces de ropa a la recién casada. Por lo demás, saldrían pelos a la lengua antes de poder hablar de ello como es debido.

Así, pues, ¡gloria a Alah, que une entre sí las cosas bellas, y no retrasa la alegría más que para otorgar la dicha!

Cuando Schehrazada hubo acabado de contar esta historia, se calló. Entonces exclamó la pequeña Doniazada: "¡Oh hermana mía! ¡qué dulces y amables y sabrosas son tus palabras! ¡Y cuán admirable es esa historia!"

Y el rey Schahriar dijo: "¡Verdaderamente, ¡oh Schehrazada! me enseñaste muchas cosas que ignoraba yo! Porque hasta ahora no supe bien lo que sucede debajo de las aguas. ¡Y me han satisfecho plenamente la historia de Abdalah del Mar y la de Flor-de-Granada! Pero, ¡oh Schehrazada! ¿no sabes alguna historia del todo diabólica?"

Y Schehrazada sonrió, y contestó: "¡Precisamente, ¡oh rey! sé una que voy a contarte en seguida!"


LA VELADA DE INVIERNO DE ISHAK DE MOSSUL[editar]

Y dijo Schehrazada:

El músico Ishak de Mossul, cantor favorito de Al-Raschid, nos narra la anécdota siguiente.


Dice:

Una noche de invierno estaba yo sentado en mi casa, y mientras afuera aullaban los vientos como leones y las nubes se vaciaban como las bocas abiertas de odres llenos de agua, me calentaba yo las manos en mi brasero de cobre, y estaba triste por no poder salir ni esperar la visita de un amigo que me hiciese compañía, a causa del barro de los caminos, de la lluvia y de la oscuridad. Y como cada vez se me oprimía más el pecho, dije a mi esclavo: "¡Dame algo de comer para pasar el tiempo!" Y en tanto que el esclavo se disponía a servirme, no podía yo menos de pensar en los encantos de una joven a la que había conocido en palacio poco antes; y no sabía por qué me obsesionaba hasta aquel punto su recuerdo, ni por qué motivo se detenía mi pensamiento sobre su rostro con preferencia al de cualquiera de las numerosas que encantaron mis noches pasadas. Y de tal modo me entorpecía su deleitoso recuerdo que acabé por perder la noción de la presencia del esclavo, el cual después de poner delante de mí el mantel sobre la alfombra, permanecía de pie, con los brazos cruzados, sin esperar más que una seña de mis ojos para traer las bandejas. Y poseído por mis deseos, exclamé en alta voz: "¡Ah! ¡si estuviera aquí la joven Sayeda, cuya voz es tan dulce, no me pondría yo tan melancólico!"

Aunque mis pensamientos eran silenciosos por lo general, recuerdo ahora que aquellas palabras las pronuncié en voz alta. Y fué extremada mi sorpresa al escuchar entonces el sonido de mi voz, mientras mi esclavo abría desmesuradamente los ojos.

Pero apenas hube manifestado mi deseo, se oyó en la puerta un golpe, como si estuviese allí alguien que no pudiera esperar más, y suspiró una voz joven: "¿Puede el bienamado franquear la puerta de su amiga?"

Entonces pensé para mi ánima: "¡Sin duda es alguien que, con la oscuridad, se ha equivocado de casa! ¿O había dado su fruto el árbol estéril de mi deseo?" Me apresuré entretanto a saltar sobre mis pies, y corrí a abrir la puerta yo mismo; y en el umbral vi a la tan deseada Sayeda; ¡pero de qué modo singular y con qué extraño aspecto! Estaba vestida con un traje corto de seda verde, y llevaba a la cabeza una tela de oro que no había podido resguardarla de la lluvia y del agua escurrida por las goteras de las terrazas. Además, debía haberse metido en el barro durante todo el camino, como lo atestiguaban claramente sus piernas. Y al verla en tal estado, exclamé: "¡Oh dueña mía! ¿por qué saliste en una noche como ésta?"

Ella me dijo con su amable voz: "¿Acaso podía no inclinarme ante el deseo que ahora mismo me transmitió tu mensajero? ¡Me manifestó la vivacidad de tu deseo con respecto a mí, y a pesar de este tiempo tan malo, aquí me tienes!"

Pero yo, aunque no me acordaba de haber dado una orden semejante, y por más que la hubiese dado, mi único esclavo no habría podido ejecutarla mientras estaba conmigo, no quise mostrar a mi amiga la extrañeza que todo aquello producía en mi espíritu; y le dije: "¡Loores a Alah, que permite nuestra reunión ¡oh dueña mía! y que torna en miel la amargura del deseo!

¡Que tu venida perfume la casa y dé reposo al corazón del dueño de la casa! ¡En verdad que, si no hubieses venido, yo mismo habría ido a buscarte, pues pensé mucho en ti esta noche...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 550ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 550ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... yo mismo habría ido a buscarte, pues pensé mucho en ti esta noche!" Luego me encaré con mi esclavo, y le dije: "¡Ve por agua caliente y esencias!" Y cuando el esclavo ejecutó mi orden, yo mismo me puse a lavar los pies a mi amiga, y le vertí encima un frasco de esencia de rosas. Tras lo cual la vestí con un hermoso traje de muselina de seda verde, y la hice sentarse al lado mío frente a la bandeja con frutas y bebidas. Y cuando hubo bebido conmigo varias veces en la copa, quise cantar un aire nuevo que había compuesto por complacerla, aunque de ordinario no consiento en cantar más que a fuerza de ruegos y súplicas.

Pero me dijo ella que su alma no tenía ganas de oírme. Y le dije: "¡Entonces, ¡oh dueña mía! dígnate cantarnos algo tú!" Ella contestó: "¡No insistas! ¡Porque mi alma no tiene ganas de eso!" Yo dije: "¡Sin embargo, ¡oh ojos míos! la alegría no puede ser completa sin el canto y la música! ¿No es así?"

Ella me dijo: "¡Tienes razón! Pero, no sé por qué esta noche sólo tengo ganas de oír cantar a algún hombre del pueblo o a algún mendigo de la calle. ¿Quieres, pues, ir a ver si pasa por tu puerta alguno que pueda satisfacerme?" Y por no desairarla, y aunque estaba convencido de que en una noche semejante no pasaría nadie por la calle, fuí a entreabrir la puerta de mi casa y saqué la cabeza por la abertura. Y con gran sorpresa mía, vi apoyado en su báculo un mendigo viejo que desde la muralla de enfrente decía, hablando consigo mismo: "¡Qué estrépito produce esta tempestad! ¡El viento se lleva mi voz, e impide que me oiga la gente! ¡Qué desgracia la del pobre ciego! ¡Si canta, no le escuchan! ¡Y si no canta, se muere de hambre!" Y habiendo dicho estas palabras, el viejo ciego empezó a tantear el suelo con su báculo, arrimado al muro, para proseguir su camino.

Entonces le dije, asombrado y encantado a la vez por aquel encuentro fortuito: "¡Oh tío mío! ¿es que sabes cantar?" El contestó: "Tengo fama de saber cantar". Y le dije: "En ese caso, ¡oh jeique! ¿quieres acabar tu noche con nosotros y regocijarnos con tu compañía?"

El me contestó: "¡Si lo deseas, cógeme de la mano, porque soy ciego de ambos ojos!" Y le cogí de la mano, y después de introducirle en la casa cerrando la puerta cuidadosamente, dije a mi amiga: "¡Oh dueña mía, te traigo un cantor que además está ciego! Podrá complacernos sin ver lo que hacemos. Y no tendrás que estar incómoda ni que velarte el rostro". Ella me dijo: "¡Date prisa a hacerle entrar!" Y le hice entrar.

Empecé primero por invitarle a sentarse delante de nosotros, y le convidé a comer algo. Y comió muy delicadamente con la punta de los dedos. Y cuando hubo acabado y se hubo lavado las manos, le presenté las bebidas, y bebióse tres copas llenas, y entonces me preguntó: "¿Puedes decirme en casa de quién me encuentro?" Yo contesté: "¡En casa de Ishak, hijo de Ibrahim de Mossul!" Pero mi nombre no le asombró con exceso; y se limitó a contestarme: "¡Ah si, ya he oído hablar de ti! Y me alegro de encontrarme en tu casa". Yo le dije: "¡Oh mi señor, estoy verdaderamente contento de recibirte en mi casa!"

El me dijo: "¡Entonces ¡oh Ishak! si quieres, déjame oír tu voz, que dicen que es muy hermosa! ¡Porque el huésped debe comenzar por complacer él primero a sus invitados!" Y contesté: "¡Escucho y obedezco!" Y como aquello empezaba a divertirme mucho, cogí mi laúd y lo pulsé, cantando todo lo mejor que pude. Y cuando hube acabado el final, matizándolo en extremo, y se dispersaron los últimos sones, el viejo mendigo tuvo una sonrisa irónica, y me dijo: "¡En verdad, ¡ya Ishak! que te falta poco para ser un músico perfecto y un cantor consumado!"

Pero al oír esta alabanza, que más bien era una censura, me sentí muy empequeñecido a mis propios ojos, y tiré a un lado mi laúd, con disgusto y desaliento. Sin embargo, como no quería ser desconsiderado con mi huésped, no juzgué oportuno responderle, y no dije ya nada. Entonces me dijo él: "¿No canta ni toca nadie? Es que no hay aquí ningún otro?"

Yo dije: "Hay también una esclava joven".

El dijo: "¡Ordénala que cante para que yo la oiga!" Yo dije: "¿Por qué ha de cantar, si ya te basta con lo que oíste?"

El dijo: "¡Que cante, a pesar de todo!"

Entonces, aunque de muy mala gana, mi amiga la joven cogió el laúd, y después de preludiar diestramente, cantó como mejor supo. Pero el viejo mendigo la interrumpió de pronto, y dijo: "¡Todavía tienes mucho que aprender!" Y mi amiga tiró el laúd lejos de sí furiosa, y quiso levantarse. Y sólo a duras penas conseguí retenerla, echándome a sus pies. Luego me encaré con el mendigo ciego, y le dije: "¡Por Alah, oh huésped mío! ¡nuestra alma no puede dar más que lo suyo! Sin embargo, lo hicimos como mejor sabemos por satisfacerte. ¡Exhibe tú a tu vez, por cortesía, lo que poseas!" Sonrió él con una boca que llegaba de una oreja a otra, y me dijo:

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 551ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 551ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Sonrió él con una boca que le llegaba de una oreja a otra, y me dijo: "¡Entonces empieza por traerme un laúd que no haya tocado ninguna mano todavía!" Y abrí una caja, y llevé un laúd completamente nuevo que le puse entre las manos. Y cogió él entre sus dedos la pluma de pato tallada, y rozó ligeramente con ella las cuerdas armoniosas. Y desde los primeros sones, advertí que aquel mendigo ciego era indudablemente el mejor músico de nuestro tiempo. ¡Pero cuál no sería mi emoción y mi admiración cuando le oí ejecutar una pieza de un modo que era desconocido en absoluto para mí, aunque no se me consideraba como ignorante en el arte! Después, con una voz a ninguna otra parecida, cantó estas coplas:

¡Atravesando la sombra espesa, el bienamado sale de su casa y viene a buscarme en medio de la noche!

Y antes de desearme la paz, le oigo llamar y decirme: "¿Puede el bienamado franquear la puerta de su amigo?"

Cuando escuchamos este canto del viejo ciego, yo y mi amiga nos miramos en el límite de la estupefacción. Luego ella se puso roja de cólera y me dijo de manera que yo solo oyese: "¡Oh pérfido! ¿no te da vergüenza haberme traicionado contando a ese viejo mendigo mi visita en los cortos instantes que tardaste en abrir la puerta? ¡En verdad, ¡oh Ishak! que no creí tuviese tu pecho una resistencia tan débil, que no pudiera contener un secreto durante una hora!

¡El oprobio para los hombres que se te asemejan!"

Pero yo le juré mil veces que no había por mi parte ninguna indiscreción, y le dije: "¡Por la tumba de mi padre Ibrahim, te juro que no he dicho nada de semejante cosa a ese viejo ciego!"

Y mi amiga se avino a creerme, y acabó dejándose acariciar y besar por mí, sin temor de que la viese el ciego. Y tan pronto la besaba yo en las mejillas y en los labios, como le hacía cosquillas o le pellizcaba los senos o le mordía en las partes delicadas; y se reía ella extremadamente. Luego me encaré con el viejo tío, y le dije: "¿Quieres cantarnos algo más, ¡oh mi señor!?"

El dijo: "¿Por qué no?" Y cogió de nuevo el laúd y dijo, acompañándose:

¡Ah! ¡con frecuencia recorro embriagado los encantos de mi bienamada, y acaricio con mi mano su hermosa piel desnuda!

¡Tan pronto oprimo las granadas de su pecho de marfil joven, como muerdo a flor de labios las manzanas de sus mejillas! ¡Y vuelvo a comenzar!

Entonces yo, al oír ese canto, no dudé ya de la superchería del falso ciego, y rogué a mi amiga que se tapase el rostro con su velo. Y el mendigo me dijo de pronto: "¡Tengo muchas ganas de orinar! ¿Dónde podré hacerlo?"

Entonces me levanté y salí un momento para ir a buscar una vela con que alumbrarle, y volví para conducirle. Pero cuando entré, no encontré a nadie ya: ¡el ciego había desaparecido con la joven! Y cuando me repuse de mi estupefacción, les busqué por toda la casa, pero no les encontré. Sin embargo, las puertas y las cerraduras de las puertas estaban cerradas por dentro, así es que no supe si se habían marchado saliendo por el techo o por el suelo entreabierto y vuelto a cerrar! Pero después me convencí de que era el propio Eblis quien me había servido de alcahuete antes, y me había arrebatado luego a aquella joven, que no era más que una falsa apariencia y una ilusión.

Luego se calló Schehrazada, tras de contar esta anécdota. Y exclamó el rey Schahriar, en extremo impresionado: "¡Alah confunda al Maligno!" Y al ver que fruncía él las cejas, Schehrazada quiso calmarle, y contó la historia siguiente:


EL FELAH DE EGIPTO Y SUS HIJOS BLANCOS[editar]

He aquí lo que en los libros de las crónicas relata el emir Mohammed, gobernador de El Cairo.

Dice:

Cuando viajaba yo por el Alto Egipto, me alojé una noche en casa de un felah, que era el jeique-al-balad del lugar. Y era un hombre de edad, moreno, de un color extremadamente moreno, con la barba cana. Pero noté que tenía hijos pequeños que eran blancos, de un color muy blanco matizado de rosa en las mejillas, con cabellos rubios y ojos azules. Luego, cuando tras de hacernos una buena acogida y un recibimiento cariñoso, fué él a conversar en nuestra compañía, le dije en son de pregunta: "Oye, amigo, ¿a qué obedece el que, teniendo tú la tez tan morena, tus hijos la tengan tan clara y posean una piel tan blanca y rosa, y ojos y cabellos tan claros?" Y el felah, atrayendo a sí a sus hijos, cuyos finos cabellos se puso a acariciar, me dijo: "¡Oh mi señor! la madre de mis hijos es una hija de los francos, y la compré como prisionera de guerra en tiempos de Saladino el Victorioso, después de la batalla de Hattin, que nos libró para siempre de los cristianos extranjeros usurpadores del reino de Jerusalén. ¡Pero ya hace mucho tiempo de eso, porque fué en los días de mi juventud!"

Y yo le dije: "¡Entonces ¡oh jeique! te rogamos que nos favorezcas con esa historia!" Y dijo el felah: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a los huéspedes! ¡Porque es muy extraña mi aventura con mi esposa, la hija de los francos!"

Y nos contó:

"Debéis saber que tengo oficio de cultivador de lino; mi padre y mi abuelo sembraban lino antes que yo, y por mi abolengo y por mi origen, soy un felah entre los felahs de este país. Y he aquí que un año acaeció que por la bendición, mi lino sembrado, crecido, limpio y perfecto, alcanzó el valor de quinientos dinares de oro. Y como lo ofrecí en el mercado sin hallar provecho, me dijeron los mercaderes: "¡Vé a llevar tu lino al castillo de Acre, en Siria, donde le venderás con mucho beneficio!" Y yo, que les escuché, cogí mi lino y me fui a la ciudad de Acre, que en aquel tiempo estaba entre las manos de los francos. Y efectivamente, empecé con una buena venta, cediendo a corredores la mitad de mi lino, con crédito de seis meses, y me guardé la otra mitad, y me quedé en la ciudad para venderlo al por menor con beneficios inmensos.

Pero un día, mientras estaba yo vendiendo mi lino, fué a mi casa a comprar una joven franca, que llevaba el rostro descubierto y la cabeza sin velos, según costumbre de los francos. Y se erguía ante mí; bella, blanca y linda; y podía yo admirar a mi antojo sus encantos y su frescura

¡Y cuanto más la miraba al rostro, más me invadía la razón el amor! Y tardé mucho en venderle el lino...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 552ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 552ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y tardé mucho en venderle el lino. Por último, lo envolví y se lo cedí en muy poco. Y se marchó ella, seguida por mis miradas.

Algunos días más tarde, volvió a comprarme lino, y se lo vendí en menos todavía que la primera vez, sin dejarla regatear. Y comprendió que yo estaba enamorado de ella y se marchó; pero fué para volver poco tiempo después, acompañada de una vieja que estuvo presente durante la venta, y que volvió luego con ella cuantas veces la joven tenía necesidad de hacer una compra.

Yo entonces, como el amor se había apoderado por completo de mi corazón, llamé aparte a la vieja, y le dije: "¿Podrías proporcionarme un goce con ella, mediante un regalo para ti?" La vieja me contestó: "Podría procurarte un encuentro para que gozaras; pero ha de ser con la condición de que la cosa permanezca secreta entre nosotros tres: yo, tú y ella; y además, tendrás que gastarte algún dinero".

Contesté: "¡Oh caritativa tía! si mi alma y mi vida debieran ser el precio de sus favores, mi alma y mi vida le daría. ¡Y en cuanto al dinero, poco importa lo que sea!" Y me puse de acuerdo con ella para darle, como comisión, la suma de cincuenta dinares; y se los conté en el momento. Y ultimado de tal suerte el trato, la vieja me dejó para ir a hablar a la joven; y volvió enseguida con una respuesta favorable. Luego me dijo: "¡Oh mi amo! esta joven no dispone de un sitio para semejantes encuentros, porque aun está virgen su persona, y no sabe nada de tales cosas. ¡Es preciso, pues, que la recibas en tu casa, adonde irá a buscarte y se quedará hasta mañana!" Y yo acepté con fervor, y me fui a la casa para preparar lo necesario en cuanto a manjares bebidas y repostería. Y me puse a esperar.

Y pronto vi llegar a la joven franca, y le abrí, y le hice entrar en mi casa. Y como estábamos en verano, lo había yo dispuesto en la terraza todo. Y la invité a sentarse a mi lado, y comí y bebí con ella. Y la casa en que yo me alojaba tenía vistas al mar; y a la luz de la luna estaba hermosa la terraza, y la noche parecía llena de estrellas que reflejábanse en el agua. Y mirando todo aquello, volví sobre mí mismo, y pensé para mi ánima: "¿No te da vergüenza ante Alah el Altísimo rebelarte contra el Exaltado, copulando bajo el cielo y frente al mar, aquí mismo en país extranjero, con esta cristiana que no es de tu raza ni de tu ley?" Y aunque ya me había echado junto a la joven, que se acurrucaba amorosamente contra mí, dije en mi espíritu: "¡Señor, Dios de Exaltación y de Verdad, sé testigo de que con toda castidad me abstengo de esta cristiana hija de los francos!" Y así pensando, volví la espalda a la joven sin ponerla la mano encima: y me dormí bajo la grata claridad del cielo.

Llegada que fué la mañana, la joven franca se levantó sin decirme una palabra y se fué muy apesadumbrada. Y yo me volví a mi tienda, donde hube de dedicarme a vender mi lino como de costumbre. Pero hacia mediodía, acertó a pasar por delante de mi tienda la joven, acompañada de la vieja y con cara de enfado; y de nuevo la deseé con todo mi ser hasta morir. Pues ¡por Alah! era ella como la luna; y no pude resistir a la tentación; y pensé, golosamente: "¿Quién eres ¡oh felah! para refrenar así tu deseo por semejante jovenzuela? ¿Acaso eres un asceta, o un sufi, o un eunuco, o un castrado, o uno de los insensibles de Bagdad o de Persia? ¿No vienes de la raza de los potentes felahs del Alto Egipto, o quizá tu madre se olvidó de amamantarte?"

Y sin más ni más, eché a correr detrás de la vieja, y llamándola aparte, le dije: "¡Quisiera otro encuentro!" Ella me dijo: "¡Por el Mesías, que ahora la cosa no es posible más que mediante cien dinares!" Y en el momento conté los cien dinares de oro y se los entregué. Y por segunda vez fué a mi casa la joven franca. Pero ante la belleza del cielo desnudo, tuve yo los mismos escrúpulos, y no me aproveché de esta nueva entrevista más que de la primera, y con toda castidad me abstuve de la jovenzuela. Y poseída de un violento despecho, ella se levantó de mi lado, salió y se marchó.

Pero de nuevo al día siguiente, cuando pasaba ella por delante de mi tienda, sentí en mí los mismos movimientos, y me palpitó el corazón, y fui en busca de la vieja y le hablé de la cosa. Pero ella me miró con cólera y me dijo: "¡Por el Mesías, oh musulmán! ¿Es así como tratan a las vírgenes los de tu religión? ¡Jamás podrás ya gozar de ella, a menos que me des por esta vez quinientos dinares!"

Luego se fué.

Naturalmente, yo, todo tembloroso de emoción y sintiendo arder en mí la llama del amor, resolví juntar el importe de todo mi lino y sacrificar por mi vida los quinientos dinares de oro. Y después de envolverlos en una tela, me disponía a llevárselos a la vieja, cuando de improviso...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 553ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 553ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... me disponía a llevárselos a la vieja, cuando de improviso oí que el pregonero público gritaba: "¡Hola! ¡Asamblea de los musulmanes, vosotros los que vivís en nuestra ciudad para desarrollar vuestros negocios, sabed que han terminado la paz y la tregua que con vosotros acordamos! ¡Y se os da una semana de plazo para que pongáis en orden vuestros asuntos y abandonéis nuestra ciudad y regreséis a vuestro país!"

Entonces yo, al oír este aviso, me apresuré a vender el lino que me quedaba, reuní el dinero que importaba lo que había dado a crédito, compré mercancías de fácil venta en nuestros países y reinos, y abandonando la ciudad de Acre partí con mil penas y sentimientos en el corazón por aquella joven cristiana que se había apoderado de mi espíritu y de mi pensamiento.

Y he aquí que fui a Damasco, en Siria, donde vendí mis mercancías de Acre con grandes beneficios y provechos, pues estaban interrumpidas las comunicaciones con el alzamiento de armas. E hice muy buenos negocios comerciales, y con ayuda de Alah (¡exaltado sea!) prosperó todo entre mis manos. Y de tal suerte me fué dable comerciar en grande muy provechosamente con las jóvenes cristianas cautivas, tomadas en la guerra. Y habían transcurrido así tres años desde mi aventura de Acre, y poco a poco comenzaba a endulzarse la amargura de mi brusca separación de la joven franca.

Por lo que a nosotros respecta, seguimos alcanzando grandes victorias sobre los francos, tanto en el país de Jerusalén como en el país de Siria. Y con ayuda de Alah, después de muchas batallas gloriosas, el sultán Saladino acabó por vencer completamente a los francos y a todos los infieles; llevó cautivos a Damasco a los reyes de éstos y a sus jefes, a los cuales había hecho prisioneros tras de tomar todas las ciudades costeras que poseían y pacificar todo el país. ¡Gloria a Alah!

Entretanto, iba yo un día a vender una hermosísima esclava en las tiendas donde acampaba todavía el sultán Saladino. Y le enseñé la esclava, que quiso comprar él. Y se la cedí por cien dinares solamente. Pero el sultán Saladino (¡Alah le tenga en su misericordia!) no poseía encima más que noventa dinares, porque empleaba todo el dinero del tesoro en llevar a buen término la guerra contra los descreídos. Entonces, encarándose con uno de sus guardias, le dijo el sultán Saladino: "¡Conduce a este mercader a la tienda en que están reunidas las jóvenes prisioneras llegadas últimamente, y que escoja entre ellas la que más le guste para reemplazar los diez dinares que le debo!" Así obraba en su justicia el sultán Saladino.

El guardia me llevó, pues, a la tienda de las cautivas francas, y al pasar por entre aquellas jóvenes, reconocí, precisamente en la primera con quien se tropezó mi mirada, a la joven franca de quien estuve tan enamorado en Acre. Y entonces era la esposa de un jefe, de caballería de los francos. Y he aquí que al reconocerla, la rodeé con mis brazos para posesionarme de ella, y dije: "¡Quiero ésta!"

Y la cogí, y me marché.

Llevándomela a mi tienda a la sazón, le dije: "¡Oh, jovenzuela! ¿No me reconoces?" Ella me contestó: "¡No, no te reconozco!" Yo le dije: "¡Soy tu amigo, el mismo a cuya casa fuiste en Acre por dos veces merced a la vieja, a la que una vez hube de dar cincuenta dinares y cien dinares la otra vez, absteniéndose de ti con toda castidad y dejándote partir, muy pesarosa, de su casa! ¡Y el mismo que quería tenerte en su poder una tercera noche por quinientos dinares, cuando ahora el sultán te cede a él por diez dinares!"

Ella bajó la cabeza, y levantándola de pronto, dijo: "¡Lo pasado será, para en lo sucesivo, un misterio de la fe islámica, pues yo alzo el dedo y atestiguo que no hay más Dios que Alah, y que Mahomed es el enviado de Alah!" Y pronunció así oficialmente el acto de nuestra fe, ¡y en el momento se ennobleció con el Islam!

Entonces pensé yo, por mi parte: "¡Por Alah!, ¡que esta vez no penetraré en ella hasta que la haya libertado y me haya casado con ella legalmente!" Y al momento fui en busca del kadí Ibn-Scheddad, a quien puse al corriente de todo el particular, y que fué a mi tienda con los testigos para extender mi contrato de matrimonio.

Entonces penetré en ella. Y se quedó encinta de mí. Y nos establecimos en Damasco.

Habían transcurrido de tal suerte algunos meses, cuando llegó a Damasco un embajador del rey de los francos, enviado cerca del sultán Saladino, en demanda del cambio de prisioneros de guerra con arreglo a las cláusulas estipuladas entre los reyes. Y todos los prisioneros, hombres y mujeres, fueron escrupulosamente devueltos a los francos a cambio de prisioneros musulmanes. Pero cuando el embajador franco consultó su lista, notó que del total faltaba aún la mujer del jinete franco, aquél que era el primer marido de mi esposa. Y el sultán envió a sus guardias a buscarla por todas partes, y acabaron por decirle que estaba en mi casa. Y los guardias fueron a reclamármela. Y se me mudó el color, y fui llorando en busca de mi esposa, a la que puse al corriente de lo sucedido. Pero ella se levantó y me dijo: "¡Llévame a presencia del sultán, a pesar de todo! ¡Yo sé lo que tengo que decir entre sus manos!"

Así, pues, cogiendo a mi esposa, la conduje, velada, a la presencia del sultán Saladino; y vi que el embajador de los francos estaba sentado al lado suyo, a su derecha.. .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 554ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 554ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y vi que el embajador de los francos estaba sentado al lado suyo, a la derecha.

Entonces besé la tierra entre las manos del sultán Saladino, y le dije: "¡He aquí la mujer consabida!" Y se encaró él con mi esposa, y le dijo: "¿Qué tienes que decir? ¿Quieres ir a tu país con el embajador, o prefieres permanecer aquí con tu marido?"

Ella contestó: "¡Me quedo con mi esposo, porque soy musulmana y estoy encinta de él, y la paz de mi alma no se halla entre los francos!"

Entonces el sultán se encaró con el embajador, y le dijo: "¿Lo has oído? ¡No obstante, háblale tú mismo, si quieres!"

Y el embajador de los francos hizo advertencias y amonestaciones a mi esposa, y acabó por decirle: "¿Prefieres quedarte con tu marido el musulmán o volver junto al jefe de caballería de los francos?"

Ella contestó: "¡No me separaré de mi esposo el egipcio, porque la paz de mi alma se halla entre los musulmanes!"

Y el embajador, muy contrariado, dió con el pie en el suelo, y me dijo: "¡Llévate, entonces, esa mujer!"

Y cogí de la mano a mi esposa y saliendo de la audiencia con ella, nos llamó de improviso el embajador y me dijo: "¡La madre de tu esposa, que es una franca vieja que habita en Acre, me ha entregado para su hija este fardo que ves aquí!" Y me entregó el fardo, y añadió: "¡Y me ha encargado esa señora que dijera a su hija que esperaba encontrarla con buena salud!"

Cogí, pues, el fardo, y volví a casa con mi esposa. ¡Y cuando abrimos el fardo, hallamos en él las vestiduras que mi esposa llevaba en Acre, además de los primeros cincuenta dinares que yo le había dado y de los otros cien dinares del segundo encuentro; anudados en el mismo pañuelo y con el nudo que yo mismo hice! ¡Entonces advertí en aquello la bendición que me había traído mi castidad, y di gracias a Alah!

Más adelante me traje a mi mujer, la franca convertida en musulmana, a Egipto, aquí mismo. Y ella es ¡oh huéspedes míos! quien me ha hecho padre de estos hijos blancos que bendicen a su Creador. ¡Y hasta hoy hemos vivido en nuestra unión, comiendo el pan que hemos cocido antes! ¡Y tal es mi historia! ¡Pero Alah es más sabio! "

Y después de contar esta anécdota, se calló Schehrazada. Y el rey Schahriar dijo: "¡Qué dichoso es ese felah, Schehrazada!"

Y dijo Schehrazada: "¡Sí, ¡oh rey! pero no es sin duda más de lo que fue Califa el pescador con los monos marinos y el califa!"

Y preguntó el rey Schahriar: "¿Y cómo es esa HISTORIA DE CALIFA Y DEL CALIFA?"

Schehrazada contestó: "¡Voy a contártela en seguida!"


HISTORIA DE CALIFA Y DEL CALIFA[editar]

Y dijo Schehrazada:

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de la edad y del momento, había en la ciudad de Bagdad un hombre que era pescador de oficio y se llamaba Califa. Y era un hombre tan pobre, tan desgraciado y tan sin recursos, que no había podido reunir las escasas monedas de cobre necesarias para casarse; y así es que seguía soltero, mientras que los más pobres de los pobres tenían mujer e hijos.

Un día se echó sus redes a la espalda, como tenía por costumbre, y se fué a la orilla del agua para arrojarlas muy de mañana, antes de que llegasen los demás pescadores. Pero las arrojó por diez veces consecutivas sin sacar nada en absoluto.

Y su despecho fué extremado en un principio; y se le oprimió el pecho, y su espíritu se hallaba perplejo y se sentó en la ribera presa de la desesperación. Pero acabó por calmar sus malos pensamientos y dijo: "¡Alah me perdone mi impulso! ¡Sólo hay recurso en El! ¡El se cuida de la subsistencia de sus criaturas, y lo que El da no puede quitárnoslo nadie, y lo que rehúsa Él, nadie nos lo puede dar! Tomemos, pues, los días buenos y los malos como vengan, y aprestemos un pecho henchido de paciencia contra las desgracias. ¡Porque la mala fortuna es como el grano que no se revienta y sólo se resuelve a fuerza de cuidados pacienzudos!"

Cuando el pescador Califa se hubo reconfortado el alma con estas palabras, se levantó animosamente, y remangándose la ropa, lanzó al agua sus redes tan lejos como alcanzaba su brazo, y esperó un buen rato; tras de lo cual atrajo a sí la cuerda y tiró de ella con todas sus fuerzas; pero pesaban tanto las redes, que hubo de tomar precauciones infinitas para arrastrarlas sin romperlas. Por fin lo consiguió, acarreándolas delicadamente; y cuando las tuvo delante de él, las abrió, con el corazón palpitante; pero no encontró dentro más que un mono muy grande, tuerto y lisiado...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 555ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 555ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... pero no encontró dentro más que un mono muy grande, tuerto y lisiado.

Al ver aquello, exclamó el desgraciado Califa: "¡No hay fuerza ni poder más que en Alah! ¡En verdad que pertenecemos a Alah y a El volveremos!

¡Pero qué fatalidad me persigue hoy!

¿Y qué significa esta suerte desastrosa y este sino calamitoso? ¿Qué va a sucederme, pues, en este día bendito? Pero todo esto está escrito por Alah (¡exaltado sea!)" Y así diciendo, cogió al mono y le ató con una cuerda a un árbol que había en la ribera; luego tomó un látigo que llevaba consigo, y enarbolándolo en el aire, quiso emprenderla a golpes con el mono para desahogar su contrariedad. Pero de pronto el mono movió la lengua con ayuda de Alah, y de una manera elocuente dijo a Califa:

"¡Oh, Califa, detén tu mano y no me pegues! ¡Déjame por el momento atado a este árbol, y ve a arrojar tu red al agua una vez más, fijándote en Alah, que te dará tu pan del día!"

Cuando Califa oyó este discurso del mono tuerto y lisiado, contuvo su gesto amenazador y fue hacia el agua, donde arrojó su red, dejando flotar la cuerda. Y cuando quiso atraerla a sí, encontró la red más pesada todavía que la vez primera; pero tirando de ella con lentitud y precaución, consiguió llevarla a la orilla, y he aquí que halló dentro otro mono que no era tuerto ni ciego, sino muy hermoso, con los ojos prolongados con kohl, las uñas teñidas con henné, los dientes blancos y separados por lindos intervalos, y un trasero sonrosado y no de color crudo, como el trasero de los demás monos; y llevaba ceñido al talle un traje rojo y azul muy agradable a la vista, y pulseras de oro en las muñecas y en los tobillos, y pendientes de oro en las orejas; y se reía mirando al pescador, y guiñaba los ojos y chascaba la lengua.

Al ver aquello, exclamó Califa: "¡Por lo visto, hoy es día de monos! ¡Loores a Alah, que ha convertido en monos los pescados del agua!

¡Oh día de pez, cómo empiezas!

¡Eres cual el libro cuyo contenido se sabe al leer la primera página! ¡Pero todo esto sólo me sucede por culpa del consejo que me dió el primer mono!"

Y diciendo estas palabras, corrió hacia el mono tuerto atado al árbol, y enarboló sobre él su látigo, haciéndolo primero voltear tres veces en el aire, y gritando: "¡Mira ¡oh rostro de mal agüero! el resultado del consejo que me diste!

¡Por haberte escuchado y haber abierto mi día con el espectáculo de tu ojo tuerto y tu deformidad, heme aquí condenado a morir de fatiga y de hambre!"

Y le azotó en el lomo con el látigo, e iba a comenzar de nuevo, cuando le gritó el mono: "¡Oh Califa! ¡antes de pegarme, empieza por hablar a mi compañero el mono que acabas de sacar del agua! ¡Porque el trato que quieres darme ¡oh Califa! no te servirá de nada, sino al contrario! ¡Escúchame, pues, lo que te digo por tu bien!"

Y muy perplejo, Califa se alejó del mono tuerto y se acercó al segundo, que le miraba llegar riendo de muy buena gana.

Y le gritó el pescador: "Y tú, ¡oh rostro de pez! ¿quién eres?"

Y el mono de los ojos hermosos contestó: "¡Cómo, oh Califa! ¿Es que no me conoces?"

Y él dijo: "¡No, no te conozco! ¡Habla pronto, o caerá sobre tu trasero este látigo!"

Y el mono contestó: "No me parece oportuno ese lenguaje ¡oh Califa! ¡Y mejor será que hables de otro modo, y retengas mis respuestas, que han de enriquecerte!"

Entonces Califa arrojó lejos de sí el látigo, y dijo al mono: "Heme aquí dispuesto a escucharte, ¡oh señor mono, rey de todos los monos!"

Y el otro dijo: "¡Has de saber, entonces, ¡oh Califa! que pertenezco a mi amo el cambista judío Abu-Saada, y que a mí me debe su fortuna y su éxito en los negocios!"

Califa preguntó: "¿Y cómo es eso?"

El mono contestó: "¡Sencillamente, porque yo soy la primera persona cuyo rostro mira él por la mañana, y la última de quien se despide antes de marcharse a dormir!"

Al oír estas palabras, exclamó Califa: "¿Pues no es cierto el proverbio que dice: "Calamitoso como el rostro del mono. . ."

Luego se encaró con el mono tuerto, y le gritó: "Lo oyes, ¿verdad? ¡Esta mañana tu rostro no me ha traído más que la fatiga y la contrariedad! ¡No te ocurre lo que a este hermano tuyo!"

Pero el mono de los ojos hermosos dijo: "¡Deja tranquilo a mi hermano, ¡oh Califa! y escúchame por fin! Para experimentar la verdad de mis palabras, empieza, pues, por atarme al extremo de la cuerda que sujeta tus redes, y ¡arrójalas al agua una vez más! ¡Y verás entonces si te traigo la buena suerte...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 556ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 556ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Y verás entonces si te traigo la buena suerte!"

Entonces Califa hizo lo que el mono acababa de aconsejarle, y habiendo arrojado sus redes, sacó un magnífico pez tan grande como un carnero, con ojos como dos dinares de oro y escamas como diamantes. Y radiante cual si fuese el amo de la tierra y de sus dependencias, fue el pescador a llevárselo en triunfo al mono de los ojos hermosos, que le dijo: "¡Ya lo ves! Ahora ve a coger hierbas buenas y frescas, ponlas en el fondo de tu cesto, coloca el pez encima, cúbrelo todo con una nueva capa de hierbas, échate el cesto al hombro y llévalo a la ciudad de Bagdad, dejándonos a los dos monos atados a este árbol. Y si los transeúntes te preguntan qué llevas, no les contestes una palabra. Y entrarás en el zoco de los cambistas, y en medio del zoco encontrarás la tienda de mi amo Abu-Saada el judío, jeique de los cambistas.

Le hallarás sentado en un diván con un cojín detrás de sí y dos cajas delante, una para el oro y otra para la plata. Y verás en su casa mozos jóvenes, esclavos, servidores y empleados. Entonces te adelantarás hacia él, le pondrás delante el cesto de pescado, y le dirás: "Aquí tienes, ¡oh Abu-Saada! ¡Hoy fui de pesca, y he arrojado las redes en tu nombre, y Alah me ha enviado este pez que hay en el cesto!" Y descubrirás delicadamente el pez.

Entonces te preguntará él: "¿Se lo has brindado a otro que no sea yo?" Dile: "¡No, por Alah!"

Él cogerá el pez y te ofrecerá como precio un dinar; pero se lo devolverás. Y te ofrecerá dos dinares; pero se los devolverás. Y te dirá: "¡Dime, entonces, qué deseas!" Y le contestarás: "¡Por Alah! ¡Sólo vendo el pez por dos palabras!"

Y si te pregunta: "¿Cuáles son esas palabras?", le contestarás: "¡Alzate sobre tus pies!, y di: "¡Sed testigos ¡oh vosotros todos los que estáis presentes en el zoco! de que consiento en cambiar el mono de Califa el pescador por mi mono; que trueco mi suerte por su suerte y mi parte de dicha por su parte de dicha!"

Y añadirás, dirigiéndote a Abu-Saada: "Tal es el precio de mi pez. ¡Porque no me importa el oro! ¡No conozco su color, ni su sabor, ni su utilidad!"

Hablarás así, ¡oh Califa! Y si el judío accede a ese trato, como seré yo propiedad tuya, todos los días muy de mañana te daré los buenos días y por la noche te daré las buenas noches; y así te traeré la buena suerte, y ganarás cien dinares al día. En cuanto a Abu-Saada el judío, inaugurará mañana su jornada con el espectáculo de este mono tuerto y lisiado, y tendrá la misma visión todas las noches; y cada día le afligirá Alah con un nuevo impuesto o una carga o una vejación; y de ese modo, al poco tiempo se arruinará, ¡y cuando no tenga ya nada entre las manos, se verá reducido a la mendicidad! ¡Así, pues, ¡oh Califa! retén bien en la memoria lo que acabo de decirte, y prosperarás y seguirás el camino recto de la dicha!"

Cuando Califa el pescador hubo oído este discurso del mono, contestó: "Acepto tu consejo, ¡oh rey de todos los monos! ¿Pero qué tengo que hacer, entonces, con ese tuerto de mal agüero? ¿Hay que dejarle atado al árbol? ¡Porque estoy muy perplejo con respecto a él! ¡Pluguiera a Alah no bendecirle nunca!"

El mono contestó: "Déjale que vuelva al agua. Y déjame también a mí. ¡Es lo mejor!" Califa contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y se acercó al mono tuerto y lisiado, y le desató del árbol; y también dió libertad al mono consejero. Y al punto se echaron de dos zancadas al agua, donde se sumergieron y desaparecieron.

Entonces Califa cogió el pez, lo lavó, lo puso en el cesto encima de la hierba verde y fresca, lo cubrió con hierba asimismo, se lo echó todo al hombro y se fué a la ciudad cantando a gritos.

Y he aquí que, cuando entró en los zocos, la gente y los transeúntes le reconocieron, y como de ordinario bromeaban con él, empezaron a preguntarle: "¿Qué llevas ahí, ¡oh Califa!?"

Pero él no les contestaba y ni siquiera les miraba, y así durante todo el camino. Y llegó de tal suerte al zoco de los cambistas, y pasó las tiendas una a una hasta que llegó a la del judío. Y le vió en medio de su tienda sentado majestuosamente en un diván, teniendo dedicados a su servicio servidores numerosos de todas edades y de todos colores; ¡y parecía así un rey del Khorassán!

Tras de asegurarse de que aquél era el propio judío, Califa adelantóse entre sus manos y se detuvo. Y el judío levantó la cabeza hacia él, y dijo al reconocerle: "Comodidad y familia, ¡oh Califa! ¡Bienvenido seas! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 557ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 557ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Comodidad y familia, ¡oh Califa! ¡Bienvenido seas! Y dime qué te trae y qué deseas. ¡Y si por casualidad te ha dicho malas palabras alguien o te ha empujado o te ha atropellado, dímelo en seguida para que vaya yo contigo a buscar al walí y a pedirle completa reparación del daño que se te haya causado!"

El aludido contestó: "¡No, por vida de tu cabeza, ¡oh jefe de los judíos y su corona! nadie me ha dicho malas palabras ni me ha empujado ni me ha atropellado, sino al contrario! Pero esta mañana salí de mi casa y me fuí a la ribera y eché mis redes al agua a tu salud y en tu nombre. ¡Y las retiré y encontré dentro este pez!" Y así diciendo, abrió el cesto, sacó delicadamente de su lecho de hierbas al pez, y se lo presentó con ostentación al cambista judío. Y cuando éste vió aquel pez, lo encontró admirable, y exclamó: "¡Por el Pentateuco y los Diez Mandamientos! Sabe, ¡oh pescador! que ayer, estando yo dormido, vi en sueños a la Virgen María, que se me apareció para decirme: «¡Oh Abu-Saada, mañana tendrás un regalo mío!»

¡Y he aquí que sin duda es éste el regalo consabido!"

Luego añadió: "Dime, por tu religión, ¡oh Califa! ¿le has enseñado o brindado este pez a otro que no sea yo?" Y Califa le contestó: "¡No, por Alah! ¡Te juro por la vida de Abu-Bekr el Sincero, ¡oh jefe de los judíos y su corona! que no lo ha visto todavía nadie más que tú!" Entonces el judío se encaró con uno de sus esclavos jóvenes, y le dijo: "¡Ven aquí! ¡Toma este pez y vé a llevarlo a casa, y dile a mi hija Saada que lo limpie, fría la mitad y ase la otra mitad, y me lo tenga todo caliente para cuando acabe yo de despachar los asuntos y pueda volver a casa!"

Y para dar más fuerza a la orden, Califa dijo al mozo: "¡Sí, ¡oh mozo! recomienda bien a tu ama que no lo deje quemar, y hazle ver el hermoso color de sus agallas!" Y el mozo contestó: "Escucho y obedezco, ¡oh mi amo!" Y se fué.

¡Volvamos al judío!

Ofreció con la punta de los dedos un dinar a Califa el pescador, diciéndole: "¡Toma esto para ti, ¡oh Califa! y gástalo con tu familia!"

Cuando Califa tomó instintivamente el dinar y lo vió brillar en la palma de su mano, él, que todavía no hubo visto en su vida el oro y ni siquiera sospechaba su valor, exclamó: "¡Gloria al Señor, Dueño de los tesoros y Soberano de las riquezas de los dominios!"

Luego dió algunos pasos para marcharse, pero de pronto se acordó de la recomendación del mono de los ojos hermosos, y volviendo sobre sus pasos, tiró el dinar al judío y le dijo: "¡Coge tu oro y devuelve el pez al pobre! ¿Acaso crees que vas a burlarte impunemente de los pobres como yo?"

Cuando el judío hubo oído estas palabras, creyó que Califa quería bromear con él, y riendo mucho de la ocurrencia ¡le ofreció tres dinares en vez de uno!

Pero Califa le dijo: "¡No, por Alah, basta de bromas desagradables! ¿Crees verdaderamente que voy a decidirme a vender mi pez por un precio tan irrisorio?"

Entonces el judío le ofreció cinco dinares en vez de tres, y le dijo: "¡Toma estos cinco dinares como pago por tu pez, y no seas avaricioso!"

Y Califa los cogió en la mano y se marchó muy contento; y miraba aquellos dinares de oro, y se maravillaba y se decía: "¡Gloria a Alah! ¡Sin duda que el califa de Bagdad no tiene en su casa tanto como tengo yo en mi mano hoy!" Y prosiguió su camino hasta que llegó al extremo del zoco. Entonces se acordó de las palabras del mono y de la recomendación que le había hecho; y volvió a casa del judío y le tiró el oro con desprecio.

El judío le preguntó: "¿Qué quieres, pues ¡oh Califa! y qué vienes a pedir? ¿Deseas cambiar tus dinares de oro por dracmas de plata?"

El pescador contestó: "¡No quiero ni tus dracmas, ni tus dinares, sino que devuelvas el pez al pobre!"

Al oír estas palabras se enfadó el judío, y gritó, y dijo: "¿Cómo se entiende, ¡oh pescador!? ¡Me traes un pez que no vale un dinar, y te doy por él cinco dinares, y no te quedas satisfecho! ¿Estás loco? ¿Quieres, si no, decirme al fin el precio a que deseas cedérmelo?"

Califa contestó: "¡No quiero cederlo por plata ni por oro, sino que quiero venderlo por dos palabras solamente!" Cuando el judío oyó que era cuestión de dos palabras, creyó que se trataba de las dos palabras que sirven de fórmula para la profesión de fe del Islam, y que el pescador le pedía que abjurase de su religión por un pez.

Así es que la cólera y la indignación hicieron que se le abrieran los ojos hasta lo más alto de su cabeza, y se le paró la respiración, y se le agrietó el pecho, y le rechinaron los dientes, y exclamó: "¡Oh recortadura de uña de los musulmanes! ¿Acaso quieres con tu pez separarme de mi religión y hacerme abjurar mi fe y mi ley, las que profesaron mis padres antes que yo?"

Y llamó a sus servidores, que acudieron entre sus manos, y les gritó: "¡Maldición! ¡Sus, y a ese rostro de pez, y cogédmele por la nuca y azotadle concienzudamente hasta sacarle tiras de la piel! Y no le perdonéis...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 558ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 558ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Y no le perdonéis!" Y al punto los servidores le derribaron a palos, y no cesaron de golpearle hasta que rodó por los escalones de la tienda. Y el judío les dijo: "¡Dejadle levantarse ahora!" Y Califa se irguió sobre sus pies, a pesar de los golpes recibidos, ¡como si no hubiese sentido nada!

Y el judío le preguntó: "¿Quieres decirme ahora el precio que pretendes recibir por tu pez? ¡Estoy dispuesto a dártelo para acabar ya! ¡Y medita acerca del trato nada envidiable que acabas de sufrir!"

Pero Califa se echó a reír, y contestó: "¡No tengas ningún temor por mí ¡oh amo mío! en cuanto a los palos, porque puedo soportar tantos golpes como granos de cebada podrían comerse diez asnos a la vez! No me han impresionado lo más mínimo!" Y el judío también se echó a reír de estas palabras, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, dime lo que deseas, y te juro por la verdad de mi fe que te lo concederé!"

Entonces contestó Califa: "¡Ya te lo he dicho! ¡Por este pez pido dos palabras solamente! ¡Y no vayas a creerte de nuevo que se trata de pronunciar nuestro acto de fe musulmán! Porque, por Alah, ¡oh judío, si te haces musulmán, tu islamismo no tendrá nunca ventaja para los musulmanes y ninguna desventaja para los judíos; y si, por el contrario, te obstinas en permanecer en tu fe impía y en tu error de descreído, tu descreimiento no tendrá ninguna desventaja para los judíos.

¡Las dos palabras que te pido no tienen nada que ver con eso! Deseo que te levantes sobre ambos pies y digas: "Sed testigos de mis palabras, ¡oh habitantes del zoco, oh mercaderes de buena fe! ¡Por voluntad propia consiento en cambiar mi mono por el mono de Califa, y en trocar mi suerte y mi sino de este mundo por su suerte y su sino, y mi dicha por su dicha!"

Al oír este discurso del pescador, le dijo el judío: "¡Si se reduce a eso tu demanda, la cosa es fácil para mí!" Y en aquella hora y en aquel instante, se irguió sobre ambos pies y dijo las palabras que le había pedido Califa el pescador. Tras de lo cual se encaró con él y le preguntó: "¿Tienes que hacer algo más en mi casa?" Califa contestó: "¡No!"

El judío le dijo: "¡Entonces, vete tranquilo!" Y sin más tardanza, se levantó Califa, cogió su cesto vacío y sus redes y volvió a la ribera.

Entonces, confiando en la promesa del mono de los ojos hermosos, arrojó sus redes al agua, las sacó luego, aunque con grandes dificultades, pues pesaban mucho, y las encontró llenas de peces de todas las especies. Y al punto pasó por junto a él una mujer que llevaba en equilibrio sobre su cabeza una bandeja, y que le pidió un dinar de pescado; y se lo vendió él. Y también acertó a pasar por allí un esclavo, que le tomó otro dinar de pescado. ¡Y así sucesivamente, hasta que hubo vendido aquel día por valor de cien dinares! Triunfante entonces en el límite del triunfo, cogió sus cien dinares, y entró en el miserable albergue donde vivía, cerca del mercado de pescado.

Y cuando llegó la noche, se sintió él muy inquieto por todo aquel dinero que poseía, y dijo para sí antes de echarse a dormir en su estera: "¡Oh Califa! todo el mundo en el barrio sabe que eres un pobre hombre, un desgraciado pescador que no tiene nada entre las manos! ¡Pero hete aquí ahora convertido en poseedor de cien dinares de oro! Y va a saberlo la gente, y también acabará por saberlo el califa Harún Al-Raschid, y un día que ande escaso de dinero, enviará a tu casa los guardias, para decirte: "Tengo necesidad de tanto dinero, y he sabido que tenías en tu casa cien dinares. ¡Y vengo a que me los prestes!" Entonces yo tomaré una actitud muy lamentable, y me quejaré golpeándome el rostro, y contestaré: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡soy un pobre que no tiene nada! ¿Cómo iba yo a tener suma tan fabulosa? ¡Por Alah! ¡que quien te lo contó es un insigne embustero! ¡Jamás tuve, ni tendré, semejante suma!" Entonces, para sacarme mi dinero y hacerme declarar el sitio en que lo he ocultado, me entregará al jefe de policía Ahmad-la-Tiña, que mandará que me desnuden y me den una paliza hasta que declare y le entregue los cien dinares. ¡Pero ahora pienso que lo mejor que puedo hacer para salir de este atolladero es no declarar! ¡Y para no declarar, es preciso que acostumbre mi piel a los golpes, aunque ¡loado sea Alah! está ya bastante curtida! ¡Pero es necesario que lo esté del todo, no vaya a ser que mi delicadeza nativa no resista a los golpes y me obligue a hacer lo que no desea mi alma!"

Tras de pensar así, Califa no dudó ya más, y puso en ejecución el proyecto que le sugería su alma de tragador de haschich. Se levantó, pues, al instante, se quedó completamente desnudo ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 559ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 559ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Tras de pensar así, Califa no dudó ya más, y puso en ejecución el proyecto que le sugería su alma de tragador de haschich. Se levantó, pues, al instante, se quedó completamente desnudo, y cogió una almohada de piel que tenía, y la colgó de un clavo frente a él en la muralla; luego, asiendo un látigo de ciento ochenta nudos, empezó a dar alternativamente un latigazo en su piel y otro latigazo en la piel de la almohada, y a lanzar al propio tiempo grandes gritos, como si ya estuviese en presencia del jefe de policía y se viese obligado a defenderse de la acusación. Y gritaba: "¡Ay! ¡Ay! ¡Por Alah! que es mentira, mi señor! ¡Una mentira manifiesta! ¡Ay! ¡Uy! ¡Palabras de perdición contra mí! ¡Oh! ¡Oh! ¡Con lo delicado que soy! ¡Todos embusteros! ¡Yo soy un pobre! ¡Alah! ¡Alah! ¡Un pobre pescador! ¡No poseo nada! ¡Uy! ¡Ninguno de los bienes despreciables de este mundo! ¡Sí! ¡Poseo! ¡No! ¡No poseo! ¡Sí! ¡Poseo! ¡No, no poseo!" Y continuó administrándose de aquella manera aquel remedio, dando sobre su piel un latigazo y otro en la almohada; y cuando se hacía demasiado daño, olvidaba su turno y daba en la almohada dos golpes seguidos; y acabó por no darse ya más que un latigazo de cada tres, luego de cada cuatro, luego de cada cinco.

¡Eso fué todo!

Y los vecinos y los mercaderes del barrio, que oían resonar en la noche los gritos y los golpes, acabaron por conmoverse, y se dijeron: "¿Qué le habrá ocurrido a ese pobre mozo para que grite de esa matera? ¿Y qué golpes serán esos que llueven sobre él? ¡Acaso le hayan sorprendido unos ladrones y le peguen hasta hacerle morir!" Y entonces, como los gritos y los aullidos aumentaban, y los golpes se hacían más numerosos cada vez, salieron de sus casas todos y corrieron a casa de Califa. Pero encontraron cerrada la puerta, y se dijeron: "¡Los ladrones han debido entrar en su casa por el otro lado, bajando por la terraza!" Y subieron a la terraza contigua y desde allí saltaron a la terraza de Califa, y bajaron a la casa por el tragaluz del techo. ¡Y le hallaron solo y todo desnudo, dedicado a darse latigazos alternados y a lanzar al mismo tiempo aullidos y protestas de inocencia!

¡Y se revolvía como un efrit, saltando sobre sus piernas!

Al ver aquello, los vecinos le preguntaron, estupefactos: "¿Qué te pasa, Califa? ¿Y por qué haces eso? ¡Los golpes y los aullidos que oímos han puesto en conmoción a todo el barrio, y no nos han dejado dormir! ¡Y henos aquí con los corazones agitados tumultuosamente!" Pero Califa les gritó: "¿Qué queréis de mí? ¿Es que no soy dueño de mi piel y no puedo en paz acostumbrarla a los golpes? ¿Acaso sé lo que puede reservarme el porvenir? ¡Idos, buena gente! ¡Mejor será que hagáis como yo y os deis el mismo trato! ¡No estáis más al abrigo que yo de las exacciones y de las vejaciones!"

Y sin reparar más en su presencia, Califa continuó aullando bajo los golpes que resonaban en su almohada, haciéndose la ilusión de que iban a parar a su propia piel.

Entonces los vecinos, al ver aquello, se echaron a reír de tal manera, que se cayeron de trasero, y acabaron por marcharse como habían ido.

En cuanto a Califa, se cansó al cabo de cierto tempo; pero no quiso cerrar los ojos por temor a los ladrones, pues estaba muy preocupado con su reciente fortuna. Y por la mañana, antes de ir a su trabajo, todavía pensaba en sus cien dinares, y se decía: "Si los dejo en mi albergue, sin duda me los robarán; si los guardo en mi cinturón, se dará cuenta de ello algún ladrón, que se pondrá al acecho en algún paraje solitario para esperar a que yo pase, y saltará sobre mi, me matará y me robará. ¡Voy a hacer algo mejor que todo eso!"

Entonces se levantó, partió en dos su capote, confeccionó un saco con una de las mitades, y guardó el oro en el saco, que se colgó al cuello con un cordel. Tras de lo cual cogió sus redes, su cesto y su cayado, y se encaminó a la ribera. Y llegado que fué a ella, cogió sus redes y las arrojó al agua con toda la fuerza de su brazo. Pero el movimiento que hizo fué tan brusco y tan violento, que saltó de su cuello el saco de oro y siguió a las redes en el agua; y la fuerza de la corriente lo arrastró lejos por las profundidades.

Al ver aquello, Califa abandonó sus redes, se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, tirando sus vestidos en la ribera, saltó al agua y se sumergió en busca de su saco; pero no consiguió dar con él. Entonces se metió en el agua por segunda vez y por tercera vez y así sucesivamente hasta cien veces, pero en vano. Entonces, desesperado y en el límite de sus fuerzas, ganó la ribera y quiso vestirse; pero observó que sus ropas habían desaparecido, y no encontró más que su red, su cesto y su cayado. Entonces se golpeó las manos una contra otra, y exclamó: "¡Ah! ¡Viles forajidos, que me han robado mi ropa!

Pero todo esto me sucede sólo por hacer cierto el proverbio que dice: "¡No acaba para el camellero la peregrinación más que cuando ha horadado a su camello...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 560ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 560ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... no acaba para el camellero la peregrinación más que cuando ha horadado a su camello!"

Y se decidió entonces a envolverse en su red, a falta de otra ropa; luego empuñó su cayado, y con el cesto a la espalda, empezó a recorrer la ribera a grandes zancadas, yendo de un lado a otro, de derecha a izquierda, de delante atrás, jadeante y desordenado y rabioso como un camello en celo, ¡y de todo punto semejante a un efrit rebelde que se hubiese escapado de la estrecha prisión de bronce en que le tenía encerrado Soleimán.

¡Y tal es lo referente a Califa el Pescador!

¡Pero he aquí ahora lo que atañe al califa Harún Al-Raschid, que también toma parte en esta historia!

En aquel tiempo había en Bagdad, en calidad de hombre de negocios y joyero del califa, un individuo muy notable que se llamaba Ibn Al-Kirnas. Y era un personaje tan importante en el zoco, que cuanto se vendía en Bagdad de telas hermosas, joyas, objetos preciosos, mozos y jóvenes, no se vendía más que por mediación suya o después de haber pasado por sus manos o haberlo sometido a su informe. Y un día entre los días que Ibn Al-Kirnas estaba sentado en su tienda, vió ir hacia él al jefe de los corredores, que llevaba de la mano a una joven como jamás la había admirado nadie, pues llegaba al límite de la belleza, de la elegancia, de la finura y de la perfección. Y además de los encantos que atesoraba en sí, aquella joven conocía todas las ciencias, las artes, la poesía, el manejo de instrumentos armónicos, el canto y la danza. Así es que Ibn Al-Kirnas no vaciló en comprarla acto seguido por cinco mil dinares de oro; y después de vestirla con ropas que valían mil dinares, se la presentó al Emir de los Creyentes. Y pasó ella la noche con el califa. Y pudo éste poner a prueba por sí mismo entonces sus aptitudes y sus conocimientos variados. Y la encontró experta en todo y sin igual en la época.

Se llamaba la joven Fuerza-de-los-Corazones y era morena y de lozana piel.

De modo que, encantado de su nueva esclava, el Emir de los Creyentes envió al día siguiente a Ibn Al-Kirnas diez mil dinares como pago de la compra. Y sintió por la joven una pasión tan violenta, y de tal modo quedó subyugado su corazón, que desdeñó a su prima Sett Zobeida, hija de Al-Kassim; y abandonó a todas sus favoritas; y permaneció encerrado con la esclava un mes entero, sin salir más que para la plegaria del viernes y regresando inmediatamente a toda prisa. Así es que a los señores del reino les pareció cosa demasiado grave para que se prolongase por más tiempo, y fueron a exponer sus quejas al gran visir Giafar Al-Barmaki. Y Giafar les prometió poner pronto remedio a aquel estado de cosas, y esperó a la plegaria del viernes siguiente para ver al califa. Y entró entonces en la mezquita y tuvo una entrevista con él, y durante largo rato pudo hablarle de las aventuras de amor y de sus consecuencias.

Después de escucharle sin interrumpirle, le contestó el califa: "¡Por Alah, ¡oh Giafar! para nada intervine en esta historia y en esta elección, y la culpa es de mi corazón, que dejóse prender en los lazos del amor, sin que yo sepa cómo libertarle de ellos!" Y contestó el visir Giafar: "Piensa ¡oh Emir de los Creyentes! en que tu favorita Fuerza-de-los-Corazones estará siempre entre tus manos sometida a tus órdenes como una esclava entre tus esclavas, y ya sabes que cuando la mano posee, el alma deja de codiciar.

Además, quiero indicarte un medio para que tu corazón no se canse de la favorita: consiste en alejarte de ella de cuando en cuando, marchándote, por ejemplo, de caza o de pesca, ¡porque es posible que las redes de pescar libren a tu corazón de las otras redes en que el amor hubo de apresarte! ¡Mejor será esto que empezar enseguida a ocuparte de los asuntos de gobierno, pues en la situación en que te encuentras te aburriría demasiado ese trabajo!"

Y contestó el califa: "Excelente es tu idea, oh Giafar! ¡Vámonos de paseo sin tardanza ni dilación!"

Y en cuanto terminaron las plegarias, abandonaron la mezquita, montó en su mula cada cual, y se pusieron a la cabeza de su escolta, saliendo de la ciudad y caminando por los campos.

Después de haber errado mucho tiempo de un lado para otro en las horas de calor, acabaron por dejar a distancia tras ellos a su escolta, distraídos con la conversación; y Al-Raschid sintió una sed atroz, y dijo: "¡Oh Giafar, me tortura una sed muy grande!" Y miró en todos sentidos a su alrededor, buscando alguna vivienda, y divisó a lo lejos una cosa que se movía en la alto de una colina, y preguntó a Giafar: "¿Ves algo que veo yo allá lejos?"

El otro contestó: "¡Sí, ¡oh Comendador de los Creyentes! veo en lo alto de una colina una cosa vaga! ¡Debe ser algún jardinero o un sembrador de cohombros! ¡De todos modos, como sin duda hay agua por allá, echaré a correr para traértela!"

Al-Raschid contestó: "¡Mi mula es más veloz que tu mula! ¡Quédate aquí esperando a nuestra escolta, mientras yo mismo voy a que me dé de beber ese jardinero, y vuelvo enseguida!" Y así diciendo, Al-Raschid guió su mula en aquella dirección, y se alejó con la rapidez de un viento tempestuoso o de un torrente que cayera desde lo alto de una roca, y en un abrir y cerrar de ojos, alcanzó a la persona consabida, que no era otra que Califa el pescador. Y le vió desnudo y trabado en sus redes, y con los ojos enrojecidos, desorbitados y asustados, y con un aspecto horrible a la vista. Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 561ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 561ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos. Y Harún le deseó la paz, y Califa correspondió al deseo, renegando y lanzándole una mirada llameante. Y Harún le dijo: "¡Oh hombre! ¿puedes darme un sorbo de agua?" Y Califa le contestó: "¡Oh tú! ¿eres ciego o estás loco! ¿No ves correr el agua detrás de esta colina?" Entonces Harún dió la vuelta a la colina y fué a parar al Tigris, donde apagó su sed tendiéndose de bruces, y también hizo beber a su mula.

Luego volvió junto a Califa, y le dijo: "¿Qué haces aquí, ¡oh hombre! y cuál es tu oficio?" Califa contestó: "En verdad que esa pregunta es todavía más extraña y más extraordinaria que la concerniente al agua. ¿Acaso no ves en mis hombros el aparejo de mi oficio?" Y al ver la red; le dijo Harún: "¡Sin duda eres pescador!" El otro dijo: "¡Tú lo has dicho!"

Y Harún le preguntó: "¿Pero qué hiciste de tu ropón, de tu camisa y de tu saco?" Al oír estas palabras, Califa, que había perdido los diversos objetos que acababa de nombrar Al-Raschid, no dudó un instante de que tenía en su presencia al propio ladrón que se los había quitado en la playa, y precipitándose como un relámpago sobre Al-Raschid desde lo alto de la colina, asió por la brida a la mula, exclamando: "¡Devuélveme mis efectos y pon fin a esta broma de mal género!" Harún contestó: "¡Por Alah, que no he visto tus ropas ni sé de qué quieres hablar!" Y he aquí que, como es sabido, Al-Raschid tenía las mejillas gordas y abultadas y la boca muy pequeña. De modo que, al mirarle con más atención, Califa creyó que era un tañedor de clarinete, y le gritó: "¿Quieres o no, ¡oh tañedor de clarinete! devolverme mis efectos, o prefieres que te haga bailar a palos y orinarte en tus vestidos?"

Cuando el Califa vió suspendido sobre su cabeza el enorme garrote del pescador, se dijo: "¡Por Alah, que no podré soportar la mitad de un garrotazo de ese palo!" Y sin vacilar más; se quitó su hermoso traje de raso, y ofreciéndoselo a Califa, le dijo: "¡Oh hombre! toma este traje para reemplazar con él los efectos que perdiste!" Y Califa tomó el traje, le dió vueltas en todos sentidos, y dijo: "¡Oh tañedor de clarinete! mis efectos valen diez veces más que este traje tan mal adornado".

Al-Raschid dijo: "¡Bueno! ¡pero póntelo a pesar de todo, mientras busco tus efectos!" Y Califa lo cogió y se lo puso; pero, pareciéndole demasiado largo, empuñó su cuchillo, que estaba enganchado en el asa del cesto de pesca, y de un tajo cortó todo el tercio inferior del vestido, sirviéndose de aquel retazo para confeccionarse al punto un turbante, mientras el traje apenas le llegaba a las rodillas; sin embargo, él lo prefería así para poder moverse con facilidad. Luego se encaró con el califa, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh tañedor de clarinete! dime cuántos ingresos te produce al mes tu oficio!" El califa contestó, sin atreverse a contrariar a su interpelante: "¡Mi oficio de tañedor de clarinete me produce unos diez dinares al mes!" Y dijo Califa, con un gesto de conmiseración profunda: "¡Por Alah ¡oh pobre! que me entristece tu suerte! Porque esos diez dinares los gano yo en una hora, sin más que echar mi red y sacarla; pues tengo en el agua un mono que se ocupa de mis intereses, y se encarga de empujar los peces hacia mis redes cada vez que las echo. ¿Quieres, pues, ¡oh mejillas abultadas! entrar a mi servicio para que yo te enseñe el oficio de pescador y llegar a ser un día mi socio en la ganancia, empezando primero por ganar cinco dinares diarios como ayudante mío? ¡Y además, te aprovecharás de la protección de este garrote contra las exigencias de tu antiguo maestro de clarinete, al cual me encargo yo de derrengar con un solo garrotazo, si lo necesitas!" Y Al-Raschid contestó: "¡Acepto la proposición!" Califa dijo: "¡Entonces apéate de la mula y sujétala a cualquier parte, a fin de que pueda servirnos para llevar el pescado al mercado cuando sea preciso! ¡Y ven pronto para empezar tu aprendizaje de pescador!"

Entonces el califa, suspirando con toda el alma y lanzando en torno suyo miradas inquietas, se apeó de su mula, la ató cerca de allí, se arremangó lo que le quedaba de ropa y sujetó a su cinturón la orla de su camisa, yendo a situarse junto al pescador, que le dijo: "¡Oh tañedor de clarinete! toma esta red, échala al brazo de tal manera, y lánzala al agua de tal otra manera!" Y Al-Raschid hizo con su corazón un llamamiento a todo el valor de que se sentía capaz, y ejecutando lo que le ordenaba Califa, arrojó la red al agua, y al cabo de algunos instantes quiso retirarla; pero la encontró tan pesada, que no pudo conseguirlo solo, y Califa se vió obligado a ayudarle; y entre los dos la atrajeron a la orilla, en tanto que Califa gritaba a su ayudante:

"¡Oh clarinete de mi zib!, ¡si, por desgracia, noto que se ha roto o estropeado mi red con las piedras del fondo, te horadaré! ¡Y lo mismo que tú me cogiste mi ropa, te cogeré tu mula!"

Pero felizmente para Harún, la red estaba intacta y llena de peces hermosísimos. De no ser así, Harún sin duda se habría visto ensartado por el zib del pescador, ¡y sólo Alah sabe como hubiera podido soportar semejante carga! ¡Sin embargo, no pasó nada! Por el contrario, el pescador dijo a Harún: "¡Oh clarinete! eres muy feo, y tu cara se parece exactamente a mi trasero; pero ¡por Alah! que si te fijas en tu nuevo oficio, llegará día en que seas un pescador extraordinario...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 562ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGÓ LA 562ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡Oh clarinete! eres muy feo, y tu cara se parece exactamente a mi trasero; pero ¡por Alah! ¡que si te fijas bien en tu nuevo oficio, llegará día en que seas un pescador extraordinario! Por ahora, lo mejor que puedes hacer es montar otra vez en tu mula e ir al zoco a comprarme dos cestos grandes para que ponga yo en ellos lo que no cabe aquí de esta pesca prodigiosa; y me quedaré guardando el pescado hasta que regreses. Y no te preocupes por más, pues aquí tengo el peso de la pesca, las pesas y todo lo necesario para la venta al por menor. Y cuando lleguemos al zoco del pescado, toda tu obligación se reducirá a sostenerme el peso y a cobrar el dinero a los parroquianos. Pero date prisa a comprarme corriendo los dos cestos. ¡Y cuidado con holgazanear, si no quieres que el garrote te mida las costillas!"

Y el califa contestó: "¡Escucho y obedezco!" Luego se apresuró a desatar su mula y a montar en ella para ponerla a galope tendido; y muriéndose de risa, fué al encuentro de Giafar, quien al verle ataviado de tan extraña manera, alzó los brazos al cielo, y exclamó: "¡Oh Comendador de los Creyentes! ¡sin duda encontraste en tu camino algún jardín ameno en donde te acostaste y te revolcaste por la hierba!"

Y el califa se echó a reír al oír estas palabras de Giafar.

Luego los demás Barmecidas de la escolta, que eran parientes de Giafar; besaron la tierra entre las manos del califa, y dijeron: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡ojalá Alah prolongue sobre ti las alegrías y aleje de ti las preocupaciones! ¿Pero cuál es la causa que te retuvo alejado tanto tiempo de nosotros, si sólo nos dejaste para beber un sorbo de agua?"

Y el califa les contestó: "¡Acaba de ocurrirme una aventura prodigiosa, de las más dilatadoras y de las más extraordinarias!" Y les contó lo que le había ocurrido con Califa el pescador, y cómo para reemplazar los vestidos de cuyo robo se le acusaba, le había dado en cambio su traje de raso labrado. Entonces exclamó Giafar: "¡Por Alah! ¡oh Emir de los Creyentes! que cuando te vi alejarte completamente solo tuve como un presentimiento de lo que iba a ocurrirte! ¡Pero no es grande el daño, pues ahora mismo voy a rescatar del pescador ese traje que le diste!"

El califa se echó a reír más fuerte todavía, y dijo: "¡Debiste pensarlo antes, ¡oh Giafar! porque el bueno del hombre ha cortado ya un tercio del vestido para ajustárselo a la cintura, y se ha hecho un turbante con el retazo! Pero ¡oh Giafar! bastante ha sido ya esta pesca, y no tengo gana de emprender otra vez semejante tarea. ¡Y por cierto que he pescado de una vez tanto, que me dispensa de tener mejor éxito en lo futuro, pues la pesca que salió de mi red es de una abundancia milagrosa, y allá en la orilla queda guardada por mi amo Califa, que no espera más que mi regreso con los cestos para ir al zoco a vender el producto de mi redada!"

Y dijo Giafar: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡voy, entonces, a hacer que fluyan a vosotros dos los compradores!" Harún exclamó: "¡Oh Giafar! ¡por los méritos de mis antepasados los Puros, prometo un dinar por cada vez a los que compren de mi pesca a mi amo Califa!"

A la sazón Giafar llamó a los guardias de la escolta: "¡Eh! ¡guardias e individuos de la escolta, corred a la ribera y procurad traer pescado al Emir de los Creyentes!" Y al punto todos los de la escolta echaron a correr hacia el paraje indicado, y se encontraron con Califa guardando su pesca; y le rodearon cual gavilanes que cercaran una presa, y arrebataron los peces amontonados delante de él, disputándoselos, aunque el garrote de Califa se agitaba amenazador. Y a pesar de todo, quedó Califa vencido por la mayoría, y exclamó: "¡Sin duda no es del Paraíso este pescado!" Y a fuerza de garrotazos consiguió salvar del saqueo los dos peces más hermosos de la pesca; y los cogió, cada uno con una mano, y se refugió en el agua para escapar de los que creía bandoleros salteadores de caminos. Y ya en el agua, alzó sus manos con un pez en cada una y exclamó: "¡Oh Alah! ¡por los méritos de estos peces de tu Paraíso, haz que no tarde en llegar mi socio el tañedor de clarinete!"

Y he aquí que, pronunciada esta invocación, un negro de la escolta, que se había retrasado a los demás porque su caballo se paró en el camino para orinar, llegó a la ribera el último, y no viendo ya huella de pescado, miró a derecha y a izquierda y divisó en el agua a Califa con un pez en cada mano. Y le gritó: "¡Oh pescador, ven aquí!"

Pero Califa contestó: "Vuelve la espalda, ¡oh tragador de zib!"

Al oír estas palabras, el negro levantó su lanza en el límite del furor, y apuntando con ella a Califa, le gritó "¿Quieres venir aquí y venderme esos dos peces al precio que te parezca, o prefieres recibir esta lanza en el costado?" Y Califa le contestó: "No tires, ¡oh bribón! ¡Mejor será darte el pescado que perder la vida!"

Y salió del agua y arrojó con desdén los dos peces al negro, que los recogió y los puso en su pañuelo de seda ricamente bordado; luego se llevó la mano al bolsillo para sacar dinero, pero lo encontró vacío; y dijo al pescador: "¡Por Alah, que no tienes suerte, ¡oh pescador! pues al presente no llevo en el bolsillo ni un solo dracma. Pero ve mañana al palacio y pregunta por el negro eunuco Sándalo. Y los servidores te llevarán a mi presencia, y en mí hallarás una acogida generosa y lo que la suerte te haya deparado, ¡y luego te irás por tu camino!"

Sin atreverse a protestar, Califa lanzó al eunuco una mirada que decía más que mil insultos o mil amenazas de horadación o de fornicación con la madre o la hermana del interesado, y se alejó en dirección a Bagdad, golpeándose una contra otra las manos, y diciendo, con un tono de amargura y de ironía: "¡He aquí, en verdad, un día que desde sus albores está siendo bendito entre todos los días benditos de mi vida! ¡No cabe duda!" Y de tal modo franqueó los muros de la ciudad, y llegó a la entrada de los zocos.

Y cuando los transeúntes y los tenderos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 563ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 563ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y cuando los transeúntes y los tenderos vieron que el pescador Califa, no obstante llevar a la espalda sus redes, su cesto y su garrote, iba vestido con un traje y tocado con un turbante que entre ambos valdrían muy bien mil dinares, se agruparon en torno suyo y echaron a andar detrás de él para enterarse de la cosa, hasta que el pescador acertó a pasar por delante de la tienda del propio sastre del califa. Y desde la primera ojeada que echó a Califa, el sastre reconoció en el traje que llevaba aquel hombre el mismo que entregó él hacía poco al Comendador de los Creyentes. Y gritó al pescador: "¡Oh Califa! ¿de dónde te ha venido ese traje que llevas?"

Y Califa, de muy mal humor, le contestó midiéndole con la mirada: "¿Y qué te importa eso a ti, impúdico con cara de excremento? Sabe, sin embargo, para que veas que no oculto nada, que este traje me lo ha dado el aprendiz a quien enseño a pescar y que ahora es mi ayudante. ¡Y me lo ha dado para que no le cortaran la mano como consecuencia del robo de que se ha hecho culpable al quitarme mis efectos!"

Al oír estas palabras, el sastre comprendió que el califa se habría encontrado al pescador durante su paseo y le habría embromado de aquel modo para reírse de él. Y dejó a Califa continuar en paz su camino y llegar a su casa, donde mañana le encontraremos.

Pero tiempo es ya de saber lo que pasó en palacio durante la ausencia del califa Harún Al-Raschid. Pues bien; pasaron allí cosas de extrema gravedad.

En efecto, sabemos que el califa no había salido de su palacio con Giafar más que para tomar un poco de aire por los campos y distraerse por un momento de su pasión extremada hacia Fuerza-de los-Corazones. Pero no era sólo a él a quien torturaba aquella pasión hacia la esclava. Su esposa y prima Sett Zobeida, desde que se presentó en palacio aquella joven que llegó a ser la favorita exclusiva del Emir de los Creyentes, no podía ya comer, ni beber, ni dormir, ni nada, de tan llena como tenía el alma de los celos que sienten de ordinario las mujeres hacia sus rivales. Y para vengarse de aquella afrenta continua que la humillaba a sus propios ojos y a los ojos de quienes la rodeaban, no aguardaba más que una ocasión, bien una ausencia fortuita del califa, bien un viaje, bien una ocupación cualquiera, que le permitiese obrar con libertad. Así es que en cuanto supo que el califa había salido para ir de caza y de pesca, hizo preparar en sus habitaciones un festín suntuoso, en el cual no faltaban bebidas ni bandejas de porcelana llenas de confituras y pasteles. Y mandó a invitar con gran ceremonia a la favorita Fuerza-de-los-Corazones, haciendo que le dijeran las esclavas: "Nuestra ama Sett Zobeida, hija de Kassem, esposa del Emir de los Creyentes, te invita hoy a un festín que da en tu honor, ¡oh nuestra ama Fuerza-de-los-Corazones! Porque ha tomado hoy cierto medicamento, y como para que surta mejor sus efectos es preciso que se regocije el alma y dé reposo al espíritu, ella cree que el mejor reposo y la alegría mejor no pueden proporcionárselos más que tu presencia y tus encantos maravillosos, de los que ha oído hablar con admiración al califa. ¡Y tiene muchas ganas de juzgar por sí misma!"

Y Fuerza-de-los-Corazones contestó: "¡El oído y la obediencia son para Alah y para nuestra ama Sett Zobeida!" Y se levantó en aquella hora y en aquel instante; y no sabía lo que le reservaba el Destino en sus designios misteriosos. Y llevó consigo los instrumentos musicales que necesitaba, y acompañó al jefe eunuco a las habitaciones de Sett Zobeida.

Cuando estuvo en presencia de la esposa del califa, besó la tierra entre sus manos varias veces; luego se levantó, y con una voz infinitamente deliciosa, dijo: "¡La paz sobre la cortina levantada y el velo sublime de este harem, sobre la descendiente del Profeta y heredera de la virtud de los Abbasidas! ¡Pluguiera a Alah prolongar la dicha de nuestra ama mientras el día y la noche se sucedan uno a otro!" Y habiendo dicho este cumplimiento, retrocedió hasta colocarse en medio de las demás mujeres y esclavas.

Entonces Sett Zobeida, que estaba echada en un amplio diván de terciopelo, alzó los ojos lentamente hacia la favorita y la miró con fijeza. Y quedó deslumbrada de la belleza que veía ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 564ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 564ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y quedó deslumbrada de la belleza que veía en aquella joven perfecta que tenía cabellos de noche, mejillas cual corolas de rosas, granadas en vez de senos, ojos brillantes, párpados lánguidos, una frente resplandeciente y un rostro de luna. Y sin duda debía salir el sol tras la franja de su frente, y las tinieblas de la noche se espesarían con su cabellera; el almizcle no debiera sacarse más que de su aliento perfumado, y las flores le eran deudoras de su gracia y sus perfumes; la luna sólo brillaba cuando la arrebataba el resplandor de su frente; la rama sólo se balanceaba imitando el balanceo de su talle, y las estrellas sólo titilaban en sus ojos; el arco de los guerreros no era más que un remedo de sus cejas, y el coral de los mares enrojecía en sus labios nada más.

¡Si se irritaba, caían sin vida en tierra sus amantes! ¡Si ella se apaciguaba, las almas devolvían la vida a los cuerpos inanimados! Si lanzaba una mirada, hechizaba y sometía a su imperio ambos mundos. ¡Porque en verdad que era un milagro de belleza, honor de su tiempo y gloria de Quien la había creado y perfeccionado!

Cuando Sett Zobeida la admiró y detalló, le dijo: "¡Comodidad, amistad y familia! Bienvenida seas entre nosotras, ¡oh Fuerza-de-los-Corazones! ¡Siéntate y diviértenos con tu arte y con los primores de tu ejecución!" Y contestó la joven: "¡Escucho y obedezco!" Luego se sentó, y tendiendo la mano, cogió primero un tamboril, instrumento admirable; y se le podría entonces aplicar estos versos del poeta:

¡Oh tañedora de tamboril, mi corazón vuela al oírte! ¡Y mientras tus dedos baten el ritmo profundo, el amor que me posee sigue al compás y el sonido repercute en mi pecho!
¡No te apoderarás más que de un corazón herido! ¡Lo mismo cuando cantas con un tono ligero, que cuando lanzas el grito del dolor, penetras en nuestra alma!
¡Ah! Levántate,!ah! desnúdate, ¡ah! Tira el velo, y alzando tus leves pies, ¡oh toda hermosa! señala el paso de la delicia ligera y de nuestra locura!

Y cuando hubo hecho resonar el instrumento sonoro, cantó acompañándose, estos versos improvisados:

Sus hermanos los pájaros dijeron a mi corazón, pájaro herido: "!Huye, huye de los hombres y de la sociedad!"
¡Pero yo dije a mi corazón!, pájaro herido: ¡Corazón mío, obedece a los hombres y que tus alas tiemblen como abanicos! ¡Regocíjate para complacerles!”

Y cantó estas dos estrofas con una voz tan maravillosa, que las aves del cielo detuvieron su vuelo y el palacio se puso a bailar de entusiasmo con todos sus muros. Entonces Fuerza-de-los-Corazones dejó el tamboril y cogió la flauta de caña, en la cual apoyó sus labios y sus dedos. Y se le podrían entonces aplicar estos versos del poeta:

¡Oh tañedora de la flauta! ¡el instrumento de insensible caña que tienen en tus labios tus ágiles dedos, adquiere al paso de tu aliento un alma nueva!
¡Sopla en mi corazón! ¡Resonará mejor que la insensible caña de la flauta de agujeros sonoros, porque en él hallarás más de siete heridas que han de avivarse al roce de tus dedos!

Cuando hubo encantado a los circunstantes, con su maestría, dejó la flauta y cogió el laúd, instrumento admirable, y templando las cuerdas, le apoyó contra su seno, inclinándose sobre la caja con la ternura de una madre que se inclinara sobre su hijo, de modo que, sin duda, se refiere a ella y a su laúd el poeta que ha dicho:

¡Oh tañedora de laúd! ¡sobre las cuerdas persas tus dedos excitan o calman la violencia a medida de tu deseo, cual un médico hábil que a su antojo hace brotar la sangre de las venas o la deja circular por ellas tranquilamente, según se necesite!
¡Qué gusto da oír hablar bajo tus dedos delicados a un laúd de cuerdas persas que habla a aquellos cuyo lenguaje no posee, viendo cómo todos los ignorantes comprenden su lenguaje sin palabras!

Y entonces preludió ella de catorce modos diferentes, y acompañándose cantó un canto completo, que confundió de admiración a quienes la veían y llenó de delicias a quienes la escuchaban.

Luego, tras de preludiar así en distintos instrumentos y cantar ante Sett Zobeida canciones variadas, Fuerza-de-los-Corazones se levantó con su gracia y su flexibilidad ondulante, ¡y bailó! Después de lo cual se sentó y ejecutó distintos juegos de destreza, prestidigitaciones y escamoteos, y lo hizo con tan ligera mano y con tanto arte y habilidad, que, a pesar de los celos, el despecho y el deseo de venganza, Sett Zobeida estuvo a punto de caer enamorada de ella y declararle su pasión. Pero pudo reprimir a tiempo aquel impulso, pensando para su ánima: "¡En verdad que no debiera censurarse a mi primo Al-Raschid por estar enamorado de ella...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 565ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 565ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... En verdad que no debiera censurarse a mi primo Al-Raschid por estar tan enamorado de ella!" Y dió orden a los esclavos para que sirvieran el festín y dejó a su odio sobreponerse a estos primeros sentimientos. Sin embargo, no dejó que la compasión huyera de su corazón enteramente, y en lugar de realizar el proyecto de envenenar a su rival, como había pensado en un principio, y desembarazarse así de ella para siempre, se limitó a mezclar en los pasteles servidos a Fuerza-de-los-Corazones una dosis muy fuerte de bang narcótico. Y no bien la favorita se llevó a los labios un trozo de aquellos pasteles, echó la cabeza atrás y se sumió en las tinieblas de la inconsciencia. Y Sett Zobeida, fingiendo un dolor grande, ordenó a las esclavas que la transportaran a un aposento secreto. Luego hizo correr la noticia de su muerte, diciendo que se había atragantado por comer demasiado de prisa, y mandó celebrar un simulacro de funerales solemnes y de entierro, y le erigió en seguida una tumba suntuosa en los jardines mismos de palacio.

Todo eso acaeció durante la ausencia del califa. Pero cuando después de su aventura con el pescador Califa entró aquél en el palacio, su primer cuidado consistió en preguntar a los eunucos por su bienamada Fuerza-de-los-Corazones. Y los eunucos, a quienes Sett Zobeida había amenazado con la horca en caso de indiscreción, contestaron al califa con acento fúnebre: "¡Ay! ¡oh señor nuestro! Alah prolongue tus días y vierta sobre tu cabeza las bienandanzas que se merecía nuestra ama Fuerza-de-los-Corazones! ¡Tu ausencia ¡oh Emir de los Creyentes! le ha causado una desesperación y un dolor tan grandes, que no ha podido soportar su emoción, y la ha asaltado una muerte repentina! ¡Y está ahora en la paz del Señor!"

Al oír estas palabras, el califa echó a correr por el palacio como un insensato tapándose las orejas y preguntando a grandes gritos por su bienamada a cuantos encontraba. Y a su paso se arrojaba de bruces todo el mundo o se escondía tras las columnatas. Y llegó de tal suerte al jardín donde se alzaba la falsa tumba de la favorita y dio con la frente en el mármol, y tendiendo los brazos y llorando todas sus lágrimas, exclamó:

¡Oh tumba! ¿Cómo es posible que tus sombras frías y las tinieblas de tu noche encierren a la bien amada?
¡Oh tumba! ¡por Alah, dime si la belleza y los encantos de mi amiga se borraron para siempre! ¿Se desvaneció para siempre el espectáculo regocijante de su hermosura?
¡Oh tumba! ¡sin duda no eres el Jardín de las Delicias ni el alto cielo! ¿Pero porqué veo brillar dentro de ti la luna, y florecer la rama?

Y el califa siguió sollozando y desahogando de aquel modo su dolor durante una hora de tiempo. Tras de lo cual se levantó y corrió a encerrarse en sus habitaciones, sin querer oír consuelos ni recibir a su esposa y a sus íntimos.

En cuanto a Sett Zobeida, apenas vió el éxito de su estratagema, hizo encerrar en secreto a Fuerza-de-los-Corazones en un arca (porque la joven continuaba bajo los efectos adormecedores del bang) y ordenó a dos esclavos de confianza que sacaran del palacio el arca y la vendieran en el zoco al primer comprador que se presentase, con la condición de hacer la compra sin levantar la tapa.

¡Y he aquí lo referente a todos ellos!

Volvamos ahora al pescador Califa. Cuando se despertó al día siguiente al de la pesca, su primer pensamiento fué para el negro castrado que no le había pagado los dos peces, y se dijo: "¡Me parece que lo mejor que puedo hacer es ir a palacio a preguntar por ese eunuco Sándalo, hijo de una negra maldita de narices anchas; pues que él mismo me lo ha recomendado así! Y como no quiera cumplir conmigo, ¡por Alah, que le honrado!"

Y se dirigió al palacio.

Pero al llegar a palacio encontró a todo el mundo en movimiento; y la primera persona con quien se encontró en la misma puerta fué el negro eunuco Sándalo, que estaba sentado en medio de un grupo respetuoso de otros negros y otros eunucos discutiendo y gesticulando. Y se adelantó Califa hacia él, y como un joven mameluco quería impedirle el paso, le empujó y le gritó: "¡Déjame, hijo de perro!"

Al oír este grito, el eunuco Sándalo volvió la cabeza y vió que estaba allí Califa el pescador. Y riendo, el eunuco le dijo que se acercara; y Califa avanzó, y dijo: "¡Por Alah, que te hubiera conocido entre mil, ¡oh rubiales míos! ¡oh tizón mío!"

Y el eunuco se echó a reír al escuchar estas palabras, y le dijo con amabilidad: "Siéntate un momento ¡oh mi amo Califa! ¡Enseguida te pagaré lo que te debo!" Y se metió la mano en el bolsillo para coger dinero y dárselo; cuando un grito anunció la presencia del gran visir Giafar, que salía de ver al califa...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 566ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 566ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y se metió la mano en el bolsillo para coger dinero y dárselo, cuando un grito anunció la presencia del gran visir Giafar, que salía de ver al califa. Así es que los eunucos, los esclavos y los jóvenes mamelucos se levantaron para ponerse en dos filas; y Sándalo, a quien el visir hizo con la mano seña de que tenía que hablarle, dejó al pescador y a toda prisa se puso a las órdenes de Giafar. Y empezaron a hablar ambos largamente, paseándose.

Cuando Califa vió que el eunuco tardaba en volver junto a él, creyó que aquello era una estratagema suya para no pagarle, máxime cuando el eunuco parecía haberle olvidado completamente, sin preocuparse ya de su presencia y como si no existiera el pescador. Entonces éste comenzó a moverse y a hacer al eunuco desde lejos señas que querían decir: "¡Vuélvete ya!" Pero como el otro no le prestaba la menor atención, le gritó Califa con irónico acento: "¡Oh mi señor Tizón, dame lo que me debes para que me vaya!"

Y a causa de la presencia de Giafar, el eunuco se avergonzó mucho de este apóstrofe, y no quiso contestarle. Por el contrario, se puso a hablar con más viveza para no atraer hacia el otro la atención del gran visir; pero fué trabajo perdido. Porque Califa se acercó más y exclamó con una voz formidable, haciendo muchos gestos: "¡Oh tramposo pillastre! ¡confunda Alah a las gentes de mala fe y a cuantos privan de lo suyo a los pobres!"

Después cambió de acento y le gritó con sorna: "Bajo tu protección me pongo, ¡oh mi señor Barriga-Hueca! Y te suplico que me des lo que me debes para que me marche".

Y el eunuco llegó el límite de la confusión, pues Giafar había visto y oído aquella voz; pero como aún no sabía de qué se trataba, preguntó al eunuco: "¿Qué le ocurre a ese hombre? ¿Y quién le ha engañado?"

Y el eunuco contestó: "¡Oh mi señor! ¿no sabes quién es ese hombre?"

Giafar dijo: "¡Por Alah! ¿cómo voy a conocerle si es la primera vez que le veo?"

El eunuco dijo: "¡Oh señor nuestro! ¡si precisamente es el pescador a quien ayer disputamos los peces para llevárselos al califa! ¡Y como yo le prometí dinero por los dos últimos peces que le quedaban, le dije que viniera hoy a buscarme para que le pagase lo que le debía! ¡Y hace un rato iba a pagarle, cuando tuve que acudir entre tus manos! ¡Y por eso me apostrofa ahora de esa manera, impaciente ya el buen hombre!"

Cuando el visir Giafar hubo oído estas palabras, sonrió ligeramente, y dijo al eunuco: "¿Cómo te has atrevido ¡oh jefe de los eunucos! a faltar así al respeto, a la prontitud y a los miramientos que se deben al propio amo del Emir de los Creyentes?

¡Pobre Sándalo ¿qué dirá el califa si llega a enterarse de que no se ha honrado en extremo a su socio y maestro Califa el pescador?"

Luego Giafar añadió de pronto: "¡Oh Sándalo! ¡sobre todo no le dejes marchar, porque nos puede hacer mucha falta! Precisamente el califa tiene el pecho oprimido, el corazón afligido, el alma condolida, y está sumido en la desesperación con la muerte de la favorita Fuerza-de-los-Corazones, y he tratado inútilmente de consolarle por todos los medios usuales.

Pero quizá consigamos dilatarle el pecho con la ayuda de ese pescador Califa. ¡Reténle, pues, en tanto que voy yo a tantear el ánimo del califa!" Y contestó el eunuco Sándalo: "¡Oh mi señor, haré lo que juzgues oportuno! ¡Y Alah te conserve y te guarde por siempre como sostén, pilar y piedra angular del imperio y de la dinastía del Emir de los Creyentes! ¡Y caiga sobre ti y sobre ella la sombra protectora del Altísimo! ¡Y ojalá la rama, el tronco y la raíz permanezcan intactos durante siglos!"

Y se apresuró a reunirse con Califa, mientras Giafar iba a ver al califa. Y al ver por fin llegar al eunuco, el pescador le dijo: "¡Hete aquí ya!, ¡oh Barriga-Hueca!" Y como el eunuco daba a los mamelucos orden de detener al pescador y de impedirle que se marchara, le gritó éste: "¡Ah! ¡eso es lo que no me esperaba! ¡El acreedor se convierte en deudor, y el demandante resulta demandado! ¡Ah, Tizón de mi zib! ¡Vengo aquí a reclamar mi deuda, y se me coge preso con pretexto de atraso en las contribuciones y de falta de pago de impuestos!"

Y he aquí lo referente a él.

En cuanto al califa, cuando Giafar penetró en su aposento, le encontró doblado por la cintura, con la cabeza entre las manos y el pecho hinchado de sollozos. Y recitaba lentamente estos versos:

¡Sin cesar me reprochan mis censores el dolor inconsolable que me embarga! ¿Pero qué voy a hacer, si el corazón rechaza todo consuelo? ¿Acaso depende de mí este corazón independiente?
¿Y cómo, sin morir, podré soportar la ausencia de una niña cuyo recuerdo llena mi alma, de una niña encantadora y dulce, y tan dulce, ¡oh corazón mío!?
¡Oh no! ¡Jamás la olvidaré! ¡Olvidarla cuando la copa ha circulado entre nosotros, copa en que bebí el vino de sus miradas, vino que me embriaga todavía!

Y cuando Giafar estuvo entre las manos del califa, dijo: "¡La paz sea contigo, oh Emir de los Creyentes! ¡oh defensor del honor de nuestra Fe! ¡oh descendiente del tío del Príncipe de los Apóstoles! ¡Que la plegaria y la paz de Alah sean con Él y con todos los suyos sin excepción!"

Y el califa alzó hacia Giafar unos ojos llenos de lágrimas, mirándole con una mirada dolorosa, y le contestó:

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 567ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 567ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el califa alzó hacia Giafar unos ojos llenos de lágrimas, mirándole con una mirada dolorosa, y le contestó: "¡Y contigo ¡oh Giafar! la paz de Alah y su misericordia y sus bendiciones!" Y Giafar preguntó: "¿Permite el Comendador de los Creyentes que le hable su esclavo, o se lo prohíbe? Y Al-Raschid contestó: "¿Y desde cuándo ¡oh Giafar! te está prohibido hablarme, a ti, que eres señor y cabeza de todos mis visires? ¡Dime cuanto tengas que decirme!"

Y Giafar dijo entonces: "¡Oh señor nuestro! cuando yo salía de entre tus manos de vuelta para mi casa, he encontrado de pie a la puerta de palacio, en medio de los eunucos, a tu amo y profesor y compañero, Califa el pescador, que tenía muchas quejas que formular contra ti, y se querellaba diciendo: "¡Gloria a Alah! ¡no comprendo nada de lo que me sucede! ¡Le he enseñado el arte de la pesca, y no solamente no me guarda ninguna gratitud, sino que se marchó para comprarme dos cestos y ha tenido buen cuidado de no volver! ¿Se puede llamar a eso una intención formal y un buen aprendizaje? ¿O acaso es así cómo se corresponde con los amos?"

¡De modo que yo, ¡oh Emir de los Creyentes! me he apresurado a venir a avisarte de la cosa para que, si sigues teniendo la intención de ser su asociado, lo seas, y si no, para que le avises el haberse terminado el acuerdo existente entre ambos, a fin de que pueda él encontrar otro socio o compañero!"

Cuando el califa hubo oído estas palabras de su visir, a pesar de los sollozos que le ahogaban, no pudo por menos de sonreír primero, riendo luego a carcajadas, y de pronto sintió que se le dilataba el pecho, y dijo a Giafar: "¡Por mi vida sobre ti, ¡oh Giafar! dices la verdad!

¿Es cierto que el pescador Califa está a la puerta del palacio ahora?" Y Giafar contestó: "¡Por tu vida, ¡oh Emir de los Creyentes! que a la puerta está el propio Califa con sus dos ojos!"

Y dijo Harún: "¡Oh Giafar! ¡por Alah, que necesito hacerle justicia hoy con arreglo a sus méritos, y darle lo que le corresponde! ¡Así, pues, si por mediación mía Alah le envía suplicios o sufrimientos, no se le perdonará ninguno, y si, por el contrario, escribe para suerte suya la prosperidad y la fortuna, las tendrá también!"

Y diciendo estas palabras, el califa cogió una hoja grande de papel, la cortó en trozos pequeños de igual tamaño, y dijo: "¡Oh Giafar!" ¡Escribe con tu propia mano primero en veinte de estas papeletas, sumas de dinero que oscilen entre un dinar y mil dinares, y los nombres de todas las dignidades de mi imperio, desde la dignidad de califa, de emir, de visir y de chambelán hasta los más ínfimos cargos de palacio; luego escribe en las otras veinte papeletas todas las clases de castigos y de torturas, desde los azotes hasta la horca y la muerte!"

Y contestó Giafar: "¡Escucho y obedezco!" Y cogió un cálamo y escribió con su propia mano en las papeletas indicaciones ordenadas por el califa, tales como Un millar de dinares, cargo de chambelán, emirato, dignidad de califa y sentencia de muerte, prisión, azotes, y otras cosas parecidas. Luego dobló de igual manera todas las papeletas las metió en una palangana de oro, y se lo entregó todo al califa, que le dijo: "¡Oh Giafar! ¡por los méritos sagrados de mis santos antecesores los Puros, y por mi ascendencia real que se remonta a Hamzah y a Akil, juro que cuando Califa el pescador se halle aquí, dentro de poco, voy a ordenar que saque una papeleta de esas papeletas cuyo contenido sólo yo y tú conocemos, y le concederé lo que tenga escrito el papel que él saque, cualquiera que sea la cosa escrita! ¡Y si le tocara mi propia dignidad de califa, yo la abdicaré al instante en favor suyo y se la transmitiré con toda generosidad de alma! ¡Pero, si por el contrario, le corresponde la horca, o la mutilación; o la castración, o cualquier género de muerte, se la haré sufrir sin apelación!

¡Vé, pues, por él, y tráemelo sin tardanza!"

Al oír estas palabras, Giafar dijo para sí: "¡No hay majestad ni poder más que en Alah el Glorioso, el Omnipotente! ¡Es posible que la papeleta que saque ese pobre sea una papeleta de las malas que ocasione su perdición! ¡Y sin quererlo, seré yo entonces la causa primera de su desdicha! ¡Porque lo ha jurado el califa, y no hay que pensar en hacer que cambie de resolución! ¡Por tanto, tengo que limitarme a buscar a ese pobre hombre! ¡Y no ha de suceder más que lo que estuviera escrito por Alah!"

Luego salió en busca de Califa el pescador y, cogiéndole de la mano, quiso arrastrarle al interior del palacio.

Pero Califa, que hasta entonces no había cesado de gesticular, quejarse de su arresto y arrepentirse por haber ido a la corte, estaba a punto de perder del todo la razón, y exclamó: "¡Qué estúpido fui al hacerme caso a mí mismo y venir aquí en busca de ese eunuco negro, de ese Tizón funesto, de ese hijo maldito de una maldita negra de narices anchas, de ese Barriga-Negra!"

Pero Giafar le dijo: "¡Vamos, sígueme!" Y le arrastró con él, precedido y escoltado por la muchedumbre de esclavos y de mozos, a quienes Califa no cesaba de injuriar. Y le hicieron pasar por siete inmensos vestíbulos, y Giafar le dijo: "¡Atención, ¡oh Califa! porque vas a entrar en presencia del Emir de los Creyentes, el defensor de la Fe!" Y levantando un cortinaje le empujó a la sala de recepción, en cuyo trono aparecía sentado Harún Al-Raschid, a quien rodeaban sus emires y los grandes de su corte. Y Califa, que no tenía la menor idea de lo que estaba viendo, no se desconcertó lo más mínimo, sino que, al mirar con la mayor atención a Harún Al-Raschid en medio de su gloria, se adelantó hacia él riendo a carcajadas, y le dijo: "¡Ah! por fin te encuentro, ¡oh clarinete! ¿Te parece que has obrado legalmente al dejarme ayer solo para que guardara el pescado, después que te enseñé el oficio y te encargué que fueras a comprarme dos cestos? ¡Me dejaste indefenso y a merced de una porción de eunucos que, como una bandada de buitres fueron a robarme y a quitarme mi pescado, que hubiera podido producirme cien dinares lo menos! ¡Y también tú eres el causante de lo que me sucede ahora entre todos estos individuos que me retienen aquí! Pero dime ya, ¡oh clarinete! ¿quién pudo echarte mano y apresarte y atarte a esa silla. ..

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 568ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 568ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero dime ya, ¡oh clarinete! ¿quién pudo echarte mano y apresarte y atarte a esa silla?"

Al oír estas palabras de Califa, el califa sonrió, y cogiendo con las dos manos la jofaina de oro en que estaban las papeletas escritas por Giafar, le dijo: "¡Acércate, ¡oh Califa! y ven a sacar una papeleta entre estas papeletas!"

Pero exclamó Califa, echándose a reír: "¡Cómo! ¡oh clarinete! ¿cambiaste ya de oficio y abandonaste la música? ¡Y hete aquí ahora convertido en astrólogo! ¡Y ayer eras aprendiz de pescador! ¡Créeme, clarinete, que ese proceder no te llevará lejos! ¡Porque cuantos más oficios se tienen, menos provecho se saca de ellos! ¡Da, pues, de lado a la astrología, y torna a ser clarinete o vuelve conmigo para continuar tu aprendizaje de pescador!"

Y aún iba a proseguir hablando, cuando Giafar se acercó a él, y le dijo: "¡Basta ya de semejante palabrería! ¡Y ven a sacar de esas papeletas, como te ha ordenado el Emir de los Creyentes!" Y le empujó hacia el trono.

Entonces Califa, aunque resistiéndose al empujón de Giafar, se adelantó renegando hacia la jofaina de oro, y metiendo en ella con torpeza toda su mano, sacó un puñado de papeletas a la vez. Pero Giafar, que le vigilaba, le hizo soltarlas, y le dijo que cogiera una sola. Y Califa, rechazándole de un codazo, volvió a meter la mano y no sacó aquella vez más que una sola papeleta, diciendo: "¡Lejos de mí toda idea de volver a tomar a mi servicio en adelante a este tañedor de clarinete de mejillas abultadas, a este astrólogo sacador de horóscopos!"

Y así diciendo, desdobló la papeleta, y con ella al revés, pues no sabía leer, se la dió al califa, preguntándole: "¿Quieres decirme, ¡oh clarinete! el horóscopo escrito en esta papeleta? ¡Y ten cuidado con no ocultarme nada!"

El califa cogió la papeleta, y sin leerla, se la dió a su vez a Giafar, diciéndole "¡Dinos en alta voz lo que está escrito ahí!" Y Giafar cogió la papeleta y habiéndola leído, alzó los brazos y exclamó: "¡No hay majestad ni poder más que en Alah el Glorioso, el Omnipotente!"

Y el califa preguntó a Giafar, sonriendo: "¡Supongo que serán buenas noticias, oh Giafar! ¿De qué se trata? ¡Habla! ¿Es preciso que baje yo del trono? ¿Hay que sentar aquí a Califa? ¿o hay que apoderarse de él?"

Y Giafar contestó con mohíno acento: "¡Oh Emir de los Creyentes! en esta papeleta han escrito: "Cien palos al pescador Califa".

Entonces, a pesar de los gritos y protestas de Califa, el califa dijo: "¡Que se ejecute la sentencia!" Y el portaalfanje Massrur hizo que se apoderaran del pescador, que aullaba como un loco, y cuando le echaron de bruces, mandó que le aplicaran cien palos justos, ¡ni uno más ni uno menos! Y aunque Califa no sentía dolor alguno, a causa del encallecimiento que había adquirido, daba gritos espantosos v lanzaba mil imprecaciones contra el tañedor de clarinete.

¡Y el califa se reía extremadamente!

Y cuando hubieron acabado de administrarle los cien golpes, Califa se levantó como si no hubiese pasado nada, y exclamó: "¡Maldiga Alah tu música, oh hinchado! ¿Desde cuándo forman los palos parte de las bromas entre las gentes distinguidas?"

Y Giafar, que tenía un alma misericordiosa y un corazón compasivo, se encaró con el califa, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡permite al pescador que saque otra papeleta! ¡Quizá la suerte le sea esta vez más propicia! ¡Y después de todo, no querrás que tu antiguo amo se aleje del río de tu liberalidad sin haber apagado su sed!"

Y el califa contestó: "¡Por Alah, ¡oh Giafar! que eres muy imprudente! ¡Ya sabes que los reyes no tienen costumbre de desdecirse de sus juramentos y promesas! ¡De modo que puedes estar seguro de antemano de que, si al sacar la segunda papeleta el pescador, le toca la horca, se le ahorcará sin remisión! ¡Y así serás tú el causante de su muerte!" Y Giafar contestó: "¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! que la muerte del desdichado es preferible a su vida!"

Y el califa dijo: "¡Sea! ¡Que saque, entonces, otra papeleta!"

Pero Califa exclamó, encarándose con el califa: "¡Oh clarinete funesto, que Alah te recompense por tu liberalidad! pero dime, ¿es que no podrías encontrar en Bagdad otra persona más que yo para hacerle experimentar tan agradable prueba? ¿O acaso yo sólo estoy disponible en todo Bagdad?"

Pero Giafar se acercó a él, y le dijo: "¡Coge otra papeleta, y Alah te la elegirá!"

Entonces Califa metió la mano en la jofaina de oro, y al cabo de un momento, sacó una papeleta en blanco. Y el califa dijo: "¡Ya lo estás viendo! ¡La fortuna de este pescador no le espera entre nosotros! ¡Dile, pues, ahora que se quite de mi vista cuanto antes! ¡Ya estoy harto de verle!"

Pero Giafar dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡te conjuro, por méritos sagrados de tus santos antecesores los Puros, a que permitas al pescador que saque la tercera papeleta! ¿Quién sabe si encontrará así con qué no morir de hambre?" Y contestó Al-Raschid: "¡Bueno! ¡Que coja, pues, la tercera papeleta, pero nada más!"

Y Giafar dijo a Califa: "¡Anda, oh pobre! coge la tercera y última ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 569ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 569ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

¡... Anda, ¡oh pobre! coge la tercera y última!" Y una vez más sacó un papel Califa, y cogiendo la papeleta, Giafar leyó en voz alta: "¡Un dinar al pescador!"

Al oír estas palabras, exclamó Califa el pescador: "¡Maldición sobre ti, oh clarinete funesto! ¡Un dinar por cien palos! ¡Vaya una generosidad!

¡Así te recompense Alah el día del Juicio!"

Y el califa se echó a reír con toda su alma, y Giafar, que al fin y al cabo había conseguido distraerle, cogió de la mano al pescador Califa y le hizo salir de la sala del trono.

Cuando Califa llegó a la puerta del palacio, se encontró con el eunuco Sándalo, que le llamó y le dijo: "¡Ven, Califa! ¡Ven a hacernos participar de la gratificación que te haya dado la generosidad del Emir de los Creyentes!"

Y le contestó Califa: "¡Ah! ¿quieres participar de ella, negro de brea?

¡Ven, pues, a recibir la mitad de cien palos sobre tu piel negra, antes de que Eblis te los administre en el infierno! ¡Toma ahora el dinar que me ha dado tu amo el tañedor de clarinete!"

Y le tiró a la cara el dinar que Giafar le puso en la mano, y quiso trasponer la puerta para marcharse por su camino. Pero el eunuco echó a correr detrás de él, y sacando del bolsillo una bolsa con cien dinares, se la ofreció a Califa, diciéndole: "¡Oh pescador, toma estos cien dinares para pago del pescado que te compré ayer! ¡Y vete en paz!"

Y al ver aquello, Califa se alegró mucho y tomó la bolsa con los cien dinares y también el dinar que le dió Giafar, y olvidando su mala suerte y el trato que acababa de sufrir, se despidió del eunuco y se volvió a su casa, lleno de gloria y en el límite de la satisfacción.

Y ahora...

Como cuando Alah decreta una cosa la ejecuta siempre, y aquella vez su decreto se refería precisamente a Califa el pescador, hubo de cumplirse su voluntad. En efecto, al atravesar los zocos de regreso para su casa, Califa se vió detenido, ante el mercado de los esclavos, por un corro considerable de personas que miraban todas al mismo punto.

Y se preguntó Califa: "¿Qué mira así este tropel de gente?" E impulsado por la curiosidad, apartó la multitud empujando a mercaderes y corredores, a ricos y a pobres, quienes se echaban a reír cuando le reconocían, diciéndose unos a otros: "¡Paso! ¡dejad paso al opulento valiente que va a comprar todo el mercado! ¡Paso al sublime Califa, maestro de taladradores!"

Y Califa, sin desconcertarse y animado al sentirse provisto de los dinares de oro que llevaba en su cinturón, llegó en medio de la primera fila y miró para ver de qué se trataba. Y vió a un anciano que tenía delante de sí un arca en la cual estaba sentado un esclavo. Y aquel anciano recitaba a voces un pregón que decía: "¡Oh mercaderes! ¡oh gente rica! ¡oh nobles habitantes de nuestra ciudad! ¿quién de vosotros quiere colocar su dinero en un negocio que le rentará un ciento por ciento, si compra con su contenido, que ignoramos, esta arca de buen origen, procedente del palacio de Sett Zobeida, hija de Kassem, esposa del Emir de los Creyentes? ¡Ofreced por él! ¡Y que Alah bendiga al que más ofrezca!" Pero un silencio general respondió a su llamamiento, porque los mercaderes no se atrevían a aventurar una suma de dinero en aquella arca cuyo contenido ignoraban, ¡y mucho se temían que hubiese dentro alguna superchería!

Pero uno de ellos alzó por fin la voz, y dijo: "¡Por Alah, que es muy aventurado el trato! ¡Y se corre mucho riesgo! ¡Sin embargo, voy a hacer una oferta, a condición de que no se me reproche por ella! ¡Voy a decir una palabra, y nada de censuras para conmigo!

¡Hela aquí! ¡veinte dinares, y ni uno más!"

Pero inmediatamente pujó otro mercader, y dijo: "¡Es mío por cincuenta!" Y pujaron otros mercaderes; y las ofertas llegaron a cien dinares.

Entonces gritó el subastador: "¿Hay quien puje más entre vosotros, ¡.oh mercaderes!? ¿Quién da más? ¡Cien dinares! ¿Quién da más?" Entonces alzó la voz Califa, y dijo: "¡Es mío por cien dinares y un dinar!"

Al oír estas palabras de Califa, los mercaderes, que sabían estaba tan limpio de dinero como una alfombra, sacudida y golpeada; creyeron que bromeaba, y se echaron a reír. Pero Califa se quitó el cinturón, y repitió con voz más fuerte y furiosa: "¡Cien dinares y un dinar!" Entonces, a pesar de las risas de los mercaderes, el subastador dijo: "¡Por Alah, que te pertenece el arca! ¡Y sólo a él se la vendo!"

Luego añadió: "Toma. ¡oh pescador! ¡paga los ciento y uno, y llévate el arca con su contenido! ¡Alah bendiga la venta! ¡Y sea contigo la prosperidad merced a esta compra!"

Y Califa vació entre las manos del subastador su cinturón, que contenía los cien dinares y un dinar juntos; y la venta se hizo con pleno consentimiento mutuo de ambas partes. Y el arca quedó desde entonces como propiedad de Califa el pescador.

Entonces, viendo ultimada la venta, todos los cargadores del zoco se precipitaron sobre el cofre, regañando por quien conseguiría llevárselo para ganar su salario. Pero aquello no entraba en los cálculos del desventurado Califa, que con aquella compra se había privado de cuanto dinero poseía, ¡y no llevaba encima ni conque comprar una cebolla! Y los cargadores continuaban pegándose a más y mejor y quitándose el arca unos a otros hasta que los mercaderes intervinieron para separarlos, y dijeron: "¡Ha llegado primero el cargador Zoraik! ¡A él, pues, le corresponde el arca!" Y ahuyentaron a todos los cargadores, excepción hecha de Zoraik, y a pesar de las protestas de Califa, que quería llevar él mismo el arca, se la cargaron a la espalda del cargador, y le dijeron que siguiera con su carga a su amo Califa.

Y el cargador echó a andar detrás de Califa con el arca a la espalda ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 570ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 570ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el cargador echó a andar detrás de Califa con el arca a la espalda. Y mientras caminaba, se decía para su ánima Califa: "¡Ya no llevo encima ni oro, ni plata, ni cobre, ni siquiera el olor de semejante cosa! ¿Y cómo voy a arreglarme para pagar a este maldito cargador al llegar a casa? ¿Y qué necesidad tenía yo de cargador? ¿Y qué necesidad tenía yo tampoco de esta arca funesta? ¿Y quién pudo meterme en la cabeza la idea de comprarla? ¡Pero ha de ocurrir lo que está escrito! Por lo pronto, para salir de mi compromiso con este cargador, voy a hacerle correr y andar y perderse por las calles hasta que esté extenuado de fatiga. Entonces se parará por su voluntad y se negará a seguir. ¡Y me aprovecharé de su negativa para negarme a pagarle a mi vez y me echaré a la espalda el arca yo mismo!"

Y tras de imaginar de aquel modo su proyecto, lo puso en práctica inmediatamente. Empezó, pues, por ir de calle en calle y de plaza en plaza, y por hacer que el cargador diera vueltas con él por toda la ciudad, y así estuvo desde mediodía hasta la puesta del sol, de modo que el cargador estaba ya completamente extenuado y acabó por refunfuñar y murmurar, y se decidió a decir a Califa: "¡Oh amo mío! ¿dónde está tu casa?"

Y contestó Califa: "¡Por Alah, que ayer sabía yo aún dónde estaba, pero hoy lo he olvidado completamente! ¡Y heme aquí dedicado a buscar contigo donde se halle!"

Y dijo el cargador: "¡Pues dame mi salario y toma tu arca!"

Y dijo Califa: "¡Espera un poco todavía y anda despacio mientras yo ordeno mis recuerdos y reflexiono acerca del sitio en que está mi casa!" Luego, al cabo de cierto tiempo, como el cargador se pusiera a protestar entre dientes, le dijo: "¡Oh Zoraik! no llevo encima dinero para darte tu salario aquí mismo! ¡Porque me he dejado el dinero en casa, y se me ha olvidado cuál es mi casa!"

Y cuando el cargador se paraba, sin poder andar ya, e iba a dejar su carga, acertó a pasar un conocido de Califa, que le dió en el hombro, y le dijo: "¡Por Alah! ¿eres tú, Califa? ¿Y qué te trae por este barrio tan alejado de tu barrio? ¿Y qué lleva para ti este hombre?" Pero antes de que el consternado Califa tuviese tiempo de contestarle, el cargador Zoraik se encaró con el transeúnte consabido, y le preguntó: "¡Oh tío! ¿dónde está la casa de Califa?" El hombre contestó: "¡Por Alah! ¡Vaya una pregunta! ¡La casa de Califa está precisamente al otro extremo de Bagdad, en el khan ruinoso que hay junto al mercado del pescado en el barrio de los Rawssin!"

Y se marchó riendo.

Entonces Zoraik el cargador dijo a Califa el pescador: "¡Vamos, anda, oh miserable! ¡Ojalá no pudieras vivir ni andar!" Y le obligó a ir delante de él y a conducirle a su vivienda del khan ruinoso cercano al mercado del pescado. Y hasta que llegaron no cesó de injuriarle y de reprocharle su conducta, diciéndole: "¡Oh tú, rostro nefasto, así te cortara Alah el pan cotidiano en este mundo! ¡Cuántas veces no habremos pasado por delante de tu casa de desastre sin que hicieras el menor ademán para que me parase! ¡Anda, ayúdame ahora a descargarme de la espalda tu arca! ¡Y ojalá estuvieras pronto encerrado para siempre en ella !"

Y sin decir una palabra, Califa le ayudó a descargar el arca, y limpiándose con el dorso de la mano las gotas gordas de sudor que le caían de la frente, dijo Zoraik: "¡Ahora vamos a ver la capacidad de tu alma y la generosidad de tu mano en el salario que me corresponde por todas las fatigas que me has hecho soportar sin necesidad! ¡Y date prisa para que me vaya por mi camino!" Y le dijo Califa: "¡Claro que serás retribuido espléndidamente, compañero! ¿Quieres, pues, que te traiga oro o plata? ¡Escoge!"

Y contestó el cargador: "¡Tú sabrás mejor lo que conviene!"

Entonces Califa, dejando a la puerta al cargador con el arca, entró en su vivienda, y salió de ella enseguida llevando en la mano un formidable látigo con correas claveteadas cada una con cuarenta clavos agudos, capaces de derribar a un camello al primer golpe. Y se precipitó sobre el cargador con el brazo en alto y enarbolando el látigo, lo dejó caer sobre la espalda del otro, y comenzó de nuevo, de modo que el cargador empezó a aullar, y volviendo la espalda, pasó por delante de él, tapándose la cara con las manos, y desapareció por una esquina.

Libre así del cargador, que al fin y al cabo había cargado con el arca por propia iniciativa, Califa se creyó en el deber de arrastrar el arca aquella hasta su vivienda. Pero al oír aquel ruido, afluyeron los vecinos, y al ver el extraño atavío de Califa con el traje de raso cortado por las rodillas y el turbante, le dijeron: "¡Oh Califa! ¿de dónde sacaste ese traje y esa arca tan pesada?"

El contestó: "¡Me los ha dado mi criado y aprendiz que tiene el oficio de clarinete y se llama Harún Al-Raschid! ..."

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 571ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 571ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

¡... Me los ha dado mi criado y aprendiz, que tiene el oficio de clarinete y se llama Harún Al-Raschid!"

Al oír estas palabras, los habitantes del khan, vecinos de Califa, sintieron que el espanto les invadía el alma, y se dijeron unos a otros: "¡No conviene que nadie oiga hablar así a este insensato! ¡Pues si se enteran le va a prender la policía y le ahorcarán sin remisión! ¡Y destruirán completamente nuestro khan, y acaso también a nosotros por culpa suya, nos ahorquen a la puerta del khan o nos castiguen con algún castigo terrible!"

Y en extremo aterrados, le obligaron a guardarse la lengua en la boca, y para acabar antes, le ayudaron a llevar el arca a su vivienda y cerraron la puerta detrás de él.

Pero la vivienda de Califa era tan exigua, que el arca la llenaba por entero, exactamente como si estuviese hecha para embutirse allí. Y sin saber ya dónde meterse a pasar la noche, Califa se echó encima del arca cuan largo era, y de aquella manera se puso a reflexionar acerca de lo que le había ocurrido durante la jornada. Y se preguntó de pronto: "Pero, vamos a ver, ¿a qué espero para abrir el arca y enterarme de su contenido?" Y saltó sobre ambos pies y trabajó con las manos cuanto pudo para abrirla, pero en vano. Y se dijo: "¿Cómo se me turbaría la razón hasta el punto de decidirme a comprar esta arca que ni siquiera puedo abrir?" Y de nuevo intentó romper el candado y hacer saltar la cerradura, pero sin conseguirlo. Entonces se dijo: "¡Esperemos a mañana para ver cómo nos arreglamos!" Y otra vez se echó sobre el arca cuán largo era, y no tardó en dormirse, roncando a más y mejor.

Pero al cabo de una hora de hallarse allí, se despertó, sobresaltado de espanto, y dió con la cabeza en el techo de su vivienda. Porque acababa de sentir que se movía algo en el interior del arca. Y de improviso huyó de su cabeza el sueño en compañía de la razón, y exclamó: "¡Sin duda hay algún genni aquí dentro! ¡Loor a Alah, que me inspiró al no dejarme abrir la tapa! ¡Pues si la hubiera abierto, habría salido, abalanzándose a mí en medio de la oscuridad, y quién sabe lo que me hubieran hecho! ¡Y al fin y al cabo, ciertamente que no saldría yo ganando entonces!" Pero en el mismo instante en que formulaba de aquel modo su pensamiento de terror, redobló el ruido en el interior del arca, y llegó a oídos de Califa una especie de gemido. Entonces, en el límite del espanto, Califa buscó por instinto una lámpara para encender luz; pero se olvidaba de que la pobreza le impidió siempre tener lámpara, y mientras iba tanteando con las manos en las paredes de su vivienda, le rechinaban los dientes, y se decía: "¡Esto ya es terrible, completamente terrible!" Luego, como aumentaba su miedo, abrió la puerta y se precipitó fuera en medio de la noche, gritando con todas sus fuerzas:

"¡Socorro! ¡Oh habitantes del khan! ¡oh vecinos! ¡acudid! ¡socorro!"

Y los vecinos, que en su mayoría dormían tranquilamente, se despertaron muy sobresaltados y fueron a él, en tanto que las mujeres asomaban por las puertas entreabiertas sus cabezas a medio velar. Y le preguntaron todos: "¿Pero qué te ocurre, ¡oh Califa!?" El contestó: "¡Pronto, dadme pronto una lámpara, porque han venido a visitarme los genn!"

Y los vecinos se echaron a reír, y uno de ellos, a pesar de todo, acabó por darle una lámpara. Y Califa cogió la lámpara y volvió a su casa algo más reanimado. Pero cuando se inclinaba sobre el arca, oyó de repente una voz que decía: "¡Ah! ¿dónde estoy?" Y más espantado que nunca, lo abandonó todo y se precipitó fuera como un loco, gritando de nuevo: "¡Oh vecinos! ¡Socorredme!" Y los vecinos le dijeron: "¡Oh maldito Califa! ¿pero qué calamidad te ocurre? ¿Acabarás de molestarnos?" El contestó: "¡Oh buenas gentes, el genni está en el arca! ¡Se mueve y habla!" Ellos le preguntaron: "¡Oh embustero! ¿y qué dice el genni?"

El contestó: "Me ha dicho: «¿dónde estoy?»" Los vecinos le contestaron, riendo: "¡Pues en el infierno, sin duda, oh maldito! ¡Ojalá no disfrutes de sueño nunca hasta tu muerte! ¡Has puesto en movimiento a todo el khan y a todo el barrio! ¡Cómo no te calles, bajaremos a molerte los huesos!" Y aunque estaba medio muerto de terror, Califa se decidió a volver una vez más a su vivienda, y haciendo acopio de todo su valor, cogió un pedrusco y rompió la cerradura del arca, e hizo saltar a golpes la tapa.

Y vió echada dentro, lánguida y con los párpados entreabiertos, a una joven hermosa como una hurí y brillante de pedrerías. ¡Era Fuerza-de-los-Corazones! Y al sentirse libre, y respirando a plenos pulmones el aire fresco, se despertó del todo, y cesaron completamente los efectos adormecedores del bang.

¡Y allí estaba ella pálida y hermosa y verdaderamente deseable!

Al advertir aquello, el pescador, que en su vida había visto al descubierto, no sólo una belleza semejante, sino ni siquiera una mujer vulgar, cayó de hinojos ante ella, y le preguntó: "¡Por Alah, oh mi señora! ¿quién eres? ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 572ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 572ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... cayó de hinojos ante ella, y le preguntó: "¡Por Alah; oh mi señora! ¿quién eres?"

Ella abrió los ojos, unos ojos negros de pestañas curvadas, y dijo: "¿Dónde está jazmín? ¿Dónde está Narciso?"

Aquellos eran los nombres de dos esclavas jóvenes que tenía a su servicio en el palacio. Y creyendo Califa que le preguntaba por el jazmín y por el narciso, contestó: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que en este momento no tengo aquí más que algunas flores secas de henné!

Y al oír aquella respuesta y aquella voz, la joven recobró por completo el sentido, y abriendo sus ojos cuán grandes eran, preguntó: "¿Quién eres? ¿Y dónde estoy?"

Y lo dijo con una voz más dulce que el azúcar, acompañada de un encantador movimiento de la mano. Y Califa, que en el fondo tenía un alma delicadísima, conmovióse mucho con lo que veía y oía, y contestó: "¡Oh mi señora, oh verdaderamente bellísima! ¡soy Califa el pescador, y te encuentras en mi casa precisamente!"

Y preguntó Fuerza-de-los-Corazones: "¿Entonces es que ya no estoy en el palacio del califa Harún Al-Raschid?" El pescador contestó: "¡No, por Alah, estás en mi casa, en esta vivienda que es un palacio desde que te aloja! ¡Y la venta y la compra te ha hecho esclava mía, pues te he comprado hoy mismo, con tu arca, en pública subasta, por cien dinares y un dinar! ¡Y te transporté a mi casa, dormida en esta arca! ¡Y no supe tu presencia hasta que me asustaron tus movimientos de antes! ¡Y ahora me doy cuenta de que mi estrella asciende bajo auspicios felices, por más que anteriormente fuese tan rastrera y nefasta!"

Al oír estas palabras, Fuerza-de-los-Corazones sonrió, y dijo: "¿Así es que me has comprado en el zoco sin verme, ¡oh Califa!?" Y contestó él: "¡Sí, por Alah, sin suponer siquiera tu presencia!" Entonces comprendió Fuerza-de-los-Corazones que cuanto le ocurrió había sido tramado contra ella por Sett Zobeida, e hizo que el pescador le contara cuánto hubo de sucederle, desde el principio hasta el fin.

Y estuvo charlando de aquel modo con él hasta por la mañana. Entonces le dijo ella: "¡Oh Califa! ¿no tienes nada de comer? ¡Porque siento mucha hambre!"

El pescador contestó: "¡No tengo nada de comer ni de beber, nada absolutamente! ¡Y ya hace dos días, por Alah, que no me he llevado nada a la boca!"

Ella preguntó: "¿Tienes encima algún dinero, por lo menos?"

El pescador dijo: "¿Dinero? ¡oh mi señora! ¡Alah me conserve esta arca, en cuya compra invertí mi última moneda, impulsado por mi destino y mi curiosidad! ¡Y heme aquí en la miseria!"

Al oír estas palabras, se echó a reír la joven, y le dijo: "¡A pesar de todo, sal para traerme algo de comer, pidiéndoselo a los vecinos, que no te negarán!

¡Porque los vecinos se deben a sus vecinos!"

Entonces se levantó Califa y salió al patio del khan, y en medio del silencio del amanecer, se puso a gritar: "¡Oh habitantes del khan! ¡oh vecinos! ¡he aquí que el genni del arca me pide de comer ahora! ¡Y no tengo a mano nada para dárselo!"

Y los vecinos, que temían aquella voz y que al mismo tiempo le tenían lástima a causa de su pobreza, bajaron a verle, quién llevándole medio pan que había sobrado de la comida de la víspera, quién un trozo de queso, quién un cohombro, quién un rábano.

Le pusieron todo aquello en el faldón de su traje recortado; y subieron a sus casas. Y contento del acopio hecho, Califa volvió a su vivienda, y colocó todo aquello entre las manos de la joven, diciéndole: "¡Come, come!"

Ella se echó a reír, y dijo: "¿Cómo voy a comer, si no tengo una vasija o un jarro en qué beber? ¡Se me detendrían en el gaznate los bocados, y moriría entonces!"

Y contestó Califa: "¡Lejos de ti el mal, oh perfectamente bella! ¡Ahora mismo voy a traerte, no un jarro, sino una cuba!"

Y saliendo al patio del khan, gritó con sus pulmones: "¡Oh vecinos! ¡oh habitantes del khan!" Y de todas partes salieron voces irritadas que le insultaron, y le dijeron: "¿Pero qué quieres todavía, ¡oh maldito!?"

El contestó: "¡El genni del arca pide de beber ahora!" Y los vecinos bajaron hasta donde él estaba, quién llevándole un jarro, quién un ánfora, quién una vasija, quién una cuba; y lo cogió él, llevando un recipiente en cada mano, otro a la cabeza en equilibrio y otro debajo del brazo, y se apresuró a llevárselo todo a Fuerza-de-los-Corazones, diciéndole: "¡Te traigo lo que anhela tu alma! ¿Deseas algunas cosa más?"

Ella dijo: "¡No, los dones de Alah son numerosos!"

Dijo él: "¡Entonces, ¡oh mi señora! dirígeme a tu vez tu palabra tan dulce, y cuéntame tu historia, pues no la conozco!"

Entonces Fuerza-de-los-Corazones miró a Califa, sonrió, y dijo: "¡Sabe, pues, ¡oh Califa! que mi historia se resume en dos palabras! ¡Los celos de mi rival, El- Sett Zobeida, la propia esposa del califa Harún Al-Raschid, me sumieron en esta situación de que tú me salvaste, felizmente para tu destino! ¡Porque soy Fuerza-de-los-Corazones, la favorita del Emir de los Creyentes! ¡Por lo que a ti respecta, tu dicha está asegurada en adelante!"

Y Califa le preguntó: "¿Pero ese Harún es el mismo a quien enseñé el arte de la pesca? ¿Es ese espantajo que vi en palacio, sentado en una silla muy grande?" Ella contestó: "¡El mismo precisamente!"

Dijo él: "¡Por Alah, que en mi vida encontré un tañedor de clarinete ni un bribón mayor! ¡No sólo me ha robado ese miserable de cara abotargada, sino que me ha dado un dinar después de administrarme cien palos! ¡Como vuelva a encontrarle le destrozo con este palo!"

Pero Fuerza-de-los-Corazones le dijo, imponiéndole silencio: "¡Deja de usar ese lenguaje inconveniente, porque en la nueva situación en que vas a encontrarte necesitas ante todo abrir los ojos de tu espíritu y cultivar la cortesía y los buenos modales! ¡Y entonces, cuando pases por tu piel el cepillo de la galantería, ¡oh Califa! te convertirás en un ciudadano de alto rango y en un personaje dotado de distinción y de delicadeza...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 573ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 573ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Y entonces, cuando pases por tu piel el cepillo de la galantería, ¡oh Califa! te convertirás en un ciudadano de alto rango y en un personaje dotado de distinción y de delicadeza!"

Cuando Califa hubo oído estas palabras de Fuerza-de-los-Corazones, sintió que dentro de él se operaba una súbita transformación, y se le abrían los ojos del espíritu, y se le ensanchaba la comprensión de las cosas, y se afinaba su inteligencia. ¡Y fué para bien suyo todo aquello! ¡Qué verdad es que las almas finas ejercen una influencia grande sobre las almas groseras! Así, pues, en las palabras dulces de Fuerza-de-los-Corazones, el pescador Califa, insensato y brutal hasta entonces, se convertía por momentos en un elegante ciudadano, dotado de modales excelentes y de elocuente lengua.

En efecto, cuando Fuerza-de-los-Corazones hubo de indicarle de aquel modo la conducta que tenía que seguir, sobre todo en el caso de que le llamaran otra vez a presencia del Emir de los Creyentes, el pescador Califa contestó: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Tus advertencias ¡oh señora mía! son mi norma de conducta, y tu benevolencia es la sombra en que me complazco! ¡Escucho y obedezco! ¡Alah te colme con sus bendiciones y satisfaga tus menores deseos! ¡He aquí entre tus manos al más abnegado de tus esclavos, a Califa el pescador, obediente y lleno de cortesía para con tus méritos!"

Luego añadió: "¡Habla, oh mi señora! ¿Qué puedo hacer para servirte?" Ella contestó: "¡Oh Califa! solamente necesito un cálamo, un tintero y una hoja de papel". Y Califa apresuróse a correr a casa de un vecino, que le procuró aquellos diversos objetos; y se los llevó a Fuerza-de-los-Corazones, que en seguida escribió una larga misiva al hombre de negocios del califa, al mismo joyero Ibn Al-Kirnas, que en otro tiempo la había comprado y ofrecido como regalo al califa. Y en aquella carta le ponía al corriente de cuanto hubo de acaecerle, y le explicaba que se encontraba en la vivienda del pescador Califa, a quien pertenecía en virtud de la venta y la compra. Y dobló la misiva y se la entregó a Califa, diciéndole: "¡Toma esta misiva y vé a entregársela en el zoco de los joyeros a Ibn Al-Kirnas, el hombre de negocios del califa, cuya tienda conoce todo el mundo! ¡Y no olvides mis recomendaciones con respecto a los buenos modales y al lenguaje!" Y Califa contestó con el oído y la obediencia, cogió la misiva, llevándosela a los labios y a la frente luego, y se apresuró a correr al zoco de los joyeros, en donde preguntó por la tienda de Ibn Al-Kirnas, la cual le indicaron. Y se acercó a la tienda, y con muy escogidas maneras se inclinó ante el joyero y le deseó la paz.

Y el joyero correspondió a su deseo, pero a todo esto, sin mirarle apenas, y le preguntó: "¿Qué quieres?" Y por toda respuesta, Califa le entregó la misiva. Y el joyero la cogió con la punta de los dedos y la dejó a su lado en la alfombra, sin leerla ni siquiera abrirla, pues creía que se trataba de una instancia en demanda de limosna, y que Califa era un mendigo. Y dijo a uno de sus servidores: "¡Dale medio dracma!"

Pero Califa rechazó dignamente aquella limosna, y dijo al joyero: "¡No pido limosna! ¡Sólo te ruego que leas la esquela!" Y el joyero recogió la misiva, la desdobló y la leyó; y de improviso la besó y se la llevó a la cabeza respetuosamente, e invitó a sentarse a Califa, y le preguntó: "¡Oh hermano mío! ¿dónde está tu casa?"

El pescador contestó: "En tal barrio y tal calle y tal khan". El joyero dijo: "¡Perfectamente!" Y llamó a sus dos empleados principales y les dijo: "Conducid a este honorable a la tienda de mi cambista Mohsén, a fin de que le dé mil dinares de oro. ¡Después traedle aquí lo más pronto posible!" Y los dos empleados condujeron a Califa a casa del cambista, al cual dijeron: "¡Oh Mohsén, da a este honorable mil dinares de oro!" Y el cambista pesó los mil dinares de oro y se los entregó a Califa, que volvió con ambos empleados a la tienda de Ibn Al-Kirnas; y le halló montado en una mula magníficamente enjaezada, rodeado de cien esclavos vestidos con ricos trajes. Y el joyero le indicó otra mula no menos hermosa, y le dijo que se montara en ella y le siguiera. Pero dijo Califa: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! que en mi vida monté en una mula, y no sé ir a caballo ni en asno!" Y el joyero le dijo: "¡No importa! ¡Pues aprenderás hoy!"

Y dijo Califa: "¡Tengo miedo de que me tire al suelo y me rompa las costillas!" El joyero contestó: "¡No tengas miedo y monta!" Y dijo Califa: "¡En el nombre de Alah!" Y de un salto se montó en la mula, pero colocándose al revés, y le cogió la cola en vez de la brida. Y la mula, que era en exceso cosquillosa, se estremeció y empezó a revolcarse, dando con él en tierra sin tardanza. Y Califa se levantó dolorido, y dijo: "¡Bien sabía yo que nunca podré ir de otro modo que sobre mis pies!"

¡Pero ésta fué la última de las tribulaciones de Califa! ¡Y en lo sucesivo su destino había de conducirlo resueltamente por el camino de las prosperidades...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 574ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 574ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Pero ésta fué la última de las tribulaciones de Califa! Y en lo sucesivo su destino había de conducirle resueltamente por el camino de las prosperidades!

En efecto, el joyero dijo a dos de sus esclavos: "¡Conducid al hammam a este amo vuestro que aquí veis, y decid que le den un baño de primera calidad! ¡Y llevadle después a mi casa, adonde iré a buscarle!" Y se marchó solo a la vivienda de Califa en busca de Fuerza-de-los-Corazones para llevársela a su casa también.

En cuanto a Califa, los dos esclavos le condujeron al hammam, en donde no había puesto los pies él en su vida, y se lo confiaron al mejor masajista y a los mejores bañeros, que al punto se dedicaron a lavarle y a frotarle. ¡Y le sacaron de la piel y de los cabellos una porción de suciedades de todas clases, y piojos y chinches de todas las variedades! Y le arreglaron y le refrescaron, y después de secarle, le vistieron con un suntuoso traje de seda que habían ido a comprar a toda prisa ambos esclavos. Y ataviado de tal modo, le condujeron a la morada de su amo Ibn Al-Kirnas, que ya estaba allí de vuelta con Fuerza-de-los-Corazones.

Y al entrar en la sala principal de la casa, Califa vió a la joven sentada en un hermoso diván y rodeada por una muchedumbre de servidoras y esclavas que se apresuraban a servirla. Y por cierto que a la misma puerta de la casa, al divisarle el portero, se apresuró a levantarse en honor suyo y a besarle la mano respetuosamente. Y todo aquello sumía en el mayor asombro a Califa. Pero no lo demostró por temor de parecer mal educado. E incluso cuando todo el mundo se agrupó a su alrededor para decirle: "¡Sea delicioso tu baño!", supo contestar con urbanidad y elocuencia; y al herirle en los oídos, sus propias palabras le maravillaban y le halagaban agradablemente.

De modo que cuando estuvo en presencia de Fuerza-de-los-Corazones, se inclinó ante ella y esperó a que ella le dirigiese primero la palabra. Y Fuerza-de-los-Corazones levantóse en honor suyo y le cogió de la mano, y le hizo sentarse a su lado en el diván. Luego le presentó un tazón lleno de sorbete de azúcar perfumado con agua de rosas; y lo tomó y lo bebió despacio, sin hacer ruido con la boca, y para mostrar mejor su educación, lo vació sólo a medias, en lugar de tomárselo todo y meter luego el dedo para rebañar, como hubiese hecho antes, sin duda. Y hasta dejó el tazón en la bandeja sin romperlo, y pronunció con palabra muy elocuente la fórmula de cortesía que entre la gente bien educada se pronuncia cuando se ha aceptado algo de comer o de beber: "¡Ojalá dure siempre, la hospitalidad de esta casal" y Fuerza-de-los-Corazones le contestó, encantada: "¡que tu vida dure otro tanto!" Y después de regalarle con un festín excelente, le dijo: "¡Ahora ¡oh Califa! ha llegado el momento de que muestres toda tu inteligencia y tus méritos! ¡Por tanto, escúchame bien, y no olvides lo que escuches!

Desde aquí vas a ir al palacio del Emir de los Creyentes, y pedirás una audiencia, la cual te será concedida, y después de los homenajes que se deben al califa, le dirás: "¡Oh Emir de los Creyentes, te ruego que me otorgues un favor como recuerdo de la enseñanza que te di!" ¡Te lo otorgará de antemano! Y le dirás: ¡Deseo que me hagas el honor de ser mi invitado esta noche!" ¡Eso es todo! ¡Y ya veremos si acepta o no!"

Entonces se levantó Califa y salió acompañado por un séquito numeroso de esclavos puestos a su servicio, y vestido con un traje de seda que valdría muy bien mil dinares. Y de tal modo, aparecía en su plenitud la belleza nativa de sus facciones, ¡y estaba asombrado!

Porque dice el proverbio:

"¡Pon magníficos vestidos a una caña, y la caña resultará una recién casada!"

Cuando llegó a palacio fué advertido desde lejos por el jefe eunuco Sándalo, que se quedó estupefacto de aquella transformación, y corrió con toda la fuerza de sus piernas a la sala del trono, y dijo al califa: "¡Oh Emir de los Creyentes, no sé lo que pasa! ¡pero el caso es que Califa el pescador se ha convertido en rey! ¡Porque he aquí que viene vestido con un traje que valdrá muy bien mil dinares, y acompañado por un cortejo espléndido!"

Y dijo el califa. "¡Hazle entrar!"

Así, pues, Califa fué introducido en la sala del trono, donde se hallaba Harún Al-Raschid en medio de su gloria. Y el pescador se inclinó como sólo saben inclinarse los más grandes de entre los emires, y dijo: "La paz sobre ti, ¡oh Comendador de los Creyentes, oh califa del Dueño de los Tres Mundos, defensor del pueblo de los fieles y de nuestra fe! ¡Alah el Altísimo prolongue tus días y honre tu reino y exalte tu dignidad y la eleve hasta el rango más alto!"

Y al ver y oír todo aquello, el califa llegó al límite de la maravilla. Y no podía comprender por qué camino había llegado tan rápidamente a Califa la fortuna.

Y preguntó a Califa: "¿Me dirás, ante todo, ¡oh Califa! de dónde sacaste esas ropas tan hermosas?"

El pescador contestó: "De mi palacio, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa preguntó: "¿Pero tienes un palacio, ¡oh Califa!?"

El pescador contestó: "Tú lo has dicho, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Y precisamente vengo a invitarte para que esta noche lo ilumines con tu presencia! Eres, pues, mi invitado". Y Al-Raschid, cada vez más estupefacto, acabó por sonreír, y preguntó: "¿Tu invitado? ¡Sea! ¿Pero lo soy yo solo o yo y todos los que están conmigo?" El pescador contestó: "Tú y todos los que quieras llevar contigo ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió que aparecía la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 575ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 575ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Tú y todos los que quieras llevar contigo!" Y Harún miró a Giafar, y Giafar se acercó a Califa, y le dijo: "Seremos tus huéspedes esta noche, ¡oh Califa! ¡Así lo desea el Emir de los Creyentes!" Y Califa, sin añadir una palabra más, besó la tierra entre las manos del califa, y después de dar a Giafar las señas de su nueva morada, volvió junto a Fuerza-de-los-Corazones, a la cual dió cuenta del éxito de su empresa.

En cuanto al califa, se había quedado muy perplejo, y dijo a Giafar: "¿Cómo puedes explicarte, ¡oh Giafar! esta transformación tan repentina de Califa, el mísero villano de ayer, en un ciudadano tan fino y tan elocuente, y en rico entre los emires y mercaderes más ricos?" Y contestó Giafar: "¡Sólo Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! conoce los recodos del camino que el Destino sigue!"

Y cuando fué de noche, el califa montó a caballo, y acompañado de Giafar, de Massrur y de algunos íntimos, se presentó en la morada adonde le invitaron. Y al llegar a ella, vió que, desde la entrada hasta la puerta de recepción, estaba el suelo cubierto de hermosos tapices de valor, y los tapices estaban sembrados de flores de todos colores. Y advirtió al pie de la escalera a Califa, que le esperaba sonriendo, y que se apresuró a tenerle el estribo para ayudarle a bajar del caballo. Y le deseó la bienvenida, inclinándose hasta el suelo, y le introdujo, diciendo: "¡Bismilah!"

Y el califa se encontró en una sala grande, alta de techo, suntuosa y rica, en medio de la cual había un trono cuadrado de oro macizo y de marfil, erguido sobre cuatro pies de oro, y en el cual le rogó Califa que se sentara. Y al punto entraron con inmensas bandejas de porcelana unos coperos jóvenes como lunas, que les presentaron copas preciosas llenas de cocimientos de almizcle puro, helados, refrescantes y deliciosos. Después entraron otros mozos jóvenes, vestidos de blanco y más hermosos que los anteriores, sirviéndoles manjares de colores admirables, patos rellenos, pollos, corderos asados, y toda clase de aves asadas. Luego entraron otros esclavos blancos, jóvenes y encantadores, de cintura ceñida y elegante, que levantaron los manteles y sirvieron las bandejas de bebidas y dulces. ¡Y coloreábanse los vinos en vasos de cristal y en tazones de oro enriquecidos con pedrerías! Y cuando corrieron entre las manos blancas de los coperos, exhalaron un aroma no parecido a ningún otro, de modo que en verdad podían aplicárseles estos versos del poeta:

¡Copero, échame de ese vino añejo, y échaselo también a mi camarada, que es este niño al que amo!
¡Oh precioso vino! ¿Qué nombre digno de tus virtudes te daré? ¡Te llamaré "licor de la recién casada!"

Así es que el califa, más maravillado cada vez, dijo a Giafar: "¡Oh Giafar! ¡Por vida de mi cabeza, que no sé lo que debo admirar más aquí, si la magnificencia de esta recepción o las maneras refinadas, exquisitas y nobles de nuestro huésped! ¡En verdad que no llega a tanto mi entendimiento!"

Pero Giafar contestó: "¡Cuanto estamos viendo nada es en comparación de lo que puede hacer todavía Quien no tiene más que decir a las cosas: «¡Sed, para que sean! ¡De todos modos, ¡oh Emir de los Creyentes! lo que yo admiro especialmente en Califa es la seguridad de su palabra y su sabiduría consumada! ¡Y eso me parece una señal de su buen destino! ¡Porque Alah, cuando distribuye sus dones a los humanos, concede sabiduría a aquellos que su deseo elige entre todos, y les otorga con preferencia los bienes de este mundo!"

Entretanto, volvió Califa, que se había ausentado un momento, y tras nuevos deseos de bienvenida, dijo al Califa: "¿Quiere el Emir de los Creyentes permitir a su esclavo que le presente una cantarina tañedora de laúd para encantar las horas de su noche? ¡Porque en este momento no hay en Bagdad cantarina más experta ni música más hábil!"

Y contestó el califa: "¡Claro que te está permitido!" Y Califa se levantó, y entró a ver a Fuerza-de-los-Corazones, y le dijo que había llegado el momento.

Entonces Fuerza-de-los-Corazones, que ya estaba toda ataviada y perfumada, no tuvo más que envolverse en su gran izar y echarse por la cabeza y por el rostro el ligero velillo de seda para estar dispuesta a presentarse.

Califa la cogió de la mano, y velada de aquel modo la introdujo en la sala, emocionándose los circunstantes a la vista de sus andares reales.

Y cuando ella hubo besado la tierra entre las manos del califa, que no podía adivinar quién fuese, se sentó no lejos de él, templó las cuerdas de su laúd, y preludió con una ejecución que arrebató en un éxtasis a todo el auditorio.

Luego cantó:

¿Devolverá el tiempo a nuestro amo aquellos a quienes amamos?
¡Ah! dulce unión de los amantes, ¿volveré a saborearte?”
¡Oh encanto de las noches en la morada amorosa! ¡oh encanto de mis noches! ¿Viviría yo aún sin esperarte?

Al oír de nuevo aquella voz cuyos acentos le eran tan conocidos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 576ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 576ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Al oír de nuevo aquella voz, cuyos acentos le eran tan conocidos, el califa, emocionado en un grado de intensidad extraordinaria, se puso muy pálido, y cuando se exhalaron las últimas palabras del canto, cayó desvanecido. Y todo el mundo se agrupó a su alrededor, prodigándole grandes cuidados. Pero Fuerza-de-los-Corazones llamó a Califa, y le dijo: "¡Di a todos que se retiren por un momento a la sala contigua, y nos dejen solos!" Y Califa rogó que se retiraran a los invitados, con el fin de que Fuerza-de-los-Corazones tuviese libertad para prodigar al califa los cuidados necesarios. Y cuando abandonaron los demás la sala, Fuerza-de-los-Corazones arrojó lejos de sí, con un movimiento rápido, el izar que la envolvía y el velillo que le tapaba el rostro, y apareció vestida con un traje semejante por completo a los que vestía en el palacio, cuando el califa la acompañaba. Y se acercó a Al-Raschid, que seguía tendido sin movimiento, y se sentó junto a él, y le roció con agua de rosas y le hizo aire con un abanico, y acabó por reanimarle.

Y el califa abrió los ojos, y al ver al lado suyo a Fuerza-de-los-Corazones, estuvo a punto de desmayarse por segunda vez; pero se apresuró ella a besarle las manos, sonriendo y con lágrimas en los ojos; y el califa exclamó en el límite de la emoción: "¿Estamos en el día de la Resurrección, y se despiertan en sus tumbas los muertos, o es que estoy soñando?"

Y contestó Fuerza-de-los-Corazones: "¡Oh Emir de los Creyentes, ni estamos en el día de la Resurrección, ni sueñas! ¡Porque soy Fuerza-de-los-Corazones, y estoy viva! ¡Y mi muerte sólo ha sido un simulacro!" Y en pocas palabras le contó desde el principio hasta el fin cuanto le había ocurrido. Luego añadió: "Y toda la felicidad que nos viene ahora, se la debemos a Califa el pescador!"

Al oír aquello, Al-Raschid tan pronto lloraba y sollozaba como reía de gusto. Y cuando acabó de hablar ella, la estrechó entre sus brazos, y la besó en los labios durante mucho tiempo, apretándola contra su pecho. ¡Y no pudo pronunciar una palabra! Y así permanecieron ambos durante una hora.

Entonces Califa se levantó, y dijo: "¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! ahora no creo harás que me azoten!" Y el califa, repuesto ya del todo, se echó a reír, y le dijo: "¡Oh Califa! ¡Cuanto yo pudiera hacer por ti en lo sucesivo, no será nada en comparación de lo que te debemos! Sin embargo, ¿quieres ser mi amigo y gobernar una provincia de mi imperio?" Y contestó Califa: "¿Puede el esclavo rehusar las ofertas de su amo magnánimo?" Entonces Al-Raschid le dijo: "Pues bien, Califa, no solamente quedas nombrado gobernador de provincia con emolumentos de diez mil dinares al mes, ¡sino que deseo que la propia Fuerza-de-los-Corazones escoja para ti a su gusto, entre las jóvenes de palacio y las hijas de los emires y de los notables, una joven que será tu esposa! ¡Y yo mismo me encargo de su ropa y de la dote que tú has de aportar a su padre! ¡Y en adelante quiero verte todos los días, y tenerte en los festines a mi lado y en primera fila entre mis íntimos! ¡Y poseerás un tren de casa digno de tus funciones y de tu rango, y todo aquello que pueda desear tu alma!"

Y Califa besó la tierra entre las manos del califa. ¡Y tuvo toda esta dicha y muchas otras felicidades más! Y dejó de ser soltero, y vivió años y años con la joven esposa que hubo de escogerle Fuerza-de-los-Corazones, y que era la más bella y la más modesta de las mujeres de su tiempo.

¡Así fué!

¡Gloria al que otorga sus favores a las criaturas y reparte a su arbitrio alegrías y felicidades!

Luego dijo Schehrazada: "¡Pero no creas ¡oh rey afortunado! que esta historia es más admirable o más maravillosa que la que te reservo para acabar esta noche!" Y exclamó el rey Schahriar: "En verdad ¡oh Schehrazada! que no dudo ya de tus palabras. ¡Pero dime pronto el nombre de esa historia que tenías reservada para esta noche! ¡Pues debe ser extraordinaria, si es más admirable que la de Califa el pescador!" Y Schehrazada sonrió y dijo: "Sí, ¡oh rey! Esa historia se llama Las...


LAS AVENTURAS DE HASSAN AL-BASSRI[editar]

Y Schehrazada dijo al rey Schahriar:

Has de saber, ¡oh rey afortunado! que la historia maravillosa que voy a contarte tiene un origen extraordinario que es preciso que te revele antes de empezar; de otro modo no sería fácil comprender cómo llegó hasta mí.

En efecto, en los años y las edades de hace mucho tiempo, había un rey entre los reyes de Persia y del Khorassán, que tenía bajo su dominación al país de la India, de Sindh y de la China, así como a los pueblos que habitan al otro lado del Oxus en las tierras bárbaras. Se llamaba el rey Kendamir. Y era un héroe de valor indomable y un jinete muy brioso que sabía manejar la lanza, y le apasionaban los torneos, las cacerías y las cabalgatas guerreras; pero prefería mucho más que ninguna cosa la conversación con gente agradable y personas instruidas, y en los festines concedía el sitio de honor junto a él a los poetas y a los narradores.

¡Pero hay más aún! cuando un extranjero, tras de aceptarle su hospitalidad y experimentar los efectos de su esplendidez y de su generosidad, le relataba algún cuento desconocido todavía para el monarca o alguna historia hermosa, el rey Kendamir le colmaba de favores y de beneficios, y no le enviaba a su país hasta que había satisfecho sus menores deseos, y hacía que le acompañara durante todo el viaje un cortejo espléndido de jinetes y esclavos a sus órdenes. En cuanto a sus narradores habituales y a sus poetas, les trataba con las mismas consideraciones que a sus visires y a sus emires. Y de aquel modo, el palacio habíase convertido en morada grata de cuantos sabían construir versos, ordenar odas o hacer revivir con su palabra el pasado y las cosas muertas.

Así, pues, no hay por qué asombrarse de que, al cabo de cierto tiempo, el rey Kendamir hubiese oído todos los cuentos conocidos de los árabes, de los persas y de los indos, y los conservase en su memoria con los pasajes más hermosos de los poetas y las enseñanzas de los analistas versados en el estudio de los pueblos antiguos. De modo que, después de recapitular cuanto sabía, no le quedó nada que aprender ni nada que escuchar.

Cuando se vió en aquel estado, se sintió poseído de una tristeza extremada y sumido en una gran perplejidad. Entonces, sin saber ya cómo ocupar sus ocios habituales, se encaró con su jefe eunuco, y le dijo:

"¡Vete en seguida en busca de Abu-Alí!" Abu-Alí era el narrador favorito del rey Kendamir; y era tan elocuente y tenía tan altas dotes, que podía hacer durar un cuento un año entero sin interrumpirlo y sin cansar ni una sola noche la atención de sus oyentes. Pero, como todos sus compañeros, había agotado ya su saber y sus recursos de elocuencia, y desde hacía mucho tiempo se encontraba falto de historias nuevas.

El eunuco se apresuró, pues, a buscarle y a introducirle en el aposento del rey. Y el rey le dijo: "¡He aquí ¡oh padre de la elocuencia! que agotaste tu saber y te encuentras falto de historias nuevas! ¡Sin embargo, te hice venir, porque es absolutamente necesario que, a pesar de todo, relates un cuento extraordinario y desconocido para mí, y tal como no hube de oírle! Porque ahora me gustan más que nunca las historias y el relato de las aventuras. Así es que, como logres encantarme con las palabras hermosas que me harás oír, yo corresponderé regalándote inmensas tierras de las que serás el amo, y fortalezas y palacios, con un firmán que te libre de todo género de cuotas y tributos; y también te nombraré mi gran visir y te haré sentarte a mi derecha; y gobernarás a tu arbitrio, con autoridad plena y entera, en medio de mis vasallos y de los súbditos de mis reinos. ¡Y si lo anhelas, incluso te legaré el trono después de mi muerte, y, mientras yo esté vivo, te pertenecerá cuanto me pertenezca! ¡Pero si tu destino es lo bastante nefasto para que no puedas satisfacer el deseo que acabo de expresarte, y que supone para mi alma mucho más que poseer la tierra entera, desde ahora puedes ir a despedirte de tus parientes y decirles que te espera el palo!"

Al oír estas palabras del rey Kendamir, el narrador Abu-Alí comprendió que estaba perdido irremisiblemente, y repuso: "¡Escucho y obedezco!" Y bajó la cabeza, con el rostro muy pálido, presa de una desesperación sin remedio. Pero al cabo de cierto tiempo, levantó la cabeza, y dijo: "¡Oh rey! tu ignorante esclavo, antes de morir, pide una gracia a tu generosidad!"

Y preguntó el rey: "¿Y qué es ello?" El otro dijo: "Que le concedas sólo un plazo de un año para permitirle encontrar lo que le pides. ¡Y si pasado ese plazo no encuentra el cuento consabido, o, si, aunque le encuentre, no es el más hermoso, el más maravilloso y el más extraordinario que haya llegado a oídos de los hombres, sufriré, sin amargura en mi alma, el suplicio del palo!"

Al oír estas palabras, el rey Kendamir se dijo: "¡Muy largo es ese plazo! ¡Y ningún hombre sabe si ha de vivir aún el día siguiente!" Luego añadió: "¡No obstante, es tan grande mi deseo de oír una historia más, que te concedo ese plazo de un año; pero es con la condición de que no te muevas de tu casa durante todo ese tiempo!" Y el narrador Abu-Alí besó la tierra entre las manos del rey, y se apresuró a regresar a su casa.

Ya en ella, tras de reflexionar mucho rato, llamó a cinco de sus jóvenes mamalik, que sabían leer y escribir, y que, además, eran los más sagaces, los más abnegados y los más distinguidos de entre sus servidores todos, y a cada uno de ello le entregó cinco mil dinares de oro. Luego les dijo: "¡Os eduqué y cuidé y alimenté en mi casa para cuando llegara un día como éste! ¡A vosotros incumbe, pues, socorrerme y ayudarme a salir de entre las manos del rey!"

Ellos contestaron: "Ordena, ¡oh amo nuestro! ¡Nuestras almas te pertenecen, y te serviremos de rescate!" El dijo: "¡Escuchad! ¡Cada uno de vosotros partirá para los países extranjeros por los diferentes caminos de Alah! Recorred todos los reinos y todas las comarcas de la tierra en busca de los sabios, las personas sagaces, de los poetas y de los narradores más célebres! ¡Y preguntadles, a fin de transmitírmela, si conocen la Historia de las Aventuras de Hassán Al-Bassri! ¡Y si, por un favor del Altísimo, la conoce alguno de ellos, rogadle que os la cuente y os la escriba a cualquier precio! ¡Porque sólo merced a esa historia podréis salvar a vuestro amo del palo que le espera!"

Luego encaróse con cada uno de ellos en particular, y dijo al primer mameluco: "¡Tú iras por los países de las Indias y del Sindh y por las comarcas y provincias que de ellos dependen!" Y dijo al segundo: "¡Tú irás por Persia y China y por los países limítrofes!" Y dijo al tercero: "¡Tú recorrerás el Khorassán y sus dependencias!" Y dijo al cuarto: "¡Tú explorarás todo el Maghreb de oriente a occidente!" Y dijo al quinto: "¡En cuanto a ti, ¡oh Mobarak! visitarás el país de Egipto y la Siria...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 577ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 577ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... En cuanto a ti, ¡oh Mobarak! visitarás el país de Egipto y la Siria."

Así habló a sus cinco abnegados mamalik el narrador Abu-Alí. Y les escogió para la partida un día de bendición, y les dijo: "¡Partid en este día bendito! ¡Y volved con la historia de que dependerá mi redención!" Y se despidieron ellos de él, y se dispersaron en cinco direcciones diferentes.

Pero, al cabo de once meses, los cuatro primeros regresaron uno tras de otro muy desencantados, y dijeron a su amo que, a pesar de las más exactas pesquisas por los países lejanos que acababan de recorrer, el destino no les había puesto sobre la pista del narrador o del sabio que anhelaban, y no habían encontrado por ninguna parte, ni en las ciudades ni en las tiendas ni en el desierto, más que narradores y poetas vulgares, cuyas historias eran universalmente conocidas; pero en cuanto a las aventuras de Hassán Al-Bassri, ¡ninguno las conocía!

Al oír estas palabras, el pecho del viejo narrador Abu-Alí se oprimió hasta el límite de la opresión, y ante su rostro se ennegreció el mundo. Y exclamó: "¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Omnipotente! ¡Al presente veo bien que en el libro del Ángel está escrito que me espera en el palo mi destino!" E hizo sus preparativos y su testamento antes de morir con aquella muerte de brea.

¡Y he aquí lo referente a él!

Pero respecto al quinto mameluco, que se llamaba Mobarak, he aquí que recorrió todo el país de Egipto y una parte notable de Siria, sin hallar huella de lo que buscaba. Y ni siquiera los narradores famosos de El Cairo pudieron informarle acerca del particular, aunque su saber superara al entendimiento. ¡Más aún! ¡Ni siquiera oyeron hablar nunca a su padres o a sus abuelos, narradores como ellos, de la existencia de aquella historia! Así es que el joven mameluco tomó el camino de Damasco, aunque no esperaba poder realizar satisfactoriamente aquella empresa.

Y he aquí que, en cuanto llegó a Damasco, se sintió poseído por el encanto de su clima, de sus jardines, de sus aguas y de su magnificencia. Y su entusiasmo habría llegado a los límites extremos si él no tuviese el espíritu tan preocupado por su misión irrealizable. Y como era tarde, recorría las calles de la ciudad en busca de algún khan donde pasar la noche, cuando al volver de los zocos vio una muchedumbre de cargadores, barrenderos, arrieros, cavadores, mercaderes y aguadores, así como otras muchas personas, que corrían presurosos en una misma dirección todo lo más de prisa posible. Y se dijo: "¿Quién sabe dónde irá toda esta gente?"

Cuando se disponía a correr con ellos, le empujó con violencia un joven que acababa de tropezar enganchándose el pie en las orlas de su traje a causa de su precipitación en la marcha. Y el mameluco le ayudó a levantarse, y después de secarle la espalda, le preguntó: "¿Adónde vas de esta manera? ¡Te veo muy preocupado y lleno de impaciencia, y no sé qué pensar al ver también a los demás haciendo lo que tú!" El joven le contestó: "Advierto que eres un extranjero, ya que así ignoras el motivo de nuestra carrera. Pues has de saber que, por mi parte, quiero ser uno de los primeros en llegar allá lejos, a la sala abovedada en que se halla el jeique Ishak Al-Monabbi, el narrador sublime de nuestra ciudad, el que cuenta las historias más maravillosas del mundo. ¡Y como siempre tiene fuera y dentro una gran muchedumbre de oyentes, y los que llegan los últimos no pueden disfrutar como es debido de la historia contada, te ruego que dispenses ahora mi prisa por dejarte!"

Pero el joven mameluco se cogió a la ropa del habitante de Damasco, y le dijo: "¡Oh hijo de gentes de bien! te suplico que me lleves contigo a fin de que encuentre un buen sitio cerca del jeique Ishak. ¡Porque yo también anhelo vivamente oírle, y por él precisamente es por quien vengo de mi lejano país!" Y contestó el joven: "¡Sígueme, pues, y corramos!" Y empujando a derecha y a izquierda a las gentes pacíficas que entraban a sus casas, se abalanzaron a la sala donde celebraba sus sesiones el jeique Ishak Al-Monabbi.

Y he aquí que, al entrar en aquella sala de techo abovedado del que descendía una frescura dulce, Mobarak divisó, sentado en un sillón en medio del círculo silencioso de cargadores, mercaderes, notables, aguadores y demás, a un venerable jeique de rostro señalado por la bendición, de frente aureolada de esplendor, que hablaba con una voz grave, continuando la historia que hubo de comenzar hacía más de un mes ante sus oyentes fieles. Pero la voz del jeique no tardó en animarse contando las hazañas insuperables de su guerrero. Y de pronto levantose de su asiento, sin poder ya contener su vehemencia, y empezó a recorrer la sala de un extremo a otro entre sus oyentes, haciendo voltear el alfanje del guerrero cortador de cabezas y destrozando en mil añicos a los enemigos. ¡Mueran los traidores! ¡Y sean malditos y abrasados en el fuego del infierno! ¡Y Alah preserve al guerrero! ¡Ya está preservado! ¡Pero no! ¿Dónde están nuestras espadas, dónde están nuestros palos para volar a su socorro? ¡He aquí! ¡Sale triunfante de la refriega, aplastando a sus enemigos, derribados con ayuda de Alah! ¡Así, pues, gloria al Todopoderoso, dueño de la valentía! ¡Y vaya ahora el guerrero a la tienda en que le espera la enamorada, y que las bellezas diversas de la joven le hagan olvidar los peligros corridos por ella! ¡Y loores a Alah, que ha creado a la mujer para que ponga bálsamo en el corazón del guerrero y fuego en sus entrañas!

Como el jeique Ishak ponía fin a la sesión con aquellas palabras esa tarde, los oyentes se levantaron en el límite del éxtasis, y repitiendo las últimas palabras del narrador, salieron de la sala. Y el mameluco Mobarak, maravillado de arte tan admirable, se acercó al jeique Ishak, y después de besarle la mano, le dijo: "¡Oh mi señor, soy un extranjero, y deseo pedirte una cosa...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 578ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 578ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Oh mi señor, soy un extranjero, y deseo pedirte una cosa!" Y el jeique le devolvió su zalema, y contestó: "¡Habla! El extranjero no es para nosotros extranjero. ¿Qué te hace falta?" El otro contestó: "¡Vengo desde muy lejos a ofrecerte un regalo de mil dinares de oro de parte de mi amo el narrador Abu-Alí del Khorassán! ¡Porque te considera el maestro de todos los narradores de este tiempo, y quiere probarte así su admiración!"

El jeique Ishak contestó: "¡Ciertamente, nadie sabrá ignorar la fama del ilustre Abu-Alí del Khorassán! Acepto, pues, de todo corazón amistoso el regalo de tu amo, y quisiera en cambio enviarle alguna cosa por mediación tuya. ¡Dime, pues, lo que más le gusta, a fin de que mi regalo le agrade más aún!"

Al oír estas palabras tanto tiempo esperadas, el mameluco Mobarak se dijo: "¡Heme aquí al cabo de mis deseos! ¡Y éste será mi último recurso!" Y contestó: "Alah te colme con sus bendiciones, ¡oh mi señor! ¡Pero los bienes de este mundo son numerosos sobre la cabeza de Abu-Ali, que no desea más que una cosa, y es adornar su espíritu con lo que no conoce! ¡Así es que me ha enviado a ti para pedirte por favor que le enseñes algún cuento nuevo con el que pueda endulzar los oídos de nuestro rey! ¡Por ejemplo, nada podría conmoverle más que saber por ti, si acaso la conoces, la historia que se llama las AVENTURAS DE HASSAN AL-BASSRI".

El jeique contestó: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡tu deseo será satisfecho, y con creces, porque conozco esa historia, y por cierto que soy el único narrador que la conoce sobre la faz de la tierra! Y razón tiene en buscarla tu amo Abu-Alí, pues sin duda es una de las historias más extraordinarias que existen, y en otro tiempo me la contó un santo derviche, muerto ya, que la sabía por otro derviche, muerto ya, que la sabía por otro derviche, muerto también. Y para hacer honor a la generosidad de tu amo, no solamente voy a contártela, sino a dictártela con todos sus detalles desde el principio al fin. ¡Sin embargo, para esta donación, de mi parte pongo una condición expresa que te comprometerás, por juramento, a cumplir si quieres tener esa copia!"

El mameluco contestó: "¡Estoy dispuesto a aceptar todas las condiciones, aun poniendo en peligro mi alma!"

El narrador dijo: " Pues bien, como esta historia es de las que no se cuentan a cualquiera, y no está hecha para todo el mundo, sino sólo para personas escogidas, vas a jurarme, en nombre tuyo y en el de tu amo, que jamás dirás una palabra de ella a cinco clases de personas: las ignorantes, porque su espíritu grosero no sabría estimarla; los hipócritas, que se asustarían al oírla; los maestros de escuela, incapaces y atrasados, que no la comprenderían; los idiotas, porque son como los maestros de escuela y los engreídos, que no podrían sacar de ella una enseñanza provechosa".

Y exclamó el mameluco: "¡Lo juro ante la faz de Alah v ante ti! ¡oh mi señor!" Luego se desciñó el cinturón y extrajo de él un saco que contenía mil dinares de oro, y se lo entregó al jeique Ishak. El jeique, a su vez, le presentó un tintero y un cálamo, y le dijo: "¡Escribe!"

Y se puso a dictarle palabra por palabra toda la historia de las AVENTURAS DE HASSAN AL-BASSRI, tal como le fué transmitida por el derviche. Y aquel dictado duró siete días y siete noches sin interrupción. Tras de lo cual el mameluco volvió a leer al jeique lo que había escrito, y aquél rectificó diversos pasajes y corrigió las faltas ortográficas. Y en el límite de la alegría, el mameluco Mobarak besó la mano al jeique, y después de decirle adiós, se apresuró a emprender el camino del Khorassán. Y, como la dicha le tornaba ligero, no invirtió en llegar más que la mitad del tiempo que de ordinario necesitaban las caravanas.

He aquí que sólo faltaban diez días para que expirase el año fijado como plazo por el rey, y para que se levantase delante de la puerta de palacio el palo que sería el suplicio de Abu-Alí. Y se había desvanecido por completo la esperanza en el alma del infortunado narrador, y había congregado éste a todos sus parientes y a sus amigos para que le ayudasen a soportar con menos terror la hora espantosa que le esperaba. Y de improviso, en medio de las lamentaciones, hizo su entrada el mameluco Mobarak, blandiendo el manuscrito, y se acercó a su amo, y después de besarle la mano, le entregó las hojas preciosas, la primera de las cuales ostentaba en letras grandes el título: HISTORIA DE LAS AVENTURAS DE HASSAN AL-BASSRI.

Al ver aquello, el narrador Abu-Alí se levantó y abrazó a su mameluco, y le hizo sentarse a su diestra, y se quitó sus propios trajes para ponérselos a él, y le colmó de muestras de honor y de beneficios; luego, tras de haberle libertado, le dió como regalo diez caballos de raza noble, cinco yeguas, diez camellos, diez mulas, tres negros y dos mozos jóvenes. Tras de lo cual cogió el manuscrito que le salvaba la vida, y lo copió de nuevo él mismo en letras de oro sobre un papel magnífico con su caligrafía más hermosa, poniendo anchos espacios entre las palabras, de manera que la lectura se hiciese grata y fácil. Y empleó en aquel trabajo nueve días enteros, tomándose apenas tiempo para pegar los ojos o comer un dátil. Y el décimo día, a la hora señalada para su empalamiento, puso el manuscrito en una arquilla de oro y subió a ver al rey...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 579ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 579ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el décimo día, a la hora señalada para su empalamiento, puso el manuscrito en una arquilla de oro y subió a ver al rey.

Al punto el rey Kendamir reunió a sus visires, a sus emires y a sus chambelanes, así como a los poetas y a los sabios, y dijo a Abu-Alí: "¡La palabra de los reyes debe difundirse! ¡Léenos, pues, esa historia prometida! ¡Y a mi vez, no olvidaré yo lo que se convino entre nosotros en un principio!"

Abu-Alí sacó de la arquilla de oro el maravilloso manuscrito, y desenrolló la primera hoja y comenzó su lectura. Y desenrolló la segunda hoja, y la tercera hoja y muchas hojas más, y continuó leyendo en medio de la admiración y de la maravilla de toda la asamblea. ¡Y fué tan extraordinario el efecto producido en el rey, que quiso éste levantar la sesión aquel día! Y allí se comió, se bebió, y se volvió a comenzar; y así hasta el final.

Entonces el rey Kendamir, entusiasmado hasta el límite del entusiasmo, y seguro para en lo sucesivo de que nunca más tendría un instante de aburrimiento, puesto que en su mano poseía semejante historia, se levantó en honor de Abu-Alí, y le nombró acto seguido gran visir suyo, destituyendo de su cargo al antiguo, y después de haberle puesto su propio manto real, le donó como propiedad hereditaria una provincia entera de su reino con sus ciudades, villas y fortalezas y le retuvo a su lado como compañero íntimo y confidente. Luego le hizo guardar la arquilla con el manuscrito precioso en el armario de los papeles para sacarlo después y que le leyeran la historia cuantas veces se presentara a las puertas de su alma el fastidio.

"Y ésa es precisamente ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- la historia maravillosa que voy a poder contarte, gracias a una copia exacta que ha llegado hasta mí".

Se cuenta -¡pero Alah es más sabio y más prudente y más bienhechor!- que, en los años que se presentaron y transcurrieron hace mucho tiempo, había en la ciudad de Bassra un joven que era el más gracioso, el más hermoso y el más delicado entre todos los mozos jóvenes de su tiempo. Y se llamaba Hassán (Hermoso), y verdaderamente nunca nombre alguno había convenido de manera tan perfecta a un hijo de los hombres.

Y el padre y la madre de Hassán le querían con un amor grande, porque no le tuvieron hasta los días de su extrema senilidad, y fué merced al consejo de un sabio lector de libros mágicos, que les hizo comer las partes situadas entre la cabeza y la cola de una serpiente de la calidad de las serpientes grandes, según prescripción de nuestro señor Soleimán (¡con El la paz y la plegaria!). Y he aquí que, al llegar el término fijado, Alah el que todo lo oye, el que todo lo ve, decretó la admisión del mercader, padre de Hassán, en el seno de Su Misericordia y el mercader murió en la paz de su Señor (¡Alah le tenga siempre en Su piedad!).

De tal suerte encontrose el joven Hassán como único heredero de los bienes de su padre. Pero como estaba mal educado por sus padres, que le habían querido mucho, se apresuró a frecuentar el trato de los jóvenes de su edad, y en su compañía no tardó en comerse en festines y en disipaciones las economías de su padre. Y ya no le quedó nada entre las manos. Entonces su madre, que tenía un corazón compasivo, no pudo sufrir el verle triste, y con su propia parte de herencia, le abrió en el zoco una tienda de orfebrería.

Y he aquí que la belleza de Hassán pronto atrajo hacia la tienda, con asentimiento de Alah, las miradas de todos los transeúntes; y no atravesaba el zoco ninguno que no se parase ante la puerta para contemplar la obra del Creador y maravillarse de ella. Y de tal suerte se convirtió la tienda de Hassán en centro de una aglomeración continua de mercaderes, de mujeres y de niños que reuníanse allá para verle manejar el martillo de orfebre y admirarle a su antojo.

Y he aquí que, un día entre los días, estando Hassán sentado en el interior de su tienda, y mientras fuera aumentaba la acostumbrada aglomeración, acertó a pasar por allí un persa de larga barba blanca y gran turbante de muselina blanca. Su rostro y sus modales indicaban desde luego que era un notable y un hombre de importancia. Y tenía en la mano un libro antiguo. Y se detuvo delante de la tienda y se puso a mirar a Hassán con atención sostenida. Luego acercóse más a él, y dijo de manera que fuese oído: "¡Por Alah! ¡Excelente orfebre!" Y empezó a mover la cabeza con los signos más evidentes de una admiración sin límites. Y permaneció allí quieto hasta que los transeúntes se dispersaron para la plegaria de la tarde.

Entonces entró en la tienda y saludó a Hassán, que le devolvió la zalema con gran ternura, y le dijo: "¡En verdad, hijo mío, que eres un joven muy agraciado! Y como yo no tengo hijos, quisiera adoptarte, a fin de enseñarte los secretos de mi arte, único en el mundo, y que millares y millares de personas me suplicaron inútilmente que les enseñara. Y ahora mi alma y la amistad que nació en mi alma por ti me impulsan a revelarte lo que hasta hoy oculté cuidadosamente, para que después de mi muerte seas tú el depositario de mi ciencia. De tal suerte pondré entre tú y la pobreza un obstáculo infranqueable, y te libraré de ese trabajo fatigoso del martillo y de ese oficio poco lucrativo, indigno de tu persona encantadora, ¡oh hijo mío! y que ejerces en medio del polvo, del carbón y de la llama!" Y contestó Hassán: "¡Por Alah! ¡oh mi venerable tío! que sólo deseo ser tu hijo y el heredero de tu ciencia! ¿Cuándo quieres, pues, comenzar a iniciarme?" El persa contestó: "¡Mañana!" Y levantándose en seguida, cogió con sus dos manos la cabeza de Hassán y le besó. Luego salió sin añadir una palabra más...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 580ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 580ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... cogió con sus dos manos la cabeza de Hassán y le besó. Luego salió sin añadir una palabra más.

Entonces Hassán, extremadamente turbado con todo aquello, se apresuró a cerrar su tienda y corrió a su casa para contar a su madre, lo que acababa de ocurrir. Y la madre de Hassán repuso, muy conmovida: "¿Qué me cuentas, ya Hassán? ¿Y cómo puedes creer en las palabras de un persa hereje?" Hassán dijo: "¡Ese venerable sabio no es un hereje, pues lleva un turbante de muselina blanca como el de los verdaderos creyentes!"

Ella contestó: "¡Ah hijo mío, desengáñate! ¡Esos persas son unos miserables, unos seductores! ¡Y su ciencia es la alquimia! ¡Y sólo Alah sabe las asechanzas que traman en la negrura de su alma, y el número de estratagemas de que se valen para despojar a la gente!"

Pero Hassán se echó a reír, y dijo: "¡Oh madre mía, nosotros somos pobres, y no tenemos, en verdad, nada que pueda tentar la codicia de los demás! ¡En cuanto a ese persa, en toda la provincia de Bassra no hay ninguno que tenga un rostro y unos modales mejores! ¡Y he visto en él las señales más evidentes de la bondad y de la virtud! ¡Demos gracias a Alah, que hizo que su corazón se compadeciera de mi cualidad!"

Al oír estas palabras, nada contestó ya la madre. Y Hassán aquella noche no pudo cerrar los ojos, de tan perplejo e impaciente como estaba.

Al día siguiente, se presentó muy temprano en el zoco con sus llaves, y abrió su tienda antes que todos los demás mercaderes. Y al punto vió entrar al persa, y se levantó con viveza en honor suyo y quiso besarle la mano; pero el otro no lo consintió, y le estrechó en sus brazos, y le preguntó: "¿Estás casado, oh Hassán?" Hassán contestó: "No, por Alah! ¡Soy soltero, aunque mi madre no cesa de inclinarme al matrimonio!"

El persa dijo: "¡Muy bien entonces! ¡Porque si fueses casado, nunca habrías podido entrar en la intimidad de mis conocimientos!"

Luego añadió: "¿Tienes cobre en tu tienda, hijo mío?" Hassán dijo: "¡Ahí tengo una bandeja vieja, toda mellada, de cobre amarillo!" El persa dijo: "¡Eso mismo es lo que me hace falta! ¡Empieza, pues, por encender tu hornillo, pon al fuego tu crisol y haz funcionar tus fuelles! ¡Coge luego esa bandeja vieja de cobre y córtala en pedacitos con tus tijeras!" Y Hassán se apresuró a ejecutar la orden. Y el persa dijo: "¡Ahora pon esos pedazos de cobre en el crisol, y activa el fuego hasta que se licúe todo el metal!" Y Hassán echó al crisol los pedazos de cobre, activó el fuego y se puso a soplar con la caña sobre el metal hasta la licuefacción. Entonces levantóse el persa y se acercó al crisol y abrió su libro, y ante el líquido hirviente leyó unas fórmulas en lengua desconocida; luego, levantando la voz, gritó: "¡Hakh! ¡makh! ¡bakh! ¡Oh vil metal, que el sol te penetre con sus virtudes! ¡Hakh! ¡makh! ¡bakh! ¡Oh vil metal, que la virtud del oro ahuyente tus impurezas! ¡Hakh ¡makh! ¡bakh! ¡Oh cobre, conviértete en oro!" Y al pronunciar estas palabras, el persa alzó la mano hacia su turbante, y sacó de entre los pliegues de la muselina un paquete de papel doblado, que abrió; y cogió unos polvos amarillos como el azafrán, que apresuróse a echar en medio del cobre líquido dentro del hornillo. ¡Y al instante se solidificó el líquido v se convirtió en un pan de oro, del oro más puro!

Al ver aquello, Hassán quedó estupefacto en el límite de la estupefacción; y a una seña del persa, cogió su lima de ensayo y frotó con ella un extremo del pan brillante; y comprobó que era oro de la calidad más fina y más estimada. Entonces, poseído de admiración, quiso coger la mano al persa y besársela; pero éste no se lo permitió, y le dijo: "¡Oh Hassán! ve ya al zoco a vender este pan de oro! ¡Y cobra el importe, y vuelve a tu casa a guardar el dinero, sin decir una palabra de lo que sabes!" Y Hassán fué al zoco, y entregó el pan al pregonero, lo pregonó y obtuvo por él en seguida mil dinares de oro y después dos mil al segundo pregón. Y se adjudicó en ese precio el pan a un mercader, y Hassán cogió los dos mil dinares y fué a llevárselos a su madre, volando de alegría. Y la madre de Hassán, al ver todo aquel oro, no pudo en un principio pronunciar palabra, de tan llena de asombro como estaba; luego, cuando Hassán, riendo, le contó que aquello procedía de la ciencia del persa, ella alzó las manos y exclamó, aterrada: "¡No hay más dios que Alah, y no hay fuerza y poder más que en Alah! ¿Qué hiciste, ¡oh hijo mío! con ese persa versado en la alquimia?"

Pero Hassán contestó: "¡Precisamente ¡oh madre! ese venerable sabio está instruyéndome en la alquimia! ¡Y ha empezado por hacerme ver cómo se cambia un vil metal en el oro más puro!" Y sin prestar atención ya a las objeciones de su madre, Hassán cogió de la cocina el almirez grande de cobre en que su madre machacaba ajo y cebolla y confeccionaba las albóndigas de trigo molido, y corrió a su tienda en busca del persa, que le esperaba. Y tiró al suelo el almirez de cobre, y se puso a activar el fuego. Y el persa le preguntó: "¿Pero qué quieres hacer, ya Hassán?" Hassán contestó: "¡Quisiera convertir en oro el almirez de mi madre!" Y el persa se echó a reír, y dijo: "¡Eres un insensato, Hassán, al querer mostrarte en el zoco por dos veces en el mismo día con lingotes de oro que despertarían las sospechas de los mercaderes, los cuales adivinarían que nos dedicamos a la alquimia, y atraerían sobre nuestra cabeza algo muy enojoso!"

Hassán contestó: "¡Tienes razón! ¡Pero quisiera que me enseñaras el secreto de la ciencia!" El persa se echó a reír más fuerte aún que la primera vez, y dijo: "¡Eres un insensato, Hassán, al creer que la ciencia y los secretos de la ciencia pueden enseñarse así, en plena calle o en las plazas públicas, y que se pueden aprender en medio del zoco, a la vista de los guardias! ¡Pero si verdaderamente, ya Hassán, abrigas el firme propósito de instruirte de un modo completo, no tienes más que recoger tus herramientas y seguirme a mi casa!"

Y Hassán contestó sin vacilar: "¡Escucho y obedezco!" Y levantándose, recogió sus herramientas, cerró su tienda y siguió al persa.

Pero por el camino Hassán se acordó de las palabras de su madre acerca de los persas, y como le invadían el espíritu mil pensamientos, se detuvo en su marcha, sin saber a punto fijo lo que hacía, y con la cabeza baja se puso a reflexionar profundamente. Y el persa, que habíase vuelto, le vió en aquel estado y se echó a reír, luego le dijo: "¡Eres un insensato, Hassán! ¡Porque si estuvieras tan dotado de razón como de gentileza, no te detendrías ante el buen destino que te aguarda! ¿Cómo es posible que vaciles cuando quiero hacer tu felicidad?"

Luego añadió: "¡Sin embargo, hijo mío, para que no tengas la más ligera duda acerca de mis intenciones, prefiero revelarte los secretos de mi ciencia en tu propia casa!" Y Hassán contestó: "¡Sí, ¡por Alah! así se tranquilizará mi madre!" Y dijo el persa: "¡Precédeme, pues, para enseñarme el camino!"

Y Hassán echó a andar delante, y el persa detrás; y de tal suerte llegaron a casa de la madre.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 581ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 581ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y de tal suerte, llegaron a casa de la madre. Y Hassán rogó al persa que esperara en el vestíbulo, y corriendo como un potro que triscase por los prados en la primavera, fué a prevenir a su madre de que tenían por huésped al persa. Y añadió: "Puesto que va a comer de nuestra comida en nuestra casa, estaremos ligados por el pan y la sal, y así ya no podrás inquietarte por mí en lo sucesivo".

Pero la madre contestó: "¡Alah nos proteja, hijo mío! ¡El lazo del pan y de la sal es sagrado entre nosotros; pero no lo respetan esos persas abominables, que son adoradores del fuego, pervertidos y perjuros! ¡Ah hijo mío, qué calamidad nos persigue!" Hassán dijo: "¡Cuando veas a ese venerable sabio, no querrás dejarle salir de nuestra casa!"

Ella dijo: "¡No! ¡por la tumba de tu padre, que no he de permanecer aquí mientras esté ese hereje! ¡Y cuando se marche, fregaré las baldosas de la habitación, y quemaré incienso, y ni siquiera te tocaré a ti durante un mes entero, pues temo que pudiera mancharme con tu contacto!" Luego añadió: "¡Sin embargo, puesto que ya está en nuestra casa y guardamos el oro que nos ha dado, voy a prepararos de comer, y después me marcharé a casa de los vecinos!" Y en tanto que Hassán iba en busca del persa, ella extendió el mantel, y tras de hacer muchas compras, puso en la bandejas pollos asados y cohombros y diez clases de pasteles y confituras, y apresuróse a refugiarse en casa de los vecinos

Entonces Hassán introdujo en el comedor a su amigo el persa, y le invitó a sentarse, diciéndole: "¡Es preciso que nos liguen el pan y la sal!" Y contestó el persa: "¡Sin duda que ese lazo ha de ser cosa inviolable!" Y se sentó al lado de Hassán, y se puso a comer con él sin dejar de conversar. Y le decía: "¡Oh hijo mío Hassán! ¡por el lazo sagrado del pan y de la sal que existe ahora entre nosotros, créeme, que si no te quisiera con un cariño tan vivo, no te enseñaría las cosas secretas que nos han traído aquí!" Y así diciendo, sacó de su turbante el paquete de polvos amarillos, y mostrándoselo añadió: "¿Ves estos polvos? Pues bien: has de saber que con un poco de ellos puedes transformar en oro diez okes de cobre. Porque estos polvos no son otra cosa que el elixir quintaesenciado, solidificado y pulverizado que extraje de la substancia de mil cuerpos simples y de mil ingredientes a cual más complicados. ¡Y sólo conseguí este descubrimiento al cabo de trabajos y fatigas que ya conocerás un día!"

Y entregó el paquete a Hassán, quien se puso a mirarlo con tanta atención, que no vió al persa sacar rápidamente de su turbante un trozo de bang y mezclarlo a un pastel. Y el persa ofreció el pastel a Hassán, quien sin dejar de mirar los polvos, se lo tragó para caer al punto de espaldas, sin conocimiento, dando en el suelo con la cabeza antes que con los pies.

Inmediatamente, lanzando un grito de triunfo, el persa saltó sobre ambos pies, diciendo: "¡Ah encantador Hassán! ¡Cuántos años hace ya que te busco sin encontrarte! ¡Pero hete ahora entre mis manos sin que hayas de escapar a mis deseos!" Y se alzó las mangas, se ciñó la cintura, y acercándose a Hassán, le dobló en dos, poniéndole la cabeza sobre las rodillas, y en esta posición le ató los brazos a las piernas y las manos a los pies. Luego abrió un arca la vació y metió dentro a Hassán con todo el oro que produjo su operación de alquimia. Después salió a llamar a un mandadero, le cargó el arca a la espalda, y le hizo llevarla a la orilla del mar, en donde había un navío dispuesto a hacerse a la vela. Y el capitán, que no esperaba más que la llegada del persa, levó el ancla. ¡Y empujado por la brisa de tierra, el navío se alejó de la orilla a toda vela! ¡Y he aquí lo referente al persa, raptor de Hassán y del arca en que estaba encerrado Hassán!

¡Pero he aquí ahora lo que atañe a la madre de Hassán! Cuando advirtió que su hijo había desaparecido con el arca y el oro, y que las ropas estaban esparcidas por la habitación, y que la puerta de la casa había quedado abierta, comprendió que en adelante Hassán estaba perdido para ella y que se había ejecutado el designio del Destino. Entonces se entregó a la desesperación, y se golpeó mucho el rostro, y rasgó sus vestiduras, y se puso a gemir, a sollozar, a lanzar gritos dolorosos y a verter llanto, diciendo: "¡Ay! ¡oh hijo mío! ¡ah! ¡Ay del fruto vivo de mi corazón! ¡ah!"

Y se pasó toda la noche corriendo enloquecida, a preguntar por su hijo en casa de todos los vecinos, pero sin resultado. Y desde entonces dejó transcurrir sus días y sus noches entre lágrimas de duelo, junto a la tumba que erigió en medio de su casa y en la cual escribió el nombre de su hijo Hassán y la fecha del día en que fué arrebatado a su afecto. Y también hizo grabar en el mármol de la tumba estos dos versos, a fin de recitárselos llorando sin cesar:

¡Cuando me duermo por la noche, se me presenta una forma engañosa, que viene a errar, triste, en torno de mi lecho y de mi soledad!
¡Quiero estrechar entre mis brazos la amada forma de mi hijo, y me despierto ¡ay! en medio de la casa desierta, cuando ya ha pasado la hora de la visita!

Y así es como vivía con su dolor la pobre madre.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 582ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 582ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... En cuanto al persa que se marchó en el navío con el arca, era realmente un mago muy formidable; y se llamaba Bahram el Gauro, Adorador del Fuego, alquimista de oficio. Y cada año escogía entre los niños de los musulmanes un joven bien formado, para llevárselo y hacer con él lo que le impulsaba a hacer su descreimiento, su perversión y su raza maldita; porque, como ha dicho el Maestro de los proverbios, ¡era "un perro, hijo de perro, nieto de perro; y todos sus antepasados eran perros! ¿Cómo iba a ser entonces otra cosa que un perro, ni hacer otra cosa que las acciones de un perro? Y he aquí que mientras duró el viaje por mar, bajaba una vez al día al fondo del navío, en donde estaba el arca, levantaba la tapa y daba de comer y beber a Hassán, metiéndole él mismo los alimentos en la boca y dejándole sumido siempre en estado de somnolencia. Y cuando el navío llegó al término del viaje, hizo desembarcar el arca y bajó él también a tierra, mientras que el navío reanudaba su rumbo.

Entonces el mago Bahram abrió el arca, desató las ligaduras de Hassán y destruyó el efecto de bang haciéndole aspirar vinagre y echándole en las narices polvo de antibang. Y al punto recobró Hassán el uso de sus sentidos, y miró a derecha e izquierda; y se vió echado en una playa marina cuyos guijarros y arena estaban coloreados de rojo, de verde, de blanco, de azul, de amarillo y de negro; y por eso asombrado de verse en lugar que no conocía, se levantó y vió sentado detrás de él en una roca al persa, que le miraba con un ojo abierto y un ojo cerrado. Y sólo con ver aquello, tuvo el presentimiento de que había sido víctima del mago y de que en adelante estaba a merced suya. Y se acordó de las desgracias que le predijo su madre; y se resignó a los decretos del Destino, diciéndose: "¡Pongo mi confianza en Alah!"

Luego se acercó al persa, que le dejaba avanzar sin moverse, y le preguntó con voz muy alterada: "¿Qué quiere decir esto, padre mío? ¿Es que no hubo entre nosotros una vez el lazo del pan y de la sal?" Y Bahram el Gauro se echó a reír, y exclamó: "¡Por el Fuego y la Luz! ¿Para qué me hablas del pan y la sal a mí, que soy Bahram el Adorador de la Llama y la Chispa, del Sol y de la Luz? ¿Y no sabes que, lo mismo que a ti, he tenido en mi poder a novecientos noventa y nueve jóvenes musulmanes que rapté, y que tú eres el milésimo? ¡Pero, ¡por el Fuego y la Luz! tú eres el más hermoso de todos! ¡Y no creía ¡oh Hassán! que cayeras tan fácilmente en mis redes! ¡Pero ¡gloria al Sol! hete aquí entre mis manos, y pronto verás cuánto te amo!"

Luego añadió: "¡Primero empezarás por abjurar de tu religión y adorar lo que yo adoro!" Al oír estas palabras, la sorpresa de Hassán se tornó en una indignación sin límites, y gritó al mago: "¡Oh jeique de maldición! ¿qué te atreves a proponerme? ¿Y qué abominación quieres hacerme cometer?"

Cuando el persa vió a Hassán en tal estado de cólera, como tenía otros proyectos con respecto a él, no quiso insistir más aquel día, y le dijo: "¡Oh Hassán! ¡lo que te proponía, al pedirte que abjuraras de tu religión, no era más que una farsa de mi parte para poner a prueba tu fe y añadirte un mérito ante el Retribuidor!" Luego añadió: "¡Mi único objeto, al traerte aquí, es iniciarte, en soledad, en los misterios de la ciencia! ¡Mira esa alta montaña a pico que domina el mar! ¡Es la Montaña de las Nubes! y en ella se encuentran los elementos necesarios para el elixir de las transmutaciones. ¡Y si quieres dejarte conducir a su cima, te juro por el Fuego y la Luz que no tendrás que arrepentirte de ello! ¡Porque si hubiera querido conducirte allí contra tu voluntad, lo hubiese hecho durante tu sueño! Y una vez que hayamos llegado a la cumbre, cogeremos los tallos de las plantas que crecen en esa región situada por encima de las nubes. ¡Y entonces te indicaré lo que tienes que hacer!" Y Hassán, que a pesar suyo sentíase dominado por las palabras del mago, no se atrevió a rehusar, y dijo: "¡Escucho y obedezco!" Luego, recordando dolorido a su madre y a su patria, se echó a llorar amargamente.

Entonces Bahram le dijo: "¡No llores, Hassán! ¡Pronto verás lo que vas a ganar con seguir mis consejos!" Y Hassán preguntó: "¿Pero cómo podremos realizar la ascensión de esta montaña a pico cual una muralla?" El mago contestó: "¡No te detenga esa dificultad! ¡Llegaremos allá con más facilidad que el ave!"

Habiendo dicho estas palabras, el persa sacó de entre su traje un tamboril de cobre en el cual había extendida una piel de gallo y aparecían grabados caracteres talismánicos. Y se puso a tocar con sus dedos en el tamboril. Y al punto se alzó una polvareda, desde el seno de la cual se hizo oír un relincho prolongado; y súbitamente, surgió ante ellos un gran caballo negro alado, que empezó a golpear el suelo con sus cascos, echando llamas por las narices. Y el persa le montó y ayudó a Hassán a encaramarse a la grupa. Y al instante el caballo batió las alas y remontó el vuelo; y en menos tiempo del que se necesita para abrir un párpado y cerrar el otro, les dejó en la cumbre de la Montaña de las Nubes. Luego desapareció.

Entonces el persa miró a Hassán de tan mala manera como en la playa, y lanzando una carcajada estridente, exclamó...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 583ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 583ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Entonces el persa miró a Hassán de tan mala manera como en la playa, y lanzando una carcajada estridente, exclamó: "¡Ahora, Hassán estás definitivamente en mi poder; y ninguna criatura podría socorrerte! ¡Prepárate, pues, a satisfacer todos mis caprichos con corazón sumiso, y empieza ante todo por abjurar de tu religión y reconocer como único poder al Fuego, padre de la Luz!"

Al oír estas palabras, Hassán retrocedió, exclamando: "¡No hay más Dios que Alah! ¡Y Mohamed es el Enviado de Alah! ¡En cuanto a ti, ¡oh vil persa! sólo eres un impío y un descreído! ¡Y el Dueño de la Omnipotencia va a castigarte por mediación mía!"

Y rápido como el relámpago, Hassán se abalanzó al mago y le quitó de las manos el tambor, luego le empujó al borde de la montaña a pico, y haciendo fuerza con ambos brazos, le precipitó al abismo. Y girando sobre sí mismo, el mago perjuro e impío fué a estrellarse contra las rocas del mar, y exhaló su alma en el descreimiento. Y Eblis recogió su último aliento para atizar con él el fuego del infierno.

Tal fué la muerte de que murió Bahram el Gauro, mago engañoso y alquimista.


En cuanto a Hassán, libre así del hombre que quería hacerle cometer todas las abominaciones, comenzó primeramente por examinar en todas sus partes el tambor mágico en que estaba extendida la piel de gallo. Pero, como no sabía de qué manera servirse de él, prefirió abstenerse de manejarlo y se lo colgó del cinturón. Tras de lo cual volvió los ojos en torno suyo, y vió que, efectivamente, la cima en que se encontraba era tan alta, que dominaba las nubes acumuladas en su base. Y sobre aquel elevado monte se extendía una llanura inmensa, formando cual un mar sin agua entre el cielo y la tierra. Y muy lejos brillaba una llamarada chispeante. Y pensó Hassán: "¡Allá donde hay fuego hay algún ser humano!"

Y echó a andar en aquella dirección, internándose por aquella llanura donde no había más presencia que la presencia de Alah. Y cuando se acercaba ya al final, acabó por advertir que la llamarada chispeante era sólo el brillo que daba el sol a un palacio de oro con cúpula de oro soportada por cuatro altas columnas de oro.

Al ver aquello, Hassán se preguntó: "¿Qué rey o qué genni habitará en estos lugares?" Y como estaba muy cansado por todas las emociones que acababa de experimentar y por la caminata que acababa de emprender, se dijo: "Voy a entrar, con la gracia de Alah, en este palacio, y a pedir al portero que me dé un poco de agua y algún alimento para no morirme de hambre. ¡Y si es un hombre de bien, quizá me albergue en un rincón por una noche!" Y confiándose al Destino, llegó ante la gran puerta, que estaba tallada en un bloque en el patio de entrada.

Pero apenas había dado Hassán algunos pasos por aquel primer patio, cuando advirtió sentadas en un banco de mármol a dos jóvenes resplandecientes de belleza que jugaban al ajedrez. Y como estaban muy atentas a su juego, no notaron en el primer momento la entrada de Hassán. Pero, al oír ruido de pasos, la más joven levantó la cabeza y vió al hermoso Hassán, que también sorprendióse al divisarlas. Y se levantó ella, rápidamente, y dijo a su hermana: "¡Mira, hermana mía, qué joven tan hermoso! ¡Debe ser sin duda el último de los infortunados a quienes el mago Bahram trae cada año a la Montaña-de-las-Nubes! ¿Pero cómo habrá podido arreglarse para escapar de entre las manos de ese demonio?" Al oír estas palabras, Hassán, que en un principio no se atrevió a moverse de su sitio, se adelantó hacia las jóvenes, y arrojándose a los pies de la más pequeña, exclamó: "¡Sí, ¡oh mi señora! soy ese infortunado!"

Al ver a sus pies aquel joven tan hermoso que tenía gotas de llanto en el borde de sus ojos negros, la joven se conmovió hasta el fondo de sus entrañas; y se levantó con semblante compasivo, y dijo a su hermana, mostrándole al joven Hassán: "¡Sé testigo, hermana mía, de que juro ante Alah y ante ti que desde este instante adopto como hermano mío a este joven, y quiero compartir con él los placeres y alegrías de los días buenos y las penas y aflicciones de los días menos dichosos!" Y cogió de la mano a Hassán y le ayudó a levantarse, y le besó como una hermana amante besaría a su hermano querido. Después, teniéndole cogido de la mano siempre, le condujo al interior del palacio, donde, ante todo, empezó por darle en el hammam un baño que le refrescara perfectamente; luego le vistió con trajes magníficos, tirando sus ropas viejas y sucias del viaje, y ayudada por su hermana, que fué a reunirse con ellos en el hammam, le condujo a su propio aposento, sosteniéndole por debajo de un brazo, mientras su hermana le sostenía por debajo del otro. Y ambas jóvenes invitaron a su joven huésped a sentarse entre las dos para tomar algún alimento. Tras de lo cual le dijo la más joven: "¡Oh hermano mío bienamado! ¡oh querido, cuya llegada hace bailar de alegría a las piedras de la casa...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 584ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 584ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Oh hermano mío bienamado! ¡Oh querido, cuya llegada hace bailar de alegría a las piedras de la casa! ¿Quieres decirnos el nombre encantador por que te llaman y el motivo que te trajo a la puerta de nuestra morada?"

El contestó: "Sabe, ¡oh hermana que me interrogas, y tú también, nuestra hermana mayor! que me llamo Hassán. ¡Respecto al motivo que me trajo a este palacio, no fué otro que mi dichoso destino! ¡No obstante, es verdad que, si estoy aquí, fué después de haber sufrido tribulaciones muy grandes!" Y contó desde el principio hasta el fin lo que le había ocurrido con el mago Bahram el Gauro. Pero no hay utilidad en repetirlo. E indignadas por la conducta del persa, exclamaron a la vez las dos hermanas: "¡Oh perro maldito! ¡Se tenía muy merecida la muerte, y has hecho bien ¡oh hermano nuestro! en impedirle por siempre respirar el aire de la vida!"

Tras de lo cual se encaró la mayor con la más joven, y le dijo: "¡Oh Botón-de-Rosa! ¡Ahora te corresponde a ti contarle a nuestro hermano nuestra historia, a fin de que la retenga en su memoria!" Y la encantadora Botón-de-Rosa dijo:

"¡Has de saber, ¡oh hermano mío, oh el más hermoso! que nosotras somos princesas! Yo me llamo Botón-de-Rosa, y esta hermana mía que ves aquí se llama Grano-de-Mirto; pero también tengo otras cinco hermanas, más bellas todavía que nosotras, que están de caza en este momento y que no tardarán en regresar. La mayor de todas nosotras se llama Estrella-de-la-Mañana, la segunda se llama Estrella-de-la-Tarde, la tercera Cornalina, la cuarta Esmeralda, y la quinta Anémona. Pero yo soy la más joven de las siete. Y somos hijas del mismo padre, pero no de la misma madre; yo y Grano-de-Mirto somos hijas de la misma madre. Y nuestro padre, que es uno de los poderosos reyes de los genn y de los mareds, es un tirano tan orgulloso, que no juzgando a nadie digno de convertirse en esposo de una de sus hijas, juró que no nos casaría nunca. Y para tener la certeza de que jamás se defraudaría su voluntad, hizo comparecer a sus visires, y les preguntó: "¿Sabéis de algún lugar que no lo frecuenten ni los hombres ni los genn, y que pueda servir de vivienda a mis siete hijas?" Los visires contestaron: "¿Y para qué, ¡oh rey nuestro!?" El dijo: "¡Para poner a mis siete hijas al abrigo de los hombres y de los genn de especie masculina!" Ellos dijeron: "¡Oh rey nuestro, creemos que las mujeres y las jóvenes sólo fueron creadas por el Bienhechor para que se unieran a los hombres por los órganos delicados! Y por cierto que ha dicho el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!): "Ninguna mujer envejecerá virgen en el Islam!" ¡Así, pues, caería un gran oprobio sobre la cabeza de nuestro rey si sus hijas envejecieran con su virginidad! Además, ¡por Alah! ¡qué lástima para su juventud!"

Pero nuestro padre contestó: "¡Antes quiero verlas morir que casarlas!" Y añadió: "¡Si no me indicáis ya, el paraje porque os pregunto, saltará de vuestro cuello vuestra cabeza!" Entonces los visires contestaron: "En ese caso, ¡oh rey! sabe que hay un paraje muy a propósito para resguardar a tus hijas: la Montaña-de-las-Nubes, que en los tiempos antiguos estaba habitada por los efrits rebeldes a las órdenes de Soleimán.

Allá se yergue un palacio de oro levantado antaño por los efrits rebeldes para que les sirviera de refugio, pero que está abandonado desde entonces y permanece desierto. ¡Y la región en que se halla situado se ve favorecida por un clima admirable y abundante en árboles, en frutas y en aguas deliciosas más frescas que el hielo y más dulces que la miel!" Al oír estas palabras, nuestro padre se apresuró a enviarnos aquí con una escolta formidable de genns y de mareds, los cuales, una vez que nos pusieron en seguridad, retornaron al reino de nuestro padre.

"¡Y he aquí que, desde que llegamos, vimos que, efectivamente, esta comarca aislada de todas las criaturas de Alah, era una comarca florida, rica en selvas, en pastos lozanos, en vergeles y en manantiales de aguas corrientes que se deslizaban en abundancia, comparables a collares de perlas y a lingotes de plata; que los arroyos se empujaban unos a otros para contemplar y mirarse en las flores que les sonreían; que el aire estaba encantado con trinos y perfumes; que los palomos de collar y las tórtolas salmodiaban desde las ramas por la primavera y cantaban loas al Creador; que los cisnes nadaban gloriosamente en los lagos, y que los pavos reales, con sus espléndidas vestiduras incrustadas de coral y pedrerías de color a millares, eran semejantes a recién casadas; que la tierra era una tierra pura y alcanforada, hermosa con todas las bellezas del Paraíso; y en fin, que éste era un país elegido por las bendiciones!

"Así es ¡oh hermano mío! que de ningún modo nos creemos desgraciadas por vivir en semejante país, dentro de este palacio de oro; y dando siempre las gracias al Retribuidor por sus favores, no sentimos más que una cosa, y es no tener, para que nos haga compañía, ningún hombre de rostro agradable a la vista cuando nos despertamos por la mañana, y de corazón amante y bien intencionado. ¡Por eso ¡oh Hassán! nos ves ahora tan alegres con tu llegada!"

Y tras de hablar así, la encantadora Botón-de-Rosa colmó a Hassán de agasajos y regalos, como se hace entre hermanos y entre amigos, y continuó charlando con él afectuosamente.

Entretanto, llegaron las otras cinco princesas, hermanas de Botón-de-Rosa y de Grano-de-Mirto; y encantadas y satisfechas de ver a un joven tan hermoso y a un hermano tan delicioso, le hicieron la acogida más graciosa y más cordial. Y después de las zalemas y las fórmulas y frases preliminares, le hicieron jurar que permanecería con ellas un largo transcurso de tiempo. Y Hassán, que no veía en ello ningún inconveniente...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 585ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 585ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y Hassán, que no veía en ello ningún inconveniente, se lo juró de corazón amistoso. Y vivió con ellas en aquel palacio lleno de maravillas, y desde aquel momento fué su acompañante en todas sus partidas de caza y en sus paseos. Y se regocijaba y se felicitaba de tener hermanas tan encantadoras y tan deliciosas; y ellas se maravillaban de tener un hermano tan arrogante y milagroso. Y pasaban sus días retozando juntos por los jardines y a lo largo de los arroyos; y por la noche se instruían mutuamente, contándoles Hassán las costumbres de su país natal, y contándole las jóvenes la historia de los genns, de los mareds y de los efrits. Y aquella vida agradable le volvía más hermoso cada día, y daba a su rostro todo el aspecto de la luna. Y su amistad fraternal con las siete hermanas, especialmente con la joven Botón-de-Rosa, se consolidó hasta llegar a ser cual la fraternidad de los hijos nacidos del mismo padre y de la misma madre.

Pero un día en que todos estaban sentados cantando en un bosquecillo, divisaron una gran polvareda que ocultaba el cielo y cubría la faz del sol; y avanzaba rápidamente con un ruido de trueno. Y las siete princesas, poseídas de espanto, dijeron a Hassán: "¡Oh! ¡corre a esconderte en seguida en el pabellón del jardín!" Y Botón-de-Rosa le cogió de la mano y fué a esconderle en el pabellón. ¡Y he aquí que se disipó la polvareda y tras ella apareció un cuerpo de ejército entero de genns y de mareds! Porque era una escolta que enviaba a sus hijas el rey del Gennistán para llevarlas con él a que asistieran a los grandes festejos que tenía intención de dar en honor de un rey vecino.

Al enterarse de esta noticia, Botón-de-Rosa corrió en busca de Hassán al escondrijo y le besó, con lágrimas en los ojos y con el pecho agitado por hipos dolorosos, y le explicó su marcha y la de sus hermanas, y le dijo: "¡Pero ¡oh hermano mío bienamado! espera nuestro regreso en este palacio, del cual eres dueño absoluto! ¡Y aquí tienes las llaves de todas las habitaciones!" Y le entregó las llaves, añadiendo: ' Únicamente te suplico, ¡ya Hassán! y te conjuro a ello por tu alma cara, que no abras la habitación cuya llave tiene como señal esta turquesa incrustada!' Y le enseñó la llave consabida. Y Hassán, muy apenado por la marcha de ella y de sus hermanas, la besó llorando y le prometió que esperaría su regreso sin moverse, y que no abriría la puerta cuya llave tenía como señal la turquesa incrustada. Y la joven y sus seis hermanas, que habían ido al escondrijo para reunirse con ella, se despidieron de Hassán con un adiós lleno de ternura, y le besaron todas, una tras de otra, y después se pusieron en camino para el país de su padre, rodeadas de su escolta.

En cuanto a Hassán, cuando se vió solo en el palacio, se sintió poseído de una gran melancolía; y como se encontraba en la soledad después de la encantadora compañía de sus siete hermanas, se le oprimió mucho el pecho; y para distraerse y calmar sus penas, empezó a visitar, una tras de otra, las habitaciones de las jóvenes. Y al ver el sitio que ocuparon ellas y los hermosos objetos que les pertenecían, se le exaltaba el alma y palpitaba de emoción su corazón. Y de tal suerte llegó a la puerta que se abría con la llave que tenía como señal la turquesa incrustada. Pero no quiso servirse de ella, y se volvió sobre sus pasos.

Luego pensó: "¿Quién sabe por qué me habría recomendado de esa manera mi hermana Botón-de-Rosa que no abriese esa puerta? ¿Qué podrá haber de misterioso ahí dentro para que se me haya impuesto semejante prohibición? ¡Pero, ya que tal es la voluntad de mi hermana, sólo me resta responder con el oído y la obediencia!" Y se retiró, y como caía ya la noche y le pesaba la soledad, fué a acostarse para dormir su pena. Pero no pudo cerrar los ojos, de tanto como le obsesionaba aquella puerta prohibida; y tan intensamente le torturaba este pensamiento, que se dijo: "¿Y si fuera a abrirla, a pesar de todo?" Pero pensó: "¡Más vale esperar la mañana!" Luego, no pudiendo esperar ya sin dormir, se levantó, diciéndose: "¡Prefiero ir ya, a abrir esa puerta y ver qué encierra el aposento a que da entrada, aunque deba encontrar allí la muerte!" Y levantándose, encendió una antorcha y se dirigió a la puerta prohibida. E hizo entrar la llave en la cerradura, que cedió sin dificultad; y la puerta se abrió sin ruido, como por sí misma; y Hassán penetró en la estancia a que la tal puerta daba acceso.

Pero en vano miró por todos lados, pues no vió absolutamente nada en un principio. Mas, al dar la vuelta al aposento, vió en un rincón, adosada al muro, una escala de madera negra que desaparecía por un gran agujero abierto en el techo. Y Hassán, sin vacilar, depositó en el suelo su antorcha, y trepando por la escala, subió hasta el techo y se metió por el agujero. Y una vez que introdujo por el agujero la cabeza, se vió al aire, al nivel de una terraza situada sobre el techo de la habitación.

Entonces Hassán subió a la terraza, que estaba cubierta de plantas y de arbustos cual un jardín, y allá, bajo la claridad milagrosa de la luna, en medio del silencio de la tierra, vió extenderse el paisaje más hermoso que encantó nunca a ojos humanos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 586ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 586ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"Entonces Hassán subió a la terraza, que estaba cubierta de plantas y de arbustos cual un jardín, y allá, bajo la claridad milagrosa de la luna, en medio del silencio de la tierra, vió extenderse el paisaje más hermoso que encantó nunca a ojos humanos. A sus pies, dormido en la serenidad, aparecía un gran lago donde se miraba toda la belleza del cielo, y en los rizos deliciosos del agua, sonreía la orilla con ramajes temblorosos de laureles, con mirtos en flor, con almendros coronados por su nieve, con guirnaldas de glicinas, y cantaba el himno de la noche con todas las lenguas de sus pájaros. Y el cendal de seda, rodeado de arbolados, iba a bañar más lejos los cimientos de un palacio de extraña arquitectura, de cúpulas diáfanas, surgido en la transparencia y el cristal de los cielos. Y desde aquel palacio avanzaba hasta el agua, por una escalera de mármol y mosaico, un estrado real construido con franjas alternadas de piedras de rubí, piedras de esmeralda, piedras de plata y piedras de oro. Y encima de este estrado se estiraba, sostenido por cuatro ligeros pilares de alabastro rosa, un velo grande de seda verde que protegía con la dulzura de su sombra un trono de madera de áloe y de oro, de un trabajo exquisito, a lo largo del cual trepaba una parra con pesados racimos cuyos granos eran perlas gruesas como huevos de paloma.

Y todo estaba rodeado por un enrejado de chapas de oro y de plata. Y vivían en aquellas cosas puras tal armonía y tal belleza, que ningún hombre, aunque fuese Khosroes o Kaissar, hubiese podido adivinar o realizar análogos esplendores.

Así es que Hassán, deslumbrado, no osaba moverse por temor de turbar la paz deliciosa de aquellos lugares, cuando, de improviso, vió destacarse del cielo y acercarse visiblemente al lago una bandada de pájaros muy grandes. Y he aquí que fueron a posarse en la orilla del agua; y eran diez; y arrastraban por la hierba sus hermosas plumas blancas y espesas, mientras ellos se balanceaban con indolencia al andar. Y en todos sus movimientos parecían obedecer a un pájaro mayor y más hermoso que todos ellos, que se había dirigido lentamente al estrado y se había subido al trono. Y de pronto los diez a la vez se despojaron de sus plumas con un gracioso ademán. Y cuando arrojaron aquellos mantos, salieron de ellos diez lunas de belleza pura bajo la forma de diez jóvenes desnudas por completo. Y saltaron risueñas al agua, que las recibió con un cabrillear de pedrerías. Y se bañaron con entusiasmo, retozando entre sí; y la más hermosa las perseguía, las atrapaba y se enlazaba con ellas en mil caricias, y las hacía cosquillas y las mordisqueaba con mil risas y mimos.

Cuando acabaron su baño, salieron del lago; y la más bella subió al estrado y fué a sentarse en el trono, sin tener más vestido que su cabellera. Y al contemplar sus encantos, sintió Hassán que se le huía la razón, y pensó: "¡Ah! ¡bien sé ahora por qué me prohibió mi hermana Botón-de-Rosa abrir esa puerta! ¡He aquí que perdí mi reposo para siempre!" Y continuó detallando las diversas bellezas de la joven desnuda. ¡Qué maravillas no vió! ¡ah! ¡En verdad que era, a no dudar, la cosa más perfecta salida de los dedos del Creador! ¡Oh su espléndida desnudez! Superaba a las gacelas en la hermosura de su nuca y en el brillo de sus ojos negros, y a la araka en la esbeltez de su talle. Su cabellera de tinieblas era una noche de invierno, espesa y negra. Su boca, que emulaba a la rosa, era el sello de Soleimán. Sus dientes de marfil joven eran un collar de perlas o de granizos de igual tamaño; su cuello era un lingote de plata; su vientre tenía rincones y escondrijos, y su grupa hoyuelos y protuberancias; su ombligo poseía la capacidad suficiente para contener una onza de almizcle negro; sus muslos eran pesados y a la vez firmes y elásticos cual cojines rellenos de plumas de avestruz, y sobre ellos, en su nido cálido y encantador, semejante a un conejo sin orejas, aparecía una historia llena de gloria, con su terraza y su territorio, y sus cañadas en declive, para dejarse caer allá a fin de olvidar las penas negras. Y también se la hubiera podido tomar por una cúpula de cristal, redonda por todos lados y asentada sobre una base sólida, o por una taza de plata colocada al revés.

Y a una joven así se le podrían aplicar estos versos del poeta:

Vino a mí la joven, vestida con su belleza cual el rosal con sus rosas, y con los senos firmes, ¡oh granadas! Y exclamé: "¡He aquí la rosa y las granadas!"
¡Me había equivocado! ¡Qué error ¡oh joven! fué comparar tus mejillas a las rosas y tus senos a las granadas! ¡Pues ni las rosas de los rosales ni las granadas de los jardines merecen la comparación!
¡Porque se puede aspirar las rosas y coger las granadas! pero a ti, ¡oh virginal! ¿quién puede envanecerse de olerte o de tocarte?

Y así era la joven que había subido a sentarse, real y desnuda, en el trono a orillas del lago...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 587ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 587ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y así era la joven que había subido a sentarse, real y desnuda, en el trono de oro a orillas del lago.

Cuando hubo reposado de su baño, dijo a sus compañeras, echadas junto a ella en el estrado: "¡Dadme mis ropas interiores!" Y las jóvenes se acercaron, y por todo vestido le pusieron a los hombros un chal de oro, una gasa verde en los cabellos y un cinturón de brocado en torno del talle. ¡Y quedó ataviada de este modo! Y parecía una recién casada y estaba más maravillosa que una maravilla. Y Hassán la miraba, oculto tras los árboles de la terraza, y no obstante el deseo que le impulsaba a avanzar, no lograba hacer un movimiento, de tan inmóvil como le tenía su entusiasmo y de tan aniquilado como le tenía la emoción.

Y dijo la joven: "¡Oh princesas! ¡he aquí que llega la mañana, y ya es hora de que pensemos en marcharnos, pues nuestro país está lejos y ya hemos descansado bastante!" Entonces la vistieron con su traje de plumas, se vistieron ellas de la misma manera, y echaron todas juntas a volar, iluminando el cielo de la mañana.

¡Eso fué todo!

Y Hassán, estupefacto, las seguía con la vista, y mucho rato después de desaparecer ellas, continuaba con los ojos fijos en el horizonte lejano, presa de la violencia de una pasión que jamás había encendido en su alma la contemplación de ninguna hija de la tierra. Y a lo largo de sus mejillas deslizáronse lágrimas de deseo y de amor, y exclamó: "¡Ah! ¡Hassán, infortunado Hassán! ¡He aquí que en adelante tendrás el corazón entre las manos de las hijas de los genn, tú a quien ninguna belleza pudo retenerte en tu patria!"

Y sumido en un profundo ensueño, y apoyada la mejilla en la mano, improvisó:

¿Qué mañana te acogerá, ¡oh desaparecida! bajo su rocío? ¡Vestida de luz y de belleza, te apareces a mí para torturarme el corazón y desaparecer!
¿Osaron afirmar que el amor está lleno de dulzura? ¡Ah! si es dulce este martirio, ¿qué no será, pues, la amargura de la mirra?

Y continuó suspirando de tal suerte, sin pegar los ojos, hasta que salió el sol. Luego bajó a orillas del lago y empezó a errar de aquí para allá, respirando en el aire fresco los efluvios que dejaron ellas. Y siguió consumiéndose durante todo el día en espera de la noche, para entonces subir a la terraza, aguardando que volvieran los pájaros.

Pero no vió nada aquella noche ni las demás noches. Y Hassán, desesperado, ya no quiso comer, ni beber, ni dormir, y no hizo otra cosa que enervarse más cada vez con su pasión por la desconocida. Y se desmejoró y palideció; y poco a poco le abandonaron sus fuerzas; y se dejó caer al suelo, diciéndose: "¡La propia muerte es preferible a esta vida de sufrimiento!"

Entretanto, las siete princesas, hijas del rey del Gennistán, regresaron de las fiestas a que las había convidado su padre. Y sin quitarse la ropa de viaje siquiera, la más joven corrió en busca de Hassán. Y le encontró en su habitación, tendido en el lecho, muy pálido y muy angustiado; y tenía cerrados los párpados, y a lo largo de sus mejillas corrían lágrimas lentamente. Y al ver aquello, la joven lanzó un grito doloroso, y se abalanzó a él y le rodeó con sus brazos, cual la hermana haría con el hermano, y le besó en la frente y en los ojos, diciéndole: "¡Oh bienamado hermano mío! ¡por Alah, que mi corazón se derrite al verte en este estado! ¡ah! ¡dime qué mal sufres, para que dé yo con el remedio!" Y con el pecho hinchado por sollozos, Hassán hizo con la cabeza y con la mano una seña que significaba: "¡No!" Y no pronunció ni una sola palabra. Y bañada en lágrimas, y con caricias infinitas en la voz, le dijo la joven: "¡Créeme, hermano mío Hassán, alma de mi alma, delicia de mis párpados, que al ver tus ojos hundidos en sus órbitas por la delgadez, y borradas las rosas de tus mejillas queridas, la vida se me ha hecho odiosa y sin encanto!

¡Por la afección sagrada que nos une, te conjuro a que no ocultes tus penas y tu mal a una hermana que quisiera rescatar tu vida a costa de mil suyas!" Y enloquecida, le cubría de besos y le tenía ambas manos apoyadas contra su pecho, y le suplicaba así, de rodillas junto a su cama. Y al cabo de algún tiempo, Hassán dejó escapar varios suspiros desgarradores, y con voz apagada improvisó estos versos:

¡Si miraras atentamente, sin que te explicaran, darías con la causa de mis sufrimientos! ¿Mas para qué enterarse de una enfermedad que no tiene remedio?...
¡Mi corazón cambió de sitio y mis ojos no saben ya dormir! ¡Y lo que el amor ha transformado, sólo el amor lo puede restaurar!

Luego corrieron en abundancia las lágrimas de Hassán; y añadió él: "¡Ah, hermana mía! ¿Cómo podrás socorrer a quien sufre por culpa suya? ¡Y, además, mucho me temo que tengas que dejarme morir de pena y de infortunio!" Pero la joven exclamó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, oh Hassán! ¿Qué dices? ¡Aunque tuviera mi alma que abandonar mi cuerpo, no podría evitar el venir en tu ayuda!" Entonces dijo Hassán con sollozos en la voz: "¡Sabe, pues, ¡oh hermana mía Botón-de-Rosa! que hace diez días que no he tomado alimento, y fué por causa de tales y cuales cosas que me han sucedido!" ¡Y le contó toda su aventura sin olvidar un detalle!

Cuando Botón-de-Rosa hubo oído el relato de Hassán, lejos de mostrarse enfadada, ya que tenía motivo para ello, se compadeció mucho de la pena del joven, y se echó a llorar con él...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente:


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 588ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 588ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... se compadeció mucho de la pena del joven, y se echó a llorar con él. Luego le dijo: "¡Oh hermano mío, tranquiliza tu alma preciosa, refresca tus ojos y seca tus lágrimas! Porque te juro que estoy dispuesta a arriesgar mi vida querida y mi alma preciosa con tal de remediar lo que te ocurre y realizar tu deseo, haciéndote poseer a la desconocida a quien amas, ¡inschala!

Pero te recomiendo ¡oh hermano mío! que guardes secreto de esto y no digas una palabra de ello a mis hermanas, a cambio de perderte y de perderme contigo. Y si te hablaran de la puerta prohibida y te interrogasen con respecto de ella, diles: "¡No he visto esa puerta!" Y si te hacen preguntas, anhelantes por verte tan pálido, les dirás: "¡Si estoy pálido es por haber sufrido en esta soledad durante tanto tiempo vuestra ausencia! ¡Y mi corazón ha trabajado mucho por causa vuestra!" Y Hassán contestó: "¡Está bien! ¡hablaré así, porque tu idea es excelente!" Y besó a Botón-de-Rosa, y sintió que se le tranquilizaba el alma y se le dilataba el pecho al sentirse de aquel modo aliviado del gran temor que tenía de ver a su hermana enfadarse con él por lo de la puerta prohibida. Y tranquilo ya, respiró con libertad y pidió de comer.

Botón-de-Rosa le besó una vez más, y con lágrimas en los ojos se apresuró a reunirse con sus hermanas, a las cuales dijo: "¡Ay hermanas mías!, ¡mi pobre hermano Hassán está muy enfermo! ¡Desde hace diez días no ha entrado ningún alimento en su estómago, cerrado a causa de nuestra ausencia y de la desesperación en que está él sumido! Le dejamos solo aquí al pobre, sin nadie que le hiciera compañía, y entonces se ha acordado de su madre y de su patria, y sus recuerdos le llenaron de amargura. ¡Oh! ¡mueve a compasión su suerte, hermanas mías!"

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, las princesas, que estaban dotadas de un alma encantadora y pronta a conmoverse, se apresuraron a llevar de comer y de beber a su hermano; y se esforzaron por consolarle y reanimarle con su presencia y sus palabras; y para distraerle le contaron todas las fiestas y las maravillas que habían visto en el palacio de su padre, en el Gennistán. Y durante un mes entero no cesaron de prodigarle los más atentos y más tiernos cuidados, sin llegar, no obstante, a curarle por completo.

Al cabo de este tiempo, las princesas, con excepción de Botón-de-Rosa, que quiso quedarse en el palacio por no dejar solo a Hassán, salieron para ir de caza, según su costumbre; y elogiaron a su hermana pequeña por su atención para con su huésped. Y en cuanto ellas se marcharon, la joven ayudó a Hassán a levantarse, le cogió en brazos y le condujo a la terraza desde la cual se dominaba el lago. Y echándole sobre su seno, y haciéndole reposar la cabeza contra su hombro, le dijo: "Dime ahora, hermano mío, en cuál de esos pabellones que hay escalonados a orillas del lago has visto a la que te produce tanta tristeza". Y Hassán contestó: "¡No fué en uno de esos pabellones donde la vi, sino en el agua del lago primeramente y después en el trono de ese estrado!"

Al oír estas palabras, la joven se puso muy pálida, y exclamó: "¡Oh, qué desgracia la nuestra! ¡Entonces ¡oh Hassán! se trata de la propia hija del rey de los genn, que reina en el vasto imperio en que mi padre no es más que uno de sus lugartenientes! Y el país en que reside nuestro rey se halla a una distancia infranqueable y rodeado de un mar que no pueden atravesar ni los hombres ni los genn. Y el rey tiene siete hijas, de las cuales la más pequeña es la que has visto. Y dispone de una guardia compuesta únicamente de guerreras vírgenes, de estirpe ilustre, cada una de las cuales manda un cuerpo de ejército de cinco mil amazonas. Y he aquí que la que has visto es precisamente la más hermosa y la más aguerrida de todas las jóvenes reales; y supera a todas las demás en valor y en destreza. ¡Se llama Esplendor!

A cada luna nueva viene a pasearse por aquí en compañía de las hijas de los chambelanes de su padre. En cuanto a esos mantos de plumas que las llevan por los aires cual si fuesen pájaros, pertenecen al guardarropa de las gennias. Y gracias a esos mantos vamos a poder lograr nuestro objeto. Porque has de saber ¡oh Hassán! que el único medio de que dispones para adueñarte de su persona consiste en apoderarte de esa vestidura encantada. Para ello no tienes más que esperar oculto aquí su vuelta; y te aprovecharás del momento en que haya bajado ella a bañarse en el lago, para quitarle el manto, sin llevarte otra cosa. ¡Y además la poseerás a ella misma! ¡Y guárdate mucho entonces de ceder a sus súplicas y de devolverle el manto, porque te perdería sin remisión, y también seríamos víctimas de su venganza todas nosotras, y nuestro padre con nosotras!

¡Lo mejor es que la cojas por los cabellos y la atraigas a ti, y se te someterá y te obedecerá! Y sucederá lo que suceda...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 589ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 589ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y sucederá lo que suceda".

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, Hassán se sintió transportado de alegría y notó que en él entraba nueva vida y le devolvía la plenitud de sus fuerzas. Y se irguió sobre sus pies, y tomó en sus manos la cabeza de la joven y la besó tiernamente, dándole gracias por su amistad. Y bajaron ambos al palacio y pasaron el resto del tiempo hablando dulcemente de unas cosas y de otras en la más deliciosa de las sinceridades.

Al día siguiente, que era precisamente día de luna nueva, Hassán esperó la noche para ir a esconderse detrás del estrado que había a orillas del lago. Y apenas llevaba allí unos instantes, cuando en el silencio nocturno se hizo oír un ruido de alas, y a la claridad de la luna los pájaros, con tanta impaciencia deseados, llegaron y bajaron al lago después de quitarse sus mantos de plumas y las sedas que debajo ostentaban. Y la maravillosa Esplendor, hija del rey de los genn, también sumergió en el agua su desnuda carne de gloria. Y estaba más bella y más deseable que la primera vez. Y a pesar de la admiración y de la emoción que le embargaba, Hassán pudo deslizarse sin ser visto hasta el sitio en que se hallaban las ropas, cogiendo el manto de plumas de la joven real, y ocultándose enseguida detrás del estrado.

Cuando la hermosa Esplendor salió del baño, al primer golpe de vista comprendió, por el desorden de las ropas esparcidas sobre el césped, que una mano extraña y audaz las había profanado. Y se acercó y comprobó que había desaparecido su manto. Y lanzó un estridente grito de terror y desesperación, y se golpeó el rostro y el pecho. ¡Oh! ¡cuán bella estaba así la desesperada! Pero, al oír el grito, precipitáronse a ella sus compañeras para ver qué ocurría, y figurándose lo que acababa de suceder, se puso apresuradamente cada cual su manto, y sin pensar en secar su desnudez mojada, ni en vestir sus sedas interiores, envolviéronse en sus plumas volantes, y rápidas cual gacelas asustadas o palomas perseguidas por un halcón, huyeron desordenadamente por los aires. Y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, dejando sola a orillas del lago a la llorosa, a la dolorida, a la indignada Esplendor, hija de su rey.

Entonces, aunque temblando de emoción, Hassán salió de su escondite en pos de la joven desnuda, que huyó. Y la persiguió él alrededor del lago, llamándola por los nombres más tiernos y asegurándole que no quería hacerle ningún daño.

Pero ella, como una cierva acosada, corría jadeante, adelantando los brazos, con los cabellos al viento, enloquecida de verse sorprendida así en su íntima desnudez de virgen. Pero de un salto Hassán acabó por alcanzarla, y la cogió por la cabellera, que se anudó en la mano, y la obligó a seguirle. Entonces cerró ella los ojos, y resignada con su suerte, se dejó llevar sin oponer resistencia. Y Hassán la condujo a su aposento, en donde la encerró sin dejarse conmover por las súplicas y lloros de ella, corriendo sin tardanza para prevenir a su hermana y anunciarle la buena nueva de su éxito.

Enseguida Botón-de-Rosa fué al aposento de Hassán y encontróse con la desolada Esplendor, que se mordía de desesperación las manos y lloraba todas las lágrimas de sus ojos. Y Botón-de-Rosa se echó a sus pies para rendirle homenaje, y después de besar la tierra, le dijo: "¡Oh soberana mía! ¡la paz sobre ti y la gracia de Alah y sus bendiciones! ¡Iluminas la morada y la perfumas con tu llegada!"

Y contestó Esplendor: "¿Pero eres tú, Botón-de-Rosa? ¿Es que permites que los hijos de los hombres traten así a la hija de tu rey? Conoces el poder de mi padre; sabes que se le someten los reyes de los genn y que manda en legiones de efrits y de mareds, innumerables cual los granos de la arena marina; ¡y te atreviste a recibir en tu morada un hombre para que me sorprendiera, y has hecho traición a la hija de tu soberano! De no ser así, ¿cómo iba este hombre a encontrar el camino del lago en que yo me bañaba?"

Al oír estas palabras, contestó la hermana de Hassán: "¡Oh princesa hija de nuestro soberano! ¡oh la más bella y más admirada entre las hijas de los genn y de los humanos! Has de saber que el que te sorprendió en tu baño ¡oh lustral! es un joven a ningún otro parecido. Y en verdad que está dotado de modales demasiado encantadores para que tuviese la menor intención de disgustarte. ¡Pero cuando una cosa ha sido decretada por el Destino, debe ocurrir! ¡Y precisamente el destino del hermoso joven que te sorprendió le hizo enamorarse de tu belleza apasionadamente; y los enamorados son disculpables! ¡Y no puede ser culpable a tus ojos quien te ama como te ama él! Y sobre todo, ¿no ha creado Alah las mujeres para los hombres? ¿Y no es ése el joven más encantador que hay sobre la tierra? ¡Si supieras ¡oh mi señora! cuán enfermo ha estado desde el día en que te vió por vez primera! ¡Estuvo a punto de perder el alma! ¡Así como lo oyes!"

Y siguió explicando a la princesa toda la violencia de la pasión encendida en el corazón de Hassán, y acabó diciendo: "¡Y no olvides ¡oh mi señora! que entre tus diez compañeras te eligió cual la más hermosa y la más maravillosa! ¡Y sin embargo, ellas estaban tan desnudas como tú y lo mismo se las hubiera podido sorprender en su baño!"

Al oír estas palabras de la hermana de Hassán, la bella Esplendor comprendió que debía renunciar a todo plan para evadirse, y se limitó a lanzar un prolongado suspiro de resignación. Y al punto corrió Botón-de-Rosa a llevarle un magnífico traje, con el cual la vistió...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 590ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 590ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y al punto corrió Botón-de-Rosa a llevarle un magnífico traje, con el cual la vistió. Después le sirvió de comer e hizo cuanto pudo para ahuyentar su pena. Y la bella Esplendor acabó por consolarse un poco, y dijo: "¡Ya veo que estaba escrito en mi destino que tendría que separarme de mi padre, de mi familia y de las moradas de la patria! ¡Y es preciso que me someta a los decretos del Destino!" Y la hermana de Hassán no dejó de afirmarla en esta resolución, de modo que las lágrimas de la princesa cesaron por completo y se resignó ella con su suerte. Entonces la hermana de Hassán ausentóse un momento para correr al lado de su hermano, y decirle: "Apresúrate a presentarte al instante a tu bienamada, porque ha llegado el momento propicio. Una vez que penetres en la estancia, empieza por besarle los pies, luego las manos, luego la cabeza. ¡Y sólo entonces deberás dirigirle la palabra, y has de hacerlo de la manera más elocuente y más amable".

Y temblando de emoción, presentóse Hassán a la princesa, quien, al reconocerle, le miró con atención, y a pesar suyo, quedó en extremo conmovida por la belleza del joven. Pero bajó los ojos, y Hassán le besó los pies y las manos y luego le besó en la frente entre ambos ojos, diciéndole: "¡Oh soberana de las más bellas, vida de las almas, alegría de las miradas, jardín del ingenio! ¡oh reina, oh soberana mía! ¡tranquiliza, por favor, tu corazón, y refresca tus ojos, porque tu suerte está colmada de dicha! ¡Mi único deseo con respecto a ti consiste en ser tu esclavo fiel, como mi hermana es ya tu servidora. ¡Y no es mi intención hacerte violencia, sino casarme contigo según la ley de Alah y de su Enviado! Y entonces te conduciré a Bagdad, mi patria, donde pondré a tu disposición esclavos de ambos sexos y una morada digna de ti por su magnificencia. ¡Ah! ¡si supieras cuán admirable es el país en que se alza Bagdad, la ciudad de paz, y qué amables, corteses y hospitalarios son sus habitantes, y qué delicioso y de buen augurio es su trato! ¡Y además, tengo una madre que es la mejor de las mujeres y que te querrá como a hija suya, y te guisará manjares maravillosos, pues sin duda sabe cocinar mejor que nadie en todo el país del Irak!"

¡Así habló Hassán a la joven Esplendor, hija del rey del Gennistán! ¡Y la princesa no le contestaba ni con una palabra, ni con una letra, ni con una señal! Y de pronto oyeron llamar a la puerta del palacio. Y dijo Hassán, que era el encargado de abrir y de cerrar las puertas: "¡Dispensadme, ¡oh mi señora! ¡Tengo que ausentarme un momento!" Y corrió a abrir la puerta. Eran sus hermanas, que regresaban de la cacería, y que al verle vuelto de nuevo a la salud y con las mejillas brillantes, se regocijaron y quedaron satisfechas hasta el límite de la satisfacción. Y Hassán tuvo buen cuidado de no hablarles de la princesa Esplendor, y les ayudó a llevar el botín de su caza, que consistía en gacelas, zorros, liebres, búfalos y fieras de todas las especies. Y ostentó con ellas una amabilidad excesiva, besándolas en la frente a una tras de otra, acariciándolas y demostrándoles su amistad con una efusión a la que no estaban acostumbradas por él, ya que reservaba todas sus caricias para Botón-de-Rosa, la hermana más pequeña. Así es que quedaron agradablemente sorprendidas de aquel cambio; y hasta la mayor de las jóvenes acabó por suponer que algún motivo ocasionaba tales transportes y le miró con una sonrisa maligna, y guiñó el ojo, y le dijo: "¡En verdad, ¡oh Hassán!, que nos asombra esta demostración tan excesiva por tu parte, pues hasta hoy aceptaste nuestras caricias sin querer devolvérnoslas jamás! ¿Es que nos encuentras más hermosas con nuestros trajes de caza, o es que nos quieres más ahora, o son ambos motivos a la vez?"

¡Pero Hassán bajó los ojos, y lanzó un suspiro capaz de derretir el corazón más duro! Y las princesas le preguntaron, asombradas: "Pero, ¿por qué suspiras de ese modo, ¡oh hermano nuestro!?" ¿Y quién puede turbar tu quietud? ¿Quieres retornar a tu patria al lado de tu madre? ¡Habla, Hassán, abre tu corazón a tus hermanas!" Pero Hassán se encaró con su hermana Botón-de-Rosa, que acababa de llegar precisamente, y le dijo, ruborizándose en extremo: "¡Mejor es que hables tu! ¡Porque a mí me da mucha vergüenza decir la causa de mi turbación!" Y dijo Botón-de-Rosa: "¡No es nada, absolutamente, hermanas mías! ¡Todo se reduce a que nuestro hermano Hassán ha cogido un pájaro del aire muy hermoso y desea de vosotras que le ayudéis a domesticarlo!" Y exclamaron todas: "¡Claro! ¡vaya una cosa! Pero, ¿por qué le ruboriza eso tanto a Hassán?" La joven contestó: "¡Ah! Es que Hassán ama con amor ¡y con qué amor! a ese pájaro".

Las otras dijeron: "¡Por Alah! ¿y cómo ¡oh Hassán! vas a declarar tu amor a un pájaro del aire?" Y mientras Hassán bajaba la cabeza y se ruborizaba más aún, dijo Botón-de-Rosa: "¡Con la palabra, con el ademán y con todo lo consiguiente!" Las demás dijeron: "¡Entonces será muy grande el pájaro de nuestro hermano!" Botón-de-Rosa, dijo: "¡Es de nuestra estatura! ¡Pero acabad de escucharme!" Y añadió: "¡Sabed ¡oh hermanas mías! que el espíritu de los hijos de Adán es muy limitado! Por eso, cuando dejamos aquí completamente solo a nuestro pobre Hassán, como sentía muy oprimido el pecho, empezó a recorrer el palacio para distraerse. Pero tenía tan turbada la imaginación, que confundió las llaves de los aposentos, ¡y por descuido abrió la puerta de la estancia prohibida, la que da a la terraza! ¡Y allí le sucedió tal y cual cosa!" Y contó, aunque atenuando la culpa de Hassán, toda la historia, añadiendo: "¡Después de todo, tiene excusa nuestro hermano, porque la joven es hermosa! ¡Ah! ¡si supieseis, hermanas mías, cuán hermosa es!"

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, sus hermanas le contestaron: "¡Si es tan hermosa como dices, empieza por mostrárnosla ante todo para que podamos formarnos una idea!"

Botón-de-Rosa dijo: "¡Quién pudiera describírosla, ya Alah! Pelos en la lengua me saldrían antes de que lograse enumerar sus encantos, siquiera aproximadamente. ¡Sin embargo, quiero intentarlo, aunque no sea más que para que no os caigáis de espaldas al verla!

"¡Bismilah, ¡oh hermanas mías! gloria a Quien revistió de esplendor su desnudez de jazmín! Supera a las gacelas en la hermosura de su nuca y en el brillo de sus ojos negros y a la araka en la esbeltez de su talle. ¡Su cabellera es una noche de invierno, espesa y negra; su boca, que a la rosa emula, es el propio sello de Soleimán; sus dientes de marfil joven son un collar de perlas o granizos de igual tamaño; su cuello es un lingote de plata; su vientre tiene rincones v escondrijos, y su grupa hoyuelos y protuberancias; su ombligo posee la capacidad suficiente para contener una onza de almizcle negro; sus muslos son pesados y a la vez firmes y elásticos cual cojines rellenos de plumas de avestruz, y sobre ellos, en su nido cálido y encantador, semejante a un conejo sin orejas, aparece una historia llena de gloria, con su terraza y su territorio, y sus cañadas en declive, para dejarse caer allá a fin de olvidar las penas negras. Y no os equivoquéis acerca de ella, ¡oh hermanas mías! Porque, al verla, podríais también tomarla por una cúpula de cristal, redonda por todos lados y asentada en una base sólida, o por una taza de plata colocada al revés. Y a una joven así se refieren con razón estos versos del poeta:

¡Vino a mí la joven, vestida con su belleza cual el rosal con sus rosas, y con los senos firmes, ¡oh granadas! Y exclamé: "¡He aquí la rosa y las granadas!"
¡Me había equivocado! ¡Qué error ¡oh joven! fué comparar tus mejillas a las rosas y tus senos a las granadas! ¡Pues ni las rosas de los rosales ni las granadas de los jardines merecen la comparación!
¡Porque se puede aspirar las rosas y coger las granadas! pero a ti, ¡oh virginal! ¿quién puede envanecerse de olerte o de tocarte?
"¡Y eso es ¡oh hermanas mías! lo que de una ojeada pude ver de la princesa Esplendor, hija del rey de reyes del Gennistán...!

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 591ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 591ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡Y eso es ¡oh hermanas mías! lo que de una ojeada pude ver de la princesa Esplendor, hija del rey de reyes del Gennistán!" Cuando las jóvenes hubieron oído estas palabras de su hermana, exclamaron maravilladas: "¡Qué razón tienes ¡oh Hassán! para prendarte de esa joven espléndida! Pero ¡por Alah! date prisa a conducirnos junto a ella para que la veamos con nuestros propios ojos."

Y Hassán, seguro por lo que afectaba a sus hermanas, las condujo al pabellón donde se encontraba la bella Esplendor. Y al ver su belleza sin par, besaron ellas la tierra entre sus manos, y tras de las zalemas de bienvenida, le dijeron: "¡Oh hija de nuestro rey! verdaderamente es prodigiosa tu aventura con nuestro hermano el joven! ¡Y de pie aquí entre tus manos, todas te predecimos la dicha para lo futuro, y te aseguramos que durante toda tu vida no dejarás de felicitarte por tu encuentro con este joven, hermano nuestro, y por su delicadeza de modales, y por su destreza para todo, y por su afección! ¡Piensa, además, en que, en vez de servirse de un intermediario, te ha declarado por sí mismo su pasión, y no te ha pedido nada ilícito! ¡Y si no tuviésemos la certeza de que las jóvenes no pueden pasarse sin hombres, no daríamos ante ti, hija de nuestro rey, un paso tan audaz! ¡Déjanos, pues, casarte con nuestro hermano, y quedarás contenta de él, que nosotras respondemos con nuestro cuello!" Y habiendo dicho estas palabras, esperaron la respuesta.

Pero, como la bella Esplendor no diese contestación alguna, se adelantó Botón-de-Rosa y le cogió la mano con sus manos, y le dijo: "¡Con tu permiso, oh señora nuestra!" Y se encaró con Hassán, y le dijo: "¡Trae tu mano!" Y Hassán le dió la mano, y Botón-de-Rosa la cogió y la unió entre las suyas a la de la princesa, diciéndole a ambos: "¡Os caso con asentimiento de Alah y por la ley de su Enviado!" Y en el límite de la dicha, Hassán improvisó estos versos:

¡Oh mezcla admirable reunida en tu hermosura! Al ver tu glorioso rostro bañado en el agua de la belleza, ¿quién podrá olvidar su radiante esplendor?
¡Te ven mis ojos compuesta preciosamente de rubíes en toda una mitad de tu cuerpo encantador, de perlas en la tercera parte, de almizcle negro en la quinta parte y de ámbar en la sexta parte, ¡oh toda dorada!
¡Entre las vírgenes nacidas de la Eva primera, y entre las bellezas que habitan los múltiples jardines de los cielos, no hay ninguna que pueda compararse contigo!
¿Quieres darme la muerte? ¡No me perdones! ¡Otras muchas víctimas hizo el amor! ¡Y si quieres volverme a la vida, baja hacia mí tus ojos!, ¡oh ornato del mundo!

Y al oír estos versos, exclamaron las jóvenes a una, encarándose con Esplendor: "¡Oh princesa! ¿nos regañarás ahora por haberte traído un joven que se ha expresado de tan excelente manera y en versos tan hermosos?" Y preguntó Esplendor: "¿Pero es poeta?" Ellas dijeron: "¡Claro que lo es! ¡Improvisa y compone con una facilidad maravillosa poemas y odas de millares de versos, en los que reina siempre un sentimiento muy vivo!"

Estas palabras que tan a las claras mostraban el nuevo mérito de Hassán, por fin acabaron de conquistar el corazón de la recién casada. Y miró a Hassán, sonriendo bajo sus largas pestañas. Y Hassán, que no esperaba más que una seña de sus ojos, la cogió en brazos y se la llevó a su aposento. ¡Y allí, con su permiso, abrió en ella lo que tenía que abrir, y rompió lo que tenía que romper, y destapó lo que estaba sellado! Y se endulzó con todo aquello hasta el límite de la dulzura; y lo mismo le ocurrió a ella. Y experimentaron ambos en poco tiempo el colmo de todas las alegrías del mundo. Y el amor a la joven se incrustó en el corazón de Hassán más que todas las pasiones. ¡Y todos sus pájaros cantaron prolongadamente! Por tanto, ¡gloria a Alah, que une en las delicias a sus creyentes y no les escatima sus dones dichosos! ¡Tú eres, Señor, el que adoramos, tú eres aquél de quien imploramos socorro! ¡Llévanos por el sendero recto, por el sendero de aquellos a quienes colmaste con tus beneficios, y no por el de aquellos que incurrieron en tu cólera ni por el de los extraviados!

Y he aquí que Hassán y Esplendor estuvieron juntos de tal suerte cuarenta días, transcurridos en el seno de las alegrías que proporciona el amor. Y las siete princesas, especialmente Botón-de-Rosa, se esforzaron por variar cada día los placeres de ambos esposos, y hacerles la estancia en el palacio lo más agradable que les fué posible.

Pero al cabo del día cuadragésimo, Hassán vió en sueños a su madre, que le reprochaba por haberla olvidado, mientras ella se pasaba los días y las noches llorando sobre la tumba que hubo de erigirle en la casa.

¡Y se despertó con lágrimas en los ojos lanzando suspiros que partían el alma! Y al oírle llorar, acudieron sus hermanas, las siete princesas; y Botón-de-Rosa, más desolada que todas las otras, preguntó a la hija del rey de los genn qué le había sucedido a su esposo. Y contestó Esplendor: "¡No lo sé!" Y dijo Botón-de-Rosa: "¡Yo misma iré a informarme de lo que le tiene tan triste!"

Y preguntó a Hassán: "¿Qué te ocurre, hermano mío?" Y las lágrimas de Hassán corrieron con más violencia; y acabó por contar su sueño, lamentándose mucho...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 592ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 592ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y acabó por contar su sueño, lamentándose mucho. Entonces le tocó a Botón-de-Rosa llorar y gemir, en tanto que sus hermanas decían a Hassán: "En ese caso, ¡oh Hassán! no podemos retenerte aquí más tiempo ni impedirte que regreses a tu país para volver a ver a tu madre querida. ¡Solamente te suplicamos que no nos olvides y que nos prometas volver para hacernos una visita una vez al año!" Y su hermana Botón-de-Rosa se le colgó al cuello sollozando, y acabó por caer desmayada de dolor. Y cuando recobró el conocimiento, recitó tristemente versos de adiós, y sepultó la cabeza en sus rodillas, rehusando todo consuelo. Y Hassán empezó a besarla y a acariciarla; y hubo de prometerle por juramento que volvería a verla una vez al año. Y mientras tanto, sus otras hermanas, a ruegos de Hassán, se pusieron a hacer los preparativos del viaje. Y cuando estuvo todo dispuesto, le preguntaron: "¿De qué manera quieres volver a Bassra?" El dijo: "¡No lo sé!" Pero acordándose del tambor mágico que le había quitado al mago Bahram y que tenía aquella piel de gallo, exclamó: "¡Por Alah! ¡he ahí la manera! ¡Pero no sé cómo servirme de ese tambor!"

Entonces Botón-de-Rosa, que seguía llorando, secó sus lágrimas por un momento, y levantándose, dijo a Hassán: "¡Oh bienamado hermano mío, voy a enseñarte cómo has de servirte de ese tambor!" Y cogió el tambor, y apoyándoselo en el costado, hizo como si tocase sobre la piel de gallo con los dedos. Después dijo a Hassán: "¡Hay que hacer así!" y Hassán dijo: "¡Ya he comprendido, hermana mía!" Y a su vez cogió el tambor de manos de la joven, y tocó como había visto hacerlo a Botón-de-Rosa, pero con mucha fuerza. Y al instante surgieron de todos los puntos del horizonte camellos grandes, dromedarios de carrera, mulas y caballos. Y todo aquel rebaño al galope acudió a alinearse tumultuosamente en una fila muy larga con los camellos primero, detrás los dromedarios, y por último las mulas y los caballos.

Entonces las siete princesas escogieron los animales mejores y despidieron a los demás. Y cargaron a los que habían escogido con fardos preciosos, regalos, efectos y provisiones de boca. Y en el lomo de un gran dromedario de carrera, pusieron un magnífico palanquín con dos asientos para los dos esposos. Y entonces comenzaron las despedidas. ¡Oh! ¡cuán dolorosas fueron! ¡Pobre Botón-de-Rosa! ¡Estabas triste y llorabas! ¡Cómo se derretía tu corazón al besar a Hassán, que se marchaba con la hija del rey! ¡Y gemías cual una tórtola a la que se separase de tu tórtolo violentamente! ¡Ah! ¡no sabías aún ¡oh tierna Botón-de-Rosa! cuánta amargura guarda la copa de la separación! ¡Y no podías esperar que tu bienamado Hassán, cuya dicha preparabas, ¡oh llena de piedad! hubiera de sustraerse a tu dolor tan pronto! ¡Pero abriga la certeza de que le verás! ¡Tranquiliza, pues, tu alma preciosa y refresca tus ojos! ¡A fuerza de llorar, tus mejillas, de rosas que eran, se han hecho semejantes a flores de granado! ¡Cesa de llorar, Botón-de-Rosa!, ¡tranquiliza tu alma preciosa y refresca tus ojos! ¡volverás a ver a Hassán, pues así lo quiere el Destino!

Y la caravana se puso en marcha entre los gritos desgarradores de las despedidas, y desapareció a lo lejos, mientras Botón-de-Rosa caía desvanecida. Y con la rapidez del ave, atravesó la caravana valles y montañas, llanuras y desiertos, y con el asentimiento de Alah, que escribióle la seguridad, llegó a Bassra sin contratiempo.

Cuando llegaron a la puerta de la casa, Hassán oyó a su madre gemir y deplorar dolorosamente la ausencia de su hijo; y se le llenaron de lágrimas los ojos, y llamó a la puerta. Y desde dentro, preguntó la voz cascada de la pobre vieja: "¿Quién hay a la puerta?" Y dijo Hassán: "¡Ábrenos!" Y con sus débiles piernas fué ella a abrir la puerta temblando, y a pesar de tener la vista debilitada por las lágrimas, reconoció a su hijo Hassán. ¡Entonces lanzó un prolongado suspiro y cayó desmayada! Y Hassán le prodigó sus cuidados, con ayuda de su esposa, y la hizo volver en sí. Entonces se le colgó al cuello ella, y se besaron con ternura, llorando de alegría. Y tras de los primeros transportes, Hassán dijo a su madre: "¡Oh madre, he aquí a tu hija, mi esposa, que te traigo para servirte!"

La vieja miró a Esplendor, y al verla tan bella, quedó deslumbrada y creyó que perdía la razón. Y le dijo: "¡Quienquiera que seas, hija mía, bien venida seas a la casa que iluminas!" Y preguntó a Hassán: "Hijo mío ¿cómo se llama tu esposa?" El joven contestó: "Esplendor, ¡oh madre mía!" Ella dijo: "¡Oh conveniencia del nombre! ¡Qué bien inspirado estuvo quien te buscó ese nombre, ¡oh hija de bendición!" Y la cogió de la mano y se sentó a su lado en la vieja alfombra de la casa. Y Hassán, entonces, se puso a contar a su madre toda su historia, desde su desaparición súbita hasta su regreso a Bassra, sin olvidar un detalle. Y la madre quedó maravillada de lo que oía en el límite de la maravilla, y no supo qué hacer para honrar, con arreglo a su rango, a la hija del rey de reyes del Gennistán.

Por lo pronto, se apresuró a ir al zoco a comprar todo género de provisiones de primera calidad, y después fué al zoco de las sederías, y compró diez trajes espléndidos, lo más caro que tenían los mercaderes de más prestigio; y se los llevó a la esposa de Hassán, y la vistió con ellos, poniéndole a la vez los diez, uno encima de otro, para demostrarle así que nada era demasiado para su rango y su mérito. Y la besó como si fuese su propia hija. Y luego se puso a guisar manjares extraordinarios y pasteles a ningunos otros parecidos. Y no escatimó nada para halagarla, colmándola de cuidados y de atenciones delicadas. Tras de lo cual, se encaró con su hijo, y le dijo: "No sé ¡oh Hassán! pero me parece que la ciudad de Bassra no es digna del rango de tu esposa; más valdría en todos sentidos para nosotros que nos fuésemos a vivir a Bagdad, la Ciudad de Paz, bajo el ala protectora del califa Harún Al-Raschid. ¡Y además, hijo mío, henos aquí muy ricos repentinamente, y temo mucho que, de seguir en Bassra, donde se nos conoce por pobres, llamemos la atención de un modo sospechoso, y a causa de nuestras riquezas se nos acuse de practicar la alquimia! ¡Lo mejor, a mi entender, es que nos vayamos cuanto antes a Bagdad, donde desde un principio nos tomarán por príncipes o emires lejanos!" Y Hassán contestó a su madre: "¡Excelente idea!" Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, y vendió los muebles y la casa. Tras de lo cual, cogió el tambor mágico e hizo resonar la piel de gallo.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 593ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 593ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Tras de lo cual, cogió el tambor mágico e hizo resonar la piel de gallo. Y al punto surgieron del fondo de los aires grandes dromedarios que fueron a ponerse en fila a lo largo de la casa. Y Hassán y la madre de Hassán y la esposa de Hassán cogieron lo que habían guardado como lo mejor por ser cosas preciosas y ligeras de peso, y montando en su palanquín, pusieron los dromedarios a paso de carrera. Y en menos tiempo del que se necesita para distinguir la mano derecha de la mano izquierda, llegaron a orillas del Tigris en las puertas de Bagdad. Y Hassán tomó la delantera, y fué en busca de un corredor para que le adquiriese, por el precio de cien mil dinares, un magnífico palacio propiedad de un visir entre los visires. Y apresuróse a conducir allá a su madre y a su esposa. Y amuebló el palacio con un lujo fastuoso, y compró esclavos de ambos sexos, y mozos jóvenes y eunucos. Y no escatimó nada para que su tren de casa fuese el más notable de toda la ciudad de Bagdad.

Instalado de aquel modo, Hassán llevó desde entonces en la Ciudad de Paz una vida deliciosa con su esposa Esplendor, rodeados ambos de cuidados minuciosos por parte de la venerable y anciana madre, que todos los días se ingeniaba para confeccionar un manjar nuevo y ejecutar las recetas de cocina que aprendía de sus vecinas y que se diferenciaban mucho de las recetas de Bassra; porque en Bagdad había muchos platos que no podían fabricarse en ninguna otra parte sobre la faz de la tierra. Y he aquí que al cabo de nueve meses de llevar aquella vida encantadora y disfrutar de aquella alimentación especial, la esposa de Hassán parió felizmente dos hijos varones y gemelos, como lunas. Y al uno se le llamó Nasser, y al otro Manssur.

Pero, al cabo de un año, el recuerdo de las siete princesas se ofreció a la memoria de Hassán a la vez que el recuerdo del juramento que les había hecho. Y experimentó el más vivo deseo de volver a ver a Botón-de-Rosa principalmente. Hizo, pues, los preparativos necesarios para aquel viaje, compró las telas más hermosas y las cosas más hermosas que pudo encontrar en Bagdad y en todo el Irak y le parecieron más dignas de ofrecerse como regalos, y participó a su madre el proyecto que había formado, añadiendo: "Sólo quiero recomendarle una cosa hasta el límite de la recomendación y mientras dure mi ausencia: que guardes cuidadosamente el manto de plumas de mi esposa Esplendor, que tengo escondido en el sitio más secreto de la casa. ¡Porque, ¡oh madre mía! has de saber que si, para nuestra mayor desgracia, mi esposa querida tuviese ocasión de volver a ver ese manto, se acordaría al instante de su instinto original, que es el vuelo de las aves, y no podría por menos de volar de aquí, aun contra los impulsos de su corazón! ¡Ten, pues, mucho cuidado, madre mía, de no mostrarle ese manto! ¡Porque, si tal desgracia sucediera, sin duda moriría yo de pena o me mataría! Además, te recomiendo que la cuides bien, ya que está delicada y acostumbrada a los mimos, y que no dejes de servirla por ti misma con preferencia a las servidoras, que no saben como tú lo que es preciso y lo que no es preciso, lo que conviene y lo que no conviene, lo que es fino y lo que es grosero. Y sobre todo, madre mía, no le permitas poner el pie fuera de la casa, ni sacar la cabeza por una ventana, ni siquiera subir a la terraza del palacio, pues temo mucho que el aire libre y el espacio la incite de alguna manera o por alguna parte. ¡He ahí mis recomendaciones! ¡Y si quieres mi muerte, no tienes más que despreciarlas!"

Y contestó la madre de Hassán: "¡Guárdeme Alah de desobedecerte! oh hijo mío ¡Roguemos al Profeta! ¿Acaso me he vuelto loca para tener necesidad de tantas recomendaciones o infringir la menor de tus órdenes? ¡Parte, pues, tranquilo, ¡oh Hassán! y calma tu espíritu! ¡Y a tu regreso, con la gracia de Alah, no tendrás más que preguntar a Esplendor si ha marchado todo con arreglo a tus deseos! ¡Pero, a mi vez quiero pedirte una cosa, ¡oh hijo mío! y es que no prolongues tu ausencia lejos de nosotras más que el tiempo preciso para ir y volver tras una corta estancia junto a las siete princesas!"

Así se hablaron uno a otro Hassán y la madre de Hassán. Y no sabían lo que les reservaba lo desconocido en el libro del Destino, en tanto que la bella Esplendor oía todas las palabras que se dijeron y las fijaba en su memoria.

Así, pues, Hassán prometió a su madre que no se ausentaría más que estrictamente el tiempo necesario, y se despidió de ella, y fue a besar a su esposa Esplendor, y a sus dos hijos, Nasser y Manssur, que mamaban al pecho de su madre. Tras de lo cual, tocó la piel de gallo del tambor...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 594ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 594ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Tras de lo cual, tocó la piel de gallo del tambor y montó en un dromedario de carrera que hubo de presentarse; y después de reiterar por segunda vez a su madre todas sus recomendaciones, le besó la mano. Luego habló al dromedario, que estaba en cuclillas, y al punto se levantó sobre sus cuatro patas y salió disparando por los aires mejor que por tierra, entregando sus miembros al viento y devorando a su paso la distancia. Y no fué ya más que un punto en la lejanía del espacio.

No tiene utilidad, en verdad, decir la intensidad de alegría con que fue recibido Hassán a su llegada ante las siete princesas, y sobre todo la dicha que sintió Botón-de-Rosa y cómo adornaron el palacio con guirnaldas de flores y lo iluminaron. Mejor será que le dejemos contando a sus hermanas cuanto tenía que contarles, especialmente el nacimiento de sus dos hijos gemelos Nasser y Manssur; dejémosle, además, dedicarse con ellas a la caza y a las diversiones; hacedme el favor, ¡oh mis honorables y generosos oyentes que me rodeáis! de volver conmigo al palacio de Hassán, en Bagdad, donde dejamos a la anciana madre de Hassán y a su esposa Esplendor. ¡Hacedme ese favor, ¡oh mis señores de mano abierta! y veréis y oiréis lo que vuestros oídos honorables y vuestros ojos admirables jamás oyeron, escucharon ni sospecharon! Y desciendan sobre vosotros las bendiciones del Distribuidor y sus favores más escogidos. ¡Escuchadme bien, señores!

Es el caso ¡oh ilustrísimos! que cuando partió Hassán, su esposa Esplendor no se movió ni abandonó un instante a la madre de Hassán en el transcurso de dos días. Pero, a la mañana del tercer día, besó la mano de la anciana señora, dándole los buenos días, y le dijo: "¡Oh madre mía, quisiera ir al hammam, pues hace mucho tiempo ya que no tomo baños a causa de estar criando a Nasser y a Manssur!" Y la anciana señora dijo: "¡Ya Alah! ¡qué palabras tan fuera de lugar, hija mía! ¡Qué calamidad sería ir al hammam! ¿No sabes que tú y yo somos extranjeras que no conocemos para nada los hammams de esta ciudad? ¿Y cómo vas a ir allí sin que te conduzca tu esposo, que te habría de preceder para pedir de antemano una sala y asegurarse de que todo está limpio y de que no caen de la bóveda piojos, chinches y polillas? Pero tu esposo se halla ausente, y yo no conozco a nadie que pueda reemplazarle en una circunstancia tan grave; y no puedo acompañarte yo misma a causa de mi mucha edad y de mi debilidad. ¡No obstante, si quieres, hija mía, haré que te calienten agua aquí mismo, y te lavaré la cabeza y te daré un baño delicioso en el hammam de nuestra casa!

¡Precisamente tengo todo lo necesario para el caso, y hasta he recibido anteayer una caja de tierra perfumada de Alepo, y ámbar y pasta depilatoria, y henné! Así, pues, hija mía, puedes estar tranquila en cuanto a eso. ¡Será un baño excelente!"

Pero Esplendor contestó: "¡Oh mi señora! ¿desde cuándo se niega a las mujeres permiso para ir al hammam? ¡Por Alah, que si hubieses dicho esas cosas a una esclava misma, no las hubiera soportado, y antes que continuar en vuestra casa te hubiera pedido que la subastaras en el zoco! ¡Los hombres ¡oh mi señora! son tan insensatos, que imaginan que todas las mujeres se parecen y que hay que tomar contra ellas mil precauciones, a cuál más tiránica, para impedirles hacer cosas ilícitas! ¡Tú, sin embargo, debes tener muy bien sabido que, cuando una mujer ha resuelto firmemente hacer una cosa, siempre encuentra manera de conseguir su propósito, a despecho de todos los obstáculos, y que nada puede detenerla en sus deseos, aunque sean irrealizables o estén llenos de desastres!

¡Ah! ¡ay de mi juventud! ¡se sospecha de mí, y no se tiene fe ninguna en mi castidad! ¡Y ya sólo me resta morir!" ¡Y habiendo dicho estas palabras, se puso a verter lágrimas, y a llamar sobre su cabeza las más negras calamidades!

Entonces la madre de Hassán acabó por dejarse conmover por sus lloros y gemidos, comprendiendo, por otra parte, que en adelante no habría modo de apartarla de su propósito. Levantóse, pues, a pesar de su mucha edad y de la prohibición expresa de su hijo, y preparó todo lo que se necesitaba para el baño en cuanto a ropa blanca limpia y perfumes. Luego dijo a Esplendor: "¡Vamos, hija mía, ven y no te entristezcas más! ¡Pero líbrenos Alah de la cólera de tu esposo!" Y salió del palacio con ella y la acompañó al hammam más renombrado de la ciudad.

¡Ah! ¡cuánto mejor hubiera hecho la madre de Hassán en no dejarse conmover por las quejas de Esplendor, y en no franquear el umbral de aquel hammam! ¿Pero quién puede leer en el libro de los Destinos, aparte del Único Vidente? ¿Y quién puede decir de antemano lo que ha de hacer entre dos pasos de camino? ¡No obstante, nosotros, que somos musulmanes, creemos y nos confiamos a la Voluntad Suprema! Y decimos: "¡No hay más Dios que Alah y Mohamed es el Enviado de Alah!" Rogad al Profeta, ¡oh creyentes, ilustres oyentes míos!

Cuando la bella Esplendor, precedida por la madre de Hassán, que llevaba el paquete de ropa blanca limpia, hubo penetrado en el hammam, las mujeres que había echadas en el salón central de entrada lanzaron un grito de admiración, de tanto como las sedujo la belleza de la joven...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 595ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 595ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Cuando la bella Esplendor, precedida por la madre de Hassán, que llevaba el paquete de ropa blanca limpia, hubo penetrado en el hammam, las mujeres que había echadas en el salón central de entrada lanzaron un grito de admiración, de tanto como las sedujo la belleza de la joven. ¡Y ya no le quitaron el ojo! ¡Tal fue su deslumbramiento al ver a la joven envuelta en sus velos todavía! ¡Pero cuál no sería su delirio cuando, tras de quitarle la ropa, se quedó desnuda por completo!

¡Oh arpa de Daúd el rey, que encantabas al león Saúl; y tú, hija del desierto, amante de Antara, el guerrero de cabellos crespos, ¡oh virgen Abla! la de hermosas caderas, que sublevaste en todos sentidos a las tribus de Arabia, haciéndolas chocar unas con otras! y tú, Sett Budur, hija del rey Ghayur, señor de El-Budur y de El-Kussus, tú cuyos ojos de incendio turbaron en extremo a los genn y a los efrits; y tú, música de los manantiales, y tú, canto primaveral de los pájaros, ¿a qué quedáis reducidos ante la desnudez de aquella gacela? ¡Loores a Alah, que te creó ¡oh Esplendor! y mezcló en tu cuerpo de gloria los rubíes y el almizcle, el ámbar puro y las perlas, ¡oh toda de oro!

Así, pues, las mujeres del hammam, para considerarla mejor, prescindieron de su baño y su pereza, y la siguieron paso a paso. Y la fama de sus encantos cundió en seguida desde el hammam por todo el contorno, y en un instante invadieron las salas, hasta el punto de no poderse circular por ellas, mujeres atraídas por la curiosidad de ver tal maravilla de belleza. Y entre aquellas mujeres desconocidas encontrábase precisamente una de las esclavas de Sett Zobeida, esposa del califa Harún Al-Raschid. Y aquella joven esclava, que se llamaba Tohfa, quedó aun más estupefacta que las otras de la belleza perfecta de aquella luna mágica; y con los ojos muy abiertos, se inmovilizó en primera fila mirándola bañarse en la piscina. Y cuando Esplendor hubo terminado su baño y estuvo vestida, la esclava no pudo menos de seguirla fuera del hammam, atraída por ella como por una piedra de imán, y echó a andar detrás de ella por la calle hasta que Esplendor y la madre de Hassán llegaron a su morada. Entonces la joven esclava Tohfa, como no podía entrar en el palacio, se limitó a llevarse los dedos a los labios, lanzando a Esplendor, a la vez que una rosa, un beso sonoro. Pero, desgraciadamente para ella, el eunuco que había a la puerta vió la rosa y el beso, y en extremo enfadado, empezó a dirigirle espantosas injurias, poniendo los ojos en blanco; lo cual la decidió, aunque suspirando, a volver sobre sus pasos. Y entró en el palacio del califa, apresurándose a ir al lado de su ama Sett Zobeida.

Y he aquí que Sett Zobeida vió que su esclava preferida estaba muy pálida y muy emocionada; y le preguntó: "¿Dónde estuviste, ¡oh gentil! que vuelves en ese estado de palidez y de emoción?" La esclava dijo: "En el hammam, ¡oh mi señora!" Sett Zobeida preguntó: "¿Y qué viste en el hammam, Tohfa mía, para volver a mí tan trastornada y con los ojos tan lánguidos?" La esclava contestó: "¿Y cómo ¡oh mi señora! no han de languidecer mis ojos y mi alma, y no ha de invadir mi corazón la melancolía, después de ver a la que me ha arrebatado la razón?"

Sett Zobeida se echó a reír, y dijo: "¿Qué me cuentas ¡oh Tohfa! y de quién me hablas?" La esclava dijo: "¿Qué adolescente delicada o qué joven, qué pavo real o qué gacela ¡oh mi señora! la igualarán jamás en encantos y en belleza? Sett Zobeida dijo: "¡Oh loca Tohfa! ¿querrás por fin decidirte a decirme su nombre?"

La esclava dijo: "No lo sé, ¡oh mi señora! ¡Pero ¡oh mi señora! por los méritos de tus beneficios sobre mi cabeza, te juro que ninguna criatura en la faz de la tierra, en el pasado, en el presente o en el futuro, es comparable a ella! Todo lo que de ella sé es que habita en el palacio situado a orillas del Tigris y que tiene una puerta grande por el lado de la ciudad y otra puerta por el lado del río. ¡Y me han dicho, además, en el hammam, que era esposa de un rico mercader llamado Hassán Al-Bassri! ¡Ah mi señora! si me ves toda temblorosa entre tus manos, no es solamente la emoción suscitada por su belleza, sino del temor extremado que me invade al pensar en las consecuencias funestas que sobrevendrían si, por desgracia, nuestro señor el califa llegara a oír hablar de ella. ¡Seguramente haría que mataran al marido, y despreciando todas las leyes de equidad, se casaría con esa milagrosa joven! ¡Y de tal suerte vendería los bienes inestimables de su alma inmortal por la posesión temporal de una criatura hermosa, pero perecedera!"

Al oír estas palabras de su esclava Tohfa, Sett Zobeida, que sabía cuán prudente y mesurada era de ordinario en sus discursos, quedó estupefacta, y le dijo: "Pero ¡oh Tohfa! ¿estás bien segura, al menos, de que no has visto en sueños solamente semejante maravilla de belleza?" La esclava contestó: "Juro por mi cabeza y por el peso del agradecimiento que debo a tus bondades para conmigo, ¡oh mi señora! que no sólo la he visto, sino que acabo de arrojar una rosa y un beso a esa joven que no tiene igual en ninguna tierra y en ningún clima, lo mismo entre los árabes que entre los turcos o los persas!"

Sett Zobeida exclamó entonces: "¡Por la vida de mis antepasados los Puros, que es preciso que yo también contemple a esa piedra preciosa única, y que la vea con mis ojos!"

Al punto hizo llamar al porta alfanje Massrur, y después que él hubo besado la tierra entre sus manos, le dijo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 596ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 596ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Al punto hizo llamar al portaalfanje Massrur, y después que él hubo besado la tierra entre sus manos, le dijo: "¡Oh Massrur! ¡ve a toda prisa al palacio que tiene dos puertas, una que da al río y otra que mira a la ciudad! ¡Y allí preguntarás por la joven que habita en él, y me la traerás, bajo pena de tu cabeza!" Y contestó Massrur: "¡Oír es obedecer!" Y salió, sacando la cabeza antes que los pies, y corrió al palacio consabido que, en efecto, era el de Hassán. Y franqueó la puerta grande a la vista del eunuco, que le reconoció y se inclinó ante él hasta tierra. Y llegó a la puerta de entrada, a la cual llamó.

Al momento fué a abrir la anciana madre de Hassán. Y Massrur entró en el vestíbulo y deseó la paz a la anciana señora. Y la madre de Hassán le devolvió su zalema, y le preguntó: "¿Qué deseas?"

El dijo: "¡Soy Massrur el porta alfanje! Vengo enviado aquí por El-Sayeda Zobeida, hija de El-Kassem, esposa de Al-Emir Al-Mumenin Harún Al-Raschid, sexto de los descendientes de Al-Abbas, tío del Profeta (¡con El la paz de Alah y sus bendiciones!) ¡Y vengo para llevar conmigo al palacio, a presencia de mi señora, a la hermosa joven que habita en esta morada!"

Al oír estas palabras, exclamó la aterrada y temblorosa madre de Hassán: "¡Oh Massrur! ¡somos extranjeras aquí, y mi hijo, el esposo de la joven en cuestión, se halla ausente, de viaje! ¡Y antes de partir me ha prohibido expresamente que la dejara salir de la casa, ni conmigo ni con ninguna otra persona, y bajo ningún pretexto! ¡Y tengo miedo de que, por dejarla salir, sobrevenga, a causa de su belleza, algún accidente que obligue a mi hijo a darse la muerte a su regreso! ¡Te suplicamos, pues, ¡oh bienhechor Massrur! que tengas piedad de nuestra aflicción, y no nos pidas una cosa que está por encima de nuestra voluntad y de nuestros medios concederte!"

Massrur contestó: "¡Nada temas, mi buena señora! ¡en la certeza de que ningún accidente sensible acaecerá a la joven! Se trata sencillamente de que mi señora Sett Zobeida vea esa joven hermosura para asegurarse por sus propios ojos si la fama exagera la nota de sus encantos y de su esplendor. Por cierto que no es la primera vez que se me ha encargado una misión análoga; y puedo asegurarte que ni una ni otra tendréis que arrepentiros de vuestra sumisión a semejante deseo, ¡sino al contrario! ¡Y además, lo mismo que voy a conduciros con toda seguridad entre las manos de Sett Zobeida, me comprometo a traeros sanas y salvas a vuestra casa!"

Cuando la madre de Hassán comprendió que toda resistencia sería inútil y hasta perjudicial, dejó a Massrur en el vestíbulo y entró a vestir a Esplendor y a adornarla, y a vestir también a los dos pequeñuelos, Nasser y Manssur. Y cogió en brazos a ambos pequeñuelos y dijo a Esplendor: "Ya que tenemos que ceder ante el deseo de Sett Zobeida, ¡vamos todos juntos!" Y pasó al vestíbulo antes que ella, y dijo a Massrur: "¡Ya estamos dispuestas!" Y Massrur salió y abrió la marcha, seguido por la madre de Hassán, que llevaba a los dos pequeñuelos e iba a su vez seguida de Esplendor, completamente envuelta en sus velos. Y de tal suerte las condujo Massrur al palacio del califa hasta ponerlas delante del ancho trono bajo en que aparecía, reposando sentada majestuosamente, El-Sayeda Zobeida rodeada por la muchedumbre numerosa de sus esclavas y de sus favoritas, en la primera fila de la cuales se mantenía la pequeña Tohfa.

Entonces, entregando ambos pequeñuelos a Esplendor, que seguía envuelta siempre en sus velos, la madre de Hassán besó la tierra entre las manos de Sett Zobeida, y después de la zalema hubo de cumplimentarle. Y Sett Zobeida, le devolvió su zalema, le tendió la mano, que la anciana se llevó a los labios, y le rogó que se levantase. Luego se encaró con la esposa de Hassán, y le dijo: "¿Por qué ¡oh bienvenida! no te desembarazas de tus velos? ¡Aquí no hay hombres!" E hizo seña a Tohfa, que al punto se acercó a Esplendor, ruborizándose, y empezó por tocar la orla de su velo, llevándose después a los labios y a la frente los dedos que rozaron el cendal. Luego le ayudó a quitarse el velo grande y le levantó por sí misma el velillo del rostro.

¡Oh Esplendor! ¡Ni la luna llena cuando sale de debajo de una nube, ni el sol con todo su brillo, ni el tierno balanceo de la rama en la tibieza de la primavera, ni las brisas del crepúsculo, ni el agua riente, ni nada de cuanto encanta a los humanos por la vista, por el oído o por el entendimiento, hubiera podido arrebatar, cual tú lo hiciste, la razón de las que te miraban! ¡Con el irradiar de tu belleza, se iluminó y resplandeció todo el palacio! ¡Con la alegría de tu presencia, saltaron como corderos los corazones y bailaron en los pechos! ¡Y la locura soplaba sobre todas las cabezas! Y las esclavas te contemplaban con admiración, musitando: "¡Oh Esplendor!" Pero nosotros ¡oh oyentes míos! decimos: "Loores a Alah, que formó el cuerpo de la mujer cual el lirio del valle, y lo dió a sus creyentes como un anticipo del Paraíso...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 597ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 597ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero nosotros ¡oh oyentes míos! decimos: "Loores a Alah, que formó el cuerpo de la mujer cual el lirio del valle, y lo dió a sus creyentes como un anticipo del Paraíso!"

Cuando Sett Zobeida se repuso del deslumbramiento en que se encontraba, se levantó de su trono y se acercó a Esplendor, a quien hubo de abrazar y oprimir contra su seno, besándole los ojos. Luego la hizo sentarse al lado suyo en el trono, y se quitó y le puso al cuello un collar de diez sartas de perlas gruesas que llevaba ella desde que se casó con Al-Raschid.

Luego le dijo: "¡Oh soberana de los encantos! ¡en verdad que se equivocó mi esclava Tohfa al hablarme de tu belleza! ¡Porque tu belleza está por encima de todas las palabras! Pero dime, ¡oh perfecta! ¿conoces el canto, el baile o la música? ¡Porque, cuando se es como eres tú, se sobresale en todo!" Esplendor contestó: "¡En verdad ¡oh mi señora! que no sé cantar, ni bailar, ni tocar el laúd y la guitarra; y no sobresalgo en ninguna de las artes que por lo general conocen las jóvenes. Sin embargo, poseo una ciencia única, que quizá te parezca maravillosa: ¡consiste en volar por los aires como los pájaros!"

Al oír estas palabras de Esplendor, exclamaron todas las mujeres: "¡Oh encanto! ¡Oh prodigio!" Y Sett Zobeida dijo: "¿Cómo vacilar en creerte dotada de semejante aptitud, aunque me asombre en extremo? ¿No eres ya más armoniosa que el cisne y más ligera a la vista que las aves? ¡Pero si quieres encadenar nuestra alma tras de ti, consiente en hacer ante nuestros ojos la prueba de un vuelo sin alas!" Ella dijo: "¡Alas poseo precisamente, oh mi señora! pero no las llevo encima. ¡No obstante, puedo tenerlas, si tal es tu voluntad! ¡No tienes más que pedir a la madre de mi esposo que me traiga mi manto de plumas!"

Al punto Sett Zobeida se encaró con la madre de Hassán, y le dijo: "¡Oh venerable dama, madre nuestra! ¿quieres ir a buscar ese manto de plumas, para que yo vea el uso que hace de él tu encantadora hija?" Y pensó la pobre mujer: "¡Henos aquí perdidos sin remisión a todos! ¡La vista de su manto va a traerle a la memoria su instinto original, y sólo Alah sabe lo que ha de suceder!". Y contestó con temblorosa voz: "¡Oh mi señora, mi hija Esplendor se halla turbada por tu majestad, y no sabe ya lo que se dice! ¿Acaso se han llevado alguna vez trajes de plumas, que son una vestidura que no conviene más que a los pájaros?"

Pero intervino Esplendor, y dijo a Sett Zobeida: "¡Por tu vida ¡oh mi señora! te juro que mi manto de plumas está guardado en un cofre escondido en nuestra casa!" Entonces Sett Zobeida se quitó del brazo un brazalete precioso que valía tanto como todos los tesoros de Khosroes y de Kaissar, y se lo ofreció a la madre de Hassán, diciéndole: "¡Oh madre nuestra! ¡por mi vida sobre ti, te conjuro a que vayas a tu casa a buscar ese manto de plumas, únicamente para verlo una vez! Y lo recuperarás enseguida en el mismo estado que lo traigas".

Pero la madre de Hassán juró que nunca había visto aquel manto de plumas ni nada que se le pareciese. Entonces gritó Sett Zobeida: "¡Ya Massrur!" Y al punto el portaalfanje del califa se presentó entre las manos de su soberana, que le dijo: "¡Massrur, corre en seguida a casa de estas damas, y busca en ella por todas partes un manto de plumas que está guardado en un cofre escondido!"

Y Massrur obligó a la madre de Hassán a que le entregara las llaves de la casa, y corrió a hacer pesquisas por todas partes hasta que acabó por encontrar el manto de plumas en un cofre escondido bajo tierra. Y se lo llevó a Sett Zobeida, quien, después de admirarlo largamente y maravillarse del arte con que estaba hecho, se lo entregó a la bella Esplendor.

Entonces Esplendor empezó por examinarlo pluma a pluma, y comprobó que estaba intacto como el día en que se lo arrebató Hassán. Y lo desdobló y se metió dentro, recogiéndose los extremos y abrochándoselo. ¡Y se tornó semejante a un gran pájaro blanco! ¡Y ante el asombro de los circunstantes, patinó primero durante algún tiempo, volvió sobre sus pasos sin tocar el suelo, y se elevó hasta el techo balanceándose! Luego descendió ligera y aérea, y se puso a horcajadas en un hombro a sus dos hijos, diciendo a Sett Zobeida y a las damas: "Veo que os han gustado mis vuelos. Voy, pues, a daros más gusto aún". Y tomó impulso, y se lanzó a la ventana más alta, posándose en el alféizar. Y desde allí exclamó: "¡Os advierto que os abandono!"

Y en extremo emocionada, dijo Sett Zobeida: "¿Cómo es posible ¡oh Esplendor! que nos dejes ya, privándonos para siempre de tu belleza, ¡oh soberana de las soberanas!?" Esplendor contestó: "¡Ay! sí, ¡oh mi señora! ¡Quien se marcha no vuelve!" Luego encaróse con la pobre madre de Hassán, desolada, sollozante, abatida en la alfombra, y le dijo: "¡Oh madre de Hassán! ¡créeme que me aflige mucho marcharme así, y me entristezco por causa tuya y por tu hijo Hassán, mi esposo, pues los días de la separación desgarrarán su corazón y ennegrecerán nuestra vida, ¡pero ¡ay! no puedo más! Siento que invade mi alma la embriaguez del aire, y es preciso que eche a volar por el espacio. Pero si tu hijo quiere encontrarme algún día, no tendrá más que ir a buscarme a las islas Wak-Wak.

Adiós, pues, ¡oh madre de mi esposo!" Y habiendo dicho estas palabras, Esplendor se elevó por los aires y fué a posarse un instante sobre la cúpula del palacio para alisar sus plumas. Luego reanudó su vuelo, y desapareció en las nubes con sus dos hijos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 598ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 598ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y habiendo dicho estas palabras, Esplendor se elevó por los aires y fué a posarse un instante sobre la cúpula del palacio para alisar sus plumas. Luego reanudó su vuelo, y desapareció en las nubes con sus dos hijos.

En cuanto a la pobre madre de Hassán, estuvo a punto de expirar de dolor, y quedó sin movimiento, desplomada en el suelo. Y Sett Zobeida se inclinó sobre ella y le prodigó por sí misma los cuidados necesarios; y cuando la hubo reanimado un poco, le dijo: "¡Ah madre mía! ¿por qué en vez de negarlo todo, no me has prevenido de que Esplendor podía hacer semejante uso de esa ropa encantada, de ese manto fatal! ¡Me hubiese guardado mucho entonces de dejarlo en su poder! Pero, ¿cómo iba yo a adivinar que la esposa de tu hijo pertenecía a la raza de los genn aéreos? ¡Te ruego, pues, mi buena madre, que me perdones por mi ignorancia y que no censures con exceso un acto que no premedité!"

Y dijo la pobre vieja: "¡Oh mi señora, yo sola tengo la culpa! ¡Y la esclava nada tiene que perdonar a su soberana! ¡Cada cual lleva colgado al cuello su destino! ¡Y el mío y el de mi hijo, es morir de dolor!" Y buscó ella a los nietos y no los encontró; y buscó a la esposa de su hijo y no la encontró! Entonces rompió en lágrimas y en sollozos, más próxima a la muerte que a la vida. E hizo erigir en la casa tres tumbas, una grande y dos pequeñas, junto a las cuales se pasaba los días y las noches gimiendo y llorando.

Y recitaba estos versos y muchos otros:

¡Oh nietos míos! ¡como la lluvia por las ramas secas, corre mi llanto por mis mejillas arrugadas!
¡El adiós de vuestra marcha, es el adiós a nuestra vida! ¡Vuestra pérdida es la pérdida de nuestra alma, y yo ¡ay! sigo aquí!
¡Vosotros erais mi alma! ¿Cómo habiéndome abandonado mi alma, puedo vivir todavía ¡oh pobres pequeñuelos míos!? ¡Y yo sigo aquí!

¡Y esto es lo referente a ella! Pero respecto a Hassán, cuando hubo pasado tres meses con las siete princesas, pensó en partir para no poner en inquietud a su madre y a su esposa. Y golpeó la piel de gallo del tambor; y se presentaron los dromedarios. Y cargaron cinco dromedarios con lingotes de oro y de plata y cinco con pedrerías. Y le hicieron prometer que volvería a verlas al cabo de un año. Luego le besaron todas, una tras de otra, poniéndose en fila; y cada cual a su vez le dedicó una o dos estrofas muy tiernas, en las que le expresaban cuánto les afligía su partida. Y se balanceaban rítmicamente sobre sus caderas, marcando la cadencia de los versos. Y Hassán les respondió con este poema improvisado:

¡Mis lágrimas son perlas, de las cuales os ofrezco un collar, hermanas mías! ¡He aquí que en el día de la marcha, afirmado sobre los estribos, ya no puedo volver riendas!
¡Oh hermanas mías! ¿Cómo me arrancaré de vuestros brazos amantes? ¡Mi cuerpo se aleja; pero mi alma queda con vosotras! ¡Ay! ¡ay! ¿cómo volver ya riendas con el pie en el estribo?

Después se alejó Hassán en su dromedario, a la cabeza del convoy, y llegó felizmente a Bagdad, la ciudad de Paz. Pero, al entrar en su casa, casi no reconoció Hassán a su madre, de tanto como había cambiado la infortunada a fuerza de lágrimas, de ayuno y de vigilias. Y como no veía que acudiese su esposa con los niños, preguntó a su madre: "¿Dónde está la mujer? ¿Y dónde están los niños?" Y su madre no pudo responder más que con sollozos. Y Hassán echó a correr como un loco por las habitaciones, y en la sala de reunión vió abierto y vacío el cofre en que hubo de guardar el manto encantado. ¡Y se volvió y advirtió en medio de la estancia las tres tumbas!

Entonces se desplomó cuan largo era, sin conocimiento, dando en la piedra con la frente. Y a pesar de los cuidados de su madre, que voló en socorro suyo, permaneció en aquel estado desde por la mañana hasta por la noche. Pero acabó por volver en sí, y desgarró sus vestiduras y se cubrió la cabeza con ceniza y polvo. Luego precipitóse de improviso sobre su espada y quiso atravesarse con ella. Pero su madre se interpuso entre él y la espada, extendiendo los brazos. Y le apoyó la cabeza en su pecho, y le hizo sentarse, aunque no tardó él en retorcerse de desesperación por el suelo como una serpiente. Y se puso ella a contarle poco a poco todo lo que había sucedido durante su ausencia, y concluyó diciéndole: "Ya ves, hijo mío, que a pesar de la inmensidad de nuestra desdicha, no debe la desesperación entrar en tu corazón, puesto que puedes encontrar a tu esposa en las islas Wak-Wak.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 599ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 599ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Ya ves, hijo mío, que a pesar de la inmensidad de nuestra desdicha, no debe la desesperación entrar en tu corazón, puesto que puedes encontrar a tu esposa en las islas Wak-Wak".

Al oír estas palabras de su madre, Hassán sintió que una esperanza repentina refrescaba los abanicos de su alma, y levantándose al instante, dijo a su madre: "¡Parto para las islas Wak-Wak!" Luego pensó: "¿Dónde podrán estar situadas esas islas cuyo nombre se asemeja al grito de un ave de rapiña? ¿Estarán en los mares de la India, o del Sindh, o de Persia o de China?" Y para esclarecer su espíritu acerca del particular, salió de la casa, y todo se puso negro y sin límites a sus ojos, y fué en busca de los sabios y los letrados de la corte del califa, y les preguntó por turno si conocían los mares en que estaban situadas las islas Wak-Wak. Y contestaron todos: "¡No lo sabemos! ¡Y no hemos oído en nuestra vida hablar de la existencia de esas islas!" Entonces Hassán comenzó otra vez a desesperarse, y regresó a la casa con el pecho oprimido por el viento de la muerte. Y dijo a su madre, dejándose caer en el suelo: "¡Oh madre! ¡no es a las islas Wak-Wak adonde tengo que ir, sino más bien a los lugares donde se ha aposentado la Madre de los Buitres (la Muerte)!"

Y rompió en lágrimas, con la cabeza en la alfombra. Pero de pronto se levantó, y dijo a su madre: "¡Alah me envía el pensamiento de volver al lado de las siete princesas que me llaman hermano suyo, para preguntarles el camino de las islas Wak-Wak!" Y sin más tardanza, se despidió de la pobre madre, mezclando sus lágrimas con las de ella, y montó en el dromedario de que no había prescindido desde su regreso. Y llegó felizmente al palacio de las siete hermanas, en las Montañas de las Nubes.

Cuando sus hermanas le vieron llegar, le recibieron con los transportes de la felicidad más viva. Y le besaron, lanzando gritos de alegría y deseándole la bienvenida. Y cuando le tocó a Botón-de-Rosa el turno de besar a su hermano, vió con los ojos de su corazón amante el cambio operado en las facciones de Hassán y la turbación de su alma. Y sin hacerle la menor pregunta, rompió en lágrimas sobre su hombro. Y Hassán lloró con ella, y le dijo: "¡Ah! ¡Botón-de-Rosa, hermana mía, sufro cruelmente, y vengo a ti para buscar el único remedio que puede aliviar mis males! ¡Oh perfumes de Esplendor! ¡no os traerá ya el viento para refrescar mi alma!"

Tras pronunciar estas palabras, Hassán lanzó un grito desesperado y cayó privado de conocimiento.

Al ver aquello, las princesas, asustadas, se aglomeraron en torno a él, llorando, y Botón-de-Rosa le roció el rostro con agua de rosas y le regó con sus lágrimas. Y por siete veces trató de incorporarse Hassán, y por siete veces cayó en tierra. Por último pudo volver a abrir los ojos después de un desmayo más largo que los otros todavía, y contó a sus hermanas toda la triste historia, desde el principio hasta el fin. Luego añadió: "¡Y ahora ¡oh compasivas hermanas! vengo a preguntaros por el camino que conduce a las islas Wak-Wak! ¡Porque, al partir, mi esposa Esplendor dijo a mi pobre madre: "¡Si algún día quiere encontrarme tu hijo, no tendrá más que buscarme en las islas Wak-Wak!"

Cuando las hermanas de Hassán oyeron estas últimas palabras, bajaron la cabeza, presa de un estupor sin límites y estuvieron mirándose sin hablar durante largo rato. Por último, rompieron el silencio y exclamaron todas a la vez: "Alza tu mano hacia la bóveda del cielo ¡oh Hassán! e intenta cojerla o tocarla. ¡Más fácil aún sería que llegar a esas islas Wak-Wak en que se halla tu esposa con tus hijos!"

Al oír estas palabras, las lágrimas de Hassán corrieron a torrentes e inundaron sus vestiduras. Y cada vez más emocionadas con su dolor, las siete princesas se esforzaron por consolarle. Y Botón-de-Rosa le rodeó tiernamente el cuello con sus brazos, y le dijo besándole: "¡Oh hermano mío! tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, soportando con paciencia el destino adverso, porque ha dicho el Maestro de los Proverbios: "¡La paciencia es la llave del consuelo, y el consuelo hace lograr el propósito!" Y ya sabes ¡oh hermano mío! que todo destino debe cumplirse; ¡pero jamás muere en el año noveno el que ha de vivir diez años! anímate, pues, y seca tus lágrimas; y yo haré cuanto pueda por facilitarte los medios de que llegues al lado de tu mujer y de tus hijos, si tal es la voluntad de Alah (¡exaltado sea!). ¡Ah! ¡Qué maldito manto de plumas! ¡Cuántas veces tuve la idea de decirte que lo quemaras y me contuve por no contrariarte! En fin, lo que está escrito, está escrito! ¡Vamos a tratar de remediar, entre todos tus males, el más irremediable!" Y se encaró con sus hermanas y se echó a sus pies, y las conjuró a que la auxiliaran para descubrir el medio de que su hermano encontrase el camino de las islas Wak-Wak. Y sus hermanas se lo prometieron de todo corazón amistoso.

Y he aquí que las siete princesas tenían un tío, hermano de su padre, que quería muy particularmente a la mayor de las hermanas; e iba a verla con regularidad una vez al año. Y el tal tío se llamaba Abd Al-Kaddús...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 600ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 600ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y he aquí que las siete princesas tenían un tío, hermano de su padre, que quería muy particularmente a la mayor de las hermanas; e iba a verla con regularidad una vez al año. Y el tal tío se llamaba Abd Al-Kaddús. Y en su última visita había dado a su preferida, la mayor de las princesas, un saquito lleno de sahumerios, diciéndole que no tenía más que quemar un poco de estos sahumerios, si algún día se encontraba en cualquier circunstancia en que creyese tener necesidad de su auxilio. Así es que, cuando Botón-de-Rosa la hubo suplicado de aquel modo que interviniese, la mayor de las princesas pensó que acaso su tío pudiera salvar al pobre Hassán. Y dijo a Botón-de-Rosa: "¡Ve en seguida a buscarme el saco de perfumes y el pebetero de oro!" Y Botón-de-Rosa corrió en busca de ambas cosas, y las entregó a su hermana, que abrió el saco, tomó de él un poco de perfume y lo echó en el pebetero en medio de la brasa, pensando mentalmente en su tío Abd Al-Kaddús, y llamándole.

En cuanto disipóse la humareda del pebetero, he aquí que se alzó un torbellino de polvo que iba acercándose, y tras él apareció, montado en un elefante blanco, el jeique Abd Al-Kaddús. Y se apeó de su elefante, y dijo a la mayor de las hermanas y a las princesas, hijas de su hermano: "¡Heme aquí! ¿A qué se debe que haya llegado a mi olfato el olor del perfume? ¿En qué puedo serte útil, hija mía?" Y la joven se colgó de su cuello y le besó la mano, y contestó: "¡Oh mi tío querido! Ya hace más de un año que no venías a vernos, y tu ausencia nos inquietaba y nos atormentaba. ¡Por eso he quemado el perfume, para verte y quedarme tranquila!"

Dijo él: "Eres la más encantadora de las hijas de mi hermano, ¡oh preferida mía! Sin embargo, no creas que, porque retardé este año mi llegada, te he olvidado. ¡Precisamente quería venir a verte mañana! ¡Pero no me ocultes nada, pues sin duda tienes que pedirme alguna cosa!"

Ella contestó: "Alah te guarde y prolongue tus días, ¡oh tío mío! ¡Ya que me lo permites, quisiera pedirte una cosa, efectivamente!" Dijo él: "¡Habla! ¡Te la concedo de antemano!" Entonces la joven hubo de contarle toda la historia de Hassán y añadió: "¡Y ahora, por todo favor, te pido que digas a nuestro hermano Hassán qué tiene que hacer para llegar a esas islas Wak-Wak!”

Al oír estas palabras, el jeique Abd Al-Kaddús bajó la cabeza y se metió un dedo en la boca, reflexionando profundamente durante una hora de tiempo. Luego se sacó de la boca el dedo, levantó la cabeza, y sin decir una palabra, se puso a trazar sobre la arena varias figuras. Por fin rompió el silencio, y dijo a las princesas, meneando la cabeza: "¡Hijas mías, decid a vuestro hermano que se atormenta inútilmente! ¡Es imposible que pueda ir a las islas Wak-Wak!" Entonces las jóvenes se encararon con Hassán, y le dijeron, con lágrimas en los ojos: "¡Ay oh hermano nuestro!" Pero Botón-de-Rosa le cogió de la mano, le hizo acercarse, y dijo al jeique Abd Al-Kaddús: "¡Mi buen tío, pruébale lo que acabas de decirnos, y dale consejos prudentes, que los escuchará con corazón sumiso!" Y el anciano dió a besar su mano a Hassán, y le dijo: "¡Has de saber, hijo mío, que te atormentas inútilmente! ¡Es imposible que puedas ir a las islas Wak-Wak, aun cuando acudieran en tu ayuda toda la caballería volante de los genn, los cometas errantes y los planetas giratorios! Porque esas islas Wak-Wak, hijo mío, son islas habitadas por amazonas vírgenes, y donde reina precisamente el rey de reyes del Gennistán, padre de tu esposa Esplendor. Y de esas islas, a las que no ha ido nadie nunca y de las que nadie ha vuelto, te separan siete vastos mares, siete valles sin fondo y siete montañas sin cima. ¡Y se hallan situadas en los confines extremos de la tierra, allende los cuales no existe nada que se sepa! Así es que no creo que de ningún modo llegues a salvar los obstáculos diversos que de ellas te separan. ¡Y me parece que el partido más prudente que puedes tomar es volverte a tu casa o permanecer aquí con tus hermanas, que son encantadoras! Pero en cuanto a las islas Wak-Wak, ¡no pienses más en ellas!"

Al oír estas palabras del jeique Abd Al-Kaddús, Hassán se puso amarillo como el azafrán, lanzó un grito desesperado y cayó desmayado. Y las princesas no pudieron reprimir sus sollozos; y la más joven desgarró sus vestiduras y se maltrató el rostro; y empezaron a llorar y a lamentarse todas juntas en torno de Hassán. Y una vez que él recobró el conocimiento, no pudo por menos de llorar, apoyando la cabeza en el regazo de Botón-de-Rosa. Y el anciano acabó por conmoverse ante aquel espectáculo, y compadecido de tanto dolor, encaróse con las princesas, que se quejaban lamentablemente, y les dijo con tono agrio: "¡Callaos!" Y las princesas reprimieron los gritos que pugnaban por salir de sus gargantas, y aguardaron con ansiedad lo que iba a decir su tío. Y el jeique Abd Al-Kaddús apoyó su mano en el hombro de Hassán, y le dijo: "¡Cesa en tus gemidos, hijo mío, y cobra ánimos! Porque, con ayuda de Alah, te proporcionaré un medio mejor de conseguir tu propósito. ¡Levántate, pues, y sígueme...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 601ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 601ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el jeique Abd Al-Kaddús apoyó su mano en el hombro de Hassán, y le dijo: "¡Cesa en tus gemidos, hijo mío, y cobra ánimos! Porque, con ayuda de Alah, te proporcionaré un medio mejor de conseguir tu propósito. ¡Levántate, pues, y sígueme!" Y Hassán, a quien estas palabras habían vuelto a la vida de repente, se irguió sobre sus pies, se despidió rápidamente de sus hermanas, besó varias veces a Botón-de-Rosa, y dijo al anciano: "¡Soy tu esclavo!"

Entonces el jeique Abd Al-Kaddús hizo montar a Hassán con él a la grupa del elefante blanco, y habló a la bestia inmensa, que se puso en movimiento. ¡Y rápido cual el granizo que cae, el rayo que hiere y el relámpago que brilla, el gran elefante agitó sus miembros por el viento y echó a volar y se sumergió en las llanuras del espacio, devorando a su paso las distancias!

Y he aquí que en tres días y tres noches de semejante velocidad recorrieron un camino de siete años. Y llegaron a una montaña azul cuyos alrededores todos eran azules, y en medio de la cual había una caverna con la entrada obstruida por una puerta de acero azul. Y el jeique Abd Al-Kaddús llamó a aquella puerta, y salió a abrirle un negro azulado que llevaba en una mano un sable azul y en la otra un escudo de metal azul. Y con una prontitud increíble, el jeique arrebató aquellas armas de las manos del negro, que retiróse al punto para dejarle pasar, y seguido por Hassán, entró en la caverna, cuya puerta cerró detrás de ellos el negro.

Entonces caminaron aproximadamente una milla por una ancha galería en que la luz era azul y las rocas transparentes y azules, y al extremo de la cual se encontraron frente a dos enormes puertas de oro. Y el jeique Abd Al-Kaddús abrió una de aquellas puertas, y dijo a Hassán que le esperara hasta que estuviese de vuelta. Y desapareció en el interior. Pero al cabo de una hora, regresó llevando de la brida a un caballo azul, todo teñido y enjaezado de colores azules, en el cual hizo que montase Hassán. Y abrió entonces la segunda puerta de oro, y ante ellos se desplegó de pronto el espacio azul, y a sus pies una inmensa pradera sin horizonte. Y el jeique dijo a Hassán: "Hijo mío, ¿sigues siempre decidido a partir y a afrontar los peligros sin número que te esperan? ¿O acaso quieres mejor, como yo te aconsejaría, volver sobre tus pasos y regresar al lado de mis sobrinas las siete princesas, que sabrán consolarte de la pérdida de tu esposa Esplendor?"

Hassán contestó: "¡Mil veces prefiero afrontar los peligros de la muerte a sufrir por más tiempo los tormentos de la ausencia!" El jeique repuso: "Hijo mío Hassán, ¿no tienes una madre para la cual será tu ausencia una fuente inagotable de lágrimas? ¿Y no querrás mejor volver junto a ella para consolarla?" El joven contestó: "¡No volveré al lado de mi madre sin mi esposa y mis hijos!" Entonces le dijo el jeique Abd Al-Kaddús: "¡Pues bien, Hassán; parte bajo la protección de Alah!" Y le entregó una carta en que estaba escrita con tinta azul la dirección siguiente: "Al muy ilustre y muy glorioso jeique de los jeiques, nuestro señor el venerable Padre-de-las-Plumas".

Luego le dijo: "Toma esta carta, hijo mío, y ve adonde te conduzca tu caballo. Llegará a la montaña negra, cuyos alrededores son negros, y se parará delante de una caverna negra. Entonces echarás pie a tierra, y después de haber atado la brida a la silla, dejarás entrar al caballo solo en la caverna. Y esperarás a la puerta, y verás salir a un anciano negro, vestido de negro, y negro por todas partes, excepción hecha de una luenga barba blanca que le baja hasta las rodillas. Entonces le besarás la mano, te pondrás en tu cabeza la orla de su traje, y le entregarás esta carta que te doy para que te sirva de presentación cerca de él. ¡Porque es el jeique Padre-de-las-Plumas! ¡es mi señor y la corona de mi cabeza! ¡Y sólo él puede ayudarte sobre la tierra en tu temeraria empresa! Tratarás, pues, de que te sea propicio, y harás cuanto él te diga que hagas. ¡Uassalam!"

Entonces Hassán se despidió del jeique Abd Al-Kaddús, y espoleó los flancos de su caballo azul, que relinchó y partió como una flecha. Y el jeique Abd Al-Kaddús volvió a la gruta azul. Y durante diez días dejó Hassán que el caballo caminase a su antojo, con tanta velocidad, que no le adelantarían el vuelo de los pájaros ni los remolinos de las tempestades. ¡Y anduvo de tal suerte un trayecto de diez años en línea recta! Y llegó, por último, al pie de una cadena de montañas negras, de cima invisible, que se extendían de Oriente a Occidente. Y conforme se iba acercando a estas montañas, el caballo se puso a relinchar, aflojando su marcha...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 602ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 602ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y conforme se iba acercando a estas montañas, el caballo se puso a relinchar, aflojando su marcha. Y al instante, de todas partes a la vez, más numerosos que las gotas de lluvia, acudieron unos caballos negros que fueron a olfatear al caballo azul de Hassán y a restregarse contra él. Y Hassán quedó asombrado de su número, y temió que quisiesen estorbarle el camino; pero prosiguió su marcha y llegó a la entrada de la caverna negra que había en medio de rocas más negras que el ala de la noche. Y aquella era precisamente la caverna de que le había hablado el jeique Abd Al-Kaddús. Y se apeó, y tras de haber atado la brida al arzón de la silla, dejó entrar solo a su caballo en la caverna; y se sentó a la puerta, como hubo de ordenarle el jeique.

Pero no habría transcurrido una hora, cuando vió salir de la gruta a un venerable anciano, vestido de negro, y negro él mismo de pies a cabeza, excepción hecha de la luenga barba blanca que le llegaba a la cintura. Era el jeique de los jeiques, el muy glorioso Alí Padre-de-las-Plumas, hijo de la reina Balbis, esposa de Soleimán (¡con todos ellos la paz de Alah y sus bendiciones!). Y Hassán, al verle, se echó a sus pies, poniendo sobre su cabeza la orla del traje del anciano, colocándose así bajo su protección. Luego le presentó la carta de Abd Al-Kaddús. Y el jeique Padre-de-las-Plumas tomó la carta, y sin decir una sola palabra, entró otra vez en la gruta. Y ya comenzaba Hassán a desesperar, como no le veía volver, cuando he aquí que apareció, pero vestido entonces de blanco. E hizo a Hassán señas de que le siguiera, y echó a andar delante de él por la gruta. Y Hassán le siguió, y llegó tras del otro a una inmensa sala cuadrada, pavimentada de pedrerías y cada uno de cuyos cuatro rincones lo ocupaba un anciano vestido de negro y sentado sobre una alfombra, en medio de una cantidad infinita de manuscritos, con un pebetero de oro en que ardían perfumes ante él; y cada uno de aquellos cuatro sabios estaba rodeado por otros siete sabios, discípulos suyos, que copiaban los manuscritos y leían o reflexionaban. Pero cuando entró el jeique Alí Padre-de-las-Plumas, todos aquellos venerables personajes se levantaron en su honor; y los cuatro sabios principales abandonaron sus rincones y fueron a sentarse junto a él en medio de la sala. Y cuando todo el mundo hubo ocupado su sitio, el jeique Alí se encaró con Hassán y le dijo que contara su historia ante aquella asamblea de sabios.

Entonces Hassán, muy emocionado, empezó primero por derramar lágrimas a torrentes; luego, no bien pudo secarlas, con la voz entrecortada por sollozos, se puso a contar toda su historia, desde su rapto, llevado a cabo por Bahram el Gauro, hasta su encuentro con el jeique Abd Al-Kaddús, discípulo del jeique Padre-de-las-Plumas y tío de las siete princesas. Y en tanto que duró el relato, no le interrumpieron los sabios; pero, cuándo hubo concluido, exclamaron todos a una, encaramándose con su maestro: "¡Oh venerable maestro! ¡Oh hijo de la reina Balkis! digna de piedad es la suerte de este joven, pues sufre como esposo y como padre. Y quizá podamos contribuir a devolverle esa joven tan bella y esos dos hijos tan hermosos!" Y contestó el jeique Alí: "Venerables hermanos míos, se trata de un asunto de importancia. Y tan bien como yo sabéis vosotros cuán difícil es llegar a las islas Wak-Wak, y cuánto más difícil todavía es volver de ellas. Y ya sabéis toda la dificultad que hay, una vez que se llega a esas islas después de todos los obstáculos salvados, en acercarse a las amazonas vírgenes, guardias del rey de los genn y de sus hijas. En esas condiciones, ¿cómo queréis que Hassán encuentre a la princesa Esplendor, hija de su poderoso rey?" Los jeiques contestaron: ¿"Quién podrá negar que tienes razón venerable padre? ¡Pero ese joven te ha sido recomendado particularmente por nuestro hermano el honorable e ilustre jeique Abd Al-Kaddús, y no puedes por menos de acoger sus intenciones de un modo favorable!"

Y Hassán, por su parte, al oír estas palabras, se arrojó a los pies del jeique, se cubrió la cabeza con la orla del manto del anciano, y abrazándole las rodillas le conjuró a que le devolviera a su esposa y a sus hijos. Y asimismo besó las manos de todos los jeiques, que unieron sus ruegos a los de él, suplicando al maestro de todos, al jeique Padre-de-las-Plumas, que tuviese piedad del infortunado joven. Y el jeique Alí contestó: "¡Por Alah!, que en mi vida vi a ninguno despreciar la existencia tan resueltamente como este joven Hassán! ¡No sabe lo que desea ni lo que le espera este temerario! ¡Pero, en fin, quiero hacer por él cuanto de mí dependa!"

Habiendo hablado así, el jeique Alí Padre-de-las Plumas reflexionó durante una hora de tiempo en medio de sus viejos discípulos respetuosos; luego levantó la cabeza, y dijo a Hassán: "¡Ante todo, voy a darte una cosa que te resguardará en caso de peligro!" Y se arrancó de la barba un mechón de pelos del sitio donde eran más largos, y se los entregó a Hassán, diciéndole...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 603ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 603ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y se arrancó de la barba un mechón de pelos del sitio donde eran más largos, y se los entregó a Hassán, diciéndole: "¡Esto hago por ti! ¡Si alguna vez te hallaras en medio de un gran peligro, no tienes más que quemar un pelo de este mechón, y al instante iré en socorro tuyo!" Luego alzó la cabeza hacia la bóveda de la sala, y dió una palmada, como para llamar a alguien. Y al punto descendió de la bóveda, presentándose entre sus manos, un efrit entre los efrits alados. Y le preguntó el jeique: "¿Cómo te llamas, ¡oh efrit!?" El efrit dijo: "Tu esclavo Dahnasch ben-Forktasch, oh jeique Alí Padre-de las-Plumas!" Y le dijo el jeique: "¡Aproxímate!" Y el efrit Dahnasch se aproximó al jeique Alí, que acercó su boca al oído del otro y le dijo algo en voz baja. Y el efrit contestó con un movimiento de cabeza que significaba: "¡Está bien!" Y el jeique se encaró con Hassán, y le dijo: "Mira, hijo mío, súbete a la espalda de ese efrit. El te transportará a las regiones de las nubes, y desde allí te bajará a una tierra que es de alcanfor blanco. Y allí ¡oh Hassán! te dejará el efrit, porque no puede llegar más lejos. Y entonces habrás de caminar completamente solo por esa tierra de alcanfor blanco. Y una vez que hayas salido de ella, te encontrarás frente a las islas Wak-Wak. ¡Y allí, Alah proveerá!"

Entonces Hassán besó de nuevo las manos del jeique Padre-de las-Plumas, se despidió de los demás sabios, dándoles las gracias por sus bondades, y se puso a horcajadas sobre los hombros de Dahnasch, que elevóse con él por los aires. Y el efrit le llevó a la región de las nubes, y desde allí bajó con él a la tierra de alcanfor blanco, donde hubo de dejarle para desaparecer luego.

Así, ¡oh Hassán, oriundo de Bassra! tú, a quien antaño admiraban en los zocos de tu ciudad natal y hacías volar todos los corazones y pasmarse de tu hermosura a los que te miraban; tú, que viviste dichoso tanto tiempo entre las princesas y suscitaste en sus almas tanta ternura y tanto dolor! he aquí que, impulsado por tu amor a Esplendor, llegas, en alas del efrit, a esta tierra de alcanfor blanco, donde vas a experimentar lo que ninguno antes que tú y ninguno después que tú ha experimentado ni experimentará jamás.

En efecto, cuando el efrit le hubo dejado en aquella tierra, Hassán echó a andar en línea recta por un suelo brillante y perfumado. Y anduvo así mucho tiempo, y acabó por vislumbrar a lo lejos, en medio de una pradera, una especie de tienda. Y se dirigió por aquel lado y acabó por llegar muy cerca de tal tienda. Pero como en aquel momento caminaba por un césped muy espeso, dió con el pie sobre algo que se ocultaba entre la hierba; y lo miró y vió que era un cuerpo blanco como una masa de plata y del tamaño de una de las columnas de la ciudad de Iram. Y he aquí que era un gigante, y la tienda que Hassán veía no era otra cosa que su oreja, la cual le servía de pantalla para el sol. Y al verse despertado así de su sueño, el gigante se levantó rugiendo, y sintió tanta cólera, que se le llenó de aliento el vientre, mientras los esfuerzos tan considerables que para ello realizaba hacían gemir a su trasero; lo que produjo, a manera de trueno, una serie de cuescos extraordinarios que tiraron a Hassán de bruces en tierra, lanzándole por el aire después con los ojos desorbitados de terror. Y antes de que volviese a caer al suelo, el gigante le atrapó al vuelo por el cuello, en el sitio en que la piel es más blanda, y con la fuerza de su brazo le tuvo suspendido en el aire, cual el gorrión en la garra del halcón. Y volteándole con el brazo, se dispuso a aplastarle contra la tierra, pulverizándole los huesos y convirtiendo su longitud en anchura.

Cuando Hassán comprendió lo que le iba a suceder, agitóse con todas sus fuerzas, y exclamó: "¡Ah! ¿quién me salvará? ¡Ah! ¿quién me libertará? ¡Oh gigante, ten piedad de mí!"

Al oír aquellos gritos de Hassán, se dijo el gigante: "¡Alah, que no canta mal este pájaro! Y me gustan sus trinos. ¡Así es que se lo voy a llevar a nuestro rey!" Y le cogió delicadamente por un pie para no hacerle daño, y penetró en una espesa floresta, dentro de la cual, en medio de un claro, aparecía sentado sobre una roca que le servía de trono el rey de los gigantes de la tierra de alcanfor blanco. Y estaba rodeado de sus guardias, que eran cincuenta gigantes de una estatura de cien codos cada uno. Y el que llevaba a Hassán se acercó al rey, y le dijo: "¡Oh rey nuestro! ¡he aquí un pajarillo que he cogido y que te traigo a causa de su hermosa voz! ¡Porque trina de un modo agradable!" Y dió dos golpes en la nariz de Hassán, que no entendía el lenguaje del gigante, creyó que había llegado su última hora, y empezó a temblar, exclamando: "¡Ah! ¿quién me salvará? ¡Ah! ¿quién me libertará?" Al oír aquella voz, el rey se convulsionó y se bamboleó de alegría, y dijo al gigante: "¡Por Alah, que es encantador! ¡Hay que llevárselo en seguida a mi hija para que la divierta!" Y añadió, encarándose con el gigante: "¡Sí! date prisa a meterlo en una jaula y a colgarlo en la habitación de mi hija, junto a su lecho, a fin de que la distraiga con sus cantos y sus trinos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 604ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGÓ LA 604ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Sí! ¡Date prisa a meterlo en una jaula y a colgarlo en la habitación de mi hija, junto a su lecho, a fin de que la distraiga con sus cantos y sus trinos!"

Entonces el gigante apresuróse a meter a Hassán en una jaula con dos grandes recipientes, uno para la comida y otro para el agua. Y también le puso dos cañas para que pudiera saltar y cantar a su antojo; y le llevó a la habitación de la hija del rey, y le colgó a su cabecera.

Cuando la hija del rey vió a Hassán, quedó encantada de su figura y de sus lindas formas, y se puso a hacerle mil caricias y a mimarle de mil modos. Y le hablaba con una voz muy dulce para domesticarle, aunque Hassán no entendía su lenguaje para nada. Pero, como veía que ella no le quería mal, trató de enternecerla con su destino, llorando y gimiendo. Y la princesa tomaba siempre sus gemidos y suspiros por cánticos armoniosos; y con ello experimentaba un placer extremado. Y acabó por sentir una inclinación extraordinaria hacia él; y no podía pasarse sin él a ninguna hora del día ni de la noche. Y al acercársele, sentía que todo su ser se impresionaba; y no comprendía qué manifestaciones pudieran hacerse con un pájaro tan pequeño. Y con frecuencia le hacía señas y le hablaba por gestos; pero tampoco la entendía él, y estaba muy lejos de adivinar todo el provecho que podría sacarse de una joven tan agraciada, aunque fuese giganta.

Pero un día la hija del rey sacó a Hassán de la jaula para limpiarla y cambiarle de ropa. Y cuando le hubo desnudado, vió ¡oh prodigioso descubrimiento! que no estaba del todo desprovisto de lo que tenían los gigantes de su padre, por más que, en proporción, fuese aquello extremadamente diminuto. Y pensó: "¡Por Alah, que es la primera vez que veo un pájaro con estas cosas!" Y empezó a manosear a Hassán, y a darle vueltas y más vueltas en todos sentidos, maravillándose de lo que por instantes iba descubriendo en él. Y en sus manos Hassán parecía exactamente un gorrión entre las manos del cazador. Y al ver que entre sus manos el cohombro se convertía en calabacino, la joven giganta se echó a reír de tal manera, que se cayó de lado. Y exclamó: "¡Qué pájaro más asombroso! ¡Canta como los pájaros, y se porta con las mujeres tan cumplidamente como los hombres gigantes!"

Y como quería devolverle cumplimiento por cumplimiento, lo oprimió contra ella, y se puso a acariciarle por todas partes, cual si fuese un hombre de veras, haciéndole mil proposiciones, aunque no con palabras, pues un pájaro no podría entenderlas, sino con gestos y hechos, de modo que el pájaro hubo de portarse con ella absolutamente como un gorrión con su gorriona. ¡Y desde aquel momento Hassán se convirtió en el gorrión de la hija del rey!

¡Pero, a pesar de verse agasajado y mimado y acariciado cual un pájaro, y a despecho de lo que experimentaba entre las suntuosidades de la gigantesca hija del rey, y de lo que él le hacía sentir a su vez a ella, y no obstante todo el bienestar con que vivía en su jaula, donde la princesa le encerraba cada vez que había concluido su cosa con él, estaba lejos de olvidar a su esposa Esplendor, hija del rey de reyes del Gennistán, y a las islas Wak-Wak, término de su viaje de las cuales sabía que no se encontraba muy distanciado! Y para salir de su apuro, de buena gana hubiera hecho uso del tambor mágico y del mechón de pelos; pero, al cambiarle de ropa, la hija del rey de los gigantes le había dejado sin los objetos preciosos; y por más que los reclamaba por señas y con todos los gestos que se hacen en árabe, no comprendía ella lo que él le pedía, y siempre creía que deseaba la copulación. Con lo cual, cada vez que pedía el tambor, se le respondía con una copulación, y cada vez que reclamaba el mechón de pelos, tenía que efectuar una copulación; sucedió aquello tantas y tantas veces, en verdad, que al cabo de algunos días se quedó el joven en un estado a ningún otro parecido, y ya no se atrevía a hacer un gesto ni la menor seña por temor a la respuesta en acción de la terrible giganta.

¡Eso fué todo!

Y la situación de Hassán no cambiaba; y él se desmejoraba y palidecía en su jaula, sin saber qué partido tomar, cuando un día la giganta, después de caricias más multiplicadas que de ordinario, se adormeció teniéndole oprimido contra ella, y le dejó escaparse. Y al punto precipitóse Hassán al cofre donde estaban sus antiguos efectos, y cogió el mechón de barba, del que hubo de quemar algunos pelos, llamando con el pensamiento al jeique Alí Padre-de-las-Plumas. Y he aquí que...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 605ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 605ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y al punto precipitóse Hassán al cofre donde estaban sus antiguos efectos, y cogió el mechón de barba, del que hubo de quemar algunos pelos, llamando con el pensamiento al jeique Alí Padre-de-las-Plumas. Y he aquí que retembló el palacio, y de debajo, de tierra surgió el jeique vestido de negro ante Hassán, que se arrojó a sus plantas. Y le preguntó el jeique: "¿Qué quieres, Hassán?" Y el joven le dijo: "¡Por favor, no hagas ruido, que va a despertarse! ¡Y entonces me veré entre sus manos obligado sin remedio a hacer de pájaro!" Y le mostró con el dedo a la giganta dormida. Entonces el jeique le cogió de la mano, y en virtud de su poder oculto, le condujo fuera del palacio. Luego le dijo: "Cuéntame qué te ha sucedido". Y Hassán le contó cuanto había hecho desde su llegada a la tierra de alcanfor blanco, y añadió: "¡Y por Alah, que si hubiese estado un día más junto a esa giganta, se me habría salido el alma por la nariz!"

Y le dijo el jeique: "¡Ya te previne, sin embargo, de lo que tendrías que sufrir! ¡Pero todo eso sólo es el principio! ¡Y además, tengo que decirte, ¡oh hijo mío! por si te decides a volver sobre tus pasos, que en las islas Wak-Wak no surtirá ya efecto la virtud de mis pelos, y te verás abandonado a tus propios recursos!" Y dijo Hassán: "¡A pesar de todo, es preciso que vaya en busca de mi esposa! ¡Y todavía me queda este tambor mágico, que en caso de peligro podrá servirme para sacarme de apuros!" Y el jeique Alí miró el tambor, y dijo: "¡Oh! ¡lo reconozco! ¡Es el que pertenecía a Bahram el Gauro, uno de mis antiguos discípulos, el único que ha dejado de seguir la vía de Alah! ¡Pero ¡oh Hassán! has de saber que tampoco ese tambor podrá servirte en las islas Wak-Wak, donde se deshacen todos los encantamientos, y donde los genios que habitan la isla no obedecen más que a su rey!" Y dijo Hassán: "¡El que ha de vivir diez años no morirá en el año noveno! ¡Si mi destino es morir en esas islas, no tengo en ello inconveniente! ¡Te suplico, pues, ¡oh venerable jeique de los jeiques! que me digas el camino que debo seguir para ir allá!" Y entonces el jeique Alí, por toda respuesta, le cogió de la mano, y le dijo: "¡Cierra los ojos y ábrelos!" Y Hassán cerró los ojos para abrirlos un instante después. Y había desaparecido todo, lo mismo el jeique Padre-de-las-Plumas que el palacio de la hija del rey y que la tierra de alcanfor blanco. Y se vió en la playa de una isla cuyos guijarros eran piedras preciosas de distintos colores. Y no sabía él si por fin había llegado a las islas tan deseadas.

Pero apenas había tenido tiempo de echar una ojeada a la derecha y otra ojeada a la izquierda, cuando de pronto cayeron sobre él bandadas de pájaros blancos muy grandes, salidos de los guijarros marinos y de la espuma de las olas y que cubrieron el cielo con una nube densa y baja. Y el vuelo enemigo avanzó contra él en remolinos, con un estrépito de picos amenazadores y de alas agitadas; y al mismo tiempo lanzaron todos los gaznates aéreos un grito ronco, mil veces repetido, en el cual Hassán reconoció por fin las sílabas Wak-Wak que daban nombre a las islas. Entonces comprendió que había llegado a aquellas tierras prohibidas, y que las aves de allí le consideraban como un intruso y trataban de rechazarle hacia el mar. Y Hassán corrió a refugiarse en una cabaña que se erguía no lejos de allí, y se puso a reflexionar acerca de las circunstancias.

De improviso oyó gemir la tierra y la sintió temblar bajo sus pies; y escuchó, reteniendo la respiración, y en lontananza vió espesarse otra nube, de la que poco a poco surgieron al sol puntas de lanzas y de cascos, y brillaron armaduras. ¡Las amazonas! ¿Adónde huir? Y el galope furioso se aproximó en un abrir y cerrar de ojos, rápido cual el granizo que cae, cual el relámpago que brilla. Y ante él aparecieron, formadas en cuadro movible y formidable, guerreras montadas en yeguas leonadas como el oro puro, de cola larga, de jarretes vigorosos, con las riendas altas y libres, más veloces que el viento del Norte cuando sopla con violencia por el lado del mar tempestuoso. Y cada una de aquellas guerreras, armadas para el combate, llevaba al costado un sable pesado, una larga lanza en una mano y en la otra una porción de armas que asustaban al verlas; y con sus muslos oprimían cuatro javelinas que mostraban sus cabezas espantables.

Pero, no bien aquellas guerreras divisaron al audaz Hassán de pie en el umbral de la cabaña, pararon en seco sus yeguas encabritadas. Y al dar en el suelo toda la masa de cascos hizo volar por el cielo los guijarros de la playa y se hundió profundamente en la arena. Y los nasales dilatados de los animales palpitantes se estremecían al mismo tiempo que las aletas de la nariz de las jóvenes guerreras; y las caras descubiertas bajo los yelmos de viseras altas eran hermosas como !unas; y las grupas redondas y pesadas se juntaban y confundían con las grupas leonadas de las yeguas. Y las luengas cabelleras, morenas, rubias, leonadas y negras, se mezclaban ondulantes con las colas y las crines. Y las cabezas de metal y las corazas de esmeralda refulgían al sol cual inmensas joyas y llameaban sin consumirse.

Pero entonces, de en medio de aquel cuadro de luz, se adelantó una amazona más alta que todas las demás...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 606ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 606ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero entonces, de en medio de aquel cuadro de luz, se adelantó una amazona más alta que todas las demás, cuyo rostro no estaba descubierto bajo el yelmo, sino completamente oculto con la visera calada, y cuyo pecho de senos firmes relucía bajo la protección de una cota de mallas de oro más apretadas que las alas de las langostas. Y detuvo bruscamente su yegua a algunos pasos de Hassán. Y Hassán, sin saber si sería para él hostil u hospitalaria, comenzó por hundir ante ella la frente en el polvo, levantando luego la cabeza y diciéndole: "¡Oh soberana mía! ¡Soy un extranjero a quien el Destino ha conducido a esta tierra, y me pongo bajo la protección de Alah y bajo tu salvaguardia! ¡No me rechaces! ¡Oh soberana mía! ¡Ten piedad del desdichado que va en busca de su esposa y de sus hijos!"

Al oír estas palabras de Hassán, la jinete se apeó de su caballo, y volviéndose hacia sus guerreras, las despidió con un gesto. Y acercóse a Hassán, que al punto hubo de besarle pies y manos y se llevó a la frente el borde de su manto. Y ella le examinó con atención; luego, levantóse la visera, se mostró a él al descubierto. Y al verla, Hassán lanzó un grito y retrocedió espantado; porque, en lugar de una joven tan bella, por lo menos como las guerreras adolescentes que acababa de ver, tenía ante sí una vieja de feo aspecto, que poseía una nariz tan gorda cual una berenjena, cejas atravesadas, mejillas arrugadas y flácidas, ojos que se injuriaban !oh calamidad! ¡Con lo cual se asemejaba del todo a un cerdo! Así es que Hassán, para no verse obligado a mirar por más tiempo aquel rostro, se tapó los ojos con la orla de su vestido. Y la vieja tomó este gesto por una gran prueba de respeto, persuadiéndose de que Hassán sólo lo hacía para no parecer insolente si la miraba cara a cara; y quedó en extremo conmovida por aquella muestra de respeto, y le dijo: "¡Oh extranjero! calma tu inquietud. ¡Desde este momento estás bajo mi protección! ¡Y te prometo mi auxilio en cuanto necesites! Luego añadió: "¡Pero, ante todo, es preciso que nadie te vea en esta isla! ¡Y a ese fin, aunque estoy impaciente por conocer tu historia, voy a correr a traerte los efectos indispensables para disfrazarte de amazona, con objeto de que en lo sucesivo no se te pueda distinguir entre las jóvenes guerreras vírgenes, guardias del rey y de las hijas del rey!" Y se marchó para volver al cabo de algunos instantes con una coraza, un sable, una lanza, un casco y otras armas en un todo semejantes a las que llevaban las amazonas. Y se las dió a Hassán, que cubrióse con ellas. Entonces le cogió de la mano y le condujo a una roca que se alzaba a orillas del mar, y sentándose allá con él, le dijo: "¡Ahora ¡oh extranjero! date prisa a contarme la causa que te ha impulsado hasta estas islas que ningún adamita se atrevió a abordar antes que tú!" Y después de haberle dado las gracias por sus bondades, Hassán contestó: "¡Oh mi señora! ¡mi historia es la de un desdichado que ha perdido el único bien que poseía, y recorre la tierra con la esperanza de encontrarlo!" Y le contó sus aventuras sin omitir un detalle.

Y la vieja amazona le preguntó: "¿Y cómo se llama la joven esposa tuya, y cómo se llaman tus hijos?" El dijo: "¡En mi país mis hijos se llamaban Nasser y Maussur, y mi esposa se llamaba Esplendor! ¡Pero ignoro el nombre que llevan en el país de los genn!" Y acabando de hablar, Hassán se echó a llorar abundantes lágrimas.

Cuando la vieja hubo oído la historia de Hassán y hubo visto su dolor, quedó completamente conquistada por la compasión, y le dijo: "Te juro, ¡oh Hassán! que no se interesaría por su hijo una madre más de lo que yo quiero interesarme por tu suerte. Y puesto que dices que acaso se encuentre tu esposa en medio de mis amazonas, mañana te las haré ver desnudas a todas en el mar. ¡Y después haré que desfilen una por una delante de ti para que me digas si entre ellas reconoces a tu esposa!"

Así habló la vieja Madre-de-las-Lanzas a Hassán Al-Bassri. Y le tranquilizó, afirmándole que, por medio de aquella estratagema, no dejarían de descubrir a la joven Esplendor. Y pasó con él aquel día, y le paseó por la isla, haciéndole admirar todas sus maravillas. Y acabó por quererle con un cariño grande, y le decía: "Cálmate, hijo mío! ¡Te he puesto en mis ojos! ¡Y aunque para tu placer me pidieras a todas mis guerreras, que son jóvenes vírgenes, te las daría de todo corazón amistoso!" Y le contestaba Hassán: "¡Oh mi señora! ¡Por Alah que no te abandonaré hasta que mi alma me abandone!"

Y he aquí que al día siguiente, conforme con su promesa, la vieja Madre-de-las-Lanzas se puso a la cabeza de sus guerreras al son de los tambores. Y disfrazado de amazona, hallábase sentado Hassán en la roca que dominaba el mar. ¡Y de tal modo asemejábase a alguna hija entre las hijas de los reyes! ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 607ª noche

de Anónimo



LAS AVENTURAS DE HASSAN AL-BASSRI (Continuación)[editar]

Ella dijo:

"... Y he aquí que al día siguiente, conforme con su promesa, la vieja Madre-de-las-Lanzas se puso a la cabeza de sus guerreras al son de los tambores. Y disfrazado de amazona, hallábase sentado Hassán en la roca que dominaba el mar. ¡Y de tal modo asemejábase a alguna hija entre las hijas de los reyes!

Entretanto, las jóvenes guerreras se apeaban de sus caballos a una señal de la vieja Madre-de-las-Lanzas que mandaba en ellas, desembarazándose de sus armas y de sus corazas. Y surgieron derechas como husos y brillantes ¡oh delirio de lises y de rosas! cual las lises surgen de sus hojas y las rosas de sus espinas. Y blancas y ligeras, se metieron en el mar. Y la espuma mezclóse con sus cabelleras libres y retorcidas o peinadas y enhiestas como torres. Y las protuberancias de las olas se confundían con las protuberancias de sus grupas vírgenes. Y se creerían corolas deshojadas sobre el agua.

Pero entre tantos rostros de luna y talles flexibles, entre tantos ojos negros y dientes blancos, entre tantas cabelleras de colores distintos y grupas de bendición, por más que miró Hassán no reconoció la incomparable belleza de su bienamada Esplendor. Y dijo a la vieja: "¡Oh mi buena madre, no está Esplendor entre ellas!"

Y contestó la anciana jinete: "¿Quién sabe, hijo mío? ¡Quizá la distancia no te permita enterarte bien!" Y dió una palmada, y salieron del agua todas las jóvenes y fueron a ponerse en fila sobre la arena, húmedas de pedrerías aún. Y una tras otra, flexibles y ondulantes, pasaron por delante de la roca en que estaba Hassán con la Madre-de-las-Lanzas, sin llevar encima de sí, por toda armadura, más que sus cabellos esparcidos por la espalda, y ataviadas solamente con las joyas de su carne desnuda.

¡A la sazón, ¡oh Hassán! fué cuando viste lo que viste! ¡Oh conejos de todos los colores y de todas las variedades entre los muslos de aquellas jóvenes hijas de reyes! Estabais gordos, érais redondos, estabais rollizos, érais blancos, érais cual cúpula, érais grandes, érais abovedados, érais altos, érais estrechos, érais abombados, estabais cerrados, estabais intactos, érais estrechos, érais cual sargos, érais pesados, érais morrudos, érais mudos, érais cual nidos, estabais sin orejas, érais cálidos, érais cual tiendas, estabais pelados teníais hocicos, érais sordos, estabais escondidos, érais pequeños, estabais hendidos, érais sensibles, érais cual golfos marinos, estabais secos, érais excelentes; pero de ningún modo podríais compararos con la historia de Esplendor.

Así es que Hassán dejó pasar a todas las jóvenes, y dijo a la anciana Madre-de-las-Lanzas: "¡Oh mi señora! ¡Por tu vida sobre mí, que no hay entre todas esas jóvenes ni una sola que de cerca o de lejos se parezca a Esplendor!" Y la vieja guerrera le dijo, asombrada: "¡Entonces, ¡oh Hassán! después de todas las que viste, no quedan más que las siete hijas de nuestro rey! ¡Te ruego, pues, que me des algunas señas por las cuales pueda yo reconocer a tu esposa cuando llegue la ocasión, y descríbemela con sus particularidades! ¡Y retendré tu descripción en la memoria, e informada de ese modo, no dejaré de encontrar a la que deseas!"

Y Hassán contestó: "Describírtela, ¡oh señora! es morir de impotencia; porque ninguna lengua sabría expresar todas sus perfecciones. Pero quiero darte una idea aproximada. Tiene ¡ oh mi señora! un rostro tan blanco cual un día de bendición; una cintura tan fina, que el sol no lograría alargar su sombra en el suelo; una cabellera negra y larga, que cae sobre su espalda como la noche sobre el día; unos senos que agujerean las telas más duras; una lengua cual la de las abejas; una saliva como el agua de la fuente Salsabil; unos ojos como el manantial de Kausar; una fragilidad de rama de jazmín; unos dientes cual granizos; un grano de belleza en la mejilla derecha y un antojo en el ombligo; una boca cual una cornalina, que bebe en copa y jarro; mejillas cual anémonas de Nemán; un vientre elástico y deslumbrador, tan espacioso y tan blanco como una tina de mármol; una grupa más sólida y mejor construida que la cúpula del templo de Iram; muslos vaciados en el molde de la perfección, tan dulces como los días de la reunión tras de la ausencia amarga, entre los cuales se asienta el trono del califa, santuario del reposo y de la embriaguez, y cuyo logogrifo lo describió el poeta así:

¡Mi nombre, objeto de tantos desvelos; se compone de dos letras ramosas! ¡Multiplicad cuatro por cinco y seis por diez y lo obtendréis! (La palabra árabe Koss, el "Kussos" de los griegos, se compone de dos letras, la primera de las cuales, la Kaf, se representa por 20, y la segunda, la Sin, por 60.)

Y cuando hubo dicho estas palabras, Hassán no pudo reprimir por más tiempo sus lágrimas, y se echó a llorar. Luego exclamó: "¡Mi tormento ¡oh Esplendor! es tan amargo como el tormento del derviche que ha perdido su escudilla, o el sufrimiento del peregrino que tiene una herida en el talón, o el dolor del amputado que se ve sin piernas y sin brazos!"

Cuando la anciana amazona hubo oído todo aquello, bajó la cabeza durante un momento sumida en profunda reflexión, y luego dijo a Hassán: "¡Qué calamidad! ¡Oh Hassán! ¡Te perderás sin remedio y me perderás contigo! ¡Porque la joven que acabas de describirme es sin duda una de las siete hijas de nuestro poderoso rey! ¡Qué propósitos abrigas y cuán loca es tu audacia! ¡Entre tú y ella hay la distancia que entre la tierra y el cielo, y si persistes en tu deseo, correrás a tu perdición! ¡Escúchame, pues, Hassán! ¡Renuncia a ese proyecto temerario, y no te expongas a rendir tu alma...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 608ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 608ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Escúchame, pues, Hassán! ¡Renuncia a este proyecto temerario, y no te expongas a rendir tu alma!". Al oír estas palabras de la vieja, Hassán quedose tan turbado, que se cayó desvanecido; y cuando volvió en sí, lloró tan amargamente, que se le inundaron de lágrimas las vestiduras, y en el límite de la desesperación, exclamó: "¡Así, pues, ¡oh mi caritativa tía! es preciso que me vuelva desesperado, después de haber venido de tan lejos, y en el momento en que estoy próximo a conseguir mi propósito! ¿Cómo, tras las seguridades que me diste, iba yo a dudar del éxito de mi empresa y del alcance de tu poder? ¿No eres tú quien manda en las tropas de las Siete Islas, y para quien no es imposible ninguna hazaña de este género?"

Ella contestó: "¡Sí, por cierto, hijo mío, tengo mucho ascendiente sobre mis tropas y sobre cada una en particular de las amazonas que las componen! ¡Por eso, para apartarte de tu proyecto insensato, quiero que escojas entre todas estas jóvenes guerreras la que más te guste, y te la daré en vez de tu esposa! ¡Y después regresarás con ella a tu país, y estarás al abrigo de la venganza de nuestro rey! ¡De no hacerlo así, son inevitables mi pérdida y la tuya!"

Pero a este consejo de la vieja, Hassán sólo contestó con nuevas lágrimas y nuevos sollozos. Y conmovida ante el exceso de su dolor, la vieja le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh Hassán! ¿Qué más quieres que haga en favor tuyo? ¡Si llega a descubrirse ya que te he dejado arribar a nuestras islas, no me pertenecerá mi alma!"

Y exclamó Hassán: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! te aseguro que no he mirado de manera inconveniente a esas jóvenes, ni he prestado mucha atención a su desnudez!" Y dijo la vieja: "¡Pues precisamente has hecho mal, ¡oh Hassán! porque en toda tu vida volverás a disfrutar de un espectáculo semejante! ¡De todos modos, si no te incita ninguna de esas vírgenes a decidirte a regresar a tu país y poner así en salvo tu alma, te cargaré de riquezas y productos preciosos de nuestras islas, y te colmaré de bienes que te harán rico y dichoso para el resto de tus días!" Pero Hassán se precipitó a los pies de la vieja, le abrazó las rodillas, y le dijo llorando: "¡Oh bienhechora mía! ¡oh pupila de mis ojos! ¡Oh soberana mía! ¿Cómo voy a regresar a mi país después de haber sufrido tantas fatigas y afrontado tantos peligros? ¿Cómo podría dejar esta isla sin haber visto a la bienamada cuyo amor me condujo aquí? ¡Ah! ¡Piensa ¡oh mi señora! que quizá sea la voluntad del Destino que yo encuentre a mi esposa tras de todos los sufrimientos que hube de soportar!" Y cuando dijo estas palabras, Hassán no pudo reprimir el impulso de su alma, e improvisó estas estrofas:

¡Oh reina de la belleza! ¡Ten piedad del prisionero de dos pupilas que subyugaron a los reyes de los Khosroes!
¡Ni las rosas, ni los nardos, ni las esencias aromáticas podrían substituir con sus virtudes aromáticas a tu aliento!
¡La brisa de las llanuras del paraíso se detiene en tus cabellos para perfumar a los felices que la respiran!
¡Las pléyades que brillan por la noche toman de tus ojos su claridad, y los astros nocturnos son los únicos dignos de servir de collar a tu garganta!, ¡oh blanca joven!

Cuando la anciana amazona oyó estos versos de Hassán, vió que verdaderamente sería cruel arrebatarle para siempre la esperanza de volver a ver a su esposa, y se compadeció de su dolor, y le dijo: "Hijo mío, aleja de tu pensamiento la aflicción y la desesperación. ¡Porque ya estoy en absoluto decidida a intentarlo todo para devolverte a tu esposa!" Luego añadió: "Al instante voy a empezar a trabajar en favor tuyo con toda mi alma, ¡oh pobre! ¡Porque bien veo que el enamorado carece de oído y de entendimiento! Te dejo, pues, para ir al palacio de la reina de esta isla en que nos encontramos, que es una de las siete islas Wak-Wak. Porque es preciso que sepas que cada una de estas siete islas está habitada y gobernada por una de las siete hijas de nuestro rey, las cuales son hermanas por el mismo padre, pero no de la misma madre. Y la que aquí nos gobierna es la mayor de las hermanas, y se llama la princesa Nur Al-Huda. Y voy en su busca para hablarle en favor tuyo. ¡Calma, pues, tu alma, refresca tus ojos, y espera mi vuelta con el corazón tranquilo". Y se despidió de él y se dirigió al palacio de la princesa Nur Al-Huda.

Llegada que fué a presencia de la princesa, la vieja amazona, que era respetada y querida por las hijas del rey y por el propio rey a causa de su sabiduría y de la educación y los cuidados que había dado y tenido con las jóvenes princesas, se inclinó y besó la tierra entre las manos de Nur Al-Huda. Y al punto levantóse la princesa en honor suyo, y la besó y la hizo sentarse a su lado, y le dijo: "¡Inschalah! Ojalá sean de buen presagio las nuevas que me traes! ¡Y si tienes que hacerme alguna petición o pedirme algún favor habla! ¡Heme aquí escuchándote atenta! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 609ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 609ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... habla! ¡Heme aquí escuchándote atenta!". La vieja Madre-de-las-Lanzas contestó: "¡Oh reina del siglo y del tiempo! ¡oh hija mía! vengo a ti para anunciarte un acontecimiento extraordinario que espero te sirva de distracción y de diversión. Has de saber, en efecto, que he encontrado tendido en la playa de nuestra isla a un joven de belleza maravillosa que lloraba con amargura. ¡Y como le interrogara acerca de su estancia allí, me contestó que su destino habíale arrojado a nuestras costas cuando iba en busca de su esposa! ¡Y como yo le rogara que me dijese quién era su esposa, me hizo de ella una descripción que hubo de sumirme en una gran emoción a causa tuya y a causa de tus hermanas las demás princesas! ¡Y para decir toda la verdad, debo revelarte, ¡oh reina mía! que jamás vieron mis ojos entre los genn y los efrits un joven tan hermoso como aquél!"

Cuando la princesa Nur Al-Huda hubo oído estas palabras de la vieja, montó en una cólera terrible, y gritó a la anciana amazona: "¡Oh vieja de maldición, oh hija de los mil cornudos de la infamia! ¿cómo te has atrevido a introducir a un varón en medio de nuestras vírgenes, en nuestros dominios? ¡Ah! ¡vástago de impudicia! ¿quién me dará a beber un buche de tu sangre, o comer un bocado de tu carne?".

Y la anciana guerrera se puso a temblar como una caña en medio de la tempestad, y cayó a las plantas de la princesa, que hubo de gritarle: "¿Es que no temes el castigo que atraerán sobre ti mi venganza y mi enojo? ¡Por la cabeza de mi padre, el gran rey de los genn, que no sé qué me retiene en este momento para no hacer que te corten en pedazos, a fin de que en el porvenir sirvas de escarmiento a los guías de infamia que quieran introducir en nuestras islas viajeros!"

Luego añadió: "¡Pero, ante todo, date prisa a ir en busca de ese adamita temerario que ha osado violar nuestras fronteras!" Y levantóse la vieja, sin saber ya en su terror distinguir su mano derecha de su mano izquierda, y salió para ir en busca de Hassán. Y pensaba: "¡Esta afrentosa calamidad que Alah me envía por mediación de la reina, me ha sido suscitada sólo por culpa de ese joven Hassán! ¿Por qué no le obligué a abandonar esta isla y a dejarnos ver la anchura de su espalda?" Y llegó de tal suerte al paraje en que se hallaba Hassán, y le dijo en cuanto le divisó: "Levántate, ¡oh tú, cuyo término final está próximo! ¡Y ven a ver a la reina, que tiene que hablarte!". Y Hassán siguió a la vieja, diciendo: "¡Ya salam! ¿En qué abismo voy a ser precipitado?" Y de aquella manera llegó al palacio, entre las manos de la princesa. Y le recibió ella sentada en su trono y con el rostro enteramente cubierto por su velo. Y Hassán no encontró nada mejor que hacer en tan penosa circunstancia que empezar por besar la tierra ante el trono, y después de la zalema dirigir un cumplimiento en verso a la princesa.

Entonces se encaró ella con la anciana y le hizo una seña que significaba: "¡Interrógale!" Y la anciana dijo a Hassán: "¡Nuestra poderosa reina te devuelve la zalema y te pregunta cuál es el nombre de tu esposa y cuál es el nombre de tus hijos!" Y ayudado por el Destino, contestó Hassán, encarándose con la princesa: "Reina del universo, soberana del siglo y del tiempo, ¡oh única de la época y de las edades! por lo que respecta a mi miserable nombre, sabe que me llamo Hassán el atribulado. ¡Pero respecto al nombre de mi esposa, lo ignoro! ¡En cuanto a mis hijos, uno se llama Nasser y otro Manssur!" La reina le preguntó por mediación de la anciana: "¿Y por qué te ha dejado tu esposa?" El dijo: "¡Por Alah, que no lo sé! ¡Pero debió hacerlo a pesar suyo!" La reina le preguntó: "¿De dónde se marchó ¿Y cómo?" El dijo: "¡Se marchó de Bagdad, del propio palacio del califa Harún Al-Raschid, Emir de los Creyentes! ¡Y le bastó ponerse su manto de plumas y elevarse por los aires!".

La reina preguntó: "¿Y no te dijo nada al marcharse?" El contestó: "Dijo a mi madre: «¡Si tu hijo, torturado por el dolor de mi ausencia, quiere algún día encontrarme, no tendrá más que ir en busca mía a las islas Wak-Wak! Y ahora, adiós, ¡oh madre de Hassán! ¡En verdad que me aflige mucho tener que marcharme así, y me entristezco con toda el alma, pues los días de la separación le desgarrarán el corazón y ennegrecerán vuestra vida; pero ¡ay, que ya no puedo más! ¡Siento que invade mi alma la embriaguez del aire, y es preciso que tienda el vuelo por el espacio!» ¡Así habló mi esposa! ¡Y tendió el vuelo! ¡Y desde entonces es negro el mundo ante mis ojos, y en mi pecho habita la desolación!"

La princesa Nur Al-Huda contestó, meneando la cabeza: "¡Por Alah! ¡sin duda que, si tu esposa no quisiera verte más, no habría revelado a tu madre el paraje en que se hallaba! ¡Pero, por otra parte, si te amase, verdaderamente, no te habría abandonado así!"

Entonces juró Hassán con los más firmes juramentos que su esposa le amaba verdaderamente, que le había dado mil pruebas de su afecto y de su abnegación, pero que no pudo resistir a la tentación del aire y a la de su instinto original, que era el vuelo de las aves. Y añadió: "¡Oh reina, ya te he contado mi triste historia! ¡Y heme aquí ante ti, suplicando de tu clemencia que me perdones este paso audaz, y me ayudes a buscar a mi esposa y a mis hijos! ¡Por Alah sobre ti, ¡oh soberana mía! no me rechaces!"

Cuando la princesa Nur Al-Huda hubo oído estas palabras de Hassán, reflexionó durante una hora de tiempo; luego levantó la cabeza, y dijo a Hassán: "¡Por más que reflexiono acerca del género de suplicio que mereces, no encuentro más que uno suficiente para castigar tu temeridad!" Entonces, aunque muy aterrada, la vieja se arrojó a los pies de su ama, y le cogió la orla de su traje, cubriéndose con ella la cabeza, y le dijo: "¡Oh gran reina ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 610ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 610ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Entonces, aunque muy aterrada, la vieja se arrojó a los pies de su ama, y le cogió la orla de su traje, cubriéndose con ella la cabeza, y le dijo: "¡Oh gran reina! ¡por mis títulos de nodriza que te ha criado, no te apresures a castigarle, máxime sabiendo ya que es un pobre extranjero que afrontó muchos peligros y experimentó muchas tribulaciones! Y sólo merced a la larga vida que le tiene decretado el Destino, pudo resistir los tormentos que saliéronle al paso. ¡Y lo más grande y más digno de tu nobleza ¡oh reina! es que lo perdones y no violes a costa suya los derechos de la hospitalidad! Además, considera que únicamente el amor le impulsó a esta empresa fatal; y que se debe perdonar mucho a los enamorados. Por último, ¡oh reina mía y corona de nuestra cabeza! has de saber que si me atreví a hablarte de este joven tan hermoso, es porque ninguno entre los hijos de los hombres sabe como él construir versos e improvisar odas. ¡Y para comprobar mi aserto, no tendrás más que mostrarle al descubierto tu rostro, y verás cómo sabe celebrar tu belleza!" Al oír estas palabras de la anciana, la reina sonrió, y dijo: "¡En verdad que no faltaba ya más que eso para colmar la medida!" Pero, no obstante la severidad de su actitud, la princesa Nur había quedado conmovida hasta el fondo de sus entrañas por la belleza de Hassán, y nada más de su gusto que experimentar las dotes del joven, lo mismo con versos que con lo que siempre es consecuencia de los versos. Así, pues, fingió dejarse convencer por las palabras de su nodriza, y levantándose el velo, mostró al descubierto su rostro.

Al ver aquello, Hassán lanzó un grito tan estridente, que se estremeció el palacio; y cayó sin conocimiento. Y la vieja le prodigó los cuidados oportunos y le hizo volver en sí; luego le preguntó: "¿Pero qué tienes, hijo mío? ¿Y qué viste para turbarte de ese modo?"

Y Hassán contestó: "¡Ah! ¡lo que he visto, ya Alah! ¡La reina es mi propia esposa, o por lo menos, se parece a mi esposa como la mitad de una haba partida se parece a su hermana!"

Y al oír estas palabras, la reina se echó a reír de tal manera, que se cayó de lado y dijo: "¡Este joven está loco! ¡Pues decir que soy su esposa! ¡Por Alah! ¿y desde cuándo son fecundadas las vírgenes sin auxilio del varón y tienen hijos del aire y del tiempo?"

Luego encaróse con Hassán, y le dijo riendo: "¡Oh querido mío! ¿Quieres decirme, al menos, para que me entere, en qué me parezco a tu esposa y en qué no me parezco a ella? ¡Porque noto que, a pesar de todo, sientes una perplejidad grande con respecto a mí!"

El joven contestó: "¡Oh soberana de reyes, asilo de grandes y pequeños! ¡Fué tu belleza quien me volvió loco! ¡Porque te pareces a mi esposa en los ojos más luminosos que estrellas, en la frescura de tu tez, en el encarnado de tus mejillas, en la forma erecta de tus hermosos senos, en la dulzura de tu voz, en la ligereza y elegancia de tu cintura y en otros muchos atractivos de que no hablaré por respeto a lo que permanece velado! ¡Pero, mirando bien tus encantos, encuentro entre tú y ella una diferencia, visible solamente para mis ojos de enamorado, y que no te podría expresar con la palabra!"

Cuando la princesa Nur Al-Ruda oyó estas frases de Hassán comprendió que el corazón del joven jamás se decidiría por ella; y concibió un violento despecho, y se juró descubrir cuál de sus hermanas las princesas era aquella de quien Hassán habíase convertido en esposo sin consentimiento del rey, padre de todas. Y se dijo: "¡Me vengaré así de Hassán y de su esposa, saciando en ambos mi justo rencor!" Pero ocultó sus pensamientos en el fondo de su alma, y encarándose con la vieja, dijo: "¡Oh nodriza! ve pronto a buscar a mis seis hermanas, a cada una en la isla que habita, y diles que me pesa en extremo su ausencia, pues hace ya más de dos años que no me han visitado. ¡E invítales de parte mía a que vengan a verme, y tráetelas contigo! ¡Pero líbrate sobre todo de decirles una palabra de lo que ha sucedido ni de anunciarles la llegada de un extranjero joven que va en busca de su esposa! ¡Ve, y no tardes!"

La anciana, que no podía suponer las intenciones de la princesa, salió del palacio en seguida, y rápida como el relámpago, voló a las islas en que se hallaban las seis princesas, hermanas de Nur Al-Ruda. Y sin dificultad logró decidir a las cinco primeras a que la siguieran. Pero cuando llegó a la séptima isla, donde habitaba la princesa más joven con su padre, el rey de reyes de los genn, le costó mucho trabajo hacerla acceder al deseo de Nur Al-Huda. Porque, no bien fué la princesa más joven a pedir a su padre el rey permiso para ir con la Madre-de-las-Lanzas a visitar a su hermana mayor, el rey, conmovido hasta el límite de la conmoción por aquella demanda, exclamó: "¡Ah hija mía bienamada, preferida de mi corazón! Algo en mi alma me dice que no te veré ya como te alejes de este palacio. Y además, esta noche he tenido un sueño aterrador que voy a contarte. Sabe, pues, hija mía, ¡oh pupila de mis ojos! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 611ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 611ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Sabe, pues, hija mía, ¡oh pupila de mis ojos! que esta noche un ensueño pesó sobre mi sueño y oprimió mi pecho. En efecto, durante mi ensueño, paseábame por entre un tesoro oculto a todas las miradas y cuyas riquezas sólo se mostraban a mis ojos. Y admiraba yo cuanto veía; pero no se detenían mis miradas más que sobre siete piedras preciosas que brillaban con resplandor espléndido en medio de todo lo demás. Pero la más pequeña era la más hermosa y la más atrayente. Así es que, para admirarla mejor y ponerla al abrigo de las miradas, la cogí en mi mano, la apreté contra mi corazón y abandoné el tesoro, llevándomela conmigo. Y cuando la tenía ante mis ojos bajo los rayos del sol, un pájaro de especie extraordinaria, y como nunca se ha visto en estas islas, cayó de pronto sobre mí, me arrancó la piedra preciosa y emprendió el vuelo. Y quedé sumido en el estupor y en el dolor más vivo. Y al despertar, tras de toda una noche de tormentos, hice venir a los intérpretes de ensueños y les pedí la explicación de lo que en mi ensueño había visto. Y me contestaron: «¡Oh rey nuestro! ¡Las siete piedras preciosas son tus siete hijas, y la piedra más pequeña, arrebatada de entre tus manos por el pájaro, es tu hija más pequeña, que por fuerza arrancarán a tu afecto! ¡Y he aquí, hija mía, que ahora tengo mucho miedo a dejarte que te alejes con tus hermanas y la Madre-de-las-Lanzas para ir a ver a tu hermana mayor Nur Al-Huda, pues no sé qué contratiempos pueden surgir en tu viaje, ya al ir, ya al volver!"

Y Esplendor (que ella propia era la esposa de Hassán), contestó: "¡Oh soberano y padre mío! ¡oh gran rey! no ignoras que mi hermana mayor, Nur Al-Huda, ha preparado en honor mío una fiesta, y me espera con la más viva impaciencia. Y hace ya más de dos años que pienso siempre en ir a verla; y debe tener ahora toda clase de motivos para no estar muy satisfecha de mi conducta. Pero no temas nada, ¡Oh padre mío! Y no olvides que hace algún tiempo, cuando hice con mis compañeras un viaje lejano, también me creíste perdida para siempre; y me guardaste luto. ¡Y sin embargo, volví sin contratiempos y con buena salud!

¡De la misma manera me ausentaré esta vez todo lo más un mes, al cabo del cual regresaré, si Alah quiere! Además, si se tratase de alejarme de nuestro reino, comprendo tu emoción; pero aquí, en nuestras islas, ¿a qué enemigo puedo temer? ¿Quién podrá llegar a las islas Wak-Wak, después de haber cruzado la Montaña-de-las-Nubes, las Montañas Azules, las Montañas Negras, los Siete Valles, los Siete Mares y la Tierra de Alcanfor Blanco, sin perder mil veces su alma en el camino? ¡Ahuyenta, pues, de tu espíritu toda inquietud, ¡oh padre mío! refresca tus ojos y tranquiliza tu corazón!"

Cuando el rey de los genn oyó estas palabras de su hija, consintió en dejarla marchar, aunque de muy mala gana, y haciéndole prometer que no estaría con su hermana más que unos días. Y le dió una escolta de mil amazonas, y la besó con ternura. Y Esplendor se despidió de él, y después de ir a besar a sus dos hijos al sitio en donde estaban ocultos, sin que nadie sospechara su existencia, pues desde su llegada se los confió a dos esclavas abnegadas, siguió a la vieja y a sus hermanas, encaminándose a la isla en que reinaba Nur Al-Huda. Y he aquí que, para recibir a sus hermanas, Nur Al-Huda se había puesto un traje de seda roja, adornado con pájaros de oro cuyos ojos, picos y uñas eran de rubíes y esmeraldas; y cargada de atavíos y pedrerías, hallábase sentada sobre el trono en la sala de audiencias. Y ante ella manteníase de pie Hassán; y a su derecha estaban formadas en filas unas jóvenes con espadas desnudas; y a su izquierda había otras jóvenes con largas lanzas puntiagudas.

En aquel momento llegó la Madre-de-las-Lanzas con las seis princesas. Y pidió audiencia, y por orden de la reina introdujo primero a la mayor de las seis, que se llamaba Nobleza-de-la-Raza. Iba vestida con un traje de seda azul y era aún más bella que Nur Al-Huda. Y se adelantó hasta el trono, y besó la mano de su hermana, que hubo de levantarse en honor suyo y la besó y la hizo sentarse a su lado.

Luego se encaró con Hassán, y le dijo: "Dime, ¡oh adamita! ¿es ésta tu esposa?" Y contestó Hassán: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que es maravillosa y bella como la luna al salir; tiene cabellera de carbón, mejillas delicadas, boca sonriente, senos erguidos, coyunturas finas y extremidades exquisitas! y diré, para celebrarla, en verso:

¡Avanza vestida de azul, y se la creería un pedazo arrancado del azul de los cielos!
¡En sus labios trae una colmena de miel, en sus mejillas un pénsil de rosas, y en su cuerpo, corolas de jazmín!
¡Al ver su talle recto y fino y su grupa monumental, se la tomaría por una caña hundida en un montículo de movible arena!
"Así la veo, ¡oh mi señora! ¡Pero entre ella y mi esposa hay una diferencia que se niega a expresar mi lengua!"

Entonces Nur Al-Huda hizo seña a la vieja nodriza para que introdujera a su segunda hermana. Y entró la joven, vestida con un traje de seda color de albaricoque. Y era aún más bella que la primera; y se llamaba Fortuna-de-la-Casa. Y tras de besarla, su hermana la hizo sentarse al lado de la anterior, y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa. Y Hassán contestó...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 612ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 612ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa. Y Hassán contestó: "¡Oh soberana mía! arrebata la razón de quienes la miran, y encadena los corazones de quienes se acercan a ella; y he aquí los versos que me inspira:

¡La lucha del verano en medio de una noche de invierno, no es más hermosa que tu llegada, ¡oh joven!
Las trenzas negras de tus cabellos, prolongadas hasta tus tobillos, y las bandas tenebrosas que te ciñen la frente, me impulsan a decirte:
"¡Ensombreces la aurora con el ala de la noche!" Pero tú me contestas: "¡No, no! ¡sólo es una nube que ha ocultado la luna!"
"¡Así la veo, oh soberana mía! ¡Pero entre ella y mi esposa hay una diferencia que mi lengua es impotente para describir!"

Entonces Nur Al-Huda hizo seña a la Madre-de-las-Lanzas, que apresuróse a introducir a la tercera hermana. Y entró la joven vestida con un traje de seda granate; y era aún más bella que las dos primeras, y se llamaba Claridad-Nocturna. Y después de besarla, su hermana la hizo sentarse al lado de la anterior, y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa.

Y Hassán contestó: "¡Oh reina mía y corona de mi cabeza! en verdad que hace huir la razón de los más prudentes, y mi asombro ante ella me induce a improvisar estos versos:

¡Te balanceas ligera cual la gacela, ¡oh llena de gracia! y tus párpados, a cada movimiento, lanzan flechas mortales!
¡Oh sol de belleza! ¡Tu aparición llena de gloria los cielos y las tierras, y tu desaparición tiende tinieblas sobre la faz del universo!
"Así la veo, ¡oh reina del tiempo! ¡Pero, a pesar de todo, mi alma se niega a reconocer en ella a mi esposa, no obstante la semejanza extremada de las facciones y el ademán!"

Entonces, a una seña de Nur Al-Huda, la vieja amazona introdujo a la cuarta hermana, que se llamaba Pureza-del-Cielo. Y la joven iba vestida con un traje de seda amarilla con dibujos a lo ancho y a lo largo. Y besó a su hermana, que la hizo sentarse al lado de las otras. Y al verla Hassán, improvisó estos versos:

¡Aparece como la luna llena en una noche feliz, y sus miradas mágicas alumbran nuestro camino!
¡Si me acerco a ella para calentarme con el fuego de sus ojos, al punto véome rechazado por los centinelas que la defienden: sus dos senos firmes y duros cual la piedra del granito!

"Y no la describo toda entera, porque para ello tendría que improvisar una oda larga. ¡Sin embargo, ¡oh mi señora! debo decirte que no es mi esposa, aunque su semejanza con ella asombre! Entonces Nur Al-Huda hizo entrar a su quinta hermana, que se llamaba Blanca-Aurora, y que se adelantó moviendo las caderas; y era tan flexible como una rama de ban y tan ligera como un tierno pavo real. Y tras de haber besado a su hermana mayor, sentóse en el sitio que le asignaron, al lado de las demás, y se arregló los pliegues de su traje de seda verde labrado de oro. Y Hassán, al verla, improvisó estos versos:

¡La flor roja de la granada no está mejor velada con sus hojas verdes que vestida estás tú ¡oh joven! con esa camisa encantadora!
Y si te pregunto: "¿Qué vestidura es esa que tan bien sienta a tus mejillas solares?" Me respondes: "¡No tiene nombre, porque es mi camisa!"
Y exclamo yo: "¡Oh maravillosa camisa tuya, causa de tantas heridas mortales! ¡te llamaré la camisa que parte corazones!
¿Y no eras tú aún más maravillosa, ¡oh joven!? Si te yergues con tu belleza para deslumbrar ojos humanos, tus caderas te dicen: "¡No te muevas! ¡no te muevas! ¡Lo que va detrás de nosotras es demasiado abrumador para nuestras fuerzas!"
Y si entonces avanzo implorándote ardientemente, tu belleza me dice: "¡Anda! ¡anda!" Pero cuando me dispongo a obrar, me dice tu pudor: "¡No! ¡no!"

Cuando Hassán hubo recitado estos versos, toda la concurrencia quedó maravillada de su talento; y la propia reina, a pesar de su rencor, no pudo por menos de mostrarle su admiración. Así es que la vieja amazona, protectora de Hassán, se aprovechó del buen cariz que tomaba el asunto para tratar de volver a Hassán a la gracia de la vengativa princesa, y le dijo: "¡Oh soberana mía! ¿te había engañado al hablarte del arte admirable de este joven para la construcción de versos? ¿Y acaso no es delicado y discreto en sus improvisaciones? ¡Te ruego, pues, que olvides por completo la audacia de su empresa, y le agregues a tu persona en adelante como poeta, utilizando su talento, para las fiestas y ocasiones solemnes!"

Pero la reina contestó: "¡Sí!" ¡mas quisiera acabar la prueba ante todo! ¡Haz que entre ahora mi hermana pequeña...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 613ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 613ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Sí! ¡mas quisiera acabar la prueba ante todo! ¡Haz que entre ahora mi hermana pequeña!" Y salió la vieja, y un instante después volvió llevando de la mano a la joven menor, la cual se llamaba Ornamento-del-Mundo, ¡y no era otra que Esplendor!

¡Así entraste, ¡oh Esplendor! e ibas vestida sólo con tu belleza, desdeñando atavíos y velos engañosos! ¡Pero qué Destino tan lleno de calamidades te seguía los pasos! ¡Tú lo ignorabas, sin saber todavía cuanto estaba escrito con respecto a ti en el libro de la suerte!

Cuando Hassán, que se hallaba de pie en medio de la sala, vió llegar a Esplendor, lanzó un grito estridente y cayó en tierra, privado de sentido. Y al oír aquel grito. Esplendor se volvió y reconoció a Hassán. Y conmovida de ver a su esposo, a quien creía tan lejos, se desplomó cuán larga era, contestando con otro grito, y perdió el conocimiento.

Al ver aquello, la reina Nur Al-Huda no dudó ni por un instante de que su última hermana fuese la esposa de Hassán, y no pudo disimular más tiempo sus celos y su furor. Y gritó a sus amazonas: "¡Coged a ese adamita y arrojadle de la ciudad!" Y las guardias ejecutaron la orden, y se llevaron a Hassán y fueron a arrojarle de la ciudad a la playa. Luego la reina encaróse con su hermana, a la cual habían hecho volver de su desmayo, y le gritó: "¡Oh libertina! ¿Cómo te arreglaste para conocer a ese adamita? ¡Y cuán criminal fué en todos sentidos tu conducta! ¡No solamente te casaste sin el consentimiento de tu padre y de tu familia, sino que abandonaste a tu esposo y dejaste tu casa! ¡Y así has envilecido tu raza y la nobleza de tu raza! ¡Esa ignominia no puede lavarse más que con tu sangre!" Y gritó a sus mujeres: "¡Traed una escala, y atad a ella por los cabellos a esa criminal, y azotadla hasta que brote sangre!" Luego salió de la sala de audiencias con sus hermanas, y fué a su aposento para escribir a su padre el rey una carta en la cual le enteraba con todos sus detalles de la historia de Hassán y su hermana, y al mismo tiempo que el oprobio salpicado sobre toda la raza de los genn, le participaba el castigo que creyó oportuno imponer a la culpable. Y terminaba la carta pidiendo a su padre que le respondiera lo más pronto posible para decirle su opinión acerca del castigo definitivo que pensaba infligir a la hija criminal. Y confió la carta a una mensajera rápida, que apresuróse a llevársela al rey.

Cuando el rey leyó la carta de Nur Al-Ruda, vió ennegrecerse el mundo ante sus ojos, e indignado hasta el límite de la indignación por la conducta de su hija menor, contestó a su hija mayor que todo castigo sería leve en comparación con el delito, y que había de condenar a muerte a la culpable; pero que, a pesar de todo, dejaba el cuidado de ejecutar esta orden a la prudencia y justicia de la joven.

Y he aquí que, mientras Esplendor, abandonada en manos de su hermana, gemía atada por los cabellos a la escala, y esperaba el suplicio, Hassán, a quien habían arrojado a la playa, acabó por volver de su desmayo, y hubo de pensar en la gravedad de su desgracia, cuyo alcance, por cierto, no suponía aún. ¿Qué iba a esperar ya? Ahora que ningún poder lograría socorrerle, ¿qué iba a intentar y cómo iba a arreglarse para salir de aquella isla maldita? Y se incorporó, presa de la desesperación, y echó a andar sin rumbo a lo largo del mar, confiando todavía en hallar algún remedio para sus males. Y entonces acudieron a su memoria estos versos del poeta:

¡Cuando no eras más que un germen en el seno de tu madre, formé tu destino con arreglo a Mi justicia, y lo orienté en el sentido de Mi Visión!
¡Deja, pues, ¡oh criatura! que sigan su curso los acontecimientos: no puedes oponerte a ello!
¡Y si la adversidad se cierne sobre tu cabeza, deja a tu destino el cuidado de desviarla!

Este precepto de prudencia reanimó un tanto el valor de Hassán, que continuó caminando a la ventura por la playa y tratando de adivinar lo sucedido durante su desmayo, y por qué le habían abandonado de aquel modo sobre la arena. Y mientras reflexionaba de tal suerte, encontróse con dos pequeñas amazonas de unos diez años que estaban pegándose puñetazos. Y no lejos de ellas, vió tirado en tierra un gorro de cuero sobre el cual aparecían trazados dibujos y escrituras. Y se acercó a las niñas, procuró separarlas, y les preguntó por el motivo de su querella. Y le dijeron que se disputaban la posesión de aquel gorro. Entonces Hassán les preguntó si querían que actuara de juez y si se entregaban a él para que las pusiera de acuerdo acerca de la posesión del gorro. Y en cuanto las niñas aceptaron la proposición, Hassán cogió el gorro, y les dijo: "¡Pues bien; voy a tirar al aire una piedra, y el gorro será para aquella de vosotras dos que antes me la traiga ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 614ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 614ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Pues bien; voy a tirar al aire una piedra, y el gorro será para aquella de vosotras dos que antes me la traiga". Y dijeron las pequeñas amazonas: "¡Excelente idea!" Entonces Hassán cogió un guijarro de la playa y lo lanzó a lo lejos con todas sus fuerzas. Y en tanto que las muchachas corrían en pos del guijarro, Hassán se puso el gorro en la cabeza, para probárselo, y se lo dejó puesto. Pero, al cabo de unos instantes, volvieron las niñas, y gritaba la que había cogido el guijarro: "¿Donde estás, ¡oh hombre!? ¡He ganado yo!"

Y llegó hasta el sitio en que estaba Hassán, y se puso a mirar por todos lados, sin ver a Hassán. Y su hermana también miraba en torno suyo por todas direcciones, pero no veía a Hassán. Y Hassán se preguntaba: "¡El caso es que estas pequeñas amazonas no son ciegas! ¿Por qué no me ven, entonces?" Y les gritó: "¡Estoy aquí! ¡Venid!" Y las chiquillas miraron en la dirección de donde partía la voz, pero no vieron a Hassán; y tuvieron miedo, y se echaron a llorar. Y Hassán se acercó a ellas y las tocó en el hombro, y les dijo: "¡Heme aquí! ¿Por qué lloráis, niñas?" Y las muchachas levantaron la cabeza, pero no vieron a Hassán. Y se aterraron tanto entonces, que echaron a correr con todas sus fuerzas, lanzando gritos estridentes, como si las persiguiese un genni de mala especie. Y a la sazón se dijo Hassán: "¡No cabe duda! ¡Este gorro está encantado! ¡Y su encanto consiste en hacer invisible a quien lo lleva en la cabeza!" Y se puso a bailar de alegría, diciéndose: "¡Alah me lo envía! ¡Porque, con este gorro en la cabeza, puedo correr a ver a mi esposa sin que a mí me vea nadie!"

Y al punto retornó a la ciudad, y para comprobar mejor las virtudes de aquel gorro, quiso experimentar su efecto ante la amazona vieja. Y la buscó por todas partes, y acabó por encontrarla en su aposento del palacio, sujeta con una cadena a una anilla empotrada en la pared, por orden de la princesa. Entonces, para asegurarse de si era invisible realmente, se acercó a un estante en el que habían colocado vasos de porcelana, y tiró al suelo el vaso más grande, que fué a romperse a los pies de la vieja. Y lanzó entonces ella un grito de espanto, creyéndolo una fechoría de los malos efrits que estaban a las órdenes de Nur Al-Huda. Y le pareció oportuno pronunciar las fórmulas conjuratorias, y dijo: "¡Oh efrit! ¡Por el nombre grabado en el sello de Soleimán, te ordeno que me digas tu nombre!"

Y contestó Hassán: "¡No soy un efrit, sino tu protegido Hassán Al-Bassri! ¡Y vengo a libertarte!" Y diciendo estas palabras, se quitó su gorro mágico y dejóse ver y reconocer. Y exclamó la vieja: "¡Ah! ¡Desgraciado de ti, infortunado Hassán! ¿Acaso no sabes que la reina se ha arrepentido ya de no haber hecho que te dieran la muerte a su vista, y que por todas partes ha enviado esclavos en tu persecución, prometiendo un quintal de oro como recompensa a quien te entregue a ella, muerto o vivo? ¡No pierdas un instante, pues, y salva tu cabeza apelando a la fuga!" Luego puso a Hassán al corriente de los suplicios terribles que para hacer morir a su hermana preparaba la reina con el asentimiento del rey de los genn.

Pero Hassán contestó: "¡Alah la salvará y nos salvará a todos de las manos de esa princesa cruel! ¡Mira este gorro! ¡Está encantado! ¡Y merced a él puedo andar por todas partes siendo invisible!" Y exclamó la anciana: "¡Loores a Alah, que reanima las osamentas de los muertos, ¡oh Hassán! y te ha enviado para salvación nuestra ese gorro! ¡Date prisa a libertarme, a fin de que te enseñe el calabozo en que está encerrada tu esposa!" Y Hassán cortó las ligaduras de la vieja, y la cogió de la mano, y se cubrió la cabeza con el gorro encantado. Y al punto se hicieron invisibles ambos. Y la vieja le condujo al calabozo en que yacía su esposa Esplendor atada por los cabellos a una escala y esperando a cada instante la muerte en medio de suplicios. Y la oyó él recitar a media voz estos versos:

¡La noche es oscura, y triste es mi soledad! ¡oh ojos míos, dejad que corra el manantial de mis lágrimas! ¡Mi bienamado está lejos de mí! ¿De dónde ha de llegarme la esperanza, si mi corazón y la esperanza han partido con él?
¡Brotad, oh lágrimas mías ¡brotad de mis ojos! pero ay! ¿conseguiréis apagar alguna vez el fuego que me devora las entrañas? ... ¡Oh fugitivo amante! ¡sepultada en mi corazón está tu imagen, y ni los mismos gusanos de la tumba conseguirán borrarla!

Y aunque hubiera preferido no obrar precipitadamente, a fin de evitar a su esposa una emoción demasiado grande, Hassán, al oír y ver a su bienamada Esplendor, no pudo resistir por más tiempo los tormentos que le agitaban, y se quitó el gorro y se abalanzó a ella, rodeándola con sus brazos. Y ella le reconoció, y se desmayó contra su pecho. Y ayudado por la vieja, Hassán cortó las ligaduras, y con mucho cuidado, la hizo volver en sí, y se la sentó en las rodillas, haciéndole aire con la mano. Y abrió los ojos ella, y con lágrimas en las mejillas, le preguntó: "¿Has bajado del cielo, o has salido del seno de la tierra? ¡Oh esposo mío! ¡ay! ¡Ay! ¿Qué podemos contra el Destino? ¡Lo que está escrito debe suceder! ¡Date prisa, pues, a dejar que mi destino siga su curso, y vuélvete por donde viniste para no causarme el dolor de verte a ti también víctima de la crueldad de mi hermana!"

Pero Hassán contestó: "¡Oh bienamada! ¡oh luz de mis ojos! ¡he venido para libertarte y llevarte conmigo a Bagdad, lejos de este país cruel!" Pero exclamó ella: "¡Ah Hassán! ¿qué nueva imprudencia vas a cometer todavía? ¡Por favor, retírate, y no aumentes mis sufrimientos con los tuyos!" Pero Hassán contestó: "¡Oh Esplendor, alma mía! has de saber que no saldré de este palacio sin ti y sin nuestra protectora, que es esta buena tía que aquí ves. ¡Y si me preguntas de qué medio voy a valerme, te enseñaré este gorro ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 615ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 615ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

¡... Y si me preguntas de qué modo voy a valerme, te enseñaré este gorro!" Y Hassán le hizo ver el gorro encantado, lo probó ante ella, desapareciendo de repente en cuanto se lo puso en la cabeza, y le contó luego cómo lo había arrojado en su camino Alah para que fuese causa de su liberación. Y con las mejillas cubiertas de lágrimas de alegría y de arrepentimiento, Esplendor dijo a Hassán: "¡Alah! de todos los sinsabores que hemos sufrido tengo yo la culpa por haber abandonado sin permiso tuyo nuestra morada de Bagdad. ¡Oh mi señor bienamado! ¡por favor, no me hagas ya los reproches que merezco, pues bien veo ahora que una mujer debe saber todo lo que su esposo vale! ¡Y perdóname mi falta, para la cual imploro indulgencia ante Alah y ante ti! ¡Y discúlpame un poco teniendo en cuenta que mi alma no supo resistirse a la emoción que la embargó al ver el manto de plumas!"

¡Y contestó Hassán: "¡Por Alah, ¡oh Esplendor! que sólo yo soy culpable por haberte dejado sola en Bagdad! ¡Debí llevarte conmigo siempre! ¡Pero puedes estar tranquila de que en el porvenir así lo haré!" Y habiendo dicho estas palabras, se la echó a la espalda, cogió también de la mano a la vieja, y se cubrió la cabeza con el gorro. Y los tres se tornaron invisibles. Y salieron del palacio, y a toda prisa se encaminaron a la séptima isla, en que estaban ocultos sus dos hijitos, Nasser y Manssur.

Entonces Hassán, aunque se hallaba en el límite de la emoción por haber vuelto a ver a sus dos hijos sanos y salvos, no quiso perder tiempo en efusiones de ternura; y confió ambos niños a la vieja, la cual se los colocó a horcajadas uno en cada hombro. Después, sin que la viese nadie, Esplendor consiguió atrapar tres mantos de plumas completamente nuevos; y se los pusieron. Luego cogiéronse de la mano los tres, y abandonando sin pena las islas Wak-Wak, volaron hacia Bagdad.

Y he aquí que Alah les escribió la seguridad, y tras de un viaje hecho por pequeñas etapas, llegaron a la Ciudad de Paz una mañana. Y aterrizaron en la terraza de su morada; y bajaron por la escalera y penetraron en la sala donde estaba la pobre madre de Hassán, a quien los pesares y las inquietudes habían puesto enferma y casi ciega. Y Hassán escuchó un instante a la puerta, y oyó gemir y desesperarse dentro a la pobre mujer. Entonces llamó, y la voz de la vieja hubo de preguntar: "¿Quién hay a la puerta?" Hassán contestó: "¡Oh madre mía! ¡el Destino, que quiere reparar sus rigores!"

Al oír estas palabras, sin saber aún si aquello era una ilusión o la realidad, la madre de Hassán corrió con sus débiles piernas a abrir la puerta. Y vió a su hijo Hassán con su esposa y sus hijos, y a la vieja amazona, que se mantenía discretamente detrás de ellos. Y como la emoción era demasiado fuerte para ella, la anciana cayó desvanecida en brazos de los recién llegados. Y Hassán la hizo volver en sí bañándola con sus lágrimas. Y Esplendor avanzó hacia ella y la colmó de mil caricias, pidiéndole perdón por haberse dejado vencer por su instinto original. Después hicieron adelantarse a la Madre-de-las-Lanzas y se la presentaron como su salvadora y la causante de su liberación. Y entonces Hassán contó a su madre todas las aventuras maravillosas que le habían sucedido, y que es inútil repetir. Y a la vez glorificaron al Altísimo, que permitió se reunieran.

Y desde entonces vivieron todos juntos la vida más deliciosa y más llena de dicha. Y merced al tambor mágico, no dejaron de ir cada año todos en caravana a visitar a las siete princesas, hermanas de Hassán, que vivían sobre la Montaña de las Nubes, en el palacio de cúpula verde. ¡Y después de numerosos años, fué a visitarle la Destructora inexorable de alegrías y placeres! ¡Loores y gloria a Quien domina en el imperio de lo visible y de lo indivisible, al Viviente, al Eterno, que no conoce la muerte!

Cuando Schehrazada hubo contado de tal modo aquella historia, la pequeña Doniazada se colgó a su cuello, y la besó en la boca, y le dijo: "¡Oh hermana mía! ¡cuán maravillosa y gustosa es esa historia, y cuán encantadora y deleitosa es! ¡Ah! ¡cuánto quiero a Botón-de-Rosa, y cómo siento que Hassán no la tomara por esposa al mismo tiempo que a Esplendor!"

Y el rey Schahriar dijo: "¡Asombrosa es esa historia, Schehrazada! ¡Y me hizo olvidarme de muchas cosas que desde mañana quiero poner en ejecución!"

Y dijo Schehrazada: "¡Sí, ¡oh rey! pero nada es, comparada con la que todavía tengo que contarte, relativa al CUESCO HISTÓRICO!" Y exclamó el rey Schahriar: "¿Cómo dices Schehrazada? ¿Y qué cuesco histórico es ese que no conozco?"

Schehrazada dijo: "¡Es el que voy a someter mañana al rey, si estoy con vida aún!" Y el rey Schahriar se dijo: "¡En verdad que no la mataré mientras no me haya instruido acerca de lo que dice!"

Y en aquel momento Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 616ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 616ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"Esta anécdota, ¡oh rey afortunado!, nos la transmite EL DIVÁN DE LAS GENTES ALEGRES Y DESPREOCUPADAS. ¡Y no quiero diferir por más tiempo el contártela!" Y dijo Schehrazada:



EL DIVAN DE LAS GENTES ALEGRES Y DESPREOCUPADAS[editar]

EL CUESCO HISTORICO[editar]

Se cuenta -pero Alah es más sabio- que en la ciudad de Kaukabán, en el Yamán, había un beduino de la tribu de los Fazli, llamado Abul-Hossein, quien ya hacía largos años que abandonó la vida de los beduinos, y se había convertido en un ciudadano distinguido y en un mercader entre los mercaderes más opulentos. Y se casó por primera vez en la época de su juventud; pero Alah llamó a la esposa a Su misericordia al cabo de un año de matrimonio. Así es que los amigos de Abul-Hossein no cesaban de apremiarle con respecto a un nuevo matrimonio, repitiéndole las palabras del poeta:

¡Levántate, compañero, y no dejes transcurrir en balde la estación de primavera!
¡Ahí está la joven! ¡Cásate! ¿No sabes que en la casa una mujer es un almanaque excelente para todo el año?

Y Abul-Hossein, por último, sin poder ya resistirse a todas las insinuaciones de sus amigos, se decidió a entablar negociaciones con las damas viejas componedoras de matrimonios; y acabó por casarse con una joven tan hermosa cual la luna cuando brilla sobre el mar. Y con motivo de sus nupcias dió grandes festines, a los que invitó a todos sus amigos y conocidos, así como a ulemas, fakires, derviches y santones. Y abrió de par en par las puertas de su casa, e hizo que sirvieran a sus invitados manjares de toda especie, y entre otras cosas, arroz de siete colores diferentes, y sorbetes, y corderos rellenos de avellanas, almendras, alfónsigos y pasas, y una cría de camello asada entera y servida en un pedazo. Y todo el mundo comió y bebió y disfrutó de júbilo, de alegría y de contento. Y se paseó y exhibió a la esposa ostentosamente siete veces seguidas, vestida cada vez con un traje distinto y más hermoso que el anterior. E incluso por octava vez la pasearon en medio de la concurrencia, para satisfacción de los invitados que no habían podido recrear sus ojos en ella lo bastante. Tras de lo cual, las damas de edad la introdujeron en la cámara nupcial y la acostaron en un lecho alto como un trono, y la prepararon en todos sentidos para la entrada del esposo.

Entonces, destacándose del cortejo, Abul-Hossein penetró lentamente y con dignidad en el aposento de la desposada. Y sentóse un instante en el diván para probarse a sí propio y mostrar a su esposa y a las damas del cortejo cuán lleno estaba de tacto y de mesura. Luego se levantó con cortesía para recibir las felicitaciones de las damas y despedirse de ellas antes de acercarse al lecho, donde le esperaba modestamente su esposa, cuando he aquí ¡oh calamidad! que de su vientre, que estaba atiborrado de viandas pesadas y de bebidas, escapó un cuesco ruidoso hasta el límite del ruido, terrible y prolongado. ¡Alejado sea el Maligno!

Al oír aquel ruido, cada dama se encaró con la que tenía al lado, poniéndose a hablar en voz alta y fingiendo no haber oído nada; y también la desposada, en lugar de echarse a reír o de burlarse, se puso a hacer sonar sus brazaletes. Pero Abul-Hossein, confuso hasta el límite de la confusión, pretextó una necesidad urgente, y con vergüenza en el corazón, bajó al patio, ensilló su yegua, saltó al lomo del animal, y abandonó su casa, y la boda, y la desposada, huyó a través de las tinieblas de la noche. Y salió de la ciudad, y se adentró en el desierto. Y de tal suerte llegó a orillas del mar, en donde vió un navío que partía para la India. Y se embarcó en él, y llegó a la costa de Malabar.

Allí hizo amistad con varias personas oriundas del Yamán, que le recomendaron al rey del país. Y el rey le dió un cargo de confianza y le nombró capitán de su guardia. Y vivió en aquel país diez años, honrado y respetado, y con la tranquilidad de una vida deliciosa. Y cada vez que el recuerdo del cuesco asaltaba su memoria, lo ahuyentaba como se ahuyentan los malos olores.

Pero al cabo de aquellos diez años le poseyó la nostalgia del país natal; y poco a poco enfermó de languidez; y sin cesar suspiraba pensando en su casa y en su ciudad; y creyó morir de aquel deseo reconcentrado. Pero un día, sin poder ya resistir a los apremios de su alma, ni siquiera se tomó tiempo para despedirse del rey, y se evadió y retornó al país de Hadramón, en el Yemán. Allí disfrazose de derviche y fué a pie a la ciudad de Kaukabán; y ocultando su nombre y su condición, llegó de tal modo a la colina que dominaba la ciudad. Y con los ojos llenos de lágrimas vió la terraza de su antigua casa y las terrazas contiguas, y se dijo: "¡Menos mal si no me reconoce nadie! ¡Haga Alah que todos hayan olvidado mi historia!"

Y pensando así bajó de la colina y tomó por atajos extraviados para llegar a su casa. Y en el camino vió a una vieja que, sentada en el umbral de una puerta, quitaba piojos de la cabeza a una niña de diez años; y decía la niña a la vieja: "¡Oh madre mía! desearía saber la edad que tengo, porque una de mis compañeras quiere hacer mi horóscopo. ¿Vas a decirme, pues, en qué año he nacido?"

Y la vieja reflexionó un momento, y contestó: "¡Naciste, ¡oh hija mía! en el mismo año y en la misma noche en que Abul-Hossein soltó el cuesco!"

Cuando el desdichado Abul-Hossein oyó estas palabras, hubo de desandar lo andado y echó a correr con piernas más ligeras que el viento. Y se decía: "¡He aquí que tu cuesco es ya una fecha en los anales! ¡Y se transmitirá a través de las edades mientras de las palmeras nazcan flores!" Y no dejó de correr y de viajar hasta llegar al país de la India. Y vivió en el destierro con amargura hasta su muerte. ¡Sean con él la misericordia de Alah y su piedad!

Después Schehrazada todavía dijo aquella noche:


LOS DOS CHISTOSOS[editar]

He llegado a saber también, ¡oh rey afortunado! que en la ciudad de Damasco, en Siria, había antaño un hombre reputado por sus buenas jugarretas, sus chistes y sus atrevimientos, y en El Cairo, otro hombre no menos famoso por las mismas cualidades. Y he aquí que el bromista de Damasco, que a menudo oía hablar de su compañero de El Cairo, anhelaba mucho conocerle, tanto más cuanto que sus clientes habituales le decían de continuo: "¡No cabe duda! ¡el egipcio es incuestionablemente mucho más intencionado, más inteligente, más listo y más chistoso que tú! ¡Y su trato es mucho más divertido que el tuyo! ¡Si acaso no nos creyeras, no tienes más que ir a El Cairo a verle actuar, y comprobarás su superioridad!" Y arregláronse de manera que se dijo el hombre: "¡Por Alah ¡ya veo que no me queda más remedio que ir a El Cairo a observar por mis propios ojos si es cierto lo que de él se dice!"

Y lió sus bártulos y abandonó Damasco, que era su ciudad, y partió para El Cairo, adonde llegó, con asentimiento de Alah, en buena salud. Y sin tardanza preguntó por la morada de su rival, y estuvo a visitarle. Y fué recibido con todas las consideraciones de una hospitalidad amplia, y fué honrado y albergado tras los deseos de bienvenida más cordiales.

Luego pusiéronse ambos a contarse mutuamente las cosas más importantes del mundo, y pasaron la noche charlando alegremente.

Pero al día siguiente, el hombre de Damasco dijo al hombre de El Cairo: "¡Por Alah, ¡oh compañero! que no he venido desde Damasco a El Cairo más que para juzgar por mis propios ojos acerca de las buenas jugarretas y de las bromas que sin cesar gastas por la ciudad! ¡Y desearía regresar a mi país enriquecido con tu instrucción! ¿Quieres, pues, que atestigüe lo que tan ardientemente deseo ver?" El otro dijo: "¡Por Alah, ¡oh compañero! sin duda te engañaron los que te han hablado de mí! ¡Apenas si sé diferenciar mi mano izquierda de mi mano derecha! ¿Cómo voy, pues, a instruir en la delicadeza y en el ingenio a un noble damasquino como tú? ¡Pero salgamos a pasear, ya que mi deber de huésped consiste en hacer que veas las cosas buenas que hay en nuestra ciudad!"

Salió, pues, con él, y ante todo, le llevó a la mezquita de Al-Azhar, a fin de que pudiese contar a los habitantes de Damasco las maravillas de la instrucción y de la ciencia. Y de camino, al pasar por junto a los mercaderes de flores, se hizo un ramo de flores, con hierbas aromáticas, con clavelinas, con rosas, con albahaca, con jazmines, con ramas de menta y mejorana. Y así llegaron ambos a la mezquita, y pasaron al patio. Pero al entrar divisaron ante la fuente de las abluciones, acurrucadas en los retretes, personas que estaban evacuando imperiosas necesidades. Y el hombre de El Cairo dijo al de Damasco: "Vamos a ver, compañero. Si tuvieras que gastar una broma a esas personas acurrucadas en fila, ¿cómo te arreglarías...?

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 618ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 618ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Vamos a ver, compañero. Si tuvieras que gastar una broma a esas personas acurrucadas en fila, ¿cómo te arreglarías?" El otro contestó: "¡Lo más indicado sería pasar por detrás de ellas con una escoba de esparto, y como por inadvertencia, haciendo que barría, pincharlas en el trasero con las espinas de la escoba!" El hombre de El Cairo dijo: "Ese procedimiento, compañero, sería algo torpe y grosero. ¡Y verdaderamente resultan soeces semejantes bromas! ¡He aquí lo que haría yo!" Y después de hablar así, se acercó con aire amable y simpático a las personas puestas en cuclillas, diciendo: "Con tu permiso, ¡oh mi señor!" Y cada cual hubo de contestarle, en el límite de la confusión y del furor: "Alah arruine tu casa, ¡oh hijo de alcahuete! ¿Acaso celebramos un festín aquí?" Y al ver la cara indignada de las personas aludidas, reían en extremo todos los circunstantes reunidos en el patio de la mezquita.

De modo que, cuando el hombre de Damasco hubo visto aquello con sus propios ojos, encaróse con el hombre de El Cairo, y le dijo: "¡Por Alah, que me venciste. ¡oh jeique de los bromistas! Y razón tiene el proverbio que dice: "¡Sutil como el egipcio, que pasa por el ojo de una aguja!"

Después Schehrazada todavía dijo aquella noche:


ARDID DE MUJER[editar]

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que, en una ciudad entre las ciudades, una joven de alto rango, cuyo esposo se ausentaba a menudo para hacer viajes próximos y lejanos, acabó por no resistir ya a la incitaciones de su tormento y escogió para sí, a manera de bálsamo calmante, un muchacho, que no tenía par entre los jóvenes de aquel tiempo. Y se amaron ambos con un amor extraordinario; y se satisficieron mutuamente con toda alegría y toda tranquilidad, levantándose para comer, comiendo para acostarse y acostándose para copular. Y de aquella manera vivieron durante un largo transcurso de tiempo.

Y he aquí que un día solicitó con malas intenciones al muchacho un jeique de barba blanca, un pérfido redomado, semejante al cuchillo del vendedor de colocasias. Pero el joven no quiso prestarse a lo que le pedía el jeique, y enfadándose con él, le pegó mucho en la cara y le arrancó su barba de confusión. Y el jeique fué al walí de la ciudad para quejarse del mal trato que acababa de sufrir; y el walí mandó detener y encarcelar al muchacho.

Entretanto, se enteró la joven de lo que acababa de sucederle a su enamorado, y al saber que estaba preso, tuvo una pena muy violenta. Así es que no tardó en combinar un plan para libertar a su amigo, y adornándose con sus atavíos más hermosos, fué al palacio del walí, solicitó audiencia y la introdujeron en la sala de las peticiones. Y en verdad ¡por Alah! que, nada más que con mostrarse de aquel modo en su esbeltez, habría podido obtener de antemano la concesión de todas las peticiones de la tierra a lo ancho y a lo largo. De manera que, después de las zalemas, dijo al walí: "¡Oh nuestro señor walí! el desgraciado joven, a quien hiciste encarcelar, es mi propio hermano y el único sostén de mi casa. Y ha sido calumniado por los testigos del jeique y por el mismo jeique, que es un pérfido, un disoluto. ¡Vengo, pues, a solicitar de tu justicia la libertad de mi hermano, sin lo cual va a arruinarse mi casa, y yo moriré de hambre!"

Pero no bien el walí hubo visto a la joven, se le afectó mucho el corazón por causa suya; y se enamoró de ella; y le dijo: "¡Claro que estoy dispuesto a libertar a tu hermano! ¡Pero conviene que antes entres en el harén de mi casa, que yo iré a buscarte allí después de las audiencias, para hablar acerca del asunto contigo!" Mas comprendiendo ella lo que pretendía él, se dijo: "¡Por Alah ¡oh barba de pez! que no me tocarás hasta que las ranas críen pelo!"

Y contestó: "¡Oh nuestro señor el walí! ¡es preferible que vayas tú a mi casa, donde tendremos tiempo sobrado para hablar acerca del asunto con más tranquilidad que aquí, en donde al fin y al cabo soy una extraña!" Y le preguntó el walí en el límite de la alegría: "¿Y dónde está tu casa?" Ella dijo: "¡En tal sitio! ¡Y te espero allí esta tarde al ponerse el sol!" Y salió de casa del walí, a quien dejó sumido en un mar agitado, y fué en busca del kadí de la ciudad. Entró, pues, en casa del kadí, que era un hombre de edad, y le dijo: "¡Oh nuestro amo el kadí!" El dijo: "¿Qué hay?"

Ella continuó: "¡Te suplico que detengas tus miradas en mi tribulación, y Alah lo aprobará!"

El preguntó: "¿Quién te ha oprimido?" Ella contestó: "Un jeique pérfido que, valiéndose de testigos falsos, logró que encarcelasen a mi hermano, único sostén de mi casa. ¡Y vengo a rogarte que intercedas con el walí para que suelten a mi hermano!" Y he aquí que, cuando el kadí vió y oyó a la joven, quedó locamente enamorado de ella, y le dijo: "Con mucho gusto me interesaré por tu hermano. Pero empieza por entrar en el harén y esperarme allí. Y entonces hablaremos del asunto. ¡Y todo saldrá a medida de tu deseo!" Y se dijo la joven: "¡Ah hijo de alcahuete! ¡como no me poseas para cuando las ranas críen pelo!" Y contestó: "¡Oh amo nuestro! ¡Mejor será que te espere en mi casa, donde no nos molestará nadie!" El preguntó: "¿Y dónde está tu casa?"

Ella dijo: "¡En tal sitio! ¡Y te espero allí esta misma tarde después de que se ponga el sol!" Y salió de casa del kadí y fué en busca del visir del rey.

Cuando estuvo en presencia del visir, le contó el encarcelamiento del muchacho, que decía era hermano suyo, y le suplicó que diera orden de que le libertaran. Y le dijo el visir: "¡No hay inconveniente! ¡Pero entra ahora a esperar en el harén, adonde iré a reunirme contigo para hablar acerca del asunto!" Ella dijo: "¡Por la vida de tu cabeza, ¡oh amo nuestro! soy muy tímida, y ni siquiera sabré conducirme en el harén de tu señoría! Pero mi casa es más a propósito para conversaciones de ese género, y te esperaré en ella esta misma noche una hora después de ponerse el sol!" Y le indicó el sitio en que estaba situada su casa, y salió de allí para ir a palacio en busca del rey de la ciudad.

Y he aquí que cuando entró en la sala del trono, el rey se dijo, maravillado de su belleza: "¡Por Alah! ¡Qué buen bocado para tomárselo caliente aún y en ayunas!" Y le preguntó: "¿Quién te ha oprimido?"

Ella dijo: "¡No me han oprimido, puesto que existe la justicia del rey!" Dijo él: "¡Sólo Alah es justo! ¿Pero qué puedo hacer en tu favor?" Ella dijo: "¡Dar orden para que pongan en libertad a mi hermano, encarcelado injustamente!" Dijo él: "¡Fácil es la cosa! ¡Ve a esperarme en el harén, hija mía! ¡Y no ocurrirá más que lo que te convenga!"

Ella dijo: "En ese caso ¡oh rey! mejor te esperaré en mi casa. Porque ya sabe nuestro rey que para esta clase de cosas son necesarios muchos preparativos, como baño, limpieza y otros requisitos parecidos. ¡Y nada de eso puedo hacerlo bien más que en mi casa, la cual habrá de ser honrada y bendita por siempre en cuanto pisen en ella los pasos de nuestro rey!"

Y el rey dijo: "¡Sea, pues, así!" Y se pusieron ambos de acuerdo acerca de la hora y el sitio del encuentro. Y la joven salió de palacio y fué en busca de un carpintero...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 620ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 620ª NOCHE[editar]

... de un carpintero, al cual dijo: "¡Esta tarde me enviarás a casa un armario grande con tres entrepaños superpuestos, y del que cada entrepaño tenga una puerta independiente que se cierre bien con un candado!" El carpintero contestó: “Por Alah, ¡oh mi ama! Que las cosa no es tan fácil de hacer de aquí a esta tarde!" Ella dijo: "¡Te pagaré lo que quieras!" Dijo él: "En ese caso, estará listo. i Pero el precio que de ti quiero no es oro ni plata, ¡oh mi señora! sino solamente lo que tú sabes! ¡Entra, pues, en la trastienda, a fin de que pueda hablar contigo!" Al oír estas palabras del carpintero, contestó la joven: “!Oh carpintero de bendición, que hombre de tan poco tacto eres! ¡Por Alah! ¿Es que esta miserable trastienda tuya resulta a propósito para una conversación como la que quieres mantener? ¡Mejor será que vengas esta noche a mi casa después de enviarme el armario, y me hallarás dispuesta a conversar contigo hasta por la mañana!" Y el carpintero contestó: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido!" Y continuó la joven: "¡Bueno! ¡Pero el armario que vas a hacerme no ha de tener cuatro entrepaños, sino cinco! ¡Porque, si he de guardar en él todo lo que tengo que guardar, necesito cinco entrepaños!"

Y después de darle las señas de su casa, se separó del carpintero y regresó a su domicilio.

Ya en él, sacó de un cofre cinco ropones de hechuras y colores distintos, los dejó cuidadosamente e hizo aportar manjares y bebidas, y colocar flores y quemar perfumes. Y de esta manera aguardó la llegada de sus invitados.

Y he aquí que al oscurecer llevó el armario consabido el mozo del carpintero; y la joven mandó colocarlo en la sala de visitas. Luego despidió al mozo, y antes de que tuviese tiempo de probar los candados del armario, llamaron a la puerta, y entró el primero de los invitados, que era el walí de la ciudad. Y levantóse en honor suyo, y besó la tierra entre sus manos, y le invitó a sentarse, y le sirvió refrescos. Luego empezó a posar en él unos ojos de un palmo de largos, y a lanzarle miradas abrasadoras, de modo que el walí hubo de levantarse acto seguido, y haciendo muchos gestos y tembloroso ya, quiso poseerla al instante.

Pero dijo la joven, desasiéndose de él: "¡Oh mi señor! ¡Cuán refinado eres! ¡Comienza por desnudarte para tener soltura de movimientos!" Y dijo el walí: "¡No hay inconveniente!" Y se quitó sus vestiduras. Y ella le presentó un ropón de seda amarilla y de forma extraordinaria, un gorro del mismo color, para que se los pusiese en lugar de sus trajes de color oscuro, como suele hacerse en los festines de libertinos. Y el walí se apropió del ropón amarillo, y el gorro amarillo, y se dispuso a divertirse. Pero en aquel mismo momento llamaron a la puerta con violencia.

Y preguntó el walí, muy contrariado: "¿Esperas a algunas vecinas o a alguna proveedora?" Ella contestó aterrada: "¡Por Alah, que no! ¡Pero he olvidado que esta misma noche volvía de viaje mi esposo! ¡Y él mismo es quien llama a la puerta en este momento!" El walí preguntó: "¿Y qué va a ser de mí entonces? ¿Y qué voy a hacer?"

Ella dijo: "¡No tienes más que un modo de salvarte, y consiste en meterte en este armario!" Y abrió la puerta del primer entrepaño del armario, y dijo al walí: "¡Métete ahí dentro!" Dijo él: "¿Y cómo voy a caber?" Ella dijo: "¡Acurrucándote!" Y encorvándose por la cintura, entró el walí en el armario, y se acurrucó allí. Y la joven cerró con llave la puerta y fué a abrir al que llamaba.

Y he aquí que era el kadí.

Y le recibió como había recibido al walí, y cuando llegó el momento oportuno, le puso un ropón rojo de forma extraordinaria y un gorro del mismo color; y como quería él arrojarse sobre ella, le dijo: "¡No, por Alah! ¡Antes tendrás que escribirme una orden disponiendo que suelten a mi hermano!" Y el kadí le escribió la orden consabida, y se la entregó en el mismo momento en que llamaban a la puerta. Y exclamó la joven con acento aterrado: "¡Es mi esposo, que vuelve de viaje!" E hizo encaramarse al kadí hasta el segundo entrepaño del armario, y fué a abrir al que llamaba a la puerta de la casa.

Y precisamente era el visir. Y ocurrió lo que les había sucedido a los otros dos; y ataviado con un ropón verde y un gorro verde, hubo de meterse en el tercer entrepaño del armario en el momento de llegar a su vez el rey de la ciudad. Y del propio modo, se atavió el rey con un ropón azul y un gorro azul, y en el instante en que se disponía a verificar lo que le había llevado allí, resonó la puerta, y ante el terror de la joven, se vió obligado a trepar al cuarto entrepaño del armario, donde hubo de acurrucarse en una postura muy penosa para él, que estaba bastante grueso.

Entonces quiso caer sobre la joven el carpintero, que le miraba con ojos devoradores y quería cobrarse el armario. Pero le dijo ella: "¡Oh carpintero! ¿Por qué has hecho tan pequeño el quinto entrepaño del armario? ¡Apenas si puede guardarse ahí el contenido de una caja pequeña!"

Dijo él: "¡Por Alah, que en ese entrepaño quepo yo y aun cuatro más gordos que yo!" Ella dijo: "¡Prueba, a ver si cabes!" Y encaramándose en banquetas superpuestas, el carpintero se metió en el quinto entrepaño, donde quedó encerrado bajo llave inmediatamente.

En seguida, cogiendo la orden que le había dado el kadí, la joven fué en busca de los celadores de la cárcel, los cuales, al ver el sello estampado debajo del escrito, soltaron al muchacho.

Entonces volvieron ella y él a la casa a toda prisa, y para festejar su reunión, copularon de firme y durante largo tiempo con muchos ruidos y jadeos. Y los cinco encerrados oían desde dentro del armario todo aquello, pero no se atrevían a moverse ni podían tampoco. Y acurrucados en los entrepaños unos encima de otros, no sabían cuándo se les libertaría.

Y he aquí que, no bien la joven y el muchacho terminaron con sus escarceos, recogieron cuantas cosas preciosas pudieron llevarse, las metieron en cofres, vendieron todo lo demás, y abandonaron aquella ciudad para ir a otra ciudad y a otro reino. ¡Y esto en cuanto a ellos! ¡Pero en cuanto a los otros cinco, he aquí lo que les sucedió! Al cabo de dos días de estar allí, los cinco se sintieron poseídos por una necesidad imperiosa de orinar.

Y el primero que se meó fue el carpintero. Y cayeron los orines en la cabeza del rey. Y en el mismo momento se puso el rey a mear encima de la cabeza de su visir, que se orinó en la cabeza del kadí, el cual se meó en la cabeza del walí. Entonces alzaron la voz todos, excepto el rey y el carpintero, gritando: "¡Qué asco!" Y el kadí reconoció la voz del visir, el cual reconoció la voz del kadí. Y se dijeron unos a otros: "¡Henos aquí caídos en la trampa! ¡Menos mal que ha escapado el rey!"

Pero en aquel momento les gritó el rey, que habíase callado por dignidad: "¡No digáis eso, porque también estoy aquí! ¡Y no sé quién me ha meado en la cabeza!" Entonces exclamó el carpintero: "¡Alah eleve la dignidad del rey! ¡Me parece que he sido yo! ¡Porque estoy en el quinto entrepaño!"

Luego añadió: "¡Por Alah! ¡Soy el causante de todo esto, pues el armario es obra mía!"

Entretanto, regresó de su viaje el esposo de la joven; y los vecinos, que no se habían dado cuenta de la marcha de la joven, lo vieron llegar y llamar a su puerta inútilmente. Y les preguntó él porqué no le respondía nadie desde dentro. Y no supieron informarle acerca del particular. Entonces, hartos de esperar, derribaron la puerta entre todos y penetraron en el interior; pero se encontraron con la casa vacía y sin más mueble que el armario consabido. Y oyeron voces de hombres dentro del armario. Y ya no dudaron que el armario estaba habitado por genn...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 622ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 622ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y oyeron voces de hombres dentro del armario. Y ya no dudaron que el armario estaba habitado por genn. Y en alta voz dijeron que iban a prender fuego al armario y a quemarlo con quienes encerrase. Y cuando iban a poner en práctica su proyecto, se dejó oír desde dentro del armario la voz del kadí, que gritaba: "Deteneos, ¡oh buenas gentes! ¡No somos ni genn ni ladrones, sino que somos tal y cual!"

Y en pocas palabras les puso al corriente del ardid de que habían sido víctimas. Entonces los vecinos, con el esposo a la cabeza, rompieron los candados y libertaron a los cinco presos, a quienes hallaron vestidos con los trajes extraños que la joven les hizo ponerse. Y al ver aquello, ninguno pudo por menos de reír la aventura. Y para consolar al esposo de la marcha de su mujer, le dijo el rey: "¡Te nombro mi segundo visir!"

Y tal es esta historia. ¡Pero Alah es más sabio! Y tras de hablar así, Schehrazada dijo al rey Schahriar: "¡Pero no creas ¡oh rey! que todo esto es comparable a la historia del DORMIDO DESPIERTO!" Y como el rey Schahriar frunciese las cejas al oír este título, que era desconocido para él, Schehrazada dijo sin más tardanza:


HISTORIA DEL DORMIDO DESPIERTO[editar]

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que antaño, en tiempos del califa Harún Al-Raschid, había en Bagdad un joven soltero, llamado Abul-Hassán, que llevaba una vida muy extraña y muy extraordinaria. Porque sus vecinos jamás le veían tratar dos días seguidos a la misma persona ni invitar en su casa a ningún habitante de Bagdad, pues cuantos a su casa iban eran extranjeros. Así es que las gentes de su barrio, como ignoraban lo que hacía, le habían puesto el mote de Abul-Hassán el Disoluto.

Tenía él costumbre de ir todas las tardes a apostarse al extremo del puente de Bagdad, y allá esperaba que pasase algún extranjero; y en cuanto divisaba uno, fuese rico o pobre, joven o viejo, se adelantaba a él sonriendo y lleno de urbanidad, y después de las zalemas y los deseos de bienvenida, le invitaba a aceptar la hospitalidad de su casa durante la primera noche que residiese en Bagdad. Y se lo llevaba con él, y le albergaba lo mejor que podía; y como se trataba de un individuo muy jovial y de carácter complaciente, le hacía compañía toda la noche y no escatimaba nada para darle la mejor idea de su generosidad. Pero al día siguiente le decía: "¡Oh huésped mío! has de saber que, si te invité a mi casa cuando en esta ciudad sólo Alah te conoce, es porque tengo mis razones para obrar de esa manera. Pero hice juramento de no tratar jamás dos días seguidos al mismo extranjero, aunque sea el más encantador y el más delicioso entre los hijos de los hombres. ¡Así, pues, heme aquí precisado a separarme de ti, e incluso te ruego que, si alguna vez me encuentras por las calles de Bagdad, hagas como que no me conoces para no obligarme a que me aparte de ti!"

Y tras de hablar así, Abul-Hassán conducía a su huésped a cualquier khan de la ciudad, le daba todos los informes que pudiera necesitar, se despedía de él y no volvía a verle ya. Y si por casualidad ocurría que se encontrase más tarde por los zocos con alguno de los extranjeros que había recibido en su casa, fingía no conocerle, e incluso volvía a otro lado la cabeza para no verse obligado a hablarle o saludarle. Y continuó obrando de tal suerte, sin dejar nunca ni una sola tarde de llevarse a su casa un nuevo extranjero.

Pero una tarde, al ponerse el sol, cuando estaba sentado, según tenía por costumbre, al extremo del puente de Bagdad esperando la llegada de algún extranjero, vió avanzar en dirección suya a un rico mercader vestido a la manera de los mercaderes de Mossul, y seguido por un esclavo de alta estatura y de aspecto imponente. Era nada menos que el califa Harún Al-Raschid, disfrazado, como solía hacerlo todos los meses, a fin de ver y examinar por sus propios ojos lo que ocurría en Bagdad. Y Abul-Hassán, al verle, ni por asomo se figuró quién era; y levantándose del sitio en que estaba sentado, avanzó a él, y después de la zalema más graciosa y el deseo de bienvenida, le dijo: "¡Oh mi señor, bendita sea tu llegada entre nosotros! Hazme el favor de aceptar por esta noche mi hospitalidad en lugar de ir a dormir en el khan. ¡Y ya tendrás tiempo mañana por la mañana de buscar tranquilamente alojamiento!" Y para decidirle a aceptar su oferta, en pocas palabras le contó que desde hacía mucho tiempo tenía costumbre de dar hospitalidad, sólo por una noche, al primer extranjero que veía pasar por el puente. Luego añadió: "Alah es generoso, ¡oh mi señor! ¡En mi casa encontrarás amplia hospitalidad, pan caliente y vino clarificado!"

Cuando el califa hubo oído las palabras de Abul-Hassán, le pareció tan extraña la aventura y tan singular Abul-Hassán, que ni por un instante vaciló en satisfacer su anhelo de conocerle más a fondo. Así es que, tras de hacerse rogar un momento por pura fórmula y para no resultar un hombre mal educado, aceptó la oferta, diciendo: "¡Por encima de mi cabeza y de mi oído! ¡Alah aumente sobre ti sus beneficios!, ¡oh mi señor! ¡Heme aquí pronto a seguirte!" Y Abul-Hassán mostró el camino a su huésped y le condujo a su casa, conversando con él con mucho agrado.

Aquella noche la madre de Hassán había preparado una comida excelente. Y les sirvió primero bollos tostados con manteca y rellenos con picadillo de carne y piñones, luego un capón muy gordo rodeado de cuatro pollos grandes, luego un pato relleno de pasas y alfónsigos, y por último, unos pichones en salsa. Y en verdad que todo aquello era exquisito al paladar y agradable a la vista.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 624ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 624ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y en verdad que todo aquello era exquisito al paladar y agradable a la vista. Así es que, sentándose ambos ante las bandejas, comieron con gran apetito; y Abul-Hassán escogía los trozos más delicados para dárselos a su huésped. Después, cuando acabaron de comer, el esclavo les presentó el jarro y la jofaina; y se lavaron las manos, en tanto que la madre de Hassán retiraba las fuentes de manjares para servir los platos de frutas llenos de uvas, dátiles y peras, así como otros platos con botes llenos de confituras, pastas de almendras y toda clase de cosas deliciosas. Y comieron hasta la saciedad para comenzar a beber luego.

Entonces Abul-Hassán llenó de vino la copa del festín, y con ella en la mano, se encaró con su huésped, y le dijo: "¡Oh huésped mío! Ya sabes que el gallo no bebe nunca sin llamar con cacareos antes a las gallinas para que vayan a beber con él. Por tanto, si yo me llevase a los labios esta copa para beber estando solo, la bebida detendríase en mi gaznate, y moriría yo seguramente. Ruégote, pues, que por esta noche dejes la sobriedad para quienes estén de mal humor, y busques conmigo la alegría en el fondo de la copa. ¡Porque, en verdad, ¡oh huésped mío! que mi felicidad alcanza su límite extremado al tener yo en mi casa a un personaje tan honorable como tú!"

El califa, que no quería desairarle, y que, además, deseaba hacerle hablar, no rehusó la copa y se puso a beber con él. Y cuando empezó el vino a aligerarles las almas, dijo el califa a Abul-Hassán: "¡Oh mi señor! Ahora que existe entre nosotros el pan y la sal, ¿quieres decirme el motivo que te induce a portarte así con extranjeros a quienes no conoces, y contarme, a fin de que yo la oiga, tu historia, que debe ser asombrosa?"

Y contestó Abul-Hassán: "Has de saber ¡oh huésped mío! que mi historia no es asombrosa, sino instructiva únicamente. Me llamo Abul-Hassán, y soy hijo de un mercader que a su muerte me dejó lo bastante para vivir con toda holgura en Bagdad, nuestra ciudad. Y como yo había sido educado muy severamente en vida de mi padre, me apresuré a hacer cuanto estaba en mi mano para ganar el tiempo perdido en mi juventud. Pero como estaba naturalmente dotado de reflexión, tuve la precaución de dividir mi herencia en dos partes: una que convertí en oro y otra que conservé como reserva. Y cogí el oro realizado con la primera parte, y empecé a dilapidarlo a manos llenas, tratando a jóvenes de mi edad, a quienes regalaba y atendía con una esplendidez y una generosidad de emir. Y no escatimaba nada para que nuestra vida estuviese llena de delicias y comodidades.

Pero, gastando de tal suerte, advertí que, al cabo de un año no me quedaba ya ni un solo dinar en el fondo de la arquilla, y volví la vista a mis amigos, pero habían desaparecido. Entonces fui en busca suya, y les pedí que a su vez me ayudasen en la situación penosa por que atravesaba. Pero, uno tras de otro, todos me pusieron algún pretexto que les impedía ir en mi ayuda, y ninguno de ellos accedió a ofrecerme algo para que subsistiese ni un solo día. Entonces volví en mí, y comprendí cuánta razón tuvo mi padre para educarme con severidad.

Y regresé a mi casa, y me puse a reflexionar acerca de lo que me quedaba que hacer. Y a la sazón hice hincapié en una resolución que desde entonces mantengo sin vacilar. Juré ante Alah, en efecto, que jamás frecuentaría el trato de los individuos de mi país, ni daría en mi casa hospitalidad a nadie más que a extranjeros; pero la experiencia me ha enseñado también que la amistad corta y efusiva es preferible con mucho a la amistad larga y que acaba mal, ¡e hice juramento de no tratar nunca dos días seguidos al mismo extranjero invitado en mi casa, aunque sea el más encantador y el más delicioso entre los hijos de los hombres! Porque ya he experimentado cuán crueles son los lazos del afecto, y hasta qué punto impiden saborear en su plenitud las alegrías de la amistad.

Así, pues, ¡oh huésped mío! no te asombres de que mañana por la mañana, tras esta noche en que la amistad se nos deja ver bajo el aspecto más atrayente, me encuentre obligado a decirte adiós. ¡E incluso si, más tarde, me encontraras en las calles de Bagdad, no tomes a mal que no te reconozca ya siquiera!"

Cuando el califa hubo oído estas palabras de Abul-Hassán, le dijo: "¡Por Alah, que tu conducta es una conducta maravillosa, y en mi vida he visto conducirse con tanta prudencia como tú a ningún joven disoluto! Así es que mi admiración por ti llega a sus límites extremos: con los fondos que te reservaste de la segunda parte de tu patrimonio, supiste llevar una vida inteligente que te permite disfrutar cada noche del trato de un hombre distinto con quien puedes variar siempre de placeres y conversaciones, y que no podrá hacerte experimentar sensaciones desagradables". Luego añadió: "Pero ¡oh mi señor! lo que me has dicho respecto a nuestra separación de mañana me produce una pena extremada. Porque yo quería corresponder de algún modo a lo bien que conmigo te portaste y a la hospitalidad de esta noche.

Te ruego, pues, ahora, que manifiestes un deseo, y te juro por la Kaaba santa que me comprometo a satisfacerlo. ¡Háblame, por tanto, con toda sinceridad, y no temas que resulte excesiva tu petición, pues los bienes de Alah son numerosos sobre este mercader que te habla, y no me será difícil realizar nada, con ayuda de Alah ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 625ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 625ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y no me será difícil realizar nada, con ayuda de Alah!"

Al oír estas palabras del califa disfrazado de mercader, Abul-Hassán contestó sin turbarse ni manifestar el menor asombro: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! que mis ojos están pagados ya con verte, y tus beneficios estarían de más! ¡Te doy las gracias, pues, por tu buena voluntad para conmigo; pero, como no tengo ningún deseo que satisfacer ni ninguna ambición que realizar, me noto muy perplejo al responderte! ¡Porque me basta con mi suerte, y no deseo más que vivir como vivo, sin tener necesidad de nadie nunca!" Pero el califa insistió: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! no rechaces mi oferta, y deja a tu alma expresar un deseo, a fin de que yo lo satisfaga! ¡De no ser así, me marcharé de aquí con el corazón muy torturado y muy humillado! ¡Porque más pesa un beneficio recibido que una mala acción, y el hombre bien nacido debe siempre devolver duplicado el bien que se le hace! ¡Así, pues, habla y no temas molestarme!"

Entonces, al ver que no podía comportarse de otro modo, Abul-Hassán bajó la cabeza y se puso a reflexionar profundamente acerca de la petición que se veía obligado a hacer; levantó de pronto luego la cabeza, y exclamó: "¡Pues bien; ya di con ello! Pero se trata de una petición loca, sin duda. ¡Y me parece que no voy a indicártela para no separarme de ti haciéndote formar con respecto a mí tan mala idea!"

El califa dijo: "¡Por la vida de mi cabeza! ¿Y quién puede decir de antemano si una idea es loca o razonable? ¡En verdad que no soy más que un mercader! pero, a pesar de todo, puedo hacer bastante más de lo que parece a juzgar por mi oficio! ¡Habla pronto, pues!" Abul-Hassán contestó: "Hablaré, ¡oh mi señor! pero por los méritos de nuestro Profeta (con El la paz y la plegaria), te juro que sólo el califa podría realizar lo que yo deseo. ¡Pues, para complacerme, sería preciso que me convirtiese yo, aunque fuese nada más que por un día, en califa en lugar de nuestro amo el Emir de los Creyentes Harún Al-Raschid!" El califa preguntó: "Pero, vamos a ver, ya Abul-Hassán ¿qué harías si fueses califa un día solamente?"

El otro contestó: "¡Escucha!" Y Abul-Hassán se interrumpió un momento, luego dijo: "Has de saber ¡oh mi señor! que la ciudad de Bagdad está dividida en barrios y que cada barrio tiene al frente un jeique al que llaman al-balad. Pero, para desgracia de este barrio en que habito, el jeique-al-balad que lo regentea es un hombre tan feo y tan horroroso, que ha debido nacer sin duda de la copulación de una hiena con un cerdo. Su presencia resulta pestilente, porque no tiene por boca una boca vulgar, sino un brocal sucio comparable al agujero de una letrina; sus ojos de pez le salen de los lados y parece que se le van a saltar hasta caer a sus pies; sus labios tumefactos se dirían una llaga maligna, y cuando habla, lanzan chorros de saliva; sus orejas son unas orejas de puerco; sus mejillas, fláccidas y pintadas, se asemejan al trasero de un mono viejo; sus mandíbulas carecen de dientes a fuerza de mascar basuras; su cuerpo está aquejado de todas las enfermedades; en cuanto a su ano, ya no existe; a fuerza de servir de estuche a las herramientas de arrieros, poceros y barrenderos, está atacado de podredumbre y lo reemplazan ahora unos tapones de lana que impiden que se le salgan por allí las tripas.

"Y este innoble depravado es quien se permite poner en conmoción a todo el barrio con ayuda de otros dos depravados que voy a describirte. Porque no hay villanía que no cometa y calumnia que no difunda, y como tiene un alma excrementicia, ejerce su maldad de mujerzuela vieja sobre las personas honradas, tranquilas y limpias. Pero como no puede encontrarse a la vez en todas partes para infestar el barrio con su pestilencia, tiene a su servicio dos ayudantes tan infames como él.

"El primero de estos infames es un esclavo de rostro imberbe como el de los eunucos, de ojos amarillos y de voz tan desagradable como el sonido que se escapa del trasero de los asnos. Y ese esclavo, hijo de zorra y de perro, se hace pasar por un noble árabe, cuando sólo es un rumí de la más vil y de la más baja extracción. Su oficio consiste en ir a hacer compañía a los cocineros, a los criados y a los eunucos en casa de los visires y de los grandes del reino para sorprender los secretos de sus amos y contárselos a su jefe, el jeique al-balad, y traerlos y llevarlos por las tabernas y los sitios peores. Ninguna tarea le repugna, y lame los traseros cuando de ese modo puede encontrar un dinar de oro.

"En cuanto al segundo infame, es una especie de bufón de ojos saltones que se ocupa en decir chistes y gracias por los zocos, en donde se le conoce por su cráneo calvo como un casco de cebolla y su tartamudez, que es tan penosa, que a cada palabra que dice parece que va a vomitar los hígados. ¡Además, ningún mercader le invita a que se siente en su tienda, ya que está tan gordo y tan macizo, que cuando se sienta en una silla, vuela hecha pedazos la silla a causa de su peso! ¡Pero éste no es tan depravado como el primero, aunque es bastante más tonto!

"Por tanto, ¡oh mi señor! si yo fuese únicamente un día Emir de los Creyentes, no intentaría enriquecerme ni enriquecer a los míos, sino que me apresuraría a librar a nuestro barrio de esos tres horribles canallas, y los echaría al hoyo de la basura, una vez que hubiese castigado a cada cual con arreglo al grado de su ignominia. Y de tal suerte devolvería la tranquilidad a los habitantes de nuestro barrio. ¡Y eso es todo lo que deseo!...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 627ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 627ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"Y de tal suerte devolvería la tranquilidad a los habitantes de nuestro barrio. ¡Y eso es todo lo que deseo!".

Cuando el califa hubo oído estas palabras de Abul-Hassán, le dijo: "En verdad, ya Abul-Hassán, que tu deseo es el deseo de un hombre que va por el buen camino y el de un corazón excelente, porque sólo los hombres buenos y los corazones excelentes sufren cuando la impunidad resulta el pago de los malos. ¡Pero no creas que tu deseo es tan difícil de realizar como me hiciste creer, pues bien convencido estoy de que si lo supiese el Emir de los Creyentes, a quien tanto le gustan las aventuras singulares, se apresuraría a entregar su poderío entre tus manos por un día y una noche!"

Pero Abul-Hassán se echó a reír, y contestó: "¡Por Alah! ¡Demasiado se me alcanza que cuanto acabamos de decir no es más que una broma! ¡Y a mi vez estoy convencido de que, si el califa se enterase de mi extravagancia, haría que me encerraran como a un loco! ¡Así, pues, te ruego, que, si por casualidad tus relaciones te llevan a presencia de algún personaje de palacio, no le hables nunca de lo que dijimos bajo la influencia de la bebida!"

Y para no contrariar a su huésped, le dijo el califa: "¡Te juro que a nadie le hablaré de ello!" Pero en su interior se prometió no dejar pasar aquella ocasión de divertirse como jamás lo había hecho desde que recorría su ciudad disfrazado con toda clase de disfraces. Y dijo a Abul-Hassán; "¡Oh huésped mío! ¡Conviene que a mi vez te eche yo de beber, pues hasta el presente fuiste tú quien se tomó el trabajo de servirme!" Y cogió la botella y la copa, vertió vino en la copa, echando en ella diestramente un poco de bang de la calidad más pura, y ofreció la copa a Abul-Hassán, diciéndole: "¡Que te sea sano y delicioso!" Y Abul-Hassán contestó: "¿Cómo rehusar la bebida que nos ofrece la mano del invitado? ¡Pero, por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! como mañana no podré levantarme para acompañarte fuera de mi casa, te ruego que al salir no te olvides de cerrar bien detrás de ti la puerta!"

Y el califa se lo prometió así. Tranquilo ya por aquel lado, Abul-Hassán tomó la copa y la vació de un solo trago. Pero al punto surtió su efecto el bang, y Abul-Hassán rodó por tierra, dando con la cabeza antes que con los pies, de manera tan rápida, que el califa se echó a reír. Tras de lo cual llamó al esclavo que esperaba sus órdenes, y le dijo: "¡Cárgate a la espalda a este hombre, y sígueme!" Y el esclavo obedeció, y cargándose a la espalda a Abul-Hassán, siguió al califa, que le dijo: "¡Acuérdate bien del emplazamiento de esta casa, a fin de que puedas volver a ella cuando yo te lo ordene!"

Y salieron a la calle, olvidándose de cerrar la puerta, no obstante la recomendación.

Llegados que fueron a palacio, entraron por la puerta secreta y penetraron en el aposento particular en que estaba situada la alcoba. Y el califa dijo a su esclavo: "¡Quítale la ropa a este hombre, vístele con mi traje de noche, y échale en mi propio lecho!" Y cuando el esclavo hubo ejecutado la orden, el califa le envió a buscar a todos los dignatarios del palacio, visires, chambelanes y eunucos, así como a todas las damas del harén; y cuando se presentaron todos entre sus manos, les dijo: "Es preciso que mañana por la mañana estéis todos en esta habitación, y que cada cual de vosotros se ponga a las órdenes de este hombre que está echado en mi lecho y vestido con mi ropa. Y no dejéis de guardarle las mismas consideraciones que a mí mismo, y en todo os portaréis con él como si yo mismo fuese. Y al contestar a sus preguntas, le daréis el tratamiento de Emir de los Creyentes; y tendréis mucho cuidado de no contrariarle en ninguno de sus deseos. ¡Porque si alguno de vosotros, aunque fuese mi propio hijo, no interpreta bien las intenciones que os indico, en aquella hora y en aquel instante será ahorcado a la puerta principal de palacio!"

Al oír estas palabras del califa, todos los circunstantes contestaron: "¡Oír es obedecer!" Y a una seña del visir se retiraron en silencio, comprendiendo que, cuando el califa les había dado aquellas instrucciones, era porque quería divertirse de una manera extraordinaria. Cuando se marcharon, Al-Raschid se encaró con Giafar y con el portaalfanje Massrur, que se habían quedado en la habitación, y les dijo: "Ya habéis oído mis palabras. ¡Pues bien: es preciso que mañana seáis vosotros los primeros que os levantéis y vengáis a esta habitación para poneros a las órdenes de mi sustituto, que es éste que aquí véis! Y no habéis de asombraros por ninguna de las cosas que os diga, para sacaros de vuestro error simulado. Y haréis dádivas a quienes él os indique, aunque tuviérais que agotar todos los tesoros del reino; y recompensaréis, y castigaréis, y ahorcaréis, y mataréis, y nombraréis, y destituiréis exactamente como él os diga que hagáis. Y no tendréis necesidad de ir a consultarme antes. ¡Yo estaré escondido cerca, y veré y oiré cuanto ocurra! ¡Y sobre todo, obrad de manera que ni por un momento pueda sospechar que todo lo que sucede se reduce a una broma combinada por orden mía!

¡Eso es todo! ¡Y que se cumpla así!"

Luego añadió: "¡No dejéis tampoco, en cuanto os despertéis, de ir a sacarme de mi sueño a la hora de la plegaria matinal...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 629ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 629ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... No dejéis tampoco, en cuanto os despertéis, de ir a sacarme de mi sueño a la hora de la plegaria matinal!"

Y he aquí que al día siguiente, a la hora indicada, no dejaron Giafar y Massrur de ir a despertar al califa, que al punto corrió a colocarse detrás de una cortina en la misma habitación en que dormía Abul-Hassán. Y desde allí podía oír y ver todo lo que iba a ocurrir, sin exponerse a que Abul-Hassán le advirtiera entre los presentes.

Entonces entraron Giafar y Massrur, así como todos los dignatarios, las damas y los esclavos, y cada cual se colocó en el sitio de costumbre, con arreglo a su categoría. Y reinaban en la habitación una gravedad y un silencio como si se tratase del despertar del Emir de los Creyentes.

Cuando todos estuvieron formados por orden, el esclavo designado de antemano se acercó a Abul-Hassán, que seguía dormido, y le aplicó a la nariz un hisopo empapado en vinagre. Y al punto estornudó Abul-Hassán una vez, dos veces y tres veces, arrojando por la nariz largos filamentos producidos por el efecto del bang. Y el esclavo recogió aquellas mucosidades en una bandeja de oro para que no cayesen en el lecho o en la alfombra; luego secó la nariz y el rostro a Abul-Hassán y le roció con agua de rosas. Y Abul-Hassán acabó por salir de su sopor, y abrió los ojos, despertándose.

¡Y se vió de primera intención en un lecho magnífico, cuya colcha era un magnífico y admirable brocado de oro rojo constelado de perlas y pedrerías! ¡Y alzó los ojos y se vió en un salón de paredes y techo tapizados de raso, con cortinas de seda y vasos de oro y de cristal en los rincones! Y giró los ojos a su alrededor y se vió rodeado de mujeres jóvenes y de esclavos jóvenes, de una belleza subyugante, que se inclinaban a su vista, y detrás de ellos divisó a la muchedumbre de visires, emires, chambelanes, eunucos negros y tañedores de instrumentos prontos a pulsar las cuerdas armoniosas y acompañar a las cantarinas colocadas en un círculo sobre un estrado. Y junto a él, encima de un taburete, reconoció por el color de los trajes, el manto y el turbante del Emir de los Creyentes.

Cuando Abul-Hassán vió todo aquello, cerró de nuevo los ojos para dormirse otra vez, de tan convencido como estaba de que se hallaba bajo el efecto de un sueño. Pero en el mismo momento se acercó a él el gran visir Giafar, y después de besar la tierra por tres veces, le dijo con acento respetuoso: "¡Oh Emir de los Creyentes, permite que te despierte tu esclavo, pues ya es la hora de la plegaria matinal!"

Al oír estas palabras de Giafar, Abul-Hassán se restregó los ojos repetidas veces, luego se pellizcó en un brazo tan cruelmente que hubo de lanzar un grito de dolor, y se dijo: "¡No, por Alah, no estoy soñando! ¡Heme aquí convertido en califa!" Pero vaciló aún, y dijo en voz alta: "¡Por Alah, que todo esto es producto de mi razón extraviada por tanta bebida como ingerí ayer con el mercader de Mossul, y también es efecto de la disparatada conversación que con él tuve!" Y se volvió del lado de la pared para dormirse de nuevo. Y como ya no se movía, Giafar se aproximó más a él, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Permite que tu esclavo se asombre al ver que su señor falte a su costumbre de levantarse para la plegaria!" En aquel mismo momento, a una seña de Giafar, las tañedoras de instrumentos hicieron oír un concierto de arpas, de laúdes y de guitarras, y las voces de las cantarinas resonaron armoniosamente. Y Abul-Hassán volvióse hacia las cantarinas, diciéndose en alta voz: "¿Y desde cuándo, ¡ya Abul-Hassán! los durmientes oyen lo que tú oyes y ven lo que tú ves?" Y acto seguido se levantó en el límite de la estupefacción y del encanto, aunque dudando siempre de la realidad de todo aquello. Y se puso las manos delante de los ojos a modo de pantalla, para distinguir mejor y probarse mejor sus impresiones, diciéndose: "¡Ualah! ¡Qué extraño! ¡Qué asombroso! ¿Dónde estás, Abul-Hassán, ¡oh hijo de tu madre!? ¿Sueñas o no sueñas? ¿Desde cuándo eres califa? ¿Desde cuándo este palacio, este lecho, estos dignatarios, estos eunucos, estas mujeres encantadoras, estas tañedoras de instrumentos, estas cantarinas hechiceras y todo esto es tuyo?"

Pero en aquel momento cesó el concierto, y Massrur el portaalfanje se acercó al lecho, besó la tierra por tres veces, e incorporándose, dijo a Abul-Hassán: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡permite al último de tus esclavos que te diga que ya ha pasado la hora de la plegaria, y es tiempo de ir al diwán para despachar los asuntos del reino!" Y Abul-Hassán, cada vez más estupefacto, sin saber ya qué partido tomar en su perplejidad, acabó por mirar a Massrur entre ambos ojos, y le dijo con cólera: "¿Quién eres tú? ¿Y quién soy yo?"

Massrur contestó con acento respetuoso: "Tú eres nuestro amo el Emir de los Creyentes, el califa Harún Al-Raschid, quinto de los Ani-Abbas, descendiente del tío del Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) ¡Y el esclavo que te habla es el pobre, el despreciable, el ínfimo Massrur, honrado con el cargo augusto que consiste en llevar el alfanje de la voluntad de nuestro señor...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 630ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 630ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Y el esclavo que te habla es el pobre, el despreciable, el ínfimo Massrur, honrado con el cargo augusto que consiste en llevar el alfanje de la voluntad de nuestro señor!" Al oír estas palabras de Massrur, le gritó Abul-Hassán: "¡Mientes, hijo de mil cornudos!" Pero Massrur, sin turbarse contestó: "¡Oh mi señor! ¡en verdad que, al oír hablar así al califa, moriría de dolor otro cualquiera! ¡Pero yo, tu antiguo esclavo, que desde hace tan largos años estoy a tu servicio y vivo a la sombra de tus beneficios y de tu bondad, sé que el vicario del Profeta sólo me habla así para poner á prueba mi fidelidad! ¡Por favor, pues, ¡oh mi señor! te suplico que no me sometas a prueba más tiempo! ¡Si alguna pesadilla fatigó tu sueño esta noche, ahuyéntala y tranquiliza a tu esclavo tembloroso!"

Al oír estas palabras de Massrur, Abul-Hassán no pudo contenerse por más tiempo, y lanzando una inmensa carcajada, se tiró en el lecho, y empezó a revolcarse, enredándose en la colcha y alzando las piernas por encima de su cabeza. Y Harún Al-Raschid, que oía y veía todo aquello desde detrás de la cortina, hinchaba los carrillos para sofocar la risa que le embargaba.

Cuando Abul-Hassán se estuvo riendo en aquella postura durante una hora de tiempo, acabó por calmarse un poco, y levantándose acto seguido, hizo seña de que se aproximara a un esclavo negro, y le dijo: "¡Oye! ¿me conoces? ¿Y podrías decirme quién soy?"

El negro bajó los ojos con respeto y modestia, y contestó: "Eres nuestro amo el Emir de los Creyentes Harún Al-Raschid, califa del Profeta (¡bendito sea!) y vicario en la tierra del Soberano de la Tierra y del Cielo". Pero Abul-Hassán le gritó: "¡Mientes, ¡oh rostro de pez! oh hijo de mil alcahuetes!"

Se encaró entonces con una de las esclavas que estaban allí presentes, y haciéndole seña de que se aproximara, le tendió un dedo, diciéndole: "¡Muerde este dedo! ¡Así veré si duermo o estoy despierto!" Y la joven, que sabía que el califa estaba viendo y oyendo cuanto pasaba, se dijo para sí: "¡Esta es la ocasión de mostrar al Emir de los Creyentes todo lo que sé hacer para divertirle!" Y juntando los dientes con todas sus fuerzas, mordió el dedo hasta llegar al hueso. Y lanzando un grito de dolor, exclamó Abul-Hassán: "¡Ay! ¡Ah! ¡ya veo que no duermo! ¡Qué he de dormir!"

Y preguntó a la joven: "¿Podrías decirme si me conoces y si soy verdaderamente quien has dicho?" Y la esclava contestó, extendiendo los brazos: "¡El nombre de Alah sobre el califa y alrededor suyo! ¡Eres mi señor! ¡el Emir de los Creyentes Harún Al-Raschid, vicario de Alah!"'

Al oír estas palabras, exclamó Abul-Hassán: "Hete aquí en una noche convertido en vicario de Alah, ¡oh Abul-Hassán! ¡oh hijo de tu madre!" Luego, rehaciéndose, gritó a la joven: "¡Mientes, oh zorra! ¿Acaso no sé bien yo quién soy?"

Pero en aquel momento acercóse al lecho el jefe eunuco, y después de besar por tres veces la tierra, se levantó, y encorvado por la cintura, se dirigió a Abul-Hassán, y le dijo: "¡Perdóneme nuestro amo! ¡Pero es la hora en que nuestro amo tiene costumbre de satisfacer sus necesidades en el retrete!" Y le pasó el brazo por los sobacos, y le ayudó a salir del lecho. Y en cuanto Abul-Hassán estuvo de pie sobre sus plantas, la sala y el palacio retemblaron al grito con que le saludaban todos los presentes: "¡Alah haga victorioso al califa!" Y pensaba Abul-Hassán: "¡Por Alah ¿no es cosa maravillosa? ¡Ayer era Abul-Hassán! ¿Y hoy soy Harún Al-Raschid?" Luego se dijo: "¡Ya que es la hora de mear, vamos a mear! ¡Pero no estoy ahora muy seguro de si también es la hora en que asimismo satisfago la otra necesidad!"

Pero sacóle de estas reflexiones el jefe eunuco, que le ofreció un calzado descubierto, bordado de oro y perlas, y que era alto del talón por estar especialmente destinado a usarlo en el retrete. ¡Pero Abul-Hassán, que en su vida había visto nada parecido, cogió aquel calzado, y creyendo sería algún objeto precioso que le regalaban, se lo metió en una de las amplias mangas de su ropón!

Al ver aquello, todos los presentes, que hasta entonces habían logrado retener la risa, no pudieron comprimir por más tiempo su hilaridad. Y los unos volvieron la cabeza, en tanto que los otros, fingiendo besar la tierra ante la majestad del califa, cayeron convulsos sobre sus alfombras. Y detrás de la cortina, el califa era presa de tal acceso de risa silenciosa, que cayó de costado al suelo.

Entretanto, el jefe eunuco, sosteniendo a Abul-Hassán por debajo del hombro, le condujo a un retrete pavimentado de mármol blanco, en tanto que todas las demás habitaciones del palacio estaban cubiertas de ricas alfombras. Tras de lo cual, volvió con él a la alcoba, en medio de los dignatarios y de las damas, alineados todos en dos filas. Y al punto se adelantaron otros esclavos que estaban dedicados especialmente al tocado y que le quitaron sus efectos de noche y le presentaron la jofaina de oro, llena de agua de rosas, para sus abluciones. Y cuando se lavó, sorbiendo con delicia el agua perfumada, le pusieron sus vestiduras reales, le colocaron la diadema, y le entregaron el cetro de oro.

Al ver aquello, Abul-Hassán pensó: "¡Vamos a ver! ¿Soy o no soy Abul-Hassán?" Y reflexionó un instante, y con acento resuelto, gritó en alta voz para ser oído por todos los presentes: "¡Yo no soy Abul-Hassán! ¡Que empalen a quien diga que soy Abul-Hassán! ¡Soy Harún Al-Raschid en persona!"

Y tras de pronunciar estas palabras, ordenó Abul-Hassán con un acento de mando tan firme como si hubiese nacido en el trono: "¡Marchen!" Y al punto se formó el cortejo; y colocándose el último, Abul-Hassán siguió al cortejo que le condujo a la sala del trono. Y Massrur le ayudó a subir al trono, donde sentóse él entre las aclamaciones de todos los presentes. Y se puso el cetro en las rodillas, y miró a su alrededor. Y vió que todo el mundo estaba colocado por orden en la sala de cuarenta puertas; y vió una muchedumbre innumerable de guardias con alfanjes brillantes, y visires y emires, y notables, y representantes de todos los pueblos del imperio, y otros más. Y entre la silenciosa multitud divisó algunas caras que conocía muy bien: Giafar el visir, Abu-Nowas, Al-Ijli, Al-Rakashi, Ibdán, Al-Farazadk, Al-Loz, Al-Sakar, Omar Al-Tartis, Abu-Ishak, Al-Khalia y Padim.

Y he aquí que mientras paseaba de aquel modo sus miradas de rostro en rostro, se adelantó Giafar, seguido de los principales dignatarios, todos vestidos con trajes espléndidos; y llegando ante el trono, se prosternaron con la faz en tierra, y permanecieron en aquella postura hasta que les ordenó que se levantaran. Entonces Giafar sacó de debajo de su manto un gran rollo que deshizo y del cual extrajo un legajo de papeles que se puso a leer uno tras otro y que eran los proyectos ordinarios. Y aunque Abul-Hassán jamás había entendido en semejantes asuntos, ni por un instante se turbó; y en cada uno de los asuntos que se le sometieron, dictó sentencia con tanto tacto y con justicia tanta, que el califa, que había ido a ocultarse detrás de una cortina de la sala del trono, quedó del todo maravillado.

Cuando Giafar hubo terminado su exposición, Abul-Hassán le preguntó: "¿Dónde está el jefe de policía?" Y Giafar le designó con el dedo a Ahmad-la-Tiña, jefe de policía, y le dijo: "Este es, ¡oh Emir de los Creyentes!"

Al verse aludido, el jefe de policía se destacó del sitio que ocupaba, y se acercó gravemente al trono, al pie del cual se prosternó con la faz en la tierra. Y después de permitirle que se levantara, le dijo Abul-Hassán: "¡Oh jefe de policía! ¡lleva contigo diez guardias, y ve al instante a tal barrio, tal calle y tal casa! En ella encontrarás a un horrible cerdo que es jeique-al-balad del barrio, y le hallarás sentado entre sus dos compadres, dos canallas no menos innobles que él. Apodérate de sus personas, y para acostumbrarles a lo que tienen que sufrir, empieza por dar a cada uno cuatrocientos palos en la planta de los pies...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 632ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 632ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Apodérate de sus personas, y para acostumbrarles a lo que tienen que sufrir, empieza por dar a cada uno cuatrocientos palos en la planta de los pies. Tras de lo cual, les subirás en un camello sarnoso, vestidos de andrajos y con la cara vuelta hacia la cola del camello, y les pasearás por todos los barrios de la ciudad, haciendo pregonar al pregonero público: "¡Este es el principio del castigo impuesto a los calumniadores, a los que manchan a las mujeres, a los que turban la paz de sus vecinos y babean sobre las personas honradas!" Efectuado esto, harás empalar por la boca al jeique-al-balad, ya que por ahí es por donde ha pecado y ya que en la actualidad no tiene ano; y arrojarás su cuerpo podrido a los perros. Cogerás luego al hombre imberbe de ojos amarillos, que es el más infame de los dos compadres que ayudan en su vil tarea al jeique-al-balad, y harás que le ahoguen en el hoyo de los excrementos de la casa de su vecino Abul-Hassán. ¡Después le tocará el turno al segundo compadre! A éste, que es un bufón y un tonto ridículo, no le harás sufrir más castigo que el siguiente: mandarás a un carpintero hábil que construya una silla hecha de manera que vuele en pedazos cada vez que vaya a sentarse en ella el hombre consabido, ¡y le condenarás a sentarse toda su vida en esa silla! ¡Ve, y ejecuta mis órdenes!"

Al oír estas palabras, el jefe de policía Ahmad-la-Tiña, que había recibido de Giafar la orden de ejecutar todos los mandatos que le formulara Abul-Hassán, se llevó la mano a la cabeza para indicar con ello que estaba dispuesto a perder su propia cabeza si no ejecutaba puntualmente las órdenes recibidas. Luego besó la tierra por segunda vez entre las manos de Abul-Hassán y salió de la sala del trono.

¡Eso fué todo! Y el califa, al ver a Abul-Hassán desempeñar con tanta gravedad prerrogativas de la realeza, experimentó un placer extremado. Y Abul-Hassán continuó juzgando, nombrando, destituyendo y ultimando los asuntos pendientes hasta que el jefe de policía estuvo de vuelta al pie del trono. Y le preguntó: "¿Ejecutaste mis órdenes?" Y después de prosternarse como de ordinario, el jefe de policía sacó de su seno un papel y se lo presentó a Abul-Hassán, que lo desdobló y lo leyó por entero. Era precisamente el proceso verbal de la ejecución de los tres compadres, firmado por los testigos legales y por personas muy conocidas en el barrio. Y dijo Abul-Hassán: "¡Está bien! ¡Quedo satisfecho! ¡Sean por siempre castigados así los calumniadores, los que manchan a las mujeres y cuantos se mezclan en asuntos ajenos!"

Tras de lo cual Abul-Hassán hizo seña al jefe tesorero para que se acercara, y le dijo: "Coged del tesoro al instante un saco de mil dinares de oro, y ve al mismo barrio adonde he enviado al jefe de policía y pregunta por la casa de Abul-Hassán el que llaman el Disoluto. Y como este Abul-Hassán, que está muy lejos de ser un disoluto, es un hombre excelente y de agradable compañía, todo el mundo se apresurará a indicarte su casa. Entonces entrarás en ella y dirás que tienes que hablar con su venerable madre; y después de las zalemas y las consideraciones debidas a esta excelente anciana, le dirás: "¡Oh madre de Hassán! he aquí un saco de mil dinares de oro que te envía nuestro amo el califa. Y este regalo no es nada en proporción a tus méritos. ¡Pero en este momento está vacío el tesoro, y el califa siente no poder hacer más por ti hoy! ¡Y sin más tardanza, le entregarás el saco y volverás a darme cuenta de tu misión!" Y el jefe tesorero contestó con el oído y la obediencia, y apresuróse a ejecutar la orden.

Hecho lo cual, Abul-Hassán indicó con una seña al gran visir Giafar que se levantara el diwán. Y Giafar transmitió la seña a los visires, a los emires, a los chambelanes y a los demás concurrentes, y todos, después de prosternarse al pie del trono, salieron en el mismo orden que cuando entraron. Y sólo se quedaron con Abul-Hassán el gran visir Giafar y el portaalfanje Massrur, que se acercaron a él y le ayudaron a levantarse, cogiéndole uno por debajo del brazo derecho y otro por debajo del brazo izquierdo. Y le condujeron hasta la puerta del aposento interior de las mujeres, en donde habían servido el festín del día. Y al punto las damas de servicio fueron a reemplazar junto a él a Giafar y a Massrur, y le introdujeron en la sala del festín.

Enseguida dejóse oír un concierto de laúdes, de tiorbas, de guitarras, de flautas, de oboes y de clarinetes que acompañaban a frescas voces de jóvenes, con tanto encanto, melodía y justeza, que Abul-Hassán no sabía por cuál decidirse, entusiasmado hasta el límite extremo del entusiasmo. Y acabó por decirse: "¡Ahora ya no puedo dudar! Soy realmente el Emir de los Creyentes Harún Al-Raschid. ¡Porque no va a ser un sueño todo esto! De ser así ¿vería, oiría, sentiría y andaría como lo hago? ¡En la mano tengo este papel con el proceso verbal de la ejecución de los tres compadres; escucho estos cánticos y estas voces; y todo lo demás, y estos honores, y estas consideraciones son para mí! ¡Soy el califa!...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 634ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 634ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

¡... Soy el califa!" Y miró a su derecha y miró a su izquierda; y lo que vió le afirmó todavía más en la idea de su realeza. Estaba en medio de una sala espléndida, donde brillaba el oro en todas las paredes, donde los colores más agradables dibujábanse de manera variada en los tintes de los tapices, y donde ponían un resplandor incomparable siete áureas arañas de siete brazos colgadas del techo azul. Y en medio de la sala, en taburetes bajos, había siete grandes bandejas de oro macizo cubiertas con manjares admirables, cuyo olor embalsamaba el aire con ámbar y especias. Y alrededor de estas bandejas hallábanse de pie, en espera de una seña, siete jóvenes de belleza incomparable, vestidas con trajes de colores y hechuras diferentes. Y cada una tenía en la mano un abanico, dispuestas a refrescar el aire en torno de Abul-Hassán.

Entonces Abul-Hassán, que aun no había comido nada desde la víspera, se sentó ante las bandejas; y al punto las siete jóvenes se pusieron a agitar todas a la vez sus abanicos para hacer aire en torno suyo. Pero como no estaba él acostumbrado a recibir tanto aire mientras comía, miró a las jóvenes una tras de otra con sonrisa graciosa, y les dijo: "¡Por Alah ¡oh jóvenes! que me parece bastante para darme aire una sola persona! Venid, pues, todas a sentaros a mi alrededor para hacerme compañía. ¡Y decid a esa negra que está ahí que venga a hacernos aire!" Y las obligó a sentarse a su derecha, a su izquierda y delante de él, de modo que, por cualquier lado que se volviese, tuviese a la vista un espectáculo agradable.

Entonces comenzó a comer; pero, al cabo de algunos instantes, advirtió que las jóvenes no se atrevían a tocar la comida por consideración a él; y las invitó repetidas veces a que se sirvieran sin escrúpulos, e incluso les ofreció con su propia mano pedazos escogidos. Luego las interrogó por el nombre de cada una; y le contestaron: "¡Nos llamamos Grano-de-Almizcle, Cuello-de-Alabastro, Hoja-de-Rosa, Corazón-de-Granada, Boca-de-Coral, Nuez-Moscada y Caña-de-Azúcar!" Y al oír nombres tan graciosos, exclamó él: "¡Por Alah, que se os amoldan esos nombres, oh jóvenes! ¡Porque ni el almizcle, ni el alabastro, ni la rosa, ni la granada, ni el coral, ni la nuez moscada, ni la caña de azúcar pierden sus cualidades al pasar por vuestra gracia!" Y mientras duró la comida, continuó diciéndoles palabras tan exquisitas, que el califa, que le observaba con gran atención oculto detrás de una cortina, se felicitó cada vez más de haber organizado semejante diversión.

Cuando se terminó la comida, las jóvenes avisaron a los eunucos que al punto llevaron con qué lavarse las manos. Y las jóvenes apresuráronse a tomar de manos de los eunucos la jofaina de oro, el jarro y las toallas perfumadas, y poniéndose de rodillas ante Abul-Hassán, le vertieron agua en las manos. Luego le ayudaron a levantarse; y cuando los eunucos descorrieron una gran cortina, apareció otra sala en que estaban colocadas las frutas sobre bandejas de oro. Y las jóvenes le acompañaron hasta la puerta de aquella sala, y se retiraron.

Entonces, sostenido por dos eunucos, Abul-Hassán llegó hasta el centro de aquella sala, que era más hermosa y estaba mejor decorada que la anterior. Y en cuanto se sentó, un nuevo concierto, dado por otra orquesta de músicas y cantarinas, hizo oír acordes admirables. Y muy entusiasmado, Abul-Hassán advirtió en las bandejas diez hileras alternadas de las frutas más raras y más exquisitas; y había siete bandejas; y cada bandeja estaba debajo de una araña colgada del techo; y ante cada bandeja hallábase una joven más hermosa y mejor adornada que las anteriores; y también tenía cada cual un abanico. Y Abul-Hassán las examinó una tras de otra y quedó encantado de su belleza. Y las invitó a sentarse a su alrededor; y para animarlas a comer, no dejó de servirlas por sí mismo en vez de dejarlas servirle. Y se informó de sus nombres, y supo decir a cada una un cumplimiento apropiado al presentarles un higo, o un racimo de uvas, o una raja de sandía, o un plátano. Y el califa, que le escuchaba, se divertía en extremo y estada cada vez más satisfecho de ver lo que el otro daba de sí.

Cuando Abul-Hassán hubo probado de todas las frutas que había en las bandejas, y también se las hizo probar a las jóvenes, levantóse, ayudado por los eunucos, que le introdujeron en una tercera sala más hermosa sin duda que las dos primeras...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 636ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 636ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... levantóse, ayudado por los eunucos, que le introdujeron en una tercera sala más hermosa sin duda que las dos primeras.

Era la sala de las confituras. Había, en efecto, siete bandejas, cada una debajo de una araña, y ante cada bandeja una joven de pie; y en aquellas bandejas, dentro de botes de cristal y de fuentes de plata sobredorada, se contenían confituras excelentes. Y las había de todos colores y de todas especies. Y había confituras líquidas y confituras secas, y pasteles de hojaldre, ¡y todo!

Y en medio de un nuevo concierto de voces e instrumentos, Abul-Hassán probó un poco de cada dulce perfumado, y también hizo que los probaran las jóvenes, a quienes, de la misma manera que a las anteriores, invitó a hacerle compañía. Y a cada una supo decirle una palabra agradable que respondiera al nombre que le había preguntado.

Tras de lo cual le introdujeron en la cuarta sala, que era la sala de las bebidas, y que era la más sorprendente y la más maravillosa con mucho. Debajo de las siete arañas de oro del techo, había siete bandejas con frascos de todas las formas y de todos los tamaños, dispuestos en filas simétricas; y hacíanse oír músicas y cantarinas invisibles para los ojos del espectador; y ante las bandejas se erguían siete jóvenes que no iban vestidas con trajes pesados, como sus hermanas de las demás salas, sino sencillamente envueltas en una camisa de seda; y eran de colores distintos y de aspecto distinto: la primera era morena, la segunda negra, la tercera blanca, la cuarta rubia, la quinta gruesa, la sexta delgada y la séptima roja. Y Abul-Hassán las examinó con más gusto y atención aún, porque podía fácilmente entrever sus formas y atractivos bajo la transparencia de la tela sutil.

Con extremada complacencia las invitó a sentarse a su alrededor y a echarle de beber. Y empezó a preguntar su nombre a cada joven, según le iban presentando las copas. Y cada vez que vaciaba una copa, daba a la joven correspondiente un beso, un mordisco o un pellizco en la nalga. Y continuó jugando de tal modo con ellas hasta que el niño heredero se puso a gritar. Entonces, para apaciguarle, preguntó a las siete jóvenes: "¡Por vida mía! ¿Quién de vosotras quiere encargarse de este niño inoportuno?" Y por toda respuesta a esta pregunta, las siete jóvenes se lanzaron a la vez sobre el mamoncillo y quisieron darle de mamar. Y cada cual lo atraía a sí por un lado o por otro, riendo y dando gritos, de modo que el padre del niño, sin saber ya a quien escuchar ni a quien atender, se lo guardó de nuevo, diciendo: "¡Ha vuelto a dormirse!"

¡Eso fué todo!

Y el califa, que iba siguiendo por todas partes a Abul-Hassán y se ocultaba detrás de las cortinas, regocijábase en silencio con lo que veía y oía, y bendecía al Destino que lo puso en el camino de un hombre como aquél. Pero, entretanto, una de las jóvenes, que había recibido de Giafar las instrucciones necesarias, tomó una copa y echó en ella disimuladamente unos pocos polvos narcóticos de los que el califa empleó la noche anterior para dormir a Abul-Hassán. Luego ofreció la copa a Abul-Hassán riendo, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡te suplico que bebas todavía esta copa, la cual despertará quizás al querido niño!"

Riendo a carcajadas, contestó Abul-Hassán: "¡Sí, ualah!" Y tomó la copa que le ofrecía la joven, y se la bebió de un trago. Luego se dispuso a hablar con la que le había servido de beber; pero sólo consiguió abrir la boca para balbucear algo y cayó desplomado, dando con la cabeza antes que con los pies.

Entonces el califa, que con todo aquello se había divertido hasta el límite de la diversión, y que no esperaba más que aquel sueño de Abul-Hassán, salió de detrás de la cortina, sin poder tenerse ya en pie a fuerza de reír tanto. Y encaróse con los esclavos que acudieron y les ordenó que quitaran a Abul-Hassán las vestiduras reales que le habían puesto por la mañana, y le vistieran con sus trajes usuales. Y cuando se hubo ejecutado esta orden, hizo llamar al esclavo que raptó a Abul-Hassán, y le ordenó que se le cargara a hombros, le transportara a su casa y le acostara en su lecho. Pues el califa dijo para sí: "¡Como esto dure más, voy a morirme de risa, o se va él a volver loco!" Y el esclavo, cargándose a la espalda a Abul-Hassán, le sacó de palacio por la puerta secreta, y corrió a dejarle en su lecho, dentro de su casa, cuya puerta tuvo cuidado de cerrar al retirarse.

En cuanto a Abul-Hassán...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 637ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 637ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... En cuanto a Abul-Hassán, permaneció dormido en un profundo sueño hasta el día siguiente al mediodía, y no se despertó hasta que disipóse por completo en su cerebro el efecto del bang. Y pensó antes de poder abrir los ojos: "¡He reflexionado, y la que prefiero entre todas las jóvenes es sin duda Caña-de-Azúcar, y también Boca-de-Coral, y en tercer lugar solamente Aderezo-de-Perlas, la rubia que me sirvió ayer la última copa!" Y llamó en alta voz: "¡Hola! ¡Venid, oh jóvenes! ¡Caña-de-Azúcar, Boca-de-Coral, Aderezo-de-Perlas, Alba-del-Día, Estrella-de-la-Mañana, Grano-de-Almizcle, Cuello-de-Alabastro, Cara-de-Luna, Corazón-de-Granada, Flor-de-Manzano, Hoja-de-Rosa, ¡Hola! ¡Acudid! ¡Ayer estaba un poco fatigado! ¡Pero hoy va bien el niño!"

Y esperó un momento. Pero como nadie contestaba ni acudía a sus voces, hubo de enojarse, y abriendo los ojos, se incorporó a medias. Y entonces se vió en su habitación, pero ni por asomo en el palacio suntuoso en que había habitado la víspera y desde donde había mandado como amo en toda la tierra. Y le pareció que se encontraba bajo el efecto de un sueño, y para disiparlo, se puso a gritar con todas sus fuerzas: "Vamos a ver, Giafar, ¡oh hijo de perro! Y tú alcahuete Massrur, ¿dónde estáis?"

Al oír estos gritos, acudió la anciana madre, y le dijo: "¿Qué te pasa, hijo mío? ¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¿Qué sueño tuviste, ¡oh hijo mío! ¡oh Abul-Hassán!?" E indignado al ver a la anciana a su cabecera, le gritó Abul-Hassán: "¿Quién eres, anciana? ¿Y quién es ese Abul-Hassán?" Ella dijo: "¡Por Alah! ¡Soy tu madre! Y tú eres mi hijo, tú eres Abul-Hassán, ¡oh hijo mío! ¿Qué extrañas palabras escucho de tu boca? ¡Parece que no me reconoces!" Pero Abul-Hassán le gritó: "¡Atrás! ¡oh maldita vieja! ¡Estás hablando con el Emir de los Creyentes, con el califa Harún Al-Raschid! ¡Quítate de la vista del vicario de Alah en la tierra!"

Al oír estas palabras, la pobre vieja empezó a golpearse la cara, exclamando: "¡El nombre de Alah sobre ti, oh hijo mío! ¡Por favor, no alces la voz para decir semejantes locuras! ¡Van a oírte los vecinos, y estaremos perdidos sin remedio! ¡Ojalá desciendan sobre tu razón la seguridad y la calma!" Abul-Hassán exclamó: "Te digo que salgas al instante, ¡oh vieja execrable! ¿Estás loca para confundirme con tu hijo? ¡Yo soy Harún Al-Raschid, Emir de los Creyentes, señor de Oriente y de Occidente!"

Ella se golpeó el rostro, y dijo lamentándose: "¡Alah confunda al Maligno! Y líbrete de la posesión la misericordia del Altísimo, ¡oh hijo mío! ¿Cómo pudo entrar en tu espíritu cosa tan insensata? ¿No ves que esta habitación en que te hallas ni por asomo es el palacio del califa, y que desde que naciste has vivido aquí, y que jamás habitaste fuera de aquí con más personas que con tu anciana madre que te quiere, hijo mío, ya Abul-Hassán? ¡Escúchame, ahuyenta de tu pensamiento esos ensueños vanos y peligrosos que te han asaltado esta noche, y para calmarte, bebe un poco de agua de este jarro!;"

Entonces Abul-Hassán cogió de manos de su madre el jarro, bebió un buche de agua, y dijo algo calmado: "¡Bien puede ocurrir, en efecto, que yo sea Abul-Hassán!" Y bajó la cabeza, y con la mano apoyada en la mejilla, reflexionó durante una hora de tiempo, y sin levantar la cabeza, dijo hablando consigo mismo como quien sale de un profundo sueño: "¡Sí, por Alah, bien puede ocurrir, en efecto, que yo sea Abul-Hassán! ¡Soy Abul-Hassán sin duda alguna! ¡Esta habitación es mi habitación! ¡ualah! ¡La reconozco ahora! ¡Y tú eres mi madre, y yo soy tu hijo! ¡Sí, yo soy Abul-Hassán!"

Y añadió: "¿Pero por qué sortilegio me han invadido la razón tales locuras?"

Al oír estas palabras, la pobre vieja lloró de alegría, sin dudar ya de que su hijo estuviese completamente calmado. Y después de secarse las lágrimas, se disponía a llevarle de comer y a pedirle detalles del extraño sueño que acababa de tener, cuando Abul-Hassán, que desde hacía un momento miraba fijamente delante de sí, saltó de pronto como un loco, y cogiendo por la ropa a la pobre mujer, empezó a zarandearla, gritándole: "¡Ah infame vieja! ¡si no quieres que te estrangule, vas a decirme al instante qué enemigos me han destronado, y quién me ha encerrado en esta prisión, y quién eres tú para alojarme en este miserable tugurio! ¡Ah! ¡Teme los efectos de mi cólera cuando vuelva yo al trono! ¡Tiembla a la venganza de tu augusto soberano el califa Harún Al-Raschid, que sigo siendo yo!"

A fuerza de zarandearla, acabó por dejar que se le escapase de las manos. Y cayó ella en la estera, sollozando y lamentándose. Y en el límite de la rabia, Abul-Hassán se metió otra vez en el lecho, y permaneció con la cabeza entre las manos, presa de pensamientos tumultuosos. Pero, al cabo de cierto tiempo, se levantó la anciana, y como se le enternecía el corazón a causa de su hijo, no vaciló en llevarle, aunque temblando, un poco de jarabe con agua de rosas, y le decidió a tomar un buche, y para hacerle cambiar de ideas, le dijo: "¡Escucha, hijo mío, lo que tengo que contarte! Es una cosa que estoy convencida de que te alegrará mucho. Porque has de saber que ayer vino aquí, de parte del califa, el jefe de policía para detener al jeique al-balad y a sus dos compadres; y después de hacer que a cada uno le dieran cuatrocientos palos en la planta de los pies, mandó que les pasearan, montados al revés en un camello sarnoso, por los barrios de la ciudad, entre la rechifla y los salivazos de las mujeres y de los niños. ¡Tras de lo cual hizo empalar por la boca al jeique-al-balad, luego hizo arrojar en el hoyo de los excrementos de nuestra casa al segundo compadre, y al tercero le condenó a un suplicio extremadamente complicado, que consiste en obligarle a que se siente toda su vida en una silla que se rompe bajo su peso...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 639ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 639ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... un suplicio extremadamente complicado, que consiste en obligarle a que se siente toda su vida en una silla que se rompe bajo su peso!"

Cuando Abul-Hassán hubo oído aquellas palabras, que, en opinión de la buena vieja, contribuirían a ahuyentar la turbación que oscurecía el alma de su hijo, quedó éste más persuadido que nunca de su realeza y de su dignidad hereditaria de Emir de los Creyentes. Y dijo a su madre: "¡Oh vieja de desgracia! al contrario de convencerme, tus palabras no hacen más que afirmarme en la idea, que no he abandonado nunca, de que soy Harún Al-Raschid. ¡Y para demostrártelo, has de saber que yo mismo di orden a mi jefe de policía Ahmad-la-Tiña de castigar a los tres canallas de este barrio! Cesa, pues, de decirme que sueño o que estoy poseído por el soplo del Cheitán. ¡Prostérnate, pues, ante mi gloria, besa la tierra entre mis manos, y pídeme perdón por las palabras desconsideradas y de duda que emitiste con respecto a mí!"

Al oír estas palabras de su hijo, la madre ya no abrigó la menor duda acerca de la locura de Abul-Hassán, y le dijo: "¡Que Alah el misericordioso haga descender sobre tu cabeza el rocío de su bendición. ¡Oh Abul-Hassán! y te perdone y te conceda la gracia de que vuelvas a ser un hombre dotado de razón y de buen sentido! ¡Y te suplico ¡oh hijo mío! que dejes de pronunciar y de adjudicarte el nombre del califa, porque pueden oírte los vecinos y contar tus palabras al walí, que hará entonces que te detengan y te ahorquen a la puerta de palacio!" Luego, sin poder ya resistirse a su emoción, empezó a lamentarse y a golpearse el pecho con desesperación.

Y he aquí que, al ver aquello, en vez de apaciguarse, Abul-Hassán se excitó más; e irguióse sobre ambos pies, asió un palo, y precipitándose sobre su madre, extraviado de furor, le gritó con voz aterradora: "¡Te prohíbo ¡oh maldita! que vuelvas a llamarme Abul-Hassán! ¡Soy Harún Al-Raschid, y si todavía dudas de ello, te inculcaré esta creencia en la cabeza a estacazos!" Y al oír estas palabras, aunque temblaba toda de miedo y de emoción, la anciana no olvidó que Abul-Hassán era su hijo, y mirándole como mira a su vástago una madre, le dijo con voz dulce: "¡Oh hijo mío! ¡no creo que la ley de Alah y de su Profeta falte de tu espíritu hasta el punto de que llegues a olvidarte del respeto que un hijo debe a la madre que le ha llevado nueve meses en su seno y le ha nutrido con su leche y su ternura! Permíteme, por tanto, decirte por última vez que te equivocas, dejando sumergirse tu razón en ese extraño ensueño y arrogándote ese título augusto de califa que sólo pertenece a nuestro señor y soberano el Emir de los Creyentes Harún Al-Raschid. Y sobre todo, te haces culpable de una ingratitud muy grande para con el califa, precisamente al día siguiente de aquel en que nos ha colmado con sus beneficios. ¡Porque has de saber que el jefe tesorero de palacio vino ayer a nuestra casa, enviado por el propio Emir de los Creyentes, y me entregó por orden suya un saco con mil dinares de oro, acompañándolo de excusas por la exigüidad de la suma y prometiéndome que no sería el último regalo de su generosidad!"

Al oír estas palabras de su madre, Abul-Hassán perdió los postreros escrúpulos que pudieran quedarle con referencia a su antiguo estado, y quedó convencido de que siempre fué califa, puesto que él mismo había enviado el saco con mil dinares a la madre de Abul-Hassán. Miró, pues, a la pobre mujer con los ojos fuera de sus órbitas y amenazadores, y le dijo: "¿Acaso pretendes decir, para tu desgracia, ¡oh vieja calamitosa! que no soy yo quien te ha enviado el saco del oro, y que no vino a entregártelo ayer por orden mía mi jefe tesorero? Y después de eso, ¿te atreverás todavía a llamarme hijo tuyo y a decirme que soy Abul-Hassán el Disoluto?" Y como su madre se tapara los oídos para no escuchar estas palabras que la trastornaban, Abul-Hassán no pudo contenerse más, y excitado hasta el límite del frenesí, se arrojó a ella con el palo en la mano y empezó a molerla a golpes.

Entonces la pobre anciana, no pudiendo pasar en silencio su dolor y su indignación por aquella manera de tratarla, empezó a chillar pidiendo socorro a los vecinos, y gritando: "¡Oh! ¡Qué calamidad la mía! Acudid, ¡oh musulmanes!" Y Abul-Hassán, a quien aquellos gritos excitaban más aún, continuó pegando a la anciana con el palo, mientras le gritaba de vez en cuando: "¿Soy o no soy el Emir de los Creyentes?" Y a pesar de los golpes, contestaba la madre: "¡Eres mi hijo! ¡Eres Abul-Hassán el Disoluto!"

Entretanto, atraídos los vecinos por los gritos y el estrépito...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Pero cuando llegó la 640ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 640ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

¡... Entretanto, atraídos los vecinos por los gritos y el estrépito, penetraron en la estancia, y se interpusieron entre la madre y el hijo para separarlos, y arrebataron el palo de manos de Abul-Hassán, e indignados por la conducta de un hijo así le sujetaron para que no se moviera y le preguntaron: "¿Te has vuelto loco, Abul-Hassán, para levantar así la mano a tu madre, a esta pobre vieja? ¿Olvidaste completamente los preceptos del Libro Santo?"

Pero les gritó Abul-Hassán, con los ojos brillantes de furor: "¿Qué es eso de Abul-Hassán? ¿A quién dais ese nombre?" Y al oír esta pregunta, los vecinos se quedaron extremadamente perplejos, y acabaron por preguntarle: "¿Cómo? ¿Acaso no eres tú Abul-Hassán el Disoluto? ¿Y no es esta buena vieja tu madre, que te ha educado y criado con su leche y su ternura?" El contestó: "¡Ah, hijos de perros, quitaos de mi vista! ¡Yo soy vuestro amo el califa Harún Al-Raschid, Emir de los Creyentes!"

Al oír estas palabras de Abul-Hassán, los vecinos quedaron en absoluto convencidos de su locura; y sin querer dejar ya en libertad de acción a aquel hombre a quien habían visto poseído por la ceguera del furor, le ataron de pies y manos, y enviaron a uno de ellos a buscar al portero del hospital de locos. Y al cabo de una hora, seguido de dos robustos celadores, llegó el portero del hospital de locos con todo un arsenal de cadenas y grilletes y llevando en la mano un latiguillo de nervio de buey.

Como al ver aquello, Abul-Hassán hacía grandes esfuerzos para librarse de sus ligaduras y dirigía injurias a los presentes, el portero comenzó por aplicarle en el hombro dos o tres latigazos con el nervio de buey. Tras de lo cual, sin reparar en sus protestas ni en los títulos que se adjudicaba, le cargaron de cadenas de hierro y le transportaron al hospital de locos en medio de la muchedumbre de transeúntes, que le daban unos un puñetazo y otros un puntapié, creyéndole loco.

Cuando llegó al hospital de locos, le encerraron en una jaula de hierro, como si fuese una bestia feroz, y la primera precaución fué administrarle una paliza de cincuenta latigazos con el nervio de buey. Y a partir de aquel día, sufrió una paliza de cincuenta latigazos con el nervio de buey cada mañana y cada tarde, de modo que, al cabo de diez días de hallarse sometido a semejante tratamiento, cambió de piel como una serpiente. Entonces volvió en sí, y pensó: "¡A qué estado me veo reducido ahora! ¡Debo ser yo el equivocado, puesto que todo el mundo me trata de loco! ¡Sin embargo, no es posible que sólo fuera efecto de un sueño todo lo que me sucedió en palacio! En fin, no quiero profundizar más en esta cuestión ni seguir tratando de comprenderla, porque voy a volverme realmente loco. Después de todo, no es ésta la única cosa que no puede llegar a comprender la razón del hombre, y encomiendo a Alah la solución!"

Mientras estaba sumido en estos nuevos pensamientos, llegó su madre, bañada en lágrimas, para ver en qué estado se encontraba y si tenía sentimientos más razonables. Y le vió tan flaco y extenuado, que prorrumpió en sollozos; pero consiguió sobreponerse a su dolor y acabó por poder saludarle tiernamente; y Abul-Hassán le devolvió la zalema con voz tranquila, como un hombre sensato, contestándole: "Contigo el saludo y la misericordia de Alah y sus bendiciones, ¡oh madre mía!" Y la madre sintió una alegría grande al oír que la llamaba madre, y le dijo: "El nombre de Alah sobre ti, ¡oh hijo mío! ¡Bendito sea Alah, que te ha devuelto la razón y puso en su sitio tu cerebro volcado!" Y Abul-Hassán contestó con acento muy contrito: "Pido perdón a Alah y a ti, ¡oh madre mía! ¡En verdad que no comprendo cómo pude decir todas las locuras que dije, y cometer excesos que sólo un insensato es capaz de realizar! ¡Por lo visto, fué el Cheitán quien me poseyó y me impulsó a dejarme llevar de semejantes arrebatos! ¡Porque no cabe duda de que a otros les hizo caer en extravagancias mayores todavía! ¡Pero ha tenido buen fin todo, y heme aquí repuesto de mi extravío!" Y al oír estas palabras, notó la madre que sus lágrimas de dolor se tornaban en lágrimas de dicha, y exclamó: "Tan alegre está mi corazón ¡oh hijo mío! como si acabase yo de echarte al mundo por segunda vez. ¡Bendito sea por siempre Alah!" Luego añadió...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 642ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 642ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Bendito sea por siempre Alah!" Luego añadió: "Claro que tú no tienes culpa por qué reprocharte; ¡oh hijo mío! pues todo el mal que nos ha sucedido se debe a aquel mercader extranjero a quien invitaste la tarde última a comer y beber contigo, y que se marchó por la mañana sin tomarse el trabajo de cerrar tras él la puerta. ¡Y ya debes saber que cada vez que queda abierta la puerta de una casa antes de salir el sol, el Cheitán entra en la casa y se posesiona del espíritu de los habitantes!

¡Y entonces ocurre lo que ocurre!

¡Demos, pues, gracias a Alah por no haber permitido que caigan sobre nuestras cabezas desgracias peores!" Y contestó Abul-Hassán: "Tienes razón, ¡oh madre! ¡Obra fué de la posesión del Cheitán! Por lo que a mí respecta, bien hube de advertir al mercader de Mossul que cerrara tras de sí la puerta para evitar que entrase el Cheitán en nuestra casa; pero no lo hizo, ¡y con ello nos causó tantos contratiempos!" Luego añadió: "¡Ahora que noto bien que no tengo el cerebro volcado y que se acabaron las extravagancias, te ruego ¡oh tierna madre! que hables con el portero del hospital de locos para que me libren de esta jaula y de los suplicios que soporto aquí a diario!"

Y sin más dilación, corrió la madre de Abul-Hassán a advertir al portero que su hijo había recobrado la razón. Y el portero fué con ella para examinar a Abul-Hassán e interrogarle. Y como las respuestas eran sensatas y el interpelado reconocía que era Abul-Hassán y no Harún Al-Raschid, el portero le sacó de la jaula y le libró de las cadenas. Y sin poder tenerse sobre sus piernas, Abul-Hassán regresó lentamente a su casa, ayudado por su madre, y estuvo acostado durante varios días hasta que le volvieron las fuerzas y se le pasaron un poco los efectos de los golpes recibidos.

Entonces, como empezaba a aburrirle la soledad, se decidió a reanudar su vida de antes, y a ir a sentarse en el extremo del puente, a la puesta del sol, para esperar la llegada del huésped extranjero que le deparase el Destino.

Y he aquí que aquella tarde era precisamente la de primero de mes; y el califa Harún Al-Raschid, que tenía la costumbre de disfrazarse de mercader a principio de cada mes, había salido en secreto de su palacio en busca de alguna aventura, y también para ver por sí mismo si reinaba en la ciudad el orden conforme a sus deseos. Y de tal suerte llegó al puente, al extremo del cual estaba sentado Abul-Hassán. Y Abul-Hassán, que acechaba la aparición de extranjeros, no tardó en divisar al mercader de Mossul a quien ya había albergado, y que se adelantaba, seguido, como la primera vez, de un esclavo corpulento.

Al verle, quizás porque considerase al mercader causa inicial de sus desgracias, quizás porque tenía la costumbre de hacer como que no conocía a las personas que había invitado en su casa, Abul-Hassán apresuróse a volver la cara en dirección al río para no verse obligado a saludar a su antiguo huésped. Pero el califa, que estaba enterado por sus espías de cuanto le sucedió a Abul-Hassán desde su ausencia y del trato que hubo de sufrir en el hospital de locos, no quiso dejar pasar aquella ocasión de divertirse más aún a costa de hombre tan singular. Y además, el califa, que tenía un corazón generoso y magnánimo, había resuelto reparar un día, en la medida de sus fuerzas, el daño sufrido por Abul-Hassán, devolviéndole con beneficios, de una manera o de otra, el placer que experimentó en su compañía. Así es que, en cuanto vió a Abul-Hassán, se acercó a él, y asomó la cabeza por encima del hombro de Abul-Hassán, que mantenía obstinadamente vuelto el rostro hacia el lado del río, y mirándole a los ojos, le dijo: "La zalema contigo, ¡oh amigo mío Abul-Hassán! ¡Mi alma desea besarte!"

Pero Abul-Hassán le contestó sin mirarle y sin moverse: "¡Entre tú y yo no hay zalema que valga! ¡Vete! ¡No te conozco!" Y exclamó el califa: "¿Cómo Abul-Hassán? ¿Es que no reconoces al huésped a quien albergaste toda una noche en tu casa?" El otro contestó: "¡No, por Alah, no te reconozco! ¡Vete por tu camino!" Pero Al-Raschid insistió cerca de él, y dijo: "¡Sin embargo, yo bien te reconozco, y no puedo creer que me hayas olvidado tan completamente, cuando apenas ha transcurrido un mes desde que tuvo lugar nuestra última entrevista y la velada agradable que pasé en tu casa solo contigo!" Y como Abul-Hassán continuara sin contestar y haciéndole señas para que se marchase, el califa le echó los brazos al cuello y empezó a besarle, y le dijo: "¡Oh hermano mío Abul-Hassán! ¡me parece muy mal que procedas conmigo de ese modo! En cuanto a mí, estoy decidido a no abandonarte sin que me hayas conducido por segunda vez a tu casa y me hayas contado la causa de tu resentimiento para conmigo. ¡Porque, por la manera de rechazarme, veo que tienes que reprocharme algo!"

Abul-Hassán exclamó con acento indignado: "¿Conducirte yo a mi casa por segunda vez, ¡oh rostro de mal agüero!? ¡Vamos, vuelve las espaldas y hazme ver la amplitud de tus hombros!" Pero el califa le besó por segunda vez, y le dijo: "¡Ah, amigo mío Abul-Hassán, qué duramente me tratas! ¡Si por acaso mi presencia en tu casa ocasionó alguna desgracia, puedes estar bien seguro de que aquí me tienes dispuesto a reparar todo el daño que involuntariamente te causase! ¡Cuéntame, pues, lo que haya pasado y el daño que hayas sufrido, para que pueda yo ponerle remedio!" Y a pesar de las protestas de Abul-Hassán, sentóse en el puente al lado suyo, y le pasó el brazo por el cuello, como haría un hermano con su hermano, y aguardó la respuesta...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo IV
Y cuando llegó la 643ª noche

de Anónimo



Y CUANDO LLEGO LA 643ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y a pesar de las protestas de Abul-Hassán, sentóse en el puente al lado suyo, y le pasó el brazo por el cuello, como haría un hermano con su hermano, y aguardó la respuesta.

Entonces Abul-Hassán, conquistado por las caricias, acabó por decir: "Con mucho gusto te contaré las cosas extraordinarias que me ocurrieron a raíz de aquella velada, y las desgracias que se desarrollaron. ¡Y todo fué por culpa de la puerta que no cerraste tras de ti, y por la cual entró la Posesión!" ¡Y le contó todo lo que en realidad creyó ver y suponía que era indudablemente una ilusión suscitada por el Cheitán, y todas las desgracias y los malos tratos que hubo de soportar en el hospital de locos, y el escándalo dado en el barrio con todo aquel asunto, y la mala fama que había adquirido definitivamente ant