Ir al contenido

Recuerdos del tiempo viejo: 25

De Wikisource, la biblioteca libre.


XXV

[editar]

EL ÚLTIMO FUEGO DEL HOGAR

I.

Era por entonces ministro omnipotente Sartorius, y yo había sido amigo de Sartorius antes de que lo fuera. Fuíme a él y expúsele mi situación y la de mi padre en nuestra provincia. Mi padre, hombre de partido y de poder en el suyo, había podido defenderse y ofender, y se había creado amigos y enemigos en el país; dos veces le habían intentado quemar la casa, y muchos años habían estado sus haciendas en manos de quienes sin derecho se las codiciaban: historias de lugareños. Preguntaba un maestro a un chico, examinándole de doctrina: —¿Qué cosa es el infierno? —Es un lugar, respondió el chico. —Basta, hijo, exclamó el maestro.

Sartorius me comprendió; y no olvidando que yo había sido su amigo, me trató como a tal, dándome una carta, especie de credencial o real orden reservada, en la cual me recomendaba a las autoridades de mi provincia para que se pusiesen de mi parte inmediatamente, en la forma y en el caso en que yo su amparo solicitase, constituyéndose él en fiador mío para tales casos, si llegaban a acontecer.

Yo iba a un país que no conocía, heredero de una historia que ignoraba y de unas opiniones de las cuales jamás había participado. Al despedirme, me dijo Sartorius:

—Los duelos, Pepe, con pan son menos: debes de quedar rico.

—No lo sé —le respondí—: mi padre me ha pedido siempre y nunca me ha dado.

—Por eso, por ahorrártelo. Consta en los archivos que tu padre recibió seis millones para gastos secretos de policía, y tu padre no los gastó: ahora los encontrarás.

—Te repito que no sé nada; además, yo no he querido nunca el dinero, sino el corazón de mi padre.

Abrazóme Sartorius, despedímonos y partí para Castilla.

La villa de Torquemada, donde radicaron mis bienes paternos, en la provincia de Palencia, no era por aquel tiempo lo que hoy ha hecho de ella el ferrocarril del Norte, que por ella pasa y en ella tiene una estación. Hoy exporta los vinos, los granos y las legumbres de su tierra, de primera calidad, tiene casino y gabinete de lectura: sus hijos salen a emplear sus capitales y a utilizar el saber adquirido en escuelas especiales; los hay que se dedican al comercio, y los hay en la Península y en América con fama de honradez y con esperanzas de fortuna. Las locomotoras dejan en pos de sí, con el humo de sus chimeneas, la luz de la civilización y el germen del progreso: de lo cual no necesito yo más prueba que la trasformación de la vieja villa de Torquemada en la actual, y la diferencia delos nietos y los abuelos de sus familias solariegas.

La Torquemada de entonces era un lugarón, y, según el chico a quien el maestro examinaba, el infierno no es más que un lugar. Torquemada no era más que un lugar, es decir, un infierno de chismes, de calumnias, de creencias absurdas y de mezquinas pasiones, que hervían perpetuamente en un cráter de ignorancia, y en aquel lugar me apeé yo de la diligencia de Valladolid, y me dirigí desde el arrabal a mi casa, seguido de la curiosa admiración de todos los desocupados, que pretendían averiguar cuánto me dejaba mi padre y cuánto podrían sacar de mí por la cara que yo llevaba.

Mi casa era la mejor de la villa y de algunas leguas a la redonda. Mi padre la había reedificado sobre la vieja de mis abuelos, formando en su interior la fábrica nueva y la vieja un ángulo al Poniente y al Mediodía; la prolongación de cuyas dos líneas encerraban unos extensos corrales (que yo había convertido en jardines para solaz de mi padre) y en donde se gozaba en el invierno de un sol vivificador, y de una temperatura que avanzaba de un mes la madurez de los racimos de las parras y la delos frutales allí por mí trasplantados. Entre los brazos de aquel ángulo y las tapias que cercaban el terreno de mi propiedad, estaban las cuadras, el horno, la troje, el pajar y las bardas; y bajo la fábrica, la bodega, donde tenía mi padre el vino del consumo de la familia, mejor elaborado y mejor conservado que el resto de la cosecha; el cual, si no era negro y espeso, no encontraba fácilmente compradores. Era aquel rincón un nido de recuerdos, un manantial de poesía, donde se encerraban los de mi madre y la de mis primeros amores; toda la memoria del niño y toda la esperanza del mozo, que iba a dispersar para siempre el viento de la desventura del hombre.

Mi padre había hecho de aquella casa una especie de fortaleza; sus paredes eran piedra y ladrillo de formidable espesor y de maciza solidez; sus puertas eran fuertes y pesadas y aseguradas por barras y pasadores de hierro; las tapias de los corrales, de seis metros de altura, no dejaban penetrar en nuestro recinto la indiscreción de los vecinos, y los balcones de la fachada quedaba a la calle habían criado moho a fuerza de permanecer cerrados. Tenía su exterior tanto de frío, oscuro, triste, carcelario e inquisitorial, cuanto su interior de abrigado, claro, alegre, ventilado y patriarcal; era un paraíso para heredado por el hijo con el amor y la bendición de sus padres; pero era un antro inhabitable para el que a heredarle venía como poseedor forzoso, amparado no más por la ley, que no tiene entrañas ni sentimientos, sino derechos.

Un escribano joven, recién establecido en la villa y a quien mi padre había con justicia acordado su confianza, me entregó el testamento de mi padre, escrito todo de su puño, y me dió cuantos pormenores le pedí acerca de su vida y de su muerte.

Desde la de mi madre no había recibido en casa más que a él, a quien había fiado sus negocios; a los dos labradores ricos con quienes consultaba su laboreo, y a un primo mío, cirujano, que le ayudaba a soportar el mal humor y los dolores de la podagra de que murió. Cada cuatro o cinco meses venía a verle un presbítero, prebendado de la colegiata de Covarrubias; pasaba con él un día, y se tornaba al lugar de su prebenda, sin que nadie del pueblo hubiera podido olfatear la razón de las idas y venidas de tal prebendado.

Otros dos eclesiásticos de Covarrubias, viejos amigos que habían mantenido oculta en las montañas a mi madre durante la primera guerra carlista, vinieron una vez a visitarle, pero no quiso recibirlos; tuvieron que irse a dormir al mesón y volverse a Covarrubias sin poderle hablar, y sin que nadie diera tampoco con la razón de semejante repulsa.

Leía mucho, paseaba poco y no recibía más cartas que las mías, otra de cuando en cuando de Madrid y alguna que otra de Burdeos.

Una noche que los dolores de la gota se le recrudecieron, se hijo aplicar no se sabe qué apósito calmante, y el médico le anunció al día siguiente que estaba en peligro de muerte. Manrique le pidió permiso para avisarme, a lo cual se opuso mi padre diciendo: «No vale la pena; ya le desbaratamos todos sus planes en París a la muerte de su madre; déjele usted en paz.» No quiso confesarse con ninguno de los doce curas de Torquemada, y envió a llamar para ello a un abad exclaustrado, que, como él retirado, vivía a pocas leguas de distancia; y cumplidos sus deberes de cristiano, con la más estoica indiferencia volvió la cara a la pared y la espalda al mundo, expirando tranquilamente como quien se acuesta a dormir.

Manrique y yo registramos todos los cajones en busca de instrucción, nota, cuenta e cosa que lo valiera; sólo encontramos siete duros en plata en un saquillo y doscientos cuartos en otros resto del pago de los obreros de las viñas. En el fondo de uno de los tres cajones del tocador de mi madre, hallamos una magnífica repetición, con el entonces todavía secreto de French, y el nombre en la tapa interior de JOSÉ LORENZO DE LA TORRE. Este señor fué uno de tres españoles hermanos que emigraron de Méjico al emanciparse aquella República del dominio de España. Nuestro Gobierno les pidió un crecido tanto por ciento por la traslación de sus capitales a la madre patria; los franceses les hicieron saber que nada pagarían si se instalaban en Francia, y lo hicieron en Burdeos. La galería-pasaje de Santa Catalina de aquella ciudad es obra de ellos, y propietarios de la mitad de las casas de una acera de la calle del mismo nombre; conocieron allí a mi padre durante su emigración. Murió abintestato en Valladolid el don José Lorenzo; y tratándose de millón y medio de duros, mi padre, como abogado conocedor de las leyes de España, sacó a flote la barca de aquella testamentaría, expuesta a naufragar en el mar sin fondo de nuestra legislación; los señores Torre, en vista de la negativa de mi padre de recibir los emolumentos que como abogado le correspondían, le hospedaron en su lujosa morada y le regalaron la preciosa repetición del opulento difunto. He aquí por qué hallé yo en un cajón del tocador de mi madre una alhaja tan valiosa. Sus agujas habían marcado las últimas horas de la vida de mi madre; las de la de mi padre no habían llevado cuenta, porque nadie se había atrevido a dar cuerda a la repetición cuando mi padre no pudo hacerlo. Yo lo hice; la puse en hora y la suspendí como mi padre la tenía en la cabecera de la cama de acero en que habían pasado su última enfermedad y expirado mis padres.

En ella me acosté yo aquella noche, y al son metálico del volante de la repetición, que me imaginaba yo que me hablaba de mi madre, pasé seis mortales horas de desesperación y de angustia, dando vueltas a los recuerdos de mi pasado, sonando en vano la vacía profundidad de mi porvenir y no viendo más que el vacío alrededor de mi existencia.

A la mañana siguiente me encontré tan otro, que me espanté de mí mismo y me pude decir, como el portugués: «Eu mesmu me teñu miedo.» En consecuencia, escribí a Gullón que buscase quien concluyera el libro de María, que no quería yo continuar; di parte a los señores Torre, de Burdeos, de la muerte de mi padre, y me encerré en aquel aposento mortuorio a esperar los acontecimientos sólo con las sombras esquivas de mis difuntos padres, no sé hoy si invocándolos o provocándolos.

En cinco días cambiaron completamente mis ideas, perdí cuanta fe y entusiasmo habían sostenido en mi corazón una esperanza perdida, y desde entonces a hoy no he vuelto a abrir espontánea y voluntariamente ninguno de mis libros publicados hasta 1849.

Una tarde sentí pisadas de caballos que a la puerta de mi casa se detenían; una de las criadas me anunció al presbítero Nebreda, de Covarrubias, y al decirla «que pase», me dije a mí mismo: «Éste me trae la clave del misterio y las cuentas de mi padre.»



Parte 1

"Este libro no necesitaba prólogo…"

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV- XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI

Parte 2: tras el Pirineo

I - II - III - IV - V

Parte 3: En el mar

I - II - III - IV - V

Allende el mar

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX (En la Habana) - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX

Apéndices

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX

Hojas traspapeladas

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X