Recuerdos del tiempo viejo: 38

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Segunda parte de los Recuerdos del Tiempo Viejo
de José Zorrilla



II[editar]

Por huraño que mi carácter fuese, y por esquivo que yo con la sociedad me mostrase, no podía vivir sin sociedad alguna; ninguna, pues, frecuentaba, pero a algunas asistía alguna vez: Para colmo de desgracia, y por complemento de mi locura, se había engendrado en mi corazón una pasión loca, que estaba dispuesto a sofocar, pero que no me atrevía a romper; no sabía cómo decir ni cómo ocultar a una mujer a quien amaba que mi ida a América no tendría vuelta; porque, decidido a cruzar el Atlántico, iba desesperanzado de hacer fortuna, y casi seguro y con la esperanza casi de encontrar la muerte.

Yo he vivido siempre con la sonrisa en los labios y con la boca llena de alegres palabras; pero he llevado siempre la tristeza en el corazón, por no haber sabido lograr jamás lo que me he propuesto, pareciéndome siempre en conciencia justo y bueno lo que me proponía. Así es que mi corazón no he dejado jamás penetrar a nadie, para lo cual he aprendido desde muy joven una cosa muy difícil de poner en práctica: el arte de hablar mucho sin decir nada, que es en lo que consiste generalmente mi poesía lírica, aunque por ella se extravasa la melancolía y en ella rebosa la amargura de mi alma. Yo soy un hombre muy alegre y un poeta muy triste, de lo que resulta que mi poesía y yo parecemos falsos, y tal vez somos de doublé mi poesía y yo; pero no soy yo ni mis contemporáneos, sino la posteridad, quien ha de aquilatar el carácter del hombre y el valor de su poesía. ai posteri dunque l'ardua sentenza… si los pósteros llegan a tomarnos en serio a mi poesía y a mí. De aquella no se me da una higa, y de mí pienso decir ingenuamente lo que creo en este libro, por si es el último que escribo, y para que no digan los pósteros ni mis contemporáneos que de engañarles traté, disimulando mis malas cualidades, ni que alucinarles quise defendiendo los defectos de mis obras; y como de éstas no es ahora cuestión, sino de aquéllas, hablemos un poco de mis malas cualidades.

Una de ellas es la de no haber podido creer en el amor de las mujeres: entendámonos, en el amor por mí de ninguna mujer; no hablo de las legítimas, porque éstas, sabiendo ya en todo a qué atenerse conmigo, no han podido dudar de nada; hablo de las cien mil mujeres que hablan de amor en nuestra sociedad, que de todo habla. Desde que tuve la desgracia de escribir mi Don Juan Tenorio, y desde que hasta los Tenorios de taberna supieron de memoria y dirigieron a sus queridas la carta de Don Juan a mi doña Inés, consideré completamente perdidos para mí los corazones de todas las mujeres españolas y de todas las que, en las Américas que españolas fueron, hablan el castellano. Hombre sencillo y de vulgarísimas costumbres, de pequeña estatura y exterior de solidez harto dudosa, tenía necesariamente que ser mal juzgado por las mujeres; las devotas y melindrosas me iban a tener por un monstruo de doblez, doctor graduado en la academia de seducción infernal de Satanás; las de abierto carácter y acomodaticia conciencia, iban a esperar de mís nubes de incienso, exhaladas de mi poesía en perpetuos y apasionados madrigales, décimas derretidas y cartas como la de Margarita la tornera y doña Inés de Ulloa, las ardientes y apasionadas iban a tomarme por profesor de una nueva escuela de disolución, y por inventor de nuevos, poéticos y nunca sentidos placeres, y las románticas e idealistas iban a creer que me alimentaba con alones de silfos y pechugas de colibrí, condimentados con ámbar y ambrosía, rocío matinal y esencia de rosa de Constantinopla. Comprendí, pues, que en la práctica del amor el hombre iba necesariamente a desacreditar al poeta; que el poeta iba a llevarse al hombre por los países imaginarios del amor, y que ninguna mujer que creyera amarme, si llegaba a dar con alguna que de veras me amara, iba a saber ella misma a quién en mí amaba, si al hombre o al poeta, ni qué era lo que en mi favor había alucinado su fantasía y arrastrado su corazón; si este aura de poesía de que mi fama me ha rodeado, esta reputación de poeta amoroso que las amorosas cartas de mis galanes me han dado, o la sinceridad alegre y la cordial simpatía del hombre cuyo exterior casi raquítico está en contradicción con la exuberancia amorosa de su florida y seductora poesía.

He pasado, pues, con la mitad de las mujeres por un imbécil que no supo jamás atrapar por su único cabello a la ocasión, que por la palma de mi mano pasaba rozando; y grosero con la otra mitad, porque pagué sus falsos melindres con un autógrafo o un retrato al tiempo de volverles las espaldas, y me he casado dos veces tan vulgarmente como cualquier tendero de aceite y vinagre, sin consultarlo con nadie y sin dar a nadie parte ni responsabilidad en el asunto.

Y sin embargo, amaba a una mujer antes de salir de Europa, y la amaba hasta el punto de no atreverme a revelarla mi decidida resolución de no volver.

Y porque a ella iba esta mujer, iba yo a una sociedad, en la cual se reunían algunos ingenios italianos, franceses y españoles, más o menos conocidos y célebres después, y algunas señoras de conocido talento o de notable hermosura. Americanos eran los dueños de la casa, y entre las americanas que su salón frecuentaban había una preciosíma chilena, casada con un rico inglés, que, siendo cónsul en su país, allá la había conocido, y de ella se había perdidamente enamorado. Rayaba en alta la estatura de aquella chilena, y comenzaban sus formas a cargarse con la redondez de los treinta y un años; pero aún conservaban su talle la flexibilidad y su paso la ligereza juvenil, llenando la incipiente amplitud de sus contornos de graciosos hoyitos, sus mejillas y las comisuras de su risueña boca. Dos ojos pardos, grandes, luminosos y tranquilos, revelaban en su faz la tranquilidad de su alma y la pureza de sus pensamientos; y una abundante y algo riza cabellera castaña coronaba su escultural hermosura, como las marañas de flotante niebla coronan las montañas de su país al levantarse el sol sobre el horizonte. Dos hijas tenía, como su padre rubias, y crecidas y esbeltas como dos ángeles de Alberto Durero: la una de once y la otra de catorce años, con quienes y con ella dividía el rico inglés su cariño, labrándolas una existencia que todos envidiaban; libres las tres de la presencia de una hija que el inglés hubo en cuatro meses de primer matrimonio, y que en Londres residía casada con un socio, que en ciertos negocios en la India le ayudó a reunir la riqueza de que sus rentas provenían. El inglés se había captado le respeto, y la chilena el cariño de nuestra sociedad, y ningún sábado comenzábamos sin ellos la música y la lectura que sosteníamos italianos y españoles, en competencia de franceses y alemanes.

Había yo escrito, no recuerdo si en unas notas de Granada, un tratado de quiromancia, y un supersticioso italiano me había atribuído el arte de tirar las cartas, por un artículo que sobre cartomancia y adivinación había yo, para un periódico americano, escrito por aquellos días. Un sábado de octubre de 1855 esperábamos en hora temprana la reunión de nuestra sociedad, que solía comenzar a las diez, la mujer amada por mí, los dueños de la casa y tres o cuatro de los artistas que nuestras veladas amenizaban, de los cuales eran, y sea dicho de paso, la inolvidable Persiani y el famoso Moriani, a quien se llamaba il tenore della morte, por lo bien que sabía morir en Stradella, Lucía y Lucrecia, y a quienes habíamos conocido en Londres. Las mesas de juego estaban preparadas, y mientras cuatro o cinco señoras cuchicheaban alrededor de la chimenea, y los hombres hojeaban un álbum en el velador, hacía y deshacía yo distraídamente una baraja, porque hay que saber que yo no sé jugar a ningún juego de naipes; pero barajo las cartas con la destreza del más consumado tahur.

Al dar los tres cuartos por las diez, entró en el salón nuestra hermosa chilena con sus dos niñas y sin su marido; y como después de los saludos y cortesías de entrada volviese yo a barajar, distraído en los turbios pensamientos que en la imaginación me oscurecían, la chilena vino a mí, diciéndome de repente:

—He leído de usted hoy cosas que me han llamado la atención; ¿quiere usted decirme la buenaventura y tirarme las cartas? Mi marido tiene por estas dos cosas una aversión inconcebible; pero ahora que no está aquí, y siendo usted el nigromántico, tendría yo un gran placer en ver lo que nunca he visto. Veamos. ¿qué hay escrito en mi mano?

Y me tendió abierta su izquierda mano, desnuda del guante. Yo no he creído nunca más que en Dios, y estoy felizmente libre de toda superstición; las conozco todas, de todas me he valido en mis escritos para hacer efecto sobre la imaginación de mis lectores; pero de todas me río, y compasión me inspiran todos los que creen o temen los agüeros, hechicerías y evocaciones. Tomé a broma la demanda de la chilena, y con mi mano izquierda los cuatro dedos de la suya, como si fuera a estudiar sus rayas; cogí de mis labios con los cinco de mi diestra un beso, que hice muestra de colocar con ellos en su palma, y le dije.

—Aquí no hay más que lo que mi deseo pone con este ósculo tan respetuoso como galán: larga vida, ventura y salud bajo la bendición de Dios.

Amohinóse un tantico la voluntariosa chilena; apercibiéronse de lo que entre ella y yo pasaba los circunstantes, empeñáronse en que satisfaciera yo su capricho; rehusé yo, alegando la vanidad de semejantes prácticas; tornaron a insistir, y volví yo a rehusar; pero importunado al fin, y creyendo notar en la curiosa dama no sé qué febril exaltación, que me pareció extraña en ella, barajé sonriendo, díla a cortar la baraja, cortó creo que temblando, tendí siete cartas tapadas sobre la mesa, y la mandé volver una; volvió un as de carreau, y tornando yo a confundir y mezclar las siete cartas aún no vistas, volví a tenderlas descubiertas alrededor del as; apareciendo en aquella combinación una agüero tan terrible como inverosímil. Notó ella, sin duda, en mi semblante la mala impresión que aquella combinación me había hecho, y poniéndome en el hombro su diestra, me dijo,

—¡Cuidado, que quiero la verdad!

—Pues bien —respondí yo—, como la cosa es tan absurda, las cartas dicen que «en los siete días entrará la justicia en su casas de usted, por una muerte, y se disolverá una familia».

Quedóse la dama un instante pensativa, y echándose a reír, nos reímos todos. Entraron los contertulios, cantó Moriani, se leyó, se bailó, y a la una nos despedimos, las señoras con besos y los hombres con apretones de manos, y cada cual se volvió a su casa, a través de la nieve con que empezaban a blanquearse las calles.





Recuerdos del tiempo viejo de José Zorrilla

Parte 1

"Este libro no necesitaba prólogo…"

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Parte 2: tras el Pirineo

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Parte 3: En el mar

I - II - III - IV - V

Allende el mar

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Apéndices

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Hojas traspapeladas

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