Recuerdos del tiempo viejo: 31

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XXXI[editar]

La antesala de aquella casa es un cuarto cuadrado lleno de puertas, y en el único vano que sin ellas tiene, desemboca el tramo de escalera por el cual se sube desde la puerta exterior al piso principal. A la derecha de este vano, la mampara de la sala; al frente, la de un aposento que da al corral; a la izquierda de ésta, la de la cocina; en la pared frontera a la de la sala, un balcón sobre el jardín, y en la pared de la escalera y a la izquierda de ésta, la puerta que da a las habitaciones interiores. Así estaba entonces la casa de la calle de la Ceniza, en la cual nací, y así está hoy con algunas variaciones que en ella han hecho mis hospedadores y amigos los señores Acero, sus actuales propietarios. De esta casa y de la familia que hoy la posee, pienso decir algo más en mi libro Vuelta a la patria, que voy a escribir, puesto que Dios y las economías de la administración de los Lugares Píos me condenan, por lo visto, a vivir y a morir sobre el trabajo.

En el aposento de la antesala, frontero al vano de la escalera, había, cuando yo era niño, una cama y un sillón que nadie ocupaba; apenas su ventana se abría de cuando en cuando para ventilarle y por la noche se cerraba con llave, como si en él hubiera algo que guardar, o de él no se quisiera que saliese alguien. Sólo mi nodriza Bibiana entraba en él y le despolvoreaba, dejándole siempre preparado como si alguien pudiera en él venir a hospedarse. En todo esto no había, empero, misterio alguno, ni a mí se me había prohibido nunca abrirle, ni entrar en aquel cuarto, donde ni había ni cabía más que la cama y el sillón y un viejo baúl cerrado, que no recuerdo haber visto jamás abrir.

Ignoro aún si la historia y si los muebles de aquel inhabitado aposento tenían o no alguna relación con la historia de la juventud de mi padre o con la de su casamiento, en la cual, por mi parte, no sé que hubiera nada que no fuera natural y común en la vida de los pueblos. Mis abuelos paternos eran labradores acaudalados; pero con muchos hijos, todos labradores menos mi padre, que despuntó por los estudios. Un tío eclesiástico y una tía viuda y rica, le dieron estudios y le dejaron por heredero de sus bienes: mi padre repartió los paternos entre sus hermanos y se quedó con los de sus tíos. Como los lugareños no estudian nunca lógica, sino gramática parda, los hermanos de mi padre, desde que con ellos repartió lo del abuelo, se empeñaron en que también debía darles lo de los tíos, puesto que ya el abogado y jurisconsulto podía y debía mantenerse sin necesidad de sus rentas; historia y lógica común a todas las familias numerosas de todos los pueblos de España, y tal vez del universo. Esta situación, y la necesidad de permanecer mi padre en su puesto de relator de la Chancillería de Valladolid, debió sin duda dar motivo a la separación y tal vez a la ruptura definitiva de mi padre con el resto de mi familia paterna, con ninguno de cuyos individuos tuve yo relaciones en vida de mi padre.

Tal vez, y esto me ocurre sólo ahora, en aquel cuarto de la antesala de que voy hablando, se había hospedado, había vivido o habría muerto alguna persona de la familia, cuyo recuerdo fuese caro, doloroso o antipático para mi padre; quien, como hombre de negocios, depositario de muchos secretos ajenos, tenía la costumbre de no decir nunca una palabra de los suyos, y acaso daba sin intención importancia con su silencio a cosas en las cuales ningún misterio se encerraba. De cualquier modo que fuere, aquel aposento no se habitaba; y una tarde, mientras dormía mi padre la siesta (porque trabajaba de noche) y mientras mi madre en el comedor arreglaba los trastos con las criadas, arrastraba yo por la antesala mi caballo de cartón, pasando y repasando por delante de la puerta entreabierta del inocupado aposento, cuya ventana entornada, como de costumbre, tenía su interior en una turbia y neblinosa penumbra.

En una de mis vueltas creí ver a alguien en el sillón de brazos; y suponiendo que sería Bibiana que dormía también su siesta a escondidas de mi madre, empujé y abrí del todo la puerta: una señora de cabello empolvado, encajes en los puños y ancha falda de seda verde, a quien yo no había visto nunca, ocupaba efectivamente el sillón, y con afable pero melancólica sonrisa me hacía señas con la mano para que me acercase a ella. Como ni yo era un chico hosco, huraño, ni mal criado, ni aquella señora tenía nada de medroso ni amenazador, tirando con mi mano izquierda del cordel con que arrastraba mi caballo me acerqué a ella sin miedo ni desconfianza, y puse mi mano derecha entre las dos suyas, que me alargaba sonriendo. Dióme ella primero una palmadita muy suave con su derecha en la mía, que posaba en su izquierda, y pasándomela después por mi suelta cabellera, que mi madre tenía gusto en dejarme larga y en mantenérmela rizada, me dijo con una voz que no sabré explicar dónde me resonaba, si en el corazón, en el cerebro o en el oído: «Yo soy tu abuelita; quiéreme mucho, hijo mío, y Dios te iluminará.»

Estoy seguro de haber sentido el contacto de sus manos en las mías y en mis cabellos, y recuerdo perfectamente que sus palabras me dieron al corazón alegría; y como si sus manos me retenían ni yo podía callar nada, solté mi caballo de cartón, dejándole atravesado a la puerta del aposento, y entré en el comedor diciendo muy contento a mi madre: «Mamá, ahí está la abuelita.» Creyó mi madre que era la suya, que había llegado de Burgos sin avisar, y corrió a la antesala; pero no hallando a nadie, me dijo:

—¿Pero dónde está la abuelita?

—Ahí, en ese cuarto—la respondí, señalándosele.

—¡En ese cuarto tu abuelita Jerónima! (Era el nombre de mi abuela materna.)

—No, otra vestida de verde, con puños de encaje: ven a verla. Y tomándola de la mano la conduje a la puerta del aposento, cuyo sillón estaba vacío; y yo añadí: «Pues aquí estaba.»


Presentóse en esto mi padre, que me había tal vez oído anunciar en voz alta a mi abuela; y enterado de lo que yo contaba, frunció un instante el entrecejo, y después de mirarme fijamente, me dijo: «Muchacho, tú sueñas», y dió vuelta a la llave del aposento, que no volví nunca a ver abrir.

Todo lo dicho entra naturalmente en el tratado de las alucinaciones: fué una del cerebro o de la retina: cualquier hombre medianamente educado, que para esto no se necesita ser sabio, lo explicaría de esta manera, y no tiene otra explicación aceptable.

Yo insisto, sin embargo, en que el alma de los niños, mal desprendida aún de la región de los espíritus en donde Dios la crea y de donde la saca para envolverla en el barro corporal, tiene tal vez alguna afinidad con los espíritus entre quienes ha sido creada, y puede ver y oír lo que sus sentidos no pueden percibir en el posterior desarrollo vital de la materia corpórea.

De esta visión mía tengo una prueba: hela aquí.

Nueve o diez años más tarde, en 1833, salí del Seminario de Nobles, concluídos mis primeros estudios, y fuí a Torquemada a reunirme con mi padre, desterrado de Madrid y sitios reales. Allí una tarde, registrando unos camaranchones de la casa vieja de nuestro apoderado, el viejo escribano de coleta don Gil Donis, tiré yo de una maraña de lienzos, manojos y restos informes y polvorientos de despedazados trastos, y di entre ellos con un lienzo sin marco, cuya pintura no se apercibía bajo una capa de polvo y telarañas. Mientras mi padre quitaba las de unos libros en pergamino que a las manos le habían caído, linpié yo mi lienzo con untrapo mojado, que fuí a traer de la cocina; y al descubrir el retrato que en él hallé pintado, dije a mi padre: «¡El retrato de la abuela!»

Volvióse mi padre, miró el retrato y me dijo con extrañeza:

—¿Pues de qué la conoces tú, si jamás la has visto?

—¿No se acuerda usted—le contesté yo—de que siendo muy niño vi una señora que me dijo que era mi abuela, en el aposento cerrado de la antesala de nuestra casa de la calle de la Ceniza?

—¿Y era esa?—exclamó con asombro mi padre.

—La misma: tengo su imagen en las pupilas—respondí yo.

—No lo entiendo—dijo mi padre, volviendo a ocuparse de sus pergaminos, no sé si con verdadera indiferencia o para ocultarme la expresión de su semblante.

Ahora pregunto: si no hubiera yo visto a la del aposento cuando niño, ¿hubiera podido reconocerla por su retrato diez años después?

Si fué una alucinación, como lo fué, ¿cómo y por qué se quedó tan grabada en mi memoria que, después de diez años de no pensar ni preocuparme de ella, la reconocí?

Dos explicaciones tengo para resolver una cuestión tan extraña y extemporánea en esta época positivista, que pretende negar a Dios y explicarlo y palparlo todo.

La primera, es que mi cerebro comenzaba ya a destornillarse y a dar en la locura que produjo al fin mi delirante poesía legendaria.

La segunda, que infaliblemente mis padres debieron hablar de él o tener a mi vista aquel retrato en circunstancias en que mi extrema niñez no estaba aún, según ellos, en capacidad de comprender y retener en mi memoria lo visto u oído en derredor de mí; tal vez vi yo aquel retrato desde la cuna; tal vez oí hablar de mi abuela paterna en alguna discusión de familia o en alguna conversación de mi padre con algún individuo de ella. Ello es que una primera e ignorada idea produjo la alucinación primero y la persuasión después.

La alucinación y la persuasión influyeron indisputablemente en el carácter fantástico de mis obras.

Yo tengo en la mía muchas historias de alucinaciones, y muchos tropiezos con muertos y aparecidos.

Ahí van varios pormenores de algunas, para concluir de aclarar el origen de mis disparates sociales y literarios.




Recuerdos del tiempo viejo de José Zorrilla

Parte 1

"Este libro no necesitaba prólogo…"

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Parte 2: tras el Pirineo

I - II - III - IV - V

Parte 3: En el mar

I - II - III - IV - V

Allende el mar

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Apéndices

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Hojas traspapeladas

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